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Jesús sana a dos mujeres idólatras
Mientras Jesús celebraba el Sábado con sus discípulos en una choza abierta, la mujer de Azarías, que estaba enferma, rogaba ante un ídolo para obtener la salud. Tenía muchos hijos y había allí otras mujeres o sirvientas. Detrás del hogar, sobre una mesa sostenida por columnas, había un idolo en forma de perro con cabeza grande: parecía sentado sobre un libro con hojas y tenía levantada una pata como indicando el libro. Sobre él había otro más deforme, con muchos brazos. He visto que unos sacerdotes traían fuego del recipiente del templo y lo ponían debajo del ídolo hueco, de modo que salían fuego y humo de la boca y narices del ídolo y brillaban los ojos. Dos mujeres llevaron a la mujer de Azarías, que padecía de flujo de sangre, y la sentaron sobre almohadones y alfombras. El mismo Azarías estaba presente. Los sacerdotes oraban, ofrecían incienso y sacrificios delante del ídolo; pero nada aprovechaba. Salían llamas del deforme ídolo y con el humo se formaban horribles figuras de perros, que luego se desvanecían. La enferma estaba muy deprimida; cayó en desmayo, como muerta, exclamando: “¡Estos ídolos no me pueden valer! No deben permanecer más tiempo aquí; huyen delante del Profeta, del Rey de los Judíos, que está entre nosotros. Hemos visto su estrella y le hemos seguido. ¡Sólo ese Profeta me puede sanar!» Después de estas palabras cayó como muerta y todos se atemorizaron. También ellos habían pensado que Jesús sólo era un enviado del Rey de los Judíos. Ahora, llenos de reverencia, fueron a la choza donde estaba con sus discípulos celebrando el Sábado; le pidieron quisiera ver a la enferma, que había dicho que sólo Jesús podía sanarla, pues que los ídolos habían perdido toda su fuerza y nada podían. Jesús y sus discípulos estaban aún con sus vestidos de Sábado cuando fueron adonde estaba la enferma tendida como muerta. Jesús les reprochó su idolatría con vehemencia, diciéndoles que estaban sirviendo a Satanás y que todo ese culto de ídolos era vano. En particular reprochó a Azarías, porque habiendo ido cuando joven a Belén, volvía al culto de estos ídolos abominables. Les dijo que si aceptaban su doctrina, cumplían sus mandamientos y se bautizaban, sanaría a la mujer y después les mandaría a uno de sus apóstoles. Preguntada la mujer si creía, contestó que sí, como asimismo todos los presentes. Habían quitado los tabiques movibles y se habían reunido muchos. Jesús pidió un vaso de agua común, no de lo que llamaban su pozo sagrado. No quiso tampoco el hisopo de ellos: le trajeron una ramita nueva, con hojitas pequeñas. Les mandó cubrir sus ídolos, cosa que hicieron con ricas telas bordadas de oro. Puso el agua sobre la mesa del altar. Los discípulos estaban uno a cada lado y otro detrás. Le alcanzaron una cajita redonda de metal que llevaban consigo. Estas cajitas estaban sobrepuestas con aceite, algodón, y en el que le dieron había algo como sal. Jesús puso algo de ello en el agua, se inclinó sobre ella, oró y lo bendijo con la mano; luego roció con la ramita a todos los presentes, extendiendo su mano hacia la mujer indicándole que se levantase. Ella se levantó al punto, sana, se echó a los pies de Jesús, queriendo abrazar sus rodillas; Jesús, empero, no permitió que lo tocase. Después de esta curación dijo Jesús que había allí otra mujer mucho más enferma que la presente, que adora a un hombre y ni siquiera pide ser sanada de su locura. Esta mujer se llamaba Ratimiris: estaba casada y su enfermedad consistía en que a la vista, al nombre y aún al recuerdo de un joven, caía en una fiebre que parecía hacerla morir. El joven no sabia absolutamente nada de esto. Esta mujer se acercó, llena de vergüenza. Jesús la tomó aparte, le dijo cuál era su estado y sus pecados, y ella lo reconoció todo. El joven era un servidor del templo, y así, cuando éste recibía los dones para el sacrificio, la mujer caía en fiebre. Jesús la llevó delante de la multitud y preguntó