En esta sección:
Jesús va a Cafarnaúm pasando por las ciudades de Misael,
Tenath, Naím, Azanoth y Damna Al Norte, en una suave pendiente, está situado el hermoso parque de Misael con una espléndida vista a la ensenada del mar. Está en la mitad de la subida a la colina, desde donde se divisa el pantano o laguna Cendevia y la ciudad de Libnath, que está como a hora y media hacia el mar, mientras Misael está a varias horas distante del mar. La ciudad de Dabeseth está a cinco horas al Oeste de aquí, sobre el río Kisón, y Nazaret como a siete horas. Jesús paseaba en este parque con sus apóstoles y les contó la parábola de un pescador que pasó al mar a pescar y pescó 570 peces. Les dijo que el buen pescador toma los peces de aguas malas y los pasa a aguas mejores; que mejora las fuentes, como Elías, y que saca los peces buenos de los lugares malos, donde hay tiburones que se tragan a los pececillos y que el pescador bueno les prepara mejor lugar para criarse en fuentes libres de peces devoradores. En la parábola también llegó a aquello de que los marinos fiados de sus propias luces y caprichos van a dar con su nave en un banco de arena, por no querer escuchar al capitán que les indica el camino que debían seguir en su navegación. Los que habían venido con Él de la isla de Chipre lloraban al oír esta parábola del buen pescador y al decir Jesús qué costó al pescador sacar algunos peces buenos de ciertas aguas malas infectadas de tihurones. Jesús dijo bien claro que el número de los salvados era de 570, y que este número bien valía la pena todo el trabajo que se había hecho en la isla. Delante de los levitas habló de las cosas de Chipre, y éstos se alegraron al saber que venían algunos de allá a establecerse en Palestina. Vendrán muchos a través de Ptolemaida. Jesús aludió también al peligro a que estaban expuestos en Chipre. Los levitas preguntaron si los paganos se harían aquí poderosos con el tiempo hasta representar un peligro. Jesús habló del juicio que iba a venir sobre todo el pais, de lo que a Él mismo le esperaba, y del castigo de Jerusalén. No podían ellos comprender por qué entonces quería Él volver a esa ciudad. Jesús les dijo que aún tenía muchas cosas que hacer y que terminaría su obra allí. La mujer sirofenisa de Ornitópolis mandó, por medio de los discípulos, plaquitas de oro sueltas y otras unidas como rosarios. Quiere ayudar a Mercuria a huir de Chipre en una de sus naves. A pedido de los levitas dirigióse Jesús a la ciudad de Misael. Está cercada de muros y torres y es antigua; viven algunos paganos en los muros. Isabel vivió algún tiempo allí con su padre, que era un levita; también Zacarías había estado aquí. Isabel nació en Esdredón, a dos horas, en una casa solitaria que tenían sus padres y que ella misma heredó. También ella fue llevada a los cinco años al templo. Cuando salió estuvo algún tiempo en Misael y más tarde fue con Zacarías a vivir en Judea. Jesús habló de Isabel y del Bautista, diciendo que era el Precursor del Mesías, tan claramente, que ellos podían entender que Jesús era ese Mesías. Jesús, acompañado de los levitas, fue por la ciudad a varias casas, donde sanó a niños enfermos y a varios hombres estropeados, los cuales extendían sus manos envueltas pidiendo ayuda. Visitó también a Simeón en Libnath y concluyó la festividad del Sábado en la sinagoga. Las mujeres estaban en la parte alta, no lejos del sitial de enseñanza. Habló de los sacrificios por el pecado, y luego de Sansón, dando explicaciones de sus hechos y de su persona como de un santo varón cuya vida era una profecía. No había perdido toda su fuerza: había conservado la fuerza de hacer penitencia y había derribado el templo de los paganos sobre sí mismo por orden de Dios. Judas, que hace negocios de buena gana, y Tomás, cuya familia tiene mucha madera en el puerto y es bien conocido allí, partieron con otros discípulos a Hepha para hacer los preparativos para la próxima llegada de los que venían de Chipre. Jesús partió con varios discípulos, entre ellos Saturnino, a la ciudad levitica de Tenath, donde lo recibieron los jefes de la sinagoga. Los fariseos de aquí no eran enemigos declarados, pero sí suspicaces y espiaban sus palabras: lo he conocido por las señas y palabras que se decían unos a otros. Decíanse que Jesús debía ver a varios enfermos y si visitaría a uno de ellos, que había estado en Cafarnaúm, y se encontraba bastante mal. Pensaban que Jesús no lo haría porque aquel fariseo se había mostrado contrario: que quizás en castigo de su pecado había contraído una extraña enfermedad. Se agitaba siempre sin poder aquietarse e iba decayendo visiblemente. Se trataba de un hombre de unos treinta a cuarenta años, con mujer e hijos. Jesús le preguntó si creía que Él podía ayudarle. El hombre estaba abatido y contestó avergonzado: “Sí, Señor, yo lo creo». Entonces le puso Jesús una mano sobre la cabeza, y la otra sobre el pecho, oró, le mandó levantarse y tomar alimento. El hombre se levantó sano, dando gracias entre lágrimas con su mujer y sus hijos. Jesús habló amigablemente con todos, sin recordar de ninguna manera el mal proceder del fariseo, en otro tiempo su enemigo. Cuando vieron los fariseos a su compañero sano en la sinagoga, perdieron el ánimo de hacer objeciones contra Jesús. Jesús enseñó acerca del cumplimiento de los profetas, de Juan Bautista, Precursor del Mesías, y del Mesías mismo, tan claramente, que ellos podían pensar fácilmente que hablaba de Si mismo. Dirigióse Jesús a un taller de carpintería de Tenath, donde había trabajado algún tiempo José, cuando huyó de la persecución de sus hermanos en la casa paterna de Belén. Era una serie de edificios donde trabajaban doce hombres, que vivían allí mismo, y que trabajaban y comerciaban la madera. El sitio que había ocupado José estaba habitado por otros del principal del taller: éstos no trabajaban ya, sino que hacían trabajar a otros más pobres y vendían luego las maderas trabajadas a las naves que las transportaban a otros países. Hacían trabajos finos: bastones, biombos y tabiques de maderas entrelazadas. Todavía se hablaba de que José, el padre del Profeta, había trabajado aquí, pero no sabían a punto fijo si era el mismo José de Nazaret u otro del mismo nombre. Yo pensé entonces entre mí: “¡Si esta gente ya no sabe bien estas cosas, qué maravilla que nosotros no sepamos ya casi nada de José!” Jesús enseñó sobre el trabajo y la perversidad de la usura, y se dirigió hacia la poco agradable aldea de Sión, a dos horas al Oeste del Tabor. Tiene un antiguo castillo, una sinagoga a cierta altura; debajo, en un lugar insalubre, a orillas del Kisón, hay un resto de casas: sus habitantes dependen de los que viven arriba, los cuales los oprimen. Jesús enseñó en la sinagoga: dijo que los fariseos imponen graves cargas que ellos no llevan, y se refirió a la opresión del prójimo y a la codicia del dinero. Habló del Mesías, que aparece muy diferente del que ellos se habían imaginado en su fantasía. Había venido precisamente para consolar a la pobre gente de abajo oprimida por los de arriba. Entró en algunas casas donde había enfermos y sanó a los que estaban con reuma, gota y otras enfermedades. Los fariseos arrinconaban a los enfermos abajo, en donde no había siquiera un poco de aire libre y sano. Jesús y sus discípulos regalaron a los pobres tejidos, mantas y telas. Jesús se dirigió a Naím, como a hora y media de camino. Le salieron al encuentro, junto al pozo, algunos discípulos y el niño resucitado; había allí unos once discípulos, aunque ningún apóstol. Los discípulos de Jerusalén habían venido a Naím con algunas santas mujeres. Otros habían celebrado las fiestas de Pentecostés con María en Nazaret y habían regresado al encuentro de Jesús. Entró en el albergue que la viuda tenía preparado para Jesús y estuvo con ella. Las mujeres salieron con el velo y cayeron de rodillas ante Jesús. Él las saludó y penetró en la sala. Además de la viuda Maroni, estaban allí Marta, Magdalena, Verónica, Juana Chusa y la Sufanita. Las mujeres se sentaron en un ángulo de la sala sobre alfombras y almohadones, con las piernas cruzadas. No hablaron hasta que Jesús les dirigió la palabra. Contaron cosas de Jerusalén, de Herodes que lo buscaba, y Jesús cortó estas conversaciones levantando el dedo, dando a entender que no se preocuparan de estos cuidados temporales y no juzgasen a nadie. Jesús habló de su viaje a Chipre y de los que habían oído su palabra. Habló con bondad del gobernador romano de Salamina. Como pensaran las mujeres que sería mejor que ese buen hombre no quedara en Chipre, Jesús dijo que era necesario que permaneciera ahora allá para ayudar a otros, hasta que, cumplida su obra, fuera reemplazado por otro que también sería amigo de la comunidad cristiana de la isla. Magdalena y la Sufanita ya no aparecen tan rozagantes como antes: están más delgadas, con el rostro caído y los ojos llenos de lágrimas. Marta, como siempre, llena de actividad y muy entendida en los quehaceres domésticos. Juana Chusa es una mujer alta, pálida, aunque fuerte, muy seria y activa. Serafia (Verónica) es decidida, valerosa y llena de ardimiento: me recuerda a Santa Catalina Mártir. Cuando están reunidas se ocupan en confeccionar ropa, telas, vestidos para los pobres, y en otros trabajos para la comunidad de Jesús. Juntan víveres, que distribuyen luego en diversos albergues, donde se hospedan los discípulos, que usan según sus necesidades y dan a los pobres y enfermos. También trabajan para algunas sinagogas desprovistas. Tienen sus criadas consigo que llevan y traen las cosas en sacos de cuero, o debajo de sus mantas. Estas criadas visten algo diferente de las dueñas. Cuando éstas llegan al albergue, vuelven las criadas o esperan donde se les indica. La criada de Verónica hace tiempo que está con ella y la he visto aún después de la muerte de Jesús. Cuando Jesús llegó el Sábado a la sinagoga no fue al sitial de enseñanza sino que se mantuvo con sus discípulos en el lugar que suelen ocupar los maestros viajeros. Los rabinos lo forzaron con ruegos, después