Tomo VI — Desde la segunda fiesta de los Tabernáculos hasta la primera conversión de la Magdalena

Sección 6: capítulos XXXI – XXXVI

Curación del hijo de un capitán pagano — Magdalena recae en su vida desordenada

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Capítulo XXXI

Curación del hijo de un capitán pagano

No es para describirse la fertilidad de este lugar. Tiene ahora la segunda cosecha de uvas, frutas, hierbas aromáticas y algodón. Crece aquí un junco o caña, con hojas grandes abajo y más pequeñas arriba, de la cual destila gota a gota un líquido como azúcar. Los árboles de los cuales nacen frutos que llaman manzanas de los patriarcas, porque ellos lo han traído de países cálidos de Oriente, crecen aquí muy bien. Los troncos los suelen juntar a las paredes para que protejan y cubran las mismas como enredaderas, aun cuando el árbol se forma bastante grueso. Hay mucho algodón, campos enteros de hierbas aromáticas y esa planta de la cual se hace el óleo de nardo. Veo higueras, olivares, viñedos y multitud de melones cubren vastas extensiones de campo. En los caminos hay palmeras, datileros. Grandes cantidades de animales pastorean en las hermosas praderas. Veo también grandes árboles con gruesas nueces, cuya madera es resistente y fuerte. Cuando Jesús caminaba por los campos y praderas, donde había personas, se fueron reuniendo otras en torno de Jesús, que les enseñaba con parábolas tomadas de las faenas camperas. Los niños de los paganos se mezclaban bastante con los judíos en los campos de cosecha, aunque estaban vestidos algo diferentes. En la casa natal de Pablo vive ahora el jefe de la guarnición militar romana. Se llama Achías y tiene un hijo enfermo de siete años, a quien puso el nombre del héroe Jefté. Achías era un hombre bueno, que deseaba ser ayudado por Jesús, pero ninguno quería encargarse de presentarlo a Jesús. Los discípulos estaban, parte con Jesús, y parte desparramados entre los cosechadores, a los cuales contaban cosas de Jesús y les repetían sus enseñanzas. Otros habían ido a Cafarnaúm, como mensajeros, y a otras regiones. Los habitantes no amaban a este jefe, porque vivía muy cerca de ellos y hubieran deseado que estuviera más lejos. No eran muy complacientes, ni aún con Jesús se mostraron amables. Hacian su trabajo, oían su enseñanza, pero no demostraban particular interés en ella. El jefe se dicidió entonces él mismo de acercarse a Jesús, aún cuando fuera de lejos. Cuando Jesús acertó a acercarse a él, el hombre se inclinó y dijo: «Maestro, no desprecies a tu siervo. Compadécete de mi pobre hijito que está aquí en casa enfermo». Jesús le dijo: “Es conveniente dar primero el pan a los hijos de la casa, antes que partírselo a los extraños”. Achías replicó: «Señor, yo creo que Tú eres el enviado de Dios y el cumplimiento de la promesa. Yo creo que Tú puedes ayudarme, y