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Herodes y Juan en Macherus
Jesús envió desde aquí otros pastores hacia Macherus con encargo para los discípulos de Juan de decir al pueblo reunido en Macherus, que se dispersase: que este tumulto era ocasión de más dura prisión para Juan y podía ser causa de su muerte. Herodes y su mujer estaban entonces en Macherus. He visto que Herodes hizo llamar a su presencia a Juan Bautista. Herodes estaba sentado en una gran sala cerca de la prisión de Juan, rodeado de guardias, de empleados y de escribas, especialmente de herodianos y saduceos. Juan fue traído a través de un pasadizo a esta sala y estaba de pie delante de la gran puerta abierta entre los guardias. He visto a la mujer de Herodes, con gran osadía y desvergüenza y con sorna, pasar delante de Juan para ir a sentarse en su elevado asiento. Esta mujer tenía en el rostro un aspecto diverso de las mujeres judías. Todas sus formas eran mordaces y agudas; su misma cabeza en forma aguda y sus modales siempre en movimiento. Era hermosa y bien desarrollada; en su traje muy atrevida y provocativa y muy ceñidos al cuerpo sus vestidos. Debía ser ocasión de escándalo para toda persona bien nacida, porque cautivaba con sus ojos la atención de las personas. Herodes preguntó a Juan que le dijese claramente lo que pensaba de Jesús, que promovía tanto tumulto en Galilea: quién era, si Él venía a ocupar su lugar, ya que había oído decir que él (Juan) había anunciado su venida; que hasta ahora no había prestado mayor atención a ese anuncio; que ahora le dijese claramente todo su parecer, puesto que ese Hombre, decía Herodes, habla cosas maravillosas, habla de un reino, se llama Hijo de un Rey en sus comparaciones, a pesar de que se sabe que es hijo de un pobre carpintero. Entonces vi cómo habló Juan como si estuviese delante del pueblo, con voz entonada y fuerte, dando testimonio de Jesús. Dijo que él no era sino un preparador de los caminos; que él no era nada en su comparación; que nadie había sido ni podía ser lo que Él era, ni siquiera los profetas; que era el Hijo del Padre, el Cristo, el Rey de los Reyes, el Salvador y Restaurador del reino; que no había fuerza alguna contra Él, que era el Cordero de Dios que lleva los pecados del mundo, y otras cosas semejantes. Así habló de Jesús, en alta voz, llamándose a sí mismo un precursor y preparador de su camino, y su humilde siervo. Dijo todo esto en tono tan encendido y tenía un aspecto tan extraordinario en su ser, que Herodes apareció presa de grandísimo temor y angustia, y terminó por taparse los oídos por no oír más. Al fin dijo a Juan: «Tú sabes que te quiero bien; pero tú hablas de mi de un modo que levantas tumulto contra mi, porque me reprochas siempre mi casamiento. Si moderas tu celo indiscreto y reconoces delante del pueblo mi casamiento, te dejaré libre, y podrás ir a enseñar y a bautizar». Entonces levantó Juan de nuevo su voz contra Herodes, con gran severidad y reprochó su vida delante del pueblo y su mal ejemplo, y añadió: «Yo conozco tus sentimientos y sé que reconoces lo que es justo y que tiemblas ahora delante del juicio…, pero te has cargado con sacos pesados, que no te dejan mover y te has enredado en los lazos de la impureza». La ira de la mujer en ese momento no es para describirse, y Herodes cobró un temor tan grande que hizo alejar en seguida a Juan y lo mandó poner en otra prisión que no tenía vista hacia afuera, de modo que ya no podía ser oído por el pueblo. Tuvo Herodes esta reunión con Juan por causa del tumulto del pueblo que iba al bautismo y porque habían llegado a sus oídos, por los herodianos, las maravillas que obraba Jesús. En todo el país se hablaba de la justicia severa que se había hecho en Jerusalén de algunos adúlteros que los herodianos habían acusado y llevado desde Galilea. Se decía que a los pequeños pecadores se los castigaba y a los grandes se los dejaba libres, pues precisamente los herodianos eran amigos de Herodes, el adúltero, y que este rey tenía preso a Juan precisamente porque le reprochaba su adulterio. Herodes no estuvo conforme con lo que sucedía en Jerusalén. He visto cómo ejecutaron a estos pecadores. Se les leyó su pecado y luego se les confinó en un lugar donde había un hoyo angosto, a cuyo borde estaban ellos. Caían de ahí sobre una cuchilla, que les cortaba la garganta, y abajo había unos encargados de sacar el cadáver. Caían en una máquina preparada donde les era cortada la cabeza. Era en el lugar donde después fue muerto Santiago. Al día siguiente Jesús enseñó todavía entre los campesinos. Habían venido Andrés, Santiago y Juan a este lugar con Jesús. Natanael se encontraba en su casa en las afueras de la ciudad de Gennebris. Jesús dijo a sus discípulos que iría a través de Samaria, hacia el Jordán, al lugar de los bautismos. Del campo donde Jesús enseñaba no estaba lejos el pozo de Dothaim, donde fue vendido José por sus hermanos. Las gentes preguntaron si hacían bien manteniendo y alimentando a los trabajadores que se habían quedado baldados o enfermos y ya no podían trabajar. Jesús les dijo que cumplían un deber; pero que no se alabasen por ello; de otro modo perderían su premio. Fue luego a las chozas de esos enfermos, sanó a muchos y los mandó a la enseñanza y al trabajo.
