En esta sección:
Jesús sana a la suegra de Pedro. Humildad del apóstol
Jesús salió sin tardanza con los discípulos y se dirigió a lo largo de la montaña hacia la casa de Pedro, junto a Bethsaida: lo habían llamado con urgencia pues parecía que la suegra de Pedro estaba a punto de morir. Su enfermedad había aumentado y tenía fiebre muy alta. Jesús entró en su cámara. Estaba allí creo que la hijastra de Pedro. Jesús se acercó a la cama y se inclinó, medio de pie y medio sentado. Habló algunas palabras con ella y puso su mano sobre la cabeza y el pecho, y ella quedó sosegada completamente. Luego de pie, delante de ella, la levantó de la mano hasta sentarla, y dijo: «Dadle de beber», y la hijastra de Pedro le dio de beber en una taza en forma de nave. Jesús bendijo la bebida, y le mandó levantarse, y ella se levantó de su camilla baja. Estaba toda envuelta y tenía además un amplio vestido de dormir. Dejó los lienzos, se levantó y dio gracias al Señor, y con ella toda la casa. Durante la comida esta mujer sirvió en la mesa con las otras mujeres y estuvo del todo sana Después de esto fue Jesús con Pedro, Andrés, Santiago, Juan y otros discípulos más al lugar de pesca de Pedro, junto al mar, y habló allí especialmente de que pronto deberían dejar esta ocupación para seguirle a Él sólo. Pedro se asustó enteramente, se echó a los pies del Señor y le pidió que mirase a su ignorancia y su flaqueza, y no pidiese que tomase parte él en cosas tan importantes, que no era digno de esos asuntos tan grandes ni era capaz de instruir a otros. Jesús le contestó que no tuviese preocupación mundana alguna. y que Aquél que daba salud a los enfermos daría también fuerza, alimento y lo necesario para cumplir su misión. Los otros estaban del todo conformes. Sólo Pedro, en su humildad, no podía comprender como él, pobre pescador, pudiera ser otra cosa que pescador y no maestro. No era todavía el llamamiento que está en el Evangelio: este llamamiento no había tenido lugar aún. Con todo, desde entonces Pedro daba al Zebedeo su oficio más que antes, Después de este camino junto al mar se fue Jesús hacia Cafarnaúm y encontró muchos enfermos en la casa de Pedro, cerca de la ciudad. Sanó a varios de ellos y enseñó en la sinagoga. Cuando a la tarde la multitud aumentó más todavía, Jesús se retiró casi sin ser notado y se fue solo hacia un barranco natural agradable que se extendía al Sur de Cafarnaúm, desde la posesión de Serobabel hacia la de su siervo y de sus trabajadores. En esta garganta había cuevas, arbustos, fuentes de agua y eran guardados allí muchos pájaros y animales raros. Era como una selva conservada por la mano del hombre, perteneciente a Serobabel. Por un lado estaba abierta a todos, como parte de ese país de recreo que era el de Genesaret. Jesús pasó allí la noche en oración, sin que sus discípulos lo supieran. He visto que levantaban aquí la segunda cosecha del país. Por la mañana muy temprano dejó Jesús el lugar. No volvió a Cafarnaúm, sino que mandó a Pedro, quien con otros discípulos lo habían estado buscando, que le enviase a los discípulos Pármenas, Saturnino. Aristóbulo y Tharzissus a un determinado punto donde se juntaría con ellos, y marchó luego hacia los baños de Betulia. Recorrió las alturas donde está situada Magdalum, a un par de horas al Este, a su izquierda. Al Mediodía está la ciudad de Jotapata.
