Tomo VIII — Desde la segunda Pascua hasta el regreso de la isla de Chipre

Sección 3: capítulos XI – XV

Jesús habla en la sinagoga del Pan de la vida — Jesús en la ciudad de Gessur

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En esta sección:

Capítulo XI

Jesús habla en la sinagoga del Pan de la vida

Como Jesús en el Sábado enseñase en la sinagoga la lección del día, comenzaron a preguntarle sobre el pan de la vida: ¿Cómo podía Él llamarse el Pan de la vida que viene del cielo, siendo que todos sabían de donde era Él? Jesús volvio a repetir lo que había dicho. Los fariseos traían siempre las mismas objeciones; y como hablando se decían hijos de Abraham y de Moisés, preguntaban cómo podía Él llamar a Dios su Padre? Él les preguntó cómo podían ellos llamarse hijos de Abraham y a Moisés su maestro siendo que ellos no observaban ni los mandatos ni la vida de Abraham ni de Moisés. Les mostró claramente su mala vida y su proceder lleno de hipocrecía, de modo que quedaron avergonzados e irritados. Después continuó hablando del Pan de la vida y dijo: “El pan quo yo os daré es mi carne, que entregaré para la vida del mundo». Entonces se levantó un murmullo. Decían: ¿Cómo puede Él darnos su carne para comida? Jesús continuó mucho más extensamente de lo que está en el Evangelio: “Quien no come mi carne y no bebe mi sangre, ése no tendrá vida en sí mismo. Quien lo hace tendrá la vida eterna y lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mi y Yo en él. Como mi Padre me ha mandado y como Yo vivo por mi Padre, así quien me come vivirá por Mí. Aquí esta el Pan venido del cielo: no un pan como el maná que vuestros padres comieron y murieron. Quien come de este Pan, vivirá eternamente”. Todo lo explicaba con los profetas, especialmente sobre Malaquías, y mostró el cumplimiento de ellos en Juan el Bautista, del cual habló largamente. Como preguntaran cuándo les daría de ese pan de vida, les señaló el tiempo, diciendo: “A su tiempo”, y dio un tiempo en semanas con una manera particular de expresarse. Yo hice la cuenta, según eso y resultó un año, seis semanas y algunos días. Todos estaban muy excitados y los fariseos trataban de aumentar la rebelión latente. Jesús volvió a hablar de lo mismo en la sinagoga y luego enseñó sobre la sexta y séptima petición del Padrenuestro, y el sentido de: “Dichosos los pobres de espíritu”. Declaró: los que son sabios, que no lo sepan, y los ricos sean como si no lo fuesen. Murmuraron de nuevo diciendo: “Si uno no lo sabe, no lo puede usar”. El volvió a decir: “Dichosos los pobres de espíritu: que se sientan pobres y sean humildes delante de Dios, del cual viene toda sabiduría y fuera del cual toda ciencia es una calamidad». Como volvieran sobre lo dicho: del pan de vida, de comer su carne y beber su sangre, preguntaban nuevamente. Jesús repitió su enseñanza más terminantemente. Murmuraron muchos de sus discípulos y dijeron: “Duro es este hablar ¿y quién lo puede oír?» Él les dijo que no se escandalizaran, que aún verían otras cosas más graves, y les dijo claramente que lo perseguirían y que aún los más fieles lo abandonarían. Entonces se entregaría en las manos de sus enemigos, que lo matarían; pero que Él no abandonaría a los que habrían huido, sino que su espíritu estaría con ellos. Esto de entregarse en los brazos de sus enemigos, era como decir abrazar a esos enemigos o ser estrechado por ellos; no alcanzo a dar ahora el sentido verdadero. Se refería al beso de Judas y a su traición. Como ellos se