Tomo VIII — Desde la segunda Pascua hasta el regreso de la isla de Chipre

Sección 1: capítulos I – V

Jesús en Betania y en Jerusalén — Jesús en Lebona y en Tirza

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En esta sección:

Capítulo I

Jesús en Betania y en Jerusalén

Desde Bethzur fue andando Jesús en compañía de Lázaro y los discípulos por varias poblaciones, hasta Emaús, y de allí volvieron a Betania. Durante el camino enseñaba a uno y otro grupo de labradores que trabajaban en los cercos que empezaban a cubrirse de hojas verdes. A una distancia de una hora le salieron al encuentro Marta, Magdalena y una viuda llamada Salomé que hacía algún tiempo vivía allí con Marta. Esta mujer es hija de uno de los hermanos de José, parienta de la Sagrada Familia y estuvo entre las mujeres cuando el descendimiento de la Cruz. Éstas se detuvieron en el albergue dispuesto por Lázaro y por la tarde volvieron a Betania. Los cuatro apóstoles y discípulos que habían ido en misión en las cercanías del Tabor llegaron hoy a Betania y se enteraron, con grande tristeza, de la muerte de Juan Bautista. Ellos contaron cómo había enseñado y sanado a los enfermos de acuerdo al modo que les había dicho Jesús, y que en algún lugar los habían despachado arrojándoles piedras, aunque sin alcanzarlos. Por último fueron a Sarón, cerca de Lioda. Cuando todos estuvieron recogidos por la noche en casa de Lázaro, salió Jesús solo, se fue al Monte de los Olivos y se puso en oración en un lugar solitario. El lugar era muy verde, con muchos hermosos árboles y había en él espacios muy recogidos. Magdalena vive en los aposentos estrechos donde había estado su hermana María la Silenciosa. Con frecuencia la veo en un ángulo en forma de torrecita, que es sitio de penitencia. Aún llora a menudo; ya no está enferma, pero sí decaída y demacrada por la penitencia y el arrepentimiento. Hubo dos días de ayuno y después del Sábado viene una fiesta que dura tres días. Debía haber tenido lugar antes, pero fue diferida. Es un día de acción de gracias a Dios por todos los beneficios recibidos desde que el pueblo fue sacado de Egipto. No es necesario celebrarlo en Jerusalén: se lo puede festejar en cualquier parte. Muchos de los principales fariseos y altos enemigos de Jesús están fuera de Jerusalén, porque Pilatos está ausente: ellos no tienen tanto que hacer con él ni tanto que discutir y prevenirse contra sus planes. Al día siguiente entró Jesús en Jerusalén y fue a casa de Juana Chusa. No estaban allí ni Marta ni Magdalena. Hacia las diez he visto a Jesús en el templo en el sitial de la antesala de las mujeres, leyendo la ley y enseñando. Todos se admiraban de su sabiduría y nadie lo contradijo ni impidió la enseñanza. Los sacerdotes presentes o no lo conocían aún o no le eran contrarios. Los enemigos principales, los fariseos y saduceos, estaban casi todos ausentes.

