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Conclusión del Sermón de la Montaña.
Da de comer a cuatro mil. Los farìseos piden señales. Al día siguiente desembarcó Jesús con los suyos junto a la pequeña Corazín, a una hora al Noreste de la montaña donde había multiplicado los panes la primera vez y subiendo más al monte. A la derecha estaba el desierto de Corazín y a dos horas y media al Oeste está Recaba, que está en una altura. Arriba, donde Jesús enseñaba, había un lugar extenso, y no lejos se veía el camino por el cual había venido desde Cesarea de Filipo hacia Recaba. El lugar era frecuentado: servía de descanso, con restos de cercos y bancos de piedra sobre los cuales solían los viajeros hacer su comida. Por lo demás, era desierto. Abajo había vallecitos y matorrales donde pastaban los asnos y otros animales de carga. Las gentes estaban arriba y seguían acudiendo allí en gran cantidad. Aquí terminó Jesús su gran sermón de las Bienaventuranzas, llamado el Sermón de la Montaña. Hablaba con fuerza conmovedora. Habían acudido muchos extranjeros y paganos, la mayoría sin mujeres ni niños; serían unas cuatro mil personas. Hacia la tarde se detuvo. Dijo a Juan que la gente hacía tres días que le seguía y que ahora pensaba despedirlos; pero que no se las debía dejar desfallecer de hambre. Juan observó: “Estamos en un lugar desierto y para procurar pan la distancia es demasiado grande. ¿No convendría que les juntemos bayas y frutas que aún han quedado colgadas de los árboles?” Jesús le dijo que preguntara cuántos panes tenían. Contestaron: “Siete panes y siete peces pequeños”; aunque en realidad vi que los peces eran largos como un brazo. Jesús mandó traer los canastos vacíos, y que pusieran sobre el banco de piedra los panes y los peces, y continuó hablando durante media hora. Dijo claramente que Él era el Mesías: anunció que sería perseguido y quitado del mundo. Dijo que ese día se conmoverían estos montes y este bloque de piedra se partiría, y señaló el banco de piedra junto al cual estaba predicando la verdad, que no recibirían. Luego expresó ayes sobre Cafarnaúm, Corazín y varios lugares de los contornos. Añadió que ellos mismos sentirían, en el día en que Él sería quitado, que habían despreciado la salud. Habló de la dicha de los que ahora recibían de Él el pan de la verdad y de la vida; y agregó, refiriéndose a los judíos: “Los extranjeros reciben la salud y los hijos de la casa tiran el pan debajo de la mesa; y los extranjeros, los cachorrillos, como había dicho la sirofenisa, juntan las migajas y con estas migajas de verdad entusiasman y alimentan comarcas enteras de sus paises”. Se despidió de los oyentes, los exhortó a la penitencia y a la conversión, acentuó sus amenazas contra los obstinados y dijo que éste era el final de su enseñanza. Muchos lloraban y estaban conmovidos, aunque no entendían todo el sentido de lo que decía. Les mandó sentarse en las faldas del monte, y los apóstoles y discípulos tuvieron, como la vez pasada, que mantener el orden. Jesús obró, como la otra vez, con los panes y los peces; los discípulos llevaban los panes y los peces en canastos a los que estaban sentados. Después se juntaron siete canastos de las sobras y se repartieron a los viajeros. Durante la predicación había estado entre los oyentes cierta cantidad de fariseos: algunos se habían alejado antes de terminar el sermón; los otros habían oído las amenazas y fueron testigos de la multiplicación de los panes. Antes que el pueblo se dispersara, habían bajado del monte para consultar con los otros cómo atacarían a Jesús cuando descendiera. Eran como veinte. Con el pretexto de hacer visitas a diversas sinagogas, habían seguido a Jesús en pequeños grupos para espiar sus palabras y hechos, en Cesarea de Filipo, en Robah, en Recaba y en Corazín. Daban luego los informes personalmente o por medio de mensajeros a los fariseos de Cafarnaúm y de Jerusalén. Jesús despachó al pueblo. Lloraban, daban gracias y cantaban en voz alta alabanzas. Con mucho trabajo pudo sustraerse del pueblo y dirigirse, con sus discípulos, al lago para embarcarse, por la orilla Sudeste a los confines de Magdala y Dalmanutha. Pero antes de que pudiera embarcarse en las cercanías de la oficina de Mateo, vinieron los faríseos hacia Él, al pie del monte donde había tenido lugar la primera multiplicación de los panes, pretendiendo que hiciera algún prodigio celeste, ya que había hablado y amenazado con terremotos y señales de la naturaleza. Les contestó como está en el Evangelio. Oí también que les dió una señal consistente en un número de semanas al término de las cuales tendrían la señal de Jonás. Este cálculo de semanas caía justamente el día de su Crucifixión y de su Resurrección. Con esto los dejó y se dirigió con los discípulos hacia la barca de Pedro, que habían preparado los discípulos que se habían adelantado. Navegaban por el medio del lago, donde la corriente del Jordán es poderosa; por eso la barca iba sola, bastando gobernar el timón por la corriente. Quedaron durante la noche en las barcas y en cierto tiempo rezaron allí mismo; así llegaron a los confines de Magdala y Dalmanutha. A la mañana siguiente navegaron por la parte Oeste, saliendo de la corriente. En esto vieron que no tenían consigo sino un solo pan. El viaje se prolongaba y Jesús enseñó muchas cosas a los apóstoles y discípulos. Habló de su próxima separación, de su pasión y de las persecuciones que sufrirían; les dijo más claramente que otras veces que Él era el Mesías, el Cristo. Ellos lo creían, pero como