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Jesús en Dothan
Desde aquí se dirigió Jesús con sus discípulos hacia el Oeste en dirección de su albergue; torció al Norte y entró en un valle, dejando una montaña a su derecha, y aquella donde enseñó, a la izquierda. Dejó la ciudad de Atharoth a la izquierda, se volvió al Norte y se encaminó hacia Dothan, en el valle al Este de Esdrelón. Al Este está una montaña y al Oeste el valle. Jesús fue acompañado por tres grupos de gentes que caminaban de vuelta de escuchar el sermón en la montaña y volvían a sus casas para la fiesta del Sábado. Jesús iba ya con uno ya con otro de estos grupos. Desde su albergue había como tres horas de camino hasta Dothan. Esta ciudad es tan grande como Münster. Tuve una visión de cuando Eliseo iba a ser apresado por los soldados de Jeroboam, pero fueron heridos de ceguera. Pasan dos caminos a través de Dothan, que tiene cinco puertas, y parten diversos caminos reales. Uno lleva de Galilea a Samaria y a Judea; los otros, vienen del otro lado del Jordán y llevan, a través del valle, a Apheke y a Tolemais, junto al mar. Comercian aquí con maderas. En estos contornos por las alturas de Samaria, hay mucha madera aún; por el Jordán, en cambio, y en Hebrón, y hacia el Mar Muerto, las montañas están peladas. Veo muchos talleres donde se trabaja en madera. Estos lugares están techados con tiendas y se preparan varias partes de las barcas como también tablas finas y delgadas para hacer tabiques y divisiones de piezas. Delante de las puertas de la ciudad se cruzan varios caminos y allí se ven diversos albergues. Jesús entró con sus discípulos y se dirigió a la sinagoga, donde ya estaban reunidos muchos oyentes. Había fariseos, escribas y doctores. Debían conocer la llegada de Jesús, pues que fueron atentos saliendo a su encuentro, le lavaron los pies y le ofrecieron una refección. Luego le llevaron adentro y le dieron los rollos de la Escritura. La lectura versó sobre la muerte de Sara, el casamiento segundo de Abraham con Ketura y la consagración de Salomón como rey. Después de esta enseñanza fue Jesús a un albergue, donde encontró a Natanael de Caná, a dos de los hijos de Maria Cleofás, los hijos de María Helí y a otros discípulos, que se habían reunido para el Sábado. Estaban en ese momento unos diez y siete personas que cuidaban la posesión de Lázaro en Ginea, donde había estado Jesús cuando iba a Atharoth. Dothan es una ciudad antigua, bella y fuertemente edificada en un lugar muy hermoso; tiene montañas detrás, pero no está oprimida, y delante el espléndido valle de Esdrelón. Tampoco son las montañas tan quebradas y empinadas y los caminos son casi aquí mejores. Las casas están edificadas a la antigua, como en tiempos de David. Muchas tienen pequeñas torres en los ángulos de sus terrazas con grandes y redondas bolas arriba, donde se puede uno sentar y mirar el paisaje. Desde una de estas torres miró precisamente David hacia la casa vecina de Bersabé. Veo también sobre las terrazas y azoteas galerías con rosas, arbustos y plantas. Jesús estuvo en muchos patios de casas donde había enfermos, a los cuales sanó. Los habitantes le rogaban desde las puertas y Jesús entraba con los suyos. Los discípulos eran hablados, consultados y rogados que pidieran a Jesús por estos enfermos. También fue a un lugar apartado, donde había leprosos, y los sanó. Había muchos leprosos aquí, quizás de resultas de mezclarse mucho con gente extranjera que iban y venían. Además de la industria maderera, se ocupaban de introducir alfombras, seda cruda y diversos artículos que luego revendían por los contornos. Algunos de esos artículos veo también en la casa del hombre enfermo que visitó Jesús por ruego de Natanael. Es una casa grande con patios y galerías, cerca de la sinagoga. Vive allí un hombre muy rico de unos cincuenta años, que se llama Isacar y padece de gota. Hace pocos días se había casado con una mujer más joven, de unos veinticinco años, llamada Salomé. Este