Tomo V — Desde el fin de la primera Pascua hasta la prisión de San Juan Bautista

Sección 6: capítulos XXIV – XXX

El mensajero del capitán de Cafarnaúm — Jesús en Bethsaida

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En esta sección:

Capítulo XXIV

El mensajero del capitán de Cafarnaúm

Desde Naim Jesús pasó por el Tabor, dejando a Nazaret a la izquierda, y se dirigió a Caná, donde se hospedó en casa de un escriba, cerca de la sinagoga. El vestíbulo se llenó en seguida, porque habían conocido su llegada de Engannim y le esperaban. Enseñó toda la mañana, cuando de pronto llegó el criado del centurión de Cafarnaúm con varios acompañantes montados en mulos. Venía muy apurado con grande ansia y temor, buscando la manera de acercarse a Jesús, sin poder conseguirlo. Como inútilmente intentara varias veces penetrar, por la turba, al fin alzó la voz, clamando: «Señor, reverendo Maestro: deja que tu siervo se acerque a tu presencia. Yo soy un enviado de mi señor de Cafarnaúm, y como si yo fuese el señor y el padre del niño te ruego que vengas en seguida conmigo, pues que el hijo está muy enfermo y cercano a la muerte». Jesús no prestó atención a su clamor y el siervo buscaba la manera de llamar la atención sobre si y de penetrar entre la multitud, sin lograrlo. Volvió a clamar: «Ven en seguida conmigo, porque mi hijo está para morir». Jesús volvió la cabeza hacia él y dijo: «Si vosotros no veis prodigios y señales no acabáis de creer. Conozco tu necesidad. Vosotros queréis hacer alarde y hacer irritar a los fariseos, y tenéis tanta necesidad como ellos. No es mi misión que Yo haga prodigios para vuestros fines. No necesito vuestro testimonio. Yo obraré donde sea la voluntad de mi Padre y haré prodigios donde lo pida mi misión». En esta forma habló largamente, avergonzándolo delante de la turba. Todo esto escuchó el hombre sin inmutarse: sin darse por entendido se esforzó por acercarse más gritando de nuevo: «¿Qué me aprovecha esto. Maestro? Mi hijo está por morir, ven en seguida conmigo: quizás está ya muerto». Entonces díjole Jesús: «Vete, que tu hijo vive». El hombre preguntó: «¿Esto es verdad?» Jesús le respondió: «Está sano desde esta hora; te doy mi palabra». Entonces creyó el hombre y no insistió en que Jesús marchase con él; montó en su cabalgadura y marchó en dirección de Cafarnaúm. Jesús dijo al pueblo: «Esta vez lo quiero hacer; en otro caso semejante ya no lo haré». Yo he visto a este hombre no como un simple siervo del capitán real, sino como verdadero padre del niño. Este mensajero era el primer siervo de aquel capitán de Cafarnaúm, que no tenía hijos aunque mucho lo deseaba, y al fin había adoptado a un hijo de este su criado que había tenido con su mujer. El niño tenía ahora catorce años de edad. El mensajero venía como enviado y como verdadero padre del niño. Lo he visto todo y me fue aclarado todo; por eso lo dejó Jesús clamar así y le dijo esas cosas. Por lo demás, nadie sabía nada de la paternidad del niño, que hacía tiempo pedía la presencia de Jesús. Primero era la enfermedad leve y pidieron ya a Jesús por causa de los fariseos. Desde catorce días la enfermedad se hizo grave y el enfermo había dicho respecto a los remedios que le daban: «Las muchas bebidas no me aprovechan; sólo Jesús, el Profeta de Nazaret, me puede ayudar». Como ahora el peligro había aumentado, habían mandado mensajeros a Samaria con las santas mujeres, luego por medio de Andrés y Natanael en Engannim; finalmente marchó el mensajero y padre del niño donde estaba Jesús. Jesús había diferido la curación para castigar sus torcidas intenciones. Había desde Caná hacia Cafarnaúm un día de viaje, pero el mensajero se apuró tanto que llegó a la misma noche. A la distancia de algunas horas ya le salieron al encuentro algunos criados diciéndole que el niño estaba sano. Le salían al encuentro para