no lo podían concertar con las ideas simplistas que se habían formado y con lo que veían exteriormente, pensaron que eso era parte de su hablar profético misterioso, y así quedó sin producir fruto. Les habló de la ida a Jerusalén y de la persecución que allí les esperaba: que se escandalizarían de Él y que se llegaría al punto de arrojar piedras contra Él. Habló también diciendo que quien no abandona todo lo suyo, y no le sigue, creyendo en Él, aún en las persecuciones, no puede ser su discípulo. Habló de los caminos que había que hacer antes de su partida y de otros trabajos, y que muchos que se habían apartado de Él, volverían de nuevo. Preguntaron entonces si volvería aquél que había pedido enterrar a su padre: si no lo recibiría, ya que les parecía un buen sujeto. Jesús les mostró el carácter de ese hombre, muy apegado al dinero. Oí que decir “enterrar a su padre” era una manera de expresar que esperaba el reparto de la herencia, y así asegurarse la parte que le tocaría a él. Como hablara Jesús del apego a las cosas de la tierra, Pedro expresó la idea suya, diciendo: “Gracias a Dios, que no tuve estas ideas cuando me resolví a seguirte». Jesús le reprendió diciendo que mejor hubiera callado eso, y esperara que Él lo reconociera. Como llegaran a Betsaida, entraron en la casa de Andrés para descansar. Aquí estuvieron sin molestias de la gente, pues no habiendo sabido donde Jesús pararía, se habían dispersado. Había en Betsaida un hombre ciego de nacimiento al cual Jesús no había sanado. Ahora volvieron a traerlo y como Jesús estaba a punto de embarcarse, el ciego clamó tras Él. Jesús lo tomó de la mano sacándolo del lugar y, luego, entre los apóstoles y discípulos, le tocó los ojos con saliva, le puso las manos y preguntó si veía algo. El hombre contestó: “Veo a los hombres caminar como gruesos árboles”. Volvió a poner sus dedos en los ojos y luego vió perfectamente. Jesús lo mandó a su casa, y diera gracias a Dios, y que no fuera por la ciudad pregonando su curación. Hacia la tarde navegó Jesús con los apóstoles por la otra orilla del lago y al desembarcar tomó el camino al Este del Jordán, hacia Betsaida-Julias. En este camino le salieron al encuentro los discípulos que habían sido enviados desde Cesarea de Filipo hacia el Este y se juntaron con Jesús y los suyos siguiendo hacia Betsaida-Julias. Jesús habló en el camino de su cercana partida y de los peligros que les aguardaban. Los apóstoles le rogaron entonces que no los enviara a otras partes, para que pudieran estar a su lado en todo peligro. En Betsaida-Julias había un albergue especial para ellos. Cuando se acercaron a la ciudad, habiéndose ya sabido la venida de Jesús, le salieron al encuentro y le ofrecieron el lavado de pies y una refección. Vivían aquí muchos paganos que saludaban desde distancia. Jesús enseñó en la sinagoga donde había muchos fariseos y escribas venidos de Saphet, que tenía una escuela de formación cultural, religiosa y civil. Todos estaban muy contentos de que Jesús hubiese venido aquí por primera vez, inesperadamente. Los sencillos se alegraron de corazón y los escribas más por vanidad, pues pensaban, como sabios que eran, poder apreciar y juzgar le doctrina de Aquél cuya fama corría por todas partes, en especial en Cafarnaúm. Se mostraron muy corteses, pero fríos y engreídos, como profesores, y quisieron disputar con Él, proponiéndole cuestiones de la ley y de los profetas, no precisamente con malicia, sino con esa vanidad de quienes quieren mostrar al pueblo la propia ciencia. Jesús llegó y comentó la lección del Sábado y habló del cuarto Mandamiento: “Honrar padre y madre», para vivir largo tiempo sobre la tierra. Esto lo declaró con hondo sentir diciendo que un torrente se ha de secar si el mismo destruye la fuente de donde nace. Después hubo una comida muy solemne en la cual los niños de la escuela estaban en sus mesas. Jesús narró y comentó la parábola de los trabajadores de la viña. La ciudad de Julias es una población nueva, aún no terminada, muy hermosa, edificada al estilo de los paganos con arcos y columnatas. Toca casi el Jordán y del otro lado de la montaña se ven muchas habitaciones cavadas en la roca. Cuando Jesús, después de haber enseñado de nuevo en la sinagoga, caminaba alrededor de la ciudad, le siguieron los habitantes preguntándole cuál era la verdadera enseñanza y qué debían hacer. Él les dijo que no seguirían su enseñanza aun cuando la declarase: que sólo preguntaban por curiosidad, y que si su doctrina ya la habían oído en los lugares donde predicaba, ¿querían, acaso, una nueva doctrina? Su doctrina ya la había declarado en la sinagoga. Caminaron con Él hacia sus posesiones y jardines, donde estaban edificando con piedras y maderas, y hablaban ponderando las nuevas construcciones. Jesús les enseñaba en parábolas, de los que edificaban sobre arena y luego sobre piedras y de la piedra angular que desechan los edificadores, y cómo después sus construcciones se derrumban. Sanó en este camino a muchos enfermos, baldados e hidrópicos y a algunos mentecatos. Desde Betsaida-Julias caminó Jesús con los doce y unos treinta discípulos, acompañado de gente de la ciudad, hasta el lugar donde el Jordán se echa en el lago Merom, a la población llamada Sogame, a una hora y media de Cesarea: allí enseñó y curó a varios enfermos. Las gentes se agolpaban y pedían ser adoctrinados. Jesús enseñó y sanó algunos enfermos hasta la tarde, y luego con sus apóstoles y discípulos desanduvo el camino por una hora hasta una altura, donde pasó la noche en oración.
