Tomo V — Desde el fin de la primera Pascua hasta la prisión de San Juan Bautista

Sección 2: capítulos VI – IX

Conversión milagrosa de un judío obstinado — Jesús vuelve a Adama y enseña en Berotha

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En esta sección:

Capítulo VI

Conversión milagrosa de un judío obstinado

Cuando Jesús hubo terminado su gran sermón y muchos de los principales de la ciudad se habían vuelto a sus casas con el jefe, se adelantó osadamente un anciano judío de luenga barba y se acercó al sillón de Jesús. Era un hombre alto, de aspecto noble y dijo: «Ahora quiero yo también hablar contigo. Tú has enunciado 23 verdades y en realidad son 24». Diciendo esto comenzó a enumerar cierta cantidad de verdades, una tras otra, y a discutir con Jesús sobre ellas. Jesús le contestó: «Yo te he permitido estar aquí para tu propia conversión, pudiendo hacerte salir delante de todo el pueblo, puesto que has venido sin invitación. Tú dices que son 24 las verdades y que yo enumeré 23; en cambio, tú aumentas tres al número, pues son en realidad 20, como lo he enseñado». Jesús enumeró entonces 20 verdades, correspondientes a las 20 letras del alfabeto hebreo, con las cuales también el judío había contado. A continuación Jesús habló del castigo que merece el pecado de añadir algo a las verdades conocidas. Pero el obstinado judío no quería de manera alguna darse por vencido y confesar que se había equivocado. Había algunos que le daban razón y que se alegraban de lo que creían era un apuro de Jesús por contestar. Jesús al fin le dijo: «Tú tienes un hermoso jardín; tráeme las más hermosas frutas y las más sanas, y ellas se pudrirán aquí, ante tu vista, para que veas que te equivocas. Tú tienes también un cuerpo sano y recto y te verás encorvado, porque no tienes razón; para que veas que hasta lo mejor y más sano se echa a perder cuando a la verdad se añade algo que no corresponde. Si tú, en cambio, puedes hacer un solo milagro, serán verdades tus 24 dichos». Oído esto, el viejo se fue con un ayudante a su cercano jardín. Tenía allí cuanto había de precioso y raro en frutas, hierbas y flores; en jaulas he visto pájaros raros y hermosos. y en medio del jardín una fuente de agua con graciosos pececillos. Prontamente juntó con su ayudante las mejores frutas, peras amarillas, manzanas y uvas tempranas y las puso en un par de pequeños canastos, y otras frutas menores las acomodó en una fuente tejida de una materia transparente y de color. Además llevó consigo, en un canasto cerrado, varios pajaritos y unos animales parecidos a conejos y un gatito. Jesús, mientras tanto, enseñó acerca de la obstinación y el castigo que merece añadir algo a las verdades conocidas. Cuando el viejo judío trajo en los canastos y jaulas todas sus rarezas y las depositó junto al sillón de Jesús, se suscitó gran expectativa entre los presentes. Como el viejo, lleno de orgullo, insistía en sus anteriores afirmaciones, se cumplió la palabra de Jesús sobre los objetos que había traído el viejo y sobre éste mismo. Las frutas comenzaron a moverse y salieron del interior gusanos asquerosos que se comieron toda una manzana. de modo que de ella no quedó sino un pedazo, de cáscara sobre la cabeza de un enjambre de gusanos. Los animales que había traído enfermaron de pronto