si creía en su palabra y se haría bautizar cuando mandase a su enviado. Como ella, llena de arrepentimiento, dijese que si a todo y que creía, Jesús echó al demonio de ella, y se vio salir como un vapor negro de su boca. El joven se llama Caisar y tiene algo de Juan el Evangelista: era puro e inocente, descendiente de Ketura y pariente de Eremenzear, que había nacido en este lugar, y a quien por eso Jesús le dió el ramito de la paz cuando llegaron. Caisar hablaba con los discípulos porque tenía ya una idea de la mesianidad. Les contó algunos sueños: como él había llevado, en sueños, a muchos hombres a través del agua. Los otros pensaron que quizás más tarde convertiría y bautizaría a muchos. He visto que salió de aquí con Jesús. Tres años después de la muerte de Jesús, cuando vino el apóstol Tomás a evangelizar y a bautiaar, llegó también este joven con el apóstol Tadeo. Más tarde fue enviado como obispo por Tomás a un lugar donde fue crucificado, como malhechor, sufriendo muerte inocente con gran alegría de su alma. Jesús enseñó hasta que amaneció y apagaron las lámparas. Les mandó destruir sus abominables ídolos; les reprochó, diciéndoles que adoraban al ídolo de una mujer, y a sus propias mujeres las trataban peor que a los perros, a los cuales prestaban culto idolátrico. A la mañana volvió Jesús de nuevo a su choza con los discípulos para terminar el Sábado. Me fue dicho por qué Jesús hizo este viaje tan ocultamente. Recuerdo que Jesús les dijo a sus apóstoles que quería desaparecer por algún tiempo y que nada sabrían de su viaje. Jesús tomó a esos jóvenes consigo, que no reparaban ni se escandalizaban de que tratase con paganos y pecadores. Les había prohibido hablar de este su viaje, y uno de ellos, con sencillez infantil, dijo: “El hombre ciego a quien diste la vista y le mandaste no decir nada y lo publicó todo, no fue castigado”. Jesús le contestó: “Aquello redundó en bien: esto no traería más que escándalo entre los judíos». Creo que los judíos en general y aún los mismos apóstoles se hubiesen escandalizado de que Jesús hubiese ido a visitar a los gentiles y paganos. Después del Sábado Jesús reunió de nuevo a todo el pueblo y enseñó. Les bendijo agua, pidiéndole preparasen un cáliz como en la ciudad de Mensor. Les bendijo panes y el líquido colorado. En el cáliz donde Eremenzear metió la ramita, había una sustancia verdosa clara, jugo de una planta que tomaban como cosa sagrada. Jesús enseñó toda la noche del Sábado, y al día siguiente, delante del templo. Él mismo ayudó a destruir sus ídolos mandando que repartiesen el valor del metal a los necesitados. Puso luego sus manos sobre los hombros de los sacerdotes, les enseñó a repartir el pan bendecido y preparó aquí como allá la bebida; sólo que aquí el cáliz era más grande. He visto que más tarde Azarías llegó a ser cristiano, sacerdote y mártir. Las dos mujeres sanadas aquí y Cuppes también fueron mártires. Jesús habló aquí contra la poligamia y enseñó acerca de la santidad del matrimonio. Como la mujer de Azarías y Ratimiris pidieran en seguida ser bautizadas, Jesús les dijo que Él podría hacerlo, pero no convenía por ahora: que primero debía volver a su Padre celestial y mandar al Consolador, y después vendrían sus apóstoles a bautizarlos. Añadió que entretanto viviesen con el deseo, que este deseo de ser bautizados podía servir de bautismo a los que morían antes de esa fecha. En efecto, he visto que Ratimiris fue bautizada por Tomás, y llamada Emilia, cuando vino, tres años después de la Ascensión de Jesús, con Tadeo y Caisar, a bautizar a los Reyes y al pueblo.
Jesús en Sikdor, Mozián y Ur