de darle la bienvenida y de haber hecho la oración, a adelantarse donde estaban los rollos para leer y explicar. La lección trataba de IV Moisés, 8, l-13 y de Zacarías, 2, 10-4-8, que habla de los levitas, de los murmuradores, de las codornices y del castigo de Miriam. En el profeta Zacarías habló del Mesías y del llamamiento de los paganos. El comentario fue muy severo: dijo que los paganos serían llamados para ocupar el lugar de los endurecidos judíos. Del Mesías dijo que no lo reconocerían, que aparecía muy diferente de lo que se imaginaban ellos. Entre los fariseos había tres atrevidos que habían estado en la comisión de Cafarnaúm. Estaban muy irritados con motivo de haber curado en Tenath al fariseo enfermo y decían que lo había hecho para confundir a los fariseos de allí. Le decían también que no profanase aquí el Sábado, sanando a los enfermos, que estuviese quieto y re tirado y no diese ocasión de tumulto y desorden en el pueblo. Jesús contestó que haría su oficio hasta cumplir su misión. No lo invitaron en Naím a ninguna comida. Estaban llenos de rencor contra Jesús porque veían que su bondad y amor atraía a los pobres, enfermos, sencillos y desamparados, a los cuales precisamente alejaban y despreciaban. Reina en Naím tiempo agradable. Jesús hizo el camino del Sábado con sus discípulos y habló tiernamente de su próximo fin. Los exhortó a mantenerse fieles y constantes, pues se acercaban para Él tiempos de grandes tribulaciones y persecuciones. Les dijo que no se escandalizaran por eso, que Ël no los abandonaría nunca, que ellos tampoco le abandonarían. Con todo, le tratarían tan mal que su misma fe estaría en peligro. Ellos se mostraron conmovidos y lloraban. Luego se dirigieron al jardín de la viuda Maroni, donde se juntaron también las santas mujeres. Jesús les habló de las reconciliaciones efectuadas en Mallep, Chipre, especialmente de aquella pareja que piensa venirse a vivir en Palestina. También habló de Mercuria, que vendrá con la Sirofenisa, la cual también se dispone a dejar a Ornitópolis, para venir primero a Gessur y luego más adentro. Vinieron ya bastantes de Chipre y otros desembarcarán en Joppe. Cuando pasó Jesús con los discípulos desde el parque a la sinagoga, para terminar la festividad del Sábado, encontró en el camino a varios enfermos en sus camillas, que agitaban sus manos suplicantes, pidiéndole ayuda. Jesús los sanó. De este modo fue acercándose a la sinagoga, junto a la cual habían traído a otros enfermos. Entre ellos había uno todo hinchado por la enfermedad y otros a quienes el Señor había diferido la curación porque su fe era insuficiente o les convenía padecer algún tiempo para pedir más humildemente su curación. Llegaron en ese momento los fariseos, los cuales se irritaron sobremanera al ver que sanaba a estos enfermos, mientras ellos habían proclamado que Jesús no se atrevería a hacerlo y no lo permitirían. Promovieron un tumulto diciendo que profanaba el Sábado. Jesús continuó tranquilamente su obra. Eran siete fariseos. Jesús les contestó preguntando si en Sábado es lícito o no hacer el bien: si ellos mismos no hacían cosas necesarias, si no convenía acaso sanar a éstos para que ellos también celebren el Sábado. Preguntóles si en Sábado no se podía consolar a uno; si se podía retener un bien ajeno; si no se podía consolar o ayudar en Sábado a los pobres, enfermos, viudas y desamparados, oprimidos durante todos los días de la semana. Les echó en cara su hipocresía y la opresión que ejercían con los pobres. Dijo que, bajo pretexto del mantenimiento de la sinagoga, que por lo demás estaba bien provista, oprimían a los pobres y en esta sinagoga, que ellos mantenían, pretendían prohibirles recibir la gracia de Dios y no recobrar la salud en Sábado, mientras ellos comían y bebían de lo que habían exprimido de estos infelices. Con esto los obligó al silencio y se dirigió a la sinagoga, donde le presentaron los rollos de Escritura y le pidieron que enseñara, con la dañada intención de espiar sus palabras y tener de qué acusarlo ante el sanedrín. Cuando habló del Mesías, diciendo que muchos paganos entrarían en el reino de Dios, replicaron los fariseos con sorna si había ido a Chipre para traer a los paganos. Jesús habló de los diezmos, de imponer cargas que no quieren llevar los que las imponen y de la opresión de viudas y huérfanos. Desde Pentecostés hasta la fiesta de los Tabernáculos se solían pagar los diezmos al templo. En los lugares apartados estaban encargados los levitas de juntar los diezmos del pueblo. Se habían introducido graves desórdenes por cuanto los fariseos se encargaban de exigir estos diezmos al pueblo, que no llegaban al templo. Por eso Jesús los reprochó en público. Cuando abandonó la sinagoga se pusieron a hablar mal de Él. Desde Naím se dirigió Jesús con sus discípulos a una altura del Kisón, hacia Rimmón, donde la escuela era atendida por levitas. Allí enseñó a los niños y niñas delante de la escuela, al aire libre, donde acudieron los que habían oído su predicación en Naím. Habló del cumplimiento de la ley, y de la proximidad de malos tiempos, dirigiéndose al pueblo en general. El lugar está compuesto de quinteros y fruteros que trabajan en Naím y viven aquí, o cultivan aquí sus campos y venden sus frutos en Naím. De aquí se dirigió al Este del Tabor, acompañado un trecho por los levitas que estaban por la recolección de los diezmos, y llegó a un lugarejo llamado también Bet-lehem (Belén), al Este de Dabrath. Esta aldea se compone de pocas casas de labradores, a los cuales visitó Jesús consolando y sanando a sus enfermos. Luego anduvo cuatro horas, cruzó el valle, donde está el pozo de Cafarnaúm, y al anochecer llegó a Azanoth, donde entró en un albergue dispuesto por las santas mujeres. Allí le esperaban amigos de Cafarnaúm: Jairo, con su hija, el ciego curado en Cafarnaúm, una pariente de Enué, la sanada de flujo de sangre, y Lea, la mujer que exclamó: «Bienaventurado el seno que te llevó”. Estas mujeres, cubiertas con velos, cayeron de rodillas, y Jesús las bendijo. Lloraban de alegría al volver a verlo. La hija de Jairo, resucitada, está sana, y muy cambiada en sus costumbres: es piadosa y humilde. Jesús enseñó allí hasta muy entrada la noche. Al día siguiente fue a Damna, donde había un albergue para El, fuera de la ciudad, que habían procurado unos parientes de José. Allí le esperaba Lázaro en compañía de dos discípulos de Jerusalén. Hacía ocho días que Lázaro estaba en esos lugares. Tenía aun entre manos la venta de las casas y campos de Magdala, pues sólo se habían vendido el moblaje y los enseres de Magdalena. Jesús abrazó a Lázaro. Jesús hacía esto sólo con él y con algunos de los apóstoles y discípulos más ancianos: a los demás les daba la mano. Jesús trató con Lázaro sobre el alojamiento que convendría dar a la gente que vendría de Chipre. Oí que Santiago el Menor y Tadeo estaban en Gessur para recibir y acomodar a los siete filósofos convertidos. Con Lázaro se mostraba muy íntimo y paseó largo rato con él. Lázaro es un hombre de alta estatura, muy amable, aunque serio, callado y muy morigerado; en el trato con los demás sobresale por su modo noble y leal. Tiene cabellos negros y alguna semejanza con José, aunque los rasgos de sus facciones sean más marcadas y severas. José, en cambio, tenía cabellos blondos, y en sus facciones mucha dulzura y benevolencia hacia los demás. Desde Damna se dirigió Jesús con Lázaro, los discípulos, el cuidador del albergue y su hijo al Este, al lugar donde vivía Zorobabel, el jefe de Cafarnaúm, que tenía allí campos, viñedos y jardines. Habló Jesús a los trabajadores del campo del Mesías y de la proximidad del reino; señaló las palabras de los profetas y su cumplimiento, exhortó a la penitencia y a recibir el bautismo, y dijo que el Mesías no aparecería como pensaban los judíos, y que por eso le reconocería sólo el pequeño número de los penitentes y de los humildes. Añadió que el Mesías se manifestaría no sólo por sus propias palabras, sino por otros, como antes por boca de muchos profetas. Le trajeron algunos endemoniados melancólicos, mudos y sordos, y a todos curaba poniéndoles los dedos con saliva bajo la lengua y mandando a Satanás que saliera de ellos. Algunos caían como en desmayo y luego volvían en sí, sanos y libres; a otros les sobrevenían convulsiones antes de curarse: todos alabaron a Dios y dieron gracias al Señor. Después anduvo Jesús por lugares solitarios hacia la casa de su Madre, en el valle cerca de Cafarnaúm al Este, por un camino de tres cuartos de hora. Las santas mujeres habían ido por un camino recto, reuniéndose en casa de María Santísima. Ella no salió a su encuentro ni las santas mujeres. Jesús entró, ya limpio del polvo del camino, en una gran sala donde había cuartitos divididos. María dio su mano a Jesús, cubierta con el velo e inclinando la cabeza con humildad. Jesús la saludó amigablemente, aunque con seriedad, mientras las demás mujeres se mantenían en semicírculo a cierta distancia. Cuando Jesús estuvo solo con su Madre, vi que Él la reclinaba sobre su pecho consolándola afablemente, mientras le hablaba. María, por su parte, desde que Él comenzó su vida pública, lo trató como a un Santo y Profeta, o como una madre trataría con un hijo que fuera Obispo, Papa o Rey; pero de un modo noble, santo, al mismo tiempo sencillo y familiar. La Virgen no lo abrazaba ya, sino que dábale la mano cuando Jesús la ofrecía primero. Después he visto a Jesús y a María comiendo a solas, en una mesa pequeña y baja. Jesús estaba de un lado y María del otro. Había en la mesa miel, pescado, pan, tortas y dos pequeños vasos. Las otras mujeres estaban de a dos o de a tres, en mesas apartadas, mientras las demás se ocupaban en la comida de los discípulos y parientes. Jesús contó a María su viaje a Chipre y las almas ganadas allá. María se alegraba en su interior, no preguntando mucho, y manifestaba su tierna preocupación por los peligros futuros. Jesús le contestó afablemente que cumpliría su misión hasta el tiempo de volver a su Padre celestial.
