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Jesús enseña en la sinagoga de Cafarnaúm
Comenzó el Sábado y todos se dirigieron a la sinagoga. Jesús llegó con sus discípulos. Todos lo escuchaban con gran admiración. Habló de la venta de José por sus hermanos (I Moisés 37, 1-36) y luego de Amós (2-6, 3-9) con las amenazas por los pecados de Israel. Nadie lo molestó en su predicación y los mismos fariseos lo escucharon con envidia concentrada y reprimida admiración. El testimonio del Bautista leído ante el pueblo los había atemorizado bastante. De pronto se suscitó un escándalo grande en la sinagoga. Alguien había traído adentro a un endemoniado rabioso, el cual se enfurecìó de tal modo que quería morder a los que encontraba a su paso. Se volvió entonces Jesús hacia él y le dijo: “Calla. Llevadle fuera». Calló de inmediato el hombre; se sentó fuera en el suelo y estuvo quieto durante el sermón. Cuando Jesús terminó su enseñanza, se acercó al endemoniado, en la puerta, y lo libró del demonio. Después se dirigió a la casa de Pedro que estaba junto a la orilla, porque allí había quietud y silencio. Por la noche se retiró para pasarla en oración. Entre todos los curados por Jesús nunca he visto alguno tratado como loco; todos lo eran como endemoniados y poseídos. Los fariseos estaban aún reunidos y desarrollaban toda clase de escritos de los profetas y su modo de ser y especialmente de Malaquías, del cual se sabía algo más; hablaban de sus enseñanzas y sus andanzas; lo comparaban con la enseñanza de Jesús, y tuvieron que reconocer que los sobrepujaba a todos en virtud, poder y dones sobrenaturales; con todo, discutían siempre sobre su enseñanza. A la mañana siguiente habló Jesús de nuevo en la sinagoga ante una gran multitud de oyentes. Entre tanto María Cleofás seguía empeorando, de modo que María, Madre de Jesús, le envió a decir que acudiese a verla. Jesús llegó a la casa de Pedro, junto a la ciudad donde estaba la viuda de Naím con María Santísima y los hijos y hermanos de María Cleofás. De un modo especial se compadecía de la enferma el niño Simeón, de ocho años, hijo de su tercer matrimonio con Jonás, hermano menor del suegro de Pedro, que había estado con él en la barca y había muerto hacía medio año apenas. Jesús entró donde estaba María Cleofás, oró y puso su mano sobre ella. Se hallaba desfallecida por la fiebre. La tomó de la mano y le dijo que no estuviese ya enferma. Mandó que le dieran de beber, y le trajeron una bebida en un recipiente. Tuvo también que comer un bocado. Esto lo solía hacer con todos los enfermos que sanaba. He oído que esto tenía relación con el uso del Santísimo Sacramento. Generalmente bendecía antes estos alimentos. El contento de sus hijos era incontenible, especialmente del pequeño Simeón, cuando vieron a su madre sana y que servía ahora a los demás enfermos. Jesús salió de allí en seguida y se fue a ver a los muchos enfermos que habían traído. Había algunos despachados por incurables; diez casi moribundos, y enfermos de todas clases, traídos de diversas partes, hasta de de Nazaret, y quienes le habían conocido en su niñez. He visto algunos ya como muertos. Vinieron aquí también los discípulos de Juan y se lamentaron de haber interpretado mal en Él de que no se hubiese interesado por la liberación de Juan; dijeron que habían ayunado mucho para mover a Dios que librase a Juan de la prisión. Jesús les dijo palabras de animación y de consuelo, y alabó nuevamente a Juan como a hombre santísimo. Luego hablaron con los discípulos de Jesús, preguntando por qué no bautizaba Jesús mismo, ya que su maestro Juan se había ocupado tan celosamente en este trabajo. Ellos respondieron más o menos así: que Juan había bautizado porque era el Bautizador y era su misión; que Jesús era el Salvador y salvaba y sanaba. cosa que no hizo Juan. Vinieron también escribas y fariseos de Nazaret, y muy cortésmente lo invitaban a visitarlos de nuevo; parecía que querían excusarse y reparar lo que habia sucedido allí antes. Jesús les respondió que nadie es profeta en su propia patria. Se dirigió luego a la sinagoga y tuvo allí enseñanza hasta la conclusión del Sábado. Al salir dio la vista a un ciego.