Salió Jesús de Atom y se encaminó primero hacia el Sur, y luego hacia el Este, a través de una comarca fértil atravesada por ríos y canales, donde había muchos frutales, especialmente melocotones. Oí los nombres: Eufrates, Tigris, Chaldar. Creo que el país de Abraham, Ur, no estaba lejos de aquí, como también el lugar donde el apóstol Judas Tadeo fue martirizado. Hacia la tarde llegó a una población de caldeos, donde había casas de techos con azoteas. Oí el nombre de Sikdor. Tenía una escuela para niños y otra para niñas, dirigidas por sacerdotes. La gente no vestía como en el pais de los Reyes Magos: era buena y tan humilde que estaba persuadida de que sólo los judíos estaban destinados a salvarse. Tenían en una montaña edificada una pirámide con galerías y asientos, y arriba se veían largos tubos para mirar las estrellas. Observaban las estrellas, predecían, adivinaban por el correr de los animales y explicaban los sueños. Su templo era ovalado con vestíbulo y pozo y estaba en el centro de la comarca. Adentro había una multitud de figuras de metal muy hermosamente trabajadas. El punto principal era una columna de tres caras con un ídolo en cada una. El primero tenía muchos pies y brazos: los pies eran como de animales; en las manos tenía una esfera, un anillo, una manzana con su tallo y un manojo de hierbas; la cara era como un sol y su nombre sonaba como Mytor o Mitras. El segundo ídolo era como el unicornio y se llamaba Asphas 0 Aspa. Este ídolo luchaba con su cuerno contra el ídolo de bestia mala en la otra cara de la columna. Este último tenía la cabeza de buho, pico torcido, cuatro patas con garras, dos alas y una cola terminada como el aguijón del escorpión. Encima de este ídolo y del unicornio había en la columna una figura que era como la madre de los dioses, llamada, me parece, Alpha. Era como la madre de todos y quien pedía algo a alguno de los dioses, debía pedirlo por ella. La llamaban con un nombre que significaba como zaranda de granos. De la figura nacía un manojo de trigo que sostenía con ambas manos. En la cabeza inclinada hacia adelante tenía un recipiente de vino. Sobre la figura había una corona y sobre ésta, en la columna, dos letras parecidas a O y W. En su enseñanza entendí que el trigo tenía que hacerse pan y con el vino se alegrarian y confortarían todos. Había en el templo un altar de bronce con una jaula, cercada por un jardincito y la figura de una Virgen con una especie de sombrilla movible. En medio del jardincito, bajo techumbre, había un pozo con varias bacías cerradas. unas sobre otras; delante del pozo, una vid con uvas coloradas que colgaba hacia un lagar que en la forma me recordaba la cruz. En la parte superior de un tallo hueco había un saco en forma de embudo, con dos brazos movibles, con los cuales la uva que colgaba podía ser exprimida y salir por la parte baja del tallo hueco. Este jardincito era de cinco a seis pies de largo y de ancho. Adentro había arbustos finos y arbolitos verdes, que parecian naturales, como también la vid y las uvas. Habían hecho esto por haberlo visto en sus observaciones en los astros, y tenían otras representaciones y figuras de la Virgen Madre de Dios. Ofrecían aves en sacrificio y tenían horror a la sangre, que dejaban correr por tierra. Tenían, como las gentes de Atom, el fuego, el agua, el cáliz con el jugo de las plantas y los pequeños panes. Jesús les reprochó su culto idolátrico: que mezclaban las señales celestiales y figuras de la verdad con ritos satánicos. Les dijo que en sus ceremonias había algo de verdad, pero todo pervertido por influencias satánicas. Les explicó la figura del huerto cerrado; que Él era la vid y que con su sangre derramada debía salvarse el mundo; que Él era el grano de trigo que debía ser puesto en la tierra para que brotase. Habló de su Persona más claramente que entre los judíos, pues aquí recibían su enseñanza con humildad. Los consoló diciendo que había venido para todos los hombres. Mando destruir los ídolos y distribuir entre los pobres el valor de los metales. Cuando trató de dejarlos, estaban tan conmovidos, que se echaban delante de Él en el camino, para que no los abandonara. He visto a Jesús, ahora con cuatro discípulos, bajo un árbol grande y coposo, con cerco, delante de una casa. Descansaron del viaje, y comieron miel y panes que trajeron de esa casa. Luego anduvieron toda la noche. Los he visto caminar