y salió de ellos una materia purulenta y luego gusanos que devoraban las carnes de los pájaros y de los animales. Todo se volvió repugnante, y la turba. que se había aproximado, comenzó a clamar y a gritar, tanto más cuando vieron al viejo inclinarse de un lado, ponerse amarillo y quedar contrahecho de cuerpo. El pueblo, al ver esto, comenzó a gritar lleno de admiración, y el viejo alzó la voz, quejándose, reconociendo su sin razón y rogando al Señor se compadeciese de su miseria. Se hizo un tumulto tan grande, que el jefe de la ciudad, que se había retirado. fue llamado de nuevo para restablecer el orden, mientras el viejo clamaba y decía públicamente que había sido injusto, que reconocía su error y que había añadido algo a la verdad. Cuando vio Jesús que el viejo se arrepentía y pedía a los presentes que rogasen por él para volver a su primer estado, bendijo los objetos traídos por el anciano judío, y todo volvió de nuevo a su primera forma, tanto los frutos como los pájaros y animales, y el mismo viejo, que llorando, lleno de agradecimiento, se postró a los pies de Jesús con mucha humildad. La conversión de este anciano fue tan sincera que de allí en adelante fue el más fiel de los discípulos, y convirtió a muchos otros con su palabra. Por penitencia repartió gran parte de las hermosas frutas de su huerta a los pobres. Este prodigio produjo una saludable impresión en todos los que iban y venían para comer o por negocios. Este milagro fue necesario aquí, donde la gente, aunque deseosa de oír, era algo obstinada en su error, como acontece en lugares donde hay matrimonios mixtos, y conviven diferentes religiones: éstos eran samaritanos unidos con paganos que habían sido echados de Samaria. He visto que hoy ayunaban, no por la destrucción del templo de Jerusalén, sino por haber sido ellos echados de Samaria. Reconocían que estaban en error, pero no estaban dispuestos a salir de él. Habían recibido a Jesús con todos los honores, porque según una revelación antigua recibida de los mismos paganos, muchas señales habían sucedido en un tiempo cuando obtuvieron de Dios una gracia grande. Esa revelación había sido recibida en el sitio que llamaban ellos «Lugar de la Gracia». Recuerdo de esto sólo que mientras estos paganos estaban en grande apretura, habían levantado sus manos al cielo pidiendo ayuda a Dios y se les anunció que recibirían una gracia grande cuando aparecieran nuevas corrientes de agua que iban al mar y otra nueva en el lugar de los baños, y cuando la ciudad se extendiera hasta la fuente de baños. Ahora se habían cumplido todas estas señales. Se derramaban entonces cinco corrientes en el mar y en el Jordán. También se había cumplido una señal con un brazo del Jordán y al pozo de los baños habían corrido nuevas corrientes de aguas saludables. Allí se va a bautizar, y las profecías se refieren a este lugar. Habían tenido aquí aguas malsanas. La ciudad se había extendido precisamente hacia el lado de la fuente. En el Norte de la ciudad se halla una comarca baja y nebulosa, llena de pantanos, donde viven paganos de miserable condición en chozas y taperas. En la parte Sudeste, en cambio, había muchas huertas y viviendas nuevas casi hasta el lugar llamado de la Gracia. El sitio era algo bajo y en derredor llano. Por unos cambios en las