casamiento tenía por fundamento una ley: era a semejanza del de Ruth con Booz. Se añadían a esa razón también las riquezas de esta Salomé. Las malas lenguas, especialmente los fariseos, hablaban mal de este casamiento y se había hecho este asunto una conversación general en la ciudad. Isacar y Salomé habían puesto sus esperanzas en lo que diría Jesús y desde la última vez ya habían deseado y esperado en Él. Esta casa tuvo relación con la Sagrada Familia en otros tiempos, pues cuando José y María fueron de Nazaret a la casa de Isabel, se hospedaron en esta casa, que era de los padres de Salomé, poco antes de la Pascua. José fue luego con Zacarías a las fiestas de la Pascua y cuando volvió a Hebrón, quedó María en esta casa. De este modo, estando Jesús aún en el seno de María, había encontrado aquí albergue cariñoso, y ahora venía como Salvador a esta casa a recompensar la piedad de los padres sanando al hijo después de treinta y un años. Salomé era hija de esta familia y era viuda del hermano de Isacar; y este Isacar, viudo de la hermana de Salomé. De este modo toda la casa y sus posesiones venian a estar en su poder. Ambos eran sin hijos y los únicos sobrevivientes de una buena familia. Se casaron esperando en la bondad de Jesús que los habría de sanar. Salomé esperaba en la persuación del parentesco con José, pues era también de Belén, y el padre de José solía llamar hermano al abuelo de esta casa, aunque en realidad no era su hermano carnal. Entre sus ascendientes tenían a alguno de la familia de David que, según recuerdo, fué también rey. Su nombre me suena como Ela. Debido a esta antigua amistad fué que María y José se alberguaron aquí. Isacar era de la tribu de Levi. Cuando Jesús llegó a esta casa le salió al encuentro Salomé con sus criadas y siervos, se echó a sus pies y le pidió la salud de su marido. Jesús entró con ella en la pieza del enfermo, que estaba todo envuelto en su lecho. Era gotoso y de un lado estaba como insensible y sin movimiento. Jesús lo saludó y le habló cariñosamente. El hombre se sintió muy conmovido y se mostró muy amigable, a pesar de que no podía levantarse. Jesús oró, le tomó de la mano y le levantó. Entonces se incorporó el hombre, se cambió de ropa y se puso de pie, junto a su lecho. Luego él y su mujer se echaron de rodillas ante Jesús. Los exhortó, los bendijo, les prometió descendencia, y saliendo de la pieza con el hombre y la mujer, se fué adonde estaban los siervos y criados de la casa, que recibieron un gran contento. Esta curación quedó hasta esta hora en secreto. Isacar invitó a Jesús a entrar y albergarse en su casa con todos sus discípulos y a la comida con todos los suyos después de la enseñanza que tendría en la sinagoga. Jesús aceptó la invitación. Fué a la sinagoga, donde enseñó. Hacia el fin de la enseñanza comenzaron los farìseos y saduceos a disputar con Él. Se había llegado a la lectura del casamiento de Abraham con Ketura y así se vino a hablar del matrimonio. Los fariseos trajeron a colación el matrimonio de Isacar con Salomé, y decían que era una locura que un hombre tan enfermo casara con una mujer joven. Jesús les dijo que éstos habían obrado según la ley. ¿Cómo podían ellos, que se daban por tan observantes, reprender este hecho? Ellos replicaron que cómo podía Él mantener en este caso la ley, siendo que no podían tener sucesión y bendición; que este casamiento era sólo un escándalo. Jesús les respondió: “Su fe les ha traído la bendición. ¿Querrían ellos acaso poner límites a la omnipotencia de Dios? ¿No han contraído matrimonio, acaso, para cumplir la ley? Conforme el hombre esperó en que Dios le podía ayudar, hizo perfectamente. Añadió algo más: “No es esto lo que a vosotros escandaliza; esperabais que esta familia muriese sin sucesión y así pasasen los bienes a vuestras manos”. Recordó a otras personas piadosas que esperaron en Dios y fueron recompensadas con descendencia, y habló todavía muchas cosas sobre el matrimonio. Los fariseos enmudecieron.