escandalizaran aún más, les dijo: “¿Qué será entonces cuando veáis al Hijo del Hombre subir allá de donde ha venido? El espíritu es el que vivifica, la carne no aprovecha nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Hay entre vosotros algunos que no quieren creer; por eso os dije: ninguno puede venir a Mi si no le es dado por mi Padre”. Después de estas palabras se produjo en la sinagoga un murmullo y unos treinta de los discípulos más nuevos y de los venidos del Bautista se pasaron al lado de los fariseos y murmuraron con ellos. Los apóstoles y discípulos más antiguos se acercaron más a Jesús. Jesús dijo en alta voz: “Es bueno que esos muestren de qué espiritu son, antes que puedan causar mayores daños». Cuando Jesús abandonó la sinagoga, quisieron los fariseos y los discípulos apóstatas detenerlo y disputar con Él sobre esas cosas; se habían entendido en ese sentido y pretendían pedirle explicaciones. Los apóstoles, sus discípulos fieles y sus amigos lo rodearon, y así pudo librarse de esa molestia, entre el clamoreo de los contrarios: “He ahí lo que es… Ya no necesitamos saber nada con El; se ha mostrado para todo hombre inteligente que es un loco. Pretender que se coma su carne… que se beba su sangre… Decir que viene del cielo… que subirá al cielo…». Jesús anduvo con los suyos. que se separaron en diversas direcciones, hacia la vivienda de Zorobabel y de Cornelio, en la altura norte de la ciudad y a través del valle, y cuando se encontraron juntos en un determinado punto, siguió enseñando. Como preguntara Jesús si también ellos lo querían dejar, habló Pedro por todos diciendo: “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y conocemos que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Jesús contestó, entre otras cosas: “Yo os he elegido a vosotros doce, y entre vosotros uno es diablo”. María había estado con otras mujeres en el último sermón de la montaña y en la sinagoga. De todo lo que había oído en estos últimos días había tenido interior luz para conocer el significado de todas estas cosas; pero como la Segunda Persona de la Santísima Trinidad había tomado carne en Ella y hecho Niño, del mismo modo estas cosas estaban como ocultas en la humildad y reverencia de su amor matemal a Jesús. Cuando Jesús habló más claramente que nunca, para escándalo de estos ciegos fariseos, he visto a María rezando en su cámara y en la contemplación silenciosa del saludo del ángel y del nacimiento y las maravillas de su maternidad y de la niñez de Jesús-Dios. Veía a su Hijo como Hijo de Dios y le sobrevino tanta humildad y confusión que se deshacía en lágrimas de ternura. Todas estas contemplaciones se ocultaban de nuevo en el sentimiento de su amor maternal hacia su divino Hijo, como las apariencias del pan ocultan al Dios vivo en el Santísimo Sacramento. Cuando se separaron esos discípulos de Jesús he visto en cuadro los dos reinos: el reino de Cristo y el de Satanás. He visto la ciudad de Satanás y la prostituta de Babilonia, sus profetas y profetisas, sus obradores de portentos y apóstoles, todo en mayor esplendor y mayor riqueza y aparato que el reino de Cristo. Reyes y emperadores y aún muchos sacerdotes se encaminaban hacia Satanás en carros y caballos. Satanás tenía un espléndido trono. El reino de Cristo sobre la tierra lo he visto pobre e insignificante, lleno de sufrimientos y de penas, y a María como Iglesia, y a Cristo en la cruz, también como Iglesia, y que se entraba en ella a través de las llagas de su sagrado Costado.

