En esta sección:
Jesús con el esenio Eliud. Misterios del Antiguo Testamento
y la Encarnación El valle a través del cual anduvo Jesús durante la noche desde Kisloth Tabor, se llama Aedrón, y el campo de los pastores con la sinagoga donde los fariseos de Nazaret se mofaron tanto de Jesús, se llama Kimki. Las personas a quienes habló Jesús cerca de Nazaret eran esenios, amigos de la Sagrada Familia. Vivían en lugares acondicionados junto a ruinosos muros de la ciudad; habitaban hombres solteros y pocas mujeres, separadas de ellos. Cultivaban pequeñas huertas; los hombres vestían largas túnicas blancas y las mujeres llevaban mantos. Habían vivido antes en el valle de Zabulón, junto al castillo de Herodes; pero por amistad a la Sagrada Familia se habían trasladado a estos lugares de Nazaret. El esenio junto al cual se hospedó Jesús, se llamaba Eliud, un anciano de larga barba y de aspecto muy venerable. Era viudo y lo atendía una hija. Era hijo de un hermano de Zacarías. Esta gente vivía en retiro: iba a la sinagoga de Nazaret, tenía amistad con la Sagrada Familia, y se le había encomendado el cuidado de la casita de Nazaret en ausencia de María. A la mañana siguiente se fueron los cinco discípulos de Jesús a Nazaret, visitando a sus parientes y a la escuela del lugar. Jesús permaneció entre tanto con Eliud, el esenio. Con este anciano se detuvo orando y conversando familiarmente. Muchos secretos divinos le habían sido revelados a este anciano de extrema sencillez. En la casa de María estaban, además de ella, cuatro mujeres: su sobrina María Cleofás, la prima de Ana, la del templo, Juana Chusa, parienta de Simeón, María madre de Juan Marcos y la viuda Lea. La Verónica ya no estaba aquí, ni la mujer de Pedro, que había visto en el lugar de los publicanos. Por la mañana vi a María, con María de Cleofás, junto a Jesús. Jesús dio la mano a María, su madre. Su comportamiento con ella era lleno de amor, aunque aparecía serio y callado. María se manifestó muy preocupada por Jesús, y le dijo que no convenía ir a Nazaret, pues allí había mucha animosidad en su contra. Los fariseos de Nazaret, que habían estado en Kimki y le habían oído en la sinagoga, estaban muy enojados contra Él y habían predispuesto al pueblo. Jesús dijo a María que iba a dejar a sus acompañantes, hasta que fuera al bautismo de Juan y que Él solo iría a Nazaret. Dijo varias cosas más, puesto que María volvió en el día dos o tres veces junto a su Hijo. Le dijo también que Él iría tres veces a la Pascua a Jerusalén y que en la última sentiría ella gran aflicción. Le reveló otros secretos, que he olvidado en este momento. María de Cleofás era una mujer de hermoso porte y atrayente; habló con Jesús durante la mañana de sus cinco hijos, rogándole los hiciera sus discípulos. Uno de ellos era escribiente, especie de juez de paz, llamado Simón; dos eran pescadores, Santiago el menor, y Judas Tadeo: éstos eran hijos de su primer marido Alfeo, el cual le había dado un hijastro llamado Mateo, de quien se lamentaba mucho por ser un publicano, recaudador de impuestos. De su segundo marido, Sabas, tenía un hijo llamado José Barsabas, pescador, y, por último, tenía otro hijo de su tercer marido, Jonás, pescador: este niño era Simeón. Jesús la consoló diciéndole que sus hijos vendrían con Él, y acerca de Mateo (que ya había estado con Jesús en el camino a Sidón) le dijo que también vendría y que sería uno de los mejores. María entretanto partió de Nazaret hacia su morada de Cafarnaúm con algunas de sus amigas. Habían llegado de allá algunos criados con asnos para acompañarlas. Llevaron otros objetos que habían quedado en Nazaret la última vez: mantas y bultos con utensilios; todo se había