Tomo IX — Viaje de Jesús al país de los Reyes Magos y Egipto

Sección 2: capítulos VI – IX

La resurrección de Lázaro — Jesús va a Sichar-Kedar y enseña sobre el misterio

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En esta sección:

Capítulo VI

La resurrección de Lázaro

Estando Jesús en una población de Samaria adonde había acudido la Virgen María con María Cleofás para celebrar el Sábado, recibieron la noticia de la muerte de Lázaro. Las hermanas de Lázaro dejaron a Betania, después de la muerte de éste, y se trasladaron a una posesión en Gines para encontrarse con Jesús y con María Santísima. Mientras tanto en Betania se procedió con el cadáver de Lázaro según la costumbre judía: fué embalsamado y colocado en un sarcófago hecho con madera y mimbre entretejido. En torno de Jesús estaban todos los apóstoles. Recorrieron varias poblaciones de la comarca de Ginea, donde Jesús enseno en la sinagoga en el Sábado y después se dirigió a la posesión de Lázaro adonde ya le había precedido la Virgen María. Aquí fue donde le salió al encuentro Magdalena, anunciándole la muerte de su hermano Lázaro. Jesús le contestó que el momento aún no había llegado y que convenía que hubiese muerto. Dijo a ambas hermanas que dejasen todas las cosas pertenecientes a Lázaro donde estaban y que Él iría a Betania. Las santas mujeres fueron a Betania y Jesús volvió a Ginea, y todavía se hospedó en otro albergue a una hora de Betania. Aquí llegó de nuevo un mensajero de Marta y Magdalena, rogándole que fuese a Betania; pero Jesús demoróse aún. Reprochó también a los apóstoles sus quejas de que tardase tanto en ir a consolar a las hermanas de Lázaro. Se produjo de este modo una situación extraña: ellos no comprendían por qué tardaba tanto, y Jesús no podía decir o no convenía decir lo que pensaba hacer. Jesús trataba de corregir sus modos humanos de obrar y pensar y, sin declararles lo que pensaba hacer con Lázaro, inspirarles confianza y seguridad en su Persona. Enseñó, hablando de los viñadores; y como oyese la madre de Juan y Santiago que siempre hablaba de su próximo fin, se acercó a Jesús y le pidió otra vez en favor de sus dos hijos un buen puesto en el reino que iba a fundar. Jesús la despidió con seriedad. Después prosiguió, enseñando, por diversas localidades, en dirección a Betania. La posesión de Lázaro estaba parte dentro de las ruinosas murallas de la población y parte fuera de ellas, el jardín y algunos patios. Lázaro había muerto hacía ocho días. Por cuatro días lo habían dejado sin enterrar, pensando que Jesús vendría para resucitarlo. Las hermanas habían ido a Ginea, pero como Él no quisiese todavía ir a Betania, se volvieron y lo hicieron enterrar. En este momento se encontraban los amigos, hombres y mujeres de Jerusalén, en la casa para llorar con las hermanas al difunto Lázaro. Me parecía ser ya de tarde cuando María de Zebedeo entró y avisó a Marta, que estaba entre las mujeres, que Jesús venía. Marta fue con ella al jardín donde estaba Magdalena sola, bajo un ramaje, y le dijo que Jesús se acercaba. Quería dejar ir primero a Magdalena, por amor a ella, al encuentro de Jesús. Pero no he visto que se haya acercado a Jesús. Cuando Él se encontraba rodeado de los apóstoles y discípulos no solía admitir fácilmente que se acercaran las mujeres. Como ya oscurecía, volvió María a entrar en la casa, tomó el sitio de Marta y ésta fue al encuentro de Jesús, que estaba en el jardín, bajo una enramada, rodeado de los discípulos y mucha gente. Marta habló con Jesús y volvió adonde estaba Magdalena, que salió y fue al encuentro de Jesús, y echándose a sus pies, le dijo: “Si hubieras estado aquí, él no hubiera muerto». Los presentes lloraban. Jesús también se entristeció y lloró y habló largamente de la muerte. Algunos de los oyentes bajo la enramada, cuyo número aumentaba por momentos, hablaban entre si, preguntándose por qué habría permitido que muriese Lázaro. Me pareció que era de mañana muy temprano cuando Jesús fue con sus apóstoles al sepulcro. María Santísima, Marta, Magdalena y otras mujeres, en número total de siete, estaban presentes y muchas otras personas. Se suscitó casi un tumulto, pues crecía el número de personas por momentos: me recordó la confusión de los curiosos el día de la crucifixión. Caminaron por un sendero bordeado por un seto de plantas, atravesaron una puerta y anduvieron como un cuarto de hora hasta llegar al cementerio de Betania que estaba circundado de una muralla. De la puerta del cementerio partía un sendero a derecha e izquierda de una colinita, en el medio cortada y abovedada, donde a los lados se encontraban las Sepulturas cercadas por una reja. Desde este espacio abovedado se veía el verdor de los árboles de afuera. De trecho en trecho había en el techo claraboyas que proyectaban luz en el interior del corredor. La sepultura de Lázaro era la primera a la derecha y habia escalones para bajar hasta ella. La sepultura era rectangular, de casi un metro de profundidad, cubierta con una piedra. Dentro de la cavidad se veía el cajón, hecho de mimbres entretejidos, muy liviano y en torno había espacio para andar. Jesús se adelantó con algunos apóstoles hasta el sarcófago, mientras las santas mujeres permanecieron en la puerta. Los demás se agolpaban en forma desordenada, curiosos por ver lo que iba a suceder. Jesús mandó a los apóstoles levantar la piedra del sepulcro, la cual apoyaron contra la pared; asimismo levantaron otra puerta de madera liviana. En ese momento habló Marta diciendo que hacía cuatro días que estaba en el sepulcro y que ya hedía el cadáver. Los apóstoles alzaron también la tapa liviana del sarcófago y se vio el cadáver envuelto como acostumbraban los judíos. Jesús levantó los ojos al cielo, oró en voz alta y clamó con voz fuerte: “¡Lázaro, sal afuera!» Al instante el cadáver se movió y se sentó en su cajón. La muchedumbre se agolpó de tal manera para ver, que Jesús tuvo que mandar la hiciesen salir fuera del recinto. Los apóstoles que estaban en torno del cadáver resucitado le quitaron el lienzo del rostro, que aparecía como de uno que recién despierta; le desataron manos y pies de las envolturas; entregaron esas cosas a las mujeres de afuera, y recibieron un manto para envolver a Lázaro. Lázaro subió las gradas de su sepultura y salió de la hoya caminando como una sombra. Le pusieron el manto encima. Caminaba como un borracho, delante de Jesús, hacia afuera, donde