Capítulo XII

Jesús en Dan y en Ornitópolìs

Cuando Jesús caminaba desde Cafarnaúm hacia Caná y Cydessa con sus apóstoles y discípulos he visto que en las cercanías de Gischala reunió a los doce en tres hileras y a cada uno le fue diciendo su temperamento natural y sus inclinaciones. En la primera fila estaban Pedro, Andrés, Juan, Santiago el Mayor y Mateo; en la segunda, Tadeo, Bartolomé, Santiago el Menor y el discípulo Judas Barsabás, y en la tercera, Tomás, Simón, Felipe y Judas Iscariote. Cada uno oyó de Jesús lo que pensaba en su interior y esperaba, y todos quedaron muy conmovidos. Jesús tuvo luego un largo discurso sobre las penas y los sufrimientos de su misión y repitió: “Entre vosotros hay un diablo”. Estas hileras no fueron sometidas unas a otras, sino sólo ordenadas según carácter y dotes personales. Judas Barsabás, discípulo, estuvo entre los apóstoles, y así habló Jesús de él y de su modo de ser, puesto en la segunda hilera. Yendo adelante les instruyó como debían hacer en las curaciones y echar los demonios, para que lo imitaran en el modo de proceder que Él tenía en esos casos. Les dio la fuerza y la potestad de hacer con la imposición de las manos y ungir precisamente lo que Él hacía. Esta entrega del poder fue sin imposición de las manos, pero fue verdadera entrega de una potestad. Estaban en derredor de Él y he visto rayos de diversos colores salir de Él e ir a los apóstoles y discípulos según la potestad recibida y las disposiciones particulares de ellos mismos. Ellos dijeron: «Señor, sentimos una fuerza en nosotros; tus palabras son verdad y vida”. Desde ese momento sabía cada uno como debía proceder en las curaciones sin pensarlo ni deliberarlo cada vez. Jesús llegó con todos los suyos a Elkese, a una hora y media de Cafarnaúm y celebró el Sábado en la sinagoga, donde ocurrió la lectura de la construcción del templo de Salomón. Recuerdo que dijo que los apóstoles y discípulos eran como los maestros de obra que deben, sobre los montes, aserrar y cortar cedros y maderas. Habló de los adornos interiores del templo. Después de la sinagoga, donde había muchos fariseos, fue invitado a una comida. Se comió en una sala abierta. Muchas personas estaban alrededor para oír lo que se conversaba y muchos pobres fueron obsequiados con alimentos. Como observaran los fariseos que los discípulos se pusieron a la mesa sin lavarse las manos, se lo reprocharon a Jesús, porque sus discípulos no observaban las tradiciones de sus mayores y no cumplían con esas purificaciones. Jesús les preguntó por qué ellos no cumplían los mandamientos y, contra sus tradiciones, no honraban al padre y a la madre. Les reprochó su hipocrecía con sus lavajes exteriores. Con estas disputas terminó la comida, pero Jesús habló aún al pueblo que se habia amontonado: “Oíd y entended; nada de lo que entra por la boca del hombre desde afuera mancha al hombre; lo mancha lo que sale del interior del hombre. Quien tiene oídos para oír, oiga”. Llegados al albergue y estando solos dijeron los discípulos que estas palabras habían escandalizado a los fariseos. Jesús les dijo: “Toda planta que mi Padre no ha plantado será arrancada de raíz. Dejadlos, son ciegos y guía de ciegos; cuando un ciego guía a otro ciego, ambos caen en la fosa”. Cuando Jesús en la tarde siguiente terminó su enseñanza en la sinagoga, levantaron los fariseos de nuevo sus observaciones porque los discípulos no observaban los ayunos. Jesús les reprochó su falta de caridad y su egoísmo, diciendo: “Los discípulos comen después de mucho trabajo cuando otros les dan; cuando los otros no tienen, ellos dan lo suyo y Dios lo bendice”. Trajo a colación la multiplicación de los panes diciendo que allí los discípulos dieron lo que necesitaban ellos y preguntó si ellos hubieran hecho lo mismo que los apóstoles, que dieron sus panes y sus peces a los hambrientos. De aqui partió Jesús con sus apóstoles y discípulos a través de la fortaleza y ciudad levítica de Kades-Neftali, edificada de piedras negras y brillantes hacia la ciudad de Dan, llamada también Lais y Leschem. Durante el camino les habló de la oración. Les explicó el Padrenuestro y les dijo que hasta ahora no habían orado dignamente, que sólo habían pedido, como Esaú, sobre la grosura de la tierra; que debían pedir, como Jacob, el rocío del cielo, dones celestiales, la bendición de la inteligencia, el reino según la voluntad de Dios, y no como se imaginaban ellos ese reino. Aún los paganos no hacen su oración por bienes materiales solos, sino por riquezas espirituales. La ciudad de Dan, al pie de una montaña alta, es muy extensa, debido a los jardines de que está provista casi cada casa; todos trabajan en sus huertas; cosechan hierbas y frutas de toda clase, kalmus, mirra, bálsamo, algodón y muchas especias olorosas, con las cuales comercian con los tirios y sidonios. Los paganos viven aquí más mezclados que en otros lugares. Aunque es una región tan hermosa y fértil, había muchos enfermos. Jesús enseñó con los discípulos en un albergue en medio de la ciudad. Los apóstoles y discípulos habian estado aqui en su última misión, habian contratado este albergue y lo habian arreglado para este fin. Entre apóstoles y discípulos eran aquí treinta personas. Los que habían estado antes y a quienes se dirigían los hombres por ayuda, llevaban a Jesús a diversas casas de enfermos; los demás se esparcieron por los alrededores. Pedro, Juan y Santiago quedaron con Jesús. Sanó enfermos de varias clases: hidrópicos, melancólicos, endemoniados, leprosos, estropeados, muchos ciegos y otros con hinchazones en la cara y miembros. Ciegos y baldados había muchos, especialmente entre los trabajadores. Esta ceguera provenía de la picadura de un pequeño insecto que volaba en grandes cantidades. Jesús les indicó una hierba con cuyo jugo debían untarse, que entonces no les picarían esos insectos y les explicó una moraleja sobre el asunto. Las hinchazones que solían degenerar en dolorosas quemaduras y llagas, de las cuales morían los atacados, provenían también de un pequeño insecto que se nutria de los árboles, y descendía de ellos por el aire como nubes densas; estos insectos, como hollín de las fábricas, se metían en la piel del hombre y producían una hinchazón. Jesús les mostró otro insecto, como remedio: debían ponerlo, aplastado, sobre la hinchazón y desaparecía la enfermedad; este insecto en un gusano blanco como una lombriz de sótanos, con quince puntitos sobre el lomo, del tamaño de un huevo de hormiga y podía enrollarse sobre si mismo.