acondicionado en canastos de mimbre y cargado en los asnos. La casita de María en Nazaret parecía durante esta ausencia una capilla bien adornada y el hogar semejaba un altar. Sobre él había un cajoncito y encima de éste un florero con siemprevivas. Durante la ausencia de María habitaban la casa algunos esenios. Durante el día estuvo Jesús en íntima conversación con el anciano Eliud. Éste preguntó a Jesús acerca de su misión y Él le declaró muchas cosas. Le dijo que era el Mesías y habló de toda la línea de su descendencia, aclarándole el misterio del Arca de la Alianza. Escuché cómo este misterio entró en el arca de Noé y cómo se perpetuó de generación en generación; cómo de tiempo en tiempo era sustraído y dado nuevamente. Le explicó que María, con su nacimiento, era el Arca misteriosa de la Alianza. Eliud consultaba a menudo sus rollos de la Escritura y señalaba trozos de los profetas, que Jesús le aclaraba mejor. Preguntó Eliud a Jesús por qué no había aparecido antes, y Jesús le explicó que Él no había podido nacer sino de una Virgen que hubiera sido concebida del modo que lo hubiesen sido los hombres, a no haber habido la culpa original, y que a nadie se había encontrado desde Adán y Eva tan puros para el caso como los esposos Joaquín y Ana. Jesús desarrolló esto y le mostró todos los impedimentos y dificultades que motivaron el retardo de su venida. En esta ocasión entendí muchos misterios que encerraba el Arca de la Alianza. Cuando el Arca cayó en manos de los enemigos, los sacerdotes habían ya retirado el misterio de ella, como solían hacerlo en todo peligro. A pesar de esto era tan santa el Arca, que los enemigos eran castigados por su profanación, viéndose forzados a devolverla a los israelitas. He visto que una casta a la que había encomendado Moisés de manera especial el cuidado del Arca, subsistió hasta el rey Herodes. Cuando Jeremías, en la cautividad de Babilonia, escondió el Arca, con otras cosas sagradas, en el monte Sinaí, no se la volvió a encontrar; pero el misterio ya no estaba adentro. Más tarde se hizo un arca a semejanza de la primera, pero ya no contenía todo lo que antes había contenido. La vara de Aarón, como parte del misterio, estaba con los esenios del monte Horeb, y el sacramento de la bendición fue a estar de nuevo dentro, no recuerdo por ministerio de qué sacerdote. En el estanque, después llamado de Bethesda, se conservaba el fuego sagrado. Muchas de estas cosas que Jesús revelaba a Eliud, parte yo las veía en imágenes y parte las oía de palabras; pero me es imposible reproducir todo lo que entonces entendí acerca de estos misterios. Jesús habló con Eliud explicando cómo Él tomó carne para hacerse hombre de aquel germen de bendición que Dios había dado a Adán y quitado de éste antes de caer en la culpa. Le dijo que ese germen de bendición debía haber pasado por muchas generaciones, para que todo Israel fuera participante de él, y que muchas veces este germen de bendición fue enturbiado y retenido por los pecados de los hombres. He visto estas cosas en la realidad y he visto cómo los patriarcas al morir daban realmente a sus primogénitos esta bendición misteriosa, de un modo sacramental, y entendí que el bocado y el sorbo del cáliz que el ángel dio a Abraham cuando le prometió al hijo Isaac era figura del Santísimo Sacramento del Altar del Nuevo Testamento, y que esa fuerza recibida por Abraham era en atención a la carne y sangre del futuro Mesías. He visto cómo la línea de descendencia de Jesús recibió este Sacramento para cooperar en la Encarnación de Cristo y que Jesús instituyó esta misma carne y sangre, recibida de sus antepasados, en un más alto Sacramento y misterio para la unión del hombre con Dios.