Capítulo II

Curación del hombre con treinta y ocho años de enfermedad

Hacia las tres de la tarde fue Jesús con algunos apóstoles a la piscina de Betesda. Se dirigió por la parte exterior a una de las puertas que ya no se usaba y estaba siempre cerrada. Allí estaban los más pobres y abandonados, y en un rincón de la puerta cerrada hallábase un hombre baldado y enfermo desde hacía treinta y ocho años; lo habían puesto en uno de los lugares de otros hombres enfermos. Cuando Jesús golpeó en la puerta cerrada, ésta se abrió. Pasó a través de los enfermos a los pasillos más cercanos y desde allí enseñó. Había toda clase de enfermos tendidos, echados y sentados. Los discípulos repartían a los más pobres vestidos, panes, mantas y telas, que habían recibido de las santas mujeres. A los que estaban abandonados de sus parientes y entregados al cuidado de los empleados, les conmovió mucho esta caridad de Jesús. Jesús enseñó en diversos grupos; a veces preguntaba si creían y tenían fe de que Dios los podía sanar, si deseaban ser sanos, si se arrepentían de sus pecados, si harían penitencia y se bautizarían. Como les adivinase a algunos sus pecados, decíanle: «Señor, Tú eres un profeta. Tú eres Juan Bautista”. En muchos lugares se ignoraba su muerte, y habían hecho correr la voz de que estaba libre. Jesús habló en general de quién era Él y sanó a algunos enfermos. A los ciegos los hacía lavarse en las aguas de la piscina, mezclaba aceite y les mandaba que fuesen sin hacer ruido a sus casas y no dijesen nada hasta después del Sábado. Los discípulos sanaban en otros lugares de la piscina. Todos los sanados tuvieron que lavarse en la piscina. Como empezara a haber conmoción entre la gente que veían a tantos lavarse en la piscina, acercóse Jesús con sus discípulos al rincón donde estaba el hombre enfermo desde 38 años. Era un jardinero que se ocupaba de podar los cercos y cultivaba y sacaba bálsamo de las plantas. Como hacía ya tanto tiempo enfermo, estaba allí como un pordiosero y se alimentaba de las sobras. Era conocido en todas partes como enfermo incurable. Jesús le preguntó si deseaba ser sano. Él, no sospechando siquiera que Jesús podía sanarle, y pensando que sólo preguntaba por preguntar, contestó que hacía mucho tiempo que no tenía ayuda, sin criado ni amigo que lo echase a la piscina cuando se movían las aguas; que cuando él se arrastraba al estanque ya otros habían ganado los escalones que llevan a las aguas. Jesús habló un rato con él; le afeó sus pecados, para despertar su dolor; le dijo que no viviese en la impureza y no blasfemase contra el templo, puesto que por ello le había venido la enfermedad. Le consoló luego diciéndole que Dios recibe a todos y ayuda cuando se vuelven a Él arrepentidos. El pobre hombre, a quien jamás habían llegado palabras de consuelo y de animación, y que siempre se quejaba de su abandono, estaba conmovido. Jesús le dijo: “Levántate, toma tu camilla y camina”. Esto es lo principal de lo que le dijo. En realidad, le dijo que fuera a lavarse al estanque, y luego, a un discípulo, le mandó que llevase al hombre a uno de los albergues que tenían los amigos de Jesús para los pobres, junto al Cenáculo, en el monte Sión. Era una posesión del taller de piedras, de propiedad de José Arimatea. Este hombre, hasta entonces baldado, se fue tan apresurado a lavarse la cara que casi olvidaba de llevarse su camilla. El Sábado había empezado y Jesús salió afuera por la puerta donde había estado tendido el pobre enfermo. El discípulo que tenía que presentar al hombre en el albergue iba delante y el nombre con su camilla detrás. Cuando hubo salido del recinto de Betesda y lo vieron algunos judíos, le dijeron, creyendo que había sanado por el movimiento de las aguas: “¿No sabes que es Sábado y que no puedes llevar tu camilla?» El hombre replicó: “Aquel hombre que me ha sanado me dijo: “Levántate, toma tu camilla y vete»». Le preguntaron: “¿Quién es el hombre que te dijo: Toma tu camilla y vete?”. No sabía decirlo porque no conocía a Jesús y no lo había visto nunca. Jesús ya se había alejado con sus discípulos. Lo que se encuentra escrito en el Evangelio, que este hombre encontró luego en el templo a Jesús y lo indicó a los demás diciendo que era Él que lo había sanado, y la disputa que se suscitó por parte de los fariseos por razón de lo que llamaban la profanación del Sábado, todo esto sucedió en otra ocasión, en una fiesta en el templo, aunque el Evangelista lo pone como una continuación del hecho (Juan, 5, 15). Esto me ha sido declarado expresamente. Por esos judíos que le reprocharon llevar su camilla en Sábado, se propagó la fama de la curación de ese hombre, tenido por incurable. Cuando Jesús se hubo alejado de Jerusalén el hecho suscitó grandes comentarios. De los otros sanados no se hizo mucho caso porque se atribuía en parte a las propiedades curativas de las aguas. Tampoco hicieron cuenta de ello porque no había habido, según ellos, violación del Sábado. Por otra parte los guardianes de la piscina y los fariseos que solían estar en la entrada no lo habían visto entrar ni salir. En el interior de la piscina había, además de los enfermos en cuartuchos cavados en las murallas, pocos hombres, y los pudientes se habían hecho llevar a sus casas, porque en los últimos tiempos sucedía el movimiento de las aguas muy pocas veces y casi siempre al despuntar la aurora y los que tenían sirvientes se hacían traer a esa hora. Todo el edificio estaba casi en ruinas, especialmente las paredes. Había creyentes que iban a ese lugar como se va, entre nosotros, a lugares de peregrinaciones. Este estanque de Betesda era aquél en el cual Nehemías escondió el fuego sagrado y un pedazo de la madera con que se tapó fue más tarde desprendido y formó una parte de la cruz de Cristo. La propiedad milagrosa de las aguas comenzó precisamente desde entonces. En los primeros tiempos, enfermos piadosos veían al ángel descender y mover las aguas. Más tarde lo veían muy pocos, y llegaron tales tiempos que hasta los pocos que lo veían no decían nada; se veía, en cambio, claramente moverse las aguas en todo tiempo; por lo menos, muchos lo veían. Después de la venida del Espiritu Santo fue éste el sitio de los bautismos. El descendimiento del ángel y el movimiento de las aguas era una figura del bautismo de regeneración, como el cordero pascual fue la figura de la última Cena, del santísimo Sacramento y de la muerte de Jesús.

