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Visión de Elías y Eliseo. La idolatría moderna
He visto en esta ocasión, con motivo de la lectura que se hacía en el templo, que Elías escribió después de su muerte una carta al rey Joram. Los judíos no lo querían creer: lo explicaban como si Elíseo, que llevó la carta a Joram, la hubiese obtenido antes de la muerte de Elías, como una carta profética que ahora presentaba al rey. A mí me parecía también una cosa extraña esta carta escrita después de la muerte de Elías. De pronto me sentí llevada hacia el Oriente, y vi allí el Monte de los Profetas cubierto de nieve y de hielo. Había, sin embargo, torres allí: quizás era una figura de como estaba en tiempos de Joram. Llegué luego más al Este, al Paraíso terrenal, y vi a los admirables animales que caminaban allí dentro y jugaban, y he vuelto a ver a esas murallas brillantes que vi otras veces, y he visto adentro a Elías y a Enoch enfrente, que descansaban y dormían. Elías veía en espíritu todo lo que sucedía en Palestina. Un ángel trajo y puso delante de él una pluma de caña y un rollo fino, y Elías se levantó y escribió sobre sus rodillas. He visto un carro pequeño como un asiento sobre una colina o gradas, a un lado, cerca de la puerta, y que venía hacia Elías; era llevado por tres hermosos y blancos animales. Elías subió sobre su carro y descendió como sobre un arco iris, con ligereza, a Palestina. Llegó sobre una casa en Samaria y se detuvo. Vi que dentro estaba Eliseo orando, mirando arriba, y que Elías dejó caer la carta junto a Eliseo, y que Eliseo llevó esta carta a Joram. Los tres animales del carro de Elías estaban uncidos, uno delante y dos por la parte de atrás. Eran animales indescriptiblemente hermosos y amables, delicados como pequeños corzos, blancos como la nieve, de pelos largos y finos como seda. Las patas eran delgadas; las cabezas pequeñas y movibles, y sobre la frente tenían un gracioso cuernito algo retorcido. Con semejantes animales vi que estaba uncido su carro cuando subió a los cielos. He visto también la historia de Elíseo con la Sunamita. Obró aún mayores maravillas que el mismo Elías. Elíseo era más fino y delicado en sus vestidos y en su modo de obrar que Elías. Elías era un hombre de Dios, y no según el modo común de los hombres; era como Juan Bautista, a cuya clase pertenecía por su misión y oficio. He visto también como el siervo de Elíseo, Giezi, corrió detrás de aquel hombre a quien había sanado de la lepra (Naaman). Era de noche; Elíseo dormía; lo alcanzó cerca del Jordán, y pidió regalos en nombre de su señor. Al día siguiente trabajaba tranquilo este siervo, como si nada supiera, en maderas, para hacer tabiques y separaciones de cámaras de dormir. Elíseo le preguntó: «¿Dónde estuviste?». Y le recordó todo lo sucedido durante la noche. Desde ese momento el siervo fue herido de lepra, que pasó a sus hijos. Cuando me fue mostrada la idolatría de los hombres, la adoración de los animales y de los ídolos de esos primeros tiempos, y la frecuencia con que los Israelitas caían en la idolatría. y al mismo tiempo la gran misericordia de Dios a través de los profetas, y me maravillaba de que los hombres pudiesen adorar semejantes ídolos. Me fue enseñado cómo aún ahora subsistía esta misma abominación, aunque de manera diferente, es decir, en cuanto a ídolos espirituales e intelectuales. He visto, en efecto, incontables cuadros de esta idolatría en todo el mundo, y cómo se llevaba a cabo, y lo he visto ahora bajo la figura de como se hacía entonces. He visto, así, sacerdotes que adoraban a serpientes administrando los sacramentos: sus propias pasiones semejaban estos animales y serpientes. He visto cómo entre los grandes y nobles se practicaba la idolatría bajo diversos animales que eran adorados según era la despreocupación que tenían de la religión estos señores. Entre personas de baja condición, pobres y desgraciados pecadores, he visto que adoraban a los sapos y otros animales asquerosos. He visto comunidades que adoraban a estos animales, como una religión reformada del Norte, que he visto, con un altar vacío, oscuro y detestable, sobre el cual había cuervos negros. Ellos, naturalmente, no veían semejantes animales; pero los adoraban, porque seguían sus pasiones, representadas en esos animales. He visto a eclesiásticos que al volver las hojas del breviario, volvían perritos, gatitos y otros mamarrachos. A otros he visto que adoraban en realidad idolillos que tenían entre sus libros y sobre la mesa como Moloch, Baal y otras figurillas, y que hasta les echaban besos; estos mismos eran los que, por otra parte, se burlaban de las personas piadosas y religiosas. De este modo he visto que ahora es como entonces y aún peor: y he visto que estas figuras de los antiguos ídolos no eran simples figuras, sino que si hoy la idolatría, la impiedad e irreligión tomasen cuerpo como entonces, se adorarían las mismas representaciones de ídolos que antes, y estarían de moda los mismos ídolos de aquellos tiempos.