Jesús habla con Eliud de Joaquín y de Ana
Jesús habló mucho con Eliud de la santidad de Joaquín y de Ana y de la concepción sobrenatural de María bajo la Puerta Dorada de Jerusalén. Le declaró que Él no es nacido de José, sino que, según la carne, lo es de María Virgen, y que Ésta fue concebida de aquel germen puro que se le quitó a Adán antes de caer en la culpa, germen que llegó a través de Abraham, de José en Egipto, y, por medio de éste, al Arca de la Alianza y desde allí a Joaquín y a Ana. Jesús le declaró que para salvar a los hombres había aparecido Él en toda la flaqueza propia del hombre, sintiendo y probando todo como hombre, y que sería elevado como la serpiente de Moisés en el desierto, sobre el monte Calvario, donde el cuerpo del primer hombre había sido sepultado. Le declaró lo que debía padecer y cómo serían de ingratos los hombres para con su Redentor. Eliud preguntaba con ánimo ingenuo y sencillo. Entendía estas cosas mejor que los apóstoles al principio y lo entendía todo más espiritualmente. Con todo, no podía comprender de qué modo se desarrollarían los hechos. Por eso preguntó a Jesús dónde estaría su reino, si en Jerusalén, en Jericó o en Engaddi. Jesús le contestó que donde Él estaba, estaba también su reino, y que, por lo demás, no tendría Él un reino exterior. El anciano Eliud hablaba con Jesús con mucha sencillez y naturalidad y le contaba muchas cosas de María, como si Jesús no las supiera. Jesús le escuchaba con mucho amor. El viejo le hablaba también de Joaquín y de Ana, de su santa vida y de su muerte. Jesús añadió en esta ocasión que ninguna mujer hasta entonces había sido más pura que Ana, y que después de la muerte de Joaquín casó dos veces más por voluntad del cielo. Debía cumplir y llenar el número establecido de frutos de la bendición recibida. Cuando Eliud se refirió a la muerte de Ana, yo tuve una visión. He visto a Ana sobre un lecho algo levantado, como he visto después a María, en la parte posterior de su gran vivienda; la vi muy animada, conversando, como si no estuviese por morir. La vi bendecir a sus hijitas y a los demás que estaban en la parte anterior de la casa. María hallábase a la cabecera del lecho y Jesús a los pies. He visto cómo bendecía a su hija María y pedía la bendición de Jesús, que ya era un hombre y tenía una barba incipiente. La he visto después hablando alegremente. La he visto mirar a lo alto: se puso blanca como la nieve y aparecieron algunas gotas como perlas sobre su frente. Entonces no pude contenerme y exclamé: «¡Se muere, se muere …!» y en mi angustia pretendí tomarla en mis brazos. Parecióme que ella se venía a mis brazos, y al salir de mi éxtasis creía tenerla aún en mis brazos. Eliud contó aún muchas cosas de la juventud de María en el templo. Vi todo esto en cuadros y en figuras. Supe que su maestra Noemi era parienta de Lázaro; esta mujer, de unos cincuenta años, y todas las demás que estaban en el templo, eran esenias. María aprendió de ella a bordar y a tejer; desde niña iba siempre con Noemi cuando ésta purificaba los vasos de la sangre del sacrificio y recibía parte de la carne de los sacrificios, que luego partía y preparaba para las que servían en el templo y para los sacerdotes; pues éstos recibían su parte de alimento de los sacrificios. Más tarde he visto a María ayudar en todos estos menesteres. He visto que Zacarías, cuando