Capítulo III

Jesús sana muchos enfermos en Jerusalén y se mantiene oculto

Después de estas curaciones fue Jesús con los discípulos a una sinagoga, en una montaña del templo donde Nicodemo y otros amigos celebraban el Sábado. No enseñó allí. Escucha la lectura del Sábado. Se leyó la salida de Egipto, el paso del Mar Rojo y la profetisa Débora. (II libro de Moisés, 13, 17, hasta 15, 27, y Jueces, 4-4, hasta 5, 32). Se cantó el pasaje del Mar Rojo, donde se enumeran todas las misericordias de Dios con el pueblo hebreo, especialmente en el templo y en el servicio de Dios. Se cantó sobre los vestidos y adornos que Dios ordenó en el Sinaí y sobre la reina de Saba y de Salomón. Este Sábado lo llaman Beschallah, y después de él viene una festividad de tres días, cuyo nombre suena como Ennorum que es como principio y final de todas las fiestas del año. Dan gracias cantando de todas las cosas que Dios les concedió desde el principio, de la salida de Egipto, paso del Mar Rojo, de la Ley, del Arca de la Alianza, de las vestiduras e institución del sacerdocio, del tiempo; de haberles dado al sabio rey Salomón, y pedían otro rey semejante. A esta fiesta está unida una serie de diversiones instituídas antes de Salomón por un profeta y que este rey confirmó en ocasión de la visita que le hizo la reina de Saba, trayéndole los regalos de que se habla en la Escritura. De estos regalos hizo Salomón agasajo a los sacerdotes y al pueblo, y así se originó una fiesta de vacación en la cual cada uno se recrea. Como esta fiesta se puede celebrar en cualquier lugar, los sacerdotes y empleados, los fariseos y todos los que pueden hacerlo escapan de la ciudad y van a visitar a sus parientes y amigos: este descanso les sirve para los grandes preparativos de las cercanas fiestas del Purim y de la Pascua. Se hacen en estos días muchas limosnas. Hacen unos panecillos blancos muy delgados en recuerdo del maná del desierto y los reparten en cantidades a los pobres. Esta fiesta es como el Amén de todas las demás y como el principio de las que comienzan. Después de la sinagoga fue Jesús al templo; había poca gente allí; los levitas andaban de un punto a otro limpiando, llenando de aceite las lámparas para mañana. Jesús se dirigió hacia ellos por caminos no acostumbrados y habló de varias cosas de significado misterioso. Llegó hasta la antesala del Santuario, donde está el gran sitial de enseñanza. Escucharon un tiempo, hasta que intervinieron otros, reprochándole su audacia, porque venía hasta los lugares reservados, por caminos no comunes y en tiempos no acostumbrados. Y acabaron por llamarlo con desprecio el Galileo. Jesús les respondió severamente, alegando su derecho, por ser casa de su Padre, y se alejó de allí. Se burlaban de Él, pero se sentían, sin embargo, temblorosos en su presencia. Jesús permaneció esta noche dentro de la ciudad. A la mañana siguiente sanaron muchos enfermos Jesús y los apóstoles, en las cercanías del Cenáculo, un sitio junto al monte Sión, rodeado de un gran patio. José de Arimatea lo tiene alquilado para su taller de picapedreros. Las santas mujeres de Jerusalén estaban ocupadas en toda clase de ayuda a los enfermos, por los cuales había salido José de Arimatea de Jerusalén a Hebrón para invitar a Jesús a venir a verlos. Estos enfermos eran en la mayoría gentes buenas, creyentes, parientes o amigas de las santas mujeres y de Jesús, y habían sido traídos por la noche a este lugar del Cenáculo. Jesús pasó toda la mañana sanando a los enfermos, mientras enseñaba a un grupo de ellos. Eran baldados, ciegos, estropeados en las manos o en los pies y con llagas; había hombres, mujeres y niños. Entre ellos estaban muchos de los heridos en el derrumbe de las obras de Siloé, con las cabezas lastimadas, manos o pies y diversos miembros rotos. Se ven muchos trabajadores en Jerusalén removiendo los escombros del derrumbe. Cayeron paredes que ahora obstruyen el curso de las aguas. Hay hombres en los fosos que cavan y limpian. En otras partes echan árboles, piedras y otras cosas para hacer diques.