sabes hacerlo, puesto que Tú has dicho que los que creen esto no son extraños sino hijos. Compadécete, Señor, de mi hijito». Jesús entonces respondió: “Tu fe te ha salvado”. Diciendo esto se encaminó a la casa de Pablo, donde vivía Achías. Era una casa mejor puesta que las comunes de los judíos aunque con las mismas dependencias. Delante había un vestíbulo, luego una sala grande y a muchos lados piezas para dormir separadas por divisiones; después se llegaba al hogar. En medio de la casa y en derredor había salas grandes con bancos de piedra, contra la pared con tapetes y alfombras. Las ventanas eran altas. Achías llevó a Jesús al centro de la casa y los criados trajeron al niño en su camilla, delante de Jesús. La mujer de Achías, cubierta con el velo, estaba a cierta distancia, llena de ansiedad y temor reverencial. Achías estaba alegre y llamó a todos los de su casa, que estaban a cierta distancia, curiosos por ver lo que sucedería. El niño era una hermosa criatura de unos seis años, vestido de camisón de lana y tenía al cuello una piel que se cruzaba delante del pecho. Estaba mudo y baldado, aunque miraba con ojos inteligentes y lleno de bondad a Jesús. Jesús habló a los padres del llamamiento de los paganos, de la proximidad del reino, de la penitencia, de la entrada en la casa del Padre por medio del bautismo. Luego oró, tomó al niño en sus brazos, lo estrechó contra su pecho, se inclinó hacia él, tocó con sus dedos la lengua; luego lo puso en tierra y lo llevó a su padre quien, junto con la madre, temblando de emoción, le salió al encuentro, abrazándolo con abundantes lágrimas de contento y gratitud. El niño abrió los brazos para abrazar a sus padres y dijo: “¡Ah, padre! ¡Ah, madre!... Ya puedo caminar. Ya puedo hablar de nuevo”. Jesús les dijo: “Tomad al niño. Vosotros no sabéis qué tesoro se os ha dado. Hoy os es dado y más tarde se os será pedido». Los parientes trajeron de nuevo al niño ante Jesús y se echaron a sus pies, dando gracias con lágrimas en los ojos. Jesús bendijo al niño y habló amablemente con él. El jefe pidió a Jesús entrase con él a una pieza y se dignase tomar algún refresco, cosa que hizo con sus discípulos. De pie comieron panes, miel, frutas y bebieron. Jesús habló con Achías y le dijo se fuese a Cafarnaúm para recibir el bautismo; que allí se podía poner en relación con Zerobabel; cosa que hizo más tarde con todos los suyos. El niño Jefté fué más tarde un celoso discípulo del apóstol Tomás. Estos soldados fueron más tarde los que guardaron el orden durante la crucifixión de Jesucristo. En aquella ocasión se los empleó como policía para mantener el orden. Jesús salió de la casa de Achías y habló a los discípulos acerca del niño, diciendo que llevaría mucho fruto y que de esta misma casa había salido uno (Saulo) que un día haría grandes cosas para el reino de Dios.