estaba de turno en el templo, visitaba a la niña María, y que Simeón la conocía. De este modo yo veía el andar y servir de María en el templo a medida que Eliud se lo contaba a Jesús. Hablaron también de la concepción de Jesús y Eliud contó la visita de María a Isabel, y dijo que María había hallado un pozo, el cual pude ver yo también. En efecto, María con Isabel, Zacarias y José fueron a una pequeña posesión de Zacarías, donde faltaba el agua. María se alejó sola delante del jardín con una varita, y rezó; al tocar la tierra con la vara brotó un hilo de agua, que luego engrosó, rodeando una pequeña colina. Zacarías y José acudieron al lugar, removieron la colinita con la pala, el agua brotó en mayor caudal y se encontraron con una fuente y pozo de agua excelente. Zacarías vivía al Mediodía de Jerusalén, a unas cinco horas de camino hacia el Oriente. En estas y semejantes conversaciones estuvieron Jesús y Eliud, y éste honraba a Jesús gozosa y sencillamente, pero sólo como un hombre elegido y extraordinario. Una hija de Eliud vivía en una gruta del lugar, alejada de allí. Los esenios que vivían en esta montaña, eran unos veinte: las mujeres vivían separadas, de cinco a seis, agrupadas entre sí. Todos veneraban a Eliud como a su jefe y se reunían todos los días con él para la oración. Jesús comió con él pan, frutas, miel y pescado, todo en pequeña cantidad. Los esenios se ocupaban en el trabajo de la huerta y el tejido. La montaña que habitaban era la punta más alta del conjunto donde Nazaret estaba edificada, aunque estaba todavía separada de la ciudad por un valle. Del otro lado había una pendiente, llena de verdor y de viñedos. En el fondo de la pendiente, adonde pretendieron los fariseos precipitar a Jesús, había una cantidad de desperdicios, huesos y basura. La casa de María estaba delante en la ciudad, sobre una colinita, de modo que una parte entraba como gruta en la misma colina. Con todo, se veía la casa sobresalir de la colina, en la cual se veían otras casitas desparramadas. María y las santas mujeres, en compañía de Colaya, hijo de Lea, llegaron a su vivienda en el valle de Cafarnaúm. Las amigas le salieron al encuentro. La casa de María en Cafarnaúm pertenecía a un hombre llamado Leví, que vivía no lejos de allí en una gran casa. Por medio de la familia de Pedro fue alquilada y dejada a la Sagrada Familia, pues Pedro y Andrés ya conocían a la Sagrada Familia por la fama y por Juan Bautista, cuyos discípulos eran. La casa tenía otras dependencias, donde discípulos y parientes podían ser alojados; por esto parecía que la habían elegido. Hacia la tarde salió Jesús de la habitación de Eliud y, acompañado por él, se fue a Nazaret. Delante de los muros de la ciudad donde José tuvo su taller, vivían varias personas pobres y buenas, conocidas de José, con hijos que habían sido compañeros de infancia de Jesús. Dieron a los viajeros pan y agua fresca, pues Nazaret tenía agua verdaderamente buena. He visto a Jesús sentado en medio de esta gente, en el suelo, mientras los exhortaba a ir al bautismo de Juan. Esta gente se porta con Jesús con cierta reserva, pues lo conocían como a uno de ellos, y ahora lo veían respetado por el anciano Eliud, a quien todos honraban pidiéndole consejo y dirección. Ellos sabían que el Mesías debía venir, pero no podían concebir que pudiera serlo uno que había vivido en medio de ellos.
