Tomo VI — Desde la segunda fiesta de los Tabernáculos hasta la primera conversión de la Magdalena

Sección 5: capítulos XXV – XXX

Jesús en Abez y en Dabrath, junto al Tabor — Jesús se dirige a Gischala, lugar del nacimiento de Pablo

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En esta sección:

Capítulo XXV

Jesús en Abez y en Dabrath, junto al Tabor

Jesús partió con los suyos, atravesando el valle, a un cuarto de hora al Este de Abez, y se dirigió a un hermoso pozo donde varias mujeres sacaban agua. Cuando lo vieron, algunas se fueron presurosas a las casas vecinas de Abez, y pronto ocudieron varios hombres y mujeres al encuentro de Jesús. Traían vasos, telas, pan y pequeñas frutas en cestos; lavaron los pies y dieron una refección a Jesús y a los discípulos. Como se reunieron otros más, Jesús comenzó a enseñar allí mismo. Luego lo llevaron a la ciudad, donde le salieron al encuentro, de todas las casas y ángulos de las calles, muchos niños, niñas y jovencitos, con coronas de flores y bandas con inscripciones, y lo fueron acompañando. A los discípulos les pareció molesta la presencia de tantos niños, y quisieron alejarlos de allí; pero Jesús los vió y les dijo: “Id vosotros más atrás y dejad a los niños venir adelante». Entonces los niños se agolparon a su alrededor. Jesús abrazaba a unos, acercaba a otros y bendecía a todos. Los padres y las madres miraban desde las puertas de sus casas y desde las galerías. Jesús entró en la sinagoga y enseñó. Por la tarde sanó a algunos enfermos en las casas donde entró. Hubo una gran comida en una de las chozas que aún habían quedado; tomaron parte en la cena muchos de la ciudad. El discípulo Tomás partió de Endor para Apheke. Aquí, en Abez, he visto que algunas mujeres, con flujo de sangre, venían calladas y veladas, se acercaban a Jesús, tocaban el ruedo de sus vestidos y se sentían sanas. En las ciudades grandes no se permitían a tales enfermas acercarse a otros; en las pequeñas poblaciones esto no era tan estricto. Llegó en esto un mensajero de Caná. El príncipe de la ciudad le rogaba que acudiese en seguida, porque su hijo estaba gravemente enfermo. Jesús le dijo que se tranquilizase y esperase un poco. Vinieron dos mensajeros judíos de Cafarnaúm, enviados por el hombre pagano que había rogado a sus discípulos en favor de su criado enfermo. Pedía con instancia a Jesús quisiera venir a Cafarnaúm porque el criado estaba por morir. Jesús les dijo que iría a su tiempo, que por ahora el criado no moriría. Estos mensajeros se quedaron para escuchar su enseñanza. Los habitantes de Abez eran, en su mayor parte, gileaditas de Jabes. En tiempos del sacerdote Helí se habían establecido a raíz de una disputa entre los habitantes de Gilead, que fué zanjada por el juez de entonces, radicándose aquí estos habitantes. Junto al pozo de Abez fué herido Saúl y murió en la altura, más al Sur. Por eso lo llaman el pozo de Saúl. Las gentes son de mediana condición y viven la mayor parte de ellas de hacer canastas y esteras de juncos y de mimbres que se producen en abundancia en los lugares pantanosos de la región. Hacen viviendas ligeras de mimbres y juncos que se pueden recoger, y se ocupan también de cultivar los campos y criar animales en sus praderas.