riberas del río Jordán y una montaña, se había desviado un brazo del río hasta ese lugar, que se reunía luego con un pequeño río y volvía a entrar en su cauce. Comprendía esto una extensión considerable. Cuando las aguas del Jordán llegasen a afluir hasta allí se cumplía la señal convenida. Cuando Jesús al día siguiente volvió a enseñar en la sinagoga, en medio de la cual había un espléndido armario con rollos de las Escrituras, acudieron los judíos descalzos. En ese día no les era permitido lavarse, cosa que ya habían hecho el día anterior, bañándose, por ser día de ayuno. Traían sobre los vestidos de los pasados días un manto largo y negro con una capucha: estaba abierto de lado y sujeto con cintas. En el brazo derecho tenían dos manípulos ásperos de color negro, en el izquierdo otro y detrás un colgajo. Rezaron y cantaron en tono de lamentación, se metieron por unos momentos en unos sacos abiertos en medio y se echaron en esa forma de rostro en el piso de la sinagoga. Las mujeres hicieron lo mismo en sus casas. Todo fuego estaba cubierto desde ayer. Sólo por la tarde he visto que hicieron una comida, sin poner la mesa, en el albergue de Jesús, el cual comió con sus discípulos. Los demás comieron en un gran vestíbulo, en el patio. Se trajeron viandas frías de la casa del jefe de la ciudad y Jesús enseñó sobre las comidas y los alimentos. Venían muchos junto a la mesa, turnándose unos con otros; al fin acudieron los enfermos y baldados. Sobre la mesa pusieron muchos recipientes con ceniza. El anciano judío convenido repartió hoy muchas de sus mejores frutas a los pobres. El sábado enseñó Jesús en la sinagoga, después anduvo con los discípulos y con otros diez judíos hacia el Norte de la ciudad, dentro de la montaña. Esta comarca era más áspera y salvaje. Delante de una casa descansaron bajo unos árboles y tomaron de los alimentos que habían llevado consigo. Jesús dio toda clase de reglas y advertencias, y les dijo que pronto se ausentaría y no volvería sino una vez más. Entre otras cosas les dijo que no hiciesen tantos movimientos durante el rezo; también que no fuesen tan duros con los pecadores y paganos, sino que se compadeciesen de ellos. Aquí les contó la parábola del mayordomo infiel y la propuso como una adivinanza que debían solucionar. Ellos se maravillaron y Jesús les declaró por qué se alababa al mayordomo infiel. Me pareció que entendía Jesús, bajo el mayordomo infiel, a la sinagoga. y bajo los deudores, a las sectas y los paganos. La sinagoga debía disminuir la deuda de las demás sectas y paganos, ya que tenía el poder y la gracia en su favor: esto es, que sin mérito ni merecerlo poseía la riqueza, para que si un día fuese desechada ella misma, se pudiera refugiar entre los deudores tratados humanamente. Durante este tiempo he visto frecuentemente a la Santa Virgen. Moraba sola en la casa situada junto a Cafarnaúm. La veía trabajando u orando. Recibía la visita de las santas mujeres. y los discípulos le traían noticias de Jesús. He visto que a veces no recibía a las personas que venían de Nazaret o de Jerusalén solamente para verla. En Jerusalén todo está tranquilo respecto a Jesús. Lázaro está retirado en su castillo, y recibe frecuentemente noticias de Jesús, por los discípulos, y él envía sus noticias por el mismo conducto.