las mujeres y sus hermanas retrocedieron como ante la vista de un fantasma, y se echaron al suelo sobre sus rostros sin atreverse a abrazarlo. Jesús, que salió detrás de él, lo tomó amigablemente de ambas manos. Después se dirigieron hacia la casa de Lázaro. La muchedumbre era grande; pero como estaban llenos de temor, abrieron paso a Jesús y a Lázaro, siguiéndolos detrás, llenos de admiración. Lázaro caminaba aún como rasando la tierra, con todas las señales de un cadáver ambulante. Jesús iba al lado de él; los demás los rodeaban y seguían detrás llorando, o en profundo silencio, llenos de expectación. Pasaron el portón, recorrieron el sendero bordeado, llegaron a la enramada y Jesús entró en la casa con Lázaro y los suyos. La muchedumbre, desde afuera, comenzó a agitarse en comentarios y en desordenadas conversaciones. Ya adentro, Lázaro se echó al suelo, como suelen echarse los que profesan en una orden. Cuando Jesús terminó de hablar, fueron a las piezas de Lázaro, que estaban como a cien pasos de aquí. Jesús, los apóstoles y Lázaro permanecieron en el comedor. Los apóstoles se pusieron en círculo, en torno de Jesús y de Lázaro, que se echó de rodillas. Jesús le puso su mano derecha sobre la cabeza y sopló sobre él siete veces con un aliento luminoso. Vi cómo salía de Lázaro un vapor oscuro, y he visto al demonio, como una forma alada y negra, salir fuera del círculo, rabioso y derrotado. Después consagró Jesús a Lázaro a su servicio, lo libertó de todas las ataduras y aficiones a las cosas de este mundo y con el pecado, y lo fortaleció con dones espirituales. Habló largamente con él, diciéndole que lo resucitó para que se consagrase a su servicio y que padecería gran persecución de parte de los judíos. Lázaro estaba aún con sus telas del sepulcro y con el manto. Ahora se fué a su pieza para dejar esas envolturas y vestirse como antes. Entonces lo abrazaron sus hermanas y sus amigos, pues hasta ese momento tenía un aspecto cadavérico que asustaba. He visto que su alma, al separarse del cuerpo, fue a un lugar silencioso, de luz y de penumbra, donde no había penas, y que allí contaba a los justos José, Joaquín, Ana, Zacarías, Juan y otros lo que estaba pasando con el Redentor y en qué punto se encontraba de su misión. Cuando Jesús sopló siete veces sobre Lázaro, éste recibió los siete dones del Espíritu Santo y se sintió libre de las ataduras de la tierra. Recibió estos dones antes que los mismos apóstoles, pues con la muerte había conocido grandes misterios, y visto las cosas del otro mundo; había muerto realmente y era como si hubiese nacido a nueva vida: podía, pues, recibir estos dones. Lázaro encierra una gran significación y un profundo misterio. Se preparó una gran comida y todos se sentaron a la mesa. Trajeron varias clases de alimentos; había pequeños vasos sobre la mesa. Un hombre cuidaba el orden. Las mujeres vinieron después de la comida y se colocaron detrás para oir la enseñanza de Jesús. Afuera había un rumor ensordecedor: habían venido muchísimos de Jerusalén, hasta soldados para custodiar la casa. Jesús envió a los apóstoles a echar a la gente y a los guardias. Jesús habló largo tiempo, hasta que encendieron las lámparas. Dijo a los apóstoles que mañana irá a Jerusalén con sólo dos de ellos. Como le presentaran el peligro a que se exponía, Jesús contestó que no pensaba mostrarse en público y que no advertírían su presencia. Luego, arrimados a las paredes, descansaron. Antes de aclarar, Jesús tomó a Juan y a Mateo, que se arreglaron algo diferente de lo acostumbrado, y salieron para Jerusalén. Rodearon la ciudad y llegaron por caminos extravìados a la casa donde más tarde se celebró la Cena pascual. Permanecieron allí todo el día y la noche siguiente en soledad y silencio. Jesús enseñó y fortaleció a algunos amigos que tenía en Jerusalén. Vi en la casa a María Marcos y a la Verónica y a unos doce hombres. Nicodemo, el dueño de la casa, que la presta gustoso para los amigos de Jesús, no estaba allí. Habia ido a Betania para saludar a Lázaro. He visto también una gran reunión de fariseos y grandes sacerdotes, por causa de Jesús y del caso de Lázaro, y oí entre otras cosas que temían que Jesús se pusiese a resucitar a otros muertos y se produjera un gran desorden. En Betania, en efecto, se produjo un gran tumulto. Si hubiese estado allá Jesús quizás lo hubieran apedreado. Lázaro y los amigos de Jesús de Betania tuvieron que ocultarse y los apóstoles huyeron en diversas direcciones. Más tarde se aquietaron, pensando que Lázaro, al fin, no tenía la culpa de haber vuelto a la vida. Jesús permaneció toda la noche en la casa del monte Sión. Antes de amanecer salió de Jerusalén y anduvo por la orilla del Jordán, no por el camino de Bethabara, sino en dirección Noreste. Al mediodía había pasado el Jordán. Por la tarde fueron llegando los apóstoles de Betania. Pasaron la noche al amparo de un extenso árbol. A la mañana siguiente entraron en una pequeña población. A la vera del camino Jesús vio a un ciego al cual conducían dos niños que no eran ni parientes del ciego. Éste era un pastor de la comarca de Jericó; habia oido a los apóstoles que venía Jesús, y asi comenzó a suplicar por ayuda. Jesús puso su mano sobre la cabeza del ciego y se abrieron sus ojos. El ciego arrojó sus harapos y con el vestido interior siguió a Jesús hasta el poblado, donde Jesús enseñó y habló de su seguimiento: que uno debe, como este ciego, dejar sus harapos, costumbres malas y seguirlo viendo. Aquí le dieron al ciego un manto para cubrirse mejor. Quería quedar con Jesús y seguirle, pero le dijeron que debía primero mostrar cómo se portaría. Jesús enseñó hasta la tarde. Estaban allí con Él unos ocho apóstoles. Como se acercara a una población, tuvo hambre. Me reí de esta hambre de Jesús, que era hambre de almas. Le acompañaban desde la última población y no estaba todo en orden en algunas personas. El camino pasaba junto a una higuera sin fruto. Jesús acercóse al árbol y lo maldijo: el árbol se secó de inmediato, sus hojas se pusieron amarillas y el árbol se contrajo sobre si mismo. Después, en la escuela del lugar, Jesús habló de la higuera que no da frutos. Había algunos escribas, doctores y fariseos de malas intenciones, quienes le dijeron que se volviera por donde había venido. Aquí corre un arroyo que tiene un puente en el lugar llamado Betharán. La escuela está sobre una altura. Pasaron la noche en un albergue.