Jesús en Gennebris
Se dirigió Jesús a Gennebris para la fiesta del sábado. Esta ciudad es tan grande como Münster: está como a media hora desde la altura del campo donde estaba Jesús, hacia el Oriente, en una ladera con jardines, baños y lugares de recreo. Del lado de donde venía Jesús estaba fortificado con zanjas profundas de agua cavadas en las piedras. Después de media hora de camino llegó Jesús con sus discípulos a las murallas y las torres de la puerta de la ciudad. Habían llegado hasta allí varios discípulos de los alrededores y estaban como doce cuando entró en la ciudad. Estaban reunidos muchos fariseos, saduceos y herodianos para el Sábado. Se habían propuesto tender lazos a Jesús con preguntas, y decían entre sí que en pequeños lugares era dificil hacerlo porque allí se mostraba más osado, pero que aquí, entre ellos, no iba a ser lo mismo: estaban seguros de su triunfo. Por causa de esta disposición que llevaban, los más de los presentes se mantuvieron quietos y no hicieron demostración alguna ante su venida Entró sin ruido en la ciudad y los discípulos le lavaron los pies en un lugar fuera de la sinagoga. Los escribas y fariseos estaban reunidos en la sinagoga y recibieron a Jesús sin demostraciones, con fingida reverencia. Le dejaron leer y explicar. Jesús leía a Isaías y explicaba. Eran los puntos de 54, 55 y 56 y se trataba de cómo Dios establece su Iglesia; cómo la quiere edificar costosamente; cómo todos deben acudir a beber las aguas, y los que no tienen dinero, que acudan y coman pan. Se esforzaron por saciar su hambre en la sinagoga, pero allí no había pan, y la palabra de su boca (del Mesías) debía completar su obra. En el reino de Dios deben los extranjeros, los paganos, trabajar también y ser fructíferos, si tenían la fe. Llamó a los paganos cortados de la ram, porque no tenían parte en la descendencia del Mesías, como los patriarcas. Jesús explicó todas estas cosas en relación, con su reino, con la iglesia, con el cielo. Comparó también, a los maestros presentes de los judíos a perros mudos, que no vigilan, sino que comen, engordan y se divierten. Entendía a los herodianos y saduceos que sólo espiaban y, sin ladrar, asaltaban a las gentes y al mismo pastor. Su enseñanza fue muy severa y muy oportuna. Por conclusión leyó a Moisés, 5, 11-29, de la bendición y de la maldición, desde Garizim y Hebal, y mucho sobre los Mandamientos y sobre la tierra prometida. Todo se refería al reino de Dios. Un herodiano se adelantó y preguntó con mucha reverencia de cuántos sería el número de los que entrarían en su reino. Querían, con esta pregunta, ponerlo en apreturas, porque, según ellos, todos los circuncidados tendrían parte y, según Él, había hablado de circuncisos y de paganos y reprobaba a muchos judíos. Jesús no tocó directamente el punto de la pregunta, sino que enseñó en torno de la misma, llegando a un punto que hizo inútil la pregunta. Les respondió con otras preguntas: «¿Cuántos de los judíos del desierto entraron en la tierra prometida? ¿Acaso habían pasado todos por el Jordán? ¿Cuántos en realidad habían poseído la tierra prometida? ¿La habían poseído toda? ¿No la habían poseído acaso en parte con los paganos? ¿No habían sido nunca desalojados de ella?» Les dijo también que nadie entrará en su reino sino por el camino estrecho y la puerta de la esposa. Me fue mostrado que esta puerta era María y la Iglesia, en la cual somos renacidos por el bautismo, y de la cual nació el Esposo, para que Él nos lleve a la Iglesia y por medio de la iglesia, a Dios. Contrapuso el entrar por la puerta de la Esposa al entrar por alguna puerta lateral. Era una comparación como la del buen pastor y la del mercenario (Juan 1). Repitió que sólo por esa puerta era la entrada. La palabra de Jesús en la cruz, antes de su muerte, cuando nombró a María, madre de Juan, y a Juan, hijo de María, tiene un significado misterioso con este renacimiento por la muerte de Jesús. No pudieron esa tarde reprocharle nada y en realidad se habían preparado para la conclusión del