Tomo VI — Desde la segunda fiesta de los Tabernáculos hasta la primera conversión de la Magdalena

Sección 3: capítulos XIII – XIX

Jesús en Meroz — Jesús en el poblado de Iscariot

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En esta sección:

Capítulo XIII

Jesús en Meroz

Después que Jesús estuviera con los agricultores ocupados en la segunda vendimia, se dirigió con cinco discípulos al lugar de donde había venido. Los dos discípulos de Juan se habían alejado de aquí en dirección de Macherus. El arroyo del valle de Aser-Michmethath tiene su origen en la fuente donde Jesús hizo bautizar. Jesús marchó hacia el Oeste unas tres horas en el valle, al Mediodía del monte donde están edificadas Samaria y Thebez. Enseñó durante el camino a algunos pastores y llegó hacia el mediodía a la posesión principal que recibió José de Jacob (I Moisés, 48, 22). Está al Sur de Samaria y se extiende en una anchura de media hora de camino, a una hora del Este al Oeste. Un arroyo corre en dirección de Occidente. Desde la altura del viñedo mira esta posesión hacia el Mediodía a Siquem, del cual está apartado como un par de horas al Norte. Tiene esta posesión de todo: viña, trigo, pastoreo, fruta, agua de riego y buena edificación. El que lo ocupa ahora es un arrendatario, porque la posesión es de Herodes. Es la casa donde estuvo María con las otras mujeres cuando Jesús estaba en Siquem y le esperaron allí y donde Jesús sanó al niño enfermo. La gente es buena. Jesús enseñó aquí delante de una gran multitud y luego tomó parte en una comida de campesinos. Esta herencia de José no era el campo de Siquem que Jacob compró de Hemor, sino una posesión aparte donde se habían metido los amorritas entre otros advenedizos. Se le había vendido todo junto y Jacob tuvo que limpiarlo de amorritas, a los cuales no veía bien que se mezclasen con su gente. Consiguió esto con una especie de desafío de paz. Jugaron a quien vencía al contrario sacándole el escudo de las manos o la espada y lo rompía: el vencido tenía que abandonar el campo. También se jugó a tirar con honda o arco y flechas al blanco. He visto cómo Jacob y el jefe de los amorritas estaban rodeados de los suyos, uno frente al otro. Jacob venció a su contrario, y éste tuvo que salir del campo. Después del combate hicieron un pacto mutuo. Todo esto aconteció después de la compra del terreno. Jacob vivió once años en Siquem. Desde aquí partió Jesús de nuevo al Noreste, subiendo al monte, hacia Meroz, una ciudad situada al Mediodía de una montaña, mientras Atharoth está al Norte. Meroz está más alta que Samaria, hacia el Norte de Thebez, aún más alta que Aser- Michmethath, que está al Este. Jesús no había estado aún en Meroz, que tenía mala fama por su infidelidad. La ciudad está rodeada de excavaciones, sin agua. Sólo se junta alguna cuando llueve, en las montañas. Se habían reunido en Meroz, descendientes de Aser y Gad, hijos de Jacob por Zelpha, y algunos de ellos se habían mezclado por casamientos con los siquemitas. Las otras tribus no querían tener a éstos, y eran considerados como no fieles y traidores entre los demás judíos. De este modo se formó esta ciudad de Meroz como un lugar apartado de los demás: conservaron algo de bueno y mezclaron también algo de malo de los otros. Eran algo desechados de los demás y como olvidados. Hacían trabajos en pieles y cueros: vestidos, suelas, correas, fajas, escudos resistentes y defensas para los soldados. Traian estas pieles de otras regiones y las tenían en cisternas adonde llegaba el agua de la fuente que tenían en la ciudad. Pero porque esta misma fuente les venía de otro lugar, por canales, y no tenían abundancia de agua, solían trabajar sus cueros en un lugar pantanoso, que se llamaba Iscariot, que está a unas horas de Meroz, al Este, y de Aser-Michmethath, al Norte. Era un rincón oscuro con algunas casas y en un barranco corría un riacho hacia el Jordán. Allí también trabajaban las gentes sus cueros. Judas y sus padres habían vivido algún tiempo en este lugar: de aquí les vino el sobrenombre de Iscariote. Jesús fue recibido muy bien por los pobres habitantes de Meroz, que sabían de su venida. Salieron a su encuentro, le trajeron vestidos y suelas para los zapatos y quisieron sacudir sus ropas y limpiarlas. Jesús agradeció y fue con los discípulos a la ciudad, donde se les lavó los pies y se les dio una refección. Vinieron los fariseos y Jesús enseñó en la sinagoga, la misma tarde, delante de mucha gente: habló del siervo perezoso y del talento enterrado. Hizo la comparación con los habitantes de la ciudad. Si ellos tenían como hijos de la sierva un solo talento, debían haber negociado con él, y ellos, en cambio, lo habían enterrado: que se apurasen, ya que venía el Señor y podían darle alguna ganancia. Les reprochó también su poco amor a los vecinos y su odio a los samaritanos. Los fariseos no estaban conformes con Jesús; en cambio el pueblo sí, porque era oprimido por los fariseos y porque el lugar estaba tan olvidado de todos, de modo que nadie se acordaba de sus necesidades. Después de la enseñanza fue Jesús a un albergue público delante de la ciudad que Lázaro había alquilado para Jesús y sus discípulos. Tenía Lázaro una propiedad aquí. Vinieron Bartolomé, Simón Zelotes, Judas Tadeo y Felipe, que habían hablado ya con los discípulos. Jesús los recibió amigablemente. Tomaron. parte en la comida y pasaron la noche. A Bartolomé ya lo había visto Jesús varias veces, lo había internamente movido a seguirle y había hablado a los discípulos de él. Simón y Tadeo eran primos de él; también Felipe era pariente. Jesús había ya nombrado a todos estos que le seguirían, cuando en su última estadía en Cafarnaúm, en el lugar de pesca de Pedro, junto al mar, habló de su seguimiento, y cuando Pedro, creyéndose indigno, había pedido lo dejasen permanecer en su casa. Entonces dijo Pedro palabras que están en el Evangelio mucho después.