Jesús en los baños de Betulia. Entretenimientos
Al principio creí que Jesús iba hacia Gennebris, como a tres horas al Oeste de Tiberíades. Pero no fue allá. sino al Norte del valle, al pozo de Betulia. Muchos nobles y ricos de Galilea y de Judea tienen aquí sus casas de campo y sus jardines, donde pasan temporadas en la hermosa estación del año. Al Mediodía del mar, en la ladera Norte de la altura de Betulia, hay una hilera de casitas con baños calientes. Los baños del Este son más calientes: los del Oeste son apenas tibios. Estos baños tienen un estanque grande común y en derredor celdas y entradas individuales, donde se puede yacer en gamellas altas y bajas, y se puede pasar al estanque común. Hay muchas posadas y casas que se pueden alquilar por la temporada con sus jardines y todo lo necesario. Las entradas son para el bienestar de Betulia y los de la ciudad administran el negocio y arriendo de casas. El lago es aquí muy claro y se ven los fondos de piedras blancas muy hermosas. Las aguas del estanque vienen del Oeste y luego salen hacia el valle de Magdalum. El estanque está lleno de pequeños esquives que a distancia parecen ánades que nadan. En la parte Norte están las viviendas de las mujeres mirando al Mediodía. Los senderos y los recreos se unen en el río que allí afluye al lugar de juego de los hombres. El valle está inclinado por ambos lados suavemente hacia el mar. Desde las habitaciones y los baños se extienden en torno sendas de comunicaciones. avenidas y caminos sombreados por árboles; el suelo está cubierto de hierba alta, verde, con jardines de frutas, picaderos y lizas. El panorama es espléndido, lleno de colinas, rebosantes de verdor, con mucha fruta, especialmente uvas. Se hace ahora la segunda cosecha del año. Jesús permaneció cerca de la parte del lago donde había un albergue de viajeros. Se reunió la gente junto a Él y Jesús enseñó delante del albergue con mucha mansedumbre. Había muchas mujeres oyendo la predicación. A la mañana siguiente he visto acercarse muchas pequeñas embarcaciones del Mediodía del lago donde estaban los baños; un grupo de los principales hombres venían a invitar a Jesús a pasar al otro lado a enseñar. Jesús accedió y se hospedó en un albergue donde se le dio alimento. Enseñó por la mañana al fresco y por la tarde en una colinita, delante del albergue, bajo la sombra de los árboles. La mayor parte de los oyentes estaba de pie en torno de Él, y de otro lado las mujeres con velos. Reinaba aquí un orden agradable. La mayor parte era gente bien inclinada, que se mostraba alegremente educada y buena. Como no había aquí partidos, nadie se guardaba del otro para manifestar a Jesús su reverencia y su respeto, y todos lo trataron con suma consideración. Cuando lo hubieron escuchado se manifestaron muy contentos y satisfechos. Enseñó con ocasión de la purificación por medio de las aguas, de la amistad que reinaba aquí entre la sociedad, de la igualdad y del sentimiento de confianza que se notaba entre ellos. Pasó a hablar del misterio de las aguas, de la purificación de los pecados, del agua del bautismo, de Juan, de la hermandad de los bautizados y de los convertidos. Usó varias comparaciones del hermoso tiempo del año, del paisaje, de las montañas, de los árboles, de los frutos y del ganado que pacía por los campos, en, fin, de todo lo que estaba a la vista. He visto que los oyentes se iban cambiando ordenadamente, turnándose, y Jesús repetía sus comparaciones y enseñanzas a los nuevos grupos. He visto enfermos de gota que se arrastraban en torno. La mayor parte de esta gente eran empleados y oficiales que se recreaban. Los conocí en sus vestidos cuando abandonaban el lugar y se marchaban a su oficio o empleo. Cuando estaban aquí todos vestían igual: los hombres de fina lana amarilla, como en sacos de cuatro partes distintas que llegaban hasta la rodilla; los pies calzados con sandalias y otros sin ellas. La parte superior del cuerpo la tenían cubierta por una especie de escapulario abierto a los lados con una ancha faja en la cintura. En los hombros llevaban una tela hasta el codo y la cabeza la