Pedro recibe las llaves del reino de los cielos
Durante el camino hacia la altura y hasta que Jesús no se apartó de ellos para entregarse a la oración, se entretuvieron los apóstoles y discípulos, mandados a misionar, en relatar todo lo que habían enseñado, hecho y podido comprobar. Jesús los escuchó y les recomendó orar y estar preparados para lo que iba a comunicar. Cuando al rayar el alba se juntaron otra vez, estaban los doce reunidos en torno de Jesús. A su derecha estaban Juan, Santiago el Mayor y Pedro. Los discípulos estaban fuera del círculo y los más cercanos, en orden de antigüedad. Ahora preguntó Jesús, relacionándolo con la conversación de la noche pasada: “¿Quién, dicen los hombres, que soy Yo?” Los apóstoles y los discípulos más antiguos hablaban de los diversos pareceres que habían oído sobre Jesús: que unos le tenían por el Bautista, otros por Elías, otros por Jeremías resucitado de entre los muertos. Contaban todo lo que habían oido y estaban en expectativa de su respuesta. Hubo una pausa breve. Jesús estaba muy serio y los discípulos le miraban al rostro llenos de expectación. Él al fin preguntó: “¿Y vosotros, por quién me tenéis?” Ninguno se sintió movido a responder; sólo Pedro, lleno de fuerza y de fuego, adelantó un paso en medio del círculo, y levantando su mano, con ademán solemne, como lengua de todos, dijo con voz vibrante: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Jesús respondió con gran seriedad; su voz era fuerte y animada; estaba como en un ser solemne y profético, y su persona resplandecía como levantada del suelo. “Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás: porque la carne y la sangre no te han revelado esto, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo a ti: Tú eres Piedra y sobre esta Piedra quiero edificar mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y Yo te daré las llaves del reino de los cielos: lo que tú atares sobre la tierra, será atado en el cielo; y lo que tú desatares sobre la tierra, será desatado también en el cielo”. Pedro recibió estas palabras proféticas de Jesús en toda su grandeza y con el mismo espíritu con que había pronunciado la profesión de fe en la Divinidad de Jesucristo. Estaba en ese momento como transformado. Los demás apóstoles parecían asustados; miraban con cierto miedo a Jesús y a Pedro, al ver el ardor con que había dicho: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios». El mismo Juan se mostró tan extrañado de todo esto, que Jesús después le hizo una reconvención caminando a solas con él por el camino. Esta escena con Pedro tuvo lugar al levantarse el sol. Fue una escena tanto más solemne y grave, puesto que Jesús antes les había dicho que orasen y Él mismo se había retirado a la montaña para entregarse a la oración. Los otros apóstoles no entendieron todo el significado de esas palabras. Pedro había penetrado el sentido íntimo de las mismas. Los otros seguían forjándose ilusiones terrenas y pensaban que Jesús daría a Pedro el Sumo Pontificado en el reino nuevo que iba a inaugurar; Santiago dijo a Juan, yendo de camino, que en todo caso ellos tendrían los primeros puestos después de Pedro. Jesús les dijo después claramente que Él era el Mesías prometido; aplicó todos los pasos de los profetas a su Persona y les dijo que ahora pensaba ir a Jerusalén para las fiestas. Luego torcieron el camino al Sudoeste, hacia el puente del Jordán. Pedro, lleno aún de las palabras oídas respecto al poder de las llaves, se acercó a Jesús en el camino para pedir aclaraciones de cosas que no comprendía; era tan amante y ardoroso en su obrar que pensó que su oficio comenzaba de inmediato, pues no pensaba ni sabía aún lo que tenía que padecer Jesucristo, ni la venida del Espíritu Santo sobre ellos. Preguntaba por eso si en este o aquel caso podía perdonar los pecados; habló de la situación de los publicanos y de los adúlteros. Jesús lo tranqui- Iizó, diciéndole que entendería todo más tarde; que las cosas serían diferentes de lo que pensaba él; que vendría otra ley. Durante el camino Jesús les iba diciendo lo que estaba por suceder: que irían ahora a Jerusalén; que comerían la Pascua en casa de Lázaro, y que aún les esperaban muchos trabajos, fatigas y persecuciones. Les anunció muchas cosas futuras en general: como resucitaría a uno de sus mejores amigos; que este hecho suscitaría tanto escándalo que Él tendría que huir y ocultarse; que después de un año volverían a ir a la fiesta; que uno de ellos le había de traicionar; que lo maltratarían, azotarían, burlarían y le darían muerte ignominiosa; que Él debía morir por los pecados de los hombres, y que al tercer día resucitaría. Les dijo todas estas cosas con claridad; las atestiguó con los profetas; les habló con gran seriedad, pero lleno de bondad. Pedro se contristó tanto de oír que le habrían de maltratar y matar, que, lleno de celo, le siguió, y hablando aparte con Él, manifestó su oposición, diciendo: “Esto no debe suceder; esto no lo podré tolerar; antes habré de morir que permitir semejante cosa. Que esto esté lejos de Ti, Señor: que esto no te suceda nunca”. Se volvió Jesús seriamente y le dijo con viveza: “Aléjate de mí, Satanás; tú me eres ocasión de escándalo: no comprendes las cosas que son de Dios, sino sólo lo que es de las gentes”. Diciendo esto marchó hacia adelante. Pedro, lleno de susto, comenzó a pensar lo que Jesús antes había dicho, que su profesión de fe no venía de la carne y ni de la sangre, sino por revelación de Dios, con la cual le confesó por Cristo, y que ahora le llamaba Satanás, y que no hablaba ahora de parte de Dios sino según los sentidos y la carne, queriendo estorbar su Pasión. Comparó estas dos cosas, fue más humilde y miró al Señor con sentimiento de mayor admiración y fe. Pero estuvo muy triste al comprobar que lo de la pasión de Cristo sería verdad. Jesús, los apóstoles y los discípulos