por esa llanura; a veces sobre campos arenosos con piedrecillas blancas; otras, a través de verdes praderas con flores blancas. Había muchos árboles de melocotones. A veces se detenía el Señor y, señalando algo alrededor, hablaba con los discípulos. Veo en este país bastantes ríos y canales. Jesús anduvo mucho en estos días; a veces veinte horas sin interrupción, de día y de noche. El camino de vuelta a Judea describirá un arco bastante extenso. Creo siempre que Eremenzear escribió estos viajes y que su escrito fue en parte quemado; pero quedó algo de él. La tarde del segundo día, después de su salida de Sikdor, vi a Jesús con los suyos en una ciudad, con jardines redondos, con el pozo en el medio y hermosos árboles. El camino se dirigía al Sur. Babilonia quedaba al Norte. Parecía que el camino a Babilonia iba descendiendo. La ciudad está a la orilla del Tigris, que lo atraviesa. Jesús entró en ella sin que nadie le dijese nada: ya era de tarde. Se veían pocos habitantes. Pronto vi a varios hombres con largas vestiduras, como Abraham, y una especie de turbante en la cabeza, que le salían al encuentro, y se inclinaban ante Él. Uno de ellos le presentó un bastoncito, una caña, que me recordó la que pusieron a Jesús cuando se burlaron de Él: lo llaman la caña de la paz. Los otros extendían a través de la calle una alfombra larga, y cuando había pasado por una, ponían delante otra. De este modo llegaron a un patio sobre cuya baranda había unos ídolos y un estandarte con un hombre dibujado que tenía en la mano una caña como la que dieron a Jesús. Era la bandera de la paz. Lo llevaron a una casa donde había una baranda con otra bandera. Parecía su templo. En el interior había ídolos cubiertos y en el medio otro velado. El género que los envolvía terminaba en una corona. El Señor no se detuvo aquí. Caminaron por un corredor donde había, a ambos lados, divisiones para descansar y dormir. Llegaron a un pozo rodeado de hermosas plantas, donde descansó el Señor con los discípulos. Los servidores de los ídolos trajeron el agua que pidió Jesús: se lavaron los pies los unos a los otros, y echaron el agua sobrante en el pozo. Jesús bendijo antes el agua que estaría consagrada a los ídolos. Después los sacerdotes llevaron a Jesús a un salón abierto donde tenían preparada una comida consistente en manzanas amarillas, otras frutas, panal de miel, panes como tortas y bocaditos, todo puesto sobre una mesa muy baja. Comieron de pie. Del lugar anterior habían mandado mensajeros a los sacerdotes de aquí anunciando la llegada de Jesús; por eso fue recibido en forma solemne. Habían esperado casi todo el día su llegada. He visto que Abraham también tenía un bastoncito de la paz como el que le dieron a Jesús. Esta ciudad se llamaba Mozín o Mozián, y era ciudad sacerdotal: ejercían un culto idolátrico muy intenso. Jesús no entró en su templo: lo he visto enseñando a mucha gente junto a un pozo que estaba delante. Les reprochó severamente de que hubiesen caído en la idolatría peor que sus vecinos. Les reprochó todo su culto y de que hubiesen dejado la ley. Les recordó la destrucción del templo que habían efectuado sus antepasados y habló de Nabucodonosor y de Daniel. Les dijo que se separasen los creyentes de los que estaban ciegos, porque había entre ellos algunos buenos: a éstos les indicó adonde debían retirarse. Muchos eran obstinados. Tocó un punto que ellos no querían entender: el abandono de la poligamia. Las mujeres vivían separadas en una calle apartada de la ciudad donde había una alameda. Eran muy despreciadas y las doncellas no podían dejarse ver sino hasta cierta edad: por eso ninguna mujer apareció delante de Jesús. Sólo vinieron niños. Jesús dijo a esta gente palabras muy severas: que estaban tan ciegos, que cuando les enviase al apóstol no estarían dispuestos ni siquiera a bautizarse. Jesús no quiso permanecer más tiempo aquí. Cuando salía de la ciudad le salió al encuentro un grupo de doncellas. Llevaban vestidos largos, tenían collares en el cuello