La pesca milagrosa
El cuidado de la casa que Pedro tiene junto a la ciudad lo lleva su mujer misma; el cuidado de la otra casa, junto al lago, lo lleva su suegra y su hijastra. Jesús se retiró a la oración y a los discípulos les permitió, a su ruego, ir a sus barcas para pasar la noche en la pesca. Había mucho pedido de pescados por la gran multitud de gente estacionada allí; también había mucha gente que deseaba pasar el lago. Los discípulos solían estar toda la noche ocupados en la pesca y por la mañana pasaban gentes al otro lado. Jesús, mientras tanto, con los otros discípulos no pescadores se ocupaba de dar limosnas a los pobres sanados de sus enfermedades y a otros viajeros necesitados. Mientras enseñaba daba a cada uno con sus propias manos lo que necesitaba, exhortando y consolando. Esta ayuda consistía en vestidos, telas y mantas, en panes y hasta en monedas. Sacaban para eso de lo reunido por las santas mujeres y otras cosas las proveían las personas acaudaladas. Los discípulos llevaban los panes y las telas en canastos y repartían según indicación de Jesús. Más tarde enseñó desde el lugar de Pedro, en la orilla, a muchas personas. Las barcas de Pedro y del Zebedeo estaban no lejos de la orilla y los discípulos pescadores hallábanse aún ocupados en el arreglo de las redes, algo apartados de la multitud. La barca de Jesús estaba cerca de la nave grande. Como el gentío aumentase y el espacio fuese angosto allí, porque sube mucho el barranco detrás de los oyentes, Jesús hizo señal de que acercaran la barca. Mientras sucedía esto se aproximó un escriba de Nazaret venido con enfermos que Jesús había sanado ayer y le dijo: “Maestro, yo quiero seguirte adonde Tú vayas». Jesús le dijo: “Las zorras tienen su guarida y los pájaros del aire sus nidos, y el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza”. Se acercó la barca y Él entró con algunos de sus discípulos. Se apartaron un tanto de la orilla y deteniéndose, ya en un lugar, ya en otro, iba enseñando a los diversos grupos, contando parábolas del reino de Dios, como por ejemplo: el reino de Dios es semejante a una red que recoge peces, arrojada a la mar, o es semejante a un campo de trigo donde el enemigo siembra cizaña. Como se hiciera ya noche dijo a Pedro que fuera mar adentro y echase las redes. Pedro con pesar respondió: “Toda esta noche hemos estado trabajando y no hemos pescado nada; pero en tu palabra quiero echar las redes». Tomaron sus redes y fueron mar adentro. Jesús despidió al pueblo y subió a su nave; y con Saturnino, el hijo de Verónica que había venido ayer y otros discípulos, fueron navegando detrás de Pedro, declarandoles nuevamente las parábolas, y les indicó el sitio donde debían echar las redes. Después de esto navegó en su barca hacia el lugar de la casa de Mateo. Ya era de noche y en los bordes de las barcas, cerca de las redes, ardían algunas antorchas. Los pescadores echaron las redes y fueron navegando en dirección de Corazín, pero no pudieron tirar ni recoger las redes. Cuando finalmente aparecieron en la superficie las redes estaban tan pesadas que se rompían los hilos de una u otra parte. Navegaban entonces con pequeñas lanchas en torno de las redes y sacaban con las manos los pescados y los ponían en pequeñas redes y en los cajones que llevaban en los bordes de la barca. Llamaron a los de la barca del Zebedeo, los cuales vaciaron también un tanto las redes. Estaban asustados por una pesca semejante que no habían tenido jamás en toda su vida de pescadores. Pedro estaba consternado, y todos veían que aún no habían respetado bastante a Jesús; y comprendió también que todo su trabajo e industria no había servido de cosa alguna, y ahora, a la palabra de Jesús, habían tenido de una vez tanta pesca cual no la tenían en muchos meses. Cuando estuvo aligerada la red llegaron a la orilla, y al ponerla en tierra se espantaron de la cantidad de pescados. Jesús estaba en la orilla, y Pedro, todo confundido, se acercó a El y echándose a sus pies, le dijo: «Señor, apártate de mí que soy un hombre pecador». Jesús le dijo: “No temas; desde hoy serás pescador de hombres». Pedro estaba completamente confundido de su vana solicitud por pescar. Era ya las tres o cuatro de la mañana y comenzaba a aclarar. Cuando los discípulos pusieron al seguro su pesca durmieron algún tiempo en sus barcas, mientras Jesús con Saturnino y el hijo de Verónica, subiendo por el Este las escarpadas rocas: iban en dirección del Sur, donde se encuentra Gamala. Hay aquí rocas y matorrales. Jesús enseñaba a Saturnino y al hijo de Verónica sobre la oración, y les propuso varios temas para meditar. Después de esto se alejó de ellos y se fué a la soledad; ellos, entre tanto, descansaban, caminaban y oraban. Los discípulos emplearon todo el día en colocar sus pescados; una gran parte de ellos fueron repartidos entre los pobres; a todos les contaban lo sucedido. Los paganos compraron muchos pescados, y otros llevaron a Betsaida y Cafarnaúm. Todos los discípulos estaban convencidos ahora que sus solicitudes por la comida eran tontas y necias, porque vieron que como obedecían el mar y el viento a su palabra, de la misma manera obedecían los peces que acudían a sus redes. Por la tarde llegaron al Este de la orilla y Jesús con sus dos acompañantes viajó a Cafarnaúm. Se dirigió a la casa de Pedro y allí sanó a algunos enfermos impuros abandonados, hombres y mujeres, cosa que duró hasta la noche, y se encendieron las antorchas. Eran enfermos que no se podían traer delante de los demás en el día. Los sanó en el patio de Pedro, durante la noche. Había entre ellos algunos que hacía años que estaban abandonados por incurables. El resto de la noche pasó Jesús en oración.