Capítulo XXXII

Primera conversión de Magdalena

Desde Gischala no fué Jesús a la vecina Betulia, sino que dejando esta ciudad a la izquierda, entró en el valle y las praderas en dirección de la ciudad Gabara, al Oeste de la montaña del mismo nombre, mientras que por la parte Sudeste se esconde la pequeña población de Jotapata, que es un nido de herodianos. Jotapata dista una hora de Gabara, si se camina en torno de la montaña. Esta montaña, a la cual llevan unos peldaños cavados en la roca, se levanta como un muro detrás de Gabara. Los habitantes trabajan la lana que es como seda: fabrican mantas, colchas, y una especie de colchón que, extendido por los extremos, sirve de cama. Veo que conservan pescados en sal, que luego envían a lugares más lejanos. Desde Gischala había mandado Jesús a algunos discípulos para anunciar en los alrededores que tendría una gran predicación sobre la montaña de Gabara. De los contornos salen grandes muchedumbres que se dirigen a la montaña para oír la enseñanza. Arriba hay un lugar cercado con una cátedra que hace tiempo no se usa. Habían llegado a Gabara los discípulos Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Natanael Chased y los demás discípulos, otros discípulos del Bautista y los hijos de la hermana mayor de María. En total veo como sesenta, entre discípulos, amigos y parientes de Jesús. Los discípulos más íntimos fueron recibidos por Jesús tomándoles de ambas manos y acercando su cabeza a las mejillas. Vinieron grupos de paganos de Cydessa, a una hora de la cercana Damna; de Adama y de la región del lago Merom. Todos traían víveres y enfermos de todas clases. La ciudad de Cydessa es un centro de paganos de la región de Zabulón, dada en galardón por Alejandro Magno a un hombre de Tiro llamado Livias. Este la reedificó y trajo a muchos de los habitantes de Tiro que se establecieron allí. Los primeros paganos que acudieron al bautismo de Juan fueron los de Cydessa. La ciudad es hermosa y está situada en un valle muy fértil. Magdalena está en camino hacia Gabara, para oir a Jesús. Marta y Ana Cleofás habían salido de Damna, donde las santas mujeres tenían un albergue, y habían ido a casa de Magdalena para invitarla a oír la predicación de Jesús en la montaña de Gabara. La Verónica, Juana Chusa, Dina y la Sufanita permanecieron entretanto en Damna, a tres horas de Cafarnaúm y a una hora de Magdala. Magdalena recibió bien a su hermana y la llevó a una pieza, no lejos de la de sus adornos y afeites. Había en Magdalena una mezcla de vergüenza verdadera y falsa. En parte se avergonzaba de su hermana, vestida sencillamente, tan piadosa y recogida, que andaba en medio de la gente despreciable que rodeaba a Jesús, y en parte se avergonzaba de meter a su hermana en esos cuartos, lugares de sus pecados y de sus locos devaneos. Magdalena ya estaba algo decaída de ánimo; sólo que no tenía aún fuerza para romper con su mala vida. Estaba pálida y demacrada. El hombre con quien ahora vivía le molestaba y era de carácter ordinario. Marta la trató con cariño y con prudencia. Le dijo: “Dina y María Sufanita, que tú conoces, dos mujeres amables y dignas de consideración, te invitan a escuchar la enseñanza de Jesús en la montaña. Es bastante cerca y ellas quisieran ir en tu compañía. No tendrás que avergonzarte delante del pueblo: son personas distinguidas, bien vestidas y tienen modales nobles. Es un espectáculo maravilloso: la multitud de gente que se reúne allí, la poderosa palabra del Profeta, la curación de los enfermos, como podrás ver, y la osadía con que reprende a los fariseos. Verónica, María Chusa y María, la Madre