Comida en casa de lsacar. El apóstol Tomás
Habiendo terminado el Sábado salió Jesús de la sinagoga y fue a casa de Isacar con sus discípulos. Isacar se sentó con Jesús y sus discípulos y parientes a una mesa y la mujer servía. Antes había Jesús sanado a muchos enfermos que se habían reunido delante de la sinagoga y en torno de la casa de Isacar. Era ya de noche y se iluminaba con antorchas. Algunos discípulos con otros invitados comían en otra sala. Estaban, entre otros, Judas Iscariote, Bartolomé y Tomás, con un hermano suyo y un hermanastro. Tenía otros dos hermanastros. Habían venido desde Apheke, a siete horas y se albergaban aquí donde Tomás era muy conocido por sus negocios. Tomás no había hablado aún con Jesús, sino sólo con los conocidos que tenía entre los discípulos: era lo contrario de ser insinuante o entrometido. También Santiago el Menor había venido desde Cafarnaúm para el Sábado y otro Natanael hijo de la viuda Ana, una hija de Cleofás, que vive ahora junto a Marta en Betania. Era el menor de sus hijos ocupados en la pescadería de los Zebedeos. Tenía unos veinte años de edad, manso y amable y tenía mucho del carácter de Juan el Evangelista. Había sido educado en la casa de su abuelo Cleofás y lo llamaban el pequeño Cleofás, para distinguirlo del otro Natanael. He oído esto hoy cuando el Sábado Jesús dijo: “Llamadme al pequeño Cleofás», es decir, a Cleofás el Menor. En esta comida sirvieron aves, pescados, miel y panes. Había muchas tórtolas, palomas y pájaros de varios colores, que corren como las gallinas en nuestras casas y que he visto volar hacia los valles hermosos de Jezrael. En la comida habló Jesús de María, que había estado aquí en su viaje, y que los padres le habían contado con frecuencia, ponderando cuan joven, hermosa y piadosa era. De José también hablaron como de un hombre de cierta edad. Esperaba tener descendencia que Dios le daría ya que le habia sanado por medio de este hijo de José. Ignoraba Isacar la procedencia divina de Jesús. Todos los discípulos se albergaron aqui en casa de Isacar. Había espaciosas galerias en torno de la casa, que fueron divididas para preparar los albergues para todos. En Dothan hay muy buenas gentes y también malas. Me parece que se puede comparar esta ciudad de edificación antigua con Colonia, en comparación con otras ciudades de Alemania. Cuando a la mañana siguiente Jesús caminó en torno de la ciudad con sus discípulos, se acercó Tomás y pidió ser recibido en el número de sus discípulos. Dijo que quería hacer lo que Jesús le mandara, que quería seguirle; que estaba convencido, por lo que había visto y oído, que era verdad lo que Juan había anunciado de Él y de su misión. Pedía le dejase tomar parte en su reino. Jesús le dijo que lo conocía y sabía que él vendría a ser su discípulo. Tomás no quería aceptar esto; decía que no había pensado antes en ello; que no era amigo de apartamiento, y que recién ahora se había decidido por haberse convencido por sus milagros. Jesús le dijo: «Tú hablas como Natanael; te tienes por sabio y hablas neciamente. ¿Acaso el jardinero no conoce sus árboles y el viñatero sus viñas?” Y debiendo Él (Jesús) edificar y plantar un viñedo ¿no habría de conocer a los trabajadores que enviaría a la viña? Habló también de la cosecha de higos de una espina.