Capítulo XIV

Judas Iscariote se une a los discípulos

Judas Iscariote había venido con estos discípulos a Meroz; pero de noche no se había quedado con Jesús en el albergue, sino en una casa de la ciudad donde solía hospedarse. Bartolomé y Judas Tadeo hablaron en favor de Judas con Jesús, diciendo que lo conocían como hombre capaz, instruido, hábil y muy servicial, y que deseaba ser recibido entre los discípulos. Jesús suspiró un momento y se quedó contristado. Como le preguntaran la razón, les dijo: “Ahora no es el momento de hablar de ello, sino de pensar en ello”. Después de la comida enseñó y pernoctaron en este lugar. Estos discípulos recién venidos llegaban de Cafarnaúm, donde habían estado reunidos con Pedro y Andrés. Tenían mensajes para Jesús y traían también dinero que habían juntado para los viajes de Jesús y sus discípulos y para limosnas a los pobres. Judas los había encontrado en Naim y los había traído hasta Meroz. Era conocido de todos los discípulos y hacía poco tiempo que había estado en Chipre. Las cosas que contó allá de Jesús, sus milagros, los juicios que formaban de su persona, cómo unos le tenían por Hijo de David, otros lo llaman el Cristo y la mayoría el más grande de los profetas, habían hecho que los judíos y paganos de Chipre estuviesen muy deseosos de ver a Jesús, del cual habían oído tantas maravillas, especialmente cuando estuvo en Tiro y Sidón. El pagano de Chipre, que había estado con Jesús en Ophra, había sido enviado a raíz de estas conversaciones por su señor a la Palestina, y Judas hizo el viaje de vuelta de Chipre con este señor. En este viaje había estado también en Ornitópolis, donde vivian los padres de Saturnino, que habían venido de Grecia para establecerse allí. Cuando Judas Iscariote supo en el camino que Jesús vendría a la región de Meroz, donde él era muy conocido, fue a buscar a Bartolomé a Dabaseth, pues eran conocidos y le rogó fuera con él para que lo presentase a Jesús. Bartolomé aceptó la invitación, pero quiso antes ir a Cafarnaúm con Judas Tadeo para ver a los discípulos; de allí se dirigió, con Tadeo y Felipe, a Tiberíades, donde tomaron consigo a Simón el Zelotes, y se encontraron con Judas Iscariote en Naim, adonde había ido ya de antemano. El pidió de nuevo a sus amigos le presentasen como discípulo de Jesús, y estos amigos, como conocían su habilidad y su carácter servicial, con gusto se prestaron a presentarlo a Jesús. Judas podía tener entonces unos veinticinco años de edad; era de regular estatura y no desagradable. Tenia cabellos negros, aunque la barba era algo rojìza. Era pulcro en sus vestidos, mucho más que el común de los judíos. Era hablador, servicial y le gustaba hacerse importante; contaba con aire de confianza y de buena gana las cosas de grandes hombres y de justos y lograba imponerse entre los que no lo conocían bien. Pero cuando alguien, mejor informado, podía contradecirlo, se avergonzaba de su locuacidad y se confundía. Ambicionaba honores, cargos y dinero; sus empresas le habían salido bien y se sentía inclinado a buscar fama, empleo, honores y riquezas, sin que todos estos defectos aparecieran todavía claramente en él. La aparición de Jesús lo sedujo desde el primer momento. Vio que los discípulos eran cuidados, que el rico Lázaro corría con los gastos de Jesús; se decía que Jesús estaba por levantar un reino; se hablaba en todas partes de un Rey, del Mesías, del Profeta de Nazareth, y las maravillas de Jesús y su sabiduría andaban de boca en boca. Judas Iscariote tenía gran deseo de ser discípulo de Jesús para tener derecho a su reino, que él, como muchos, creían temporal. Desde hacía algún tiempo había reunido todos los datos de las