Capítulo VII

Jesús se dirige al país de los Reyes Magos

Jesús y sus acompañantes se dirigieron al dia siguiente al Noreste, a la región de Gad. Le oí decir que se apartaría de ellos por algún tiempo, dónde pensaba ir, y dónde debian enseñar y dónde no, y les indicó el lugar donde volverían a reunirse. Jesús va a iniciar un viaje admirable. El Sábado lo pasará en la Gran Corozaín, luego irá a Betsaida y de allí partirá hacia el Sur, por la región de Maqueronte, en Madián. Llegará hasta el lugar donde Agar abandonó a su hijo Ismael y donde Jacob levantó la piedra recordatoria. lrá por la región Este del Mar Muerto y llegará adonde Melquisedec hizo el sacrificio en presencia de Abraham. Allá existe todavía una capilla, donde a veces dicen la Misa. La veo hecha de piedra bruta, toda cubierta de verdor y de musgo. Jesús piensa ir también a Egipto, a Heliópolis, donde vivió cuando niño. Hay allí algunas buenas personas que jugaron con Él, y que nunca lo olvidaron. Siempre preguntan adónde habrá ido ese Niño, pues no podrían saber que es el mismo que los visitará. Volverá a atravesar el valle de Josafat, irá adonde Juan lo bautizó y donde fue tentado en el desierto. Dijo que su ausencia durará como tres meses. Lo volverán a encontrar junto al pozo de Jacob, en Sichar, aunque lo podrán ver antes, porque vendrá atravesando la Judea. Los instruyó en un sermón largo y les dio muchas instrucciones de cómo debían portarse en la misión durante su ausencia. Recuerdo aquellas palabras: que sacudieran el polvo de sus sandalias donde no los recibieran. Mateo volvió por algún tiempo a su casa. Está casado y su mujer es muy buena y piadosa. Desde su llamamiento al apostolado viven voluntariamente en continencia. Enseñará en su casa y pasará algún tiempo en retiro. En la Gran Corozaín enseñó Jesús el Sábado en la sinagoga. Pedro, Andrés y Felipe estaban con Él. Al mediodía se le acercó un hombre que lo esperaba: era de Cafarnaúm. Rogó al Señor que fuera con él a sanar a su hijo. Jesús le dijo que se volviera tranquilo, que su hijo estaba sano. Se habían reunido allí bastantes enfermos de la ciudad y de afuera: a unos los sanó de repente; a otros les dijo lo que debían hacer, y luego sanaron. A la conclusión del Sábado, se despidió de la gente y se dirigió con algunos apóstoles hacia donde el Jordán se echa en el lago, para pasar al otro lado. Había un paso más arriba, algo lejos; aquí se cruzaba el río en una especie de balsa remada con palos, que tenía en medio un resalto donde se colocaban los bultos para preservarlos del agua. El Jordán no es aquí muy hondo y me pareció ver algunas isletas en él. Después vi a Jesús y a los tres apóstoles caminando al claror de la luna. Delante de Betsaida hay un galpón, como suelen encontrarse en Palestina, en las afueras de las ciudades, donde los viajeros se detienen antes de entrar en la ciudad para arreglar sus vestidos, lavarse los pies y descansar. Se encuentran generalmente en estas casas cuidadores que lavan los pies a los viajeros. Esto hicieron con Jesús y sus apóstoles. Fueron a casa de Andrés, que está casado, donde comieron miel, panecillos y uvas. La casa está a un lado de la ciudad; tiene un patio delante y está rodeada de un muro. Con Jesús llegaron Pedro y Felipe; ya Andrés los había precedido. En la mesa había doce personas y al final de la comida se acercaron seis mujeres para oír a Jesús. Cuando al día siguiente dejó la ciudad se entretuvo en una casa de implementos de pesca, donde se habían reunido muchos hombres para escucharlo. Después se dirigió al Norte, costeando el Jordán, hasta el puente que lo atraviesa y anduvo por la Galilea del Este, en el país de Basán. He visto que algunos discípulos esperaban a Jesús al otro lado del Jordán, donde había mucha arena y piedrecitas blanquizcas. Le esperaban en una techumbre abierta por los lados. Había entre estos discípulos tres jovencitos muy esbeltos que habían llevado. He visto que cosechaban unas bayas verdes, grandes como higos, y pequeñas manzanas amarillas, que encontraban en los árboles, que ellos arrancaban con unos palos provistos de ganchos. El camino por donde llegó Jesús con los tres apóstoles me pareció poco frecuentado, pues había mucha hierba alta y serpenteaba entre árboles frutales de los cuales los apóstoles arrancaban frutas que guardaban en sus sacos: Jesús no tomó de esos frutos. Habían caminado toda la noche, siempre ascendiendo. Los discípulos, que lo esperaban, le salieron al encuentro, y lo rodearon, saludándole, sin darle la mano. Delante de la techumbre había un tirante bastante largo y ancho y en torno de él, como si fuera una mesa, se colocaron Jesús y sus acompañantes. Cada uno puso una porción de las frutas y bayas que habían recogido. Llevaban bebida que tomaron en vasos pequeños. A cierta distancia se veía una montaña y una ciudad. Creo que era en el país de los amoritas. Desde aquí torcía el camino hacia abajo. Los vi andando todo el día y llegar por la tarde a un vìllorrio de casas desparramadas, donde había un albergue y mucha gente se agolpó en torno de ellos curiosamente. No sabían casi nada de Jesús, pero eran buenos y sencillos. Relató la parábola del buen pastor. De aqui se dirigieron a otro albergue