Capítulo VII

La parábola del mayordomo infiel

Desde niña yo veía esta y otras parábolas como si fuesen figuras vivientes que pasaban delante de mis ojos y me parecía luego que veía en realidad a unos u otros personajes. reconociéndolos en la vida real. Lo mismo me pasó con este mayordomo. al cual yo veía siempre como un hombre algo jorobado. con cargo de administrador, de barba rojiza, muy ágil en su andar y como él hacía escribir a sus arrendatarios con una especie de caña. He visto vivir a este mayordomo en un lugar desierto de la Arabia no lejos de donde los hijos de Israel murmuraron contra Moisés; vivía en una tienda. Tenía su señor, muy lejos de allí, cerca del monte Líbano, un campo de cereales y de frutos, que llegaba a los límites con la Tierra Santa: en los dos extremos del campo vivían dos capataces, a los cuales él había subarrendado. Este mayordomo era un hombre pequeño, muy listo, que pensaba entre sí: «El señor no vendrá». Por eso dejaba correr las cosas y descuidaba su obligación; lo mismo hacían sus dos capataces, que derrochaban en bebida y fiestas. De pronto vi que el señor del campo se puso en camino. Muy lejos vi a una hermosa ciudad y un palacio donde vivía el dueño y había un camino que salía de allí en dirección del campo. Vi salir de ese lugar al rey de la ciudad con gran acompañamiento de camellos, sobre un carro bajo y pequeño, tirado por un par de asnos, y con él venía toda su corte. Yo veía esto de tal manera que me parecía como si del cielo partía esa senda hermosa, saliendo de la Jerusalén celestial, y me parecía un rey del cielo que tuviera aquí en la tierra un campo de cereales y frutales. Venía este rey al modo de los antiguos reyes. Lo veía bajar desde lo alto a la tierra. El mayordomo, el pequeño hombre, había sido, en efecto, acusado de disipar los bienes de su señor. Los deudores del mayordomo eran dos hombres que vestían largos sacos con muchos botones hasta abajo, y el mayordomo llevaba una especie de gorra. La tienda del mayordomo estaba situada hacia el desierto. y el campo de las mieses, frutales y olivares, en cuyos extremos vivían los dos capataces, estaba hacia la parte de Canaán. Estos campos estaban unidos como en forma de triángulos. El dueño cayó sobre el campo de los cereales. Los dos capataces derrochaban todo con el mayordomo, y como éstos tenían otros trabajadores a su mando tenían que reponer todo lo que malgastaban sus principales. Me pareció entender como si fuesen dos malos sacerdotes párrocos, y el mayordomo un obispo igual; pero me pareció también que eran mundanos, pues todo lo tenían que ordeñar. El mayordomo vio de lejos la venida del rey; se llenó de turbación y preparó un gran banquete y se mostró muy servicial y adulador. El rey dijo al mayordomo: «¡Ah! ¿qué es lo que tengo que oír?, ¿qué tú derrochas los bienes que te había encomendado? Dame cuenta, porque ya no podrás seguir siendo mi mayordomo». Entonces vi que el mayordomo llamó prontamente a los dos capataces. Tenían rollos, que abrieron. Les preguntó cuánto debían, pues ni eso sabía el mayordomo, y ellos mostraron sus deudas. Él tenía en las manos un cañito algo retorcido, y les hizo escribir prestamente menos cantidad de lo que debían, pensando: «Cuando yo sea removido de mi puesto, por lo menos me refugiaré entre ellos, y podré vivir, pues no puedo ya trabajar». Después de esto vi que los capataces y el mayordomo mandaban a los subordinados que fuesen a llevar al rey los frutos y el tanto por ciento de los campos, y éstos llegaron con camellos y asnos cargados trayendo cereales en bolsas y olivos en canastos. Los que traían los olivos, venían también con dinero: eran pequeñas placas de metal reunidas en rosario, unas más grandes que otras, sujetas con anillos. El señor notó, comparando con lo que en años anteriores habían pagado, que era mucho menos de lo que debían y notó, en los escritos falsificados, la intención del mayordomo. Con una sonrisa se dirigió a los miembros de su cortejo, diciendo: «Mirad, este hombre es listo y prudente; quiere hacerse amigos entre sus deudores; los hijos del siglo son más prudentes en sus manejos que los hijos de la luz, los cuales poca veces obran en el bien como estos en el mal. Así serían compensados como estos serán castigados». Después de esto vi que el mayordomo jiboso fue removido y enviado más adentro, en el desierto. En ese lugar había comarcas de arena dura y estéril, de color ocre. El hombre se contristó mucho y se confundió grandemente. He visto que, al fin, él empezó también a trabajar y a cultivar el campo y a cortar leña de unos árboles duros que allí había. Los dos capataces fueron también desalojados y enviados a otros campos de arena, aunque no tan estériles. En cambio, los pobres trabajadores subordinados fueron recompensados, porque les confió a ellos el cuidado del campo que había tenido el mayordomo infiel.