maravillas de Jesús y se había encargado de esparcir por todas partes estas noticias. Se hizo amigo de varios de sus discípulos y así pudo acercarse a Jesús. Otro motivo tenía para buscar algo aquí, pues no tenía oficio propio y en cuanto a instrucción era medio letrado. Se ocupaba de cálculos y de comercio, pues los bienes heredados de su padre natural se le habían agotado. En estos últimos tiempos se ocupaba de toda clase de comisiones y mensajes, por cuenta de otros que le daban encargos conociendo su habilidad y su carácter servicial. El hermano de su padre difunto se llamaba Simeón y vivía de cultivar la tierra en Iscariot, que es un pueblito de unas veinte casas, que pertenece a Meroz, y está cerca de la ciudad, en la parte Este. Aquí habían vivido algún tiempo sus padres y por eso tenía el nombre de Iscariote. Sus padres hacían una vida errante; su madre era una cantante y bailarina. Era de la descendencia de Jefté, por parte de la mujer de este juez del país de Tob. La madre de Judas Iscariote era también poetisa. que hacía versos de circunstancia y los cantaba y tocaba con el arpa: tenía también una especie de escuela de danza. enseñando a otras jóvenes y trayendo y llevando toda clase de modas y diversiones. Su marido, que era judío, no vivía con ella sino en Pella. Judas era un hijo natural y su padre era un capitán que vivía en Damasco. Cuando la madre tuvo a Judas en Askalón, durante su vida errante, se libró de él, abandonándolo; muy pronto, después de su nacimiento. fue dejado junto a unas aguas y recogido y educado por un matrimonio que carecía de hijos. Su educación fué esmerada; pero luego fué díscolo, y por sus mentiras y mala conducta fue remitido a su madre con la cual estuvo como en pensión. Me viene a la memoria también que el marido, cuando supo que su mujer había tenido a Judas con otro hombre, lo maldijo. Judas tuvo algunos bienes de su padre natural y tenía mucha habilidad. Después de la muerte de sus padres vivió principalmente en Iscariot con su tío Simeón, que era curtidor y se ofrecía para corredor de varios negocios. No era hasta el presente un mal hombre; pero si hablador, ambicioso de honor y de riquezas y sin firmeza de carácter. No era tampoco licencioso y sin religión; por el contrario, era observante de todos los usos judaicos. Se me presenta como un hombre con disposiciones para ser muy bueno, como también para las mayores maldades. A pesar de todas sus cualidades de habilidad, de carácter servicial y disposición para hacer favores, tenía una expresión de dureza, de tristeza y de oscuridad en su rostro, que le venía de su ambición, de su avidez y de una oculta envidia, que lo devoraba y se extendía hasta a las virtudes de los demás. No era del todo feo; tenía algo de amabilidad y de adulación antipática y de bajeza de ánimo en sí mismo. Su padre natural tenía algo de bueno, que pasó a Judas por herencia natural. Cuando más tarde volvió con su madre y ésta tuvo un altercado con su marido, por causa de él, la madre maldijo a Judas también. Ella, como él, eran juglares ambulantes; ejercían toda clase de artificios y pruebas, y a veces tenían bienes, como de pronto se encontraban en la miseria. Por lo demás, los discípulos se llevaban bien con Judas Iscariote, en un principio, por causa de su carácter servicial, que se extendía hasta a limpiar los zapatos. Podía correr con mucha ligereza y hacía muchas correrías en favor de la comunidad. No he visto nunca que hiciese algún milagro. Estaba siempre lleno de ambición, de envidia y hacia el final de la vida de Jesús estaba del todo aburrido de andar en vano, de obedecer y de todo lo que se refería a Jesús, que no podía comprender.

