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Jesús en Corazín, Aruma y Betanía
Desde Sukkoth dirigió Jesús sus pasos hacia la gran Corazin, que era el lugar adonde había citado a María y a las santas mujeres, en un albergue de sus cercanías. De camino pasó por Gerasa, donde celebró el sábado, y después se dirigió a una posada casi en el desierto, a unas horas de camino del mar de Galilea. Esa posada estaba adornada para la fiesta de los Tabernáculos y los dueños vivían allí cerca. Las santas mujeres la habían ya alquilado de antemano y adornado. La comida la hacían venir de Gerasa. Estaban allí presentes la mujer de Pedro con otras, entre ellas Susana, de Jerusalén; pero no la Verónica. Jesús habló a solas con su Madre diciéndole que iba a Betania y luego al desierto. María estaba preocupada y seria y le rogó que no fuese a Jerusalén porque había sabido lo que el Gran Consejo maquinaba contra Él. Más tarde he visto a Jesús enseñando desde la altura de una colinita donde se acostumbraba a hacerlo, para lo cual habían dispuesto un asiento. Se había reunido mucha gente de los alrededores y he visto unas treinta mujeres que ocupaban un sitio aparte. Después de la enseñanza dijo a los suyos que Él se apartaría de ellos por algún tiempo; que podían separarse hasta que le viesen volver. Lo mismo dijo a las mujeres. Habló del bautismo de Juan, que debía cesar muy pronto, y predijo las graves persecuciones que sufrirían Él y todos los que le seguían. Jesús dejó esta posada acompañado por unos veinte y caminó unas doce horas hacia el Sudoeste, en dirección a la ciudad de Aruma, cerca de la cual habían ya alquilado definitivamente un albergue para Él y los suyos. Marta, a quien por primera vez veo junto a las santas mujeres en este viaje a Gerasa, lo había arreglado ya, de paso. Los dueños vivían en las cercanías y los gastos los sufragaban los amigos de Jerusalén. Las mujeres indicaron a Jesús esta posada antes de su partida. Aruma está como a nueve horas de Jerusalén y a seis de Jericó. En torno de este albergue tenían sus habitaciones algunos esenios, quienes vinieron a ver a Jesús, hablaron y comieron con Él. Jesús fue a la sinagoga y enseñó sobre el bautismo de Juan. Dijo que era un bautismo de penitencia, una primera purificación, una preparación y una ceremonia de las tantas que hay en la ley; pero que era diferente del bautismo de Aquél al cual Juan anunciaba. He visto que los bautizados por Juan no fueron rebautizados sino después de la muerte de Jesús y de la venida del Espíritu Santo, en el estanque de Bethesda. Los fariseos preguntaron aquí por las señales con las cuales reconocerían al Mesías que debía venir y Él se las dijo. En este lugar habló de los matrimonios mixtos con los samaritanos. Aquí he visto a Judas Iscariote entre los oyentes de Jesús. Vino solo a escuchar su predicación y no con los discípulos. Después de haber oído por dos días la predicación de Jesús y de haber charlado sobre ella con los fariseos que la contradecían, fue a una población cercana, algo desprestigiada, donde se entretuvo en hablar, a propósito de dicha predicación, contra un hombre piadoso que vivía en este lugar y que invitó luego a Jesús a su casa. Judas se ocupaba en diversos negocios y escrituras y hacía toda clase de servicios por todas partes. Cuando Jesús llegó con sus discípulos a este lugar desprestigiado, aunque tenía nuevas edificaciones, Judas ya no estaba allí. Herodes tenía un castillo en sus alrededores. Debe haber acontecido algo aquí con los benjamitas, pues había un árbol cercado por una muralla, al que nadie se atrevía a acercarse. Allí habían ofrecido sacrificios Abraham y Jacob, y se habían separado Esaú y Jacob después de sus diferencias por cuestión de la primogenitura. Isaac vivió por entonces en