Capítulo XXVI

Saúl y la pitonisa de Endor

Los israelitas estaban delante de Endor, junto a Jezrael, mientras los filisteos salían de Sunem contra ellos. La batalla había ya comenzado cuando Saúl, con dos hombres, vestidos a modo de profetas, se dirigieron por la noche a casa de la pitonisa de Ender. Esta vivía fuera de la ciudad en una vivienda ruinosa. Era una mujer despreciable, que no tenía medios de vida, aunque no era aún vieja. Su marido solía viajar con un canasto sobre los hombros, donde tenía muñecas y otros artefactos, y se ocupaba de juegos de prestigio y de magia entre soldados y gente de mal vivir. Cuando Saúl llegó a casa de la pitonìsa estaba casi desesperado. Ella se negaba a satisfacer su pedido porque pensaba que sería acusada ante Saúl, que perseguía a las brujas y megas. Saúl le juró con toda formalidad que no le sucedería nada de malo. Entonces la maga lo sacó de su habitación, que estaba bien ordenada, y lo llevó a un sótano. Saúl pedía que le evocara la sombra de Samuel. La bruja comenzó por dibujar un círculo entorno de Saúl y sus acompañantes; escribió letras y signos en torno del círculo, y con lana de color hizo diversas figuras alrededor de Saúl. Estaba de frente a Saúl y tenía otra pieza al lado. Delante de ella había un vaso de agua en el suelo y en las manos manejaba unas placas, como espejos, sobre las aguas. Pronunció palabras y clamó algunas veces en voz alta, y le dijo a Saúl a través de cuales hilos de lana que había cruzado tenía que mirar. De este modo, por arte del demonio, solía mirar acciones guerreras, batallas y personas, y así quería formar delante de Saúl una imagen de Samuel. Cuando, empero, comenzó su artificio, vió de pronto ella misma una aparición delante y asustándose dejó caer los espejos sobre el recipiente de agua, y gritó como fuera de si: “Me has engañado; tú eres Saúl». Entonces le dijo Saúl que no temiera y preguntó qué veía. Ella respondió: “Veo que se levantan santos de la tierra». Como Saúl no veia nada, preguntó cómo eran esos santos. La mujer estaba en extremo asustada, y dijo: “Veo un anciano con vestiduras sacerdotales». Hizo adelantarse a Saúl y ella huyó de la caverna. Saúl en ese momento vió a Samuel y se echó de bruces al suelo. Preguntó Samuel por qué le habia incomodado en su reposo y dijo que el castigo de Dios iba a caer sobre él; que mañana mismo estaría entre los muertos y que los filisteos vencerían a los israelitas; y que David sería rey. Después de oír esto Saúl quedó postrado en tierra como muerto. Lo levantaron y lo arrimaron a la pared. Los acompañantes quisieron reanimarlo y la mujer trajo pan y carne, pero Saúl nada quiso comer. La mujer le aconsejó no ir a la batalla, sino a Gilead, que allí sería bien recibido, y Saúl llegó al amanecer. En ese momento eran vencidos los israelitas en las montañas de Gilboé. No todo el ejército llegó donde estaba Saúl, sino una parte. Saúl estaba sobre un carro y otro iba detrás de él. Los filisteos, que perseguían a los fugitivos, tiraban sus flechas y lanzas contra él, sin saber que era Saúl. Así fué herido gravemente y su acompañante guió el carro a la parte Sur del valle, fuera del camino donde estuvo Jesús con sus parientes. Cuando Saúl sintió que se moría pidió a su acompañante que le matase; pero éste no quiso hacerlo. Entonces se inclinó Saúl en el mismo carro, que tenía una baranda adelante, sobre la punta de su daga, pero no pudo hacer mayor fuerza. Entonces removió su acompañante esa baranda movible que tenía el carro delante y Saúl cayó sobre su daga. El acompañante también se echó sobre su espada. En esto llegó un amalecita y reconoció a Saúl, se acercó, tomó sus arreos y se los llevó a David. Después de la batalla se trajo el cadáver de Saúl y el de sus hijos y se pusieron juntos. Éstos habían caído muertos más al Este y antes que él. Los filisteos cortaron con hachas sus cuerpos. El río de aquí se llama Kadumim y se nombra en el himno de Débora (Jueces, 5-21). Aquí estuvo también algún tiempo el profeta Malaquías e hizo algunas profecías. Abez está como a tres horas de Scytópolis, ciudad pagana.