Llegada de los apóstoles y discípulos a Cafarnaúm
Poco después se reunieron en torno de Jesús unos treinta discípulos. Algunos habían venido de Judea con noticia de que llegaron naves con doscientos judíos de Chipre, que fueron recibidos por Barnabás, Mnason y sus hermanos. Para colocar a los demás estaba Juan aún en Hebrón en casa de los parientes de Zacarías. Los esenios se habían interesado también para albergarlos y mientras tanto los alojarían en grutas y cavernas. Para los que desembarcaron en la comarca norte de Ornitópolis, pensaban la Sirofenisa y Lázaro procurarles una residencia en Ramoth-Gilead. Los discípulos llegados a Cafarnaúm se albergaban, parte en la casa de Pedro, cerca de Cafarnaúm, parte en Betsaida y parte en la escuela de Cafarnaúm. De Gessur llegaron Santiago el Menor y Tadeo con tres de los filósofos paganos convertidos, jóvenes muy amables y delicados, que habían aceptado la circuncisión. También llegaron Andrés y Simón con discípulos: el encuentro de todos ellos fue muy conmovedor. Jesús presentó a los nuevos convertidos a su Madre. Esto solía hacerlo siempre. Era este como un convenio secreto entre Jesús y María, de modo que María recibía a estos nuevos discípulos de su Hijo, en su corazón maternal y los encerraba en su oración, en su solicitud, dentro de su corazón, para ser para ellos Madre temporal y espiritual. Todo esto lo hacía llena de tierna solicitud y seria gravedad. Jesús, en estas ocasiones, procedía con cierta solemnidad. Había en esto una santidad y una intimidad de sentimientos que yo no sabría expresarle. María era la vid, la espiga de su carne y de su sangre. Los discípulos relataron cómo les había ido en los lugares donde habían misionado. En algunas partes les habían arrojado hasta piedras, pero ninguno fue tocado por ellas. De otra parte tuvieron que huir, pero nunca sufrieron daño. Encontraron también gente buena; habían sanado, enseñado y bautizado. Jesús les había dicho que no fueran por ahora más que a las ovejas descarriadas de la casa de Israel. Fueron, pues, buscando a los judíos desparramados entre los paganos, sin mezclarse con los paganos ni tratado con ellos, a excepción de los criados de los judíos. En Gazora, al noreste de Jabesh-Gilead, Andrés y los discípulos que iban con él, rescataron con dinero a varios judíos esclavos, dando todo lo que tenían. Preguntaron a Jesús si habían obrado bien y Jesús les contestó que sí. No oyó a todos. A algunos que con viveza querian contarle sus hazañas, les cortaba la narración, diciendo: “Ya sé lo que os sucedió”. A otros que contaban con sencillez, sin darse importancia, los oía por entero, y a otros, que callaban, los invitó a contar lo sucedido. Cuando los que no pudieron contar todo preguntaron por qué no los oía, díjoles Jesús que mirasen la diferencia de narrar de los unos y los otros. A veces mezclaba en la narración alguna parábola, como la de la cizaña sembrada entre el buen trigo, que crece con él hasta la cosecha, cuando se recoge lo bueno y la cizaña es quemada. Habló de varios que habían dejado de ser sus discípulos y les previno que desconfiasen siempre de si mismos, pues sufririan grandes pruebas muy pronto. Les contó la parábola del gran Rey que se ausenta para tomar posesión de un reino y deja a sus criados, dándoles a cada uno ciertos talentos, y que después vuelve a pedir cuenta. Esta parábola tenía relación con su ausencia en Chipre, y la cuenta que daban ahora los discípulos de su acción. Mientras hablaba, se dirigía ya a uno, ya a otro con la pregunta: “¿Por qué piensas esto?” o “No pienses en eso». A veces: “Esto, piénsalo en otra forma: es así»… De esta forma corregía los juicios extraviados de uno u otro. Los demás pensaban: “Esto es para Fulano; esto para Mengano”. El Sábado se dirigió Jesús a la sinagoga. Los fariseos ya habían ocupado el lugar de la enseñanza. Jesús, empero, fué directamente allá y aquéllos lo desocuparon en seguida. El sermón versó de los exploradores de Canaán, de la murmuración del pueblo y su castigo y de los exploradores de Jericó y de Rahab (II Moisés, 13-16; Josué, 2). Los fariseos estaban irritados por su libertad en las palabras y decíanse que lo dejarían hablar, que celebrarían consejo al fin o cuando terminase el Sábado y que entonces le harían callar. Jesús, que voó sus pensamientos, les dijo que eran espías y exploradores singulares, no para decir la verdad, sino para negarla y traicionarla. Habló severamente contra ellos y se refirió a la destrucción de Jerusalén y al juicio que vendría sobre el pueblo que no hiciese penitencia y rechazara al Mesías. Repitió la parábola del Rey que envió a su Hijo entre los vinateros, que lo mataron. Los fariseos no fueron capaces de contradecirle. Las santas mujeres estaban en la sinagoga, donde tenían asientos. Por la tarde Jesús, acompañado de algunos discípulos, visitó unas veinte casas de enfermos, cuyos padres y parientes le habían rogado, y sanó a muchos niños de tres a ocho años. Debía haber una epidemia pues tenían todos la misma enfermedad: la garganta, la mejilla y las manos hinchadas y tenían el rostro amarillento. Parecían las consecuencias de la escarlatina. A unos les ponía las manos sobre la parte enferma, a otros los tocaba con los dedos mojados en saliva, a otros les soplaba en el rostro. Muchos se levantaban de inmediato; los bendecía y los entregaba a sus padres, con avisos y exhortaciones. En otros casos decía el remedio y lo que debían hacer con el enfermo. Esto convenía a los padres. En un lugar elevado de la plaza del mercado de Cafarnaúm, donde convergían cuatro caminos, entró Jesús en la casa de los padres de Ignacio, y los sanó. Ignacio es un amable niño de cuatro años. Los padres son de buena posición y tienen un negocio de utensilios de bronce y cobre. Veo muchos de estos objetos en los depósitos. La gente había pedido a Jesús fuese a sanar a los padres de Ignacio, en ocasión que Jesús entró en la casa de un negociante de alfombras enfermo. Este mercado está rodeado de pórticos donde los negociantes exponen sus mercancías. En el centro se ve un pozo y en los dos extremos hay dos grandes edificios. Los fariseos estaban excesivamente irritados por estas curaciones y tres de ellos fueron a la casa de Pedro, llena de enfermos, a los cuales sanó Jesús de sus dolencias. Se adelantaron a Jesús y comenzaron a protestar: que dejase de sanar y de promover desorden en día Sábado, y quisieron discutir. Jesús se apartó simplemente diciendo que nada tenía que hacer con ellos, cuya dolencia (moral) era insanable. Por la tarde enseñó Jesús, a la conclusión del Sábado, en la sinagoga sobre la murmuración del pueblo, las noticias que trajeron los exploradores y la maldición del pueblo que pereció en el desierto y sólo sus hijos llegaron a la tierra prometida. Habló severamente de la maldición y bendición, de los falsos exploradores, de la proximidad del reino de Dios, de los que no querían entrar en él, del no reconocimiento del Mesías, y del juicio sobre el país y sobre Jerusalén. De pronto subieron dos fariseos al tablado y hablaron del pasaje de Moisés, en la lección de hoy, donde mandó apedrear por el pueblo al hombre que había juntado leña en día Sábado (IV Moisés, 15, 32-36). Referían esto por las curaciones de Jesús en Sábado. Jesús preguntóles si los enfermos y los pobres eran leña destinada a quemarse. ¿No era más bien leña seca esa hipocresía y ese buscar de escandalizarse en la ayuda a los pobres y a los enfermos? El ver la pajilla en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio ¿no era peor que juntar leña? Eso de echar leña en el camino de la verdad, de cocer y hacer arder la envidia y malicia ¿no era peor que preparar la comida con esa leña Si en el Sábado pedimos bienestar y salud, ¿no podemos ese día darla si tenemos la posibilidad de hacerlo? Probó con la ley que ésta mandaba abstenerse de trabajos serviles, precisamente para poder emplear el tiempo en trabajos y obras espirituales. ¿Cómo podía estar prohibido poner a un enfermo en disposición de santificar el Sábado? De este modo los fue rebatiendo hasta que no tuvieron palabras que replicar. Algunos oyentes se mantuvieron callados, pensativos y conmovìdos. Muchos volvían las cabezas entre sí y decían: «Sí, se ve; es el Mesías. Ningún hombre simple puede hablar así. Ningún profeta puede enseñar así” La mayor parte se guiñaban los ojos unos a otros, alegrándose de ver vencidos a los fariseos. Otros, obstinados, se endurecían más aún, como los fariseos.