El sermón de la montaña
Subió Jesús a la nave con muchos de sus discípulos y se hizo llevar a una hora hacia el Norte de la casa de Mateo. Se habían dirigido ya multitud de paganos, de los recién bautizados y de los sanados, hacia la montaña al Este de Betsaida-Julias, donde quería tener un gran sermón. En torno estaban las tiendas de los paganos. Los discípulos pescadores habían preguntado si debían viajar con Él, porque la pesca milagrosa los había persuadido de que debían abandonar las solicitudes de lo temporal, ya que todo dependía y estaba en sus manos. Jesús les dijo que bautizasen en Cafarnaúm a los que habían quedado aún sin bautismo y el resto del tiempo lo empleasen en sus trabajos de pesca; puesto que había mucha necesidad de proveer de alimentos a tantos que estaban allí estacionados. Antes de embarcarse Jesús tuvo una enseñanza con los discípulos de las ocho Bienaventuranzas, de las cuales pensaba hablar más extensamente en la montaña. Les dijo que debían ser la sal de la tierra; que eran elegidos para refrescar a los demás y conservarlos, y por eso debían ellos mismos cuidar de no hacerse inútiles. Esto lo explicó con parábolas y ejemplos más extensamente, y luego partió en la barca. Los discípulos pescadores y Saturnino bautizaron entonces en el valle de Cafarnaúm. Se bautizó en esta ocasión el hijo de la viuda de Naím y recibió el nombre de Marcial. Saturnino le puso las manos sobre los hombros como padrino. Las mujeres no fueron a la predicación de Jesús. Quedaron con la viuda de Naím para festejar el bautismo de su hijo. Con Jesús estaban los sobrinos de José de Arimatea, que habían venido de Jerusalén, Natanael, Manahem de Korea y otros muchos discípulos, de los cuales se reunieron unos treinta en Cafarnaúm en estos días. Cuando se desembarca al Este de la entrada del Jordán, en el lago, se va por las alturas del Este y torciendo luego hacia el Oeste, se llega al lugar del sermón del monte. Se puede llegar también por la parte Norte del lago, por el puente sobre el Jordán. No era cómodo ir por allí por lo salvaje del lugar y llegar a la montaña. Betsaida-Julias esta situada en el rincón Este de la entrada del Jordán en el mar, y tenía una ribera alta del lado del lago, donde corría un camino. En la montaña no había sitial o cátedra, sino un cercado con techumbre; por el Oeste y Sur tenía vistas al lago y las montañas y se podía ver hasta el monte Tabor. Mucha gente estaba allí reunida, especialmente paganos bautizados hacía poco tiempo, aunque había también judíos. No estaban muy separados aquí los unos de los otros, porque habia mucho comercio y tránsito de caravanas, y los paganos tenían muchos derechos. Jesús enseñó primero sobre las ocho Bienaventuranzas, y se refirió a la primera: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Contó parábolas y semejanzas del Mesías y de la conversión de los infieles; que había llegado el tiempo de que habló el profeta: “A todos los infieles quiero yo mover, puesto que llegó el consuelo de los paganos» (Hageo, 2-8). Aquí no sanó a enfermos, porque fueron curados el dia anterior los que se presentaron. Los fariseos habían venido en una barca propia y escuchaban llenos de ira y de envidia el sermón de Jesús. Las gentes se habían llevado alimentos y comían en las pausas que se hacian de vez en cuando. También Jesús y los discípulos tenían pescados, panes, miel y pequeños recipientes con un jugo o bálsamo del cual mezclaban una pequeña cantidad en el agua y bebían luego. Al anochecer volvían las gentes de Cafarnaúm, de Betsaìda y de otras localidades a sus respectivas casas, puesto que las barcas las esperaban en las orillas. Jesús y sus discípulos subieron por el valle del Jordán hacia un albergue de pastores, donde se refugiaron. Allí Jesús enseñaba y preparaba a sus discípulos para su futura misión. Jesús se propone enseñar sobre estas ocho