avisarle que no se molestara más, si acaso no había encontrado a Jesús: se podía ahorrar el trabajo porque el niño había sanado de repente a las siete horas del día. Entonces el mensajero les dijo la palabra de Jesús, y se admiraron y fueron con él a la casa. He visto al centurión Serobabel salirle al encuentro con el niño a la puerta de la casa. El niño lo abrazó y él contó las palabras de Jesús y los criados que le acompañaron atestiguaron lo mismo. Entonces fue un contento general. He visto que prepararon una gran comida. El niño estaba sentado entre su padre putativo y su verdadero padre. Estaba también la madre allí. El niño amaba a su verdadero padre como al putativo y aquél tenía también gran autoridad en la casa. Después que Jesús despachó al enviado de Cafarnaúm sanó todavía a muchos enfermos que habían juntado en un patio de la casa. Había entre ellos algunos endemoniados. pero no eran de los peores. Por esto habían sido llevados varias veces para oír las enseñanzas de Jesús. Sólo delante de Él se enfurecían y agitaban terriblemente. No bien Jesús les mandaba callar, se aquietaban; después de algún tiempo parecía que ya no podían aguantar más y comenzaban de nuevo a convulsionarse. Entonces Jesús les hizo señal con la mano y callaron otra vez. Al fm mandó Jesús a Satanás salir de ellos. Caían como desfallecidos; luego volvían en sí; daban gracias contentos, y no se acordaban de lo que les había sucedido. He visto que había entre ellos algunos que estaban poseídos sin culpa propia y que eran buenos. Yo no lo puedo explicar claramente; pero he visto aquí y en otras ocasiones la relación que hay en esto: de cómo queda a veces perdonado y libre un hombre malo por gracia y misericordia, mientras el diablo toma posesión de otro inocente y débil, pariente del malo. Parece como que el bueno tomara parte del castigo del otro sobre sí mismo. No alcanzo a explicar esto más claramente. Tal cosa sucede porque todos somos miembros de un cuerpo, y sucede entonces como si un miembro sano enferma también por culpa de otro pecador en fuerza de una interna correlación de uno y otro. De estos poseídos había aquí algunos. Los malos y pecadores son siempre más malignos y obran en cooperación con el demonio mismo. En cambio, los poseídos sin culpa, sufren solo la posesión y son, a pesar de ello, buenos y piadosos. Jesús enseñó en la sinagoga a la cual le habían invitado algunos escribas y fariseos de Nazaret. Decíanle que había llegado hasta ellos la fama de los grandes prodigios obrados en Judea, Samaria y Engannim. Añadieron que Él sabía lo que pensaban en Nazaret: que quien no hubiese estado en la escuela de los fariseos no podía saber mucho; que era su deseo que fuese a Nazaret y enseñara allí algo mejor. Pensaban con esto halagar a Jesús. Éste les respondió que no pensaba por ahora ir allá y que cuando fuera no iban a conseguir de Él lo que pensaban. Después de la sinagoga asistió Jesús a una gran cena en casa del padre del novio de Caná. Este novio de Caná, llamado Natanael, fue seguidor de Jesús y ayudó a mantener el orden en la enseñanza de Jesús y mientras sanaba a los enfermos. Estos esposos viven solos y reciben sus alimentos de casa de sus padres. El padre renguea un poco: son gente buena. La ciudad de Caná es hermosa, limpia, sobre una alta explanada. Pasan por aquí varios caminos carreteros y uno en dirección a Cafarnaúm. Después de la cena se retiró Jesús a su vivienda y sanó a varios enfermos que le esperaban. Para curar no procede siempre de la misma manera: a veces sólo manda; a veces pone las manos sobre el enfermo; otras se inclina sobre él: otras manda que se purifique y se bañe, o mezcla saliva con el polvo del suelo y lo pasa sobre los ojos de los ciegos. Unas veces los exhorta; otras les dice sus pecados, y en algunas ocasiones los despacha, dejándolo para otra vez.