Jesús con sus apóstoles en Betsaida, en Caná y en Gabara
Cuando estuvieron reunidos en Cafarnaúm unos cincuenta discípulos, Jesús los llevó consigo a las alturas, cerca de Betsaida, donde había hablado de comer su carne y beber su sangre; y enseñó sobre su misión, cómo debían hacerla y de los frutos que debían recoger de su trabajo. Estaban presentes en esta enseñanza las santas mujeres y Jesús repitió la parábola de los trabajadores de la viña. Consoló y animó a sus discípulos y los bendijo a todos con las manos extendidas sobre sus cabezas. He visto que luego se sintieron de nuevo llenos de fuerza y animación. Por la tarde llegaron Pedro, Santiago el Mayor y Mateo con otros antiguos discípulos del Bautista y saludaron a Jesús en casa de María Santísima. Pedro lloraba de contento al verse de nuevo con Jesús. En la comida narró Jesús de nuevo la parábola del pescador que pescó 570 peces y los puso en aguas mejores, cosa que había dicho ya en Misael y en Cafarnaúm, a las santas mujeres y a los discípulos. De este modo oigo repetir a veces las mismas parábolas con algunas variantes o diversas aplicaciones. Al dia siguiente dirigióse Jesús a las barcas: la grande de Pedro y la pequeña de Jesús fueron apartadas de la orilla, y atadas, dejóselas andar sin remar: Jesús quería entretenerse con ellos sin estorbos. El día era espléndido. Habían desplegado las velas, de modo que les servía de sombra contra el sol. Por la noche volvieron a la playa. Pedro era muy vivo en la narración, y habló con entusiasmo del gran bien que habían podido hacer. Jesús se volvió a él y le dijo que callase. Pedro, a quien Jesús amaba, calló, y reconoció con pesar que había faltado hablando con demasiado ardor. Judas tiene otro carácter: es callado, aunque lleno de vanagloria y deseo de honor, sin darlo a entender; se cuida mucho de dar motivo de ser reprendido delante de los demás. Se cuida más de no ser reprendido, que de pecar. Cuando considero la vida de Jesús y su trato con los apóstoles y discípulos, acude a mi mente esta persuasión: si Jesús viniera ahora entre los hombres, le iria peor de lo que le fue entonces entre los judíos. A pesar de todo, Jesús y los suyos podían ir libremente, enseñar y sanar. Fuera de los obstinados y ciegos fariseos, en general no encuentra mayores obstáculos en ir y venir, predicar, sanar, enseñar, reunir gente y llevarla de un lado a otro. Los mismos fariseos no saben tampoco por qué le son contrarios. Su situación es digna de compasión. Saben que es llegado el tiempo de la salud y de la promesa, y que las profecías se cumplen; ven en Jesús algo que les admira, que les es inexplicable; pero no acaban de rendirse a la evidencia. ¡Cuántas veces los veo sentados, leer los rollos, consultarse y discutir, sin acabar de comprender, porque esperan un Mesías diferente, un Mesías de su partido, de su clase e ideas! Muchos discípulos también piensan que Jesús debe tener un ejército secreto, un entendimiento con algún poderoso rey y que pronto recobrará el trono en Jerusalén, para ser el rey pacifico de un pueblo libertado del yugo extranjero. En esta forma, ellos tendrán buenos puestos y serán sabios y santos en ese reino. Jesús los dejó por algún tiempo con estas ideas. Otros, es verdad, tienen ideas más espirituales, pero no llegan a comprender la muerte en la cruz. Algunos lo siguen sólo por entusiasmo juvenil y amor a su Persona, sin mayores reflexiones. Cuando los apóstoles estuvieron juntos, inclusive Tomás, Juan y Bartolomé, se dirigió Jesús con ellos a Caná, adonde habían partido ya los 70 discípulos y las santas mujeres. En medio de la ciudad de Caná había un sitial de enseñanza, desde donde Jesús habló de su misión y del cumplimiento de las promesas: dijo que no había venido para gozar de las comodidades de la vida y que es locura pedirle a Él otra cosa que no sea la voluntad de su Padre celestial. Expresó más claramente que nunca que aquí estaba, delante de ellos, Aquel a quien tanto se había esperado. Dijo que sería reconocido sólo por pocos y que, cumplida su misión, se volvería a su Padre. Añadió, severo y amenazante, que no se debía rechazar la salud y el tiempo de la gracia. Llamó la atención sobre el cumplimiento de las profecías. Esta predicación fue tan conmovedora y admirable que todos los oyentes de Caná decían: “Es más que un profeta. ¡Nunca habló así un profeta de Iarael!». En la casa del padre de la novia de Caná se hizo una comida y se benefició a los pobres con regalos y alimentos. Jesús y los apóstoles servían en las mesas de estos pobres. Al final contó la parábola de las Vírgenes prudentes y de las necias, la explicó, y declaró que había llegado el tiempo de este Esposo. Era una recordación de las bodas de Caná, y ahora, como entonces, estaban reunidos todos los apóstoles y discípulos. La casa de la fiesta estaba adornada con arcos de ramas y flores; se tomaba el vino de aquellas famosas hidrias; los niños tocaban y traían ramos y pirámides de flores y coronas. Bartolomé, Natanael Chased y algunos discípulos habían compuesto versos y felicitaciones de ocasión, con sentido espiritual. Desde Caná dirigióse Jesús con los apóstoles y discípulos al sitial en la colina de Gabara. Caminaban despacio, conversando, y a veces rodeaban todos a Jesús, que se mostraba muy amable. A veces los llamaba: “Mis queridos hìjitos». Pidióles que le contaran todas las cosas que les había pasado, cómo les había ido en su misión. Hablaron primero los apóstoles que antes habían contado algo, aunque no todo. Era conveniente que todos oyeran lo que todos habían hecho y cómo les había ido. Díjoles afablemente: “Queridos hijitos, ahora se muestra quién me ama, y en Mi, a mi Padre celestial: si por amor mío ha predicado y esparcido la palabra de la salud y sanado enfermos, no buscando su propia gloria, sino la gloria de Dios». Entonces contaba uno u otro de los apóstoles o de los discípulos que habían ido con Él. Esto sucedió sobre una colina que está como a dos horas del sitial y a dos horas de Caná. Esta colina ofrece un vasto panorama a la vista. Pedro contó con calor, como siempre, cómo encontró a diversas clases de endemoniados, cómo los había tratado, y cómo, al nombre de Jesús, el espíritu maligno había tenido que salir de los cuerpos. Ya había olvidado, en su entusiasmo, el aviso de Jesús en la barca. Se mostró aquí también ardoroso y entusiasmado. Dijo que en Gergesa había algunos endemoniados que nadie había podido librar, y nombró también a los dos discípulos de Gergesa que estuvieron posesos. Añadió que a él le obedecieron en seguida los demonios, que salieron de esos cuerpos. Jesús le indicó callar: miró a lo alto y todos callaron, admirados. Jesús dijo: “He visto a Satán caer del cielo como un rayo». En ese momento yo vi relampaguear en el aire un rayo de fuego negruzco. Jesús reprendìó a Pedro su ardor y a los demás que hablaron con demasiada confianza en sí mismos. Les dijo que obrasen siempre en su Nombre y por Él, con toda humildad y fe, y que nunca pensasen que uno puede más que otro. Añadió: “Os he dado poder para andar entre escorpiones y serpientes, y todo el poder del enemigo no os podrá dañar. Pero no busquéis vuestra gloria en el hecho de que los demonios os obedezcan. Alegraos sólo de que vuestros nombres estén escritos en el cielo”. Muchas cosas más dijo, muy amable siempre con las palabras: “Mis queridos hijitos». Luego oyó la relación de otros apóstoles y discípulos. Tomás y Natanael Chased recibieron una advertencia por cierta negligencia; pero Jesús la hizo con mucha afabilidad y amor. Cuando Jesús llegó a la colina, se puso muy serio y gozoso y elevó las manos al cielo. He visto un resplandor que lo envolvió como nube luminosa. Estaba en éxtasis, y oró: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes de este mundo y las has revelado a los pequeños y humildes. ¡Sí, Padre, porque así fue tu voluntad! Todo poder me ha sido dado por mi Padre. Nadie sabe quién es el Hijo sino sólo el Padre, y nadie sabe quién es el Padre sino sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quisiera revelar”. Luego dijo a los discípulos: “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis, pues os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y desearon oír lo que vosotros oís y no lo oyeron». Llegados al monte de Gabara enseñó sobre las cosas que había dicho antes: lo que debían saber en su misión, reforzándoles en aquéllas en que andaban flojeando y en que habían faltado. Les habló de las diversas clases de posesos y cómo debían proceder en cada caso para echar los demonios. Les habló también de lo que les sucedería a ellos y de su propia misión: cómo pronto habría de tener término, y que deseaba ahora dejarlos algún tiempo ir a sus casas a descansar, aunque siempre trataran de enseñar, obrar y propagar el reino de Dios. Les agradeció su diligencia y obediencia, y volvió con ellos a Cafarnaúm, adonde llegaron al anochecer. En la montaña había muchos otros oyentes, además de los apóstoles. Al Sábado siguiente enseñó Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm de Samuel, cuando dejó su oficio de juez. Habló seria y severamente; los fariseos creyéronse advertidos, aunque no pudieron encontrar nada reprensible en su enseñanza. Habían espiado toda clase de menudencias en sus discípulos y ahora las echaban en cara a Jesús. Decían que sus discípulos no observaban ordenadamente el ayuno y que hasta en el Sábado habían recogido espigas y sacado frutas de los árboles de los caminos para comerlas; que eran poco limpios en sus vestidos y groseros; que habían entrado en la sinagoga no bien arreglados, y que algunas veces al comer no se habían lavado las manos. Jesús predicó severamente contra ellos, llamándolos raza de víboras, que imponían cargas pesadas de observancias sobre los demás y tomaban para sí sólo lo más fácil. Dijo que sólo les gustaba pasear en los sábados; oprimir a los pobres; presionar por los diezmos para retenerlos; que veían la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Añadió que Él enseñaría, curaría y andaría cumpliendo su misión hasta completar el tiempo. Mientras decía estas severas palabras, un hombre joven se levantó y clamó en alta voz, levantando las manos a lo alto y adelantándose de entre los fariseos: “¡En verdad Éste es el Hijo de Dios, el Santo de Israel! ¡Es mucho más que un Profeta!”