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Jesús responde a los mensajeros del Bautista
Cuando Jesús llegó al otro extremo del círculo de enfermos, se adelantaron los enviados de Juan, que habían estado todo el tiempo considerando, admirados, los prodigios obrados por Jesús. Ahora le salen al camino y le dicen: “Juan el Bautista nos ha enviado a Ti y te hace una pregunta ¿Eres Tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” Jesús les contestó: “Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oido. Los ciegos ven, los sordos oyen, los tullidos recobran el movimiento, los leprosos son limpiados y los muertos resucitan; las viudas son consoladas y los pobres son enseñados y evangelizados. Lo que está torcido se endereza, y bienaventurado quien no se escandaliza de Mí». Con esto los dejó y ellos partieron de alli en seguida. Jesús no podía hablar de Sí mismo más claramente: no le hubieran creído ni entendido. Sus mismos discípulos eran gente buena, sencilla, piadosa y de nobles sentimientos; pero no estaban preparados para estas verdades. Algunos de ellos eran sus parientes y hubiéranse escandalizado o se hubieran desviado en extraños pensamientos. El pueblo no estaba maduro para oír estas verdades y Jesús estaba rodeado de espías; aún entre los discípulos de Juan tenían los fariseos y herodianos algunos adeptos. Cuando los mensajeros de Juan se alejaron comenzó Jesús a enseñar en ese lugar. Los enfermos sanados, muchas otras gentes, los escribas de la ciudad, sus discípulos y aún los cinco publicanos que viven aquí, escucharon su enseñanza. Continuó enseñando bajo la luz de las antorchas y algunos enfermos fueron sanados. La contestación a los mensajeros de Juan le sirvió de tema, y habló de la manera de usar los beneficios de Dios, y exhortó a la penitencia y a la conversión; y como sabía que algunos fariseos presentes tomarían ocasión de la contestación a los mensajes de Juan para decir al pueblo que Jesús no se interesaba por Juan, para aumentar su propia fama, y así lo dejaba perecer en la cárcel para aparecer sólo Él, por eso explicó Jesús su respuesta a los mensajeros sobre la pregunta de quién era Él y exhortó a la penitencia. Dijo: “Habéis oído al mismo Juan predicar la penitencia y lo que ha dicho de Mí. ¿Por qué dudáis entonces? ¿Qué buscáis entonces en Juan? ¿Qué habéis ido a ver en Juan? ¿Una caña que se mueve a todo viento? ¿O habéis ido a ver a un hombre vestido con elegancia? Los que se visten así y viven en delicadezas están en los palacios de los reyes. ¿Qué habéis ido a ver y qué buscabais cuando fuisteis a verlo?... ¿Quizás a un profeta? Sí, os lo digo: más que profeta habéis visto. Este es de quien está escrito: He aquí que envio mi mensajero que prepare el camino delante de Ti. Os lo digo de verdad: entre los nacidos de mujer no hay nadie más grande que Juan, y, sin embargo, el menor en el reino de Dios es mayor que él. Desde el tiempo de Juan el reino de los cielos padece violencia y los violentos lo arrebatan. Todos los profetas y la ley hasta Juan han profetizado esto, y si lo queréis creer, él es Elías, que debe venir. Quién tiene oídos para oír, oiga”. Todos los oyentes estaban conformes con las palabras de Jesús, conmovidos, y querían bautizarse. Sólo los fariseos y escribas estaban irritados y escandalizados porque habían conversado con los publicamos presentes. Por eso habló Jesús también de lo que se decía de Juan y de lo que se murmuraba de Él mismo, porque trataba y conversaba con los publicanos y pecadores. Después fué Jesús a casa de uno de estos publicanos para enseñar. Allí estaban presentes los otros cuatro publicanos. Eran gentes que se habían decidido a convertirse. Esta casa quedaba cerca del lugar donde había sanado a los enfermos. Otra casa de publicano estaba a la entrada de la ciudad y las otras más afuera. Dabeseth, donde estaba la casa de Bartolomé, podía verse en la primera parte del camino de Naím hacia aquí; más cerca, no se podía ver, porque la ocultaba la montaña de Megiddo. Estaba situada a una hora y media, hacia el Oeste, delante del valle Zabulón, junto al arroyo Kisón.