tenían descubierta. Estos hombres se entretenían en diversos juegos: peleaban con espadas de palos y corazas de hojas tejidas; se acometían en filas unos contra otros tratando de desalojarse de sus filas. Corrían carreras hasta un punto fijo o saltaban sobre cuerdas tendidas o con sortijas de las cuales colgaban toda clase de objetos brillantes. Corrían a través de arcos donde colgaban objetos que no debían tocar, pues sonaban al contacto y caían al suelo y así perdían el juego según el número de objetos caídos. Jugaban por frutas. Unos tocaban flautas, y otros tenían unos tubos largos a través de los cuales miraban a distancia o el paisaje del mar, y con los mismos, soplando adentro, arrojaban flechas contra los peces. He visto que estos tubos los arrollaban como anillos para tenerlos colgados al brazo. He visto que ponían bolitas de vidrio de color sobre la punta de estos tubos y luego, moviéndolos contra el sol, se espejaba en ellos el paisaje, pero al revés, y parecía que el mar estaba sobre sus cabezas y desaparecía. Con esto y otros entretenimientos se alegraban y divertían. Había frutas muy hermosas, especialmente uvas, y he visto que algunos, con toda reverencia y agrado, traían a Jesús y le ofrecían las mejores frutas. Las viviendas de las mujeres están del otro lado del lago, aunque los baños están de este lado, pero más hacia el Oeste, de modo que de la parte de los hombres no se ve allá. En la orilla del estanque he visto niños vestidos de lana blanca que guiaban y hacían nadar de un lado a otro con sus ramitas de sauce variopintas a bandadas de aves acuáticas. El agua del lago y del mar es bombeada hasta arriba, a los baños de los albergues, y allí apresada en regueras y levantada de nuevo. He visto a las mujeres entretenidas en diversos juegos sobre la pradera. Estaban vestidas con toda modestia, con largas vestimentas de lana blanca, de muchos pliegues y dos fajas que las sujetaban. Las mangas anchas podían ser levantadas o bajadas y en torno de las manos tenían gorgueras con muchos pliegues. Llevaban una especie de gorra con plumas de seda o plumas naturales, que en círculos cada vez más estrechos cubrían toda la cabeza; detrás estaba recogida y colgaba hacia abajo terminando con una borla. No llevaban velo, pero sí delante de la cara como dos partes de un abanico transparente, que les cubría hasta la nariz y que tenía dos aberturas para los ojos. Podían bajarlo o retirarlo según lo deseaban, para protegerse contra el sol. En presencia de los hombres llevaban este antifaz siempre bajo. He visto que estas mujeres practicaban un juego alegre. Cada una de ellas llevaba sujeta en su faja en torno del cuerpo un lazo y con una mano sujetaban el lazo de la vecina, teniendo la otra mano libre. En la pradera había oculto un dije o una alhaja y el círculo iba dando vueltas en torno hasta que viendo una de las mujeres la alhaja, se inclinaba para tomarla; las demás daban vuelta prontamente al círculo y mientras otra se inclinaba para alcanzar la alhaja, debían sostenerse para no caer una sobre otra; a veces caían a pesar del esfuerzo por sostenerse, y entonces era la risa y la diversión de todas.
Jesús en Betulia
Betulia está situada a una hora y media al Sur del mar, en una altura bastante solitaria y agreste. Tiene arriba una gran torre y muchos muros derruidos. Debe haber sido más grande y más fuerte en otra época; ahora crecen árboles y plantas sobre estos muros y se podría ir con carros encima de ellos. Desde el lugar de los baños he visto gente que paseaban sobre estas ruinas, sobre la montaña. Aquí es donde estuvo Judith. El ejército de Holofernes se extendía desde el mar, a través de la garganta de Jotapata, hasta Dothán, algunas horas al Mediodía de Betulia. Aqui había gentes de la ciudad de Jotapata; pero no oyeron la predicación de Jesús, sino que volvieron a Jotapata y contaron allí que Jesús estaba en el lugar de los baños. Jotapata está situada a una hora y media de aquí al Este, caminando al Mediodía, edificada en una entrada de la montaña como en una cueva. Delante tiene una montaña desde la cual se puede ir a la ciudad