Nuevas conversaciones de Eliud con Jesús
Caminaba Jesús con Eliud desde Nazaret hacia el Mediodía por el camino de Jerusalén que pasa por el valle de Esdrelón. Cuando hubieron pasado el riacho Kisón, después de dos horas, llegaron a un lugarcito formado por una sinagoga, una posada y pocas viviendas. Es una avanzada de la cercana ciudad de Endor, y no lejos de aquí hay un pozo famoso. Jesús entró en la posada; la gente se mostró fría con Él, aunque no enemiga. Tampoco Eliud les merecía mucho respeto, pues eran aquí más farisaicos. Jesús dijo al jefe de la sinagoga que deseaba enseñar, y le replicaron que no era costumbre pennitirlo a los forasteros. Él declaró que tenía la misión de hacerlo, y entrando en la escuela, habló del Mesías:, que su reino no era de este mundo y que no aparecería con brillo exterior; luego habló del bautismo de Juan. Los sacerdotes del lugar no le eran favorables. Jesús hizo traer algunos rollos de la Escritura y les aclaró varios pasajes de los profetas. De manera particular me conmovía ver el modo tan confiado y familiar de hablar de Jesús con Eliud, y cómo éste creía en la misión de Jesús y su venida sobrenatural; pero, al parecer, no podía tener una idea de que Jesús era Dios. Contaba a Jesús, con toda naturalidad, mientras paseaban juntos, muchos episodios de la infancia del mismo Jesús, lo que Ana, la del templo, le contó y lo que sabía ella de las cosas contadas por María después de su vuelta de Egipto, ya que varias veces la había visitado en Jerusalén. Jesús, a su vez, le contó otras cosas que el anciano ignoraba, todo esto con profundas reflexiones. Esta conversación fue llevada de modo muy natural y conmovedor, como hablaría un anciano venerable con un joven amigo intimo de confianza. Mientras Eliud contaba estas cosas yo las veía en cuadros y me alegraba muy de veras al comprobar que eran las mismas que había visto y oído en otras ocasiones, excepto lo que a veces había olvidado en parte. Jesús habló también a Eliud de su viaje al bautismo de Juan. Éste había reunido a mucha gente, citándola al lugar de Ofra. Pero Jesús le dijo que pensaba ir allá solo, atravesando Betania, pues deseaba hablar con Lázaro antes. En esta ocasión mencionó a Lázaro con otro nombre, que ya he olvidado, y habló del padre de Lázaro y del cargo que había tenido en una guerra. Dijo que Lázaro y su gente eran ricos y que ofrecerían todo su haber para la obra de la redención. Lázaro tenía tres hermanas: la mayor, Marta, y la menor, Magdalena, y otra mediana, que también se llamaba María. Esta última vivía retirada, escondida en casa, porque era tenida por idiota: llamábanla María la Silenciosa. Jesús dijo a Eliud que Marta era buena y piadosa y que le seguiría con su hermano Lázaro. De María la Silenciosa dijo que tenía un gran espíritu y gran entendimiento para las cosas de Dios; que para su bien se le había quitado el entendimiento de las cosas del mundo; que ella no es para el mundo, que tiene vida interior y no comete pecado. «Cuando hable con ella, entenderá aún los grandes misterios. Ella no vivirá mucho tiempo más, después que Lázaro y los demás me sigan y dejen todas sus cosas para la comunidad». Añadió que la menor andaba perdida ahora, pero que volvería y sería más que la misma Marta. Eliud habló también del bautismo de Juan, aunque él no estaba aún bautizado. Pernoctaron en la posada junto a la sinagoga, desde donde muy temprano al día siguiente partieron marchando a lo largo del monte Hermón hacia la ciudad de Endor. Desde el albergue se veían restos de muros tan anchos que hubieran podido pasar carros por encima; la misma ciudad estaba llena de minas, rodeada de huertas y jardines. A un lado se veían aún palacios y lindas casas, y el otro aparecía arruinado como por una guerra. Me parecía que habitaba aquí una casta especial de israelitas, separados de los demás por sus costumbres. No había sinagoga. Jesús se dirigió con Eliud a un lugar muy extenso, con tres hileras de edificios y muchas piezas en torno a un estanque; había allí un espacio lleno de verdor; en el lago, pequeñas canoas para baños y se veía una bomba de agua. Parecía el conjunto un balneario para enfermos y las cámaras estaban ocupadas por ellos. Jesús