caminaban en grupos: alguno se turnaba para acompañar a Jesús. Caminaron apurados, sin entrar en ninguna población, hasta la noche, cuando entraron en el albergue junto a los baños de Betulia, donde los esperaba Lázaro con algunos discípulos de Jerusalén. Lázaro ya sabía que Jesús quería comer el cordero pascual con sus discípulos en su casa y le había salido al encuentro para prevenir a Jesús de los peligros que le esperaban. Había peligro de un levantamiento en esta festividad. En efecto, Pilatos exigía un nuevo tributo del templo para erigir una estatua al emperador. Exigía también se le tributaran ciertos honores dándole nombres sacros, y que los judíos disgustados de todo esto preparaban un levantamiento. Que un cierto galileo, de nombre Judas el Gaulonita, estaba al frente de unos galileos: que éste tenía mucho crédito entre los galileos y hablaba públicamente contra la servidumbre que los ataba a los romanos y contra los tributos. Le decía a Jesús que se mantuviera alejado de la fiesta, porque había probabilidad de graves desórdenes. Jesús respondió a Lázaro que su tiempo aún no había llegado y que nada malo le sucedería por ahora. Que este desorden sería sólo un preludio de otro mayor que sucedería de allí a un año, cuando su tiempo hubiera llegado y cuando sería entregado en las manos de los pecadores. Jesús envió a los apóstoles y discípulos en diversos caminos, por grupos, y conservó consigo a Simón, Tadeo, Natanael Chased y Judas Barsabas. Los demás debían misionar, unos al Norte del Jordán, otros al Oeste de Garizím, a través de Efraím; quedarse para la fiesta y luego recorrer los lugares que aún no habian visitado. Lázaro partió también con los discípulos. Les dijo no entrasen en las ciudades de los samaritanos y les dió diversas reglas de conducta. Jesús caminó hasta Ginnim, posesión de Lázaro, donde pernoctó. De aquí salió al dia siguiente a través de Lebona-Korea y del desierto, hacia Betania.
Jesús en Betania y en Jerusalén
A unas tres horas del camino a Betania, casi en el desierto, se encuentra una choza de pastores que viven mantenidos por Lázaro. Hasta este lugar había venido la Magdalena, acompañada de María Salomé, pariente de José, para encontrarse con Jesús. Le había preparado una refección: al llegar Jesús le salió al encuentro y se echó a sus pies, estrechándolos. Jesús descansó aquí poco tiempo y continuó su camino hacia el albergue de Lázaro, a una hora de Betania. Las dos mujeres volvieron por otro camino a sus casas. En el albergue encontró Jesús a algunos de los discípulos que había mandado a misionar; otros iban llegando de a poco y se juntaron en la casa de Lázaro en Betania. Jesús no entró en Betania, sino que, haciendo un rodeo, llegó a la casa de Lázaro. Al llegar le salieron al encuentro en el patio y Lázaro le lavó los pies. Después pasaron por el jardin. Las mujeres lo saludaron cubiertas con el velo. Su llegada fue muy tierna y conmovedora: se habían traído cuatro corderos separados de la majada y encerrados en un lugar de pastos. María Santísima, que estaba también allí, y Magdalena habían hecho unas coronas que pusieron en el cuello de los corderitos. Jesús había llegado antes de la festividad del Sábado, que celebraron en una sala. Estaba serio. Leyó la lección del Sábado e hizo el comentario. En la tarde en la cena habló del Cordero pascual y de sus futuros padecimientos. En Jerusalén había estallado el levantamiento poco antes del Sábado; pero aún sin consecuencias. Pilatos estaba sobre un lugar elevado, en la fortaleza Antonia, rodeado de muchos soldados. Todo el pueblo estaba reunido en la plaza de la ciudad. La fortaleza Antonia está situada al Noroeste del templo, sobre una roca sobresaliente.. Si uno camina desde el palacio de Pílatos a la izquierda, a través del porticado, al recinto de los azotes, se tiene esa fortaleza a la izquierda. Se leyó al pueblo las nuevas ordenanzas de Pilatos referentes a los nuevos impuestos sobre el templo. Estos impuestos eran para cubrir los gastos de una obra que debía traer el agua hasta el templo y el gran mercado. Se hablaba también de ciertos títulos, nombres, honores y sacrificios que debían hacerse al emperador. Se levantó entonces un gran tumulto y un griterío entre el pueblo, especialmente donde se encontraban reunidos los galileos. Con todo no pasó de allí el tumulto. Pilatos les propuso que pensaran sobre lo dicho por cierto tiempo: el pueblo se dispersó entre murmullos. Los herodianos eran los instigadores a la rebelión, pero ocultaban sus manejos y no se podía probar su culpabilidad. Tenían en sus manos a Judas el Gaulonita, jefe de una secta de galileos, que siempre protestaba contra los tributos al César y la pérdida de su independencia, pretextando motivos de religión. Era entonces, como ahora con los masones y otras sociedades secretas, que levantan al pueblo ignorante que no sabe siquiera quién los guía y luego suele pagar con su sangre tales revueltas. El día de Sábado enseñó Jesús en casa de Lázaro y pasearon por los jardines. Jesús habló de su Pasión y dijo más claramente que Él era el Mesías. Un cierto aumento de temor reverencial y de admiración se despertó en todos. En Magdalena el arrepentimiento y el amor creció en medida extraordinaria. Sigue a Jesús por todas partes; se sienta a sus pies, se levanta y siempre y en todas partes le espera y le busca. Sólo en Jesús piensa, mira sólo a Jesús y no quiere saber más que de su Salvador y del recuerdo de sus culpas y extravíos. Jesús le dice con frecuencia palabras de consuelo. Magdalena está totalmente cambiada. Su rostro y sus facciones son nobles y hermosos, pero caidos por las lágrimas y la penitencia. Con frecuencia está en su pequeño cuarto de penitencia; el resto del tiempo lo emplea en los trabajos más bajos con los enfermos y los pobres. Por la tarde hubo una gran comida. Los amigos y las mujeres de