Capítulo XXV

Jesús en Cafarnaúm

Cuando Jesús se dirigió desde Caná a Cafamaúm con los discípulos, le siguió también Natanael. Su mujer, su tía y otras ya habían partido para Cafarnaúm. El camino, a unas siete horas, va en línea bastante recta y lleva a un pequeño lago como el de Ainon, rodeado de casitas y jardines. Aquí empieza el fértil valle de Genesaret. Se ven torrecitas y guardianes que cuidan los huertos. Cuando Jesús se acercó a Cafarnaúm empezaron a enfurecerse varios endemoniados delante de la puerta: «¡Viene el Profeta! ¿Qué es lo que quiere? ¿Qué tiene que ver Él con nosotros?» Cuando Jesús llegó a la ciudad huyeron los endemoniados. Habían erigido una tienda delante de la ciudad. Le salieron al encuentro el centurión de Cafarnaúm y el mensajero llevando al niño en medio de ellos, seguidos de toda la familia, los parientes, los siervos y los esclavos. Éstos eran paganos, enviados por Herodes. Parecía una procesión. Todos se echaron de rodillas delante de Jesús y le agradecieron; luego le lavaron los pies y le dieron alimento y bebida. Jesús puso sus manos sobre la cabeza del niño, hincado delante de Él, y recibió el nombre de Jessé, pues antes se llamaba Joel. El centurión se llamaba Serobabel. Éste le rogó encarecidamente que fuera a su casa a tomar parte de una comida. Jesús se negó, reprochándole su ansia de ver prodigios para mofarse de otros, y añadió: «No hubiera Yo sanado al niño, si la fe del mensajero no hubiese sido con su petición tan insistente». Después continuó su camino. Serobabel había preparado un gran banquete; los siervos y trabajadores de sus campos y huertas habían sido invitados. A todos se les había contado el prodigio. Todos creían conmovidos en Jesús. Los invitados y muchos pobres entonaron un canto de alabanza en el vestíbulo. Los pobres fueron generosamente obsequiados. La fama del prodigio se había difundido desde la mañana. Serobabel envió aviso a la Madre de Jesús y a los apóstoles, a los cuales he visto de nuevo ocupados en su oficio de pesca. He visto también que la noticia llegó a la suegra de Pedro, que estaba enferma. En Cafamaúm, Jesús se dirigió hacia la vivienda de su Madre, donde estaban reunidos cinco mujeres y Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Éstos fueron al encuentro de Jesús, y reinó allí mucha alegría por su venida y por el prodigio en favor del centurión. Tomó parte aquí en una comida y se dirigió casi en seguida a Cafarnaúm para la fiesta del sábado. Las mujeres quedaron en la casa. En Cafarnaúm se habían reunido muchísima gente y numerosos enfermos. Los endemoniados corrían por la ciudad gritando, cuando Jesús llegaba. Él les mandó callar y a través de ellos se dirigió a la sinagoga. Después de la oración se llamó a un empedernido fariseo de nombre Manases, a quien le tocaba hacer la lectura. Jesús pidió los rollos de las Escrituras y dijo que quería hacer la lectura. Le dieron los rollos y Jesús comenzó a leer desde el principio del quinto libro de Moisés hasta la murmuración de los hijos de Israel, y enseñó acerca de la ingratitud de sus antepasados y de la misericordia de Dios para con ellos y de la proximidad del reino de Dios, y que ahora se guardasen de obrar como habían obrado sus antepasados. Explicó aquellos caminos por el desierto como figura de sus errores actuales y comparó la tierra prometida con el reino de Dios ahora prometido a todos. Después leyó el primer capítulo de Isaías. Él lo explicó aplicándolo a estos tiempos: habló de los pecados y de los castigos, y cómo habiendo esperado tanto tiempo a un profeta, ahora que tenían a uno, más tarde lo maltratarían. Habló de los animales que conocen a sus dueños, y ellos no conocerán al suyo que ha venido. Habló también de cómo se vería reducido Aquél que había venido para ayudarlos, por sus malos tratos, y cómo sería castigada Jerusalén, y quedaría la comunidad de los suyos muy reducida; pero que el Señor la haría grande mientras los otros serían exterminados. Les mandó que se conviertan; que aún cuando estuviesen manchados con sangre, debían clamar a Dios y arrepentirse, y serían purificados. Habló también del rey Manases, que había blasfemado contra Dios y había pecado tanto, y por esto castigado y llevado en esclavitud a Babilonia; y cómo allí se convirtió, había orado a Dios y encontrado misericordia y perdón. Abrió luego, como al acaso, una página y leyó el versículo de Isaías 7- 14: «Mirad, una Virgen dará a luz». Y explicó este punto refiriéndolo a su persona y a la venida del Mesías. Esto mismo había explicado cuando estuvo en Nazaret, antes de su bautismo, y lo había comentado, y ellos, mofándose, decían entre si: «Manteca y miel no le hemos visto comer mucho en casa de su padre el pobre carpintero». Los fariseos y otras personas no estuvieron conformes de que Jesús les hablase tan severamente sobre la ingratitud: esperaban algo más halagador, pues lo habían recibido bien. La enseñanza duró bastante tiempo y cuando hubo terminado y salían los fariseos, oí que alguno decía a otro: «¿Han traído enfermos? … Vamos a ver si se atreve a sanar en día de Sábado». Habían iluminado las calles con antorchas y muchas casas con lámparas. La gente había colocado a los enfermos delante de sus casas iluminadas por donde debía pasar Jesús, y otros habían sido traídos con luces en los brazos de sus parientes. Hubo un tumulto considerable y gemidos en la calle. Muchos endemoniados clamaban, y Jesús los mandó callar y salir de los posesos. A uno de ellos vi enfurecido y rabioso lanzarse contra Jesús, y con rostro descompuesto y los cabellos levantados, gritar: «Tú, ¿qué quieres aquí? ¿Qué tienes Tú que hacer aquí?» Jesús lo rechazó, diciéndole: «Sal de allí, Satanás». He visto al hombre caer como si hubiera de romperse el cuello y quebrantarse los huesos. Con todo, se levantó cambiado y manso; se hincó delante de Jesús, llorando y dando gracias. Jesús lo exhortó a mejorar de conducta. He visto que a muchos los sanaba de pasada.