y flores en las manos y le cantaron una alabanza. Continuó Jesús su camino a través de un gran campo, hacia una población de pastores. Se sentó junto al pozo y los discipulos le lavaron los pies. Se acercaron algunos hombres con una ramita, saludando respetuosamente. Usaban, como en tiempos de Abraham, vestiduras largas, eran observadores de los astros y tenían una pirámide. No he visto entre ellos ídolos: parecían observadores de los astros más puros que los anteriores. Pertenecían a las tribus que habían ido a Belén. Parecía un lugar de pastores, porque sólo el jefe tenía casa, donde Jesús comió un poco de pan y frutas y tomó algún líquido. Enseñó luego junto a un pozo, y como vieron que iba a proseguir viaje, se echaron a sus pies rogándole se quedara con ellos. Caminó Jesús toda la noche y el siguiente día. Una vez lo vi con sus discípulos descansar junto a un pozo con grandes árboles de sombra, comer pan y beber agua de la fuente. La ciudad a la cual se dirige Jesús está como a treinta horas de camino, al Sur de Mozián, junto al Tigris. Se llama Ur o Uhri. Jesús llegó por la tarde, antes de la entrada del Sábado. Abraham era de este lugar. Jesús se dirigió hacia un pozo rodeado de frondosos árboles, con asientos alrededor. Lavaron los pies a Jesús, lo hicieron luego entre ellos, se arreglaron los vestidos que tenían recogidos para caminar y entraron en la ciudad, que me pareció edificada muy diversamente de las anteriores. Las gentes vestían de distinto modo y las mujeres no estaban tan separadas de los hombres. Tenían muchas torres con galerías, escaleras por dentro y por fuera y tubos para observar los astros. Conocían por los astros la venida del Señor y lo esperaban; habían estado mirando a cada extranjero, pensando en el Señor. Apenas fue visto por algunos al entrar, corrieron a un edificio con terraza y miraban a una gran plaza, para desde allí anunciar su llegada. De esta casa, que parecía ser una escuela superior, salieron varios hombres de largas vestiduras al encuentro de Jesús. Tenían una faja con correas y una gorra de género y plumas, transparente, a través de la cual se veían los cabellos. En la punta de esa gorra llevaban una especie de banderita. Estos hombres se postraron delante de Jesús y lo llevaron a una gran sala, donde se reunieron muchos hombres. Jesús habló desde un alto sitial con gradas. Luego lo llevaron a otra sala donde estaba preparada la comida. Jesús tomó de pie algún bocado y se retiró con los suyos a una pieza para celebrar el Sábado. Al día siguiente enseñó desde un sitial al pueblo reunido cerca del pozo. Las mujeres estaban presentes: vestían tan estrechamente que apenas podían caminar y llevaban gorras como capucha, de la que pendían colgajos. Jesús les habló de Abraham y les reprochó su culto idolátrico. Se veían templos de ídolos, pero los ídolos estaban todos tapados. Jesús no entró en ningún templo. Cuando más tarde vino Tomás, no pudo bautizar a ninguno en su primera visita. Cuando Jesús dejó la ciudad de Ur la gente echaba ramas y palmas a su paso. Se dirigió al Oeste, a través de hermosas praderas; más adelante el camino se hizo arenoso; después anduvieron a través de arbustos; y llegaron al mediodía junto a un pozo. El resto del camino lo hicieron a través de bosques y campos cultivados, llegando por la tarde a un edificio grande, redondo, con un patio y rodeado de un canal. Se veían casas chatas con techos planos. Sobre el gran edificio había plantas y en los muros gruesos vivía gente pobre que había cavado allí sus habitaciones. En el patio y junto a un pozo, Jesús y los discípulos se lavaron los pies unos a otros. Salieron de la casa dos hombres de largas vestiduras con muchos nudos y una gorra de plumas y acercáronse al Señor. El más anciano traía una ramita y un arbusto con bayas, que entregó a Jesús, el cual con sus acompañantes entró en el edificio redondo. En medio había una sala que recibía luz desde arriba y tenía un hogar. De aquí se pasaba a otros cuartos irregulares, de fondo