sábado. Es una cosa notable la que observo en estos hombres: cuando están juntos, se glorían y tienen por seguro que pondrán en apuros a Jesús por su enseñanza, y cuando están en su presencia, no atinan a decir nada, se muestran admirados y callan, parte por admiración y por parte por la ira que los domina. Jesús dejó la sinagoga muy tranquilo y le llevaron a una comida con un fariseo donde tampoco fueron capaces de hablarle nada reprensible. Les contó aquí una parábola de cierto rey que preparó una comida e invitó a los comensales para determinada hora y a los que llegaron tarde no los dejaron entrar. De aquí se fue a dormir a casa de un fariseo, conocido de Andrés: este hombre recto había defendido a los discípulos, entre ellos a Andrés, los cuales habían sido citados ante el juicio después de la Pascua. Su defensa fue eficaz. Este hombre, de poco tiempo viudo, no era anciano aún y más tarde se juntó con los discípulos. Su nombre era Dinocus o Dinotus y su hijo de doce años se llamaba Josafat. Su casa está fuera de la ciudad, por la parte del Oeste. Jesús había entrado en la ciudad por el Mediodía, pues había caminado por la altura de Dothaim más al Mediodía que Gennebris y después vuelto a ese mismo paraje. La casa del fariseo estaba en el Oeste y la casa de Natanael al Norte, hacia Galilea. Hoy he visto que Herodes, después de la entrevista que tuvo con Juan, mandó a un empleado que hablara con suavidad al pueblo amotinado y le dijera que no tuvieran temor por causa de Juan y que volvieran tranquilos a su casa; que se encontraba bien de salud y tenía buen trato; que Herodes sólo quería tenerlo más cerca de si, y que si persistían en sus tumultos podían perjudicar al mismo Juan y hacerlo sospechoso; que se volvieran a casa, pues pronto volvería a aparecer de nuevo para bautizar en el Jordán. Como también llegaron los mensajeros enviados por Jesús, la gente se fue dispersando, aunque Herodes se mantuvo en grande ansiedad y temor. La ejecución de los adúlteros en Jerusalén despertó en todos el recuerdo de su propio adulterio y se decía en alta voz que había tomado preso a Juan porque decía la verdad y sostenía el derecho por causa de cuya trasgresión habían sido ejecutados aquellos de Jerusalén. Además oía decir los prodigios y las enseñanzas de Jesús que quería venir al Jordán para enseñar. Estaba en grande temor pensando que con esto se levantaría aún más el pueblo y con esta agitación he visto que celebró una reunión de fariseos y herodianos para ver cómo podrían detener a Jesús. La conclusión fue que envió a ocho de ellos a Jesús con el encargo de decirle buenamente que se detuviese en la Alta Galilea y del otro lado del mar de Galilea y allí enseñase e hiciese prodigios y no pasase al territorio de Herodes en Galilea ni bajara al Jordán, en la comarca del mismo rey. Que le recordasen el caso de Juan, que Herodes podría fácilmente verse obligado a juntarlo con Juan en la misma prisión. Esta misión salió hoy mismo para la Alta Galilea. A la mañana siguiente enseñó Jesús de nuevo en la sinagoga, sin mayores contradicciones; pues pensaban asaltarlo con preguntas recién en la enseñanza de la tarde. Jesús enseñó sobre Isaías y Moisés, 5. Vino también la oportunidad de enseñar sobre la manera digna de celebrar el sábado y habló mucho tiempo sobre ello. Los enfermos de esta ciudad no se atrevieron a presentarse para pedir salud: tanto habían sido atemorizados por los adversarios. Jesús habló en la sinagoga. para que lo oyeran los espías, del mensaje que enviaba Herodes a Él: Cuando vengan digan a esos zorros que le lleven esta noticia al Zorro: que no tenga cuidado por Él y que prosiga y cumpla el designio que tiene contra Juan: que Él no se detendría por consideración alguna y enseñaría adonde tuviese misión de hacerlo, en cualquier lugar, y en Jerusalén, si fuera necesario; que Él cumpliría su misión para dar cuenta de ella ante su Padre celestial. Los oyentes se irritaron sobremanera al oír estas cosas. Por la tarde fue Jesús con sus discípulos desde la