Capítulo VIII

Jesús y sus discípulos en Seleucia

Jesús y sus discípulos se repartieron por la ciudad de Adama. Jesús se quedó más bien en la ciudad, mientras los discípulos fueron a sus términos, hasta las viviendas de los paganos, y entrando de casa en casa llamaban e invitaban al bautismo y a la enseñanza de Jesús para dos días adelante al otro lado del lago, en un lugar de verdor y cercado, cerca de Seleucia. Mientras invitaban, enseñaban. Esto duró hasta la entrada de la noche. Los discípulos se dirigieron entonces fuera de la ciudad, a la parte Oeste, donde los pescadores estaban con sus barcas, ocupados al resplandor de sus antorchas en la pesca, en donde el Jordán se echaba en el lago. La claridad de las antorchas atraía a los pescados, que sacaban con anzuelos y con pinchos. Los discípulos ayudaban en el trabajo y enseñaban e invitaban a los pescadores. Les decían también que llevasen sus pescados al lugar de verdor, junto a Seleucia, donde tendría lugar el gran sermón de Jesús, que allí se los pagarían bien. Ese lugar es una especie de parque de animales, cercado con vallado. Solía encerrarse allí a los animales salvajes que cazaban: por eso se veían toda clases de cuevas para ellos. El lugar pertenecía a Adama, y estaba a una hora y media de Seleucia. Al amanecer fue Jesús junto a sus discípulos y se dirigieron a unos recovecos donde había pobres chozas detrás de la ciudad. Luego, en la ciudad, fue Jesús con los suyos a la casa del jefe y tomó algún alimento en un lugar abierto. Consistía la comida en pequeños panes unidos de a dos. Había también pescados con cabezas levantadas, en una fuente que parecía de vidrio multicolor. Jesús puso un pescado entero sobre el pan, a cada uno de sus discípulos. La mesa tenía honduras excavadas, donde se colocaban las porciones, como si fuesen platos. Después de la comida Jesús dio una instrucción en vestíbulo abierto. delante del jefe y los familiares que debían recibir el bautismo; luego se dirigió al lugar de enseñanza, fuera de la ciudad, donde le aguardaba mucha gente, y los preparó para el bautismo. La gente iba y venía en grupos, turnándose. y pasaban a la sinagoga; oraban, se ponían ceniza en la cabeza y hacían penitencia; luego iban al huerto de los baños, junto al lugar de la Gracia y se purificaban en baños, separados por cortinas. Cuando los últimos abandonaron el lugar de la enseñanza, se dirigió también Jesús allí. El sitio para bautizar era aquel donde un brazo del Jordán afluía a la fuente, que era tan espaciosa y tenía el borde con excavaciones tan ancho que podían pasar dos a la vez. Corrían cinco canales, que podían cerrarse a voluntad y tiene al lado cinco pasajes para acercarse. En medio de la fuente había un palo con un brazo tan largo que podía cerrar o abrir la fuente. Esta fuente con cinco entradas no había sido arreglada ahora para el bautismo: era una forma común en Palestina que tenía relación con los cinco canales del estanque de Bethesda, con el pozo de Juan en el desierto. con la fuente del bautismo de Jesús, y con las cinco llagas del Señor. Jesús se refirió al próximo bautismo. Los bautizandos vestían largos mantos de los cuales se despojaban y entraban, cubiertos hasta la mirad del pecho con una especie de escapulario, en las excavaciones que rodeaban la fuente llena de agua. Sobre los bordes de la entrada estaban el bautizador y los padrinos. El agua era derramada tres veces sobre la cabeza en nombre de Jehová y de su Enviado. Cuatro discípulos bautizaban al mismo tiempo y dos ponían las manos sobre los bautizandos. Esta ceremonia y las enseñanzas de Jesús duraron hasta la tarde. Muchos fueron rechazados y postergados. Al amanecer se embarcaron los discípulos a Seleucia, al lugar cubierto de verdor que estaba del otro lado. A cierta distancia de Adama el lago tiene la forma de un violín, algo más angosto, como a un cuarto de hora de camino. Seleucia era una fortaleza con murallas y vallados. Del lado Norte era casi inaccesible por lo empinada, y estaba llena de soldados paganos. Las mujeres vivían en casas y en cámaras particulares. Los judíos que moraban aquí eran bastante despreciados y vivían en cuevas, abiertas en las mismas murallas, y trabajaban en labores forzadas, en cuevas y en terrenos