Jesús abandona Megiddo. Curación de un leproso
Jesús se dirigió, desde Megiddo, a Cafarnaúm, cuando había comenzado la fiesta del Novilunio. Lo acompañaban unos veinticuatro discípulos, los cuatro discípulos sospechosos de Juan y algunos publicanos de Megiddo que debían bautizarse en Cafarnaúm. Caminaban despacio y descansaban en lugares amenos, porque Jesús enseñaba durante el camino que sale de Megiddo al Noreste, sobre las alturas y los valles de Nazaret, y que lleva a la parte Noreste del Tabor. Su enseñanza se refería al llamado completo y a la misión de los apóstoles que en breve iba a tener lugar. Los exhortaba a dejar todas las cosas terrenas y las preocupaciones de la vida, Hablaba muy conmovido, tiernamente. De pronto, cortando una flor del camino, dijo: “Mírad, esta flor no se preocupa, y ved sus colores y su fina contextura. ¿Estuvo acaso el sabio Salomón vestido con la magnificencia de esta flor?» Esta comparación la usó Jesús repetidas veces. De nuevo habló del apostolado, de tal manera que cada uno podía ver su propia figura en las cosas que decía. Hablando de su reino, les previno que no buscasen empleo dentro del mismo y que no se lo imaginasen tan temporal. Esto dijo porque los cuatro herodianos estaban allí para espiar lo que dijese sobre el reino. Exhortó a los apóstoles diciéndoles de quiénes debían guardarse y los describió tan bien que todos podían reconocer a los cuatro enviados herodianos. Les dijo se guardasen de ciertas gentes que venían con piel de ovejas y con anchas fajas. “Guardaos de los profanos que vienen con piel de ovejas y con anchas fajas”. De este modo describió a esos discípulos que venían precisamente con una especie de estola de piel y con fajas. “Los conoceréis porque no se atreven a mirar a uno en la cara. Si vuestro corazón, les dijo, está con contento y con celo, y lo comunicáis a éstos, el corazón de ellos está inquieto y esquivo, y en esto los conoceréis, porque buscan de esquivarse como un animal». Nombró un insecto que, encerrado, busca luego un agujero para salir. De pronto apartó una rama de espino de una planta y dijo: “Mirad si encontráis fruto en esta planta”. Algunos discípulos miraron sencillamente y Jesús continuó; “¿Se buscan, acaso, higos en los espinos 0 uvas en los cardos espinosos?» Hacia la noche llegaron a un caserío de unas veinte viviendas con una escuela en la parte Noroeste de las faldas del monte Tabor. El lugar está como a una y media o dos horas hacia el Oriente de Nazaret y a una media hora de la ciudad de Tabor. Las gentes eran buenas y conocían a Jesús desde años, cuando Jesús con sus amigos andaba por estos contornos. La mayor parte eran pastores y ahora estaban ocupados en juntar algodón. Cuando vieron a Jesús lo llevaron a sus casas, para acudir luego a recibir a Jesús. He visto que traían sus gorras rústicas en las manos, mientras en la escuela tenían puesta la gorra de piel. Recibieron a Jesús junto al pozo, le lavaron los pies, como también a los discípulos, y les ofrecieron un refresco. No había allí sinagoga pero si una escuela y un maestro. Jesús fué a la escuela y enseñó en parábolas. Este lugar era la patria de un hombre principal que vivía con su mujer en una casa grande, apartada de las demás. Este hombre había pecado y a consecuencia de ello contrajo la lepra; se separó de su mujer, que vivía arriba en la casa y él en un departamento separado. No había declarado