donde comieron y pasaron la noche. El Señor les dijo que pensaba seguir solo, con los tres jóvenes, por el país de Caldea, al país de Ur, donde nació Abraham; y después, a través de Arabia, a Egipto. Mandó a sus discípulos que fueran por los pueblos cercanos enseñando, que Él haría lo mismo en los países que visitaría. Les recordó el punto donde volverían a verlo después de tres meses. Entre los discípulos he visto a Simeón, Cleofás y Saturnino. Con el nuevo día Jesús se despidió de los apóstoles y discípulos, dándole la mano a cada uno. Estaban muy tristes porque no quisiera llevar más que a esos tres jóvenes, que serían de dieciséis a dieciocho años, y muy distintos de los judíos, esbeltos y resueltos, de largos vestidos. Son como niños en compañía de Jesús y le sirven amablemente. No bien llegan a alguna fuente o pozo se apresuran a lavarle los pies. Durante el camino van de un lado a otro, traen frutas, bayas, flores y cuanto encuentran. Jesús les enseña amablemente y les declara en parábolas todo lo que ha sucedido hasta ahora. Los padres de estos jóvenes pertenecieron al séquito del rey mago Mensor. Habían venido con los Reyes Magos a Palestina y se quedaron entre los pastores después que los Reyes huyeron de Belén. Vivieron allí, casándose con hijas de los pastores y tenían su pastoreo entre Samaria y Jericó. El más joven se llama Eremenzear, y más tarde Hermas. Era el niño a quien sanó Jesús, a ruego de su madre, después del diálogo con la Samaritana, junto al pozo de Jacob, en Sichar. El mediano se llama Sela o Silas; y el mayor Eliud, y en el bautismo se llamó Siricius. Les dicen los discípulos discretos y más tarde se juntaron con Tomás, Juan y Pablo. Eremenzear escribió la relación de este viaje. Jesús llevaba una túnica oscura, que caía en amplios pliegues; por encima un vestido largo y blanco, de anchas mangas y faja ancha que sujetaba el vestido; tenía un paño blanco con que se cubría la cabeza de noche para dormir. Jesús era más alto que los apóstoles. Dondequiera que estuviese, caminando o parado, se destacaba, con su frente amplía y serena, entre los demás. Caminaba derecho, no era ni delgado ni grueso, sino proporcionado, noble, esbelto, con la flexibilidad del hombre sano, de hombros anchos y pecho robusto. Sus músculos eran desarrollados, como los del hombre hecho a la fatiga y al andar, aunque sin las señales ni las rudezas que deja el trabajo. El camino que tomó Jesús con los tres jóvenes, después que se despidió de los apóstoles, descendía hacia Oriente, a una región arenosa, bordeada de árboles, cedros y palmeras. Al frente se levantaban las montañas de Galaad. Quería estar para el Sábado en la última ciudad de esa dirección: Kedar. Durante el camino comieron frutas y bayas. Los jóvenes traían una bolsa con panecillos y vasitos con bebidas y llevaban bastones de viaje. Alguna vez Jesús llevaba bastón, mas luego lo dejaba. Por calzado sólo llevaba sandalias. A la noche entraron en una vivienda, donde había gente sencilla, pero grosera. Jesús no se dió a conocer en ninguna parte, aunque enseñaba con parábolas diversas, especialmente la del buen pastor. La gente preguntaba sobre Jesús de Nazaret, pero Jesús no les decía que era Él. Preguntaba sobre sus trabajos y sus negocios. Ellos lo tenían por un pastor viajero que buscaba lugares de pastoreo, como sucedía frecuentemente entre los pastores de Palestina. No lo he visto sanar ni hacer milagros aquí. Por la mañana anduvo hasta quedar a pocas millas de Kedar, que se halla en una altura, mientras la montaña está detrás. Desde aquí, la patria de Abraham, está, creo, más lejos, al Noreste, y la patria de los Reyes Magos, hacia el Oriente, pero más al Sur. Parte de los discípulos había vuelto a sus casas, y parte se había repartido, enseñando y misionando. Zaqueo de Jericó, que habia estado también con los discípulos, volvió a su casa, dejó su oficina y su negocio, vendió todo, lo repartió a los pobres y se retiró a una pequeña aldea, donde vivió en continencia con su mujer. Nueve semanas había fijado Jesús a sus discípulos hasta su próxima reunión en Sichar. El tumulto en Jerusalén, por causa de la resurrección de Lázaro, fue muy grande. Jesús se ausentó precisamente para ser olvidado, mientras la noticia y las averiguaciones en torno de la verdad del hecho ayudaban a la conversión de muchos judíos. Cuando Jesús volvió de su viaje, estaba demacrado. Nada hay escrito de este viaje de Jesús, porque ningún apóstol estuvo con Él, y algunos ni sabrían a punto fijo adónde se dirigió en su ausencia. Yo vi estos lugares por primera vez entonces. Jesús iba caminando con sus tres acompañantes, siempre hacia el Sudeste, aunque haciendo algunos rodeos. Pasaron la noche en una choza de pastores aislada. La gente es buena, sin malicia ni malas intenciones: miran y tratan a Jesús con admiración y lo quieren mucho. Él les cuenta varias parábolas de las que contó en Palestina y le escuchan con mucha atención y gusto. No lo he visto hacer curaciones ni tampoco bendecir. Cuando le preguntan sobre Jesús de Nazaret, hablaba de los que le siguen y entrelazaba esto con parábolas y comparaciones. Lo tienen, en general, por un pastor que busca ovejas o praderas para apacentarlas.