Jesús entra en la ciudad de Jogbeha
Cuando Jesús dejó a Dión, vinieron desde la ciudad de los paganos algunos muy temerosos a Jesús, porque habían oído las curaciones de Gadara y traían los niños enfermos que Él curó de sus males. Exhortó a los padres a que fueran al bautismo. Después anduvo con sus discípulos unas cinco horas hacia el Sur, pasando el río que baja del valle de Ephron. A una media hora de este río, hacia el Mediodia, está escondida en un barranco, detrás de un bosque, la pequeña ciudad de Jogbeha. Es un lugar pequeño y olvidado. Principió esta población por un profeta y mensajero de Moisés y de Jetró, cuyo nombre suena como Malachai. No es el último de los profetas llamado Malachías. Jetró, el suegro de Moisés, lo tenía como siervo: era muy fiel y prudente, y Moisés lo envió a esta comarca. Estuvo aquí unos años antes que llegase Moisés y recorrió todos estos lugares hasta el lago, y daba luego cuenta de todo. Vivía todavía Jetró hacia el Mar Rojo y recién después de las noticias de su siervo se trasladó a Arga con la mujer de Moisés y los hijos. Este Malachai fue luego descubierto como espía, perseguido y se le quiso dar muerte. No había todavía ciudad alguna aquí; sólo vivían algunos en tiendas de campaña. El perseguido saltó a una cisterna o pantano, del cual lo sacó un ángel, que lo ayudó. El mismo ángel le trajo una orden escrita sobre una larga cinta en la cual decía que debía quedar aún tres años por allí, para informar. Los habitantes de estos lugares lo vistieron con sus trajes: llevaban largas túnicas coloradas y sacos rojos. Este hombre llegó hasta Betharamphta para dar informes y vivía entre los pobladores de las tiendas de Jogbeha y ayudaba a esas gentes con su destreza. En el barranco había una fuente de agua cerrada y una larga excavación para el agua cubierta de juncos, donde se ocultaba Malachai. Más tarde brotó el agua de la fuente y despedía mucha arena: a veces salía vapor y arrojaba pequeñas piedrecillas; poco a poco se formó así una colinita alrededor de esta fuente. Este pantano se cubrió luego con los escombros y derrumbes de una montaña, y sobre todo ello se edificó la ciudad. De este modo se vino a edificar en torno de esa fuente la ciudad de Jogbeha, y la fuente se cubrió con una techumbre. El nombre de la ciudad significa: «Se ha de levantar». Ya mucho antes debió haber estado edificada aquí alguna población en torno de esta cisterna, porque hay restos de murallas llenas de moho y en los muros hay excavaciones para mantener pescados. Parecían ruinas de algún castillo y fundamentos para tiendas de campaña. Malachai les enseñó a las gentes a edificar con ladrillos unidos con betún negro que había en estos lugares. Jesús fue recibido cariñosamente en esta pequeña Jogbeha. Vivían aquí separados de los demás algunos de la secta de los Karaitas. Llevaban largos escapularios amarillos, vestidos blancos y delantales de pieles; los niños llevaban vestidos cortos y las piernas envueltas. Ahora eran unos cuatrocientos hombres: antes habían sido muchos más, pero fueron muy oprimidos. Descienden de Esras y por un descendiente, de Jetró. Una vez tuvo una gran disputa uno de sus maestros con uno de los grandes fariseos. Se atenían severamente a la letra de la ley y rechazaban las explicaciones verbales; vivían en mucha sencillez y pobreza y tenían sus bienes en común, y ninguno salía a viajar con dinero o bienes. No había entre ellos ninguno pobre o necesitado, se mantenían unos a otros y aún a los que venían de otros lados. Respetaban mucho a los viejos y había algunos de mucha edad. Los jóvenes eran muy respetuosos y tenían guardianes sobre ellos a los que llamaban «mayores». Eran contrarios declarados de los fariseos que defendían las explicaciones verbales de la ley y las añadiduras. En algunos puntos tenían algo de los saduceos, aunque no las costumbres, que eran muy puras. Había entre ellos uno casado una vez con una mujer de la tribu de Benjamín y lo habían desterrado de aquí: era en tiempo de la pelea contra los de Benjamín. No sufrían ninguna imagen, pero tenían el error de creer que las almas de los difuntos pasaban a otros y aun a los animales, y se gozaban allá con hermosos animales en el paraíso. Esperaban en el Mesías y suspiraban por Él; pero también ellos esperaban un Mesías guerrero y triunfador temporal. A Jesús lo estimaban por profeta. Eran muy limpios, pero no observaban las purificaciones de los fariseos ni el desechar las fuentes y cosas que no estaban en la ley. Vivían según la ley estricta, pero con interpretación más amplia que los fariseos. Vivían aquí muy silenciosos y apartados, no padecían ninguna vanidad ni lujo y se mantenían de su trabajo. Tenían praderas, tejían canastos y trenzaban utensilios domésticos. Tenían muchos colmenares. Fabricaban mantas rústicas y recipientes de madera muy livianos. Los he visto trabajar en común en largas habitaciones. Ya estaban prontas las chozas delante de la ciudad para las fiestas de los Tabernáculos. Obsequiaron a Jesús con una refección que consistió en panes al rescoldo y miel. Jesús enseñó y ellos lo escucharon muy reverentes. Les dijo que deseaba se fueran a vivir a Judea; les alabó la reverencia de los hijos a los padres, de los discípulos a los maestros y el respeto especialmente a los ancianos. También alabó su gran compasión a los pobres y enfermos, que cuidaban muy bien en casas destinadas a ese efecto.