Sichar. El hombre a quien visitó ahora Jesús se llamaba Jairo y era de los esenios casados, pues tenía mujer y varios hijos. Los varones se llamaban Amón y Caleb. Tenía también una hija a la cual Jesús curó más tarde. Este no era el Jairo a quien se refiere el Evangelio: era un descendiente del esenio Chariot, que había fundado los monasterios de Belén y de Maspha; sabía muchas cosas sobre los padres de Jesús y la infancia de Éste. Salió al encuentro de Jesús con sus hijos, humildemente. Este hombre era tenido por el principal de este pueblo despreciado y lo gobernaba con amor. Cuidaba a los enfermos; enseñaba a los ignorantes en determinados días, porque no había aquí ninguna escuela ni sacerdote encargado. Se ocupaba también de los niños y de los pobres. Jesús habló aquí como de costumbre del bautismo de Juan, como un bautismo de penitencia, y de la proximidad del reino de Dios. Luego fue con Jairo adonde estaban los enfermos y los consoló, aunque no sanó a ninguno. Les prometió, empero, que volvería dentro de cuatro meses y los sanaría de sus dolencias. Recordó en su enseñanza algunos hechos acontecidos allí, como la separación por enojo de Esaú de su hermano Jacob y las razones por las cuales era despreciado este lugar. Señaló la bondad del Padre celestial, que prometió a todos, y se ha cumplido, la salud para quienes creyesen en el Enviado, se dejasen bautizar e hiciesen penitencia, indicando cómo la penitencia repara las consecuencias de las malas obras. Hacia la tarde se dirigió con Jairo y sus hijos a Betania. Jairo y sus hijos se volvieron a mitad de camino y los discípulos siguieron a Jesús. En un albergue cerca de Betania habló Jesús con sus discípulos largamente sobre los peligros y tribulaciones que le esperaban, así como a todos los que seguirían más tarde sus pasos. Les dijo que ahora podían dejarle y mientras tanto pensasen seriamente si podían seguirle y perseverar con Él en el futuro. Lázaro vino a su encuentro, cuando habían ya partido para sus casas los acompañantes de Jesús, menos Aram y Themeni, que fueron con Él a Betania. Allí muchos amigos de Jerusalén esperaban a Jesús; también las santas mujeres, con Verónica. Aram y Themeni eran sobrinos por parte de madre de José de Arimatea. Eran discípulos de Juan y siguieron a Jesús cuando pasó por Gilgal, junto al lugar del bautismo de Juan. Jesús enseñó en la casa de Lázaro, hablando del bautismo de Juan y del Mesías, de la ley y de su cumplimiento, de las sectas de los fariseos y de su modo de ser. Dos amigos de Jesús habían traído varios rollos de Escritura y Él les explicó algunos pasajes de los profetas que se referían al Mesías. En esta explicación no estaban presentes todos sino Lázaro y algunos íntimos. Jesús habló de su futura residencia y los amigos le dijeron que no se estableciese en Jerusalén donde se tergiversaba todo lo que Él decía y enseñaba. Le proponían a Salem, donde había pocos fariseos. Jesús dijo algo sobre estos lugares y sobre Melquisedec, cuyo sacerdocio debía tener ahora su cumplimiento; dijo que éste había medido y visitado todos los lugares que había establecido su Eterno Padre para ser recorridos por su Divino Hijo. Les dijo que a menudo estaría junto al lago de Genesaret. Esta conversación tuvo lugar en un sitio retirado, donde había cuartos y lugares de baños. Jesús habló también con las mujeres en un cuarto que había sido de Magdalena, cuyas ventanas daban a la calle que llevaba a Jerusalén. Lázaro trajo, por deseo de Jesús, a María la Silenciosa, y la dejó allí con las otras mujeres, retirándose. Las otras paseaban entre tanto en la antesala. La conducta de la Silenciosa fue en esta ocasión diferente de la anterior: se echó a los pies de Jesús y se los besó. Jesús la dejó hacer y luego la levantó de la mano. Habló