Capítulo XXVII

Dabrath. Conversión de una adúltera

Desde el pozo anduvo Jesús todavía un trecho hacia el Este, y luego torció al Norte. Subió la altura Norte del lugar y después de tres horas llegó a la ladera del Tabor en la parte del Este, donde corre el torrente Kisón, que viene de la parte Noreste y va en dirección del campo de Esdrelón. Aqui se encuentra la ciudad de Dabrath, en un barranco de la primera terraza del Tabor, mirando a la altura de Sarón, en la dirección donde el Jordán sale del mar de Galilea. Jesús se quedó fuera de la ciudad en un albergue, y al día siguiente entró en la ciudad, donde se agolparon muchas gentes en torno suyo. Sanó a algunos enfermos; pues aquí no hay muchos por ser al aire sano y saludable. La ciudad está bien edificada. Recuerdo una casa de allí que tenía un amplio patio y columnas con escaleras para subir sobre la terraza de la casa. Detrás de la ciudad asoma una ladera primera de la montaña del Tabor y veo sendas serpenteando hasta la altura. Para llegar arriba se emplean dos horas de camino. En torno de los muros de la ciudad veo estacionados soldados romanos: es esta ciudad un puesto de recaudación de impuestos. Tiene como cinco partes donde viven personas de diversas profesiones. No está junto a un camino real; hay que andar media hora para llegar al camino principal. Tiene, sin embargo, mucho comercio. Es una ciudad de levitas. Los postes de los límites con Isacar corren a una media hora de aquí. La sinagoga y la casa adonde entró Jesús están en un sitio desdejado. Ahí vive un hijo de uno de los hermanos de San José, que se llamaba Elia y tenía cinco hijos, de los cuales uno, de nombre Jesse, reside aquí: es un hombre de edad. Su mujer vive aún y tienen seis hijos: tres varones y tres mujeres. Dos de los hijos tienen ya dieciocho y veinte años de edad: se llaman Kaleb y Aarón. El padre pidió a Jesús los recibiese como discípulos y Jesús accedió. Irán con Él cuando Jesús vuelva por estos lados. Este Jesse tiene un empleo entre los levitas y está al frente de un taller de tejidos. Compra lana, la cual es aquí. lavada, hilada y tejida; fabrican finos tejidos. Veo lo largo de una calle toda llena de los obreros de Jesse. Posee un edificio grande donde trabajan prensando hierbas que crecen en el Tabor y parte de las cuales traen del extranjero para colorear los tejidos. Hacen también recipientes prensados para agua y licores. Veo artesas donde son prensadas esas hierbas con pesados mazos y hay cañerías que llevan fuera de la casa los líquidos. Hacen también un aceite de mirra. Jesse es muy piadoso, como toda su familia: sus hijos van todos los días al Tabor a rezar y él los acompaña muchas veces. Jesús se alberga ahora con sus discípulos en su casa. Vivían aqui fariseos y saduceos y había una especie de consistorio; por eso tuvieron una reunión para tratar cómo habían de contradecir las enseñanzas de Jesús. Fué por la tarde con los discípulos al monte Tabor, donde se había reunido ya bastante gente y enseñó al resplandor de la luna hasta muy entrada la noche. En la parte Sudeste del monte hay una cueva rodeada de un jardincito, donde solía vivir el profeta Elías con sus discípulos como solía hacerlo otras veces el Carmelo. Ahora estas cuevas son lugares de oración para los piadosos israelitas. En la parte Norte de la montaña hay un lugar llamado Tabor, que da el nombre a la montaña, y al Oeste, a una hora de camino, hay otro poblado fortificadñ. La ciudad de Chasaloth está en el valle, en la parte Sur del monte, al Norte de Naim y mirando a Apheke: es la parte más saliente de Zabulón en esta región. He oído también otro nombre y he visto que en este lugar vivieron parientes de Jesús, una hermana de Santa Isabel, llamada Rhode, como la criada de María Marcos. Esta Rhode tenía tres hijas y dos hijos. Una de estas hijas era una de las viudas