Capítulo IV

Jesús enseña en el templo de Jerusalén

Después de haber tomado una frugal refección en el Cenáculo con sus discípulos, en la cual tomaron parte también los enfermos sanados antes, Jesús se dirigió al templo y se fue al sitial de enseñanza donde estaban los rollos de la Escritura; los pidió y enseñó sobre la lección de ese Sábado. La lectura versô sobre el pasaje del Mar Rojo y de Débora, y se cantó el himno de esta fiesta. Estaba escrito sobre él para cantarlo a la mañana temprano o a la víspera. Jesús enseñó con admiración de cuantos le escuchaban. Ninguno se atrevió a contradecir. Algunos fariseos le preguntaron dónde habia estudiado, de dónde le venía el derecho de enseñar y cómo se tomaba la libertad de hacerlo. Jesús les respondió con tanta seriedad y justeza que no pudieron replicar palabra. Salió del templo y se dirigió con sus apóstoles y amigos a Betania. Su presencia no fué notada esta vez, porque sus principales enemigos estaban ausentes. Sólo cuando terminó su sermón sobre el gran sitial del templo se dio cuenta la mayoría de sus mismos amigos que estaba en Jerusalén y comentaban sobre el llamado Galileo. La mayoría de las personas hablaban del derrumbe de la obra de Siloé, de la enemistad de Pilatos con Herodes y de la partida de Pilatos a Roma. De la muerte de Juan se hablaba poco, porque era ignorada aún. De Jesús se habló poco esta vez. Pasa aquí como en otras grandes ciudades. Alguien decía: “Jesús de Galilea debe estar en la ciudad». Otros decían: “Si no viene con algunos miles de sus secuaces nada podrá hacer aquí». En Betania estuvo Jesús en casa de Simón el leproso, que no se muestra en público por su enfermedad; se le ven muchas manchas rojas, está envuelto en un gran manto y se mantiene en una cámara apartada. Jesús habló con él. Simón es uno de esos que no quieren que se le note su enfermedad; pero no la podrá disimular mucho tiempo. Se muestra con reserva y pocas veces. Por la noche, muy tarde, vinieron los discípulos de vuelta de Juta, que habían dejado después del Sábado, y contaron a Jesús cómo habían conducido el cuerpo de Juan desde Macherus y lo habían enterrado junto a su padre. Los dos soldados de Macherus estaban con ellos. Lázaro los ocultaba y quiere proveer a su subsistencia. Cuando Jesús les dijo: “Debemos ir a un lugar solitario donde descansar y llevar luto, no por la muerte de Juan, sino por lo que ha de venir aún», pensé yo: “¿Cómo podrá descansar, ya que los otros apóstoles partieron para Cafarnaúm donde se encuentra María?» Una gran muchedumbre de pueblo acude de todas partes, aun de Siria y de Basán; y cerca de Corazín está todo preparado: se llenó de tiendas y chozas con gentes que esperan la venida de Jesús.