pantanosos. No he visto ninguna sinagoga; pero había un templo de forma redonda, situado sobre un círculo de columnas que presentaban figuras sosteniendo pesos. En el centro había una columna gruesa donde estaba la escalera que llevaba a lo alto del templo. Abajo, en los sótanos. ponían los recipientes con las cenizas de sus muertos. Cerca de allí sé veía un lugar renegrido donde solían quemar los cadáveres. En este templo había figuras de serpientes con caras de hombres y figuras de hombres con cabeza de perros, y un ídolo con la luna y un pez. La tierra era más bien estéril; pero la gente era trabajadora, preparaba toda clase de aperos para cabalgaduras y había muchos herreros. Casi todos los trabajos eran para los soldados. Los discípulos anduvieron por las calles de Seleucia invitando a las gentes a un sermón y a una comida. Mientras tanto, hacía esto mismo Jesús entre los paganos en Adama. Después se dirigieron los discípulos al parque de los animales, que estaba cubierto de hermosas plantas y flores, y arreglaron la comida con los pescados que los pescadores tenían guardados en una cisterna. Las mesas eran anchas tablas, que fueron sacadas del lago: serían anchas como de dos pies. Detrás del parque había hogares donde se cocían los pescados. Parece que aquí se suele hacer a menudo esta comida porque hay excavaciones planas en la roca como hechas por la naturaleza y dentro de las cuevas, donde se pueden colocar los alimentos. Prepararon panes, pescados, hierbas y frutas. Cuando todo estuvo preparado y había unos cien paganos reunidos, llegó Jesús a través del lago. Le seguían once judíos con el jefe y algunos paganos de Adama. Jesús predicó desde una colina. El jefe y los demás judíos tenían derechos sobre esa comida preparada, y junto con Jesús y los discípulos servían a los comensales. Jesús explicó que el hombre se compone de cuerpo y de alma y del alimento que necesitan el cuerpo y el alma; dijo que ellos podían seguir comiendo o escuchar su enseñanza. Dijo esto para probarlos. En efecto, algunos fueron en seguida a las mesas y una tercera parte quedó escuchándole. Jesús enseñó acerca de la vocación de los infieles y les contó la venida de los tres Reyes, cosa que no les era desconocida. Cuando acabaron el sermón y la comida, se dirigió Jesús con sus discípulos hacia Seleucia, como a hora y media al Sur, y no junto al lago. La mayoría de la gente había vuelto a sus hogares. Jesús fue recibido por los principales de la ciudad y obsequiado con una bebida y alimento, así como los discípulos y los judíos que habían venido con ellos. Fueron llevados a la ciudad y Jesús enseñó a las mujeres en un lugar no lejos de la puerta, donde se habían reunido en sitio apropiado para ver a Jesús. Vestían como las judías, pero no llevaban velo; en general era gente de baja estatura. pero fuerte y bien plantada. Jesús entró luego en un gran albergue donde le habían preparado una comida. Había en esta región mucho tráfico. Jesús, sus discípulos y los judíos comieron en una mesa aparte. Los judíos no querían al principio comer allí. Jesús les dijo entonces que lo que entraba por la boca no era lo que manchaba al hombre: de modo que si no querían comer con Él, no eran seguidores de su doctrina. Mientras duró la comida, siguió enseñando a los comensales. Los paganos tenían mesas más altas que los judíos, a veces mesas particulares, y estaban sentados sobre almohadas, con las piernas cruzadas, como he visto en las gentes del país de los Reyes Magos. Los alimentos eras pescados. verduras, miel, frutas y carne asada. Jesús los conmovió de tal manera con sus enseñanzas, que cuando se despidió de ellos quedaron tristes y apesadumbrados. Le rogaron mucho que se quedase con ellos y Jesús les dejó a Andrés y Natanael. Los paganos también manifestaban mucho interés por oír cosas nuevas. Era ya de noche cuando los dejó. Las viviendas de las mujeres estaban edificadas con la parte trasera hacia los muros de la fortaleza y sólo por delante miraban a una calle muy ancha. Había bastantes casas hermosas, algunas con jardines y patios, donde trabajaban o lavaban. Jesús les habló del bautismo, como de una purificación; y como aún querían saber más, les dijo que hasta ahora no podían entender más de lo que les había dicho.