Bienaventuranzas durante catorce días y mientras tanto celebrar el Sábado en Cafarnaúm. Al día siguiente continuó Jesús su enseñanza en la montaña. María Santísima, María Cleofás, Maroni de Naím y dos mujeres más estuvieron presentes en una ocasión. Cuando Jesús volvia con sus discípulos y apóstoles hacia el lago, hablandoles de su misión, les dijo: “Vosotros sois la luz del mundo». Luego comparó a una luz sobre el candelero con la ciudad sobre una montaña, el cumplimiento de la ley. Navegaron hacia Betsaida y permaneció en la casa de Andrés. Entre los nuevos bautizados por Saturnino en Cafarnaúm en estos días, se encontraban judíos de Achaia, cuyos antepasados en la cautividad de Babilonia se habian refugiado allí.
Curación del hombre enfermo de gota
Betsaida-Julias es una ciudad nueva edificada al gusto de los paganos, aunque viven en ella tambien judíos y se encuentra una escuela renombrada donde se enseñan diversas ciencias. Jesús aún no la había visitado. Ellos salen de su ciudad, vienen a la predicación de Jesús y traen a sus enfermos. Está situada muy bellamente en un valle estrecho del Jordán, algo elevada en la parte Este, a una media hora de donde el Jordán entra en el lago. A una hora hacia el Norte hay un puente de piedra que cruza el Jordán. Mientras navegaban, Jesús volvió a hablar a los suyos de su misión, de las persecuciones que debían sufrir. Luego se durmió en la barca de Pedro. Unos días después, cuando se dirigía Jesús desde la montaña hacia Cafarnaum, se agolparon las muchedumbres para saludarlo. Jesús se albergó en la casa de Pedro cerca de Cafarnaúm, en el valle, a la derecha, delante de la puerta de la ciudad. Cuando se supo que Jesús estaba en esa casa se reunieron muchos, y vinieron también fariseos y escribas. El patio y las adyacencias de la casa estaban llenos de gentes, y Jesús, en medio de los suyos y de los fariseos, enseñaba sentado. Habló de los diez Mandamientos y llegó a ese punto donde había dicho en el sermón del monte: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matar». Y habló del perdón de las injurias y del amor a los enemigos. De pronto se promovió un desorden, porque se produjo un ruido en la techumbre. Por la abertura que suelen tener las casas arriba, que fué removida, descolgaron cuatro hombres a un hombre gotoso en su camilla, mientras decían: «Señor, ten piedad de este pobre enfermo». Habían en vano tratado de penetrar entre los grupos de oyentes con su enfermo; entonces lo subieron por las escaleras a la azotea y abrieron la claraboya para descolgarlo. Todas las miradas se dirigieron al enfermo; los fariseos se irritaron por lo que les pareció una audacia, una desvergüenza. Jesús se alegró por la fe que demostraba esa gente; se acercó a ellos, y dijo al enfermo inmóvil: “Ten confianza, hijo mío; tus pecados te son perdonados”. Estas palabras parecieron, como siempre, un escándalo y una blasfemia a los fariseos. Pensaban: “¿Quién, fuera de Dios, puede perdonar los pecados?» Jesús vio sus pensamientos y les dijo: “¿Por qué tenéis esos torcidos pensamientos en vuestros corazones? ¿Es más fácil decir a un enfermo, tus pecados te son perdonados, o decirle: toma tu camilla y vete? Para que entendáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, te digo (y se volvió al enfermo): Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Entonces el hombre, a la vista de todos, se levantó sano, arrollando las ropas de su camilla, juntó las maderas de su catre y los puso bajo el brazo, y sobre sus hombros la ropa, y salió de allí, acompañado de sus cuidadores y de sus parientes, cantando alabanzas a Dios, mientras el pueblo cantaba y victoreaba contento junto con su enfermo curado. Los fariseos, llenos de ira y de envidia, desaparecieron uno tras otro de allí mientras Jesús, acompañado por la multitud, se dirigía a la sinagoga puesto que había comenzado ya el Sábado.