Jerusalén estaban allí; entre ellos Helí de Hebrón, un hombre viudo hermano de Isabel, que en la última Cena servía en la mesa, con su hijo, un levita que habita la casa paterna del Bautista y cinco hijas de él, esenias y vírgenes. Lázaro y los de la casa tienen gran confianza con Jesús y los suyos, pues son con sus bienes e influencia el sostén y el refugio de Jesús y sus discípulos en toda necesidad, tiempo y circunstancia. Al día siguiente salió Jesús hacia las 10, con sus apóstoles y discípulos, en número de unos treinta, dirigiéndose al templo de Jerusalén a través del huerto de los Olivos y Ophel. Todos vestían de color castaño oscuro, de algodón ordinario, como era costumbre entre los galileos. Jesús llevaba una ancha faja con letras. No llamaba la atención, pues era frecuente ver grupos de galileos ir en esa forma al templo. Está cercana la fiesta y hay grandes instalaciones de chozas y tiendas en torno de la ciudad y se ven llegar multitudes de todos lados del país. Jesús habló en el templo a sus discípulos y a mucho pueblo por espacio de una hora. Había diversos sitiales instalados desde los cuales se solía enseñar. Todos estaban tan preocupados con las nuevas imposiciones de Pilatos y el arreglo de la cercana fiesta, que ningún sacerdote o fariseo molestó a Jesús, por lo menos de los principales: sólo algunos de menor categoría se aproximaron a Jesús y con malicia le dijeron cómo se atrevía a acercarse al templo y cuánto tiempo aún seguiría… que pronto le echarían manos y terminarían con su predicación. Jesús les dijo algunas cosas que los avergonzó y continuó enseñando; luego volvió a Betania, y por la noche al Huerto de los Olivos, a rezar. En este día se verá otra gran multitud reunida en el mercado delante de la fortaleza Antonia para hablar con Pilatos. Pero éste ya sabía a que venían, pues tenía espías y soldados suyos disfrazados entre la turba. Los herodianos habían azuzado a Judas el Gaulonita y a los de su secta a una rebelión. Éstos se presentaron muy atrevidos a decir a Pilatos que abandonase su idea de imponer tributos al templo. Como hablaban con descaro y atrevimiento, Pilatos mandó cercarlos y tomar presos a unos cincuenta de ellos, pero el pueblo se amotinó y los libertó, y más tarde se dìspersó. En esta refriega murieron algunos judíos inocentes y algún soldado romano. La situación se fué empeorando. Herodes se encontraba en Jerusalén. A la mañana siguiente fue de nuevo Jesús con todos sus discípulos al templo. Su venida era conocida y le esperaban en el atrio, donde tendrían que pasar algunas gentes con sus enfermos. En el camino de subida al templo le trajeron a un hidrópico tendido en su camilla. Jesús sanó a éste y a otros en el camino al templo: por eso le siguieron muchos. Cuando iba entrando al templo, donde estaban en preparativos para el sacrificio de la mañana siguiente, llegó a pasar junto al hombre sanado en el estanque de Bethesda. Éste trabajaba aquí como obrero. Jesús se volvió a él y le dijo: “Has sido sanado; cuida que no peques para que no te suceda algo peor”. Le habían preguntado muchos quién lo habia sanado en Sábado. El hombre no conocía a Jesús y ahora lo veía. Entonces, lo primero que hizo fue ir a los fariseos, que venían en ese momento, a decirles que había sido Jesús el que le había sanado, el mismo que ahora acababa de sanar a otros. Como esa curación había despertado mucha admiración y sido motivo de enojo para los fariseos por haber sido hecha en Sábado, encontraron nuevo motivo de rencor contra Jesús y se reunieron muchos de ellos en torno del sitial donde hablaba y le objetaron la profanación del Sábado. No pasó el tumulto a mayores consecuencias, aunque los fariseos se mostraron muy agresivos. Jesús enseñó en el templo sobre los sacrificios por espacio de dos horas. Les dijo que su Padre celestial no quería ya sacrificios de sangre, sino un corazón contrito. Habló del Cordero pascual como figura de otro Sacrificio mucho más perfecto que pronto tendría lugar. Llegaron entre tanto algunos de sus peores enemigos, que se burlaban y disputaban con El, preguntando entre otras cosas si el profeta les quería hacer el honor de comer el Cordero pascual en su compañía. Él les contestó: “El Hijo del Hombre es, El mismo, un sacrificio por vuestros pecados”. Estaba aquel joven que había dicho a Jesús que le dejase enterrar primero a su padre y al cual Jesús le había respondido: “Deja que los muertos entierren a sus muertos». Este joven había contado estas palabras a los fariseos y ellos ahora preguntaban qué es lo que Jesús entendía. Decian: “¿Acaso un muerto puede enterrar a otros muertos?” Jesús les contestó: “Quien no sigue mi enseñanza, no hace penitencia y no cree en mi venida, no tiene vida en si mismo, y es un muerto. Quien ama más sus bienes y sus posesiones que su salvación, ése no sigue mi enseñanza y no cree en Mí, no tiene vida en sí y está muerto. Estos son los sentimientos de ese joven, pues él quiso primero entenderse con su anciano padre, reclamando herencia y pensión: de este modo está atado a muertas riquezas y no puede ser heredero de mi reino ni de la vida”. Por este motivo le había dicho que dejase a los que son muertos entenderse con los muertos y enterrarlos, y que él buscase la vida. Con esta ocasión Jesús continuó reprochándoles su avaricia y apego a las riquezas. Cuando luego dijo a los suyos que se guardasen de la levadura de los fariseos y les contó la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, se levantó entre los fariseos un gran tumulto, y Jesús tuvo que desaparecer entre las turbas y salir: de otro modo lo hubiesen tomado preso. Los cuatro corderitos que debían ser comidos por cuatro grupos de convidados en la casa de Lázaro, en Betania, que eran todos los días lavados y adornados con coronas nuevas, fueron esta tarde llevados a Jerusalén. Cada uno tenía una tarjeta con el nombre