Capítulo XIII

La Sirofenisa

Mientras duraban esasa curaciones una señora de edad, algo encorvada, rengueando de una pierna y pagana, iba de una casa a otra buscando ocasión de ver a Jesús; pero no se atrevía por humildad y desde cierta distancia pedía ayuda; era de Ornitópolis. Jesús evitaba, al parecer, su encuentro, pues ahora sanaba sólo a los judíos enfermos. La acompañaba un criado con un paquete en la mano. Esta señora estaba vestiada como extranjera, con ataduras en los brazos y en el cuello de su vestido; sobre la cabeza llevaba una especie de mitra puntiaguda rodeada de una tela de color y estaba cubierta con el velo. Esta señora tenía en casa una hija enferma y endemoniada y esperaba desde hacía tiempo a Jesús. Había venido aquí cuando andaban los apóstoles en estos lugares y ellos se lo recordaban a Jesús. Él contestaba que aún no era el momento, que no quería dar motivo de queja a los judíos, que no quería mostrar preferencia a los paganos sobre los judíos. Por la tarde fue Jesús con Pedro, Juan y Santiago a la casa de un anciano judío, bien intencionado, amigo de Lázaro y de Nicodemo y discípulo secreto de Jesús. Daba mucho de lo suyo para la comunidad, para los albergues; tenía dos hijos y dos hijas de cierta edad, y era un hombre débil por la edad. Los hijos no estaban casados, eran nasireos, llevaban cabellos largos partidos y no se cortaban la barba. Las hijas tenían cabellos largos partidos que se veían debajo del velo. Todos vestían de blanco. El anciano padre, de larga barba blanca, fue llevado por sus hijos a la presencia de Jesús ya que no podía caminar solo. El buen viejo lloraba de emoción, lleno de veneración y alegría. Los hijos lavaron los pies de Jesús y sus apóstoles y le ofrecieron una refeccón de frutas y pequeños panes. Jesús se mostró con ellos muy familiar y confiado; habló de sus giras próximas y dijo que no aparecería públicamente en Jerusalén para esta Pascua. No permaneció mucho en la casa. El pueblo había espiado su estadía allí y se había reunido una multitud en el patio. Jesús salió al patio y al jardín y sanó y enseñó entre las paredes que defendían el recinto durante varias horas. La mujer pagana hacía mucho que estaba allí esperando, a cierta distancia. No se atrevía a acercarse y Jesús tampoco se aproximaba. Ella se contentaba con clamar, como otras veces: «Señor, hijo de David, ten misericordia de mí. Mi hija está atormentada por un demonio impuro”. Los discípulos le rogaron consolase a la mujer. Jesús dijo: “No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. La mujer se acercó finalmente, y echándose a los pies de Jesús, exclamó: «Señor, ayúdame”. Jesús dijo: “Deja primero que los hijos se sacien. No es conveniente quitar el pan de los hijos y darlo a los perros». La mujer contestó: «Señor, también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de su señor». Dijo entonces el Señor: «Mujer, grande es tu fe; hágase como tú deseas”. A la pregunta de si no deseaba ella misma ser sana, pues estaba inclinada hacia un lado, contestó que se creía indigna de ser sanada y pedía sólo por su hija; pero Jesús puso una mano sobre su cabeza y la otra al lado baldado y le dijo: “Enderézate y se cumpla como tú lo deseas; tu hija está libre del demonio». Se levantó la mujer en pie derecha y esbelta, y quedó un instante inmóvil; luego exclamó con las manos levantadas: «Señor, veo a mi hija sana y buena tendida en la cama”. Estaba fuera de sí de contenta. Tuvieron luego una comida en la casa de los nasireos; estaban presentes algunos levitas de Kades y todos los apóstoles y discípulos que se habían reunido de nuevo en el albergue. Fue una comida abundante, como hacía tiempo que no tenían los discipulos y fueron provistos los pobres del lugar. Jesús volvió muy tarde al albergue. Ayer y hoy se hace la fiesta del novilunío. Cuando a la mañana siguiente Jesús enseñaba y sanaba bajo las columnatas del mercado, vino la Sirofenisa trayendo a un pariente venido de Ornitópolis: estaba estropeado este hombre del brazo derecho y además era sordomudo. La mujer pidió ayuda para él y le rogó fuese a su ciudad para poder agradecerle allí los favores recibidos. Jesús tomó al hombre a un lado, puso su mano sobre el brazo enfermo, oró, y aquél extendió su brazo sano y bueno. Luego tomó un poco de su saliva, le tocó los oídos, y llevóle la mano sanada a la lengua, miró al cielo y oró; el hombre se levantó al punto, habló y agradeció. Jesús se adelantó al pueblo con el hombre, el cual empezó a hablar perfectamente y en tono profético. Se echó primero a los pies de Jesús y dió gracias; luego se volvió hacia los judíos y los gentiles pronunciando amenazas contra los judíos; nombraba los lugares de las maravillas de Jesús y sus milagros y reprochaba la obstinación de los judíos, y añadió: “El alimento que vosotros, hijos de la casa, despreciáis y echáis, lo juntamos nosotros los desheredados, y con ese alimento viviremos y daremos gracias. Con el fruto de las migajas que nosotros juntamos se compensa lo que vosotros dejáis perderse del pan del cielo”. En esta forma habló de modo tan maravilloso que todo el pueblo estaba conmovido. Abandonó Jesús la ciudad y subió con los discípulos y apóstoles a una altura muy apartada de una montaña al oeste de Leschem, donde había una cueva amplia con bancos y asientos. Eran estas cavernas lugares de descanso para viajeros. Caminaron un par de horas y pasaron la noche allí, donde enseñó Jesús de las diversas maneras de sanar, según los casos. Le habían preguntado, en efecto, por qué al mudo le haíia hecho poner su propia mano en la boca y lo había apartado de los demás. Él los instruyó sobre esto, enseñó sobre la oración y alabó a la mujer pagana que pedía conocimiento de la verdad y no bienes materiales. También les prescribió varias cosas: que salieran de a dos en dos y que enseñasen las mismas verdades que Él les había enseñado. Les dijo que de tanto en tanto se reuniesen y se comunicasen los resultados de la misión y cómo les había ido en ella; que los apóstoles dijeran a los discípulos la parte de la misión que debían cumplir; que durante el camino lo pasaran rezando y hablando de las cosas que iban a enseñar. Haciendo camino llegaron a la ciudad de Hamator que está situada en una altura y tuvieron que fatigarse mucho para llegar, hasta que ascendieron a una altiplanicie desde donde se podía ver el Mediterráneo. Luego descendieron por varias horas y llegaron a un río, que desde el norte de Tiro se echa en el mar y entraron en un albergue del camino a tres o cuatro horas de Ornitópolis.

