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Los mensajeros enviados por Lázaro
Llegaron mensajeros enviados por Lázaro para prevenir a Jesús de los espías que los fariseos de Jerusalén habían enviado a Adama. Estos mensajeros eran los hijos de Juana Chusa y de Serafia (Verónica). Los discípulos, aprovechando una pausa, llevaron a estos mensajeros ante Jesús, el cual respondió que no se inquietasen por Él, que debía cumplir su misión y que agradecía la atención. Los espías enviados por los fariseos de Jerusalén y los contrarios de Adama, estaban arriba, en la montaña. Jesús no habló con ellos; pero mientras enseñaba, dijo, en alta voz, que le espiaban y le perseguían. Añadió que no conseguirían impedirle que cumpliera lo que su Padre celestial le había encomendado. Les dijo que pronto volvería para anunciarles la verdad y el reino. Se habían congregado muchas mujeres con sus hijos y les pedían la bendición para éstos. Los discípulos estaban preocupados: pensaban que Jesús no debía hacerlo por causa de los espías presentes. Jesús rechazó sus temores: dijo que la intención de las mujeres era buena y que los hijos serían mejores y pasó por la fila de ellas, bendiciendo. Duró el sermón hasta la tarde, desde las diez horas, y luego fue ordenado el pueblo para la comida. A un lado de la montaña había cierto número de parrillas, donde se podían asar los pescados. Reinaba un orden admirable. Los habitantes de cada ciudad se sentaban juntos, aún los de la misma calle y entre ellos los de la misma familia o vecinos. Cada grupo de una calle tenía un encargado para buscar los alimentos y repartirlos. Los comensales tenían, cada uno, o uno para varios del grupo. una especie de cuero enrollado, que abierto servía de fuente, y tenían también instrumentos de mesa, como cuchillos de hueso y cucharas, que llevaban consigo unidos por el cabo. Algunos llevaban recipientes hechos de calabazas, otros de corteza y tomaban el agua de los odres. Otros se hacían estos vasos allí mismo o en el camino con mucha facilidad. Los encargados recibían los alimentos de manos de los discípulos, que repartían una porción para cuatro o cinco comensales, a los cuales ponían panes y pescados sobre los cueros que tenían delante. Jesús bendijo los alimentos antes de ser repartidos. Hubo también aquí una multiplicación de alimentos, pues no hubiese alcanzado lo que se tenía preparado para los millares que acudieron al sermón de Jesús. He visto que cada grupo no recibía sino una pequeña porción; a pesar de esto, al terminar todos quedaron satisfechos, y sobró aún mucho, que fue recogido por los pobres en canastos y llevado a sus casas. Había allí algunos soldados romanos de paso por la ciudad y de esos que Léntulo tenía a sus órdenes o que le conocían; quizás habían sido enviados por él para traerle noticias de Jesús: se llegaron a los discípulos y pidieron algunos de los panes bendecidos por Jesús para enviárselos a Léntulo. Recibieron esos panes que guardaron en saquitos que traían sobre sus espaldas. Cuando terminó la comida ya había oscurecido y se necesitaron antorchas para andar. Jesús bendijo al pueblo y abandonó con sus discípulos la montaña. Se separó luego de ellos; los discípulos tomaron un atajo para llegar a Betsaida y Cafarnaúm. y Jesús con Saturnino y otros se dirigió al Sudoeste, a una ciudad cerca de Bertha, que se llama Zedad, y pasó la noche en un albergue fuera de la ciudad.