Capítulo XXVI

Jesús en casa de su Madre en Bethsaida

Jesús se dirigió por la noche con sus discípulos a la casa de su Madre. En el camino habló Pedro de sus intereses familiares: que habíase atrasado en el negocio de la pesca por haber estado ausente tanto tiempo y que debía pensar en su mujer. en sus hijos y en su suegra. Juan le replicó que él y Santiago debían pensar en sus padres. que eran más que una suegra. De este modo hablaban con naturalidad. a veces chanceándose un poco. Jesús les dijo que se acercaba el tiempo en que debían dejar del todo la ocupación de pescar, que debían ocuparse de pescar otra clase de pescados. Juan era más familiar; tenía una sencillez de niño en el trato con Jesús, más que los demás apóstoles. Era amable y dispuesto a todo, sin preocupaciones ni contradicciones. Jesús fue adonde estaba su Madre y los demás a sus casas. A la mañana siguiente, temprano, se encaminó Jesús con sus discípulos a Cafarnaúm, saliendo de la casa de su Madre, como a tres cuartos de hora de Bethsaida. El camino sube un trecho y luego baja hacia Cafarnaúm. Antes de llegar a la ciudad hay una casa en el camino que pertenece a Pedro, que destinó para Jesús y los suyos, poniendo a un piadoso anciano a su cuidado. Esta casa estaba como a hora y media de camino del lago. En Cafarnaúm se encontraron todos los discípulos de Bethsaida y de los alrededores, y también María y las santas mujeres. Habían traído el día anterior muchos enfermos cuando Jesús llegó: estaban alineados en las calles. Jesús sanó a muchos en el camino a la sinagoga. en la cual enseñó y usó de parábolas. Mientras salía de la sinagoga y seguía enseñando. se echaron algunos a sus pies pidiéndole que les perdonase sus pecados. Eran dos mujeres adúlteras repudiadas por sus maridos. y cuatro hombres, entre ellos el seductor de las mujeres. Se deshacían en lágrimas y querían confesar sus pecados ante toda la multitud. Jesús les dijo que conocía sus pecados, que vendría un tiempo en que sería necesario confesar los pecados; que aquí no sería sino ocasión de escándalo para la gente y de persecución para Él. Los exhortó a vigilar sobre si mismos para no caer de nuevo, a no desesperar, sino a confiar en Dios y hacer penitencia. Luego les perdonó sus pecados. Como preguntaran a qué bautismo tenían que ir, si al bautismo de los discípulos de Juan o esperar a que bautizasen sus propios discípulos, les contestó que fuesen al bautismo de los discípulos de Juan. Los fariseos que estaban presentes se admiraron de que hubiese perdonado los pecados, y se lo reprocharon. Jesús los obligó al silencio con sus respuestas: les dijo que le era más fácil perdonar pecados que sanar a los enfermos. Añadió que quien se arrepiente de veras a ése ya se le perdona, y no es tan fácil que vuelva a pecar de nuevo; mientras que los enfermos que son sanados, a veces permanecen enfermos de alma y usan de la salud del cuerpo para el pecado. Ellos preguntaron si ya que esas mujeres estaban perdonadas los hombres debían ahora recibirlas de nuevo. Jesús les dijo que para responderles en forma no había tiempo por el momento; que en otra ocasión pensaba hablar de esto y enseñar con más detención. También quisieron pedirle cuenta sobre el sanar en día de sábado y Jesús les contestó que si en día de Sábado se les caía a ellos algún animal en una zanja seguramente se apresurarían a sacarlo. Por la tarde se retiró a la casa delante de Cafarnaúm con todos sus discípulos; las santas mujeres ya estaban allí. Se hizo una comida dispuesta por el centurión Serobabel. Este jefe y el padre, que se llamaba Salathiel, tomaron parte en la comida mientras el niño sanado, Jesse, servía en la mesa. Las mujeres estaban en otra mesa. Jesús enseñaba entretanto. Trajeron algunos enfermos a la sala, que gritaban pidiendo salud. Jesús sanó a muchos de ellos. Después de la comida se fue de nuevo a la sinagoga; entre otras cosas lo he oído leer y explicar lo que el profeta Isaías decía al rey Achaz: «He aquí que una Virgen dará a luz y tendrá un Hijo». Cuando abandonó la sinagoga, sanó a muchos enfermos colocados en las calles y esto duró hasta entrada la noche. Entre éstos había muchas mujeres con flujo de sangre que estaban a cierta distancia, tristes y veladas, porque no podían acercarse a Jesús ni al pueblo. Jesús que conocía su necesidad dirigió sus ojos hacia ellas y las sanó con una sola mirada. Nunca tocó a semejantes enfermas: hay en esta prohibición un misterio que yo no sé explicar. La misma tarde comenzaba un día de ayuno. Cuando Jesús y sus discípulos se dirigían a casa de su Madre. se suscitó la conversación de que a la mañana siguiente quería Jesús viajar con ellos por el lago, y oí que Pedro se excusaba por el mal estado de su nave. Veo que las personas a quienes Jesús había perdonado sus pecados tienen ahora vestidos de penitencia y están veladas. En el último sábado estaban también los judíos vestidos de negro. Estos últimos tiempos eran días de penitencia por la conmemoración de la destrucción de Jerusalén. Por esto Jesús habló tan severamente de los castigos que habían de sobrevenir a Jerusalén. Al salir Jesús de Cafarnaúm llevaba el camino alrededor de un edificio rodeado de agua, donde habían sido encerrados los endemoniados más furiosos durante la noche. Gritaban enfurecidos al pasar Jesús: «Allí anda Él. ¿Qué quiere con nosotros? … ¿Por qué nos quiere echar de aquí?» Jesús les mandó: «Callad y permaneced alli hasta que Yo vuelva. Entonces será vuestro tiempo de iros». Al punto callaron y se aquietaron.