. Tejió un entusiasta himno en alabanzas de Jesús. Esto fue causa de que se originase un gran movimiento en la sinagoga. Dos ancianos fariseos lo tomaron al fin por los brazos y lo sacaron fuera, mientras él seguía cantando las alabanzas de Jesús. Jesús siguió hablando en la sinagoga y el hombre siguió clamando fuera del recinto, hasta liberarse de las manos de los fariseos. Cuando Jesús salió de la sinagoga, el hombre joven se echó a sus pies y pidió ser admitido como discípulo. Jesús le contestó que sí, siempre que tuviera ánimo de dejar padre y madre, dar lo suyo a los pobres, tomar su cruz y seguirlo a Él. Algunos discípulos lo tomaron entonces en su compañía y especialmente Mnason se hizo cargo de él. Por la tarde cerró la festividad del Sábado en la sinagoga, adonde había llegado Jesús con los suyos aún antes de la hora, para que vieran y oyeran lo que decía a sus discípulos, ya que no había ninguna enseñanza secreta. Avisó a sus discípulos que se guardasen de los fariseos y falsos profetas; les recomendó la vigilancia, narrando una parábola de un siervo bueno y diligente y de otro perezoso. Como preguntase Pedro si sus palabras se referían sólo a los discípulos o a todos los oyentes, Jesús dirigió su discurso de tal modo a Pedro como si él fuese el patrón de la casa, el capataz de los trabajadores; alabó la vigilancia de un buen patrón de casa y condenó la negligencia y el descuido de un dueño o administrador que no cumplía con su deber. En esta forma habló hasta la hora en que llegaron los fariseos para concluir el Sábado. Como Jesús quisiera dejarles el lugar dijeron ellos, muy comedidos: “Rabi, te rogamos leas la lección», y le presentaron los rollos. Jesús enseñó admirablemente sobre la renuncia que hizo Samuel de su oficio. Habló de modo que sus palabras eran como palabras de Dios y de su Enviado; las explicó de manera que los fariseos pudieron entender que se aplicaba a Si mismo las palabras de Samuel: “He llegado a envejecer» (I Reyes, 12, 2). Dijo: “Vosotros ya me tenéis por molesto y estáis cansados de Mí. Vosotros os renováis y Yo os soy siempre el mismo». También las preguntas de Samuel: “¿Os he causado este o aquel daño? ¿He quitado el buey o el asno a alguno? ¿He oprimido a alguno de vosotros?” las aplicaba como si Dios y su Enviado las preguntara ahora a ellos. Dijo además si acaso podían los fariseos hacer estas y parecidas preguntas al pueblo que le escuchaba. El clamor del pueblo de Israel pidiendo rey, el ansia de ser gobernados como los pueblos paganos y el pedido de no ser regidos más por jueces, lo explicó Jesús al caso presente, en que los fariseos esperan y piden un Rey temporal que aparezca como Mesías libertador, con gloria y majestad exterior. que los introduzca en el reino de Dios, con todos sus pecados e iniquidades, y que en lugar de expiar con el sufrimiento, la penitencia, la satisfacción y el dolor los pecados de los hombres, piensan los fariseos que el Mesías cubra con el manto de un reinado temporal sus perversas obras y los premie todavía con una vida cómoda y alegre con todos sus pecados e iniquidades. Aquello de que Samuel, a pesar de todo, no dejó de rogar por ellos y de que aparecieron relámpagos y lluvia a su pedido, lo explicó Jesús diciendo que su Padre celestial los sigue beneficiando a pesar de que rechazan a su Enviado, el Mesías. Los relámpagos y la lluvia de entonces son los milagros que ahora acompañan a su Enviado en favor de los que se convierten y aceptan la salvación. Lo que se leía de que el rey y el pueblo encontrarían gracia delante de Dios si caminaban en la observancia de su culto, lo explicó diciendo que los justos encontrarán siempre el favor de Dios, pero que a los malos les espera un juicio severo, como lo dijo Samuel. Habló luego de David, ungido en lugar de Saúl, y del castigo de Saúl y los suyos, y de cómo ahora también se separan los buenos de los malos. Los fariseos no se atrevieron a replicar para no verse avergonzados delante del pueblo, como otras veces, pero se reservaron para atacarlo en la comida, a la cual invitaron a Él y a sus discípulos. Esta tuvo lugar en un paraje abierto, en casa del jefe de la sinagoga, donde se encontraron unos treinta fariseos. Antes de la comida uno trajo una gran fuente de agua delante de Jesús, preguntándole si quería lavarse, hablando de la antigua costumbre de los buenos israelitas. Jesús le dijo que conocía su intención e hipocresía, y que no quería el agua que le ofrecía. Comenzaron a discutir sobre la enseñanza de la sinagoga; pero fueron desenmascarados de tal manera que doce de ellos quedaron tan aterrados y confundidos que se alejaron, permaneciendo solamente los más obstinados de ellos. Así el número de enemigos quedó disminuido. Vino uno de aquellos jóvenes de Nazaret que habían pedido varias veces, sin resultado, de ser admitidos como discípulos; y preguntó: «Señor, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Aquí viene todo lo que narra Lucas en el capítulo 10, versículos 25-37. Relató la parábola del Samaritano caritativo. Los fariseos comenzaron a cuestionar con Jesús de que no quisieran recibir como discípulo a ese joven letrado, porque, decían, ha estudiado y sabe algo y no se callará siempre como los otros discípulos. Culpaban de nuevo a sus discípulos de poco ordenados, poco limpios; de sacar los Sábados espigas y frutas de los árboles mientras andaban de camino; de que eran groseros y otras cosas semejantes. Culpaban especialmente a Pedro, diciendo que era enredador y pendenciero como su padre. Jesús defendió a sus discípulos, diciendo: “Conviene que estén contentos mientras el Esposo está con ellos”. De allí se fue a la casa de Jairo y a las excavaciones cerca de la sinagoga, y luego salió al camino de Betsaida. Oró allí a solas en un lugar solitario hasta medianoche y luego entró en la casa de su Madre. Los fariseos habían pagado a algunos de la chusma para que arrojaran piedras tras los discípulos que salían de la ciudad. Dios los protegió y nadie sufrió nada. No sabían adonde se había retirado Jesús. Los judíos venidos de Chipre vivieron primero en cuevas y grutas; pero poco a poco se fueron acomodando, y asi nació una nueva población que llamaron Eleuterópolis: estaba al Oeste de Hebrón, no lejos del pozo de Sansón. Los judíos quisieron varias veces destruir esta población, pero siempre resurgía y las cavernas y grutas sirvieron de refugio, ya que edificaron sobre ellas o junto a ellas mejores viviendas. En la primera persecución de estos cristianos de Chipre, en los tiempos que lapidaron a Esteban, fue destruida la población que se había formado entre Ophel y Betania, y murió la conversa Mercuria. De aquí se retiraron a las cercanías del Cenáculo y luego a la iglesia de Bethesda para ofrecer sus dones y sacrificios. Después de la devastación de Ophel se refugiaron en Eleuterópolis. Fue constituido Obispo de esta ciudad Barsabas José, hijo de María Cleofás con su segundo marido Sabas. Éste fue crucificado en un árbol del lugar.
Jesús enseña sobre la Oración y las Bienaventuranzas
Al día siguiente salió Jesús de la casa de María muy temprano y tomó el camino hacia Betsaida y de allí, con los nuevos discípulos, hacia la colina desde donde había mandado a misionar a los apóstoles. El lugar está como a tres horas de Cafarnaúm. En el camino se encontró con Mnason, otros discípulos y el fariseo convertido de Tenath. Este fariseo se había sentido conmovido cuando la curación de su compañero enfermo y en el sermón del monte, junto a Gabara. Sobre esa colina se levanta ahora un sitial con techado para sombra. En la parte baja del monte hay un galpón largo donde han amontonado a diez enfermos, contraídos y maltrechos por los reumas, que eran alimentados por los pastores del lugar. Jesús los visitó, los exhortó y terminó dándoles la salud. Sobre esta colina solitaria rogaron los apóstoles a Jesús les enseñara a orar. Él les enseñó el Padrenuestro, declarándoles cada petición y trayéndoles ejemplos que les había dado en otras ocasiones: de aquel que llega y pide de noche un pan y continúa golpeando a la puerta del amigo hasta que consigue; del niño que pide un huevo a su padre, que no le dará un escorpión; y otras cosas sobre la insistencia en la oración y la relación filial del hombre con su Padre celestial. Muchas veces Jesús les repetía cosas ya enseñadas, con mucha paciencia y trabajo, para que las entendieran bien y pudieran enseñarlas a los demás. Procedía como un paciente Maestro, explicaba, preguntaba, rectificaba y repetía lo que no habían entendido bien. Al fin repitió toda la oración y se detuvo en el Amén, explicando, como en Chipre, que esta palabra es el resumen de toda la oración desde el principio hasta el final. Entretanto habían llegado otras gentes y algunos fariseos de Betsaida-Julias, que oyeron parte de su enseñanza. Uno de ellos invitó a Jesús a una comida en Betsaida-Julias, y Cristo aceptó. Mientras se dirigía allá, pasando al Sur del puente sobre el Jordan hacia la otra Betsaida, se detuvo en el albergue donde querían saludarlo su Madre María, la viuda de Naím, Lea y otras mujeres. María, muy preocupada, estuvo a solas con Jesús, lloró y pidióle que no fuera a Jerusalén para la fiesta de la Dedicación del Templo por causa de las insidias de sus enemigos. Dijo esto con tanto amor y humilde resignación que yo vi bien claro que ya sabía que era necesario se cumpliera en Jesús lo que ella tanto temía. Jesús la arrimó a su pecho y la consoló con palabras llenas de amor y suavidad: díjole que debía cumplir la misión que le enviara su Padre, por la cual Ella fue Madre del Redentor. Exhortóla a que fuera siempre fuerte para fortificar a los débiles y darles ejemplo. Luego saludó a las demás mujeres y las bendijo; ellas partieron de vuelta a Cafarnaúm. Jesús se dirigió con los suyos a Betsaida-Julias, donde fue recibido por los fariseos. Estaban allí algunos otros de Paneas, pues se hacía una recordación de un libro malo escrito por un perverso saduceo que ellos habían quemado. Aprovecharon la oportunidad para renovar sus acusaciones tantas veces rebatidas. Como Jesús se dispusiera a sentarse a la mesa, le tomó uno de ellos del brazo, y dijo que se extrañaba mucho que un hombre que enseñaba tan sabiamente, dejaba ahora de cumplir con las costumbres de los judíos y no se lavara antes de comer. Jesús repitió que los fariseos sólo purifican el exterior de las manos y de los vasos, y no les preocupa estar llenos de maldad por dentro. El fariseo preguntó cómo sabía Él el estado de su conciencia. Jesús le contestó: “El que ha hecho lo exterior, hizo también lo interior; y esto es lo que Dios ve». Los apóstoles se acercaron a Jesús, rogándole no se resistiera a los fariseos que acabarian por echarlos a ellos también. Jesús les reprochó su temor de perder la comida. Por la tarde enseñó Jesús en la sinagoga, pero no pudo sanar a ningún enfermo, pues los fariseos habían asustado