Mensajeros de Juan Bautista
Dos discípulos del Bautista enviados por él a Jesús, que habían oído su predicación en la montaña de Meroz y visto sus milagros, hablaron con Jesús y regresaron a Macherus. Pertenecían a los discípulos que se establecieron allí y habían sido catequizados por Juan, antes de su prisión. Eran muy partidarios de Juan y, como no habian visto aún las maravillas de Jesús, Juan los enviaba para que tuviesen ocasión de comprobar la verdad de lo que les había dicho de Jesús. Les enviaba a decir a Jesús que se manifestase claramente diciendo quién era y que fundase su reino sobre la tierra. Ellos dijeron a Jesús que estaban convencidos de todo lo que predicaba y del anuncio de Juan sobre Él; preguntaban si no vendría pronto a librar a Juan de la cárcel. Añadian que Juan confiaba ser librado por Él de su prisión y deseaba que pronto fundase su reino y asi pudiese dejar libre a su maestro. Decían que esta liberación de Juan seria una maravilla más útil que todas las que había obrado en favor de los enfermos. Jesús les dijo que El sabía bien que Juan deseaba verse libre de la cárcel; que pronto sería librado; pero que Juan no creía que Él iría a librarlo de la prisión, puesto que Juan había preparado su camino. Díjole que refiriesen a Juan lo que habían visto y le dijesen que Él cumpliría toda su misión. No sé si Juan sabía que Jesús sería crucificado y que su reino no sería terrenal. Me parece que también él creía que Jesús lograría convertir al pueblo y, librándolo de la dominación extranjera, fundar un reino santo sobre la tierra. Hacia el mediodía fué Jesús con sus discípulos a la ciudad y a la casa de Isacar, donde se habia reunido mucha gente, y estaban los servidores y la mujer ocupados en los preparativos para la comida. Caminando por la parte posterior de la casa de Isacar, se llega a un hermoso lugar donde hay un pozo muy bueno rodeado de edificaciones: a este pozo lo tienen por sagrado puesto que Eliseo lo había bendecido. Se había levantado un hermoso sitial para la enseñanza allí: habían cercado el lugar, rodeándolo de árboles con sombra. Había mucha gente reunida para oír la predicación de Jesús. Se acostumbraba durante el año, especialmente en la fiesta de Pentecostés, tener públicas enseñanzas aquí. Se habían colocado bancos largos, arreglado sitios para cocinar y terrazas para atender a las caravanas de viajeros que venían a las fiestas de Pascua en Jerusalén. La casa de Isacar, que estaba más cerca, tenía el encargo de vigilar el pozo y este lugar con los arreglos que se habían hecho allí. Tenía Isacar una especie de casa de almacenaje para los viajeros. Las caravanas descargaban sus mercaderías y se enviaban a otras partes; de modo que a menudo se albergaban aquí, comían y descansaban muchos viajeros, sin que fuese en realidad una hospedería. Un negocio semejante he visto que tenía el padre de la novia de Caná de Galilea. El hermoso pozo tenía el inconveniente de que el agua estaba muy profunda y costaba trabajo sacarla con las bombas: el agua corría por canales a diversos recipientes que estaban en torno.