Capítulo XXVII

Consejo de los fariseos y Serobabel

Cuando Jesús abandonó la ciudad se reunieron los fariseos y los príncipes del pueblo en consejo. El centurión Serobabel estaba presente. Habíanse reunido para tratar de todo lo que habían visto en Jesús y de cómo conducirse con Él. Decfan: «¡Mirad qué tumultos y que desórdenes promueve con su presencia este Hombre! Todo lugar tranquilo está agitado con su presencia: los hombres dejan su trabajo y corren detrás de Él, vagando de un lado a otro. Él inquieta y amenaza a todos con castigos. Habla siempre de su Padre. ¿Acaso no es Él de Nazaret, hijo de un pobre carpintero? … ¿Cómo puede tener este atrevimiento y esta seguridad? ¿Sobre qué se funda su presunción? No observa el Sábado y estorba su observancia y llega hasta a perdonar los pecados … ¿Acaso vendrá su fuerza y su poder de lo alto? … ¿Tendrá alguna fuerza oculta y artes de magia? ¿De dónde saca todas sus raras explicaciones de la Escritura? … ¿Ha frecuentado acaso otras escuelas que las de Nazaret? … Debe tener relación con alguna potencia extranjera … Habla siempre de la proximidad del reino, de la venida del Mesías y de la destrucción de Jerusalén. Su padre era de noble linaje; quizás sea Él el hijo bastardo de algún otro príncipe, su padre, que busca abrirse paso en esta comarca, para apoderarse luego de la Judea … Debe tener un lugar oculto donde se refugia, un protector poderoso al cual se confía. De otro modo no podría mostrarse tan osado y seguro y obrar contra las costumbres y usos recibidos, como si Él tuviera todos los derechos. Estuvo bastante tiempo ausente. ¿Con quién estará en relación? ¿De dónde sacará su poder maravilloso y su ciencia? ¿Qué haremos al fin de cuentas con Él? … » De este modo hablaban y trataban de Jesús en medio de sus juicios y extrañezas, mostrándose escandalizados. El centurión Serobabel se mantuvo durante este tiempo callado y reflexivo y terminó por tranquilizar a los demás, diciéndoles: «Si su poder es de Dios entonces se ha de consolidar; si no lo es, entonces solo se ha de derrumbar. Mientras Él nos sana y nos mejora, debemos amarle sin duda y agradecer a Aquél que nos lo ha mandado».