de Jesús, que te quieren bien, todas estamos seguras que nos darás las gracias de haber aceptado nuestra invitación. Creo que esto te servirá de distracción. Parece que estás aquí, como abandonada: te falta quien comprenda y estime tu corazón y tu talento. ¡Si quisieras estar un tiempo con nosotras, en Betania!... ¡Nosotras oímos tantas cosas hermosas y tenemos tantas cosas que hacer, y tú siempre estuviste llena de amor y de compasión por los demás! A Damna tienes que venir, porque sólo estamos mujeres en el albergue de allí. Tú puedes tener tu cuarto aparte y hablar con las que te agraden y conoces”. En estos términos habló Marta con su hermana, evitando todo lo que pudiera herir su amor propio. Magdalena estaba triste, hizo leves objeciones, y al fin prometió que iría a Damna. Magdalena comió con Marta y fué varias veces a la pieza de Marta por la tarde. Marta y Ana Cleofás rezaron para que el Señor hiciera fructuosa esta ida de Magdalena a la montaña de la predicación de Jesús. Unos días antes había estado Santiago el Mayor con Magdalena, lleno de compasión, para invitarla a oír a Jesús en Gabara. Magdalena lo recibió en un edificio aparte. Santiago era de simpática presencia, hablaba seria aunque amablemente, causando de este modo en Magdalena agradable impresión. Le dijo que la visitara todas las veces que estuviese por los contornos. Santiago habló con Magdalena, no en forma de reproche, sino con delicada atención, amigablemente y la invitó a oír la palabra y predicación de Jesús: que no era posible oír ni ver cosas más maravillosas que las de Jesús; que no se dejase estorbar por los demás oyentes y concurriese con los vestidos que deseaba, como era su costumbre. Magdalena había aceptado esta invitación de Santiago. Sin embargo, se manifestó retraída cuando Marta y Ana Cleofás vinieron a hablarle de lo mismo. La víspera de la anunciada predicación fué Magdalena, en compañía de Marta y de Ana Cleofás, a Damna, adonde estaban las santas mujeres. Magdalena estaba sentada sobre un asno, porque no acostumbraba andar a pie. Estaba vestida con elegancia, pero no tanto como la segunda vez que fué. En el albergue tomó una pieza aparte y habló sólo con Dina y la Sufanita, que se turnaban en la conversación. La he visto muy amiga y llena de confianza con estas mujeres. Las convertidas tenían, sin embargo, un modo, como si dos amigos, de los cuales uno se hubiese hecho sacerdote, se encuentran después de mucho tiempo. Este retraimiento terminó en lágrimas y en palabras de compasión de unas a otras, y así se dirigieron al pie de la montaña, a un albergue. Las otras mujeres no fueron a esta predicación para no molestar a Magdalena. Habían llegado a Damna deseando que Jesús viniese hacia ellas y no fuese a Cafarnaúm, donde los fariseos se habian reunido de nuevo en conciliábulo. Vivian en la misma casa. Pensaban permanecer aquí por ser Cafarnaúm un punto medio de los viajes de Jesús. El joven fariseo de Samaría, que estuvo aquí la última vez, no está con ellos: otro ocupa su lugar. También en Nazaret y en otros lugares se habían conjurado los fariseos. Las santas mujeres, en especial María Santísima, estaban muy preocupadas, pues los fariseos habían hecho amenazas públicamente. Ellas habían mandado un mensajero pidiendo a Jesús viniese a Damna después de su predicación, y no fuese a Cafarnaúm; que fuera mejor a derecha o a izquierda, o al otro lado del lago, a las ciudades de los paganos, para evitar el peligro que le amenazaba. Jesús le contestó que no tuviesen cuidado de Él, que sabía lo que tenía que hacer para cumplir su misión y que iría a Cafarnaúm.