Capítulo XV

Jesús sana enfermos en Meroz

En medio de la ciudad de Meroz hay un pozo bien arreglado, que recibe las aguas por medio de canales que vienen del vecino monte de la parte Norte de la ciudad. Alrededor de esta fuente hay cinco caminos con recipientes adonde viene el agua por medio de bombas impelentes. En torno de la misma fuente, más apartados, se encuentran algunas casillas para baños. Todo este espacio puede ser encerrado. En estos lugares, en torno de la fuente, habían traído a muchos enfermos incurables, que estaban tendidos en camillas; a los más graves los tenían en las casillas de baños. Esta ciudad tiene muchos enfermos graves, porque está como abandonada, despreciada y sin auxilio de otras. Veo aquí enfermos de flujo de sangre, baldados, gotosos y otros males. Jesús se dirigió allí con sus discípulos, menos Judas que aún no le había sido presentado. Los fariseos del lugar y otros extranjeros estaban en la parte media de la fuente, desde donde se podía contemplar la escena. Se admiraban, por una parte, y se irritaban, por otra, a causa de los milagros de Jesús. Eran hombres estables que habían oído a otros que dudaban o se burlaban o despreciaban las cosas que contaban de Jesús; ahora, que las veían con sus propios ojos, se admiraban y se irritaban también, porque habían estado convencidos que Jesús nada habría podido hacer con esos enfermos graves que gritaban por ayuda y salud, y vieron luego cómo se levantaban sanos, llevando sus camillas y pasaban entre ellos alabando a Dios, dando gracias a Jesús. Jesús seguía exhortando, sanando y enseñando, sin cuidarse de los fariseos. Toda la ciudad estaba llena de alabanzas a Dios y de acción de gracias al Profeta. Esto duró desde la mañana hasta el mediodía. Después volvió Jesús a salir con sus discípulos por la parte oriental de la ciudad y se dirigió a su albergue. En el camino le salieron al paso algunos endemoniados furiosos que habían soltado de su encierro: gritaban y se agitaban. Jesús les mandó callar, y ellos enmudecieron al punto, acudiendo muy humildes a echarse a sus pies. Los sanó y les mandó que fueran a purificarse. Desde el albergue se fue a la casa donde estaban sus discípulos, cerca de los leprosos, en lugar bastante apartado de la ciudad. Entró en sus casas, los llamaba afuera, los tocaba y los sanaba y les mandaba presentarse ante los sacerdotes, para las acostumbradas purificaciones. A los discípulos no los había dejado entrar en las casas, sino que los envió a un lugar donde pensaba dar una enseñanza a los leprosos curados.