amigas de María que tenía sus dos hijos entre los discípulos de Jesús. Uno de los hijos de esta Rhode casó con Maroni. Cuando murió el marido casó esta viuda sin hijos, según la ley, con Eliud, sobrino de Santa Ana. Tuvo por hijo a Marcial y se retiró a vivir a Naim. Viuda por segunda vez, es la viuda de Naim, cuyo hijo Marcial resucitó Jesús. Jesús enseñó delante de la sinagoga. Habían traído a muchos enfermos de todos lados y los fariseos estaban muy contrariados. En esta ciudad de Dabrath vivía una mujer rica, llamada Noemí, que habia sido muy infiel a su marido, el cual murió de disgustos. Ahora vivía con un jefe de negociantes, al cual había prometido casamiento y había engañado también. Esta mujer había oído la predicación de Jesús en Dothan y estaba ahora completamente cambiada y arrepentida. Llena de dolor pedía acercarse a Jesús para obtener perdón y penitencia. Había acudido aquí y buscaba todos los medios de acercarse a Jesús; pero Jesús se apartaba siempre de su encuentro. Era muy conocida en el país y aún respetada, porque no se conocía públicamente su mal vivir. Como tratase de todas maneras de acercarse a Jesús, los fariseos se lo impedían preguntando si no tenía vergüenza de venir aquí. Ella no se dejó vencer por esta resistencia de los fariseos y seguía, llena de dolor, con deseos de hablar a Jesús. Al fin se abrió paso entre la gente y se echó a los pies de Jesús, diciendo en alta voz: «Señor, ¿hay perdón aún y gracia para mí? Señor, ya no puedo vivir así. Yo he pecado gravemente contra mi marido. He engañado también al hombre que ahora está al frente de mi casa”. De este modo confesó sus culpas delante de todos los presentes. En verdad no la oían todos, porque Jesús se había apartado algún tanto y había mucho ruido que hacian los fariseos que se habían adelantado entre la multitud. Cuando Jesús le dijo: “Levántate, tus pecados te son perdonados», ella pidió penitencia. Jesús la despidió para otra ocasión. Al punto ella se despojó allí mismo de todas sus joyas, alhajas, anillos, brazaletes, perlas y piedras preciosas que llevaba y las entregó a los fariseos para que los distribuveran entre los pobres. Luego bajó el velo sobre su rostro. Entró Jesús en la sinagoga donde enseñó, porque habia comenzado el Sábado. Los fariseos y saduceos, irritados, lo siguieron. Se leyó en la sinagoga de Jacob y de Fsaú (I Moisés 25, 19-34) y de Malaquías (1 y 2). Jesús explicó el nacimiento de Esaú y de Jacob al tiempo presente. Esaú y Jacob peleaban ya en el seno de su madre; ahora lo hacen la sinagoga y los hombres piadosos. La ley dura y agreste nació antes, como Esaú; pero vende su derecho de primogénito por un plato de lentejas. por el gusto de pequeñas observancias, usos y costumbres exteriores, a Jacob, que recibe la bendición y la herencia: se hace un gran pueblo, de modo que el mismo Esaú tiene que servir a Jacob. Toda esta explicación fué muy hermosa y los fariseos nada pudieron contradecir, aunque disputaron con Jesús largamente. Le reprochaban que buscaba seguidores, levantaba posadas en todas partes, derrochando mucho dinero de viudas ricas, dañando a las sinagogas y a los maestros de los pueblos. Que esto sucedía con la rica Noemí, y preguntaban cómo podía Él perdonar los pecados. Al día siguiente Jesús no fue a la sinagoga, sino a la escuela de los niños y las niñas. Estos escolares estuvieron después en una comida con Jesús, que les dió Jesse en los patios de su casa; Jesús los exhortó allí y los bendijo. Vino también la convertida Noemí, con su hombre, y Jesús habló a cada uno en particular, y luego a ambos juntos. La mujer no debía, con los sentimientos que ahora tenía, casarse con ese hombre, que era de más humilde condición. La mujer le dió al hombre una parte de sus riquezas y lo demás lo puso a disposición de los pobres, reservándose sólo para su manutención.