Capítulo VIII

Jesús en Kedar

Antes del Sábado llegó Jesús con sus tres jóvenes a Kedar. No anduvieron por el camino real, sino por caminos vecinales. Era ya demasiado tarde para entrar en la ciudad: pernoctaron afuera, en un gran galpón, donde otros caminantes encontraron también refugio. Había ciertas comodidades para pasar la noche y el edificio estaba rodeado de un patio cerrado. El cuidador abrió la puerta del recinto y se retiró a la ciudad. Cuando volvió a la mañana siguiente, recibió de los viajeros una modesta paga. Los caminantes se dispersaron y el cuidador tomó a Jesús y a sus compañeros y los llevó a su casa. La ciudad está en una ladera del monte, se extiende a uno y a otro lado del río: consta de una parte vieja y otra nueva, divididas por el río, que viene del Oriente y corre hacia Palestina. La orilla es barrancosa y sobre el río hay dos arcos amuralledos. De este lado presenta un aspecto pobre: está habitado por judíos pastores que se ocupan además de varios trabajos. Del otro lodo la ciudad parece mejor y está habitada por paganos. Estos hombres ya no visten del todo a la usanza de la Palestina. Hay una sinagoga y una fuente cercana de verdor y de arena. Es este el mejor lugar de la población. Jesús con sus tres jóvenes y el cuidador se dirigieron a la sinagoga y celebraron el sábado en intimidad. Al final de la oración preguntó Jesús si podía contar algo y como maniiestaran mucha alegría y deseo de oirle, contó la parábola del Hijo pródigo. Le escucharon con mucha atención y admiración, ignorando Quién era el que lea estaba hablando. Se llamaba a Si mismo el buen pastor que busca a sus oveja perdidas para llevarlas a buenos pastos. Lo tenían por un Profeta y lo llevaban a sus casas, donde Él enseñaba. Al día siguiente enseño junto a la fuente, mientras hombres y mujeres estaban sentados a sus pies, escuchando. Él recibía a los niños y los estrechaba a su pecho. Les contaba cómo Zaqueo había sus bldo al árbol para verlo mejor, cómo luego dejó todo para eeguirlo, y habló de aquellos dos que fueron a rezar y el uno decía: «Bien, que yo no soy como el publicano»; y el otro, golpeándose el pecho: “Señor, ten piedad de mi, que soy un pobre pecador». La gente quería mucho al Señor y no tenía recelo en su compañía. Le pidieron se quedase hasta otro Sábado y enseñase en la escuela. Como le preguntaran por Jesús de Nazaret, contó algunas cosas de Él y de su doctrina. Después salió con sus acompañantes, caminando hacía el Sur, por una hermosa comarca de palmas y praderas llamada Edón; visitó una casa donde el padre y la madre estaban enfermos, con varios niños que iban y venían. Eran gente buena. Preguntáronle por Jesús de Nazaret, del cual habían oído decir tantas cosas. Jesús habló de Él: que le perseguirían, que volvería al reino de su Padre y que haría partícipe de su reino a todos aquellos que le siguen. Esto lo expuso con la parábola de un rey con su hijo. En ese momento vi un cuadro de sus padecimientos, de su Ascensión al cielo, a su trono, y de su reinado sobre el mundo, al lado del Padre, rodeado de ángeles y de aquellos que le habían seguido. Oí la relación de su reino, mientras narraba la parábola, el cual les quedaba impreso en el corazón como recuerdo de su presencia. Como les preguntara si creían eso, tal cual les contaba, y si querían seguir a ese buen Rey, y ellos respondieran que sí, les prometió que Dios los premiaría, les daría la salud y lo acompañarían a Él hasta Edón. En efecto, sanaron de repente, con maravilla de todos, y lo acompañaron hasta Edón. Este hombre se llamaba Benjamín y descendía en línea directa de Ruth. Creo que Tito era un hijo o pariente de estos dos curados allí. Tenía entonces 14 ó 16 años, había estado en Kedar y en otros lugares de esta comarca, donde enseñó Jesús, para oír su predicación y oir a otros contar las cosas de Jesús. Marcos, cuya ciudad natal estaba más cerca de la Palestina, y Silas, eran también conocidos de esta familia. Jesús anduvo, con un bastón retorcido de pastor en su diestra, por unos campos amenos, llenos de palmeras, camino de Edón. Se celebraba allí un casamiento. La casa era una sala grande, que tenía cocina y lugares para dormir de tres en tres, separados por un tabique. Los hombres y las mujeres, la novia y el novio, adornados con coronas, se hallaban en una gran sala donde ardía una lámpara en pleno día. Niños y niñas tocaban con flautitas y otros instrumentos, y cantaban. Estas piadosas personas esperaban a Jesús, a quien tenían por un gran Profeta. Habían oído hablar de sus parábolas y de su doctrina en Kedar, y lo habían invitado a su fiesta. Lo recibieron contentos, llenos de reverencia, y les lavaron los pies a Él y a sus compañeros, secándolos con sus vestidos. Tomaron su bastón, lo colocaron en un rincón y prepararon una mesa con pescados, panecillos, un panal de miel y bayas coloradas. Pusieron pequeños recipientes, vasos y unas escudillas de barro pulido, de las cuales sacaban algo que echaban en los vasos para beber. Se acomodaron a la mesa sobre sillones con apoyos. A Jesús le dieron el sitio de honor entre el novio y la novia; las mujeres estaban en el extremo de la mesa. Jesús bendijo la comida y la bebida, y habló de Aquél que en las bodas de Caná convirtió el agua en vino. Como en ese momento llegasen los dos esposos curados antes, se llenaron todos de admiración al verlos sanos. Narraron lo que el Forastero les había dicho del Rey y del reino, y cómo creyendo ellos al Profeta, les había prometido hacerlos partícipes de ese reino de igual modo que se sanarían de su enfermedad. Jesús repitió la parábola y les dijo que ahora había como una muralla entre ellos y ese reino; pero que la muralla se caería en cuanto ellos vencieran sus propias pasiones. Así pasó casi toda la noche y a la mañana se retiraron a descansar. Jesús pernoctó detrás del comedor con sus tres compañeros. Antes de tomar su descanso el Señor se apartó de ellos y oró a su Padre, arrodillado, con las manos en alto. Vi como rayos luminosos salir de su boca y una forma brillante acercarse a Él. Esto lo vi muchas veces, aún de día, cuando se retiraba a orar. Yo lo he aprendido desde niña de Él: como veía que El se apartaba para orar, yo hacía lo mismo. A la Virgen Santísima, hasta la Encarnación, la veía rezar de pie con las manos sobre el pecho y los ojos bajos. Después la he visto orar de rodillas, casi siempre, con la mirada en lo alto y las manos levantadas. Al día siguiente, por causa de la muchedumbre, Jesús enseñó al aire libre, y dijo poco a poco muchas cosas sobre el matrimonio que la gente había olvidado o ignoraba. Así, por ejemplo, dos parientes próximos, que querían casarse, preguntaron a Jesús, el cual les mostró con la ley de Moisés que eso estaba prohibido, y prometieron no hacerlo. Le dijeron que en un lugar cercano un hombre iba a casarse con la sexta hermana de la primera mujer difunta. Jesús contestó que iría a aquel lugar. Para el Sábado volvió a Kedar y enseñó todo el día en la escuela. Contestó a un sinnúmero de preguntas, que las gentes sencillas le hacían sobre la ley, especialmente en asuntos de casamientos. Reconcilió a algunas familias desunidas.