Jesús se dirige a Cafarnaúm por Gatepher
Vi a Jesús la noche del lunes al martes caminando por la montaña con Saturnino y otros discípulos. Jesús andaba solo y rezaba, y los discípulos le preguntaron la razón; Él les habló entonces de la oración en común y de la oración a solas. Les trajo una comparación de serpientes y escorpiones. Si un niño pide un pescado no le dará el padre un escorpión. Este mismo día le he visto sanar enfermos y exhortar en casa de pobres pastores. Lo mismo hizo en la ciudad de Gatepher, patria de Jonás, donde vivían algunos parientes de Jesús. Sanó enfermos en esta ciudad y por la tarde se dirigió a Cafarnaúm. ¡Cómo era de incansable Jesús y cómo obligaba también a los discípulos al trabajo de continuo! Al principio quedaban completamente rendidos. ¡Qué diferencia veo con lo que pasa hoy en día! … Estos discípulos tenían que seguir a las gentes cuando iban por los caminos, catequizarlos o invitarlos a los sermones de Jesús. En la casa de María, en Cafarnaúm, estaban ya Lázaro, Obed, los sobrinos de José de Arimatea, el novio de Caná y otros discípulos; además habían llegado siete de las santas mujeres parientes o amigas de María. Todos esperaban a Jesús. Salían y entraban y miraban a lo largo de los caminos para ver si llegaba. Acudieron también discípulos de Juan, trayendo la noticia de que había sido tomado preso, lo cual, causó gran tristeza en todos. Los discípulos fueron al encuentro de Jesús, no lejos de Cafarnaúm y le dieron la noticia sobre Juan. Jesús los tranquilizó y se fue adonde estaba su Madre, sola. A sus discípulos les había mandado que le precedieran. Lázaro salió a recibirle y le lavó los pies en el vestíbulo de la casa. Cuando Jesús entró los hombres se inclinaron profundamente. Él los saludó, y yendo hacia su Madre, le dio la mano. Ella se inclinó con mucho amor y humildad. No había aquí nada de echarse en los brazos: reinaba una sencilla renuncia a esos extremos; todo era amor, cariño y bondad interiores, que llenaba los corazones. Después fue Jesús hacia donde estaban las otras mujeres, las cuales, veladas, se hincaron delante de Jesús. En estas ocasiones, cuando llegaba y cuando partía, solía bendecir a todos. Después vi preparar una comida; los hombres estaban aparte en las mesas, y en el otro extremo estaban las mujeres con las piernas cruzadas. La conversación versó especialmente sobre la prisión de Juan. expresándose dolor y sentimiento por ello. Jesús les advirtió que no debían juzgar mal ni irritarse; que todo esto debía suceder así; que si Juan no fuera removido, no podría Él cumplir su misión ni llegarse ahora hasta Betania. Luego habló de las gentes entre las cuales había estado. De la llegada de Jesús nadie sabía nada sino los presentes y los discípulos más fieles. Jesús pasó la noche en un edificio contiguo, donde se recogieron los otros forasteros. Citó a los discípulos para el próximo sábado en las cercanías de Bethoron, en una casa solitaria que había en la altura. Después lo he visto hablar a solas con María. su Madre. Ésta se afligía y lloraba pensando que Él quería ir a Jerusalén, donde había tanto peligro. Jesús la consoló y le dijo que no se inquietase, que debía cumplir su misión, que aún no habían llegado los días más tristes. La ilustró cómo debía conducirse en la oración, y luego recomendó a todos los demás que se guardasen de todo juicio, de hablar de la prisión de Juan y de las maquinaciones de los fariseos contra su persona; que esto no haría más que entorpecer su misión y aumentar el peligro. Las maquinaciones de los fariseos entraban también en los designios de Dios: ellos obraban en su propia perdición. Se habló también de la Magdalena, y Jesús pidió de nuevo que rezasen y pensasen bien de ella; que ya vendría ella también y sería tan buena que daría ejemplo a muchos. Después de esto vi que Jesús caminaba con Lázaro y cinco discípulos de Jerusalén hacia Betania. Se celebraba el principio del novilunio, y he visto otra vez en las sinagogas de Cafarnaúm y en otros lugares las largas telas con nudos que colgaban fuera y los acostumbrados frutos con sogas en las casas principales.