y señal del dueño de la casa en la corona, en torno del pescuezo. Eran de nuevo lavados y llevados a unos prados con cerco, no lejos del templo. Todos los convidados de Lázaro hacían hoy sus purificaciones. El mismo Lázaro traía el agua que se necesitaba para preparar los panes dulces, e iba con un sirviente a las habitaciones de sus convidados. El sirviente le hacía luz y él barría los rincones cumpliendo una ceremonia, mientras los criados y criadas lavaban, limpiaban y preparaban los cacharros y recipientes para los panes dulces. Esto era el barrido de la levadura. Simón, el fariseo de Betania, ya estaba con Jesús: parecía que la lepra le invadía; ahora está más limpio. Sigue a Jesús, pero no está resuelto. El hombre sanado en Bethesda corrió también a Betania para verse con Jesús. Contaba en todas partes a los fariseos que el que le había sanaclo era Jesús. Los fariseos se reunieron y determinaron tomar preso a Jesús y terminar de una vez con Él. He visto a Jesús con frecuencia caminar por el Huerto de los Olivos con los suyos, y a María con Magdalena y otras mujeres seguirles a cierta distancia. He visto a los apóstoles sacar algunos granos de trigo para comerlos, como también frutas y bayas de los árboles. Jesús les habló de la oración: que se guardasen de la vanidad e hipocresía en la oración y repitió varias enseñanzas. Les dijo que debían estar siempre, sin interrupción, en la presencia de Dios, su Padre, y Padre de ellos, en la oración.
Cena pascual en casa de Lázaro
En esta fiesta no se inmoló el cordero pascual en el templo tan temprano como en la crucifixión de Jesús, cuando se comenzó a las doce y media, hora en que Jesús estaba clavado en la cruz. Entonces era el Viernes y se empezaba antes por razón de entrar ya el Sábado. Hoy empezó a eso de las tres de la tarde. Se tocaron muchas trompetas, todos se dispusieron y la gente se dirigía en grupos al templo. La ligereza y el orden con que se procedía era admirable: todos estaban agrupados unos junto a los otros y nadie se molestaba; cada uno tenía su camino para ir y venir, para sacrificar y cumplir su deber. Los cuatro corderos para la casa de Lázaro fueron sacrificados por los cuatro que hacían como jefes de casa: Lázaro, Helí de Hebron, Judas de Barsabas y Heliaquín, hijo de Maria Helí y hermano de Maria Cleofás. Los corderos eran sujetos a un asador de leño con otro atravesado como una cruz y colocados parados en el horno para asarlos. Las entrañas, corazón e hígado se ponían dentro del mismo cordero sacrificado; en otros se ponían delante junto a la ca¬ beza. Betfagé y Betania eran considerados como partes de Jerusalén y se podía comer el cordero pascual en esos lugares. Por la tarde, ya que comenzaba el 15 de Nìsán, se comía el Cordero pascual. Todos lo comían ceñidos los vestidos, con nuevas suelas en los piés y bastones de viaje en las manos. Primero cantaban los salmos: Bendito sea el Señor Dios de Israel y Alabado sea Dios, mientras caminaban con las manos levantadas y se ponían uno enfrente de otro. En la mesa, donde comía Jesús con sus apóstoles, hacía como dueño de casa Heli de Hebrón. Lázaro hacía lo mismo en la mesa de los de su casa y amigos. En la tercera mesa de los discípulos hacía de dueño Heliachím, y en la cuarta, Judas Barsabas. Eran treinta y seis los que comían aquí el cordero pascual. Después de la oración, se presentaba un vaso con vino al dueño de casa, que bendecía, gustaba y pasaba a los demás; luego se lavaba las manos. Había sobre la mesa los siguientes objetos: el cordero pascual, una fuente con tortas de pascua, una fuente con un jugo oscuro, un recipiente con salsa, otra fuente con atados de hierbas amargas y otra con hierbas verdes muy tupidas. El dueño de casa partía el cordero pascual; se repartía y debían comerlo de prisa. Cortaban las hierbas tupidas, las mojaban en la salsa y comían. El dueño cortaba también un pedazo de la torta pascual y otro pedazo lo ponía debajo del mantel. Todo procedía con premura, oraciones y dichos y se apoyaban sólo en los asientos. Después pasaban de nuevo un vaso con vino, el dueño se lavaba las manos, tomaba un manojo de hierbas amargas, lo ponía sobre un plato de pan, lo mojaba en la salsa, comía de él, y los demás hacían lo mismo. El cordero pascual era comido totalmente: los huesos eran mondados con un cuchillo, lavados y quemados. Luego cantaron y finalmente se sentaron a la mesa para comer y beber. Había allí alimentos de formas muy curiosas y en la comida estuvieron muy alegres. En la casa de Lázaro tenían todos hermosos vasos. En la última pascua de Jesús había panecillos con diversas figuras y ciertas honduras hechas en las mesas servían de plato para los comensales. Las mujeres estuvieron en mesas aparte y estaban vestidas como para viajar. Cantaban y decían salmos, pero no hacían ceremonias. No cortaban ellas mismas su cordero, sino que lo recibían de otra mesa. En las salas de al lado he visto que comían también su cordero pascual muchos pobres a los cuales Lázaro les costeaba los gastos, llenándolos de regalos. Jesús enseñaba y contaba durante la comida. Habló hermosamente de una vid, del injerto para ennoblecer la vid, de la poda de lo inútil, del plantío de buenas vides y del corte de las ramas inútiles perjudiciales. Les dijo a los apóstoles y discípulos que ellos eran esas vides y que el Hijo de Dios era el tronco de la planta, y que debían permanecer en Él, y que cuando Él fuere prensado, debían ellos predicar y esparcir el verdadero tronco de la vid y trabajar todos en ese viñedo. Quedaron allí hasta muy entrada la noche. Estaban todos muy contentos y conmovidos. Judas Barsabas era, después de Andrés, el apóstol más anciano: estaba casado y su familia vivia, como pastores que eran, en las casas entre Michmetath e Iscariot. Helìachim vivía también casado y como pastor en la comarca de Ginnim. Era más viejo que Jesús.