Capítulo XXVIII

Juegos a la conclusión del Sábado

Después de la comida del Sábado, cuando los judíos paseaban, vinieron muchas judías a casa de Jesse, donde se entretuvieron con la mujer de Jesse en un juego de Sábado. Estaba presente la convertida Noemí. Jesús presidió este juego, que era un conjunto de parábolas, de acertijos y de preguntas, por las cuales cada una se sentía profundamente conmovida. Tales preguntas eran, por ejemplo: “Dónde cada una tenía su tesoro; si ejercía usura con él; si lo tenía escondido; si lo partía con el marido; si lo dejaba a los criados; si lo traía a la sinagoga; si tenía el corazón apegado a él”. Otras cosas se referían a la educación de los hijos, al cuidado de los siervos. Jesús habló también del óleo y de las lámparas: de tener la lámpara encendida, del derramar el óleo; y todo lo explicaba en sentido espiritual. Al ser preguntada una mujer y al contestar, muy satisfecha: «Sí, Maestro, yo tengo mi lámpara del Sábado muy bien en orden”, fué burlada por las vecinas, porque no había entendido que Jesús decía todo eso en sentido espiritual. Jesús daba siempre una explicación muy acertada, y las que equivocaban las respuestas o no sabían la solución de los acertijos, tenian que dar, por penitencia, una limosna a los pobres. Ésta última tuvo que dar un trozo de tela. A veces Jesús escribía con una caña en la arena y las mujeres debían dar la contestación a las cuestiones propuestas. De este modo Jesús le descubría a cada una sus defectos ocultos y sus inclinaciones viciosas, sin que por eso tuviera que avergonzarse delante de las demás. Estas amonestaciones se referían especialmente a las faltas que se solían reprender en las fiestas de los Tabernáculos y donde con la mayor libertad y alegría, propias de tales festividades, se solían cometer mayores faltas por la ocasión. Algunas de estas mujeres hablaron luego a solas con Jesús reconociendo sus pecados, y pedían penitencia y perdón. Jesús las consolaba y las exhortaba, perdonando sus pecados. Durante estas enseñanzas y entretenimientos estaban sentadas las mujeres sobre alfombras, apoyándose sobre asientos de piedra, y en semicírculo, en los pórticos de la casa. Los discípulos y los amigos presencìaban desde cierta distancia. No se hablaba en voz alta, porque podían los espías escuchar detrás de las paredes o asomarse en lo alto de las mismas, pues se hacía esta diversión al aire libre. Estas mujeres habían traído a Jesús toda clase de hierbas aromáticas, confites, perfumes y otras delicadezas, que Jesús entregó a los discípulos para que los repartiesen a los pobres enfermos, a quienes nunca llegaban semejantes regalos. Antes que Jesús se dirigiese a la sinagoga, para la conclusión del Sábado, mandaron los herodianos un mensaje a Jesús invitándolo a un determinado lugar de la ciudad donde querían hablar con Él. Jesús dijo al mensajero: “Decid a esos hipócritas que sus malas lenguas las usen en la sinagoga, que allí responderé a ellos y a los otros”. Dijo todavía otras palabras severas a estos hombres, y luego se dirigió a la escuela. La enseñanza del Sábado trataba de nuevo sobre Esaú y Jacob, de la ley y de la gracia, de los hijos y de los siervos del Padre. Habló tan severamente contra los fariseos, saduceos y herodianos, que éstos se irritaron cada vez más. El peregrinar de Isaac de un lugar a otro por el hambre y el taparle los pozos, como hacían los filisteos, los explicó haciendo referencias a su misión de predicar y a las persecuciones de los fariseos. De Malaquías enseñó que ahora se cumplía lo que había profetizado: “Mi nombre será grande en los confines de Israel: de Oriente a Occidente será mi nombre honrado entre las gentes». Les recordó los caminos que había hecho ya para glorificar el nombre del Señor, a un lado y a otro del Jordán, y que continuaría hasta cumplir su misión, y las palabras: “Un hijo debe honrar a su padre y un siervo a su señor», las explicó con severidad contra ellos. Éstos estaban muy corridos e irritados, pero nada pudieron hacer contra Jesús. Cuando la gente salió de la sinagoga y Jesús y los discípulos se disponían también a salir, los fariseos le cerraron el camino en un corredor, lo rodearon allí y le dijeron que debía oír lo que dirían: que no debía decir esas cosas al pueblo; e hicieron toda clase de preguntas capciosas, especialmente con respecto a los romanos que allí tenían su cuartel. Jesús les contestó de tal manera, que tuvieron que callar. Cuando finalmente quisieron, primero con adulaciones, y luego con amenazas, imponerle que dejase de andar con sus discípulos de un lado a otro, dejara de sanar a enfermos, de enseñar, pues de otro modo lo acusarían como perturbador del orden y revolucionario, les contestó Jesús: “Donde Yo vaya encontraréis siempre a mis discípulos, a los enfermos, a los ignorantes, a los pecadores, a los pobres, a los que vosotros culpablemente dejéis pobres, enfermos e ignorantes”. Como nada pudieron hallar contra Él, dejaron la sinagoga, y se mostraron aparentemente corteses, aunque internamente estaban llenos de rabia y de encono.