casa del fariseo Dinotus a caminar un rato, y como pasaran, al llegar a la puerta, junto a la casa de Natanael, entró Andrés y lo llamó fuera. Natanael presentó a Jesús a un sobrino suyo, hombre joven, a quien él pensaba entregarle el negocio, para seguir luego a Jesús, despreocupado ya. Creo que está disponiendo las cosas para ir con Jesús desde este momento, siguiéndole en su viaje. Después de este paseo entraron en la ciudad en la parte donde estaba la sinagoga. Unos doce pobres trabajadores que habían enfermado en el trabajo o accidentes habían oído la curación de sus hermanos del campo de las mieses y con la esperanza de igual curación se habían introducido en la ciudad y se habían dispuesto en fila delante de la sinagoga para implorar su curación. Jesús pasó entre ellos consolándolos y diciéndoles que tuvieran paciencia por algún tiempo. Pero detrás ya venían los escribas irritados porque estos extranjeros se hubiesen atrevido a pedir salud a Jesús, puesto que hasta ese momento habían logrado ellos detener a los enfermos. Fueron con furia contra estos pobres enfermos y aparentando mirar por Jesús, dijeron que no promovieran aquí estorbo y admiración y se alejasen, que Jesús tenía cosas más importantes que hacer que tratar con ellos; que ahora no era el tiempo de conversar con Él; y como los pobres enfermos no se apuraban a salir, los sacaron a viva fuerza. En la sinagoga enseñó Jesús la manera de celebrar el sábado. Trataba de esto el pasaje de Isaías que hoy leía. Cuando así estaba enseñando miró y señaló a la zanja honda que corría en torno de la ciudad, al borde de la cual estaban pastando los asnos en que habían viajado. Si uno de estos asnos cae en la zanja ¿podrán sacarlo para que no perezca? Ellos callaron. Preguntó si eso lo pueden hacer con un hombre. Callaron. ¿Permitirían ellos que les favorecieran en el cuerpo o en el alma en día sábado? ¿Es lícito hacer una obra de misericordia en día Sábado? … También callaron. «Ya que calláis, debo concluir que vosotros no tendréis nada en contra. ¿Dónde están los enfermos que pidieron ayuda delante de la sinagoga? Traedlos aquí». Y como no quisieran hacerlo, dijo: «Como no lo queréis hacer, lo haré por mis discípulos». Entonces se consultaron entre ellos e hicieron venir a los enfermos. Éstos entraron en estado miserable; eran doce, unos baldados, hinchados otros por la hidropesía. de modo que algunos tenían los dedos separados unos de otros. Ahora estaban muy contentos, ya que antes habían quedado sumamente entristecidos por el rechazo de los escribas. Jesús les mandó ponerse en hilera. Era conmovedor ver cómo los menos enfermos dejaban a los más dañados ponerse delante y ayudarse unos a otros para que Jesús los pudiera curar antes. Jesús bajó algunos escalones y llamó a los primeros, que tenían en su mayoría los brazos en mal estado. Jesús oró sobre ellos, en silencio, mientras alzaba los ojos al cielo, y pasó su mano sobre los brazos dañados; luego movió sus dedos, manos y brazos y les dijo que pasasen atrás y alabasen a Dios. Estaban sanos. Los hidrópicos apenas podían avanzar. Jesús les puso las manos sobre la cabeza y el pecho: se sintieron mejorados y con fuerzas, pudiendo volver a su lugar. El agua les fue saliendo luego en un par de días. Mientras sucedía esto, se suscitó un gran concurso de pueblo y de otros enfermos que alababan a Dios en compañía de los recién sanados. El concurso fue tan grande que los escribas y fariseos, llenos de ira y de rabia, se fueron alejando; al fin terminaron con salir de la sinagoga. Jesús entonces enseñó al pueblo sobre la proximidad del reino, de la penitencia y de la conversión hasta la conclusión del sábado. Los escribas con todo su aparato de preguntas y de capciosas interrupciones no atinaron a decir palabra. Es en verdad una cosa que causa risa como habían creído entre ellos poner en apreturas a Jesús y luego ni siquiera atinaron a decir una palabra y perdían toda autoridad delante de Él, no sabiendo siquiera contestar ninguna pregunta que Jesús les hacía.