Juan Bautista en la prisión de Macheros
Ya una vez Herodes había llevado preso por algunas semanas a Juan Bautista, pensando intimidarlo y hacerle cambiar de sentimiento respecto de su conducta con Herodías. Pero atemorizado el rey por la gran muchedumbre que acudía al bautismo, lo había soltado. Juan volvió a su lugar anterior junto a Ainon frente a Salem, a una hora y media del Jordán, al Sur de Su-coth, donde se encontraba su fuente bautismal a un cuarto de hora del gran mar del cual salían dos arroyos rodeando una colina y se echaban en el río Jordán. Junto a esta colina se encontraban los restos de un antiguo castillo con torres, rodeado de galerías y de habitaciones. Entre el mar y la colina estaba el pozo de Juan y en la cumbre de la colina, en un caldero amplio y hundido, habían sus discípulos arreglado una tienda sobre los restos de muralla con escalones. Allí enseñaba Juan. Esta región pertenecía a Felipe, pero sobresalía como una punta en el territorio de Herodes, razón por la cual éste se abstenía de llevar a cabo su intención de apoderarse del Bautista. Había de nuevo un gran concurso de gentes hacia Juan, para oír su palabra: caravanas de Arabia, con camellos y asnos, y muchos centenares de personas de Jerusalén y de toda la Judea, hombres y mujeres, acudían allí. Las multitudes se turnaban y llenaban la plataforma del montículo, las laderas y se estacionaban en la colina. Los discípulos de Juan mantenían un orden perfecto. Unos están echados, otros sobre sus rodillas, otros de pie, y así todos pueden ser vistos. Los paganos están separados de los judíos, así como los hombres de las mujeres, siempre detrás de éstos. Los que están adelante, en las laderas están de cuclillas, apoyando la cabeza en las rodillas, con los brazos, o están echados o sentados de lado. Juan parece ahora, desde que volvió de la prisión, como encendido de nuevo ardor. Su voz resuena dulce, de un modo particular, sin embargo, poderosa, y va lejos. de modo que se entiende cada una de sus palabras. Clama, y un millar de gente escucha constantemente su voz. Está de nuevo vestido de piel, y más austero que en On, donde a menudo se ponía un vestido largo. Habla de Jesús, cómo se le persigue en Jerusalén y señala hacia Galilea, donde Él sana, enseña y camina: añade que pronto volverá por estas comarcas, y que sus adversarios nada podrán contra Él, hasta que haya cumplido su misión. También Herodes acude con una tropa de soldados. Está viajando desde su castillo de Livias a once horas de Dibón y debe pasar por dos brazos de río. Hasta Dibón es el camino muy bueno; después se hace pesado y desigual, sólo transitable para andantes y animales de carga. Herodes viajaba sobre un carro largo y angosto, donde estaba sentado o echado de lado, y había algunos con él. Las ruedas comunes eran gruesos y pesados discos, sin rayos; detrás llevaban otras ruedas colgadas. El camino era desigual, y de un lado habían puesto ruedas más altas y del otro más bajas y así procedían andando con mucho trabajo. La mujer de Herodes iba también sobre uno de estos carros en compañía de otras damas de su cortejo. Los carros eran llevados delante y detrás de Herodes. Herodes va al lugar de Juan, porque éste predica ahora con más fuerza que antes, porque le suele oir de buena gana y porque quiere saber si dice algo contra él. La mujer, en cambio, está espiando la oportunidad de excitarlo más contra él: se muestra dispuesta a acompañar a Herodes, pero está llena de rencor contra Juan. Había otro motivo más y es que Herodes había oído que el rey Aretas, de Arabia, y padre de la mujer de Herodes repudiada, solía ir a oír a Juan, manteniéndose incógnito entre los oyentes. Quería ver si éste estaba allí y maquinaba algo ocultamente contra él. La primera mujer de Herodes, que era buena y hermosa, se había retirado de nuevo junto a su padre, el cual había oído que Juan se declaraba contra Herodes, y así para su propio consuelo había venido a escuchar la voz de Juan. Pero este rey no había aparecido en modo ostentoso sino sencillamente vestido y se ocultaba entre los discípulos de Juan pasando por uno de ellos. Herodes entró en su antiguo castillo y se acomodó cerca de donde Juan hablaba, sobre una terraza de escalones, y su mujer se situó sobre almohadones, rodeada de su gente y de soldados debajo de una tienda. Con voz potente Juan clamó al pueblo que no se escandalizase del casamiento de Herodes: debían honrarlo, pero no imitarlo. Esto alegró e irritó al mismo tiempo a Herodes. La fuerza con que ahora clamaba Juan era indescriptible. Su voz era como un trueno y sin embargo dulce y asequible a todos. Parecía