su enfermedad para no sufrir la pesada obligación de vivir aislado; pero se le conocía por los dedos, y así la gente no pasaba por la calle que llevaba a su casa, aunque era un camino principal. La gente habló del caso a los apóstoles. El hombre leproso hacía tiempo que se había arrepentido y deseaba la visita de Jesús. Ahora llamó a un niño de ocho años, que era su esclavo y le traía la comida y le servía, y le dijo: “Vete a ver a Jesús de Nazaret, y cuando Él se aparte un poco de los discípulos, acércate a Él y le dices hincado de rodillas: Rabi, mi señor está enfermo y sabe que Tú lo puedes ayudar; si quieres, toma el camino que lleva a nuestra casa, que la gente no quiere andar. El te pide humildemente quieras ir por ese camino, porque él está convencido que si Tú te acercas él quedará sano de su mal”. El niño llegó hasta Jesús y trasmitió su mensaje muy bien. Jesús le respondió: “Di a tu señor que mañana iré a verlo». Diciendo así le tomó de una mano mientras le ponía la otra sobre la cabeza en señal de aprobación. Esto sucedió mientras Jesús salía de la escuela e iba al albergue. Jesús, que sabía la llegada del niño, quedó de propósito algo retardado detrás de los apóstoles. El niño llevaba un vestido amarillo. La posesión de Ana está como a una hora de distancia entre el valle de Nazaret y el de Zabulón. Hay un barranco lleno de árboles, que desde esta posesión lleva a Nazaret. De este modo Ana podía ir a casa de María sin pasar por la ciudad. A la mañana siguiente, al despuntar el día, se dirigió Jesús con los suyos a casa del leproso. Los discípulos le dijeron que por allí no debía ir. Jesús tomó ese camino y les mandó que le siguiesen. Ellos estaban temerosos pensando que después se hablaría del caso en Cafarnaúm. Los discípulos de Juan no le siguieron. El niño entretanto había visto que Jesús venía y lo anunció a su patrón. Éste llegó a cierta parte del camino y clamó: «Señor, no te acerques a mi; si Tú quieres que yo sane, lo puedes hacer». Los discípulos se detuvieron, y Jesús dijo: “Lo quiero». Fue allá donde estaba el hombre, lo tocó y fue sano, y habló con él. El hombre se echó a sus pies y la lepra salió de él. El hombre declaró su situación, y Jesús le dijo que volviera con su mujer y que poco a poco se juntara de nuevo con la gente. Le reprendió por sus pecados, le impuso el bautismo de penitencia y cierta limosna. Después volvió a los discípulos y les dijo que si eran simples de corazón y creyentes no debían tener reparo en tocar a los leprosos, si ellos estaban arrepentidos. Cuando el sanado se hubo lavado y purificado y vuelto a su mujer, y le contó el milagro de Jesús, no faltó algún mal intencionado que fué a contar el caso a los fariseos de la ciudad de Tabor, los cuales asaltaron al hombre con una comisión examinadora, que lo observó minuciosamente, y lo acusaron de fingir enfermedades que no había tenido, o dudando de si estaba ya curado en realidad. Y por envidia y rencor contra Jesús hicieron un gran espectáculo de aquello que antes habían dejado pasar, aunque lo sabían. Jesús entretanto caminó durante todo el día bastante apresurado: sólo descansaba de vez en cuando para tomar algún alimento. Durante el viaje les hablaba en parábolas del desapego de los bienes de la tierra y del reino de Dios. Les dijo que no le era posible aclararles todas las cosas; que llegaría un tiempo en que todo lo entenderían. Les habló de