Jesús invitado a una comida. Otros viajes
Después del sábado hubo una gran comida en un sitio abierto de recreo, con motivo de la terminación de la cosecha, y Jesús y sus discípulos fueron invitados. Estaban presentes los más distinguidos habitantes, algunos extranjeros y varios de los campesinos más acomodados del lugar. Había varias mesas preparadas. Sobre las mesas había toda clases de productos de la cosecha: frutas. trigo. aves y en general algo de todo lo propio de esa estación y en doblada cantidad. Había unos animales ya asados prontos para comer y otros muertos y preparados para ser asados, como señal de abundancia. Se le había señalado a Jesús y a sus discípulos un lugar principal; pero un orgulloso fariseo se había adelantado y acomodado en un lugar principal. Jesús al llegar a la mesa habló en voz baja con él, preguntándole cómo se ponía en ese lugar. Contestó el fariseo: «Porque aquí está establecida la loable costumbre de que los más sabios y más nobles ocupen el primer lugar». Jesús le replicó que aquellos que en la tierra toman los primeros puestos, no encontrarían lugar alguno en el reino de su Padre. El hombre, avergonzado, salió de allí y se fue sentar en otro lugar más retirado, pero de tal modo disimulando como que elegía él, por gusto, otro lugar. En la mesa explicó Jesús algunas cosas más sobre Isaías, 58-7: «Lleva al hambriento tu pan y a los que están en miseria, llévalos a casa». Luego preguntó si no tenían allí alguna buena costumbre, como la acción de gracias por la abundante cosecha, de invitar a los pobres y de repartir con ellos los alimentos. Se maravillaba de que hubiesen dejado esa costumbre y preguntaba dónde estaban los pobres. Puesto que lo habían invitado y que presidía como maestro debía Él, añadió, cuidarse de que asistiesen los invitados naturales y de ley y mandó que llamasen a los que había sanado en la sinagoga y a todos los demás pobres del lugar. Como no lo hicieron en seguida, salieron sus discípulos a la calle y llamaron a los pobres, y cuando llegaron les dejó Jesús su lugar en la mesa y los discípulos hicieron lo mismo. Los fariseos, contrariados. poco a poco fueron abandonando las mesas. Jesús con sus discípulos y otras buenas personas sirvieron a los pobres y repartieron todo lo que sobraba, de modo que quedaron sobremanera contentos. Después se dirigió Jesús con los suyos a la casa del fariseo Dinotus para tomar algún descanso. Al día siguiente vinieron innumerables enfermos de Gennebris y de los alrededores a la casa donde se albergaba, y Jesús se pasó toda la mañana sanando y exhortándolos. Había muchos mancos e hidrópicos. El hijo de Dinotus, que tenía unos doce años y se llamaba Josafat, siguió a Jesús cuando su padre se hizo discípulo. Los niños judíos llevaban un vestido largo con un cuchillo a ambos lados, cuyo ribete estaba partido; delante, hasta los pies, tenía botones y ligaduras. Cuando el vestido de los niños llevaba faja, entonces era rizado: de otro modo caía como una túnica que a menudo se recogía un tanto. Cuando Jesús se separó de Dinotus, lo estrechó contra su corazón, y el hombre lloró de ternura. Jesús se encaminó en compañía de varios de sus discípulos hacia el Sur a través de valles, por dos o tres horas, y pernoctó en una ladera de monte donde había un galpón de cosechadores vacío. Estaban con Él, Natanael, Andrés, Santiago, Saturnino, Aristóbulo, Tharzissus. Pármenas y otros cuatro discípulos. El lugar estaba entre dos ciudades, la de la izquierda Ulama y la de la derecha, Japhia. Ulama está enfrente de Tarichea. como Gennebris está enfrente de Betulia. Se encuentran a respetable distancia, pero la montaña está de tal manera que parecería que Betulia se halla sobre estas ciudades. Este lugar está, en el viaje de Jesús, al parecer muy cerca; pero el camino tuerce, de modo que se lo pierde de vista. Aquel campo donde Jesús enseñó a los hombres de la cosecha, es realmente el campo donde José encontró a sus hermanos con el ganado, y el pozo cuadrangular allí existente es la misma cisterna donde echaron a José.