que daba todo lo que le quedaba. Ya había anunciado a sus discípulos que su tiempo terminaba; que no le abandonasen por eso; que lo visitasen cuando estuviera preso. Hacía tres días que no comía ni bebía: sólo enseñaba y clamaba de Jesús, y repudiaba el adulterio de Herodes. Los discípulos le rogaban que cesase y tomase algún alimento, pero él no cejaba y estaba como fuera de sí por el entusiasmo. Desde el lugar donde Juan enseña y clama se disfruta de una vista estupenda: se ve el Jordán en una gran extensión, las lejanas ciudades, los campos sembrados y las huertas de frutales. Deben haber habido aquí grandes edificaciones, pues veo aún restos de gruesas murallas y arcadas de piedras, cubiertas de hierbas, que parecen puentes. En el castillo donde está Herodes hay varias torres restauradas. La comarca es muy abundante en aguas y el lugar de baños está en buen estado; es una obra maestra, pues el agua procede de un canal cubierto desde la colina donde enseña Juan. El lugar del bautismo, de forma oval, tiene tres terrazas cubiertas de verdor que lo rodean y está abierto por cinco pasajes. Es más hermoso aunque más pequeño que el estanque de Bethesda de Jerusalén que suele estar manchado con plantas y hojas de los árboles que le rodean. La fuente del bautismo está detrás de la colina y detrás de ésta. quizás a 150 pasos, hay una gran laguna, con muchos pescados, que veo salir a flote, vueltos hacia Juan, como si quisieran oír su predicación. Veo aquí pequeñas barcas de árboles ahuecados para apenas dos hombres, con asiento en el medio para poder pescar. Juan se alimenta mal y aún cuando está en compañía de sus discípulos, come muy poco. Ora solo y de noche con la mirada fija en lo alto del cielo. Sabía que su prisión era inminente; por esto hablaba con este ardor y se había despedido de sus discípulos. Había clamado y señalado a Jesús con voz más poderosa que nunca. Decía: «Él viene ahora y yo debo irme; a Él deben acudir todos. Yo seré quitado muy pronto». Les echaba en cara que eran un pueblo rudo y duro de corazón. Que considerasen lo que había hecho, para preparar los caminos del Señor: había hecho puentes y caminos, removido piedras, hecho fuentes y dirigido las aguas hasta allí. Había sido un trabajo pesado, con tierra infecunda y dura, con rocas ásperas y nudosos troncos. Que había tenido mucho que hacer con el pueblo, de dura cerviz, grosero y protervo. Que aquéllos, en fin, a quienes había podido ablandar y mover, fuesen ahora hacia Jesús, que era el amado Hijo del Padre. Aquél a quien Él admite, será tomado, y aquél a quien Él deseche, será desechado. El vendrá ahora y enseñará y bautizará y perfeccionará lo que él (Juan) había comenzado. Repudió delante del pueblo el adulterio de Herodes repetidas veces, con toda fuerza. Éste, que por otra parte lo veneraba y temía, parece que disimulaba. aunque internameme estaba furioso contra Juan. La enseñanza había terminado: las turbas iban descendiendo en todas direcciones y las gentes venidas de Arabia y con ellas Aretas, el rey, mezclado con su gente. Herodes no pudo reconocerlo ni verlo. La mujer de Herodes ya se había ausentado y ahora partía también Herodes, ocultando su irritación y se despidió de Juan amigablemente. Juan envió varios mensajeros a diversas partes, despidió a los demás y se retiró a su tienda para recogerse en oración. Ya oscurecía y los discípulos se habían retirado. De pronto unos veinte soldados rodearon la tienda de Juan, mientras otros mantenían guardia en todos lados. Uno después de otro entraron en la tienda. Juan declaró que los seguiría sin resistencia, pues sabía que su tiempo era llegado y que debía dar lugar a Jesús. No necesitaban ponerle ligaduras, pues él iba a seguirlos voluntariamente; que lo llevasen sin hacer ruido. De este modo los veinte hombres se alejaron de allí con Juan. Juan llevaba solamente su piel de camello y su bastón de caminante. Se aproximaron, sin embargo, algunos discípulos cuando lo llevaban. Juan, con una mirada, se despidió de ellos y les dijo que lo visitasen en su prisión. Empezó a juntarse la gente: los discípulos y muchos otros, y decían: «Se llevan a Juan». Se oyó entonces un clamor de llantos y de quejas. Querían seguirle y no sabían que camino habían tomado, pues los soldados se habían apartado del sendero acostumbrado y seguían otro completamente nuevo, en dirección al Sur. Se levantó un gran clamoreo, llantos y gemidos. Los discípulos se desparramaron en todas direcciones y huyeron como en la prisión de Jesús. De este modo se esparció la nueva por todo el país de la Palestina. Juan fue llevado primero a una torre de