Capítulo XXVIII

Conversaciones de los discípulos con Jesús

Unos días después caminaba Jesús con sus discípulos, unos veinte, en las cercanías del lago de Genezaret. No habían tomado el camino directo, sino hacia el Sur, por las alturas donde estaba la casa de María hacia el Occidente. Esta montaña es como el final de una cadena de montes que corren en el Norte, algo separada por un valle. Jesús enseñaba mientras caminaban. Había aquí muchos hermosos arroyuelos que bajando de las alturas corrían por los valles para echarse en el lago. Corría también de este lado el arroyo de Cafarnaúm, Había diversas fuentes de agua en derredor de Bethsaida que enriquecían esta comarca. Jesús se detuvo varias veces en algunos de estos amenos lugares. A veces callaba y a veces enseñaba sobre los diezmos. Los discípulos hablaban de la gran opresión que se ejercía en Jerusalén con el pretexto de los diezmos y expresaban la idea de si tal precepto no podría ser quitado. Jesús les dijo que el dar el diezmo de los frutos al templo y a sus servidores era mandado por Dios, para que los hombres se acordasen de que no eran dueños de las cosas de la tierra, sino que sólo las tenían en uso; que también debían dar el diezmo de las hierbas para recordar la mortificación y la penitencia. Los discípulos hablaron también de los samaritanos, expresando su pesar de que habían sido la causa de que saliera más pronto de lo que había pensado del país; que si hubiesen sabido que estaban tan ávidos de la palabra de Dios y los habían recibido tan bien, no habrían insistido para salir pronto de aquel país. Jesús contestó que los dos días que había estado allí eran suficientes; que los siquemitas tenían sangre caliente y se conmovían fácilmente; que quizás sólo veinte de los convertidos permanecían ahora firmes; y que la próxima y más grande cosecha quedaba reservada para ellos (los futuros apóstoles). Los discípulos, conmovidos por la última enseñanza, expresaron su compasión y simpatía hacia los samaritanos, y recordaban en su alabanza la historia del hombre que había caído en manos de los ladrones junto a Jericó, mientras los sacerdotes y levitas pasaron de largo, y alababan al samaritano que había alzado al herido, lavándolo con aceite y vino. Esta historia era conocida y había sucedido en los primeros tiempos junto a Jericó. Jesús tomó ocasión de su compasión para con el herido y de su alegría por la acción del samaritano, para contarles otra parábola. Contó cómo Adán y Eva, por causa del pecado, fueron echados del Paraíso y fueron a parar a un desierto lleno de ladrones y de salteadores, con sus hijos; y cómo el hombre yace allí, herido de pecados y maltrecho en el desierto. Contó esto sencillamente, como está en la Biblia. Entonces el Rey de cielos y tierra hizo todo lo posible para ayudar al hombre caído; le dio su ley y sus sacerdotes preparados, y le envió muchos profetas. Todos habían pasado sin salvar al hombre enfermo, porque en parte el hombre también había despreciado la ayuda que se le ofrecía. Finalmente mandó a su propio Hijo, en figura de un pobre, para ayudar a los pobres. Describió su propia pobreza: sin zapatos, sin sombrero, sin cinturón. Éste había derramado aceite y vino en sus heridas para sanarle. Añadió que aquéllos mismos que estaban preparados con todos los medios para ayudar no sólo no se apiadaron del herido, sino que tomaron preso al Hijo del Rey y lo mataron porque había socorrido con aceite y vino al infeliz herido. Les propuso esto para que pensaran sobre ello, diciéndoles que más tarde se lo declararía. Ellos no lo entendieron. No notaron que hablaba de su persona al hablar del Hijo del Rey, aparecido en pobreza y necesidad, y murmuraban al oído preguntándose quien sería ese Padre de quien siempre hablaba. Jesús les recordó también su conversación sobre sus angustias respecto al negocio de la pesca que habían tenido que abandonar y les dijo que el Hijo del Rey también había dejado todo lo que tenía con su Padre, y que mientras otros dejaban al herido mal parado, Él le había derramado aceite y vino en sus heridas. Les dijo: «El Padre no dejará a los servidores de su Hijo ni los abandonará, y ellos recuperarán todo lo dejado, más ricamente, cuando Él los reúna en su reino». Con estas y otras conversaciones llegaron al lado de Genezaret, junto a Bethsaida, donde estaban las barcas de Pedro y del Zebedeo. Era esta una parte cerrada de la ribera y había allí varias chozas de tierra para los pescadores. Jesús se aproximó con sus discípulos. En las barcas había varios pescadores paganos esclavos y ningún judío, porque era un día de ayuno. El Zebedeo estaba en la orilla. en una de las chozas. Jesús les dijo que dejasen de pescar y viniesen a la playa, y ellos obedecieron. Jesús enseñó allí. Después se dirigió a lo largo del lago, hacia Bethsaida, como a media hora. Los derechos de pesca de Pedro comprendían como una hora de camino de la ribera. Entre el lugar de las barcas y Bethsaida había una ensenada, donde desaguaban muchos arroyuelos, brazos de río, que venían desde Cafarnaúm a través del valle, recibiendo de paso las aguas de otros arroyos. Delante de Cafarnaúm forma un extenso estanque. Jesús no fue derecho a Bethsaida, sino que torció hacia el Occidente, y se dirigió al Norte del valle, hasta la casa de Pedro, al Este de la pendiente, en cuya parte occidental se encuentra la casa de María.