Capítulo XIV

Jesús en la ciudad de la Sirofenisa

La Sirofenisa era una mujer respetable en su propia ciudad. Se había ausentado a su casa y preparado para Jesús y sus acompañantes una muy buena recepción. Los paganos acudieron humildes al encuentro de Jesús y de los suyos, los llevaron aparte y les hicieron todos los servicios con mucha humildad y reverencia, teniendo a Jesús por un gran profeta. Al día siguiente subió Jesús con los suyos a una altura, cerca de una pequeña ciudad pagana, donde había un sitial de enseñanza desde los antiguos tiempos en que algunos profetas habían enseñado. Los mismos paganos tenían este lugar por respetable y lo habian cubierto con una hermosa tienda en el sitial de enseñanza. Había muchos enfermos que se mantenían a distancia, reverentes, esperando que Jesús se acercara a ellos con sus discípulos. Jesús sanó a muchos con llagas, estropeaduras en los miembros, hombres con manos áridas, melancólicos, algo endemoniados, los cuales, librados, salían como de un sueño en que estaban sumergidos. A los que tenían llagas e hinchazones muy graves Jesús les ponía la mano y desaparecía el mal. Hizo traer por los discípulos una planta que crecía allí sobre las desnudas rocas, con hojas gruesas y grasosas; un poco del agua que tenía en un frasco lo hacía poner por los discípulos sobre las llagas sanadas y tenerlo algún tiempo sobre el lugar de la parte enferma. Después de estas curaciones Jesús pronunció un hermoso sermón sobre el llamamiento de los paganos, explicó varios pasajes de los profetas y les dijo que sus ídolos eran vanos como su culto. Después fué con sus discípulos al Noroeste, hacia Ornitópolis, distante unos tres cuartos de hora del mar. Esta ciudad no es grande, pero tiene hermosos edificios; al Este, sobre una altura, se ve el templo de los ídolos. Jesús fué recibido con extraordinario amor. La Sirofenisa hizo arreglar todo ricamente; por humildad y reverencia hizo hacer estos preparativos por las pocas y pobres familias de judíos que viven en el lugar. Toda la región estaba llena de la fama de los hechos acontecidos; de la salud y liberación de la hija, de la salud recuperada de la madre, y especialmente de haber recuperado el habla y el oido el pariente de la Sirofenisa que luego habló proféticamente de Jesús y de las amenazas contra los obstinados. Todos estaban reunidos cerca de la casa: los paganos, por humildad y reverencia, se mantenían a cierta distancia llevando ramas y palmas en la mano; los judíos, en cambio, unos veinte, con algunos muy ancianos que debían ser sostenidos, precedían a los que venían al encuentro de Jesús; el maestro del lugar venía con sus alumnos; las mujeres y las doncellas seguían el cortejo cubiertas con el velo. Para Jesús y sus discípulos se había desocupado una casa cerca de la escuela y la Sirofenisa la había hecho arreglar con hermosos tapices, alfombras, menaje y lámparas. Se les lavó los pies con mucha humildad por los judíos del lugar y se les dio otros vestidos y suelas para los pies, mientras se les arreglaba, sacudía y limpiaba los propios vestidos. Después estuvo Jesús con el maestro y enseñó en la escuela. Se preparó una espléndida comida en honor de Jesús en una sala abierta. Fue preparada por la Sirofenisa: esto se veía en todos los detalles del menaje, de los vasos, de la clase de comidas, de las mesas y su disposición, que eran todos del modo que usaban los paganos. Había tres mesas, mucho más altas de lo que acostumbraban los paganos; asimismo eran diferentes los divanes y asientos. Los alimentos estaban preparados en forma de artísticos animales, aves, plantas, árboles, colinas y pirámides; eran en realidad otros de lo que aparecían; así, formas de peces eran en realidad carne, y formas de aves eran peces; corderos compuestos de hierbas y frutas, de harina o de miel. No faltaban corderos asados y toda clase de confituras. En una mesa estaba Jesús con sus apóstoles y algunos judíos ancianos; en otra los discípulos con otros judíos, y las mujeres con los niños comían en otra mesa separada por una cortina. Durante la comida entró la mujer sirofenisa con su hija y sus parientes para dar las gracias. Los criados venían detrás trayendo hermosos regalos en lindos canastillos. La hija se adelantó con un recipiente de ungüento muy apreciado y, cubierta con el velo, lo derramó sobre la cabeza de Jesús, por detrás. Luego retrocedió modestamente hacia su madre. Los criados entregaron los regalos a los discípulos; eran dones de la hija. Jesús agradeció estos