Jesús en Abelmehola
Jesús caminó desde ese refugio nocturno unas cinco horas más lejos hacia el Mediodía y llegó a eso de las dos de la tarde a la pequeña ciudad de Abelmehola, donde había nacido el profeta Eliseo. Está en una altura, de modo que las torres aparecen a nivel con los barrancos del lugar. Se halla sólo a algunas horas de Scytópolis y por el Oeste se entra en el valle de Jezrael. en la misma línea. No lejos de Abelmehola, próximo al Jordán, está el pueblo de Bezech. Samaria dista varias horas hacía el Sudoeste. Abelmehola está en los límites de Samaria, habitada por judíos. Jesús y sus discípulos se sentaron delante de la ciudad en un lugar de descanso, como es costumbre en Palestina, de donde son generalmente invitados a entrar en la casa por algún caritativo habitante que los vea allí descansando. Así sucedió aquí: pasaron algunos que los reconocieron porque habían estado aquí en la fiesta de los Tabernáculos, y lo anunciaron en casa. Vino entonces un acomodado campesino, con siervos, y trajo a Jesús y a sus discípulos bebida. pan y miel, los invitó a su casa, y ellos le siguieron. Les lavó los pies y cambió sus vestidos; sacudió y limpió los de ellos, que volvieron a ponerse después. En seguida preparó una comida, a la cual convidó también a varios fariseos con los cuales estaba en buenas relaciones, y éstos aparecieron bien pronto. Se mostró extremadamente amigo y cortés; pero internamente era un granuja: pre tendía gloriarse después de que el Profeta había estado en su casa y dar ocasión a los fariseos de espiar a Jesús. Pensaban que solos en la mesa les sería más fácil que delante de todo el pueblo en la sinagoga. Apenas se había preparado la mesa cuando aparecieron todos los enfermos del lugar en la casa y en el patio del hombre que había invitado, cosa que irritó a los fariseos no menos que al dueño de casa. Salió fuera y quiso echarlos; pero Jesús le dijo: «Yo tengo otra hambre que la de alimentos», y no se sentó a la mesa, sino que salió afuera, donde estaban los enfermos, y comenzó a sanarlos, y todos sus discípulos le siguieron en este trabajo. Había también varios endemoniados que clamaban: los libró con una mirada y con una orden. Muchos de estos enfermos tenían una o las dos manos baldadas. Jesús pasó sus manos sobre sus miembros doloridos y los movió una y otra vez; otros eran hidrópicos y les puso sus manos sobre la cabeza y el pecho; otros estaban como tísicos, otros con granos malos. A unos les mandaba a bañarse, a otros les decía que sanarían en pocos días y les prescribía ciertas obras. Lejos de allí, apoyados a un muro, estaban, veladas y avergonzadas. varias mujeres que miraban temerosas hacia Él; padecían flujo de sangre. Por último fue Jesús a ellas, las tocó y ellas se echaron a sus pies, sanas. Todos alababan y bendecían a Dios, mientras los fariseos, adentro, habían cerrado las puertas y entradas a la sala y comían allí, y de tanto en tanto miraban por las rejas la escena y se irritaban. Todo esto duró tanto tiempo que los fariseos, si quisieran volver a sus casas, debían atravesar entre los enfermos y sanados y de todo el concurso del pueblo que cantaba y alababa a Dios. Esto hubiera sido una lanzada a su corazón. Al fin se hizo tan grande el gentío que Jesús tuvo que retirarse al interior de la casa para que se dispersaran. Era ya al anochecer cuando vinieron cinco levitas e invitaron a Jesús y a sus discípulos a su escuela y a albergarse con ellos. Dejaron la casa del rico campesino, dándole las gracias. y Jesús dio una lección breve y usó de la palabra «zorros»‘, como cuando habló de los herodianos. El hombre, por su parte, se mostró siempre deferente. En la casa de la escuela tomó Jesús algún alimento con sus discípulos y pasaron la noche en un largo corredor donde habían preparado con alfombras lugares de descanso, divididos por biombos. En la misma casa hay una escuela de niños. En otra pieza se instruyen las jóvenes, ya algo crecidas, que necesitan una educación a fondo si piden ser judías de religión. Esta escuela existía desde los tiempos de Jacob. Como Jacob era perseguido siempre por Esaú, Rebeca, su madre, lo había mandado a Abelmehola donde vivía en secreto cuidando su ganado y tenía consigo algunos peones y siervos. Vivía allí Jacob en tiendas y Rebeca mantenía una escuela para niñas cananitas y otras paganas que deseaban ser judías. Como Esaú, sus hijos y sus siervos solían casarse con estas extranjeras, Rebeca tenía esta escuela donde instruía a las jóvenes paganas que iban a casarse con judíos, para que practicasen su religión y tuviesen sus costumbres. Esto lo hacía por necesidad, aunque tenía aversión a estas extranjeras; este campo le pertenecía. Jacob se mantuvo aquí mucho tiempo oculto y cuando preguntaban se les decía que Jacob estaba en el extranjero guardando su ganado. A veces venía secretamente a ver a su madre, que lo ocultaba algún tiempo, hasta que volvía a su escondite de Abelmehola. Allí cavó un pozo, que es el mismo donde estuvo Jesús sentado; este pozo era tenido en grande veneración y estaba cubierto. Jacob había cavado también otros pozos y cisternas cuadrangulares adonde se bajaba por escalones. Más tarde se vino a conocer su refugio y antes que él mismo se comprometiese con alguna cananita, Rebeca e Isaac lo mandaron a Labán, su tío, donde se ganó las manos de Raquel y de Lía.