Capítulo XXIX

Jesús en casa de Pedro

Jesús entró en casa de Pedro donde estaban reunidas María y otras de las santas mujeres. Los demás discípulos no entraron: se entretuvieron en los alrededores y en el jardín o fueron a la casa de María. Cuando Pedro entró con Jesús en su casa, dijo: «Señor, hemos tenido un día de ayuno; pero Tú nos has saciado con tus palabras». La casa de Pedro estaba bien ordenada, con un vestíbulo y jardín: era larga y se podía andar por la azotea y desde allí contemplar un espléndido panorama del lago. No he visto en la casa de Pedro ni a la hijastra ni a los hijastros que le había traído su mujer viuda. Parece que estaban en la escuela. Su mujer estaba entre las santas mujeres; de ella no tuvo Pedro hijo alguno. Su suegra, una mujer alta, delgada y enfermiza, caminaba apoyándose en las paredes de la casa. Jesús habló allí largamente con las mujeres sobre el modo de atender a los discípulos en los alrededores del lago, donde Él pensaba demorar bastante tiempo. Las exhortó a no ser gastadoras ni pródigas, pero a no estar tampoco con demasiada ansiedad y preocupación; que Él, para sí necesitaba pocas cosas, y que pensasen más bien en los discípulos y en los pobres. Desde aquí fue con sus discípulos a la vivienda de María, donde habló todavía y luego se retiró solo para orar. El río corre delante de la casa de Pedro y éste puede en una pequeña canoa navegar desde aquí hasta el lago con sus utensilios de pesca. Cuando oyeron las santas mujeres que Jesús quería ir el próximo sábado a Nazaret, que está a diez horas de camino, no lo vieron bien y deseaban más bien que se quedase o que a lo menos, volviese muy pronto. Jesús les contestó que pensaba no quedarse mucho tiempo allá; que no estarían contentos con Él porque no podría hacer lo que ellos deseaban. Les dijo otras cosas que les disgustarían, y se lo avisó también a su santa Madre. Quería decírselo antes de que sucediese.