Los fariseos y saduceos se irritan contra Jesús
En torno del pozo se había reunido mucha gente por invitación de Jesús y de Isacar. Jesús habló al pueblo del cumplimiento de la promesa, de la proximidad del reino, de la penitencia, de la conversión y de cómo se debe pedir la misericordia de Dios para recibir la gracia y los milagros. Habló de Eliseo que había enseñado aquí, y cómo los sirios, que habían querido prenderlo, fueron heridos de ceguera; Eliseo los llevó de este modo a Samaria, los entregó en manos de los enemigos, y los hizo servir y alimentar por ellos, no permitiendo que los matasen, y cómo luego les devolvió la vista y los condujo de nuevo al rey que los había enviado a prenderle. Todo esto lo explicó y aplicó al Hijo del Hombre y a las persecuciones de los fariseos. Enseñó por largo tiempo de la oración y de las buenas obras; habló de la oración del fariseo y del publicano, y cómo se debían adornar y ungir en los días de ayuno y no pavonearse delante de la gente como observantes y piadosos. El pueblo se sentía muy consolado por esta predicación, pues los pobres eran muy oprimidos por los fariseos y saduceos. Los fariseos y saduceos estaban sumamente irritados al ver esta numerosa asamblea que escuchaba la palabra de Jesús, máxime cuando vieron a Isacar aparecer entre el pueblo, sano, bueno y gozoso, repartiendo con los discípulos la comida a los oyentes que habían colocado sobre los asientos de piedra. El enojo de los fariseos fue tal que no pudieron contenerse y se arrojaron contra Jesús como si quisieran echar sus manos sobre Él. Comenzaron por reprenderle de que curaba en Sábado. Jesús les respondió que le escuchasen quietos hasta el fin. Los colocó en círculo y les repitió lo que ya había dicho en otras ocasiones a los más audaces: “Si tú, en un día de Sábado cayeses en este pozo, ¿no desearías ser sacado de aquí aunque fuese Sábado?” De este modo continuó hablando hasta que, avergonzados, se retiraron de allí. Jesús abandonó con sus discípulos la ciudad, bajando a un valle hacia el Oeste, que corría de Sur a Norte. Isacar se mostró muy generoso en Dothan repartiendo víveres. Mandó asnos cargados de toda clase de comida a los diversos albergues de la comunidad de Jesús y cambió los víveres algo viejos con otros nuevos. Les proveyó también de recipientes, como los he visto en Caná y vasijas de una materia blanca con asa para llevar y colgar: los corchos son como esponja prensada. Estos recipientes tenían una bebida refrescante a base de bálsamo. Isacar entregó a cada discípulo monedas para sus necesidades y para limosna a los pobres. Judas Iscariote y otros discípulos se volvieron a sus hogares. Jesús retuvo a nueve: entre ellos a Tomás, Santiago el Menor, Judas Barsabás, Simón Tadeo, a Cleofás el Pequeño (Natanael), a Manahem y a Saturnino. Cuando Jesús se alejó comenzó entre los fariseos el comentario irónico e hiriente. Decían a las gentes: “Ya veis lo que es Él… Se dejó tratar bien por Isacar… Sus discípulos son unos pobres hambrientos, que se han juntado para ser sustentados por otros... Si Él fuera lo que debía ser, se quedaría en su casa a cuidar a su pobre Madre... Su padre fue un pobre carpintero; pero como a Él no le gusta trabajar, se dió a recorrer el país y a promover desórdenes por todas partes». Cuando Isacar repartía sus bienes, le oí que decía: “Tomad, tomad, por favor. Esto no es mío: pertenece al Padre celestial. Agradeced a Dios. A mí sólo se me han prestado estos bienes”.