Hesebon; los soldados habían caminado con él durante toda la noche. A la manaña vinieron otros soldados al encuentro de éstos, pues ya se había hecho público que Juan estaba preso y la gente se reunía aquí y allá. Los soldados que lo llevaron eran una especie de guardias de su real persona; tenían coraza escamada, el pecho y las espaldas protegidas y largas lanzas. En Hesebon se reunieron muchas personas delante de la prisión de Juan, de modo que los guardianes tenían bastante trabajo en alejarlos. Había aberturas arriba del encierro, y Juan, estando en su prisión, gritaba, de modo que lo oían los de fuera, diciendo que había arreglado los caminos, quebrado rocas, derribado árboles, dirigido corrientes de agua, cavado pozos, teniendo que hacerlo todo con mil dificultades y contrariedades; que así era también el pueblo y por eso ahora estaba preso. Les dijo que se dirigiesen a Aquél que les había señalado, que ya llegaba sobre los caminos preparados. Cuando el Señor viene deben alejarse los preparadores del camino: todos deben dirigirse ahora al Señor Jesús, del cual él no era digno de desatar las correas de sus zapatos. Jesús era la luz y la verdad y el Hijo de Dios. Estas y otras cosas semejantes les decía. A los discípulos les pedía que lo visitasen en su prisión, pues aún no se atreverían a poner las manos en él, y que su hora aún no había llegado. Decía todas estas cosas tan claras y tan altamente como si todavía estuviera en su antiguo lugar de enseñanza ante la muchedumbre. Poco a poco fue desalojada esta turba de pueblo. Esta aglomeración de gente ante su prisión y estos discursos de Juan a los de afuera se repitieron varias veces. Juan fue llevado después por los soldados desde Hesebon a la prisión de Macherus, que estaba en una altura. Lo vi sentado con otros en un carro bajo, cubierto y angosto, parecido a un cajón y tirado por asnos. Llegados a Macherus lo llevaron a la fortaleza; pero no lo metieron por la puerta común, sino que lo llevaron a un portillo donde abrieron una entrada cubierta de hierbas, y bajaron algunos escalones hasta una puerta de bronce que llevaba a un sótano espacioso, que tenía aberturas arriba para la luz y que habían limpiado pero dejado sin ninguna comodidad. Herodes se había retirado desde el baptisterio de Juan a su castillo de Herodium, que había edificado el viejo Herodes, y donde una vez por diversión había hecho ahogar algunas personas en un estanque. Allí se mantenía apartado por el mal humor y no dejaba verse de nadie. Algunos pedían audiencia para quejarse de la prisión de Juan; por esto estaba algo temeroso y se mantenía encerrado en sus departamentos. Después de algún tiempo pudieron los discípulos. aunque pocos, acercarse a la prisión, hablar con él y alcanzarle algunas cosas a través de las rejas. Si eran muchos, los soldados los alejaban. Juan mandó a sus discípulos de Ainon que bautizaran hasta tanto viniese Jesús e hiciese bautizar por los suyos. La prisión de Juan era espaciosa y clara, pero para descansar sólo había un banco de piedra. Juan se mantenía serio y tranquilo. Siempre tuvo algo de triste y de impresionante en su rostro, como quien debía anunciar al Cordero de Dios y señalarlo a las gentes, aunque sabiendo que a ese Cordero de Dios lo habían de matar los mismos a quienes él lo anunciaba y lo señalaba.
Jesús otra vez en Betania
Desde Cafarnaúm se dirigió Jesús camino de Betania, con Lázaro y los cinco discípulos de Jerusalén a la comarca de Betulia. En realidad, no entraron en esta ciudad situada en una altura; el camino los llevaba por los contornos en dirección de Jezrael, cerca de donde Lázaro tenía una especie de posada con jardín. Los discípulos los habían precedido para preparar la comida. Un hombre de confianza de Lázaro cuidaba el puesto. Era muy de mañana cuando llegaron, se lavaron los pies, se sacudieron el polvo, tomaron algún alimento y descansaron. Desde Jezrael pasaron un riachuelo y dejando a Scythopolis y a Salem a la izquierda atravesaron la ladera de una montaña en dirección del Jordán. Cruzaron el Jordán al Sur de Samaria y descansaron, porque ya era de noche, algunas horas en una altura a orillas del Jordán, donde vivían unos buenos pastores. Antes de amanecer estaban ya andando entre Gilgal y Hay, a través del desierto de Jericó. Jesús y Lázaro marchaban juntos. Los discípulos habían tomado otro camino, adelantándose algún tanto. Jesús y Lázaro anduvieron todo el día por caminos solitarios y no entraron en ninguna población ni albergue, aunque Lázaro tenía algunos en estos lugares poco poblados. Pocas horas antes de llegar a Betania se adelantó Lázaro y Jesús