nuevamente, mirando a lo alto, cosas muy elevadas y profundas, con un modo muy sencillo. Habló de Dios y de su Hijo y de su Reino como hablaría una hija de campesinos del padre de su señor y de su herencia. Su hablar era como una visión, pues todo lo que decía lo veía delante. Habló de las grandes culpas y faltas cometidas por los siervos y siervas, y cómo ahora manda el Padre a su propio Hijo para que repare y pague las deudas de sus siervos; cómo le recibirían mal y le harían morir con grandes dolores, y cómo debía con su sangre salvar y fundar su reino, y pagando las deudas de sus siervos hacerlos herederos del reino e hijos de Dios. Dijo todas estas cosas de modo muy natural. La Silenciosa se alegraba, a veces, y otras se lamentaba de ser también ella una sierva inútil y mala, compadeciendo los grandes trabajos del Hijo del bondadoso Dios que lo enviaba. Se lamentaba de que los siervos no entendieran esto, que era tan natural y que así debía ser. Jesús habló de la resurrección: cómo el Hijo iba a visitar a los detenidos en las cárceles subterráneas, para consolarlos y libertarlos, y una vez rescatados, subir con ellos al Padre celestial, y cómo todos los que no quieren reconocer esta redención y siguen obrando el mal serán arrojados al fuego, cuando venga de nuevo a juzgar. Después habló de Lázaro y de su muerte y resurrección. Sale de este mundo y lo ve todo; los demás lo lloran, como si no volviera; pero el Hijo de Dios lo llama de nuevo y él vuelve a trabajar en la viña del Señor. Habló de la Magdalena diciendo: «La sierva está en el desierto más espantoso, donde estuvieron los hijos de Israel, en un lugar malo donde reinan las tinieblas y donde no pisó planta de hombre alguno; pero ella saldrá de esas tinieblas y remediará todos sus errores en otro desierto solitario». Hablando de sí, María dijo que su cuerpo era como una cárcel; que no sabía lo que era su vida y deseaba mucho ir a la casa de su Padre; que la tierra le era estrecha; que nadie comprendía su modo de ser, porque estaban como ciegos. Añadió que no obstante quería quedar aquí por amor de Dios y esperar; que no merecía cosa mejor, por otra parte. Jesús le habló, lleno de amor, y, consolándola, le dijo: «Tú irás a la casa de mi Padre, después de la Pascua, cuando Yo vuelva aquí de nuevo». La bendijo, mientras ella se hincaba; posó las manos sobre su cabeza y creo que derramó algo sobre ella de una botella, no sé si aceite o agua. Esta María la Silenciosa era una persona muy santa. Nadie la conocía por tal ni la entendían. Vivía en continua visión sobrenatural sobre la obra de la Redención que entendía ella en modo muy sencillo y natural. Se la tenía por retardada o persona simple. Jesús le dijo el tiempo de su muerte y como iría a la casa de su Padre celestial, y ungió su cuerpo para la sepultura. De esto debe entenderse que conviene tener más atención con el cuerpo de lo que piensan los hombres. Jesús acude a María la Silenciosa porque siendo tenida por retardada quizás la privaran de los cuidados con que solían embalsamar a los difuntos. La santidad de esta persona era oculta y misteriosa. Jesús dejó a la Silenciosa y ella volvió a sus departamentos. Jesús habló aún con los hombres sobre el bautismo de Juan y el bautismo del Espíritu. No recuerdo que hubiese gran diferencia entre el bautismo de Juan y el de los primeros discípulos de Jesús: sólo tenía este último más relación con el perdón de los pecados. Tampoco he visto que volviesen a bautizar a los bautizados por Juan, antes de la venida del Espíritu Santo. Antes del sábado estos amigos de Jesús volvieron a Jerusalén. Aram y Themeni partieron con José de Arimatea. Jesús les había dicho que iba a separarse un tiempo de ellos con el fin de prepararse para su difícil misión. No les habló de su ayuno.