entró con Eliud en una de esas cámaras, donde les lavaron los pies y les sirvieron. Enseñó en un espacio abierto, más levantado. Las mujeres que habitaban otras cámaras se situaron detrás de Él. Esta gente no eran del todo israelitas, sino una especie de esclavos que debían trabajar y pagar cierto tributo de los frutos de sus cosechas. Me parece que habían quedado allí después de una guerra y creo que su jefe, Sisara, fue batido no lejos y muerto por mano de una mujer. Fueron dispersados como esclavos por todo el país y aquí habían quedado unos cuatrocientos, teniendo que ocuparse en trabajarpiedras para el templo, bajo David y Salomón. Solían usarlos en el templo y en otras consbucciones. El difunto rey Herodes los había empleado también para construir un acueducto muy largo, que iba hacia el monte Sión. Estaban muy unidos entre si: eran caritativos, llevaban largas vestiduras con fajas y gorras en punta que les cubrían las orejas y parecían trajeados como ermitaños. No solían comunicarse con los demás judíos, y aunque podían mandar sus hijos a la escuela común, no lo hacían, porque eran tan vejados, que preferían abstenerse. Jesús les tuvo mucha compasión y les dijo que le trajesen a los enfermos. Estaban sobre especies de camas, como mi sillón (pensé en él), porque debajo de los brazos de esos sillones había maderas, de modo que bajando los brazos quedaban convertidos en lechos. Cuando Jesús les habló del bautismo y del Mesías, exhortándolos a ir allá, replicaron, muy confundidos, que ellos no se atrevían a participar, porque no tenían derechos y eran despreciados por los demás. Entonces les habló en una parábola del injusto mayordomo. Tuve entonces cabal entendimiento de la misma, que me preocupó todo el día y luego olvidé la explicación. Espero recibirla de nuevo. También les contó la parábola del hijo enviado a la viña, que solía repetir cuando hablaba a los gentiles despreciados por los judíos. Cuando prepararon una comida en honor de Jesús, bajo el cielo abierto, Jesús hizo llamar a los enfermos y pobres, y con Eliud les servía los manjares de la mesa. Al ver esto, se mostraron muy conmovidos. Por la tarde volvió Jesús con Eliud a la sinagoga, celebraron el Sábado y pernoctaron. Al día siguiente siguió Jesús con Eliud hacia Endor que distaba solo el camino de un sábado desde el albergue que habían tomado, y enseñó allí. Los pobladores eran cananitas, creo que de Siquem, pues oí el nombre de siquemitas. En una galería subterránea tenían oculto un ídolo, que por un ingenioso mecanismo salía afuera para ser visto sobre un altar adornado. Podían hacerlo desaparecer de pronto al solo contacto de un resorte. Este ídolo, que provenía de Egipto, se llamaba Astarté, que yo ayer había oído como Ester. La figura del ídolo tenía cara redonda como luna; los brazos delante, y presentaba la figura de algo largo, envuelto como una muñeca o crisálida de mariposa, en el medio ancha y en los extremos angosta, como un pez. En la espalda tenía una prominencia sobre el cual había una especie de cuba que sobresalía de la cabeza; dentro del recipiente se veía algo verde, como espigas con hojas verdes y frutas. Los pies, hasta la mitad del cuerpo, estaban en una tina y en torno había floreros con plantas vivas. A pesar de que tenían a este ídolo oculto, Jesús los reprendió en su discurso. Antiguamente habían ofrecido y sacrificado a niños deformes. Pertenecía al ídolo Adonis, que venía a ser como el marido de esta diosa. El pueblo había sido vendido en tiempo de su jefe Sisara y dispersado entre los israelitas como esclavos: por eso eran despreciados y tenidos en menos. Habían promovido, no mucho antes de Cristo, bajo Herodes, tumultos y por eso fueron más oprimidos. Por la tarde volvió Jesús de nuevo con Eliud a la sinagoga, para concluir el sábado. Los judíos habían visto con malos ojos la visita de Jesús a Endor; pero Él les reprendió severamente su dureza para con esta gente oprimida, los exhortó a tratarla con consideración y a dejarla ir al bautismo de Juan, ya que se habían decidido ir después de la exhortación de Jesús. Al finalizar esta enseñanza se mostraron más benévolos con Jesús. Volvió Jesús con Eliud a Nazaret y los he visto en camino