no angustiarse por la comida y el vestido; que habría más hambrientos que comida, y que ellos preguntarían: “¿De dónde, Señor, sacar para dar de comer a tantos?” Y con todo, habría sobrante. Les dijo que se fabricasen casas sólidas, entendiendo que en su reino procurasen estas casas y estos puestos con la abnegación y el sacrificio en la tierra. Ellos lo entendieron en sentido material. Judas Iscariote estaba más contento con esto que los demás y dijo delante de todos que él empezaría su trabajo haciendo su parte. Jesús se detuvo y dijo: “No estamos aún al término; no será siempre así, que vosotros seáis bien recibidos y alimentados y tengáis lo necesario: vendrá un tiempo en que os perseguirán y os arrojarán, de modo que no tengáis ni casa ni pan, ni vestidos ni calzado». Añadió que se preparasen para dejarlo todo, pensándolo bien, pues tenía Jesús grandes cosas que emprender con ellos. Habló de dos reinos que se enfrentan, y que nadie puede servir a dos dueños; quien quiere servir en su reino debe dejar el otro. Hablando de los fariseos y de los semejantes a ellos refirióse a las máscaras y larvas que llevan, que siempre enseñan formas muertas y pretenden que se observen, y dejan la sustancia de la ley, que es el amor, la reconciliación y la misericordia. Les dijo que deben ser lo contrario: la envoltura no es nada, cosa muerta, sin el grano interno; deben mirar lo interior y luego la ley, y que el grano debe desarrollarse con la cáscara. Les habló de la oración que debía hacerse en el retiro y no con tanto aparato exterior. Otras muchas cosas les dijo en esta ocasión. Volvía siempre a repetir cosas que decía al pueblo, para que ellos las entendieran mejor y pudiesen comunicarlas a los demás. Muchas veces eran las mismas cosas, pero con otras palabras y en otra forma. Entre los oyentes preguntaban más frecuentemente Santiago el Mayor y Judas Barsabas, y algunas veces Pedro, Judas Iscariote lo hacía siempre con cierta jactancia. Andrés parece estar ya más acostumbrado a todo. A Tomás lo veo pensativo, echando cuentas consigo mismo. Juan toma todo con sencillez infantil y sin preocupación. Los discípulos más instruídos callan, a veces por cierta modestia, y otras para no dar a entender que, a pesar de su instrucción, no lo han entendido. De este modo, caminando por esos valles, llegaron antes de empezar el Sábado a un valle al Este de Magdalum, donde se encontraron con el grupo de gentes del pagano Cyrino de Dabrath y el centurión Achías de Gischala, que se dirigían al bautismo hacia Cafarnaúm. En las cercanías de Cafarnaúm enseñó Jesús cómo debían comportarse a la misión y a la obediencia y cómo debían conducirse en los caminos cuando los enviare a predicar a los pueblos. Les dio algunas reglas que debían observar con cierta clase de gentes. Esto lo dijo antes de que se despidìesen los cuatro discípulos herodianos. Les dijo: “Cuando se acerquen a vosotros hombres profanos, los conoceréis por preguntas mansas, al parecer, y espiadoras, que no se quieren apartar, sino que por mitad están conformes y por mitad contradicen, y hablan de cosas de que tienen lleno el corazón». De éstos deben apartarse de cualquier modo, pues son ahora demasiado blandos y débiles para contestar a tantas objeciones, y podrían caer en los lazos que les tienden tales personas. Jesús no despide a estos espías, porque los conoce bien y es necesario que escuchen sus enseñanzas.