Segunda resurrección de la hija de Jairo
Jairo, el jefe de la sinagoga, estaba en ella cuando predicaba Jesús; estaba triste y lleno de remordimientos. Su hija hallábase de nuevo a punto de morir de enfermedad aún más peligrosa, pues era castigo de los pecados de sus padres y de los suyos propios. Desde el sábado pasado había sido asaltada por una fiebre continua. La madre y una hermana de ella y la madre de Jairo, que vivían en la casa, habían tomado la curación de la hija con bastante indiferencia, casi sin agradecer y sin cambiar sus sentimientos adversos hacia Jesús y favorables a los fariseos, y el mismo Jairo, hombre débil y tibio, seducido por su hermosa mujer, habíase dejado dominar por ella y por sus sentimientos. Reinaba en esa casa un ansia pecaminosa de adornos mujeriles y se arreglaban vanamente con los últimos inventos de las mujeres paganas. Cuando vieron a la hija sana se mofaban en compañía con las mujeres y se reían de Jesús, y la niña participaba de esos sentimientos. Hasta entonces la niña había estado en perfecta inocencia; pero ahora ya no era la misma. Ahora le sorprendió una fiebre muy fuerte, tenía gran calor y mucha sed y hasta delirios en los últimos días. Estaba próxima a la muerte. Los padres habían adivinado el castigo en esta recaída de su hija, pero no querían reconocer su culpa. Ahora estaba la madre tan confundida y desconsolada, que decía a su marido: “¿Querrá Jesús tener piedad de nosotros nuevamente?» Por eso rogó a su marido que se presentase ante Jesús con toda humildad. Jairo tenía mucha vergüenza y esperó hasta la enseñanza del Sábado, pues tenía esta fe y certidumbre de que Jesús podía ayudarle en cualquier tiempo, siempre que quisiera. También tenía vergüenza de aparecer de día delante de la gente pidiendo de nuevo ayuda. Cuando Jesús salía de la sinagoga hubo una puja para acercarse a Él; mucha gente pedía por sus enfermos. Jairo se acercó también, se echó contristado a sus pies, y le rogó se compadeciese de su hija, que estaba a punto de morir. Jesús le prometió ir con él. Entretanto vino un mensajero de la casa de Jairo, enviado por la mujer, que pensaba que Jesús no querría ayudarles, diciendo que la hija estaba muerta. Jesús intervino y consoló al padre diciéndole que tuviera fe. Era oscuro y había mucho ruido en torno de Jesús. Una mujer con flujo de sangre habia sido traída por sus cuidadoras en la oscuridad. Vivía no lejos de la sinagoga. Las mujeres que la traían, aunque no tan enfermas, habían sido curadas entre la muchedumbre por haber podido tocar las vestiduras de Jesús cuando al mediodía pasaba el lago, y le habían hablado de ello y animado a hacer lo mismo. En esta mujer se había despertado una fe muy viva. Esperaba, sin ser advertida, a que saliera Jesús de la sinagoga, para poder tocar sus vestiduras y verse sana. Jesús conocía sus pensamientos y retardó algún tanto sus pasos. Entonces la llevaron cerca; su hija con Lea y el tío de su marido estaban en la cercanía. Esta enferma se puso de rodillas, se inclinó hacia adelante, sosteniéndose con una mano y con la otra tocó la orla de sus vestiduras en medio de la multitud. Se sintió de inmediato sana. Jesús se detuvo y mirando a sus discípulos, dijo: “¿Quién me ha tocado?” Respondió Pedro; “¿Preguntas quién te ha tocado, y ves al pueblo que se agolpa en torno tuyo?» Jesús respondió: “Alguien me ha tocado, pues siento que virtud ha salido de Mi». Miró en torno y como se hiciese un vacio entre las turbas, no pudo la mujer ocultarse; se acercó, toda confusa, se hincó de rodillas, y dijo, delante de todos, que ella había sido, porque hacía tiempo que padecía de su enfermedad y que ahora se sentía sana, y pedía que la perdonase. Jesús le dijo: “Alégrate, hija; tu fe te ha salvado. Vete en paz y seas libre de tus enfermedades». Con esto se alejó contenta con sus parientes y amigas. Es una mujer de unos treinta años; está demacrada y débil y se llama Enué. Su marido, difunto, era judío. Tiene sólo una hija que está educándose con su tío y había venido con la niña para