a través de agrestes y profundas excavaciones. Está edificada en una quebrada, mientras la montaña está arriba. Al Norte de esta montaña, como a dos horas de distancia, está Magdalum, al borde de un precipicio, y sus alrededores de avenidas, jardines y toda clase de torres se extienden hasta la mitad del precipicio. Entre la montaña y Magdalum existen los restos de unos canales de agua que ahora están cubiertos de hierbas y a través de sus arcadas se puede contemplar el panorama de los alrededores. Al Sur de Jotapata se ve una montaña agreste y a derecha e izquierda hay barrancos. Era una espléndido escondrijo. Vivían aquí muchos herodianos. quienes en un muro de la fortaleza tenían sus reuniones secretas. Esta secta se componía de gente muy avisada, prudente, ilustrada y se regía con superior secreto. Tenían señales misteriosas por las cuales se conocían y los jefes podian saber si algún miembro traicionaba en algo a la sociedad; no recuerdo ahora en qué forma lo llegaban a saber. Eran enemigos secretos de los romanos y se comprometían a trabajar por la causa de Herodes. Aunque eran secretamente secuaces de los saduceos, pasaban por fariseos y pensaban utilizar ambos partidos para sus fines. Sabían bien que era el tiempo del Rey de los judíos y pensaban sacar provecho de esa general creencia. En lo exterior eran en general mansos y amables, pero en lo interior maquinaban traiciones. En cuanto a religión, no tenían ninguna; pero bajo pretexto de religión trabajaban por un reino temporal libre de los romanos. Herodes los favorecía de todas maneras. Cuando los de la sinagoga de Jotapata conocieron la cercanía de Jesús mandaron algunos herodianos a los baños de Betulia, para espiarlo e invitarlo a ir a Jotapata. Jesús no les dio una respuesta clara. Habían llegado también unos siete discípulos de Jesús, que antes anduvieron con Él algunas semanas. Eran discípulos antiguos de Juan, algunos parientes de Hebrón y uno de los sobrinos de la Pequeña Séforis. Lo habían buscado en Galilea y lo encontraron aquí en Betulia. He visto a Jesús durante el día tratar con familiaridad a algunos: deben ser algunos de sus secuaces. Cuando los herodianos volvieron a su ciudad, se preparó al pueblo para el caso que Jesús fuese a predicar. Se le dijo al pueblo que era posible que el profeta de Nazaret viniera para el próximo Sábado desde Betulia a Jotapata; que había hecho un gran espectáculo el Sábado pasado en Cafarnaúm y el Sábado anterior en Nazaret. Se les avisaba para que no se dejasen seducir ni aclamarlo; no dejarlo hablar mucho tiempo, y que no bien dijera algo incomprensible o extraño, se le interrumpiera con voces y susurros; así se preparaba al pueblo para la llegada de Jesús. Jesús, entretanto, tuvo una sencilla conversación en los baños de Betulia. Había muchos hombres en torno de Él y Él iba en medio de ellos. Detrás y a cierta distancia había enfermos de gota que necesitaban los baños termales del lugar y que no se habían atrevido a acercarse a Jesús. Éste repitió lo que había dicho ayer y anteayer y los exhortó a la limpieza de los pecados. Todos lo amaban aquí y algunos dijeron: «Señor, en verdad, el que te escucha no puede contradecirte». Jesús preguntó: «Vosotros habéis oído hablar mucho de Mí o me habéis oído. ¿Qué pensáis que soy Yo?» Respondieron algunos: «Señor, Tú eres un profeta». Otros: «Tú eres más que un profeta. Ningún profeta ha enseñado como tú, ninguno ha obrado lo que Tú obras». Otros callaban. Y Jesús, que veía lo que pensaban los que callaban, dijo, mirándolos: «Éstos tienen razón». Uno de ellos dijo: «Señor, Tú lo puedes todo. ¿Es todo verdad? Algunos dicen que has resucitado a los muertos, a la hija de Jairo». Se refería al Jairo de una ciudad no lejos de Gibea, donde había sido catequizado aquel pueblo tan perdido. Jesús respondió: «Sí». Y aquél habló todavía preguntándole por qué vivía aquel hombre en lugar tan perdido. Habló Jesús entonces de la fuente en el desierto, y que es natural y bueno que los flacos tengan un guía. Como los hombres lo trataban con tanta familiaridad, Jesús preguntó: «¿Qué sabéis vosotros de