En la sinagoga de Cafarnaúm. Curación de dos leprosos
Jesús cruzó de nuevo a través de la posesión del capitán Zerobabel. Ya había comenzado el Sábado, y se apuraron. En los jardines de Zerobabel se habían establecido, por caridad del mismo, dos jóvenes escribas que por sus vicios habían contraído la enfermedad de la lepra: eran de unos veinticinco años. Habían decaído completamente y vivían en el mayor desprecio, por causa de su mal. Estaban envueltos en mantos colorados y llenos de asquerosas llagas. Habían estado antes en Magdala con Magdalena; luego se habían dirigido a otros lugares hasta que cayeron en la mayor miseria. Cuando Jesús estuvo la última vez aquí se avergonzaron de comparecer delante de Jesús; pero ahora, convencidos del poder de Jesús y de su misericordia y bondad, se hicieron llevar hasta el camino y clamaron pidiendo ayuda. Jesús pasó de largo, pero dijo a dos de los criados de Zerobabel, que los cuidaban, que los llevasen hasta la sinagoga de Cafarnaúm, y cuando el pueblo estuviese reunido dentro, los pusieran afuera, en una altura, para que pudiesen oír la enseñanza: que allí se arrepintiesen y orasen hasta que los llamara Él mismo. De inmediato fueron los mensajeros, y tomando a los dos infelices, los llevaron con gran trabajo hasta la altura de la muralla, desde donde oirían a Jesús, puestos al aire libre en donde pudieran orar y arrepentirse. Jesús llegó con sus discípulos a la sinagoga, después que se hubieron lavado los pies y sacudido la ropa. Cuando se acercó al púlpito donde uno estaba leyendo, éste dejó el lugar y entregó el libro a Jesús, quien tomando los rollos comenzó a predicar sobre Jacob perseguido por Labán, la lucha de Jacob con el ángel, la reconciliación con Esaú, la seducción de Dina, y, por fin, sobre el profeta Oseas. Cuando Jesús leyó los rollos, sin haberlos rehusado, sonreían irónicamente los fariseos, como si hubiese sido poco modesto y cortés no rehusándolos. Estaban muy contrariados por la aparición de Jesús. La resurrección del niño de Naím ya era conocida allí y también las milagrosas curaciones de Megiddo. Pensaban qué haría ahora entre ellos. En la sinagoga estaban la mayor parte de los parientes de Jesús. Cuando el pueblo se alejaba de la sinagoga y detrás de ellos Jesús, los discípulos y los fariseos, pensaron estos últimos en disputar con Él en el pórtico; pero no alcanzaron a hacerlo, porque Jesús se dirigió hacia la galería donde estaban los dos hombres impuros, a quienes les mandó presentarse. Éstos estaban tan atemorizados por la presencia de los fariseos, que no se atrevieron a hacerlo en seguida. Jesús les mandó, en nombre de no sé quién, que se presentasen, y entonces, ante la maravilla de todos, pudieron ellos mismos por su propio esfuerzo bajar de su altura. El pórtico estaba iluminado con antorchas. ¡Cuál fué la rabia de los fariseos cuando reconocieron en sus mantos colorados a los dos infelices leprosos! Éstos cayeron de rodillas delante de Jesús. Jesús puso sus manos sobre ellos, sopló en sus caras y les dijo: “Vuestros pecados os son perdonados». Los exhortó después a la continencia y a hacerse bautizar. Les mandó dejasen su oficio de maestros, puesto que les queria enseñar la verdad y el camino a ella. Se levantaron, mejoraron de rostro, las llagas se cerraron y cayeron como escamas. Dieron gracias, entre lágrimas, y se alejaron con los criados de Zerobabel. Mucha gente de buena intención se acercó a ellos y alababa a Dios por su curación y conversión. Los faríseos parecían energúmenos y gritaban: “¿En día Sábado curas Tú?… ¿Y perdonas los pecados?… ¿Cómo puedes Tú perdonar los pecados?