Capítulo XXXIII

La predicación de Jesús en la montaña de Gabara

Magdalena y sus acompañantes habían llegado a tiempo a la montaña. Había ya muchísima gente reunida. Enfermos de todas clases estaban colocados, según la clase de sus dolencias, en diversos parajes, bajo tiendas o techos de paja. Los discípulos que estaban arriba ayudaban a la gente enferma. En el lugar de la enseñanza había un semicírculo amurallado y sobre él una techumbre. También muchos de los oyentes habían levantado tiendas. Magdalena habia tomado un lugar cómodo entre las demás mujeres, a cierta distancia, en una altura. Jesús llegó con sus discípulos hacia las diez, en la parte alta. Los fariseos y herodianos llegaron después. Jesús fué a la cátedra y los discípulos se pusieron a un lado, en torno, y los fariseos del otro lado. Durante la enseñanza se hicieron varias pausas en las cuales se cambiaban los oyentes: los que estaban detrás pasaban más adelante. Jesús repitió algunas veces las enseñanzas. Durante esas pausas los oyentes tomaban algún alimento. También Jesús tomó una vez alimento y bebida. La enseñanza fué una de las más enérgicas que he oído. Antes que orase dijo que no se escandalizaran si llamaba a Dios su Padre, puesto que el que hace la voluntad de Dios, ése es hijo de Dios, y les probó que Él hacia la voluntad de su Padre. Después de esto oró a su Padre, en voz alta, y comenzó la predicación más severa, al modo de los antiguos profetas. Todo lo que había sucedido antes de la primera promesa, todos los hechos figurativos y amenazas fueron objeto de su predicación, y mostró cómo ahora se cumplían y en un próximo futuro. Demostró la venida del Mesías por el cumplimiento de las profecías. Habló de Juan, su precursor y anunciador, que había preparado los caminos, y cómo, sin embargo, ellos habían permanecido obstinados. Les reprendió todos sus vicios, su hipocresía, su idolatría con las pasiones de la carne; reprendió a los fariseos y saduceos con mucha severidad. Habló con mucho celo de la próxima ira de Dios y del cercano juicio, de la destrucción de Jerusalén y del templo y de las calamidades que iban a caer sobre el pueblo. Habló mucho del profeta Malaquías y explicó sus profecías; del Bautista y precursor; del Mesías, de un nuevo sacrificio puro, consistente en comida, que yo entendí de la Misa y Eucaristía; habló del juicio sobre los incrédulos, y de la venida del Mesías en el último día y de los motivos de alegría y consuelo para los que temen a Dios. Les dijo que la gracia pasaría de ellos a los paganos. Luego habló a los discípulos, exhortándolos a la perseverancia y les dijo que quería enviarlos a todas partes para predicar la salud. Les dijo claramente que no se atuviesen a los fariseos ni a los saduceos ni a los herodianos, a los cuales calificó severamente, y comparó, y describió con sus vicios, y los señaló con el dedo. Esto los irrìtó más aún, pues nadie quería ser llamado herodiano públicamente: pertenecían a esta secta secretamente, y Jesús los señaló con el dedo a los oyentes. Como dijera Jesús en esta predicación que si no recibían la salud les pasaría algo peor que a las ciudades de Sodoma y Gomorra, se adelantaron los fariseos, en una de las pausas a Jesús, y le preguntaron si esa montaña, la ciudad y todo el país se hundiría con ellos, o habria algo peor aún. Jesús les dijo: “En Sodoma se hundieron todas las piedras, pero no todas las almas, puesto que no conocieron la salud, ni habían tenido la ley ni profetas». Habló de su bajada al infierno (limbo), según yo lo entendí, para librar a muchas de esas almas. Les dijo: “En cambio, a vosotros todo os ha sido dado, sois el pueblo elegido que Dios destinó a ser su pueblo, y habéis tenido el conocimiento, todos los avisos y veis el cumplimiento de las promesas. Si ahora despreciáis la salud y quedáis en la incredulidad, no serán las piedras y las montañas, que obedecen a su Creador, sino vuestros corazones de piedra, vuestras almas, hundidas en lo más profundo del abismo. Esto es mucho peor que lo acontecido a los de Sodoma». Mientras Jesús, por una parte, exhortaba tan severamente a la penitencia y a la conversión, amenazando con los castigos de Dios, de pronto se enternecía, y lleno de bondad invitaba a los pecadores a venir a Él, y hasta derramó lágrimas de compasión. Oró para que su Padre moviera los corazones, para que, a lo menos, viniera una casa, una persona, aunque estuviese cargada con toda clase de culpas. Si sólo salvaba un alma, quería partir todo con ella, darlo todo por esa alma y hasta pagar con su propia vida el precio de su salvación. Abrió de pronto sus brazos a todos y dijo: «Venid todos a mí, los que estáis cansados y cargados; venid a mí, pecadores; haced penitencia, creed y partid el reino conmigo”. También hacia los fariseos extendió sus brazos.