El rico Epulón y el pobre Lázaro
La fiesta comenzó en el templo muy temprano; estaba abierto después de medianoche y todo lleno de lámparas. Las gentes venían desde temprano con sus ofrendas de acción de gracias: toda clase de aves y de otros animales que se podían comprar y que eran recibidos y revisados por los sacerdotes. Traían también dinero, telas, harina, aceite y otras cosas. Jesús con los discípulos, y Lázaro con los de su casa y las mujeres que allí estaban fueron temprano al templo. Jesús quedó entre sus discípulos. Se cantaron muchos salmos, se tocó, se ofrecieron sacrificios y se dieron bendiciones, que recibieron todos puestos de rodillas. Las gentes salían y entraban de a dos para los sacrificios y mientras tanto se cerraba para que no hubiese confusión. Muchos salieron después de las bendiciones, especialmente los extranjeros. Se iban a las sinagogas de la ciudad donde se cantaba, se predicaba y explicaba la ley y los profetas. Hacia el mediodía se hacía una pausa: mucha gente se había retirado; algunos iban a las cocinas, en el atrio de las mujeres, donde se preparaban comidas con partes de las víctimas. Allí se veían numerosos grupos comiendo en las salas adyacentes. Las muyeres habían partido más temprano hacia Betania. Jesús estuvo con los suyos, confundido entre los demás, hasta el fin, y después que abrieron todos los pasillos se fue con los suyos hacia el gran sitial que había en el templo, en el atrio, delante del Sancta Sanctorum. Se reunió mucha gente y también los fariseos. El sanado en el estanque de Bethesda estaba mezclado entre los oyentes. Todos los días había estado contando de Jesús, afirmando ante todos que quien hace tales cosas debe ser el Hijo de Dios. Los fariseos le habían ya prohibido hablar de este asunto, pero él continuaba. Jesús había hablado osadamente ayer en el templo y los fariseos temían que hoy los reprendería aún más delante del pueblo. Estaban reunidos muchos fariseos de otros lugares y se habían concertado con sus calumnias y mentiras para asaltar a Jesús en la primera oportunidad, tomarlo preso y juzgarlo. Como Jesús comenzara a hablar, empezaron los fariseos que le habian rodeado a interrumpirle con objeciones y reproches. Le preguntaron por qué no había Él comido la pascua con ellos en el templo y si había hoy cumplido con el sacrificio de acción de gracias. Jesús les respondió que los dueños de casa ya habían cumplido con esa prescripción. Le reprocharon de nuevo que sus discípulos comían sin lavarse las manos antes y que solían sacar granos de trigo y frutas de los árboles en el camino y que nunca lo habían visto a Él ofreciendo sacrificios en el templo. Decían que había seis dias para trabajar y que el Sábado es día de descanso, y que Él había curado al hombre en Sábado y era entonces profanador. Jesús enseñó y habló severamente del sacrificio, y que el Hijo del Hombre era Él mismo el sacrificio, y que ellos profanaban su sacrificio con su avaricia y sus blasfemias contra el prójimo. “Dios no pide sacrificios cruentos, sino corazones contritos”. Añadió que sus sacrificios en el templo terminarían, pero el Sábado continuaría; pero que el Sábado, descanso, era para la salud y provecho de los hombres. Pasaron luego a hablar de la parábola del pobre Lázaro que pretendían poner en ridículo, después de haberla Jesús contado de nuevo. Preguntaban: ¿Cómo sabía Él tan bien esa historia? ¿Qué cosa hablaron Lázaro, Abraham y el rico? ¿Si acaso había estado en el seno de Abraham o en el infierno con Epulón? ¿Si no se avergonzaba de contar semejantes cosas al pueblo? Jesús volvió a hablar de esta parábola, reprochando su avaricia, su crueldad para con los pobres, su engaño en tener tanta seguridad por la observancia de vanas formas y costumbres, mientras les faltaba el amor. Todo el sentido de la parábola del rico Epulón lo aplicó a la conducta de los fariseos. La historia del rico Epulón y Lázaro es verdadera y era conocida, pues la muerte de este mal rico había sido espantosa. He visto de nuevo en esta ocasión que el rico Epulón y el pobre Lázaro habían existido en realidad y que la vida y la muerte de ambos era bien conocida en el país. No habían vivido en Jerusalén, donde después a los peregrinos se mostraba la supuesta casa del rico. Habían muerto ambos durante la infancia de Jesús y la historia había pasado de casa en casa entre las familias piadosas. La ciudad donde vivieron se llama Aram o Amthar y está al Oeste del mar de Galilea, en la montaña. Ya no recuerdo toda la historia con precisión, pero aún recuerdo lo siguiente: el rico lo era en gran manera y era el jefe del lugar, un famoso fariseo que observaba con exactitud lo exterior de la ley; pero era duro y sin misericordia para con los pobres, y lo he visto rechazar duramente a los pobres que acudían a él en demanda de ayuda, dado que era