Capítulo XVI

Judas Iscariote es presentado a Jesús

En este camino se llegó Judas a los demás discípulos. Cuando Jesús se juntó de nuevo a ellos, Bartolomé y Simón Zelotes lo presentaron a Jesús con estas palabras: “Maestro: aquí está Judas, de quien te hablamos”. Jesús lo miró muy amigablemente, pero con indecible tristeza. Judas, inclìnándose, dijo: «Maestro, te pido me dejes tomar parte en tu enseñanza”. Jesús le respondió mansa y proféticamente: “Esto lo puedes tener si no lo quisieras dejar a otro». Así, más o menos, dijo Él. Yo entendí que, en ese momento, profetizaba de Matías, que había de tomar su parte entre los doce, y también a la entrega que Judas haría de Jesús. La expresión no era clara, pero yo entendí que eso quería decir. Fueron subiendo por el monte, y Jesús empezó a enseñar. En la altura había una gran multitud de gentes de Meroz, de Atharoth, que está al Norte del mismo monte, y de toda la comarca. Habia muchos fariseos. Esta predicación había sido anunciada de antemano por los discípulos. La enseñanza fué sobre el reino. Habló con severidad de la necesidad de la penitencia y del abandono de este pueblo, exhortándolo a que se moviese y reprendiendo su pereza. No había arriba sitial de enseñanza. Jesús se colocó sobre una colinita. En derredor había ruinas de murallas en círculo, sobre las cuales se habían acomodado los oyentes. De aquí se contempla un hermoso paisaje, hasta la lejanía. Se ve Samaria, Meroz, Thebez, Michmethath y toda la comarca en torno. Por el monte Garizim no se ven sino sus altas torres. Por el Sur se ve hasta el mar Muerto; por el Este, a través del Jordán, hacia Gilead; al Norte el Tabor, y a través del valle, hasta Cafarnaúm. Cuando se hizo de noche dijo Jesús que deseaba enseñar de nuevo al día siguiente. Mucha gente durmió bajo tiendas, porque estaba muy lejos de sus casas. Jesús volvió con sus discípulos al albergue de Meroz y durante el camino enseñó mucho sobre el modo de utilizar el tiempo, de la espera larga de la salud y redención, de su proximidad, del abandono de las cosas propias, de su seguimiento y del cuidado de los necesitados. En el albergue tomó algún alimento con los suyos. En la montaña hizo repartir dinero a los pobres: este dinero era el que le habían traído los discípulos de Cafarnaúm. He visto que Judas miraba esto con especial interés. Jesús enseñó durante la comida, hasta entrada la noche. Hoy es la primera vez que Judas Iscariote está en la misma mesa con Jesús y pernocta bajo el mismo techo.

Capítulo XVII

Enseñanza de Jesús en el monte de Meroz

A la mañana siguiente se dirigió Jesús al monte de Meroz y tuvo una gran enseñanza, que duró toda la mañana: parecía el sermón de la montaña. Se había congregado gran multitud. Se repartió alimentos, que consistían en pan, miel y pescados sacados de los estanques que tenían allí como reservas. Jesús había adquirido una parte para los pobres. Habló de nuevo del que recibe un talento sólo, porque éstos eran descendientes de Zelpha, sierva de Jacob; talento que tenían como sepultado por culpa también de los fariseos que oprimían al pueblo y lo dejaban perecer en los vicios y en la ignorancia. Había aquí algunos samaritanos convertidos, y Jesús reprochaba a los fariseos porque no habían desde tiempo atrás convertido a esas gentes: sólo los despreciaban sin querer mejorarlos. Los fariseos empezaron entonces a disputar con Jesús y a irritarse, y le decían que Él dejaba demasiada libertad a sus discípulos; que no eran bastante severos en los ayunos, purificaciones, observancia del Sábado, apartamiento de los publicanos y de las sectas, y que no vivían al modo de los hijos de profetas y discípulos de los sabios y escribas. Jesús les respondió con el precepto del amor: “Amar a Dios sobre todo y al prójimo como a ti mismo. Este es el primer mandamiento”. Les dijo que Él pedía a sus discípulos que observasen esto en lugar de las observancias exteriores con las cuales ocultan vicios internos. Dijo esto algo veladamente, y por eso se acercaron Felipe y Tadeo y le dijeron: «Maestro, no te han entendido”. Jesús lo declaró nuevamente y les repitió que lamentaba que hubiesen dejado al pueblo pobre, ignorante y pecador perderse en observancias inútiles, añadiendo que los que tal hacen no tendrán parte en su reino. Después de esto bajó del monte y fué a su albergue, a media hora de allí y de la ciudad. A lo largo del camino había gran multitud de enfermos sobre camillas y bajo tiendas que esperaban a Jesús. Algunos habían llegado muy tarde la vez anterior. Acudían de todos los contornos, y Jesús los sanó de diversas maneras, exhortándolos, consolándolos y dándoles normas de vida.