Capítulo IX

Jesús vuelve a Adama y enseña en Berotha

De Seleucia volvió Jesús a Adama. Se celebraba ahora allí una fiesta para los nuevos bautizados en la sinagoga. Estaban delante de los demás entonando cantos de acción de gracias. Jesús enseñaba. Fueron bautizados más cuando volvieron Andrés y Natanael desde Seleucia El anciano judío convertido hace en todas partes de sirviente y se muestra humilde y servicial con todos. Gran cantidad de enfermos no habían podido asistir a las enseñanzas de Jesús ni al bautismo; por eso fue Jesús con Saturnino y con el discípulo pariente a visitarlos en sus casas. Los otros fueron a las ciudades de Azor, Kades, Berotha y Thisbe, a dos o tres horas al Norte de Adama, para invitarlos a un sermón que Jesús iba a pronunciar en una colina de suave ladera que estaba en dirección de Kades hacia Berotha. En la altura de este monte había un antiguo sitial para enseñanza en un lugar cercado; el monte estaba cubierto de verdor. Los discípulos pidieron al jefe del lugar que invitara a la gente al sermón que iba a tener el profeta de Galilea, sobre el monte, el día siguiente al Sábado. Otros entraban en las casas y los invitaban a concurrir. Mientras tanto seguía Jesús en Adama en medio de judíos ricos y pobres, y paganos; y sanó a los enfermos hidrópicos, baldados, ciegos y con flujo de sangre. Me admiró ver entre los judíos a diez ende moniados, hombres y mujeres. Entre los paganos nunca veía tantos como entre los judíos. Había algunos de las mejores familias encerrados en cámaras con rejas. Cuando Jesús se acercaba a esas casas comenzaban a gritar furiosamente. Cuando se aproximaba se aquietaban y le miraban fijamente, confundidos. He visto cómo, con su sola mirada». echó al demonio de ellos, que huyó visiblemente como un vapor negro en forma de una figura humana y que escapó de allf. La gente se espantaba y se admiraba, mientras los endemoniados palidecían y caían desmayados. Jesús les habló, les tomó de la mano y les mandó que se levantasen. Entonces despertaron como de un sueño y cayeron de rodillas, dando gracias. Volvieron a ser otros hombres. Los exhortó Jesús y les señaló los pecados de los cuales tenían que guardarse. Cuando volvieron los discípulos a Adama, tomaron alimentos con Jesús en casa del jefe de la ciudad. Habían comprado en aquel lugar pescados y pan que llevaron hasta el monte donde hubo el sermón para alimentar a los oyentes. Jesús recibió de algunas personas regalos, entre estos pequeñas plaquitas de oro. Estos obsequios se utilizaban luego para pagar las comidas a las turbas. Jesús no había comido desde su partida de Seleucia. El Sábado volvió a enseñar en la sinagoga de Adama. Había aquí un grupo de hombres, enemigos de Jesús, que dos fariseos habían mandado al lugar del bautismo de Juan con encargo de espiar lo que éste decía de Aquél, y también a Bethabara y a Cafarnaúm, donde dieron parte a otros fariseos de que Jesús estaba ahora en medio de ellos y bautizaba y hacía partidarios. Al volver esta gente de su espionaje hablaba mal de Jesús y murmuraba, aunque tenían pocos partidarios. Una vez preguntaron algunos principales a Jesús qué pensaba de los esenios. Querían tentarle, porque les parecía que tenía Jesús algo de parecido con esa gente, y porque Santiago el Menor, su pariente, pertenecía a esa secta. Culpaban a estos hombres de que se apartaran de los demás, haciéndose singulares y especialmente de que no quisieran casarse. Jesús les contestó que no se podía culpar a esta gente; que si tenían esa vocación era de alabarse; que cada uno tenía su vocación, y si uno no se sentía