el jefe de la ciudad y el encargado de la misma. Vivía en la misma ciudad un hombre muy piadoso, pero en extremo pobre y enfermo, lleno de llagas, que llevaba con suma paciencia su miseria y su enfermedad. Se llamaba Lázaro. Hambriento y enfermo se hizo llevar a las puertas de la casa del rico para abogar por la causa de los pobres que habían sido rechazados. El rico estaba a la mesa y banqueteaba, Lázaro había sido despedido duramente y alejado como impuro. y estando tendido a la puerta de la casa del rico pedía le dejaran recoger las migajas que caían de la mesa, pero nadie se las daba. Los perros, más compasivos, lamían sus llagas. Esto tenía su significado; los paganos eran más compasivos que los judíos y fariseos. Murió Lázaro de modo edificante y resìgnado; y murio también el rico, pero de muerte pésima, y se oían voces salir de su tumba, cosa que causaba espanto en todo el país. Jesús podía decir lo que aconteció después de la muerte de ambos, cosa que a los demás le era desconocida. Por esto se burlaban los fariseos y le preguntaban sarcásticamente si había estado en el seno de Abraham y oído los diálogos que allí habían tenido lugar. Como este Epulón había sido un fariseo hipócrita, observantc de las vanas formas, so resintieron mucho de que los igualara a Epulón y que dijera Jesús que no escuchaban a Moisés ni a los profetas, siendo que ellos se jactaban de ser observantes de la ley de Moisés. Jesús los dijo: “Quien no me escucha no escucha a los profetas que hablan de Mí; quien no me escucha no escucha a Moisés; que habla de Mí. Aún cuando se levantaron los muertos, vosotros no habíais de creer en Mí». Añadió: “Estos muertos se levantarán». (Esto sucedió un año después en su muerte y en este mismo templo). Y concluyó diciendo que Él también resucitaría y un dia los habia dc juzgar. “Todo lo que Yo hago, lo hace el Padre en Mi, aún levantar a los muertos». Jesús les habló también de.luan y de su testimonio, aunque Él no necesitara del testimonio de Juan, pues tenía otro mayor, que eran sus propias obras: éstas dan testimonio de Él y su Padre desde el cielo. Ellos no conocían a Dios: querian ser salvos por la letra de las Escrituras y no cumplían los mandamientos. “No os juzgaré Yo; será Moisés el que os condene, en el cual no habéis creído, aunque él ha escrito de Mí». De este modo continuó Jesús enseñando entre muchas interrupciones. Por último, se vieron tan confundidos y llenos de ira que se fueron contra Él y, haciendo tumulto, mandaron a buscar las guardias para que se apoderasen de Jesús. De pronto se oscureció todo y alzando Jesús sus ojos al cielo, dijo al ver crecer la confusión: «Padre, da testimonio de tu Hijo”. Vino una nube oscura del cielo, se oyó como un trueno y oi una voz penetrante en el templo: “Este es mi Hijo querido, en el cual tengo mis complacencias». Los enemigos quedaron aterrados y miraron a lo alto. Los discípulos que estaban detrás de Jesús, en semicírculo, se pusieron en movimiento, y Jesús, por entre ellos y la turba que se apartaba, salió por la puerta del Oeste y luego de la ciudad por una puerta que estaba junto a la casa que Lázaro tenía en Jerusalén. Se dirigieron al Norte en dirección a Rama. Los discípulos no oyeron la voz, sino sólo el trueno, pues su hora no había llegado aún. Algunos de los más encarnizados fariseos oyeron la voz. Cuando volvió la luz, no hablaron del caso, salieron de allí y enviaron gente a perseguir a Jesús; pero ya no lo pudieron hallar; se irritaron y se avergonzaron de haberse dejado sorprender y de no haberlo prendido. En las enseñanzas de estos días en el templo y en Betania, habla Jesús con frecuencia de seguirle a Él y de llevar la cruz. “Quien pretende salvar su vida, la perderá; quien la sacrifica por causa mía, la ganará. ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? Quién se avergüenza de Mi. delante de este mundo perverso y adúltero, de él se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en la majestad de su Padre, para dar a cada uno según sus obras». Dijo una vez que había algunos entre los oyentes que no gustarían la muerte hasta que vieran el reino de Dios en toda su fuerza. Algunos se burlaron de estas palabras. Yo ahora no sé explicar el significado de esto y lo que Jesús quiso decir. Las palabras que yo oigo del Evangelio son siempre lo principal de lo que Jesús decia, pero aquí se declara todo mucho más y así lo que en el Evangelio se lee en un par de minutos era tema de enseñanza de varias horas. A Esteban, el futuro diácono, lo veo ya relacionado con los discípulos. En esa fiesta en que Jesús sanó al hombre en el estanque de Bethesda, conoció a Juan y lo vi frecuentar mucho la casa de Lázaro. Es un joven esbelto, discípulo de los escribas de la ley. Había estado con varios discipulos de Jerusalén en Betania y oía allí las enseñanzas de Jesús.