Capítulo V

Jesús en Lebona y en Tirza

A la mañana siguiente dejó Jesús a Betania con seis apóstoles y unos veinte discípulos; caminaron sin detenerse, evitando entrar en los pueblos, a unas once horas al Norte hasta Lebona, al Sur del monte Garizim. José había trabajado aquí antes de su desposorio con María, como carpintero, y tuvo amigos en esta localidad. En un resalte de la montaña se levanta un castillo al cual se llega desde Lebona caminando entre murallas y edificios por una senda empinada. En este lugar estuvo el taller de José, y Jesús fue allá con todos sus acompañantes. Aunque no esperado y algo tarde fue recibido con extraordinaria alegría por todos los de la casa. Paró en una casa de levitas. Arriba había una sinagoga. Desde Lebona marchó Jesús con pasos apresurados todo el día siguiente a través de Samaria, hacia el Jordán, en dirección Noroeste. Llegaron a Aser-Michmethath; permanecieron algún tiempo en el albergue de Aser y fueron a Tirza como a una hora del Jordán y a dos de Abelmehola, que es una región muy hermosa. En Tirza, como en Jerusalén y en todas partes, se están celebrando las fiestas con mucha alegría. Se veían arcos de triunfo, había juegos públicos y corrían carreras con vallas para ganar premios. Grandes cantidades de trigo y de frutas estaban amontonados al aire libre para ser distribuidos a los pobres. Tirza está dividida en dos partes. Una alcanza con sus casas hasta a una media hora del Jordán: toda la región está tan poblada de árboles, casi ocultan la ciudad, que no se la ve sino cuando se está delante de ella. La otra parte de la ciudad está tan interrumpida por jardines y ruinas que más parece una sucesión de casas entre plantas que una ciudad; de modo que la parte que da hacia el Jordán es la mejor edificada y la más unida. Está edificada sobre el valle, a veces están las casas sobre empalizadas y corren calles debajo como bajo un puente. Desde este camino se ve el valle lleno de árboles verdes como a través de un fresco sótano al aire libre. Tirza, edificada sobre una ancha plataforma sobre la montaña, ofrece una espléndida vista hacia el Jordán y las montañas. Se ve al Norte y al otro lado del Jordán la ciudad de Jogbea, escondida entre los árboles, por la derecha, hasta Perea, y se contempla la superficie del Mar Muerto hasta descubrirse Macherus. Muchas vistas dan al Jordán, que se ve en largo trecho de su curso, unas veces escondido entre plantas, otras saliendo y serpenteando por el valle, brillando a los rayos del sol. Por el Oeste hay montañas que la separan de Dothan. Abelmehola está a dos horas al Noroeste, en un barranco mirando al Sur de aquel sitio donde fué vendido José por sus hermanos. En derredor de estos lugares está Tirza, en medio de árboles y de jardines, con frutales y arbustos de bálsamo y manzanas llamadas del paraíso, que usan los judíos para adornar sus arcos y gallardetes de plantas y hojas. Estos árboles sólo crecen en lugares soleados y fértiles. Tienen allí caña de azúcar, una especie de lino amarillo y largo, que parece seda, algodón, y un trigo con tallo grueso con meollo. Los habitantes son agricultores y viven de sus huertas y frutales. Los mercaderes comercian con lino, caña de azúcar y algodón. La calle que pasa debajo de la ciudad es la principal, lleva a Tarichea y a Tiberíades; va a veces entre montañas y colinas, como aquí donde la ciudad está edificada en el camino sobre columnas. En el medio, es decir, en lo que era el medio antes, hay un extenso edificio sobre una plataforma amplia, con gruesos murallones, varios patios y torres con piezas adentro. Es el antiguo castillo de los reyes de Israel; en parte está destruido, en parte sirve de morada a enfermos, y el resto es una prisión. Una parte está ya tan derruída que hay vegetación y huertas sobre sus ruinas. En ese lugar hay un pozo delante del edificio, cuyas aguas son ascendidas por una noria que hace girar una mula. De allí se reparte a cada lado de la ciudad en canales de cuero. Junto a este pozo se juntaron cinco discípulos que venían del otro lado del Jordán, y se reunieron con Jesús y los demás. Dos de ellos eran aquellos jóvenes levemente endemoniados que libró Jesús, los dos endemoniados de Gerasa cuyos demonios entraron en los cerdos, y otro más. Estos cinco dieron cuenta de que habían predicado y hecho conocer las maravillas obradas con ellos en la Decápolis y en la región de los gerasenos: habían predicado y sanado en nombre de Jesús, y anunciado el reino de Dios. Abrazaron a los discípulos y se lavaron unos a otros los pies