Capítulo IX

Jesús va a Sichar-Kedar y enseña sobre el misterio

del Matrimonio Desde Kedar, dirigióse Jesús con mucho acompañamiento hacia el Norte, donde el país se volvía más llano. Los vi llegar a un lugar de pastoreo donde había galpones abiertos, largas hileras de árboles entrelazados y chozas de paja y ramas. Bajo esas techumbres comían higos, uva y dátiles y se reunían cuando en la noche calurosa lucían las estrellas en el cielo y brillaban claras las gotas del rocío. Mientras los acompañantes se desparramaron a sus respectivas viviendas, Jesús, con sus tres jóvenes, caminaba, enseñando. A la tarde del siguiente día llegó a la pequeña ciudad de Sichar-Kedar, en la falda de un monte. Vinieron algunos a su encuentro y lo llevaron a la casa de fiestas, que me recordaba la de Caná de Galilea, donde se había reunido bastante gente. Unos recién casados habían perdido a sus padres, muertos casi de repente, y estaban sirviendo a los que habían acompañado al entierro. Delante de la casa había un patio cercado con rejas, con fuentes y columnas cubiertas de enredaderas. Los adornos eran muy hermosos. Les lavaron los pies y les ofrecieron un refrigerio. Después pasaron a otra sala donde habían preparado una comida. Jesús quiso servir: daba el pan, las frutas y la miel, sacaba las bebidas de los grandes recipientes. Estas eran de tres colores: una algo verdosa, otra amarilla y otra blanca. Entretanto enseñaba. Sichar-Kedar es el lugar donde le dijeron que vivían muchos en condiciones matrimoniales prohibidas. De los recién casados no estaba más que el marido, llamado Eliud. Había ido al casamiento de Edén y al volver encontró muertos a sus dos suegros: habían fallecido de pesar, repentinamente, al saber que su hija, la mujer de Eliud, era adúltera. El mismo Eliud no tenía conocimiento de esto ni de la causa de la muerte de sus suegros. Después de la comida, Jesús se hizo llevar a la casa de Eliud: los tres jóvenes no estaban con Él. Allí habló a solas con la mujer, que estaba en gran aflicción y confesó, echándose de rodillas a sus pies, sus pecados. Jesús la dejó y fue a la pieza de Eliud. He visto que Jesús le decía palabras serias y tiernas y cuando lo dejó, vi a Jesús orando y luego retirarse a descansar. A la mañana siguiente Eliud entró muy temprano adonde estaba Jesús, aún apoyado sobre su brazo, descansando. Traía una palangana con agua y una rama verde. Jesús se enderezó y Eliud le lavó los pies, secándolos con su ropa. Luego Jesús le pidió que lo llevase a su pieza, que Él quería lavarle los pies. El hombre no quería consentirlo; pero Jesús le dijo que si no lo permitía, abandonaría en seguida su casa. Dijo que eso así debía ser; que si quería seguirlo a Él, debía permitirlo. Entonces el hombre llevó a Jesús a su pieza y trajo agua en la palangana. Jesús lo tomó de las manos, le miró con amor al rostro, habló de lavarle los pies, y al fin le dijo que su mujer había sido adúltera, pero que estaba arrepentida y que él debía perdonarla. Entonces el hombre se echó al suelo sobre su rostro y se revolcó con muestras de gran dolor. Jesús se apartó un poco de él y oró. Después que hubo pasado el primer dolor al hombre, Jesús lo levantó, lo consoló y le lavó los pies. El hombre se tranquilizó, y Jesús le dijo que llamase a su mujer. Esta se presentó cubierta con el velo. Jesús tomó su mano, la puso en la de Eliud, lo bendijo, lo consoló y levantó el velo a la mujer. Salieron de allí y Jesús mandó traer a los hijos, a los cuales bendijo, llevándolos a sus padres. Estos esposos se mantuvieron fieles y ambos prometieron continencia. En este día Jesús fue a muchos hogares para sacar de sus errores a numerosas personas. Lo he visto ir de casa en casa, hablarles y ganarles el corazón. Hay en este lugar largas hileras de cajones para abejas. La falda forma como una terraza, donde se apoyan muchos cajones de abejas adornadas arriba con botones. Los cajones se pueden abrir por delante. Todo el recinto está cercado con una enramada de juncos. Entre una hilera y otra de cajones de abejas hay un espacio con plantas y flores y escalones para subir a las diversas hileras. Como la gente le preguntara a Jesús de dónde venía y quién era, Él contestaba en parábolas, que escuchaban con sencillez. Bajo la glorieta donde se hizo la comida, dio un sermón contando la parábola del Hijo de un gran Rey que había venido a pagar todas las deudas de sus súbditos. Ellos tomaban estas comparaciones tal como sonaban y manifestaban gran admiración por ese Hijo. Trató de aquel deudor a quien su señor perdonó una gran deuda y que él, a su vez, no quiso perdonar la pequeña cantidad que le debía otro compañero. Dijo Jesús que su Padre le había dado un viñedo; que Él debía cuidarlo, podarlo y buscar trabajadores para la viña; que para eso había venido Él. De esta viña debían echarse muchos peones perezosos, sobrantes, inútiles, como se cortan y podan las viñas. Explicó lo que significa podar la viña; habló de las hojas, ramas inútiles y de las pocas uvas que representan lo mucho falso y malo que hay en el hombre por el pecado; cómo esto debe ser mortificado y cortado para que lleve frutos de buenas obras. Así llegó al asunto del matrimonio y a la moralidad del mismo. Al hablar de la viña les recomendó que plantasen viñedos. Como le dijeran que no era región apta, les contestó que plantaran donde estaban las abejas, que era tierra buena; luego contó una parábola sobre las abejas. La gente pensó. “Si Él quiere, estamos dispuestos a ir a trabajar en su viña ‘. Jesús les dijo que se ausentaba, que iba a pagar las deudas de los viñateros y que debía dejar fermentar el vino para hacer un vino de vida y para que pudieran los demás aprender a cultivar viñedos. Al oír que se alejaba se pusieron tristes, rogándole se quedase con ellos. Jesús les dijo que si creían en Él les mandaría a uno que los introduciría en la viña de la que les había hablado. He visto después que el apóstol Tadeo vino a evangelizarlos y a hacerlos cristianos y que en la persecución contra los cristianos emigraron de este lugar. Jesús no hizo aquí ninguna profecía sobre Jerusalén, ni sobre el templo, ni obró milagros. Las gentes eran llanas, sin malicia, aunque un tanto inciviles en sus