Capítulo XXXIV

Sentimientos de la Magdalena

Magdalena estaba al principio sentada entre las mujeres, como segura de sí misma, como una dama entre otras de menor cuantía; pero internamente estaba avergonzada y conmovida. Al principio curioseaba en torno de ella la muchedumbre, pero cuando apareció Jesús entre la turba y comenzó a hablar, toda su atención y su mirada se concentró en Él. Se conmovió profundamente cuando Jesús habló de la necesidad de la penitencia, de los pecados, de las amenazas de castigo. No pudo contenerse, se agitó y comenzó a llorar bajo su velo. Cuando después Jesús se volvió bondadosamente a los pecadores y les suplicó que fuesen a Él, muchas personas estaban conmovidas, y se notó un movimiento entre las turbas, y se acercaron todos a Él. También Magdalena y las mujeres, siguiendo su invitación, se acercaron más a Él. Cuando Jesús dijo: “¡Ah, si sólo un alma se acercara a Mí!...» se conmovió tanto Magdalena, que estuvo a punto de ir hacia Él. Dió un paso adelante, pero las otras la detuvieron para no causar molestia, y dijeron: “Después, des.- pués…». Este movimiento no fue notado mucho por los otros, porque todos estaban con los ojos fijos en Jesús. Jesús, en cambio, que sabía lo que sucedía con Magdalena, añadió en seguida, con bondad, diciendo: “Si sólo una chispa de penitencia, de arrepentimiento, de amor, de fe, de esperanza hubiese caído por mi predicación en un corazón, que haga fruto, que sea provechoso, para que se acreciente y se avive: Yo quiero cuidarlo, hacerlo crecer, para llevarlo a mi Padre». Estas palabras tranquilizaron a Magdalena, se sintió penetrada y volvió a sentarse con las otras mujeres. Habían pasado las horas, ya eran las seis de la tarde y el sol estaba por caer detrás de las montañas. Jesús miraba durante su predicación hacia el Occidente, porque en esa dirección estaba la cátedra; detrás no había oyentes. Jesús oró de nuevo, y bendijo y despidió a las turbas. A los discípulos les dijo que comprasen alimentos y diesen a los necesitados; encargó que los que tenían de sobra lo cediesen por ruego o por compra a los demás y a los pobres y para llevar a sus casas. Parte de los discípulos se ocupó inmediatamente en esta tarea. Los más dieron de buena gana y otros vendieron gustosos. Los discípulos eran conocidos en la región: de este modo fueron los pobres bien provistos y dieron gracia a la bondad del Señor. Los otros discípulos fueron entretanto con Jesús adonde había muchos enfermos llevados hasta arriba. Los fariseos volvieron a Gabara irritados, conmovidos, admirados y llenos de resentimiento. Simón Zabulón, el jefe, recordó a Jesús que lo habia invitado a comer en su casa. Jesús le dijo que iría. De este modo bajaron de la montaña, mientras unos a otros se decían palabras de crítica, de reproches a Jesús, a su enseñanza, para disimular la conmoción que habían sentido durante la predicación de Jesús; y así llegados a la ciudad, volvieron a ser los mismos de siempre, confiados en su propia suficiencia y justicia. Magdalena, en cambio, siguió con las mujeres a Jesús y se puso entre las enfermas, como si quisiera ayudarlas. Estaba muy conmovida y la vista de tanta miseria la perturbó más aún. Jesús estuvo largo tiempo ocupado con los hombres, sanando a los enfermos. Era hermoso oír el canto de acción de gracias de los que partían de alli contentos, con la salud recuperada, y los de sus allegados. Cuando Jesús llegó adonde estaban las enfermas, fueron alejadas algo Magdalena y las mujeres por la multitud, que avanzaba, y por los discípulos que tenían que ayudar. La Magdalena buscaba cada ocasión oportuna para acercarse a Jesús, pero siempre en vano, pues Él se apartaba por un motivo o por otro. Jesús curó también a algunas con flujo de sangre. Pero fué muy doloroso el cuadro que se presentó a Magdalena y a la Sufanita, y se le llenó el corazón de gratitud al Señor al ver que traían a seis mujeres, atadas de tres en tres, y llevadas por doncellas fuertes, con largas telas y correas delante de Jesús. Estaban poseídas por demonios impuros que las atormentaban cruelmente. Eran las primeras mujeres endemoniadas que he visto traer públicamente delante de Jesús. Habían sido traídas algunas del otro lado del lago, otras de Samaria y de Genesaret y algunas eran paganas. Las habían atado para poder traerlas. A veces estaban quietas y silenciosas, y no se dañaban entre sí; otras veces se ponian furiosas y gritaban y eran arrojadas de un lado a otro. Estuvieron atadas y apartadas durante la predicación de Jesús, y ahora eran llevadas delante del Señor. Cuando vieron a Jesús y a sus discípulos, hicieron fuerte resistencia, y Satanás las agitaba furiosamente. Gritaban de modo espantoso y retorcíanse. Jesús se dirigió a ellas y les mandó callar y estarse sosegadas, y ellas se aquietaron. Luego se acercó a ellas, mandó desatarlas, les dijo que se hincaran, rezó y puso sus manos sobre ellas, y ellas cayeron como en un breve desmayo. El mal espíritu salió de ellas como un vapor oscuro, y los parientes se acercaron entonces y las levantaron. Así estuvieron entonces con su velo delante del Señor, se inclinaron hasta el suelo y dieron gracias. Jesús las exhortó a la conversión, a la penitencia y a purificarse, para que el mal no volviese a ellas en peor forma aún.