a los que querían traerlos. Estos fariseos se creían importantes porque tenían una escuela superior. De Betsaida-Julias dirigióse Jesús al Noreste, hacia el monte donde multiplicó los panes, que está a hora y media. Se reunieron alli los apóstoles y discípulos y muchos venidos de Cafarnaúm, de Cesarea de Filipo y de otros lugares. Enseñó aquí sobre las ocho Bienaventuranzas. “Si os persiguen y odian por causa de mi nombre… ¡Ay! de los ricos y satisfechos de los bienes de esta tierra… ellos tienen ya su premio; que gocen pensando en el premio futuro». Habló de la sal de la tierra, de la ciudad sobre la montaña, de la luz sobre el candelero, del cumplimiento de la ley, de las obras buenas hechas ocultamente, de la oración interior, del ayuno con rostro alegre y cabeza ungida, no aparentando cara triste para que vean los otros el ayuno. Habló de juntar tesoros para el cielo; del despreocuparse de lo material; que nadie puede servir a dos dueños; de la puerta angosta, del camino ancho, del árbol malo y sus frutos, del hombre sabio que edìfica sobre piedra y del necio que lo hace sobre arena. La predicación duró más de tres horas. Los oyentes bajaron una vez de la montaña para tomar alimento. Jesús continuó luego enseñando a los discípulos, repitiendo todo aquello que ya les habían enseñado cuando los mandó a misionar, y les recomendó tuviesen fe, confianza y perseverasen en este estado. Al dia siguiente los oyentes eran algunos millares y Jesús enseñó de nuevo sobre el monte. Había gente de las caravanas que pasaban, y enfermos y endemoniados. Los fariseos que subieron no se atrevieron a discutir, aunque Jesús los reprendió severamente en el curso de la predicación. Los milagros eran numerosos y temían al pueblo que estaba muy entusiasmado. La gente había llevado la comida y se sentaron. Allí había un ciego de Jericó que había sido también tullido: un discípulo había logrado sanarlo de los pies, pero no pudo darle la vista. Era un pariente de Manahem, el cual lo llevó ante Jesús para que le diera vista. Los nueve discípulos que Jesús había catequizado en estos últimos días con tanta paciencia, a fuerza de preguntas y repeticiones como a niños, los mandó ahora de dos en dos, diciendo: “Os mando como a corderos entre lobos». Uno de los sobrinos de José de Arimatea trajo la noticia desde Jerusalén de que Lázaro estaba enfermo. Jesús retuvo a Pedro, Santiago, Juan, Mateo y a algunos discípulos, con los cuales se dirigió a la oficina de Mateo y de allí se embarcó para Dalmanutha. Después lo vi en la ciudad de Edrai, donde enseñó en día de Sábado; luego en la ciudad levita Bosra y en Robah. En Robah vivían fuera de la ciudad pagana sólo recabitas, que encontraron este lugar ocupado por los paganos cuando volvieron de la cautividad de Babilonia; los habían desalojado en parte de la ciudad. Sienten gran aversión a los fariseos y saduceos y se apartan de ellos. Viven austeramente, se ocupan de ganadería, no toman vino sino los días de fiesta y observan la ley a la letra. Jesús les avisó de esto, diciéndoles que mirasen al espíritu de la letra. Se mostraron muy humildes y recibieron bien los avisos. Se bautizaron muchos, inclusive paganos. Jesús libró a varios endemoniados de los cuales había aquí un reclusorio lleno. Pedro, Santiago y Juan sanaban y enseñaban en diversos grupos. Jesús no encontró aquí contradictores y pudo trabajar todo el día, albergándose en una posada junto a la sinagoga. Robah es una ciudad libre, pertenece al grupo de la Decápolis y se gobierna por sus propias autoridades. Anduvo Jesús unas cinco horas hacia el Sudoeste hasta un hermoso sitio de pastoreo que llaman “lugar de la paz de Jacob”, por haber acampado allí cuando volvió de casa de Laban que lo perseguía. Aquí comienza la montaña de Galaad (I Moisés, 31, 25) y viven pastores descendientes de Eliezer, el pastor de Abraham que había ido a buscar esposa para Isaac. Vivían también descendientes de aquellos que Melquisedec había librado de la esclavitud de Semíramis, los cuales se mezclaron con los descendientes de Eliezer. Hay tres hermosos pozos en una amena colina, con habitaciones muy frescas y agradables. Desde cierta distancia parece una terraza en la montaña. Los ancianos y principales del lugar viven arriba, donde hay un sitial para enseñanza. En torno se ven potreros cerrados para camellos, asnos y ovejas. Cada clase de animal está separada y los pozos tienen abrevaderos. Los pastores viven en tiendas con fundamentos de ladrillos en las cercanías de los pozos. Hay extensas plantaciones de moreras. Me llamó la atención un largo camino bordeado de palos, donde crecen enredaderas cubriéndolo todo, que tienen por frutos calabazas como botellas. Este camino lleva a Selcha desde la colina y es como una galería verde. Habían celebrado en estos días la liberación de sus antepasados de La esclavitud de Semíramis por medio de Melquisedec. Van a la sinagoga de Selcha, donde son instruidos. Este lugar es respetado y lo miran como una fundación del patriarca Jacob. Los pastores son muy hospitalarios y suelen albergar a las caravanas de los árabes mediante una pequeña retribución. Jesús llegó con tres apóstoles al mediodía junto a uno de los pozos, donde los pastores ancianos les lavaron los pies y les presentaron miel, pan y fruta. Sabían que debía venir y habían traído a muchos enfermos al galpón largo, junto a la colina, donde Jesús los sanó. Vivían aquí cuatrocientos pastores, contando a sus mujeres e hijos. Las mujeres llevaban vestidos algo más cortos que en el resto del país. Jesús enseñó en la colina y estuvo muy afable y familiar con ellos. Les recordó la comitiva de los tres Reyes Magos que habían descansado aquí hacía treinta y dos años; la estrella de Jacob de la que había profetizado Balaam, y el Niño recién nacido que habían ido a ver aquellos sabios reyes. Habló también del Bautista, de su enseñanza y testimonio; y dijo que el prometido Mesías, el Consolador y Salvador estaba ahora en medio de ellos, y que ellos no lo reconocían. Les contó las parábolas del buen Pastor, de la siembra y la cosecha, pues ahora estaban en la cosecha de la fruta y del trigo. Habló de los pastores de Belén que fueron a ver al Niño antes que los reyes y de los ángeles que les anunció el Nacimiento. La gente se aficionó mucho al Señor. Muchos querían dejarlo todo para seguirlo y poder oír siempre su doctrina. Jesús les dijo que no salieran de aquí y siguiesen sus enseñanzas. Como viniera gente de Selcha, que está como a una hora al Norte, y lo invitaran a ir, se dirigió allá con sus discípulos. Fue recibido con fiestas en la puerta de la ciudad por los maestros y alumnos. Enseñó en la sinagoga hablando de Juan y del testimonio que dio sobre el Mesías. Le hicieron bautizar a muchos, sanó a varios enfermos y bendijo a los niños. Desde Selcha fue andando durante hora y media por el camino llamado de David que corre a través de los valles, siempre al Oeste del Jordán: corre solitario entre montañas y de trecho en trecho hay lugares de pastoreo para los camellos, abrevaderos y anillos para sujetarlos. En este camino vio Abraham cuando entró al país, un resplandor y tuvo una visión; y cuando David, por consejo de Jonatan, huyó a la región de Maspha (I Reyes, 22) se ocultó aquí con trescientos hombres, por lo cual lo llaman el “camino de David”. David tuvo aquí una visión profética de la venida de los tres Reyes Magos, y oyó cantar, desde el cielo abierto, al Consolador de Israel. Malaquías, después de una batalla, se ocultó aquí, siguiendo un resplandor. Los tres Reyes Magos, dejando libres las riendas de sus camellos, salieron de la región de Selcha y tomaron este camino, cantando gozosos, hasta Korea, junto al Jordán, y atravesando el río por el desierto de Anathat llegaron a Jerusalén, donde entraron por la misma puerta que pasó María desde Belén cuando fue al templo para la Purificación y Presentación. De este camino de David torció Jesús hacia la pequeña población de Thautia, donde entró en seguida en la sinagoga. La enseñanza versó sobre Balaam, la estrella de Jacob y lo que Miqueas dijo sobre Betlebem Efrata (IV Moisés. 22-2, 25-10; Miqueas, 5-7, 6-9). Después sanó a muchos enfermos en las casas y a otros que no habían logrado dar salud los discípulos que habían misionado por estos lugares. No había aquí ninguna institución que se ocupara de los enfermos y desamparados: los apóstoles habían ordenado algo y Jesús terminó de dar forma a la obra. Los discípulos, mientras tanto, bautizaban a muchos convertidos por Jesús. La gente de aquí y sus rabinos eran piadosos y tenían la costumbre de peregrinar a lo largo del camino de David, implorando la venida del Mesías con oracion y ayunos, pensando que por allí vendría el Mesías. Mientras hablaba Jesús, ellos decian: “Él habla como si fuera realmente el Mesías; pero esto no parece posible». Luego pensaron: “El Mesías debe haber venido de modo invisible a Israel y Éste es el que lo anuncia». Jesús les dijo que quizás reconocerían al Mesías cuando fuera demasiado tarde. He visto que muchos de aquí vinieron a la cristiandad después y aún antes de la muerte de Jesús. Desde Thautia anduvo Jesús cuatro horas al Este, hacia la derruida fortaleza de Datheman. Cerca está aquella montaña donde la hija de Jefté con sus doce compañeras se retiró a llorar su muerte próxima. En la montaña hubo profetas y solitarios como los esenios. Balaam permaneció aquí en soledad y meditación cuando fue llamado por el rey de los moabitas (IV Moisés, 22, 5). Balaam era de noble estirpe y muy principal familia. Desde la juventud tuvo el don profético y estaba en relación con estos pueblos que miraban a la estrella prometida, entre ellos los antepasados de los Reyes Magos. No era Balaam hechicero ni mal hombre. Servía con culto al verdadero Dios como lo hacían los más elegidos de estos pueblos antiguos; sólo que lo hacía de modo imperfecto, con mezcla de errores y supersticiones. Había estado antes en esta montaña en soledad y meditación, creo que en compañía de otros profetas o discípulos suyos. Después que regresó de la presencia del rey de los moabitas, Balaam quiso volver a su soledad de la montaña, pero ya no pudo, por disposición de Dios, subir más. Había caído en grave pecado por su perverso consejo al rey de Moab, perdiendo su gracia y sus dones sobrenaturales, y anduvo errando sin rumbo hasta que pereció miserablemente. La gente de esta comarca está convencida de la santidad de este “camino de David». Decían a Jesús que no querían vivir del otro lado del Jordán, porque allá no se puede mencionar todo lo que se vió, se anunció y se cumplió en el “camino de David”.