regalos. La mujer le dio la bienvenida a su tierra y declaró que sería una alegría para ella si pudiera mostrar no fuera más que su buena voluntad en su indignidad para compensar en algo los muchos disgustos que recibía de las gentes de su nación. Esto lo hacía con gran humildad y desde cierta distancia, como reputándose indigna de acercarse más. Del dinero que venía con los regalos hizo repartir a los pobres del lugar, como también de los alimentos presentados en la mesa. Esta mujer sirofenisa era una viuda muy rica; su marido había muerto cinco años atrás: había sido propietario de varios buques grandes y tenía mucha gente de mar a su servicio; poseía muchos campos y hasta pequeñas villas. Cerca de aquí hay un resalte dentro del mar donde vive mucha gente formando una población y que pertenece a esta mujer. El marido fue un rico mercader y la señora es muy estimada en la región. Los judíos pobres del lugar casi todos vivían a expensas de esta mujer caritativa. Era muy prudente y bienhechora y dentro de su paganismo tenía cierta iluminación en su religión pagana. Su hija tendría 24 años de edad y era de hermosa presencia y muy agraciada y crecida. Su vestido era de color variado con collares al cuello y brazaletes en los brazos; había tenido por razón de sus riquezas a muchos pretendientes, pero estaba poseída de un temible demonio; cuando le venían las convulsiones saltaba de su lecho y quería huir, de modo que era necesario vigilarla de continuo y a veces atarla. Cuando le pasaban esos accesos era buena y virtuosa. Era esta situación una espantosa prueba para la madre e hija tan distinguidas, y por eso tenían que tenerla oculta. Ya hacía muchos años que soportaba esta prueba. Cuando la madre volvió a su casa, le salió al encuentro la hija, ya librada, y le dijo la hora en que había sido sanada: la misma en que Jesús le había dicho. Grande fue la alegría de la madre al ver a su hija sana y grande; y la de la hija al ver a su madre derecha y esbelta. Aumentó la alegría de ambas al oír y ver sanado al pariente mudo y sordo y oirse saludar. Estaban por eso llenos de gratitud hacia Jesús y habian preparado esta magnífica recepción. Los regalos eran todos de la hija, los que había recibido en diversas ocasiones desde su niñez de su madre, de sus parientes y especialmente de su padre cuando volvía de sus viajes: era la única hija de este matrimonio. Se trataba de alhajas y preciosidades que suelen regalarse a hijos de familias ricas; había algunos objetos valiosos que habían tenido ya sus antepasados; entre otros, idolillos de piedras preciosas con perlas y adornos de oro; piedras preciosas de mucho valor; vasos de materia preciosa, y pequeñas figuras diversas cuyos ojos eran piedras preciosas refulgentes, como también la boca. Había materias olorosas como ámbar y arbolillos de oro con frutos de piedras preciosas. Era un verdadero tesoro. Algunas joyas yo las calculaba de un valor como de mil táleros (escudos). Jesús dijo que todo se repartiese a los pobres y necesitados, que su Padre celestial lo recompensaría. El Sábado visitó Jesús a algunas familias judías: daba limosnas, consolaba y exhortaba. Había algunas familias muy pobres y desamparadas. Los reunió a todos en la sinagoga y les habló con mucho cariño y amor, porque ellos se tenían despreciados por los judíos de Judea. Preparó a muchos para el bautismo, y se bautizaron unos veinte hombres en el baño de un jardín; entre ellos estaba el pariente curado de la sirofenisa. Jesús se dirigió con sus discípulos a la casa de la sirofenisa, que tenía una hermosa vivienda rodeada de jardines y patios. Fue recibido con mucha solemnidad. Los criados estaban con vestiduras de fiesta y ponían costosas alfombras por donde pasaba Jesús. En el vestíbulo sostenido por columnas se adelantaron la madre y la hija cubiertas con el velo, y se echaron a sus pies, dándole gracias; igualmente el hombre sanado de su mudez y sordera. En la sala había preparados admirables trabajos de pasteleria y frutas sobre preciosas fuentes. Los recipientes eran de vidrio de variados colores y vetas, al parecer fundidos de varias clases en uno. Entre los judíos más ricos había visto alguno que otro de estos vasos preciosos; pero aquí los había en abundancia. En los ángulos y cavidades de las paredes había, cubiertos por cortinas, cierta cantidad de estos vasos. Los alimentos estaban sobre mesitas redondas y de otras formas, que podían unirse y formar una mesa grande. Entre los alimentos vi grandes racimos de uva seca que aún colgaban