Capítulo XVIII

La viuda Lais y sus hijas

Encontrábase allí la viuda pagana Lais de Naim, que pedía ayuda para sus dos hijas Sabia y Athalia, que eran tormentadas en su casa por el demonio de tan espantosa manera que debía tenerlas encerradas. Estaban furiosas, eran arrojadas de un lado a otro, mordían y se herían unas a otras; nadie podía acercarse a ellas. A veces yacían pálidas del todo, como muertas, o con convulsiones. La madre se había trasladado hasta aquí con sus criadas y algunos siervos. Permanecía a la distancia con deseos de que Jesús se acercase a ella; pero siempre veía que Jesús se dirigía a otros. Ya no podía contenerse y gritaba de tanto en tanto: “¡Ah, Señor; ten piedad de mi!” Parecía que Jesús no la quería escuchar. Las mujeres que estaban a su lado le decían que clamase: «Señor, ten piedad de mis hijas”, puesto que a ella nada le faltaba; pero ella respondió: “Son mi came y si Él se compadece de mí, tiene compasión también de mis hijas». Jesús dijo entonces: “Conviene que yo reparta primero el pan a los hijos antes que a los extranjeros”. Respondió ella: “Es muy cierto; Tú tienes razón, Señor; yo quiero esperar y volver de donde he venido si Tú hoy no me quieres ayudar, puesto que no soy digna». Jesús había terminado de sanar enfermos, y los sanados se alejaban llevando sus camillas y alabando al Señor. Jesús, sin volverse hacia la infeliz mujer, parecía que se quería alejar de allí. Se contristó mucho la mujer y pensó: “¡Ah, no quiere ayudarme!» En ese momento se volvió Jesús a ella y le dijo: “Mujer ¿qué me pides?» Estaba con el velo; se echó a los pies de Jesús, y dijo: «Señor, ayúdame; mis dos hijas en Naim están atormentadas por el demonio. Yo sé que Tú las puedes ayudar si quieres; todo está en tu poder». Jesús le dijo: “Véte a casa; tus hijas te saldrán al encuentro. Pero purifícate; son los pecados de los padres los que están sobre esas hijas». Esto último lo dijo en voz baja, y ella contestó: “Señor: yo lloro desde hace tiempo mis pecados, ¿qué debo hacer?» Jesús le dijo que debía librarse de las riquezas injustas, mortificar su cuerpo, orar, ayunar, dar limosna y compadecerse de los enfermos. Ella, llorando, prometió hacer todo esto y salió contenta de allí. Esta mujer había tenido estas dos hijas fuera del matrimonio; sus tres hijos legítimos vivían lejos de ella y ella poseía algo que era de ellos. Era muy rica y vivía como suelen hacerlo gentes ricas, con pesar de sus culpas, pero con todas sus comodidades. Esas dos hijas estaban encerradas en piezas aparte. En el momento que Jesús hablaba con la madre he visto que estas hijas caían como desmayadas y que el demonio las dejaba saliendo de ellas como un vapor oscuro. Llorando mucho y del todo cambiadas llamaban a su guardiana y le decían que se sentían del todo libres y buenas. Cuando oyeron que su madre había ido a ver al profeta de Nazaret quisieron ir a su encuentro, acompañadas de mucha gente de la vecindad. Llegaron como a una hora de distancia de Naim, donde encontraron a la madre que volvía, y le contaron todo lo sucedido. La madre continuó su viaje a la ciudad; pero las hijas, acompañadas por sus guardianes y sus siervos, se dirigieron a Meroz para presentarse ante Jesús, puesto que habían oído que Jesús predicaría allí al día siguiente. Mientras tenían lugar estas curaciones llegaba Manahem, el ciego de nacimiento a quien había dado la vista Jesús. Venía de Betania con los dos sobrinos de José de Arimatea. Jesús lo había enviado a Betania al lado de Lázaro. Traía algún dinero y obsequios que las santas mujeres enviaban para la comunidad. Jesús habló con el recién llegado. Dina, la samaritana convertida, había estado en Cafarnaúm con las