Capítulo XXIX

El pagano Cyrino, de Chipre

Desde la escuela se fué Jesús, al anochecer, con los discípulos y las gentes que le habían esperado, hacia el monte Tabor. Allí estaban reunidos otros más y algunos parientes. Él se sentó en el monte, y abajo y a sus pies estaban los oyentes, en parte sentados, en parte echados en el suelo. Era una noche clara de luna. Enseñó allí hasta muy avanzada la noche. Solía hacer esto con grupos de personas mejor dispuestas, después de un día de intenso trabajo. El silencio nocturno, la quietud de la hora hacen que los hombres estén menos distraidos; la vista del cielo, las estrellas, el frescor del aire mantienen los ánimos mejor dispuestos. Oyen su voz más claramente, confiesan más fácilmente sus culpas, no se avergüenzan tanto, llevan las enseñanzas a casa, sin distracciones piensan sobre las cosas oídas. Esto sucedía en esta región hermosa del Tabor, con la extensa vista del panorama y por ser este monte venerado en especial modo por haber estado allí los profetas Elías y Malaquías. Cuando Jesús, finalmente, se dirigía a su albergue esa noche se le acercó en el camino un comerciante pagano, venido de Chipre, que había oído su predicación en el monte. Vivía este hombre en el conjunto de casas que eran de Jesse, porque tenía negocios con éste en especias y jugos de hierbas aromáticas. Por modestia se había mantenido hasta entonces retirado. Ahora lo tomó Jesús aparte, en una sala de la casa, y habló con él a solas, como con Nicodemus, le informó de todas las cosas y le contestó todas las preguntas que el extranjero le hizo con mucho interés y humildad. Este pagano, hombre sabio y noble, se llamaba Cyrino. Hablaba de estas cosas con mucho conocimiento y recibía las enseñanzas de Jesús con indecible humildad y contento. Jesús, por su parte, se mostró muy amable y lleno de confianza con él. Cyrino confesó que hacía tiempo había reconocido la inutilidad del culto de los llamados dioses y que había deseado profesar la religión judaica; pero que había una cosa que le producía repugnancia extrema: la circuncisión. Preguntaba si no era posible, sin la circuncisión, llegar a la salud. Jesús habló sobre el sentido oculto de esta ceremonia, y le dijo que él debía circuncidar sus sentidos y sus malas pasiones, y que sin la circuncisión bastaba que fuese a Cafarnaúm para recibir el bautismo; que circuncidase su lengua y su corazón, en lugar de su carne. Preguntó entonces Cyrino por qué no enseñaba esto clara y públicamente; le parecía, añadió, que muchos paganos se convertirían al saber esto. Jesús le respondió que si se decía esto al pueblo ciego, ahora, lo matarían; que había que tener consideración con los flacos y no escandalizarlos. Añadió que podían suscitarse diversas sectas y que, por lo demás, para algunos paganos era esto un sacrificio saludable. Por otra parte, como había llegado el tiempo del cumplimiento de la promesa, se había cumplido el pacto de la circuncisión de la carne, y ahora era el tiempo de la circuncisión del corazón y del espíritu, en lugar de la antigua de la carne. El hombre preguntó sobre la extensión y valor del bautismo de Juan, y Jesús satisfizo sus preguntas. Cyrino habló de muchas personas que en Chipre desean ver a Jesús y se lamentaba de que dos de sus hijos, cuyas virtudes alabó, fuesen tan enemigos de los judíos. Jesús lo consoló sobre esto diciendo que sus dos hijos serían más tarde buenos trabajadores en la viña del Señor, cuando llegase el tiempo. Se llamaban, creo, Aristarco y Trófi- mo, y me parece que fueron más tarde discípulos del Señor o de los Apóstoles. Esta amable y tierna conversación se extendió hasta las horas de la mañana. He visto que Jesse tenía aquí, en cuevas excavadas, por la parte del sol, en la montaña del Tabor, unos recipientes donde se preparaban esencias olorosas de hierbas y otras sustancias semejantes. He visto que pasaban los líquidos de estos a otros recipientes más bajos y que se cambiaban a veces los unos con los otros.