… Él tiene el diablo que le ayuda: es un endemoniado furioso; se le conoce por el modo como corre por todas partes. Apenas termina su espectáculo aquí, se va a Naím, donde resucita muertos, luego en Megiddo, y de nuevo aquí. Esto no puede hacerlo un hombre de sano juicio. Tiene un mal espíritu muy poderoso que le ayuda”. Y añadían: “Cuando Herodes termine con Juan, entonces le tocará el turno a Éste, si es que no huye antes de aquí”. Jesús pasó entre ellos, imperturbable. Las mujeres parientes lloraban y se lamentaban al oír estas amenazas contra Jesús. Lo esperaban angustiadas a la salida de la sinagoga. Jesús salió de la ciudad tomando el Noreste, sobre una altura del valle circundante, donde estaba la casa de María. Hay allí matorrales y cavernas, donde se detuvo a orar. Más tarde llegó a la casa de su Madre, donde encontró a las mujeres reunidas, a quienes consoló; salió y pasó toda la noche afuera, entregado a la oración. A la mañana siguiente se dirigió a un huerto de Pedro, cercado y cercano a la casa del apóstol, donde estaba ya preparado todo para el bautismo. Había fuentes redondas fabricadas de modo que se les hacía entrar agua del cercano arroyo. Una techumbre de hojas contenía divisiones para que los bautizados se pudiesen cambiar de ropa, y para Jesús habían preparado un lugar más elevado como cátedra de enseñanza. Los discípulos estaban todos allí. Había unos cincuenta bautizandos, varios parientes de la Sagrada Familia, un hombre anciano con tres hijos de Séforis, el niño que Jesús curó en Séforis y aquella anciana que habia estado con Jesús en Abez. Estaban, además, Cyrino de Chipre, el centurión romano Achías y su hijito Jefté de Gischala sanado, el centurión Cornelio y su criado de color amarillo curado con otros de su casa, varios paganos de la alta Galilea, un criado mestizo de Zerobabel, los cinco publicanos de Megiddo, un niño José sobrino de Bartolomé con otros niños más, otros sanados aquí y endemoniados librados y finalmente los dos escribas que fueron curados ayer de su lepra. Estos ya no tenían señales de su enfermedad, pero estaban aún flacos y macilentos. Todos los bautizandos llevaban un vestido de penitencia de color oscuro y un pañuelo cuadrado sobre la cabeza. Jesús enseñó algún tiempo, preparando a los catecúmenos. Después éstos pasaron a la choza de ramas, donde se pusieron el vestido para el bautismo. Era un vestido largo y blanco. Llevaban la cabeza descubierta y aquel pañuelo sobre los hombros y bajaban a la fuente con las manos cruzadas sobre el pecho. Andrés y Saturnino bautizaban; Tomás, Bartolomé, Juan y otros ponían las manos sobre los bautizandos haciendo de padrinos. Éstos tenían los hombros descubiertos y se inclinaban a la fuente. Un discípulo traía el agua bendecida por Jesús en un recipiente y el bautizador derramaba con la mano tres veces el agua sobre la cabeza de los bautizandos. Tomás fue padrino del niño Jefté de Achias. Se bautizaban varios al mismo tiempo y a pesar de ello la función duró hasta las dos de la tarde.
Resurrección de la hija de Jairo, jefe de la sinagoga
Cuando más tarde Jesús sanaba a algunos enfermos en la plazuela delante de la sinagoga, vino Jairo, el jefe, se echó a los pies de Jesús y le pidió fuese a ver a su hija enferma, en los últimos momentos de su vida. Jesús se disponía a seguir a Jairo cuando llegaron mensajeros de la casa, diciendo: “Tu hija ha muerto; no molestes ya al Maestro”. Jesús dijo a Jairo: “No temas; créeme, y serás ayudado”. Fueron por la parte Norte de la ciudad, donde vivía Cornelio el centurión, puesto que la casa de Jairo estaba casi pegada a ella. Cuando llegaron cerca, se veían muchos hombres con traje de luto y mujeres llorosas delante de la puerta y en el patio. Jesús tomó consigo sólo a Pedro, a Santiago el Mayor y a Juan. En la puerta dijo a las lloronas: “¿Por qué gemís y lloráis así? Salid de aquí; la niña no está muerta: sólo duerme”. Estas gentes comenzaron a burlarse de Jesús porque sabían que estaba muerta. Jesús insistió que se alejasen, fueron sacadas de allí y se cerró la puerta. Entró en la pieza donde estaba la madre y la criada con