hacia la ciudad en amena conversación, como otras veces; a veces se detenían. Eliud contaba muchas cosas de la huida a Egipto y yo veía todas estas cosas en figuras. Llegó la conversación al punto de si serían también los egipcios llamados a la salud, ya que habían sido conmovidos con su presencia cuando huyó. En esta ocasión vi que el viaje de Jesús, después de la resurrección de Lázaro, a las tierras paganas de Asia y Egipto, que yo había visto en visión, no había sido fantasía mía, porque Jesús dijo que en todas partes donde había sido sembrado habría Él de recoger los sarmientos. Eliud habló también del sacrificio de Melquisedec, de pan y de vino, y preguntó ingenuamente si Jesús era como Melquisedec, ya que no podía formarse idea cabal de la personalidad de su compañero. Jesús le contestó: »No; aquél debía preparar mi sacrificio; Yo, empero, seré el Sacrificio mismo». En esta conversación oí también que Noemí, la maestra de María en el templo, era tía de Lázaro, hermana de la madre de Lázaro. El padre de Lázaro había sido hijo de un príncipe sirio; había servido en la guerra y recibido en premio vastas posesiones. Su mujer había sido una distinguida judía de la familia sacerdotal de Aarón de Jerusalén, emparentada con Ana por medio de Manases. Tenían tres castillos: uno en Betania, otro en Herodión y un tercero en Mágdala, en el mar de Tiberíades, no lejos de Gabara. Se habló del escándalo que daba María Magdalena y del dolor que causaba a su familia. Jesús se hospedo con Eliud en una casa donde se encontraron con los cinco discípulos, otros esenios y varias personas que pensaban ir al bautismo de Juan. Se reunieron allí otros publicanos de Nazaret, que querían ir al bautismo de Juan. Algunos grupos habían partido en esa dirección.
Jesús en Nazaret
Jesús enseñó nuevamente por la mañana. Acudieron dos fariseos de Nazaret, los cuales lo invitaron familiarmente a acompañarlos a la escuela de Nazaret, ya que habían aprendido tantas cosas de Él, rogándole les explicara acerca de los profetas y sus palabras. Jesús los siguió hasta la casa de un fariseo, donde estaban reunidos muchos otros. Llevaba consigo a sus cinco discípulos. Los fariseos se mostraron amigos y Él les habló en tan bellas parábolas, que ellos manifestaron gran alegría y le llevaron a su sinagoga, donde había mucha gente. Él les habló de Moisés y les explicó muchas palabras de los profetas sobre el Mesías. Pero cuando les dio a entender que Él era ese Mesías, se escandalizaron. Con todo le prepararon comida y pasó la noche con sus discípulos en un albergue cerca de la sinagoga. Al día siguiente enseñó a un grupo de publicanos que iban al bautismo de Juan y les expuso la parábola del grano de trigo que debe ser enterrado. Volvieron a escandalizarse los fariseos y comenzaron a referirse al hijo del carpintero José. Le echaron en cara su compañía con publicanos y pecadores, y Él les respondió severamente. Le hablaron también de los esenios, diciendo que eran unos hipócritas que no vivían según la ley. Jesús les replicó que seguían mejor la ley que los fariseos, añadiendo que hipócritas más bien podían ser llamados los fariseos. Originóse la conversación sobre los esenios, porque Jesús bendecía a los niños, y era costumbre de los esenios bendecir las cosas y personas. Cuando Jesús salía o entraba en las sinagogas acudían las mujeres presentándoles sus criaturas para que las bendijera. Los niños permanecían quietos y sosegados cuando los bendecía, aunque lloraban antes desaforadamente. Las madres le pedían que bendijera a sus hijos y observaban si se mostraba orgulloso al ver cómo se callaban. Traían algunas criaturas, que sufrían espasmos, y no podían tranquilizarse, y apenas los bendecía se aquietaban. He visto que salía de algunos de ellos como una niebla oscura. Jesús les ponía las manos sobre la cabeza y los bendecía, al modo de los patriarcas, con tres líneas, desde la cabeza y de ambos hombros hasta el corazón, donde convergían las líneas. A las niñas las bendecía sin poner las manos sobre ellas: les hacía una señal sobre la boca. Yo pensaba que era para que no hablasen tanto, pero creo que debía encerrar algún misterio. Pernoctó con sus discípulos en casa de un fariseo.