Capítulo XXX

Jesús se dirige a Gischala, lugar del nacimiento de Pablo

Desde Dabrath fué Jesús por la tarde con sus discípulos a los campos de Gischala, a tres horas al Noroeste y a una hora de Betulia. Al principio se encuentra el lugar, hacia el Este, llamado Japhia, y otro poblado hacia el Norte del Tabor. Gischala está sobre una altura, aunque más bajo que Betulia. Es una fortaleza con soldados romanos que debe pagar y mantener Herodes. Los judíos viven en otro lado, como a tres cuartos de hora. Gischala no tiene parecido con otras ciudades. Veo muchos sitios con cadenas amarradas a postes, como para sujetar caballos, y en torno de la ciudad hay torres con terrazas y muros donde podrían guerrear los soldados. Todo esto hace que parezca una ciudad rara. Junto a una de las torres está edificado el templo pagano. Los judíos vivían en su poblado en buenas relaciones con los paganos y los soldados romanos; se ocupaban de trabajos de cueros y aperos para los caballos y correajes para los soldados. En parte eran terratenientes y en parte mayordomos de los fértiles campos de estos lugares. Desde aquí hasta Cafarnaúm es la región más fértil de Genesaret. La fortaleza está en la altura y hay caminos amurallados que conducen hasta allá. La ciudad judía está abierta en la ladera de la montaña y delante hay un pozo que recibe el agua por canales. Junto a él se sentó Jesús con sus discípulos al llegar a la ciudad. Los habitantes de la ciudad judía celebraban en ese momento una fiesta. Chicos y grandes estaban en los jardines y praderas. Los niños de la ciudad pagana habían acudido y se mantenían algo apartados. Cuando Jesús llegó junto al pozo, se adelantaron los príncipes del pueblo y los escribas y maestros; dieron la bienvenida a Jesús y a sus discípulos, les lavaron los pies y les ofrecieron alimento. Jesús enseñó junto al pozo sobre la cosecha, en parábolas, pues estaban en la segunda cosecha de las uvas y de otras frutas. Luego Jesús se dirigió al lugar donde estaban los niños paganos, habló con sus madres, bendijo a las criaturas y sanó a algunos de ellos enfermos. Celebraban los judíos la conmemoración de su liberación de un hombre tirano, fundador de la secta de los saduceos, que había vivido unos doscientos años antes. He olvidado su nombre. Era un empleado del sanedrín de Jerusalén y estaba encargado de guardar y hacer guardar las observancias no escritas en la ley. Había esclavizado a la gente con su excesivo rigor y enseñado que no había que esperar de Dios ninguna recompensa y que debían hacer todas las cosas como esclavos, por obligación. Era natural del lugar. Los habitantes lo recordaban con terror y festejaban el aniversario de su muerte. Había otro con él, un tal Sadoch de Samaria, que negaba la resurrección y propagó su doctrina y había sido discípulo de Antígono. También Sadoch tenía a un samaritano como ayudante. Jesús se albergó en la casa del jefe de la sinagoga con sus discípulos y enseñó en el patio. Trajeron algunos enfermos, que sanó, entre ellos una mujer con flujo de sangre. El jefe de la sinagoga era un hombre bueno y sabio de veras. Las gentes tenían aversión a los fariseos y saduceos y se habian procurado ellos mismos a este maestro. Lo habían hecho viajar por varios lugares hasta el Egipto. Jesús habló largamente con este hombre. Se vino a hablar de Juan y de su prisión. Alabó mucho al Bautista y preguntó a Jesús por qué Él, que tenía tanto poder y era tan sabio, como era evidente, no formaba un partido para librar a un hombre tan meritorio. En su enseñanza en el patio habló Jesús a sus discípulos algunas palabras proféticas sobre Gischala. Tres celosos eran de Gischala: el primero, aquél de quien ahora los judíos se alegraban de su muerte y desaparición; otro, que debía venir y que causaría mucho daño, levantando rebelión en Galilea (Juan de Gischala, que había hecho cosas detestables en Jerusalén, cuando era cercada por los enemigos), y el tercero, que ya vivía, y sería convertido de hijo de ira en apóstol de amor; sería propagador de la verdad y restablecería muchas cosas: es decir, Pablo, que había nacido aquí y cuyos padres pasaron más tarde a Tarso. Pablo predicó aquí, después de su conversión, con mucho celo, en su viaje a Jerusalén. Veo que la casa de sus padres existe aún y que está alquilada a otros. Está situada al final de Gischala, algo en las afueras. Hay allí casas desparramadas que llegan hasta Gischala. Sus padres deben haber tenido una fábrica de tejidos o hilandería. La casa la tiene ahora un oficial pagano llamado Achías, que la ha alquilado y vive allí mismo.