redondeado y tapizado con colgadurasz detrás se guardaban en cavidades diversos objetos. El piso estaba tapizado con gruesas alfombras. Comieron y bebieron líquidos que no conocían. El jefe llevaba a Jesús por todas partes. El edificio estaba lleno de artísticos ídolos: grandes y pequeños, con cabezas de perros y de bueyes y cuerpos de serpientes. Había un ídolo con muchos brazos y cabezas: dentro de sus fauces echaban cosas. Vi también figuras como de niños fajados. En el patio había figuras de animales. Un pájaro miraba hacia arriba, otros animales estaban alrededor de él, bajo los árboles. Ofrecían animales a sus ídolos; pero tenían horror a la sangre, que dejaban correr y perderse en la tierra. Acostumbran repartir panes, de los cuales los más distinguidos recibían una porción mayor. Jesús habló junto al pozo y reprochó severamente todo ese culto diabólico. No lo escucharon de buena gana: he visto al jefe, tan ciego e irritado, que se atrevió a contradecir a Jesús. Oí entonces a Jesús que les dijo: “Para verdad de lo que les he dicho, en la noche en que la estrella fue vista por los Magos, se romperán los ídolos, los bueyes mugirán, los perros ladrarán y los pájaros graznarán». Oyeron esto de mala voluntad, con incredulidad. Jesús les dijo lo que ya había dicho en su viaje a los países paganos. Tuve la visión de su viaje desde la ciudad pagana de Kedar hasta la ciudad de los Magos, y desde allí hasta este templo de los ídolos, y he visto que en todas partes los ídolos se partían y los animales y los pájaros gritaban cada uno a su modo. Vi a los Reyes Magos en oración en su templo. Tenían muchas luces delante del Pesebre y me parece que estaba también la figura del asno. Los Reyes ya no veneraban a estos animales, que gritaron y mugieron en señal de que Jesús había dicho verdad, y que era Aquél esperado que indicaba la estrella. Esto confirmó a algunos que aún dudaban de Jesús.
Jesús se encamina a Egipto y enseña en Heliópolis
El viaje de Jesús siguió en dirección al Occidente. Caminó muy ligero y no se detuvo con sus acompañantes en ninguna parte. Anduvo al principio a través de un desierto de arena, luego en una subida, más tarde en una región verde con arbustos pequeños, parecidos al enebro, que se juntaban arriba formando una galería. Llegaron a una región pedregosa llena de musgo, hiedras, árboles y praderas, y luego, por la noche, a un río que pasaron en balsa. E1 río parecía hondo. Esa misma noche entraron en una ciudad que estaba a ambos lados del río o, por lo menos, en un canal del mismo. Era la primera ciudad egipcia. Aquí, sin ser notados por nadie, se refugiaron en el pórtico de un templo que tenía sitios para los viajeros. La ciudad me pareció muy ruinosa. He visto gruesas paredes y casitas bajas habitadas por gente pobre. Me parece que Jesús entró precisamente por donde habían andado los israelitas. Cuando a la mañana Jesús y los suyos partían, salieron los niños de las casas, gritando: “Estos son hombres santos». La gente andaba bastante alborotada, pues muchos ídolos habían caído y varios hijos de personas piadosas habían tenido sueños con representaciones y decían cosas misteriosas. Jesús y los discípulos se alejaron prontamente, encaminándose por un sendero de arena. Por la noche los vi, no lejos de una ciudad, descansando junto a un riacho, lavarse los pies y comer algo. Junto al río estaba, sobre una gran piedra redonda, un ídolo con cuerpo de perro y cabeza de persona, que miraba amigablemente. Tenía una especie de gorra con colgaduras rizadas y era grande como un buey. Delante de la ciudad había otro ídolo bajo un árbol, con cabeza de buey, muchos brazos y agujeros en el cuerpo. De la puerta partían cinco caminos a la ciudad. Jesús tomó la primera calle, a la derecha, a lo largo de los muros de la ciudad, que eran anchos, con cercos de plantas y un camino. Abajo, en los muros, había habitaciones de gente pobre, con puertas livianas de mimbres entretejidos. Caminaron de noche, sin ser notados. Se veían templos