Noticias sobre la escuela de Rebeca y la gente de Canaán
Tuvo que poner Rebeca su escuela lejos de su casa, en el pais de Heth, porque Isaac tenía frecuentemente disputas con los filisteos que le arruinaban sus posesiones. Había puesto Rebeca en aquel lugar a un hombre de su país Mesopotamia y a su nodriza, que creo era su mujer. Las alumnas vivían en tiendas y eran instruidas en todas las cosas que necesitaban saber las mujeres de pastores que llevaban el orden en la casa. Aprendían los deberes de una mujer en la religión de Abraham y sus costumbres. Tenían jardines y huertas; y plantaban zapallos, melones, sandías y pepinos y una variedad de trigo. Tenían ovejas de gran tamaño y bebían leche de cabras, o la comian en forma de quesos. Se instruian en leer y escribir, cosa que para ellas les resultaba muy difícil. No se escribía entonces tanto como ahora y se hacía sobre retazos gruesos y oscuros. No eran rollos, como más tarde, sino cortezas de ciertos árboles: he visto cómo las sacaban de las plantas. Para escribir marcaban con fuego las letras en la corteza. Tenían una cajita con casilleros y he visto que estos casilleros eran brillantes por arriba porque contenían toda clase de signos de metal dentro. Para escribir calentaban estos signos y los grababan en la corteza uno después de otro. He visto el fuego donde calentaban estos signos, que usaban también para cocinar, asar, cocer y como lámpara, y cómo la usaban, y pensé en ese momento que tenían la lámpara bajo el celemín. En un recipiente que me recordaba algo parecido que tienen los ídolos sobre la cabeza, se veía encendida una masa negra que tenía en medio un agujero, creo, para el aire. Unas torrecitas en torno del borde del recipiente eran huecas y allí se echaba lo que había que cocer. Sobre este bracero ponían boca abajo un cobertor, arriba delgado, con agujeritos por encima y en torno torrecitas, en el cual se podía calentar algunas cosas. En estos braceros había en torno aberturas y hacia donde querían tener luz se abría o corría una de esas ventanitas y la llama de ese lado iluminaba el aposento. Solían abrir sólo por el lado donde no corría el viento, que en las tiendas de campaña suele colarse con facilidad. Debajo del bracero había un cenicero donde ponían, al rescoldo, tortas, y por la parte de arriba calentaban agua para baños, lavados y cocina. También asaban sobre estos braceros. Estos recipientes eran livianos y podían llevarlos en sus viajes. Sobre uno dé estos braceros se calentaban las letras y luego eran grabadas en las cortezas. Los cananitas eran de cabellos negros y más oscuros que Abraham y su gente; éstos eran más amarillentos y de un rojizo brillante. Las mujeres cananitas vestían diferente de las judías. Tenían un vestido de lana amarillo que llegaba a las rodillas; se componía de cuatro trozos atados debajo de la rodilla y una ancha bombacha que no estaba sujeta a medio cuerpo, como en las mujeres judías. sino que caía en anchos pliegues; en torno del cuerpo estaba esta bombacha recogida. La parte superior del cuerpo estaba cubierta de dos trozos de telas que cubrían el pecho y la espalda. Estos trozos de tela estaban recogidos y atados sobre los hombros: era una especie de escapulario ancho abierto a ambos lados y cerrado en torno del cuerpo. Parecían de este modo el cuerpo y las caderas como un saco largo atado en el medio y terminado de pronto en las rodillas. Llevaban suelas atadas con correas hasta las rodillas, a través de las cuales se veían las piernas. Los brazos estaban cubiertos con trozos transparentes y anillos de metal brillante que se cerraban como mangas. Tenían en la cabeza una gorra de plumas finas terminada en punta por detrás como un yelmo con tupido mechón. Eran de hermosa contextura, pero mucho más ignorantes que