costumbres. Arregló varias desavenencias entre casados separados y a aquel que estaba por casarse con la sexta hermana de su primera esposa, le mandó que no lo hiciera. Habló otra vez del matrimonio con la comparación de la viña y del podar y cultivar, llamándome la atención lo que dijo: que donde hay desunión entre los casados y no hay buenos frutos, la culpa está principalmente de parte de la mujer. Ella debe tener paciencia, sufrir, cuidar los frutos, arreglar y educar; con su solicitud y trabajo espiritual, quitar lo malo y aumentar lo bueno. Todo lo que ella hace redunda en bien o en daño del fruto. En el matrimonio no se debe hablar de placer ni de satisfacciones, sino de penitencia, de mortificación, de constante lucha contra las pasiones por medio del vencimiento y la oración. Este vencimiento de las pasiones propias trae bendición y provecho a los mismos hijos. Todo esto lo enseñó el Señor con sencillas palabras y profunda significación. Habló mucho sobre esto y yo estaba tan conmovida que pensaba entre mí: “¿Por qué no se escribirá todo esto? ¿Por qué no está aquí algún apóstol que escriba esta enseñanza para que llegue así a todos los hombres?” Yo estaba como formando parte de los oyentes, e iba y venía de un lugar a otro con Jesús. Mientras yo estaba preocupada con estas ideas, se volvió Jesús a mí, y oí estas o semejantes palabras: “Yo doy fuerza al amor y cultivo la viña donde pueda dar fruto. Si todo esto se escribiera, se perdería como tantas otras cosas que se escriben, o se entendería mal, o se negaría o perseguiría lo escrito. Esto y muchas otras cosas que no se escribieron darán fruto como si estuviese escrito. No es la ley escrita lo que más debe seguirse. En la Fe, en la Esperanza y en la Caridad está todo encerrado y escrito”. Lo que Jesús enseñó, tomando ocasión de la viña y de la naturaleza, fue admirablemente hermoso y persuasivo. Estos hombres sencillos preguntaban sobre las cosas que no entendían, y Jesús se las declaraba, de tal modo que les quedaban profundamente impresas en la mente. Un mediodía hubo un casamiento de gente pobre con la presencia de Jesús. Los dos eran sencillos y buenos, y Jesús estuvo muy afable con ellos. Se hizo la procesión a la sinagoga con niños de seis años, adornados según la costumbre, que tocaban flautas y cantaban. Niñas pequeñas echaban flores al paso y jóvenes tocaban arpas, triángulos y otros instrumentos raros. El novio vestía casi como un sacerdote. Los padrinos pusieron sus manos sobre los hombros de los novios. El casamiento lo hizo un sacerdote judío, al aire libre, junto a la sinagoga. Cuando aparecieron las estrellas, fueron a la sinagoga para celebrar el Sábado y ayunaron hasta la tarde del día siguiente, en que celebraron las bodas solemnes en el salón de fiestas. Jesús narró entre otras la parábola del Hijo pródigo y la de las numerosas moradas del reino de su Padre. Como el novio no tenía casa propia iría a vivir en la casa de los padres de la novia. Jesús le dijo que mientras no tuviera lugar en la casa de su Padre, viviera bajo tienda en el viñedo que quería edificar en la colina de las abejas. Enseñó de nuevo muchas cosas sobre el matrimonio. Si los esposos vivían en orden y moralidad, reconociendo su estado como de penitencia, sus hijos recibirían parte de estos frutos y edificarían sus futuras moradas en el reino de su padre. Se comparó al Novio de una esposa dentro de la cual (la Iglesia) serían dados a luz innumerables hijos renacidos a la fe. También habló de las bodas de Caná y de Aquél al cual Él conocía, que había cambiado el agua en vino, que en Judea es tan perseguido y a quien al fin habrían de dar muerte. Todo esto lo escuchaban con sencillez y las parábolas las tomaban como cosas que le habían acontecido a Él. Parece que el novio era un maestro, pues Jesús le mostró cómo debía enseñar: no como los faríseos, que imponen cargas y leyes, que ellos mismos no observan, sino con su propio ejemplo. Habló también de Ismael, pues Kedar y estos lugares están habitados por los descendientes de Ismael, y la gente se tiene por inferior a los judíos de Palestina: la mayoría son pastores. Cuando hablan de los judíos los tienen por el pueblo elegido. Viven todavía en medio de sus costumbres primitivas, con gran sencillez. Un jefe tiene una casa grande con vallado; a su alrededor están los campos, los animales y las casas de los pastores menores, que son como sus trabajadores. Al pozo van sólo los hombres de ese jefe y los vecinos que se llevan bien. Hay muchos jefes en esta comarca que, por lo demás, no es tan grande. Animada por las palabras de Jesús, la gente fue al lugar de las abejas, levantó una casita para los nuevos casados y plantó un viñedo. Cada amigo hizo una especie de tabique que fue unido con pieles y cerrado y el todo embetunado con una sustancia pegajosa. Cuando tenían hecho un trozo lo llevaban al lugar; cada uno trabajó en la obra según sus habilidades, y se repartieron la provisión de lo más necesario. Jesús los guió en la obra, y ellos se admiraban de que entendiera también de estos trabajos. Con ocasión del casamiento enseñó que los ancianos y los pobres deben ocupar los mejores sitios. Fue hasta el lugar de las abejas y señaló el mejor lugar para las viñas. Detrás y en las faldas debían plantar vides. Como llegase la fiesta del Novílunio fueron con Jesús a la sala de fiestas. Jesús sabía que algunos habían dicho entre sí: “Éste no tiene casa y quizás querrá vivir allí con los recién casados”. Por eso Jesús repitió que Él no se quedaría: que Él no tenía casa aquí, que su reino estaba por venir, que tenía que plantar la viña de su Padre y regarla con su sangre sobre el monte Calvario. Agregó que esto no podían entenderlo por ahora: que lo entenderían cuando hubiese regado con su sangre aquel lugar. Les dijo que volvería, que sus mensajeros vendrían para llamarlos y que ellos al fin abandonarían estos lugares. Les dijo que cuando Él viniere por tercera vez, llevaría al reino de su Padre a todos los que hubiesen cultivado bien el viñedo. Agregó que la estadía de ellos no sería larga aquí; por eso bastaba una tienda liviana que pudiera ser transportada. Habló mucho del amor de unos a otros y que echaran el ancla de la unión entre ellos