siguió solo su camino. En Betania estaban ya reunidos los cinco discípulos de Jerusalén, otros quince adeptos de Jesús y siete de las santas mujeres. He visto allí a Saturnino, Nicodemus, José de Arimatea, sus sobrinos (Aram y Themeni), los hijos de Simeón (Obed y otros dos), los hijos de Juana Chusa y de Verónica y los de Obed. Entre las mujeres estaban Serafia (Verónica), Juana Chusa, Susana (hija de un hermano mayor de San José llamado Cleofás). María Marcos, la viuda de otro Obed, Marta y su fiel criada, que lo era también de Jesús y sus discípulos. Todas estas personas esperaban silenciosas la llegada de Jesús, en un gran salón subterráneo en la casa de Lázaro. Hacia la tarde llegó Jesús y entró por una puerta reservada en el jardín. Lázaro le salió al encuentro en una sala de la casa y le lavó los pies. Había una fuente cavada a la cual afluía el agua desde la casa y Marta había mezclado agua fría con caliente para templarla. Jesús se sentó en el borde de la fuente y puso los pies dentro, mientras Lázaro los lavaba y los secaba Luego sacudió los vestidos de Jesús del polvo del camino, le acomodó otras suelas a los pies y le trajo alimento. Después fueron Jesús y Lázaro a través de una enramada larga, hacia la sala subterránea. Las mujeres se cubrieron con el velo y se hincaron delante de Él; los hombres sólo se inclinaron profundamente. Jesús saludó a todos y los bendijo. Después se sentaron a comer. Las mujeres estaban en un extremo de la mesa, sentadas, con las piernas cruzadas. Nicodemus se manifiesta siempre muy ansioso de la palabra de Jesús. Como los hombres hablaban, quejándose, irritados, por la prisión de Juan, Jesús dijo: «Esto debe suceder así y entra en la voluntad de Dios. Mejor es no hablar de esto y no excitar a nadie ni llamar la atención, para no aumentar el peligro». Si Juan no hubiese sido removido no hubiera podido obrar Él en estos lugares. «Las flores, añadió, deben caer de los árboles cuando llega el fruto». Hablaban, también irritados, por el espionaje de los fariseos y sus persecuciones. Jesús les mandó callar y permanecer tranquilos. Lamentó la ceguera de los fariseos y contó la parábola del mayordomo infiel. Los fariseos son también mayordomos infieles; pero no tan prudentes como aquél, y por consiguiente no tendrán ya refugio el día de su reprobación. Después de la comida pasaron a otra sala donde ya estaban las lámparas encendidas y Jesús guió las oraciones, porque se celebraba el Sábado. Habló aún con los hombres y luego se retiraron a descansar. Cuando todo estaba en silencio y todos dormían, se levantó Jesús secretamente, sin que nadie lo notara, y se fue a la cueva del Huerto de los Olivos, donde más tarde, antes de su pasión, sudó sangre. Jesús rogó varias horas a su Padre celestial pidiéndole fuerzas para su misión. Antes de rayar el alba, volvió a Betania sin ser notado. Los hijos de Obed, que eran servidores del templo, fueron con otros a Jerusalén; los demás permanecieron quietos en casa y nadie se enteró de la presencia de Jesús en Betania. Jesús habló hoy, durante la comida, de sus viajes a las ciudades de la Alta Galilea, Amead, Adama y Seleucia; y como los hombres hablaron con vehemencia contra las sectas, les reprochó su dureza en juzgar y les contó la parábola de un hombre que había caído en mano de los ladrones en el camino de Jericó, y cómo un samaritano se compadeció más de este infeliz que los levitas. He oído varias veces ésta y otras parábolas, pero siempre con nuevas aplicaciones. Habló también de la suerte y del fin de Jerusalén. De noche, mientras todos dormían, fue Jesús de nuevo a la gruta del Huerto de los Olivos a rezar. Derramó muchas lágrimas y tuvo gran miedo y turbación. Era como un hijo que se dispone a emprender una gran obra de su padre y que antes se echa en los brazos de su Padre para recibir consuelo y fuerza. Mi guía (el ángel custodio) me dijo que cuantas veces estaba en Betania y tenía algunas horas libres, se venía aquí a rezar. Era esta una preparación para su última oración y lucha en el Huerto de los Olivos. Me fue mostrado que Jesús oraba y se recogía especialmente en este lugar, porque Adán y Eva, echados del Paraíso terrenal, pisaron la tierra maldecida por primera vez en este Huerto de los Olivos. Los he visto en esta gruta lamentarse y llorar y orar. Vi también que Caín, trabajando aquí, comenzó a pensar y determinó matar a su hermano Abel. Yo pensé en Judas. He visto que Caín llevó a cabo la muerte de su hermano en el monte Calvario, y que luego aquí, en el Huerto de los Olivos, lo llamó Dios a cuentas. Jesús, al rayar el día, se encontraba de nuevo en Betania.