de sus tallos y estaban en aquellos vasos preciosos; otros frutos parecian colgar de ramas como si fuesen arbolillos. Había una composición en forma de caños con hojas y frutos como uvas, blancos: quizás eran azucarados y parecían coliflores; se desgajaban de su tallo y tenían un gusto exquisito. La planta que servía para formar esta confitura crecía cerca del mar en una posesión de la señora y abundaba en lugares húmedos y pantanosos. En otro lado de la casa se reunían las criadas, los servidores, amigas de la hija y otros trabajadores. Jesús habló brevemente con ellos. La mujer pidió con humilde insistencia que Jesús visitara a los pobres de Sarepta, como también otros lugares de esta región. Tenía esta mujer mucha prudencia y arte en expresar y exponer sus necesidades. Dijo más o menos: “Sarepta, cuya pobre viuda compartió con Elías todo lo que tenía, es ahora una pobre viuda ella misma y está pobre y hambrienta. Ahora Tú, como el mayor de los profetas, compadécete de esta pobre ciudad. Y a mí, pobre viuda, a quien Tú has consolado y dado todo lo que tengo, perdónale que ella, pobre viuda, te pida por esa otra viuda desamparada”. Jesús le prometió ir allá. Le dijo también la sirofenisa que quería edificar una sinagoga y que Jesús le indicase el lugar. No recuerdo que respuesta le dio. Esta mujer tenía talleres muy grandes de tejeduría y tinturería; en lugares cerca del mar, como a distancia de su casa, tenía tiendas donde se veían extendidas muchas clases de tejidos de diversos colores. Tienen allí en mucho aprecio los objetos de ámbar y de esto he visto que eran muchos de los regalos que recibió Jesús de la hija de la Siroíenisa. La conclusión del Sábado la hizo Jesús en la sinagoga de los judíos, que estaba adornada. Para consuelo de los pobres judíos les dijo que ya no se realizaba lo dicho por el profeta: “Vuestros padres comieron uvas acerbas y sus hijos tienen ahora sus dientes gastados». El que escucha ahora su voz, hace penitencia y se arrepiente y se hace bautizar, ya no lleva las consecuencias de los pecados de sus padres. Esto consoló en gran manera a los pobres judíos. Por la tarde del dia siguiente Jesús se despidió de la Sirofenisa, la cual con la hija y el pariente sanado le regalaron formas alargadas de oro con provisiones de pan, frutas, bálsamo, miel en canastillos y recipientes con bebidas para el viaje, y enviaron al albergue de Sarepta regalos para los pobres que encontraran. Jesús exhortó a toda la familia, les recomendó a los judíos pobres del lugar y su propia salud y se despidió entre las lágrimas de todos los de la casa que se mostraron muy humildes. Esta mujer está muy iluminada y ya no va al templo de los paganos con su hija, sino que hace según las enseñanzas de Jesús; se une a los judíos en su religión y trata de atraer a otros paganos a su modo de ser. Jesús instruyó a los discípulos en varias cosas referentes a su misión, al orden y deberes a cumplir y donde debían ir. Tomás, Tadeo y Santiago el Menor partieron con los discípulos que no quedaron con Jesús hacia la tribu de Aser. No debían llevar nada consigo. Jesús fue con los otros nueve apóstoles y con Saturnino, Judas Barsabás y otro más y con los judíos del lugar y muchos paganos que le acompañaron a Sarepta. Diez y seis judíos le acompañaban hasta Sarepta. Jesús no entró en la ciudad, que está a dos horas y media al Norte, sino que se dirigió a un grupo de casas donde la viuda de Sarepta habido juntado ramitas cuando llegó Elías. Habitaban este lugar judíos más pobres aún que los de Ornitópolis, que gozaban del favor de la Sirofenisa. Jesús y los suyos tuvieron el albergue pronto por la solicitud de la Sirofenisa y estaban allí también los regalos que Jesús debía distribuir a los pobres. La gente le salía al encuentro con indecible amor y reverencia, y le lavaron los pies. Jesús consoló a hombres, mujeres y niños, y después de haber enseñado se dirigió con diez y seis hombres de Ornitópolis y otros de Sarepta a un lugar distante un par de horas de camino subiendo al Este. Sobre una colina, junto a un poblado de paganos, enseñó a las gentes que lo esperaban; siguió su camino, mientras los hombres de Ornitópolis se volvían a su ciudad. Así andando llegó Jesús al Hermón, que parece la cúspide de las montañas que encierra Galilea. Pasó el Hermón por un alto valle y entró en Rechob, al pie del Hermón, hacia el Sudoeste, debajo de Baal-Hermón, gran ciudad y con sus templos de ídolos, cuyos edificios miran hacia la pequeña Rechob, al pie de la montaña.