Jesús en Bethabara y Jericó. El publicano Zaqueo
Cuando Jesús se acercó al Jordán, ya se había reunido una gran muchedumbre. Todo el espacio estaba lleno: se habían acomodado bajo los árboles y en tiendas. Muchas madres venían con sus criaturas como en procesión: niños de todas edades, hasta los que eran llevados en brazos. Cuando llegaron por el ancho camino al encuentro de Jesús, quisieron los discípulos apartar a las madres con sus criaturas para que no dieran trabajo a Jesús que ya había bendecido a muchos de ellos. Jesús no quiso que los apartaran y entonces trataron de ponerlos en orden. En un lado de la calle se colocaron cinco largas filas de niños de diversas edades, separados: había más niñas que varoncitos. Las madres, con las criaturas en brazos, estaban detrás de la quinta hilera de niños. Del otro lado de la calle estaba el resto del pueblo, que a veces irrumpía rompiendo el orden. Se iban turnando los últimos con los primeros. Jesús pasó delante de la primera fila de niños, poniéndoles su mano sobre la cabeza y bendiciéndolos. A unos les ponía la mano sobre la cabeza, a otros sobre el pecho; a algunos los estrechó contra su pecho, a otros los proponía como modelo a los demás; y así enseñaba, amonestaba, bendecía, sanaba y consolaba a todos. Cuando llegó al final de la primera hilera, pasó al otro lado del pueblo, y allí consolaba, exhortaba, o proponía como modelos a algunos de los niños. Cuando terminó en ese lado volvió a la segunda hilera de niños, y luego a la del pueblo, y así prosiguió hasta llegar al término de la quinta fila, adonde estaban las madres con sus criaturas en brazos. Todos los niños que bendijo recibieron una gracia interna, y más tarde fueron cristianos. Había unos mil niños, pues se renovó la escena por varios días. Jesús tuvo mucho que hacer. Estaba en tranquila seriedad, dulce, afable, con una indefinible tristeza. Enseñaba en las calles; a veces le tiraban de los vestidos para que entrara en algunas casas. Contó varias parábolas; enseñó a grandes y chicos, a sabios y a ignorantes. Decía a algunos que diesen a Dios, por gratitud, lo que Él les había dado, como lo hacía Él mismo. He visto aquí a la Verónica, a Marta, a Magdalena y a María Salomé. Ésta vino con sus hijos Juan y Santiago el Mayor, y pidió a Jesús hiciera que sus dos hijos se sentaran a su lado cuando viniera su reino. Los fariseos de Jerusalén mandaron espías, de los cuales algunos se convirtieron y no volvieron; otros que volvieron a Jerusalén con malas ideas, en el camino se arrepintieron y más tarde se unieron a los cristianos. Cuando Jesús salía de Bethabara, fue rogado en el camino para ir a una casa donde habitaban diez leprosos. Los apóstoles se apartaron, temerosos, y aguardaron a Jesús reunidos bajo un árbol. Los leprosos estaban sentados en un rincón del edificio, llenos de llagas y podredumbre. Jesús entró, mandó algo, y tocando a uno de ellos, salió. Los leprosos fueron llevados uno después de otro a un estanque donde se lavaron; después estuvieron los diez en disposición de presentarse a los sacerdotes como sanos. Jesús entró en otro edificio donde había enfermos hombres y mujeres, separados. Había cierto orden para los enfermos y un sitio para cocinar y lavar. Tenía un patio con hierba verde. Jesús sanó a varios. Cuando iba de camino vi que uno de los diez leprosos curados le seguía haciendo acción de gracias y alabando a Jesús. Al darse vuelta Jesús para mirarlo, el hombre se echó al suelo sobre su rostro, y daba gracias. De paso Jesús bendecía a los niños que les traían las madres. El camino que hacía Jesús con los suyos desde Bethabara los llevaba a Maqueronte y a la ciudad de Madián. Se volvieron más hacia el lado del Jordán, rodearon a Bethabara y, atravesando una región poco poblada, se encaminaron hacia Jericó. En este camino vinieron poco a poco a los discípulos que habían sido enviados a misionar y contaron a Jesús cómo les habia ido. Les enseño con parábolas: recuerdo sólo algo de lo que dijo en su alocución. Aquellos que se dicen puros, pero que comen y beben como les da la gana, parecen como si quisieran apagar un fuego arrimando más leña seca. Otra parábola se refería a la acción futura de los doce apóstoles. “Vosotros ahora me estáis aficionados porque tenéis abundante alimento (no entendieron que Jesús se refería a su doctrina y enseñanza). En la necesidad, empero, obraréis de otro modo. Aun aquellos que llevan como un manto el amor a mi Persona, dejarán caer ese manto para huir». Se refería a la actitud de Juan en el Huerto de los Olivos, que huyó dejando la manta en que se envolvía. En una población junto al Jordán he visto a una mujer pidiendo la salud de una hija cubierta de llagas. Jesús le contestó que le enviaría a un discípulo, pero ella insistió en que viniese el mismo Jesús. Jesús no lo hizo, pero como no estaba lejos de Él, la mujer volvió, pidió ayuda y dijo que se había desasido de todo, como Él se lo habia mandado. Jesús la rechazó nuevamente diciendo que esa hija era fruto del pecado, y le nombró una falta, que parecía pequeña, a la cual estaba asida hacía años. Le dijo que no volviera hasta que no se arrepintiera de ese pecado. Entonces vi a esta mujer pasar por entre los apóstoles y discípulos e ir a Jericó. Cerca de Jericó llegaron cuatro fariseos hasta Jesús, enviados por los de Jerusalén, para decirle que no entrase en la ciudad, que Herodes lo buscaba para darle muerte. Ellos decían esto porque le temían, por los muchos prodigios que habían oído y sabido de otros. Jesús les contestó que dijeran a esa zorra: “Mirad, yo echo demonios hoy y mañana y sano enfermos, pero al tercer día completaré mi misión”. Dos de estos fariseos entraron en sí mismos, se arrepintieron y se hicieron discípulos: los otros dos volvieron a Jerusalén, llenos de enojo. Vinieron también dos hermanos de Jericó que disputaban sobre una cuestión de herencia. Uno quería quedarse, el otro quería abandonar ese lugar: se entendieron para que Jesús decidiera su pleito. Jesús los rechazó de plano, diciendo que no había venido para eso. Como Juan y Pedro pensaran que se trataba de una obra buena, contestóles Jesús que no había venido a hacer repartos de bienes terrenos, y enseñó al pueblo que se había reunido. Los discípulos aún no lo habían entendido y esperaban siempre un reino temporal, porque no habían recibido las luces del Espíritu Santo. Como también aquí salieron muchas mujeres con sus criaturas, pidiendo bendición, los apóstoles, temerosos de las amenazas de los fariseos, quisieron apartarlas, para no alterar el orden. Jesús les mandó que los dejasen venir para bendecirlos, que necesitaban esta bendición para llegar un día a ser sus discípulos. Bendijo a muchas criaturas y a niños de diez a once años. A algunos no los bendijo ahora, y vinieron más tarde. Cerca de la ciudad donde había jardines, parques y casas, se encontró Jesús con los suyos en medio de una muchedumbre venida de todas las comarcas, que lo esperaban con muchos enfermos que tenían alojados en tiendas y chozas. Un jefe de alcabaleros llamado Zaqueo, que tenía su oficina junto al camino, salió también para ver a Jesús. Como era pequeño de estatura subió a una higuera para verlo a su gusto. Jesús lo miró y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, que hoy tengo que ir a tu casa”. Zaqueo bajó en seguida, se sintió conmovido, se humilló y corrió a su casa a preparar lo necesario para recibir a Jesús. Al decirle el Señor que deseaba ir a su casa, se refería a su corazón, donde entraba Jesús con su gracia; pues Jesús entró en Jericó, pero no en la casa de Zaqueo. De la ciudad no había salido la gente a recibir a Jesús, temerosa de las amenazas de los fariseos. Los que pedían ayuda eran sólo extranjeros y viajantes. Jesús sanó a un ciego y a un mudo; otros fueron rechazados. Bendijo a muchos niños, a pequeñas criaturas y dijo a sus apóstoles que las gentes deben acostumbrarse a llevar a los niños a Jesús desde temprana edad: que todos éstos que bendecía serían cristianos. Entre los rechazados había una mujer con flujo de sangre venida de lejos con el propósito de pedir salud. He oído que Jesús decía a sus discipulos: “El que no tiene deseo ardiente de conseguir algo, tampoco tiene constancia en pedir ni fe en lo que pide”. Como llegase el Sábado entró con los suyos en la sinagoga y más tarde en el albergue. Jesús estaba con los apóstoles en el comedor, en lugar abierto, y los discípulos, bajo los pórticos. La comida consistió en pequeños panes, miel y frutas. Comieron de pie. Jesús enseñaba mientras paseaba entre ellos. Los apóstoles bebían de tres en tres. Jesús bebió solo. A este lugar llegó aquella mujer rechazada por dos veces, pidiendo por su hija; fue desoída nuevamente, pues quería estar bien con los fariseos y con Jesús: había ido a Jericó para preguntar a los fariseos qué pensaban de Jesús en Jerusalén. También se presentó Zaqueo. Los nuevos discípulos murmuraban de que Jesús quería entrar en la casa de mala fama del publicano Zaqueo. Tanto más se sentían irritados porque algunos de ellos eran parientes de Zaqueo, y se avergonzaban de que fuese publicano y no se hubiese convertido aún. Zaqueo se adelantó a ellos, pero ninguno quiso anunciarlo a Jesús ni nadie le ofreció cosa alguna. Jesús lo vio, le hizo señas de que entrase y le ofreció comida y bebida. Cuando Jesús a la mañana siguiente volvió a la sinagoga, como dijera a los fariseos que deseaba explicar la lección del día, levantaron tumulto, pero nada pudieron contra Él. Habló severamente contra la avaricia del dinero y sanó en la sinagoga a un enfermo, a quien habian traído en camilla. Después del Sábado salió con sus apóstoles de la ciudad y se dirigió a la casa de Zaqueo; los apóstoles no estaban con Él. En el camino le salió nuevamente al encuentro