las hijas de Israel. Algunas llevaban mantos largos, arriba estrechos y abajo anchos. Las mujeres de Israel llevaban una prenda interior, luego un camisón largo y encima un vestido largo abotonado por delante; la cabeza cubierta con el velo o si no con telas rizadas como suelen llevar hoy las gentes en torno del cuello. He visto también lo que aprendían en tiempos de Rebeca. Era la religión de Abraham: la creación del mundo; y de Adán y Eva, su estadía en el paraíso, la tentación de Eva por Satanás y la caída del primer hombre en la culpa por faltar a la obediencia de abstenerse de la fruta que Dios les había prohibido. Con la comida de la fruta entró la concupiscencia en el hombre. Se les enseñaba qué Satanás les había prometido una ciencia divina a nuestros primeros padres; mas el hombre se sintió como ciego después del pecado: se le cubrieron los ojos como con una piel, perdieron una vista clara de las cosas que antes tenían, ahora deben trabajar, criar hijos con dolor y esforzarse mucho para adquirir cualquier conocimiento de las cosas. Aprendían que a la mujer se le había prometido un Hijo que aplastaría la cabeza de la serpiente; de Caín y Abel; y de los descendientes de Caín, cómo se malearon, y cómo los hijos de Dios, es decir, los buenos, se dejaron seducir por la belleza de las hijas de los hombres, y cómo de su unión nació una raza de estatura gigantesca, llena de fuerza diabólica, y ciencias y artes malas. Estos gigantes habían inventado todas artes de engaño y seducción, falsa ciencia, todo lo que aparta de Dios y lleva al pecado, y habían pervertido de tal manera a los hombres, que Dios determinó exterminarlos salvando sólo a Noé y su familia. Esta raza había tenido su asiento en una alta montaña y había avanzado cada vez más hasta que Dios los exterminó en el diluvio, y la alta montaña se hundió y se formó allí un mar (el mar Negro). Se les enseñaba del diluvio, de la salvación de Noé en el arca; de Sem, Cam y Jafet; del pecado de Cam y de la malicia de los hombres en la edificación de la torre de Babel. Esta edificación de la torre, su destrucción, la confusión de las lenguas y la enemistad de los hombres se les decía que tenía relación con aquellos soberbios gigantes de artes diabólicas que habitaban la montaña y que era el resultado de las uniones ilícitas con las cananitas; y que también en la torre de Babel se practicaban cultos idolátricos. Con estas enseñanzas se apartaban a esas jóvenes paganas de toda comunicación con los idólatras, de las artes de seducción y de los adornos inmodestos, de la magia, de la sensualidad y de todo lo que aleja de Dios, previniéndolas contra todo lo que pertenece al pecado, causa por el cual Dios castiga a los hombres. Se las exhortaba, por el contrario, al temor de Dios, a la obediencia, a la sumisión y al cumplimiento de todas las obligaciones y a la observancia de la sencilla vida de los pastores. Se las instruía en los mandamientos que Dios había dado a Noé, por ejemplo, no comer carne cruda. Se les enseñaba cómo Dios eligió a la familia de Abraham para formar un pueblo elegido, de cuya descendencia debía nacer el Mesías sacando a Abraham de la tierra de Ur y separándolo de los demás. Se les enseñaba cómo Dios había enviado a Abraham a hombres sabios, es decir, hombres que aparecían con vestidos blancos y resplandecientes, y que éstos le dieron a Abraham el misterio de la bendición de Dios para que su descendencia fuera más grande que todos los demás pueblos de la tierra. De la entrega del misterio sólo se les hablaba en general, como de una bendición de la cual debía nacer el Mesías. Se les hablaba de Melquisedec como de un hombre sabio que había ofrecido pan y vino y había bendecido al mismo Abraham. También se les enseñaba del castigo caído sobre Sodoma y Gomorra.