Capítulo XXX

Jesús en Bethsaida

Jesús fue con sus discípulos desde la casa de su Madre, por el Norte del valle a lo largo de la ladera del monte, hacia Bethsaida, a una media hora de camino. Las santas mujeres salieron de la casa de Pedro hacia allá, a la casa de Andrés, al final de la ciudad; era una casa ordenada, pero no tan grande como la de Pedro. Bethsaida es una pequeña población de pescadores, que está en medio de una abertura y se extiende en estrechas viviendas hasta cerca del lago. Desde el lugar de pesca de Pedro, mirando al Norte, se ve la población. Está habitada por pescadores y por tejedores de tiendas y de mantas. Es un pueblo de costumbres rústicas y sencillas, y me recuerda a los trabajadores de la turbera, entre nosotros, comparados con otras gentes. Las mantas que hacen son de pelos de camello y de cabras. Los pelos largos que tienen los camellos en el pescuezo y en el pecho los ponen como franjas y borlas en las orlas de estas mantas, que son brillantes y hermosas. El anciano jefe Serobabel no estaba aquí: era un hombre enfermizo y no podía caminar mucho. Hubiese podido cabalgar, pero entonces no hubiera oído las enseñanzas de Jesús durante el camino; además, no estaba bautizado aún. Se había congregado mucha gente de los alrededores; también extranjeros del otro lado del lago de las comarcas de Corozaím y de Bethsaida-Julias. Jesús enseñó en la sinagoga, que no era grande, de la proximidad del reino de Dios: y dijo bastante claramente que Él era el Rey de este reino. Despertó la admiración de sus discípulos y oyentes. Enseñó, en general, como en los días anteriores. y sanó a muchos enfermos traídos a la puerta de la sinagoga. Algunos endemoniados gritaban: «Jesús de Nazaret, Profeta, Rey de los Judfos». Jesús les mandó callar: aún no era el tiempo de decir quien era Él. Cuando hubo terminado su enseñanza y de sanar enfermos fueron a la casa de Andrés para la comida; pero Jesús no entró, y dijo que Él tenía otra hambre. Caminó con Saturnino y otro discípulo un cuarto de hora hacia arriba, desde la casa de Andrés, hasta un hospital apartado junto a la ribera del lago donde había pobres, enfermos, leprosos, mentecatos y otros miserables que desfallecían en la miseria y el abandono. Algunos estaban casi enteramente desnudos. Ninguno de la ciudad le acompañó, para no contaminarse. Las celdas de estas pobres criaturas corrían en torno de un patio; no podían salir afuera y se les pasaba el alimento a través de los agujeros de las puertas. Jesús los hizo salir por el cuidador y traerles mantas y vestidos con los discípulos para cubrirlos. Les enseñó y los consoló. Fue de uno a otro grupo y sanó a muchos de ellos con la imposición de las manos. A algunos los pasaba, a otros les mandaba bañarse, a otros les ordenaba otras cosas. Los sanados se arrodillaban y daban gracias, llenos de lágrimas. Era un cuadro conmovedor. Algunos de éstos eran hombres completamente degradados. Jesús tomó al cuidador consigo llevándolo a casa de Andrés, para la comida. Acudieron algunos parientes de los curados desde Bethsaida, trayendo vestidos y se los llevaban contentos a sus casas, pasando por la sinagoga para dar gracias a Dios. La comida en casa de Andrés fue muy buena, de grandes y hermosos pescados. Comieron en una sala abierta y las mujeres en mesa aparte. Andrés servía. Su mujer era muy hacendosa y diligente: no salía casi de su casa. Tenía en casa una especie de taller de tejido y fabricación de redes de pesca y ocupaba en este trabajo a muchas muchachas pobres del lugar. Todo se hacía con mucho orden. Tenía también entre ellas a algunas mujeres caídas sin albergue, de las cuales se compadecía: les daba trabajo, sustento, y les enseñaba y las exhortaba a la oración. Por la tarde enseñó Jesús de nuevo en la sinagoga; luego se retiró con sus discípulos. Pasó junto a muchos enfermos y no los sanó todavía porque su tiempo no había llegado. Después de despedirse de su Madre, se dirigió con sus discípulos a la casa albergue en las afueras de Cafamaúm. Allí habló largamente con sus discípulos; luego se apartó de ellos y pasó la noche en oración sobre una colina puntiaguda llena de cipreses. Cafarnaúm está situada en una montaña, en semicírculo; tiene muchas terrazas a modo de jardines y viñedos, y en las alturas nace un trigo grueso como el junco. Es un lugar amplio y agradable: al parecer fue en otro tiempo una ciudad más grande, o había otra ciudad allí, pues se ven cerca de la existente ruinas de torres y paredes como restos de una destrucción.