Capítulo XV

Jesús en la ciudad de Gessur

Desde Rechob se dirigió Jesús, unas siete horas al Noreste, a la ciudad de Gessur, donde se albergó entre los publicanos, de los cuales hay muchos en esta ciudad, o, mejor dicho, en el camino que lleva a Damasco. Gessur es una ciudad grande y hermosa. Veo muchos soldados romanos. Los paganos y judíos viven separados en la misma ciudad, aunque en el trato común se llevan bien unos y otros, razón por la cual estos judíos son despreciados por los de otras regiones. De Gessur habían ido muchos judíos y paganos al sermón del monte y oído las Bienaventuranzas. Algunos enfermos habían sido ya curados por los apóstoles enviados por Jesús. Se encontraba aquí un ciego que había recobrado la vista durante la enseñanza de Jesús en la multiplicación de los panes. El marido de María Sufanita era de aquí; ahora vive con ella en Ainón. Absalón había vivido aquí algún tiempo cuando huyó de su padre David; pues su madre Maacha era hija de un rey de este lugar de nombre Tolmai. El apóstol Bartolomé, que vino a esta misión, es descendiente de esta familia real. Su padre tuvo mucho tiempo los baños de Betulia; después se trasladó a Caná y de allí a las posesiones que compró en el valle de Zabulón. Por eso se hizo Bartolomé ciudadano de este lugar. En Gessur tenía todavía, por parte de la madre, a un tío muy anciano, que era pagano y poseía muchas riquezas. Este anciano vivía en una gran casa en medio de la ciudad y se hizo llevar al albergue donde estaba Jesús con los publicanos. Allí enseñaba Jesús sobre una terraza donde estaban amontonadas las mercaderías, que aquí eran controladas y pagaban los impuestos. Este anciano habló con los apóstoles, especialmente con su sobrino, e invitó a Jesús a una comida. Todo el pueblo oyó la predicación de Jesús, hombres, mujeres y niños; mezclados los paganos con los judíos del lugar. Comió con los publicanos en compañía de otros muchos. Fue una maravilla ver a estos publicanos ordenar sus riquezas para repartir parte de ellas a los pobres. Cuando Jesús fue a la casa del tío de Bartolomé fue recibido solemnemente, con alfombras a sus pies, se le preparó una gran comida al estilo pagano en los alimentos y en el modo de presentarles. Los paganos adoraban aqui a un ídolo de varios brazos con un canastillo de espigas sobre la cabeza. Muchos, en cambio, seguían la religión de los judíos y otros las enseñanzas de Jesús; algunos de ellos habían sido bautizados por Juan y otros por los discípulos y apóstoles en Cafarnaúm. Los publicanos repartían ahora parte de sus riquezas a los pobres; en la plaza donde Jesús enseñaba había grandes montones de trigo que daban a los pobres; repartían también algunos campos a pobres trabajadores y esclavos y reparaban todas las injusticias que habían cometido. Cuando Jesús volvió a la casa del publicano y enseñaba delante de judíos y paganos, acudieron algunos fariseos de otras partes y reprocharon a Jesús que viviera y tratara con los publicanos e infieles. El anciano tío de Bartolomé con otros diez y seis hombres fueron bautizados en una fuente de un jardin. Las aguas procedían de un pozo de la ciudad situado muy alto, por canales dirigidos hasta el jardín. Judas Barsabás bautizaba. El jardín estaba muy bien adornado; todo se hizo con mucha solemnidad; se repartió mucho a los pobres, y el anciano tío de Bartolomé dió grandes limosnas. Jesús enseñó por la conclusión del Sábado en la sinagoga, se despidió de todo el pueblo delante de la oficina del publìcano, repartió limosnas a los pobres, y acompañado de mucho pueblo se dirigió, a cinco horas de allí, a un lugar de pescadores en el lago Phiala, situado en la montaña a unas tres horas de camino al este de Paneas. Llegó muy tarde y se hospedó con el maestro de la escuela, la mayoría eran judíos. El lago Phiala mide una hora de camino, tiene riberas playas, aguas claras y se pierde en una montaña. Se ven canoas sobre sus aguas. La comarca tiene campos de trigos y hermosas praderas, donde pacen camellos, asnos y ganado; veo árboles de castañas. De este y del otro lado hay varias aldeas de pescadores judíos, cada una con su escuelita. Jesús enseñó en estas escuelas y fue luego a visitar algunas casas y chozas de pastores. Juan Bautista estuvo también aqui algún tiempo.