Mi? ¿Qué os dicen de malo sobre mi Persona?» Dijeron algunos: «Dicen que Tú no dejas de obrar en día Sábado y sanas a los enfermos». Entonces señaló Jesús un estanque lleno de juncos, donde había unos niños de pastores que cuidaban corderitos y animalitos pequeños, y dijo: «Mirad a los pequeños pastores y a esos tiernos animalitos. Si uno de esos corderitos cae en el pantano ¿no quedan los otros allí balando y dando voces tristes? Y si esos niños no pudieran ayudar a ese corderito y pasara en día de Sábado, el Hijo del dueño de esos corderitos, mandado expresamente para ayudar a esos corderos y apacentados, ¿no se compadecerá de esos corderos y los sacará del pantano?» Entonces levantaron todos las manos en alto, como los niños en el catecismo, y dijeron: «Sí, sí, lo hará». «¿Y si en lugar de ser corderitos, fuesen hijitos del Padre celestial los caídos? … ¿si fuesen vuestros hermanos? … ¿si fueseis vosotros mismos? … ¿No debería el Hijo del Padre celestial ayudar a esos hermanos? … » Todos clamaron de nuevo: «Sí, sí». Luego, señalando a los hombres enfermos que estaban a distancia, dijo Jesús: «¿Veis a esos hombres enfermos? ¿No deberé ayudarlos si me lo piden en día de Sábado? ¿No deben obtener perdón de los pecados, si lo piden en día de sábado? ¿No podrán el Sábado arrepentirse y clamar al cielo?» Levantaron todos las manos y dijeron: «Sí, sí». Entonces Jesús llamó a aquellos enfermos, que se acercaron pesadamente a Él. Les dijo algunas palabras de fe, oró con e llos y les mandó: «Extended vuestras manos». Extendieron entonces las manos contraídas hacia Él. Jesús pasó las manos sobre sus brazos, sopló sobre sus manos solo un momento, y ellos se sintieron sanos y pudieron mover sus brazos y manos. Jesús les dijo que fueran a bañarse y les mandó abstenerse de ciertas bebidas. Ellos se echaron de rodillas, dieron gracias y toda la reunión se deshizo en alabanzas y acción de gracias.
Jesús en Jotapata
Como Jesús quisiera alejarse de allí, le rogaban se quedase algún tiempo más; se mostraban llenos de amor y se sentían muy conmovidos. Jesús les dijo que tenía que ir a otros lugares para cumplir su misión; le acompañaron un trecho del camino en compañía de sus discípulos, y luego los bendijo y se dirigió a Jotapata como a hora y media hacia el Este. Era la tarde cuando Jesús llegaba. Delante de la ciudad se lavó los pies y comió en un albergue. Llegados a Jotapata los discípulos precedieron y fueron a pedir las llaves de la sinagoga al jefe de ella para el Maestro que quería enseñar. Acudió mucha gente. Los fariseos y los herodianos estaban llenos de expectativa para espiarlo en su enseñanza. Cuando estuvo en la sinagoga le hicieron preguntas sobre la proximidad del reino, sobre la cuenta y el cumplimiento de las semanas de Daniel y sobre la venida del Mesías. Jesús tuvo una larga enseñanza de esto demostrando el cumplimiento de las profecías y el término del tiempo, que era el presente. Habló de Juan y de su profecías. Dijeron ellos, en tono hipócrita, que en sus enseñanzas y modo de obrar observase los usos de los judíos, que mirase por Sí ya que sabía que Juan había sido tomado preso. Lo que El dijo del cumplimiento de las semanas de Daniel y de la proximidad del Mesías y Rey de los judíos era exacto y era también el parecer de ellos; pero que no veían al Mesías por ningún lado por donde mirasen. Jesús había declarado las profecías en general sobre su Persona y ellos lo habían entendido así; pero se hacían los ignorantes. como que no hubiesen entendido. Deseaban que Él dijese claramente que era el Mesías para acusarlo. Díjole entonces Jesús: «¡Vosotros estáis fingiendo y sois hipócritas! Os apartáis de Mí y me aborrecéis. Vosotros espiáis mis palabras y queréis con los saduceos hacer un nuevo complot como en la Pascua pasada en Jerusalén. ¿Qué me estáis diciendo que me guarde de Herodes y me recordáis la prisión de Juan?» Luego les mencionó a la cara todos los crímenes de Herodes, todos sus asesinatos, su temor en presencia del recién nacido Rey de los judíos, su execrable matanza de los inocentes y su abominable fin, como también los