Jesús se dirige desde Dothan a Endor
Después de cinco horas de camino llegaron Jesús y sus discípulos, por la noche, a un solitario albergue donde sólo había algunos lechos para descansar. Había un pozo allí cerca, de tiempos del patriarca Jacob. Los discípulos juntaron algunas astillas para hacer fuego. Durante el camino habló Jesús mucho, para enseñanza especialmente de Tomás, Simón, Manahem, Cleofás el Menor y para los recién venidos. Les habló de su seguimiento, de abandonar todas las cosas sin mirar atrás, sino con pleno convencimiento, de lo despreciable que son las cosas y riquezas terrenas: que todo lo que abandonarían ahora lo iban a encontrar centuplicado en el reino de los cielos. Les dijo que midieran sus fuerzas para ver si se sentían con ánimo de dejarlo todo. A algunos de los discípulos no les había agradado la presencia de Judas Iscariote, especialmente a Tomás. Se lo dijo claramente a Jesús: “Este Judas de Simeón no me agrada; con toda facilidad dice hoy sí, para decir mañana no”. Preguntó por qué lo habia recibido ya que había sido insoportable para otros. Jesús dió una respuesta evasiva, como diciendo que esto como otras cosas estaban ya desde la eternidad en los juicios de Dios. Cuando los discípulos se hubieron retirado al descanso, Jesús salió solo para orar en la montaña. A la mañana vinieron algunos de la vecina ciudad de Sunem, que está a un par de horas al Este, y le rogaron quisiera visitar su ciudad, pues tenían a niños gravemente enfermos, rogándole quisiera sanarlos. Ya le habían esperado otras veces. Jesús contestó que por ahora no podía ir, porque otros le esperaban; que les enviaría a algunos discípulos. La gente replicó que no tenía confianza en ellos: que ya habían estado otros con ellos y no habían podido sanarlos. Le rogaban viniese Él mismo. Jesús les dijo que tuviesen paciencia por el momento, y se despidieron de Él. Jesús se dirigió con los suyos a Endor. En el camino de Dothan a Endor se encuentran dos pozos de Jacob, en los cuales solían abrevar sus ganados. Por este motivo tenían frecuentes disputas con los amorritas. En Jezrael, cerca de Endor, tenía Lázaro una posesión. Joaquín y Ana tenían un campo hacia el Noreste de Endor, adonde Ana acompañó a María en su camino a Belén. De este campo fue el asnillo que le dieron a José y que precedía libre a José y María en su camino a Belén. Joaquín tenía un campo del otro lado del Jordán, hacia el desierto y el bosque de Efraim, no lejos de Gaser. Allí se había ocultado Joaquín para orar cuando salió tan triste del templo de Jerusalén. Allí recibió la orden de marchar a Jerusalén, donde lo encontró Ana en la puerta dorada. Jesús quedó delante de Endor en una hilera de casas, y enseñó. A ruego de varios entraba en las casas para sanar a los enfermos, a algunos de los cuales los habían traído desde Endor. Había entre ellos algunos paganos que se mantenían algo alejados. Un pagano de Endor se acercó a Jesús, con un niño de siete años, que tenía un demonio mudo tan fiero que a veces debían tener atada a la criatura. Cuando el hombre se acercó, el niño se enfureció, se soltó de las manos del padre y se ocultó en una cueva de la montaña. El padre se hincó delante del Señor y le expuso su miseria. Jesús se dirigió a la cueva y mandó al niño que se presentase. Vino muy humilde y se echó a los pies de Jesús, que le impuso las manos y mandó al demonio que saliese de él. El niño cayó como en un desmayo, y salió el diablo de él en forma de un oscuro vapor. Se levantó entonces el niño y corrió hacia su padre, hablándole. El padre lo abrazó y ambos se hincaron delante de Jesús, dándole gracias. Jesús amonestó al padre y le dijo que ambos fuesen a Ainón y se dejasen bautizar. Jesús no entró en la ciudad de Endor. En esta parte exterior de la ciudad había mejores edificios que adentro. Endor parece una ciudad muerta, porque una parte está llena de edificios caídos y ruinosos. Crece la hierba en las calles. Viven allí muchos paganos que parecen estar obligados a algún trabajo público. Los pocos judíos ricos que hay, miran a través de sus ventanas y vuelven la cabeza como si temieran les robasen por detrás su oro y sus riquezas. Desde aquí se dirigió Jesús hacia el Noreste, como a dos horas de camino, a un valle