la mujer que pedía la salud de su hija. Jesús puso su mano sobre ella para librarla, primero, de su enfermedad espiritual; luego la mandó a su casa, diciéndole que su hija estaba sana. Durante la comida, consistente en un cordero, miel y frutas, Zaqueo escuchaba las palabras de Jesús con devoción. Jesús contó la parábola de una higuera que estaba en un viñedo, que hacía tres años que no daba fruto, y el viñatero pidió un año más de plazo. Habló como si los apóstoles fueran el viñedo, Jesús el dueño de la viña y Zaqueo la higuera. En efecto, algunos parientes habían dejado hacía tres años este oficio deshonroso; Zaqueo continuaba en él, y era por los discípulos despreciado. Ahora Jesús se compadecía de él, llamándolo y haciéndolo bajar de la higuera. Jesús habló también de los árboles frondosos que no dan fruto. Las hojas son las apariencias exteriores y salen sin dar frutos de bien. Los frutos son el interior, el obrar en la fe, con la consolación del fruto y la supervivencia del árbol en la semilla del fruto. Me parece que quiso decir a Zaqueo, al mandarle bajar del árbol, que se despojara del aparato exterior y de las hojas, como si ahora Zaqueo fuera la fruta madura que deja el árbol, que estuvo tres años infructuosos en la viña. Habló también de los guardianes fieles que, sin hacer ruido exterior, pueden oír fácilmente cuando el Señor golpea a la puerta. Parece que Jesús, por ser la última vez que estará en Jericó, quisiera mostrar todo su amor. Manda a los apóstoles y discípulos de dos en dos a los suburbios y adonde no podrá Él mismo llegar. En Jericó entra de casa en casa, enseña en la sinagoga, en la calle y en todas partes, siempre con multitud de oyentes. Los pecadores y publicanos lo rodean, los enfermos son puestos en su camino para que los vea cómo levantan sus manos suplicantes y oiga sus clamores. Enseña y habla sin interrupción: está serio, pero obra con seguridad y afablemente. Los discípulos están llenos de miedo y de inquietud; Jesús, tranquilo, aunque expuesto a todos los peligros, pues se han reunido como cien fariseos de todas partes para insidiar y estorbar su apostolado. Mandan mensajes a Jerusalén, se reúnen y tratan cómo echarle mano. También los apóstoles están con miedo y les parece que Jesús obra demasiado audazmente contra el parecer de los fariseos. He visto cómo Jesús se encontraba a veces rodeado de muchos que buscaban cómo dañarle, mientras traían enfermos, y los apóstoles se mantenían a respetable distancia. La mujer rechazada con flujo de sangre y gota, se había hecho llevar adonde estaban las que hacian penitencia y en el momento oportuno se arrastró hasta tocar el ruedo del vestido de Jesús. El Señor la miró y la mujer quedó sana: se levantó al punto, dio gracias y volvió a la ciudad y a su casa. Jesús volvió a enseñar sobre la oración y la constancia en orar. “No conviene cansarse de rogar y pedir». Yo pensé entonces en la constancia de esta mujer y en el amor de esta buena gente, que la llevaba de un lugar a otro, y cómo preguntaba a los discípulos adónde iría Jesús, para hacerse llevar allá y tomar un puesto conveniente, tanto más que debido a su enfermedad impura no podía estar en cualquier parte, y así anduvo esperando de un día a otro durante ocho dias seguidos. Se bautizaron muchos por medio de Santiago y Bartolomé. En el centro de la ciudad hay una fuente rodeada de edificación, con escalones que van hasta abajo y cajones nadando que sirven de baños como en el estanque de Bethesda. Los bautizandos llevan un manto blanco: dos discípulos ponen sus manos sobre los hombros, mientras otro apóstol los bautiza. Algunos enfermos sanaron mientras eran bautizados. Antes de partir Jesús de Jericó vinieron mensajeros de Betania con la noticia de que Lázaro estaba muy enfermo y que Marta y Magdalena ansiaban mucho la presencia de Jesús. Pero el Señor no se fue a Betania, sino a un pequeño lugar a una hora al Norte de Jericó, donde se había reunido mucha gente y enfermos. Dos ciegos con su guía estaban apostados a la vera del camino. Cuando Jesús se acercó comenzaron a clamar, levantando las manos, pidiendo ser curados. Los circunstantes querían obligarlos a callar. Mientras tanto clamaban: “¡Oh, Tú, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!” Jesús se volvió hacia ellos, los hizo traer a su presencia, y tocó sus ojos. De pronto vieron y le siguieron. A causa de estos dos ciegos curados se levantó un tumulto. Los fariseos comenzaron a examinarlos y llamaron a sus padres. Los discípulos deseaban que Jesús se decidiera a ir a Betania al lado de Lázaro, donde gozarían de más tranquilidad: aquí estaban llenos de sobresalto. Jesús sanó a otros muchos enfermos. No me es posible expresar cuán dulce, manso y paciente era Jesús aún en medio de estos tumultos, persecuciones, contradicciones, y con cuánta dulzura y dulce sonrisa contestaba a sus discípulos que querían dejar este lugar, apartarse de tantas insidias e irse a Betania. Se dirigió a Samaría. A la noche, cerca de un lugarejo, estaban recluídos, a la vera del camino, diez leprosos. Al pasar Jesús salieron clamando por salud. Jesús se detuvo mientras los apóstoles seguían su camino. Los leprosos se apresuraron, según sus fuerzas, y se acercaron a Jesús y lo rodearon. Jesús tocó a cada uno de ellos y les mandó que se mostraran a los sacerdotes. Después siguió su viaje. Uno de los enfermos, un samaritano, caminaba más ligero. No sanaron de repente; se sentían aún débiles, pero en el término de una hora estuvieron totalmente limpios. Después de esto vino un padre de familia, desde un pueblo de pastores, pidiendo a Jesús entrara en su casa pues acababa de morir una hijita suya. Se dirigía a esa casa cuando el leproso samaritano, al verse limpio, desanduvo su camino, alcanzó a Jesús y echándose a sus pies, le dio gracias por la salud recobrada. Jesús preguntó: “¿No fueron diez los sanados? ¿dónde están los nueve restantes? ¿No hay ninguno de ellos que dé gloria a Dios y agradezca, sino este extranjero? Levántate y vete a tu casa: tu fe te ha salvado». He visto que este hombre pasó a ser uno de sus discípulos. Con Jesús estaban ahora Pedro, Juan y Santiago. La niña, como de siete años, estaba muerta hacía cuatro días. Jesús le puso una mano sobre la cabeza y la otra sobre el pecho y oró con los ojos dirigidos a lo alto. De pronto la niña se levantó a la vida. Jesús les dijo a sus apóstoles que hicieran de la misma manera en su nombre. El padre tenía una fe viva en el poder de Jesús, y asi esperó. La mujer ya antes quería que el marido hubiese buscado a Jesús, pero el hombre esperó confiado. No bien pudo éste desligarse de sus obligaciones entregó su negocio a otros, y habiendo muerto su mujer, se agregó a los discípulos de Jesús y fue uno de los principales. La hija fue muy piadosa. Jesús continuó visitando las chozas de los pastores y sanó a muchos enfermos. Pasando de una choza a otra llegó a las cercanías de Hebrón. Lo he visto luego solo con Pedro en una choza de pastores, adonde llegó una pareja después del desposorio en la escuela del lugar. Delante iban niñas con coronas y vestidos, según la ocasión, tocando y cantando. Había en el cortejo un sacerdote de Jericó. Cuando entraron en la casa y vieron a Jesús, quedaron muy conmovidos. Jesús les dijo que siguiesen tranquilamente las costumbres de tales ocasiones para no llamar la atención. He visto que bebían en pequeños recipientes. La novia estaba con las mujeres y las niñas danzaban y tocaban en su presencia. Más tarde he visto a los esposos en otra pieza con Jesús, quien les cruzó las manos y los bendijo: luego les habló de la santidad e indisolubilidad del matrimonio. Después lo he visto con Pedro y el sacerdote en la mesa, mientras el novio cuidaba el orden. El sacerdote estuvo de mala gana porque dieron a Jesús el lugar de honor y al poco tiempo se retiró de la mesa. He visto más tarde que este sacerdote soliviantó a otros, que asaltaron en forma grosera al Señor, de tal modo, que en el calor de la discusión uno de ellos asió el manto del Señor, que siguió tranquilo y amable: como no pudieran hacerle nada, se alejaron. Jesús quedó en esa casa con mucha familiaridad y amor. Los pastores ancianos eran de aquéllos que treinta años antes lo habían ido a adorar en la gruta, cuando era Niño. Comenzaron a contar estas cosas con mucha devoción y a honrar a Jesús. Los pastores más jóvenes contaban también lo que habían oído a sus padres. Trajeron enfermos de mucha edad que no podían andar y niños enfermos, a los cuales sanó. Les dijo a los novios que después de su muerte fueran con sus apóstoles y siguieran su doctrina, cuando hubiesen sido bautizados e instruídos convenientemente. Nunca he visto a Jesús tan contento y familiar como con estos sencillos pastores. He visto que todos aquéllos que lo honraron y que lo visitaron cuando Él era niño, recibieron la gracia de la salvación. Después siguió Jesús más al Sur, hacia Juta, por la montaña. La gente de la casa de las bodas lo acompañó un trecho. Ahora veo que hay seis apóstoles con Jesús, entre ellos Andrés. En el camino sanó a muchos niños enfermos: estaban hinchados y no podían andar. Los comarcanos son sencillos y buenos en general. Al pasar por una pequeña población entró en la sinagoga para enseñar. Los sacerdotes quisieron oponerse y llamaron a otros; pero tuvieron que ceder, y el pueblo lo escuchó de muy buena gana. Los apóstoles querían persuadir a Jesús que se retirase a Nazaret, su ciudad, ya que siempre hablaba de su próximo fin. Jesús no quiso defraudar. la buena voluntad de esta gente: no fue a Nazaret, sino que siguió enseñando. Dijo: “Ninguno puede servir a dos dueños». Añadió que había venido para traer la espada; esto es, el cortar y apartarse de todo lo malo y vìciado, como lo explicó luego a sus discípulos.