crímenes de su sucesor, el adulterio de Antipas y la prisión de Juan. Habló también de la hipócrita y secreta secta de los herodianos, que están en combinación con los saduceos, y dijo qué Mesías y qué reino de Dios esperaban. Señaló en diversas direcciones y añadió: «No podrán nada contra Mí mientras no haya cumplido mi misión. Aún tengo que atravesar dos veces la Samaria, la Judea y la Galilea. Habéis visto grandes prodigios en Mí: veréis aún más grandes y quedaréis ciegos, a pesar de todo». Luego habló del juicio, de la matanza de los profetas y del castigo sobre Jerusalén. Los herodianos, que se guardaban de aparecer a la luz, se pusieron pálidos cuando Jesús habló de los crímenes de Herodes y publicó los secretos intentos de la secta. Callaron y abandonaron poco a poco la sinagoga, como también los saduceos que tenían en sus manos la escuela. No había aquí fariseos. Cuando estuvo solo con los siete discípulos y el pueblo, enseñó largo tiempo aún. Muchos estaban conmovidos y decían que jamás habían oído tal enseñanza, y que Jesús enseñaba mejor que sus maestros. Éstos se mejoraron y más tarde le siguieron. Una parte considerable del pueblo, en cambio, asustado por los herodianos, murmuraban e hicieron tumulto. Entonces abandonó Jesús la ciudad y se fue caminando con sus discípulos hacia el Sur, por el valle, y subiendo en un par de horas un campo de cosecha entre Betulia y Gennebris, entró en la casa espaciosa de un pastor del lugar. En esa casa había gente buena que ya le conocía. Las santas mujeres solían pernoctar aquí frecuentemente cuando iban camino de Betania, y los mensajeros paraban cuando iban y venían con partes de Jesús y de las santas mujeres.
Jesús en el campo de cosecha de Dothaim
Jesús enseñó aquí en este campo haciendo comparaciones sobre el corte, la cosecha y el arado de las espigas: es el mismo campo donde más tarde, pasando con sus discípulos. tomó algunas espigas desgranándolas para comerlas. Él iba de un grupo a otro de los trabajadores y hablaba del sembrador y del campo pedregoso. porque el suelo estaba aquí también lleno de piedras. Decía que Él había venido para juntar los buenos granos, y contó la parábola de la cizaña entre el buen grano. Comparó la cosecha con el reino de Dios. Contaba la parábola en los descansos del trabajo e iba de un campo a otro. Los tallos quedaban allí altos; sólo las espigas eran cortadas y atadas en forma de cruz. Por la tarde tuvo una gran enseñanza delante de todos los trabajadores, terminada la cosecha, en una colinita. Con ocasión de un arroyo que allí corría, habló del curso manso y tranquilo que trae bendición, de la gracia que pasa, expresando que se debe dirigir esa gracia sobre el campo de nuestro corazón. Después envió a dos discípulos de Juan hacia Ainón para que dijesen a los discípulos que allí estaban se fuesen a Macherus a tranquilizar al pueblo, pues sabía Jesús que se había producido un gran tumulto en Macherus por causa de Juan. En efecto, habían llegado muchos bautizandos a Ainón, y cuando oyeron que el profeta había sido tomado preso por Herodes, se dirigieron a Macherus y muchos empezaron a clamar que dejasen libre a Juan, que tenía que enseñar y bautizar; arrojaron también piedras contra el castillo de Herodes, quien dio a entender que no estaba allí, mientras mandó a cerrar bien las puertas por los guardias. Por la tarde enseñó Jesús en otra casa de pastores, cerca de Gennebris, haciendo comparaciones, entre otras la del grano de mostaza. El hombre en cuya casa se alojaba se quejó con Jesús de un vecino que le había hecho mucho daño desde hacía tiempo en su campo, obrando contra justicia. Jesús fue con el hombre al campo pidiéndole que indicara dónde y cuánto era el daño padecido. Era un pedazo bastante considerable de campo el que se le había quitado y el hombre se lamentaba de que no podía entenderse con su vecino. Jesús le preguntó si con lo que tenía podía aún mantenerse él y su familia, y el hombre respondió que sí, que tenía una buena entrada, a pesar de todo. Replicó entonces el Señor que nada había perdido; que nada nos aprovecha, mientras se tiene