Capítulo XXXV

Comida en casa de Simón Zabulón

Anochecía cuando Jesús y sus discípulos bajaron de la montaña y se dirigieron a Gabara, mientras mucha gente iba delante y otros los seguían detrás en la misma dirección. Magdalena, sin preocuparse de lo que otros podrían pensar, seguía de cerca a Jesús entre los discípulos y las mujeres. Buscaba la ocasión de estar cerca de Jesús. Como esto no les pareció bien a las mujeres, algunas lo advirtieron a un discípulo para que lo dijera a Jesús. El contestó: “Dejadla andar, esto no os pertenece». De este modo llegaron a la ciudad y cuando Jesús iba a entrar en la casa de Zabulón, vió que estaba el lugar lleno de enfermos y de pobres que pedían ayuda. Se volvió a ellos, los consoló y los sanó. Mientras tanto llegaba Simón con otros fariseos y le dijo que dejase ese trabajo y entrase a la sala de la comida, que ya le esperaban, que ya había trabajado bastante hoy; que aguardase otro día. Quiso echar de allí a los pobres, pero Jesús le replicó: “Estos son mis convìdados”, a quien Él había invitado y quería servir primero; ya que él había invitado a comer, habia invitado también a ellos; y que por eso iría a la mesa sólo cuando los pobres hubiesen sido servidos. Tuvieron los fariseos que levantarse y mandar traer más mesas para los curados y para los pobres, a quienes acomodaron en el patio. Jesús sanó todavía a algunos enfermos y los discípulos llevaron a la mesa a aquéllos que quisieron quedarse. Se encendieron allí las lámparas y se les sirvió en las mesas. Magdalena y las mujeres habían seguido a Jesús hasta aquí y en los pórticos del patio se encontraron con las demás. Jesús vino más tarde con los suyos a la mesa. De los alimentos mejores mandaba parte a los pobres por medio de los discípulos, que les servían y comían con ellos. Jesús enseñaba durante la comida y los fariseos se trabaron en reñida disputa con Él. En este momento la Magdalena, que se había acercado con sus compañeras hasta las mesas, con la cabeza cubierta con el velo, y teniendo en la mano un vaso pequeño y blanco de hierbas aromáticas, se adelantó con pasos rápidos a la mitad de la sala por detrás de Jesús, y derramó el contenido del frasco sobre su cabeza, y con el velo largo, tomándolo con las manos, esparció sobre la cabeza de Jesús el perfume, secando lo superfluo con el velo. Cumplido velozmente este oficio, se retiró la Magdalena, mientras la acalorada disputa quedó interrumpida. Todos quedaron silenciosos, mirando, ya a Jesús. ya a la Magdalena, mientras el aroma del bálsamo llenaba la sala. Jesús permaneció en silencio. Muchos de los comensales se acercaban sus cabezas, miraban irritados a Magdalena y a Jesús, mientras se hablaban en voz baja. Simón Zabulón, especialmente, estaba alterado. Jesús, al fin, dijo a Simón: “Ya sé, Simón, lo que estas pensando. Estás pensando que no es conveniente que Yo me deje perfumar la cabeza ni tocar por esta mujer. Tú piensas: ésta es una pecadora. Pero no tienes razón en esto, pues ella ha hecho esto por amor, cosa que tú has dejado de hacer, puesto que tú no has hecho conmigo lo que se acostumbra hacer con los invitados”. Dicho esto, se volvió a la Magdalena y le dijo: “Vete en paz; mucho te es perdonado”. Sólo entonces volvió Magdalena adonde estaban las otras mujeres, y salieron de allí. Jesús siguió hablando de ella a los comensales y la llamó buena mujer, que tiene mucha compasión, y habló del juzgar a los demás y de reprender los pecados conocidos de otros, mientras se ocultan los muchos más grandes pecados en el corazón. En esta forma enseñó por mucho tiempo. Finalmente salió con los suyos y se dirigió al albergue.