llamado a eso no debía hacerlo: de otro modo sería como si un baldado quisiera caminar derecho, sin conseguirlo. Cuando le reprochaban que en los esenios había tan pocas familias, Jesús les enumeró muchas familias de esenios y les habló de la buena educación que daban a sus hijos. Habló también del estado matrimonial bueno y malo. Jesús ni se declaró por los esenios ni los reprendió por su vida: de este modo la gente no lo entendió. Ellos pensaban, con estas preguntas, reprocharle que tuviera entre sus discípulos a algunos esenios y que tratara con ellos. La noche del Sábado al Domingo salió Jesús antes del día de Adama, sin decir que no volvería, y se dirigió con sus discípulos y varios judíos a la montaña para el sermón al cual había invitado. Salió de la puerta de Adama pasando por el puente por donde había entrado. Si hubiesen salido por la otra hubieran debido atravesar el río que corre de Azor hacia Adama y Kades para echarse en el Jordán. Dejaron a Kades a la derecha y caminaron hacia Occidente por las faldas suaves de la montaña Esta comarca tenía altos peñascos que arriba formaban grandes explanadas y no había aquí tantas cuevas y quebradas como en las montañas de Palestina. Dejaron a la izquierda la ciudad de Thisbe, que se veía a gran altura. Aquí vivió algún tiempo Tobías; había casado a un cuñado o hermano y había estado también en la ciudad de Amichoris (ciudad del agua). Habría podido quedarse allí, pero prefirió vivir con sus paisanos en la cautividad, para poder ayudar a su pueblo. Elías había estado también en Thisbe, y Jesús la había ya atravesado. La turba ya estaba reunida en lo alto del monte. La tarde anterior habían subido algunos hombres después del Sábado para ordenar el lugar allá. Había arriba un lugar no cercado y un sillón para enseñar. Las gentes que vivían en casitas, a ambos lados de la montaña, se ocupaban de alzar tiendas y tenían ya los palos y las sogas tendidas. Este lugar era histórico. Josué había celebrado aquí una fiesta a raíz de una victoria contra los canaanitas. Habían llevado agua en odres, y panes y pescados en canastos de mimbre que se podían poner unos sobre otros, en unos casilleros. Cuando Jesús llegó a la cumbre se alzó un clamor general: «Tú eres el verdadero Profeta, el Salvador». Cuando pasaba, la gente se inclinaba ante Él. Serían como las nueve de la mañana cuando llegó. Había desde Adama hasta allí unas seis o siete horas de camino. Habían llevado arriba a muchos endemoniados que gritaban enfurecidos. Jesús los miró y callaron de inmediato cuando les mandó quedarse quietos, y se encontraron libres de los demonios por la fuerza de su mandato. Cuando Jesús llegó a la tribuna puso orden en la turba por medio de los díscípulos, haciéndola callar. Luego oró a su Padre, del cual se debe esperar toda ayuda y el pueblo oró con Él. Habló del lugar y de lo allí había sucedido a los hijos de Israel; cómo había aparecido Josué en este lugar para librarlos de los canaanitas y del paganismo, y como fue arrasada Azor. Declaró esto como figuras de otros hechos que estaban sucediendo ahora: que venía la verdad y la luz nuevamente a este lugar con gracia y mansedumbre para librarlos del poder del mal y del pecado. Dijo que no opusiesen resistencia como los canaanitas, para que no viniese el castigo de Dios como había venido sobre Azor. Contó una parábola, que está en el Evangelio y que usaba muchas veces; creo que era la de la siembra del trigo y del campo. Habló también de la penitencia y del reino, y habló de Sí y de su Padre con más claridad de lo que lo había hecho hasta ahora en este país.