para pasar la vida, eso basta; que aún diese más a aquel hombre insaciable para que contentase su hambre de bienes terrenos. Le dijo que todo lo que él dejase aquí con ánimo alegre para mantener la paz, lo encontraría de nuevo en su reino; que aquel hombre obraba de conformidad con su ideal, que era tener un reino sobre la tierra, y crecer y prosperar en este mundo y que nada quería saber de otro reino; que tomase una enseñanza del proceder de aquel hombre y viera donde convenía engrandecerse y que procurase adquirir y aumentar, los bienes en el reino de Dios. Jesús tomó como punto de comparación un río, del cual dijo: si es impetuoso de un lado, come y saca tierra, destruyendo, y el otro, bien dirigido, puede fertilizar la tierra. Era una comparación como la del mayordomo, en cuya parábola se puede ver el deseo de riquezas y la avaricia terrena conseguidas con astucia y engaño, y lo que debe hacer el bueno para obtener los bienes espirituales. El bienestar temporal y terreno se ponía frente al espiritual y celestial. La enseñanza era algo velada, pero era para el caso de los judíos y su religión; porque todo lo entendían y lo apreciaban terrena y corporalmente. Era este el campo donde estaba el pozo de José, y Jesús contó un pleito semejante del Antiguo Testamento en el cual Abraham le dio de lo que pedía a Loth. Jesús, explicando esto mismo, dijo: «¿Dónde están los hijos de Loth? En cambio, ¿no recibió Abraham todo por haber dejado aquello? ¿No se debe hacer, acaso, como Abraham? ¿No se le ha prometido a él el reino? ¿No lo ha recibido acaso?» Y aquel reino no es sino una figura del reino de Dios, y el pleito de Loth contra Abraham es una figura del pleito de este hombre con su vecino: que obre entonces como Abraham y se asegure el reino de Dios. Jesús citó el pasaje de esta cuestión entre Loth y Abraham (I Moisés, 13-7). Y habló largo tiempo de este asunto y del reino de Dios delante de todos los trabajadores reunidos después de la cosecha. Aquel injusto dueño del campo estaba presente con sus ayudantes; pero se mantuvo silencioso, a cierta distancia. Había este hombre aleccionado a los suyos para que interrumpieran a Jesús con algunas preguntas importunas. Así uno de ellos preguntó qué es lo que al fin pretendía con su enseñanza y qué debería sacarse de todo eso. Jesús le contestó de modo que nada pudieron hacer con la respuesta. Dijo algo así como lo siguiente: «Para unos será esta enseñanza larga, para otros será corta», y siguió haciendo comparaciones de la cosecha, del sembrador, del recoger las mieses, del desechar la cizaña, y luego del pan y de la comida de la vida eterna El hombre que recibió a Jesús siguió sus enseñanzas: no sólo no acusó a su vecino, sino que puso sus bienes a disposición de la comunidad cristiana, y sus hijos fueron discípulos de Jesús. Había aquí mucha conversación sobre los herodianos, quejándose la gente de que todo lo espiaban y que hacía poco habían acusado y llevado a los tribunales de Jerusalén a varios adúlteros de aquí y de Cafarnaúm y que serían juzgados. Deseaban que semejante gente fuera alejada de entre ellos, pues no podían conformarse de verse siempre espiados por los herodianos. Jesús habló abiertamente contra estos herodianos. Dijo a las gentes que se guardasen del pecado, pero también de los juicios e hipocresía de los demás. Que debe reconocer cada uno sus propios pecados antes de juzgar a los demás. Habló de la mala condición de esta gente y enseñó conforme al capítulo de Isaías, que se había leído el Sábado pasado en la sinagoga, referente de los perros mudos que no ladran, que no evitan los pecados y que desgarran a las gentes y les dijo que esos herodianos acusaban y llevaban a Jerusalén a los adúlteros, mientras su jefe y amigo Herodes vivía en adulterio. Enseñó también a las gentes cómo reconocerían a los herodianos. Había aquí en diversas chozas en los alrededores algunos enfermos y baldados por accidentes de trabajo. Jesús visitó estas chozas y sanó a los buenos y les dijo que fuesen a su enseñanza y al trabajo. Ellos así lo hicieron, dando gracias y cantando alabanzas a Dios.