de ídolos y ruinas de antiguas murallas donde habitaba gente pobre. A poca distancia, el camino llevaba a un puente de piedra sobre un brazo del río (Nilo). Es el río mayor que yo haya visto en mi vida. Corre de Sur a Norte y se divide en muchos brazos en diversas direcciones. La comarca era llana; a distancia se veían pirámides como en el país de los Magos: eran de piedra y mucho más altas. El país es fértil sólo en las riberas del río. Como a una hora antes de aquella ciudad donde Jesús vivió cuando niño (Heliópolis) tomó Jesús el mismo camino que anduvo con María y con José. Estaba en el primer brazo del Nilo que corre mirando a la Judea. En el camino vi a trabajadores recortando las plantas de los cercos, cepillando maderas o trabajando en fosos y excavaciones. Ya era de tarde cuando Jesús llegó ante la ciudad. Jesús y sus discípulos se soltaron los vestidos que tenían recogidos para caminar. Algunos trabajadores se adelantaron al ver a Jesús, le ofrecieron una ramita y se postraron en el suelo. Cuando la hubo tenido un poco en la mano, la plantaban a lo largo del camino. No sé cómo pudieron conocer a Jesús: quizás en el modo de vestir vieron que era judío. Lo esperaban y tenían la idea de que venía a liberarlos. He visto otras personas que se irritaban y corrían a la ciudad. Unos veinte hombres acompañaron a Jesús al interior, donde había muchos árboles. Antes de entrar aguardó Jesús bajo un árbol caído a la vera del camino. Al caer, sus raíces habían abierto un foso, que se había llenado de agua estancada. Sobre este foso había una verja de hierro tan cerrada que no se podía meter la mano. Aquí se había hundido un ídolo cuando pasó María con José y el Niño en su viaje a Egipto. También el árbol, que sombreaba al ídolo, se había derrumbado. La gente llevó a Jesús a la ciudad: delante de ella había una gran piedra cuadrada, en la cual, entre otras letras con nombres, había uno que terminaba en polis, que se relacionaba con la ciudad. En la ciudad he visto un gran templo con dos patios en torno y muchas columnas, arriba más puntiagudas, adornadas con figuras y estatuas de grandes perros con cabezas de hombres. La ciudad aparecía más bien ruinosa. La gente llevó a Jesús junto a una gruesa muralla, frente al templo, y llamaron a otras personas. Vinieron muchos judíos, ancianos con largas barbas y gente joven. Entre las mujeres me llamó la atención una alta y esbelta. Todos saludaron reverentemente a Jesús: eran amigos de la Sagrada Familia, cuando vivían aquí. En las paredes gruesas había una habitación, que ahora estaba adornada: era la que José había arreglado para vivir con María y el Niño. Lo llevaron allí los hombres que entonces siendo niños habían jugado con Él. Adentro ardían muchas lámparas. Por la tarde Jesús fue llevado por un anciano judío a la escuela, bien arreglada. Las mujeres estaban detrás de una verja y tenían una lámpara para ellas. Jesús oró y enseñó. Le dejaron respetuosamente la presidencia del acto. Al día siguiente lo vi de nuevo enseñando en la sinagoga. Los habitantes llevaban cintas blancas alrededor de la cabeza y túnicas cortas. Se cubrían sólo una parte de los hombros y el pecho. Los edificios son de paredes muy gruesas. Se ven muchas piedras grandes con figuras grabadas. He visto enormes bloques tallados con figuras diversas, que sostenían grandes piedras sobre la cabeza o las espaldas. Reina aqui una espantosa idolatría. En todas partos se ven ídolos en forma de buey y perros agachados con cara de hombres. Cuando Jesús dejó a Heliópolis, con acompañamiento de muchas personas, tomó a un discípulo más: se llamaba Deodato y su madre Mira. Era aquella esbelta mujer que había visto la primera tarde que vino Jesús. Cuando estuvo la Virgen aquí esta mujer no tenía hijos y por los ruegos de María, Dios le dio este hijo y ahora ella se lo regalaba a Jesús. Era un joven alto y esbelto, que me pareció como de dieciocho años. Cuando los acompañantes volvieron a la ciudad, vi a Jesús en compañía de sus cinco discípulos