ser bautizadas junto con una cuñada, llamada Lea, y el marido de ésta, que está entre los fariseos enemigos de Jesús. Esta Enué había querido en su viudez contraer un matrimonio que a sus parientes ricos les pareció demasiado humilde, y se habían opuesto. Jesús se dirige ahora con pasos acelerados a la casa de Jairo. Estaban con Él Pedro, Santiago, Juan, Saturnino y Mateo. En la antesala estaban de nuevo las plañideras y los tocadores de flautas; pero ya no se mofaban. Jesús pasó por entre la multitud. Le salieron al encuentro la mujer de Jairo, la madre y una hermana, confundidas, llorando, cubiertas con el velo. Jesús dejó a Saturnino y a Mateo fuera con los hombres que estaban en el patio, y entró con Pedro, Santiago y Juan, el padre, la madre y la abuela en la pieza donde estaba la niña muerta. No era el mismo lugar de antes; era una pieza más pequeña colocada en la sala, detrás del hogar. Jesús habia cortado una ramita en el jardín y se había hecho traer un recipiente de agua, que bendijo. La difunta estaba tendida allí y no tenía el aspecto agradable y tranquilo de antes. Entonces había visto yo su alma al lado de ella en forma de un círculo luminoso; ahora no la vi. Entonces dijo Jesús: “Ella duerme”. Ahora nada dijo. Estaba realmente muerta. Jesús la roció con agua bendita, usando la ramita, oró, la tomó de la mano y le dijo: «Niña, yo te lo mando; levántate». Cuando Jesús oró he visto al alma acercarse en forma de una esfera oscura y entrar luego en la boca. Abrió los ojos, miró y siguió el movimiento de su mano, se enderezó, y luego se levantó de su lecho de muerte. Jesús la dirigió a sus padres, que la recibieron entre lágrimas de emoción, alegría y gratitud, cayendo a los pies de Jesús. Les dijo que le trajesen algo de comer, uvas y pan. Lo hicieron así. Jesús exhortó seriamente a los padres a que recibieran esta gracia con reconocimiento y esta misericordia de Dios; que dejasen la vanidad y los placeres del mundo e hicieran penitencia de sus pecados. También les dijo que educasen bien a su hija, no para la muerte, ya que por segunda vez había vuelto a la vida. Les reprochó su liviandad al recibir por primera vez la gracia y lo que habían dicho y hecho después, y como la niña en este tiempo había incurrido en otra muerte peor, cual era la muerte espiritual del alma. La niña estaba muy conmovida y lloraba. Jesús la exhortó a evitar la libertad de los ojos y el pecado, y le dijo que comiese de las uvas y del pan que había bendecido y no viviese de ahí en adelante carnalmente, sino del pan de la palabra de Dios; que hiciese penitencia, tuviese fe, orase y obrase buenas obras de misericordia. Los padres estaban conmovidos y cambiados en su modo de sentir y de ser. El marido prometió despegarse de todas las cosas y seguir lo que mandaba Jesús. También la mujer y todas las mujeres que entraron entonces prometieron mejorar de conducta y lloraban de contrición y de arrepentimiento. Jairo, completamente cambiado, mandó de inmediato repartir una gran parte de sus riquezas. Esta hija se llamaba Salomé. Como se hubiese reunido mucha gente, dijo Jesús a Jairo que no hiciesen mucho ruido por este hecho y evitasen inútiles conmociones. Esto lo decía con frecuencia por diversos motivos. Primero porque este hablar y charlar mucho es causa de que se considere menos la misericordia de Dios en los favores recibidos. Deseaba que los curados se concentrasen, pensasen en mejorar su conducta; no ir merodeando y gastando en placer la vida que se les regalaba, por lo cual solían caer de nuevo en pecados. También lo decía para enseñanza de los apóstoles, para que se guardasen de toda vana complacencia y que hiciesen el bien sólo por amor de Dios y del prójimo. Otras veces era también para no aumentar la aglomeración de la gente y de los curiosos y no atraer a ciertos enfermos que sólo venían por adquirir la salud sin tener un principio de fe y de confianza. Algunos de estos enfermos venían sólo por probar, y caían luego en sus pecados y en sus enfermedades, como en el caso de Jairo.