junto al pozo de la ciudad. Jesús venía en ese momento de la casa de la ciudad, donde había pasado la noche con sus discípulos. Estos cinco trajeron la noticia de que todos los discípulos que habían salido en misión para la Alta Galilea, habían vuelto a Cafarnaúm y que una gran multitud se ha reunido en los alrededores para escuchar nuevamente a Jesús. Jesús entró y se vió con el jefe del lugar, pidiendo ser llevado adonde estaban los enfermos. El jefe lo llevó. Jesús pasó por las galerías y rincones del edificio, consolando, animando y sanando a los enfermos y enseñando. Los discípulos hacían otro tanto en otras salas o rincones, sanando y preparando, mientras algunos de los apóstoles ayudaban a Jesús a sostener a los enfermos. En un patio había algunos endemoniados furiosos, atados a cadenas, que gritaban y se agitaban al ver a Jesús. Jesús les impuso silencio, los sanó y los libró de los demonios. Había allí también leprosos en un sitio apartado; a éstos también limpió y sanó. A ellos fue solo. Los sanados, que eran de Tirza, eran recibidos con fiestas por sus parientes. Jesús hizo que les dieran bebidas y alimentos, a los pobres les hizo dar mantas y telas, que habían traído los discípulos desde el albergue de Bezech a Thirza, Jesús fue luego adonde estaban las mujeres enfermas; éstas ocupaban un edificio redondo que parecía una torre en torno de un patio. Se subía al patio por escalones cavados por la parte de afuera de un piso a otro. En el interior había pequeñas escaleras como entre nosotros. En los patios que miraban afuera había enfermas de todas clases. Jesús sanó a muchas de esas mujeres. En el interior estaban encerradas algunas mujeres, por viciosas y mal habladas, y algunas inocentes, por calumnias. Había también en estos cuartos muchos hombres presos, en parte por deudas, otros acusados de tumultos, otros por venganza de poderosos 0 por quitárselos del camino; estaban en dura prisión y algunos, ya olvidados, desfallecidos y acabados por el sufrimiento. De los enfermos sanados y de otras personas oía Jesús amargas quejas de este lugar. Bien lo sabía Jesús y había venido por eso. Tirza tiene muchos fariseos y saduceos, entre ellos herodianos. La cárcel estaba custodiada por soldados romanos y tenía un jefe también romano. Delante de algunos presos había soldados y guardias. Jesús pasó entre éstos y pudo hablar con los presos que no estaban incomunicados. Jesús oyó las quejas de cada uno, los consoló, les dio una refección, los adoctrinó, y como algunos confesaran sus pecados, les perdonaba sus culpas. A muchos que estaban por deudas y a otros, les prometió libertad; a los demás alivió en sus penas. Después de esto fue al jefe romano, que no era mal hombre, le habló seria y tiernamente sobre la situación de los presos y se comprometió a pagar las deudas de unos y dar garantía de mejoramiento y de cambio de costumbres por los otros. Pidió también poder hablar con otros presos incomunicados y encerrados. El jefe oyó a Jesús respetuosamente, pero le dijo que todos esos presos eran judíos y estaban bajo las autoridades judías y que debía hablar del caso con las autoridades y con los fariseos antes de dar curso a su petición. Jesús le dijo que vendría con los jefes judíos después que hubiese hablado y enseñado en la sinagoga; y fue luego a las prisiones de las mujeres, consolando, exhortando y recibiendo la confesión de algunas, a las cuales perdonó sus pecados; les hizo dar regalos y les prometió interesarse por reconciliarlas con los suyos. De este modo Jesús pasó las horas desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde en esta casa de dolor llenándola de gozo y de consuelo, en un día en que afuera era todo diversión por ser el primer día de las fiestas instituídas por Salomón en memoria de la visita de la reina de Saba, que llamaban Ennorum. El Sábado de este primer día lo había visto festejar ayer Jesús en Bezech, y hoy era todo alegria en la parte más poblada de la ciudad. También aquí se veían arcos de triunfo, cascadas, juegos públicos, carreras con premios y los montones de trigo y de frutas que debían repartirse a los pobres. Como contraste, en casa de estos recluidos, presos y enfermos estaba todo en tristeza y silencio. Jesús sólo había pensado en ellos y les había traído la verdadera alegría. Después de esto tomó un alimento fuera de la ciudad, en compañía de los suyos, que consistió en pan, miel, frutas, y envió regalos de vestidos y alimentos para distribuirlos a los presos y enfermos de aquella casa. Con los demás se dirigió a la sinagoga.