Capítulo XXXVI

Magdalena recae en su vida desordenada

Magdalena estaba conmovida y consternada de todo lo que habla visto y oído: porque había en ella cierto sentimiento de entrega y de admiración hacia Jesús quiso honrarle y mostrarle sus sentimientos. Había visto que los fariseos no le habían honrado al recibirle, ni habían dado señales de cortesía en la mesa ni durante la comida a ese Maestro, que ella creía ahora el más admirable, el más santo, el más amable y el más portentoso de los maestros; y así quiso ella hacer por todos lo que no habían hecho los fariseos. Las palabras de Jesús: “Aún cuando uno sólo viniese», no las había olvidado. El pote era pequeño, del tamaño de una mano, que llevaban las damas distinguidas de esta región. Tenía un vestido blanco, con flores grandes coloradas, y pequeñas hojas bordadas, amplias mangas con brazaletes y por la espalda más abierto colgaba hasta abajo. Delante parecía abierto y sobre las rodillas cerrado con cueros o cintas. El pecho y la espalda los cubrían otras telas con adornos, como una especie de escapulario cerrado por los lados. Debajo llevaba otro vestido más oscuro. Tenía ese momento el velo extendido sobre el vestido. La estatura de Magdalena era mayor que la de las otras mujeres, esbelta y ágil; los dedos delgados y hermosos, y pies pequeños y delicados, sobre los cuales se movía con gracia. Sus cabellos eran abundantes y hermosos. Cuando Magdalena volvió al albergue con sus acompañantes. fué acompañada durante un trecho de una hora por su hermana Marta hacia el estanque de Betulia, donde María la esperaba con las otras mujeres. Allí habló María con la Magdalena. Ésta le contó muchas cosas de la enseñanza que había escuchado de Jesús. De la unción y de las palabras que dijo Jesús hablaron las demás mujeres. Todas rogaban a Magdalena se quedase desde ya con ellas, o por lo menos fuera con ellas por algún tiempo a Betania. Pero Magdalena replicó que debía primero ir a Magdala para poner sus cosas en orden. Esto disgustó a todos. Por su parte, Magdalena no cesaba de hablar de la mansedumbre, de la grandeza, de la fuerza y de los prodigios que había visto en Jesús; añadió que ella debia seguir a Jesús; que su vida hasta el presente no era vida, y que pronto iría con ellas. Se puso muy pensativa, lloró y se sintió aliviada en su tristeza; pero no se dejó persuadir y volvió a Magdala con su criada. Marta la acompañó un trecho de camino y se juntó luego con las otras mujeres, las cuales volvieron a Cafarnaúm. Magdalena es más alta y más hermosa que las demás. Dina, en cambio, es más activa, servicial y amigable, y ayuda en todas partes; es humilde como una criada y muy amable. Pero a todas sobrepuja María, la Madre de Jesús, en hermosura y dignidad. Aunque su rostro puede tener parecido con la belleza de otras mujeres, y que la Magdalena puede llamar más la atención por su aspecto; pero del rostro y figura de la Virgen se desprende una sencillez, seriedad, bondad y paz que no hay iguales en otra persona. Es tan pura y sin ninguna afectación o complicación, que sólo ella es la verdadera imagen de su Hijo Divino. Ninguna criatura la iguala: sólo su Divino Hijo. Su aspecto y su persona están llenos de pureza, inocencia, seriedad, compostura, paz y atrayente amabilidad. Es digna, a pesar de su extrema sencillez. La veo silenciosa, seria y a veces triste, pero nunca con exceso y aun cuando derrama lágrimas, su aspecto es tranquilo y atrayente. Magdalena pronto recayó en su mala vida anterior. Recibió la visita de hombres que hablaban de Jesús con desprecio, de sus correrías, de su enseñanza y de los que le seguían como discípulos. Se reían de lo que se sabía de Magdalena, que había estado en Gabara: no podían creerlo. Por lo demás, encontraban a Magdalena más hermosa y atrayente que otras veces. Con estas lisonjas y ocasiones cayó Magdalena más profundamente que antes. Por esta recaída adquirió el demonio mayor dominio sobre ella: le presentó tentaciones más vehementes porque temía perderla para siempre. Al fin se puso también endemoniada y frecuentemente tenía convulsiones y espasmos causados por su estado de posesión diabólica.