preparativos fúnebres, y fue después con el padre, la madre y los tres discípulos al cuarto de la difunta. Jesús se adelantó a la muerta, los padres quedaron detrás y los discípulos a los pies del lecho, a derecha e izquierda. No me agradaba la madre; no tenía fe; se mostraba fría. El padre no era de los más entusiasmados por Jesús y quería estar bien con los fariseos; sólo la angustia y la extrema necesidad lo habían llevado a implorar la ayuda de Jesús. Si la sanaba, la tendría de nuevo; si no lo conseguía, quedaba bien con los fariseos y hubiera sido un triunfo para ellos. Al fin, la curación del criado de Cornelio le había dado algo más de esperanza y de fe. La niña no era grande y estaba muy demacrada. Podía darle once años y aun siendo de las menores de esta edad, pues encuentro niñas judías de doce años bien desarrolladas. Estaba tendida envuelta en un vestido largo. Jesús la levantó fácilmente contra su pecho para soplarle en el rostro. Vi entonces una cosa admirable. Junto al cadáver había una forma luminosa, en un círculo brillante, la cual, no bien Jesús sopló sobre ella, entró por su boca como una figura humana luminosa. Jesús depositó de nuevo el cadáver sobre su lecho y tomándole de la mano le dijo: “Niña, levántate”. Ella se levantó y se sentó en el lecho. Mientras Jesús la tenía de las manos, abrió los ojos, y asida de la mano de Jesús se puso de pie fuera del lecho. Jesús la llevó sobre los pies vacilantes a los brazos de sus padres, los cuales habían contemplado todo el proceso con cierta frialdad y ansia, luego con intenso temblor y esperanza y por fin con indecible alegría. Jesús les mandó que dieran de comer a la niña y evitaran todo estrépito inútil por este hecho. Después de recibir el agradecimiento del padre salió y se dirigió a la ciudad. La mujer estaba avergonzada y confundida, y no agradeció mucho. Pronto corrió la voz entre las lloronas y gentes de luto que la niña vivía. Se apartaban del camino, algunos se avergonzaban, otros se burlaban aún y entraron en la casa donde vieron a la niña comiendo. Jesús habló en el camino con los discípulos de esta resurrección: que esa gente no tenía verdadera fe ni recta intención; que, no obstante, la niña fué resucitada por causa y bien de ella y para gloria de Dios y del reino de Dios; que esa fué una muerte inocente, y que se guardara de la muerte del alma. Se dirigió al lugar donde estaban los enfermos que le esperaban, de los cuales sanó a muchos; luego enseñó en la sinagoga hasta la conclusión del Sábado. Los fariseos estaban tan irritados que hubiesen echado mano contra Él si hubiese habido ocasión. Decían que hacía las maravillas por obra de Satanás y por magia. Jesús dejó la ciudad por los jardines de Zerobabel y los discípulos se dispersaron por diversos lugares. Jesús pasó parte de la noche en oración. Por esta oración Él obtiene las conversiones de los pecadores y que los fariseos no consigan poner sus manos en Él antes de tiempo. Jesús obraba así como obraría un hombre para enseñarnos como debíamos hacer nosotros, y rogaba a su Padre celestial que se cumpliera su voluntad, y pudiera Él cumplir su misión. Según nuestro modo de ver era de presumir que los fariseos lo iban a despedazar, según la rabia que le tenían. Él se sustrae a su ira y al día siguiente aparece de nuevo en el Sábado para enseñar y sanar a otros enfermos. ¿Por qué no echan a los enfermos de alli? ¿Por qué no le impiden enseñar en la sinagoga? Tenían este derecho desde antiguo los profetas de enseñar y de ayudar a los enfermos y afligidos. Los fariseos sólo solían acusarlo de blasfemia y de torcidas enseñanzas, que, por otra parte, no podían probar. En cuanto al bautismo que recomendaba Jesús, no lo aceptaban ni se cuidaban de él. No había camino que del valle llevase a Betsaida; se iba por las alturas y era frecuentado sólo por los pescadores y los campesinos.