para que la tormenta que iba a venir no los dispersara uno a uno. Habló en parábolas de la vida, como quería enseñar a esa pareja a plantar un viñedo y que luego se iría para plantar el viñedo de su Padre celestial. Todo esto lo decía tan sencilla y profundamente, que ellos creían, en su simplicidad, que hablaba de una viña verdadera. Les enseñó a reconocer en la naturaleza y en la vida una ley secreta y santa, que ahora estaba deformada y profanada por efectos del pecado. La enseñanza duró hasta muy entrada la noche. Cuando Jesús quiso alejarse, lo detenían, lo abrazaban y le rogaban les aclarase más las cosas que les había dicho. Él les dijo que hicieran las cosas como Él se las había dicho; que les mandaría a uno que les explicaría claramente todo lo que ahora no entendían. Hubo una modesta comida y todos bebieron del mismo vaso. El joven recién casado se llama Salatiel y la mujer suena como Brainchen 0 Feinchen. Fueron bautizados por el apóstol Tadeo con la mayor parte de los habitantes. También el Evangelista Marcos estuvo en estas comarcas. A los 35 años de la muerte de Jesús, salió Salatiel con su mujer y tres hijos, ya crecidos, y se trasladó a Efeso. Lo he visto en Efeso con aquel Demetrio que promovió una persecución contra Pablo, que luego se convirtió y le contó a Salatiel muchas cosas de Pablo y de su conversión. Pablo ya no estaba entonces en Éfeso. Salatiel, con sus tres hijos y Demetrio navegaron en pos de Pablo. La mujer de Salatiel permaneció en Éfeso en una casa donde se reunieron otros muchos y vivieron allí. La mayoría de los judíos salieron de Éfeso: Salatiel con sus tres hijos, Demetrio, otro de nombre Gayo y Silas estaban en aquel barco donde Pablo naufragó cerca de Malta y bajaron con él a la isla. Desde su cárcel, en Roma, Pablo señaló el apostolado a esos tres hijos de Salatiel. Cuando Jesús se dirigió con los hombres al lugar de las abejas para ìndicarles dónde debían plantar las vides, ya estaba señalado el espacio para la casa y un parral dispuesto. Como le dijeran que las uvas que crecían aquí eran amargas, explicó Jesús que eran de mala clase, de mala simiente, que crecían silvestres y no habían sido podadas: tenían sólo la apariencia de uvas y de vino, y no su dulzura y su bondad. Las que ahora quería plantar serían dulces. Con esto volvió a hablar del matrimonio, que sólo con el vencimiento de las pasiones podía dar fruto bueno. De las varias vides que habían traído, eligió cinco, las plantó e indicó cómo debían atarlas en cruz al parral. De este modo, todo lo que decía acerca del modo de obtener buen fruto de las vides, lo refería a la manera de portarse de los casados para obtener frutos buenos de su unión. Como después repitió varias enseñanzas en la sinagoga les habló de la continencia que debían observar después de la concepción y señaló la perversión de los hombres que olvidan y no practican cosas que hasta los elefantes practican. En esta región, existen estos animales. Les dijo que dentro de poco los iba a dejar: que le convenía ir a plantar su viña en el Calvario para regarla con su propia sangre; pero que les enviaría a uno que les aclararía todas estas cosas y los llevaría a la viña de su Padre celestial. Como hablase siempre del reino de su Padre y de sus moradas, preguntaron, con sencillez, por qué no había traído nada de casa de su Padre y andaba pobremente vestido. Contestó que ese reino está reservado para aquellos que lo siguen a Él y los que quieren poseerlo deben merecerlo. Dijo que era un Forastero que buscaba obreros para su viña; que la casa de los recién casados la había hecho tan provisoria y frágil porque no debían los que le siguen aficionarse a la tierra. ¿Por qué habrían de fabricar una casa estable para un cuerpo de por si tan frágil? Debe conservarse el cuerpo limpio de pecados, santo como un templo, no mancharlo ni profanarlo, ni satisfacer al cuerpo con daño del alma. Luego habló del reino de su Padre, del Mesías, de las señales para reconocerle: cómo ese Mesías debía nacer de padres nobles, aunque sencillos y que, conforme a los tiempos, el Mesías ya debía estar en el mundo. Les recomendó que se mantuvieran firmes en creer en Él y en su doctrina. Habló también del amor fraterno y del buen ejemplo, y dijo a Salatiel que dejase su casa abierta y que confiase en lo que Él le decía: viviendo piadosamente Dios guardaría su casa y nadie le quitaría nada de lo suyo. Salatiel recibió para su casa mucho más de lo que necesitaba. Jesús enseñó que no debían tener ambición y que debían favorecer por amor de Dios a sus semejantes, Jesús había ganado la confianza de todas estas gentes; de este modo les fue enseñando, con parábolas y comparaciones, de la continencia, de la moralidad y de las buenas costumbres, hablándoles de la siembra y de la cosecha. Fue a ver a dos que estaban por casarse, teniendo parentesco prohibido. Les dijo que su casamiento, motivado más por interés que por amor, no era permitido. Se asustaron mucho al oír esto, porque aún no habían hablado de sus intenciones con nadie: prometieron desistir de su casamiento. Aquí también se renovó la escena del lavarse los pies uno a otro y la mujer quiso secar los pies de Jesús con su velo o parte de su vestido. Ambos reconocieron en Jesús algo más que un profeta, lo siguieron y se convirtìeron. Luego fue a otra casa donde se preparaba otro casamiento prohibido: es decir, la madrastra quería casarse con el hijastro, y éste nada sabía. Jesús le dijo a este joven que saliese de la casa y fuese a vivir con Salatiel, haciéndose allí su casita. El joven obedeció al punto. Jesús le lavó los pies. Esta mujer, a la cual Jesús reprendió, se irritó mucho, no quiso reconocer su pecado ni hacer penitencia, y se perdió. Las gentes de aquí debían haber tenido bastante relación con el Tabernáculo de la Alianza, pues preguntaron al Señor dónde había ido a parar el Arca de la Alianza y qué había dentro de ella. Les contestó que de ella habían recibido ahora los hombres tanto, que pasó todo a ellos. Precisamente el hecho de que ya no había Arca de la Alianza era una señal más de que el Mesías había venido. Muchos habitantes de aquí creen que el Mesías había nacido, pero que fue muerto cuando la matanza de los Inocentes.