santas mujeres y había ofrecido ricos regalos a la comunidad, como también la Verónica y Juana Chusa. De vuelta habían visitado a Magdalena, encontrándola muy cambiada. Estaba triste, y parecía que sus buenas cualidades iban a sobreponerse a sus malas pasiones. Habían llevado consigo a Betania a Dina la samaritana. También había ido a Betania una viuda de edad, rica, que había puesto todo lo suyo a disposición de Marta, para socorrer a la comunidad de Jesús. Como los fariseos invitasen a Jesús a una comida, le preguntaron si pensaba traer a sus discípulos que, según ellos, eran jóvenes sin instrucción ni experiencia, para tratar con ellos, que eran sabios. Jesús respondió que quien invitaba a Él, invitaba también a los de su casa, y quienes a éstos no querían, no querían tampoco a Él. Se conformaron y dijeron que trajese también a sus discípulos. Fueron entonces todos a la ciudad donde estaba la sala de la comida. Durante este tiempo Jesús enseñó con parábolas y comparaciones. La posesión que tenía Lázaro delante de Meroz consistía en campos con buena fruta. Había caminos de alamedas. Vivían aquí los peones de Lázaro y recogían la fruta para venderla. Ahora estos mismos trabajadores estaban encargados de atender a Jesús y a sus discípulos. Esta larga estadía de Jesús aquí había sido ya concertada con Lázaro en Ainón, y las mujeres habían estado antes para el arreglo: por eso la gente de esta región ya esperaba a Jesús. Antes que Jesús se dirigiera al día siguiente de nuevo a la montaña, enseñó en Meroz, junto al pozo. De nuevo reprendió a los fariseos el abandono en que dejaban al pueblo. Después se dirigió a la montaña y dijo un sermón como el de la montaña, y para despedirse volvió a hablar de los talentos y del que entierra el hombre perezoso. Había algunos que estaban en la montaña desde hacía tres días sin moverse. Aquellos que no tenían qué comer y no podían volver a sus casas fueron atendidos por los discípulos, y servidos. Jesús fué rogado por el tío de Judas Iscariote, llamado Simeón, a venir al poblado de Iscariot, y Jesús se lo prometió. Este Simeón era un anciano piadoso, de rostro oscuro y ágil de movimientos. Cuando Jesús bajaba del monte le esperaban algunos enfermos que podían caminar. Jesús los sanó. Sucedió esto en el camino entre el albergue y la posesión de Lázaro, en el lugar donde fueron servidas las gentes que habían venido al sermón de Jesús por medio de los discípulos. En el mismo sitio donde ayer había estado esperando la pagana Lais para pedir a Jesús la curación de sus dos hijas endemoniadas, le esperaban ahora esas dos hijas Athalia y Sabia, con sus criadas y siervos. Ellas dijeron: “Señor; no hemos creído ser dignas de escuchar tus palabras sobre el monte y te esperamos aquí, para darte gracias porque nos has librado del poder del enemigo». Jesús les mandó levantarse, y alabó la paciencia, la humildad y la fe de su madre, en cuanto había esperado a que El repartiese el pan a los hijos antes de atender a los extraños. Les dijo que ahora ella pertenecía también a los de su casa, pues había reconocido al Dios de Israel en su misericordia; que su Padre celestial le había enviado a El para repartir ese pan a todos los que creyesen en su misión e hicieran penitencia de sus pecados. Después de esto hizo traer por los discípulos algún alimento, y le dio a cada una de ellas y a sus acompañantes un trozo de pan y un pescado, y les dio una profunda explicación y enseñanza sobre esto mismo. Después se retiró con sus discípulos a su albergue. Una de las doncellas era de veinte y la otra de veinticinco años. Por efecto de su estado y de haber permanecido mucho tiempo encerradas, estaban pálidas y descoloridas.