que come desde Esdrelón al Jordán por la parte Norte de las montañas de Gelboé. En este valle está, sobre una montaña, como una isla, la ciudad de Abez, rodeada de jardines y alamedas. Un río corre delante y al Este, en el valle, hay un pozo hermoso, que llaman de Saúl, porque aquí fué herido este rey. Jesús no entró en la ciudad, sino que anduvo por la parte Norte, en la ladera de la montaña, hasta una hilera de casas entre jardines, huertos y campos cultivados donde había montones de haces de trigo. Jesús entró en un albergue donde lo esperaban parientes de edad, hombres y mujeres. Le lavaron los pies y le ofrecieron un hospedaje sincero y de corazón. Eran quince: nueve hombres y seis mujeres, Le habían avisado de antemano que querian reunirse con Él en este lugar. Algunos tenían hijos y criados consigo. Casi todos eran de edad, parientes por Ana, por Joaquín o por José. Uno era medio hermano de José, y habita en el hermoso valle de Zabulón; el otro era el padre de la novia de Caná; otros eran parientes de Ana, de Séforis, donde había Jesús sanado al niño ciego de uno de ellos en su última estada en Nazaret. Todos habían llegado montados en asnos para tener el gusto de ver y de hablar con Jesús. Expresaron el deseo de que se estableciese en un lugar fijo para no tener que estar expuesto a las incomodidades de sus continuos viajes: se ofrecían a buscarle un lugar tranquilo donde pudiese enseñar y donde no le molestasen los farìseos. Le pintaron con vivos colores el peligro a que se exponía, porque los fariseos y otras sectas estaban muy ìrritados con su predicación. “Reconocemos, decían, tus obras maravillosas; pero elige Tú una morada fija donde puedas enseñar en paz, para que no estemos siempre inquietos por tu causa». Empezaron a nombrar varios de los lugares más apropiados. Todo esto lo hacían llenos de amor y de sencillez por amor de Jesús. Estaban preocupados por las malignas cosas que oían sobre Jesús. Jesús les contestó con fuerza, aunque lleno de amor, muy diferente de lo que hablaba con el pueblo y aún con los discípulos. Les dijo con claridad que se cumplían los tiempos de la promesa y que Él debía cumplir la voluntad de su Padre que está en los cielos. Dijo que no habia venido para descansar, ni para algunos solamente, ni para sus parientes solos, sino para todos los hombres. Añadió que el amor no puede estarse quieto: quien desea ayudar a los necesitados debe buscarlos; las comodidades de esta vida no le interesaban; que su reino no era de este mundo. Se dio mucho trabajo para explicar a estas buenas gentes, que lo admiraban cada vez más y comprendieron algo mejor. El amor que le tenían y su admiración creció. Paseó con algunos de ellos por las montañas, y a la sombra de los árboles les enseñaba y consolaba. Luego habló de nuevo con todos juntos. De este modo pasó todo el día. Después todos juntos tomaron una cena muy parca, de pan, miel y frutas secas que habían traído consigo. La misma noche le trajeron los discípulos a un joven hijo de un maestro de Endor. Era un estudiante y quería ser maestro en una de las escuelas del lugar. Pidió a Jesús le recibiese como discípulo porque había estudiado; podía ser empleado en seguida en algo y así le pedía una ocupación. Jesús le dijo que esto no podía ser: que la ciencia que Él buscaba era de otra clase y que, por lo demás, estaba muy apegado a la tierra. Esto diciendo lo desechó como discípulo. Al día siguiente, hacia el mediodía, partieron los parientes hacia el monte Tabor, donde se dividirían en diversas direcciones. Jesús había conseguido consolar, fortalecer y convencer a todos esos buenos y ancianos parientes. No habían entendido todo, pero se aquietaron y partieron convencidos que habían oído palabras divinas; que obraba bien haciendo así y que conocía su misión mejor de lo que ellos lo entendían. Más conmovedor aún que el encuentro fué la despedida: entre lágrimas de ternura y con tierna conmoción se despedían, con sonrisas, lágrimas y señales con la mano; montados ya en sus asnos se saludaban; algunos marchaban a pie, con largos bastones de camino y los vestidos ceñídos; iban en dirección del valle. Jesús y los suyos los acompañaron un trecho, después de haberles ayudado a empaquetar la ropa y subir a los asnos.