atravesando lugares desiertos. Tomó un camino más hacia el Oriente del que había tomado la Sagrada Familia en su huida a Egipto. La ciudad se llamaba Heliópolis. La E estaba al revés, junto con la L, cosa que yo no había visto en otras partes: por eso yo había pensado que había adentro una X. (Habia visto HL). Jesús llegó hacia la tarde a una pequeña población en el desierto, donde vivían tres clases de personas: los judíos, en viviendas sólidas; los árabes, en tiendas de campaña, y otras tribus. Estos judíos habían huido hasta aquí cuando Antíoco devastó a Jerusalén. He visto, en esta ocasión, cómo un anciano israelita, un piadoso sacerdote (Matatías, I Mac. 2, 23-25) mató a otro israelita que ofrecía incienso a los ídolos, y cómo, lleno de celo, derribó el altar, y reunió en torno suyo a los buenos. Luego un valiente caudillo (Judas Macabeo) restableció el orden y el culto de Dios. He visto también la comarca donde habían vivido antes. Los árabes se habían unido a estos judíos y fueron con ellos desterrados. Más tarde estos árabes cayeron de nuevo en la idolatría. El Señor, según su costumbre, se dirigió hacia el pozo. Allí lo saludaron los hombres que acudieron y lo llevaron a una casa donde enseñó, pues esta gente no tenía ningún edificio para escuela. Habló de la próxima vuelta a su Padre y de cómo habían de tratarlo los judíos, cosa que Él predecía en todas partes cuando hablaba a los judíos. Esta gente sencilla no podía creerlo y deseaba grandemente que se quedase con ellos. Cuando Jesús se alejó le siguieron otros dos nuevos discípulos, descendientes de Matatías. El viaje continuó con mucha prisa a través del desierto. Caminaban día y noche con breves ratos de descanso. He visto a Jesús y a sus discípulos descansar junto a aquella hermosa fuente de agua que brotó a los ruegos de María en su huida a Egipto y donde descansó la Sagrada Familia y María bañó al Niño. Ahora está rodeada de un hermoso cerco de balsameros. Aquí cruzó Jesús el camino que había hecho la Sagrada Familia. María y José habían ido por el Oeste haciendo un arco y Jesús sale yendo al Oriente en línea más recta. En el viaje desde Arabia a Egipto se veía el monte Sinaí a distancia, a la derecha. Al llegar Jesús a Bersabea entró en la sinagoga, donde habló claramente de su mesianidad y su próximo fin. De aquí también se llevó consigo a algunos discípulos jóvenes. Desde Bersabea restaban todavía cuatro días de viaje hasta el pozo de Jacob, junto a Sichar, donde debían reunirse con Él sus apóstoles y discípulos. Antes de comenzar el Sábado llegó al valle de Mambre, donde celebró el Sábado, enseñando en la sinagoga. Pasó por varias casas y sanó a los enfermos. Hasta el pozo de Jacob habría desde aquí unas veinte horas de camino. Jesús continuó durante la noche para no levantar conmoción en la Judea con su inesperada reaparición. A través del valle de los pastores, cerca de Jericó, se dirigió al pozo de Jacob, adonde llegó al caer la tarde. Llegó con dieciséis discípulos, pues en el valle de Mambre se le juntaron otros jóvenes. Junto al pozo de Jacob había un albergue preparado para descansar. El hombre que lo cuidaba, encargábase también de abrir y cerrar el pozo. Desde Jericó a Samaría el paisaje es sobremanera agradable. Los caminos están sombreados de árboles, los campos llenos de verdor y los arroyos corren plácidamente. Esperaban aquí a Jesús los apóstoles Pedro, Andrés, Juan, Santiago y Felipe. Lloraban de consuelo al volver a ver a Jesús. Le lavaron los pies a Él y a sus acompañantes. Jesús se mostraba serio. Habló de la cercanía de su Pasión, de la ingratitud de los judíos y del juicio y castigo que caería sobre ellos. Todavía faltan tres meses para su Pasión y Muerte. He visto siempre caer la Pascua a su debido tiempo, cuando en nuestro calendario cae más tarde. Jesús encaminóse luego con sus dieciséis discípulos jóvenes a las casas de Eliud, Silas y Eremenzear, que vivían en el valle de los pastores. A los apóstoles les dijo que volvieran el Sábado a Sichar.