Capítulo XIX

Jesús en el poblado de Iscariot

Jesús se dirigió a la mañana siguiente con sus discípulos a la población de lscariot, a una hora de camino. Hay unas veinticinco casas metidas en un barranco y lugar pantanoso, con estanques llenos de juncos que usan los curtidores para sus trabajos. Muchas veces les falta el agua y tienen que llenar estos estanques de reserva. Los animales que se han de sacrificar para el alimento de Meroz son mantenidos aquí. Los que allá necesitan los sacrifican aquí, les quitan el cuero y lo curten, Estos barrancos están al Norte de Michmethath. El oficio de curtidor está en gran desprestigio entre los judíos, por el mal olor y la suciedad: por eso usan para estos oficios a los esclavos extranjeros o a paganos, a gente de baja condición que vive en Meroz en un cuartel de la ciudad, aparte. En Iscariot no se ve otra cosa que curtiembres y me parece que la mayoría de estas casas y talleres pertenecen al viejo Simeón, tio de Judas Iscariote. Judas prestaba a su tío útiles servicios: ya iba con sus mulas a buscar cueros, comprándolos donde los había; ya llevaba los cueros curtidos donde pedían, especialmente a las ciudades de la costa. Era un comerciante astuto y hábil revendedor. No era por ahora malo: si se hubiese vencido en lo pequeño en sus malas tendencias, no hubiese llegado a los extremos que llegó. María le había avisado frecuentemente de sus defectos. Judas era inconstante. Era capaz de un arrepentimiento fuerte y repentino, pero no duraba en sus buenas disposiciones. Tenía siempre en su cabeza el reino temporal y cuando vio que no aparecía ese reino por ningún lado, comenzó por hacerse dinero. Por esto se irritó de que el precio de los perfumes y esencias de Magdalena no hubiese pasado por sus manos. Después de la última fiesta de los Tabernáculos que celebró Jesús, Judas comenzó a echarse del todo a la peor parte. Cuando vendió a Jesús, no pensó que le podían dar muerte, sino que saldría de sus manos, como había sucedido otras veces: sólo quería el dinero y no la muerte de Jesús. Judas se mostró aquí muy servicial, pues estaba como en su casa. Su tío Simeón recibió a Jesús y a los discípulos delante del pueblo, le lavó los pies y le dio alimento. Este hombre es muy activo en sus trabajos. Jesús moró en su casa con los discípulos. Allí estaban la mujer, los hijos y los siervos de la casa. Jesús se dirigió al otro lado, donde había una especie de recreo, y se veían algunas chozas de las pasadas fiestas. Estaban reunidas todas las personas del lugar. Jesús habló, en parabolas, del sembrador y de los diversos terrenos y exhortó a los oyentes que habían estado en Meroz y habían escuchado sus sermones, que fuesen buenos terrenos para la semilla de su palabra. Cuando tomó Jesús de pie una pequeña refección con los suyos, en casa del viejo Simeón, éste rogó a Jesús quisiera tomar a su sobrino, a quien alabó por su destreza, para participar de su doctrina y de su reino. Jesús le contestó de modo semejante al que había dicho ya a Judas: “Cada uno está libre de tomar parte en ello, si es que no querrá dejar su parte a otro”. No sanó aquí a ningún enfermo, porque habían sido llevados ya al monte de Meroz.