Tomo XIII — Visiones de los santos, de los mártires y los apóstoles

Sección 7: capítulos L – LVI

San Isidro Labrador — Santa María de las Nieves

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Capítulo L

San Isidro Labrador

Vi a éste santo labrador en muchas escenas de su vida doméstica. En su traje había algo de alegre: usaba casaca corta con muchos botones por delante y por detrás; en las espaldas tenía ciertos adornos en forma de picos; las mangas eran acuchilladas. El jubón era pardo, los calzones anchos, cortos y con franjas. En los pies llevaba calzados sujetos con cordones. Su sombrero era cuadrado con alas sobrepuestas y sujetas con un botón a modo de birrete. Era alto y esbelto; no parecía hombre rústico, pues había algo de fino y distinguido en sus facciones. Vi también a su mujer, que era alta, hermosa y muy sana. Tenían un hijo al cual vi de edad de doce años. Su casa estaba situada en campo abierto y desde allá se divisaba la ciudad distante como media hora. En la casa había mucho orden y limpieza. Vi, además, allí otras personas que no eran criados. Lo vi también con su mujer unir a todas las obras que hacían, la oración, y bendecir especialmente los manjares cuando comían. El no rezaba oralmente muy largo tiempo; pues luego comenzaba a considerar y a meditar. Vi que antes de comenzar un trabajo, bendecía el campo. Vi que en las faenas de labrador fué socorrido sobrenaturalmente: muchos arados, arrastrados por bueyes blancos, a los que guiaban luminosas apariciones, le araban la tierra y él terminaba la labor antes de lo que había creído. Parecía que no veía nada de esto, pues sólo estaba atento a Dios en su interior. Vi que tan pronto como oía tocar las campanas en la ciudad, todo lo dejaba y corría a oir la santa Misa y a asistir a otras devociones con suma piedad y celestial arrobamiento. Vi además que cuando volvía tan contento a su trabajo, ya estaba terminada la labor. Una vez iba su hijo conduciendo los bueyes con una cuerda y él llevaba el arado al campo. Entonces oyó tocar a Misa y corrió a oirla; entre tanto los bueyes llegaron al campo y, aunque eran bravos, araron guiados sólo por aquel niño. Estando una vez en oración vi que fueron a decirle que un lobo estaba devorando a un caballo; pero él siguió de rodillas y encomendó a Dios aquel negocio. Cuando volvió al campo vió al lobo muerto a los pies del caballo. Vi a su mujer con él en el campo por la mañana y al medio día. Ambos cavaban y en torno de ellos habia muchos operarios invisibles con cuyo auxilio acababan muy pronto la tarea. Su campo era muy hermoso y mas fértil que el de los demás y los frutos suyos parecían más excelentes. Vi que todo se lo daban a los pobres y que muchas veces no tenían casi nada en la casa; pero confiados en Dios buscaban y hallaban abundantes provisiones. Vi que muchas veces quisieron algunos enemigos causar daños a las bestias de Isidro, mientras éste se hallaba en Misa; pero fueron impedidos y alejados del sitio donde se hallaban los animales. Y así vi muchos cuadros de su vida. Le vi después entre los santos, con su traje de labrador, lo cual le hacía parecer más maravilloso, y luego en forma de espíritu puro y resplandeciente.

Capítulo LI

La beata Colomba de Schanolt de Bamberg

He visto también a la dominicana Colomba de Schanolt de Bamberg, inefablementa humilde, franca y sencilla. A pesar de tener los estigmas, la he visto trabajar en todos los quehaceres de la casa. Oraba retirada en su celda, postrada con el rostro en tierra, como muerta. La he visto en su lecho: sus manos derramaban sangre, y la sangre salía también de la frente, debajo del velo. La vi recibir la santa Comunión, y vi que la imagen de un pequeño niño, que salió de las manos del sacerdotes, llegaba a ella. Tuve visiones que ella había tenido en vida. Estas visiones las veo pasar como en un cuadro delante de ella o junto a mí, mientras ella yace en su lecho, orando. He visto que llevaba un cilicio y una cadena en romo del cuerpo, hasta que le fue prohibido. Sus visionas eran sobre la vida de Nuestro Señor, y también de consuelo y de dirección espiritual. Se encontraba muy bien en su convento; no era muy atormentada y asi pudo progresar mucho más en la vida espiritual. Era más simple y más profunda que mi pequeña Magdalena de Hadamar. He visto que en el otro mundo la precedía en grado de gloria y de condición. El modo de cómo se ve esto, es muy difícil de expresar. La mejor manera de expresarlo es decir que parecería que una hubiese recorrido mas camino que la otra.

Capítulo LII

San Francisco de Borja

(9 de Octubre de 1821 ) He visto muchas cosas de la vida de San Francisco de Borja. Lo he visto como hombre de mundo y como religioso y recuerdo que tenía escrúpulos sobre la comunión diaria y oraba delante de una imagen de María. Allí recibió unas gotas de la Sangre del Señor y de la leche de María, y le fue dicho que no podía privarse del alimento espiritual del cual vivia. Esta participación de la leche de María la he visto a menudo en otras imágenes de santos pintadas como si a modo de niños tomasen la leche de su seno o como si la leche fuese destilando hacia esos santos. Esta represantación es inexacta y escandalosa. He visto que el milagro fue de muy diversa manera. He visto salir del lado del seno de María como una nubecilla blanca que iba hacia los santos dividiéndose en rayos y que ellos aspiraban esa nubacilla. Parecía como que salía un maná hacia esos santos. Del costado del Señor he visto que salió un rayo rojo y resplandeciente que iba hacia San Francisco. Este rayo parecía grano y vino, carne y sangre. Es imposible explicarse.

Capítulo LIII

El Emperador San Enrique en la Iglesia de Santa María la Mayor

(12 de Julio de 1820) He visto un cuadro del Emperador San Enrique. Lo he visto de noche, dentro de una grande y bella iglesia, de rodillas, solitario, delante del altar mayor. Conozco esa iglesia; tiene en su interior una graciosa capilla del santo Pesebre y la he visto en ocasión de la fiesta de Santa María de las Nieves. Mientras él estaba de rodillas, rezando, se iluminó el espacio superior del altar y descendió la Virgen Santisima. Estaba vestida de celeste, y de su contorno se difundían rayos luminosos. Llevaba algo consigo. Cubrió el altar con un paño rojo, extendió encima un mantel blanco y depositó un libro hermoso adornado de piedras preciosas, que estaba lleno de luz. La vi encender la lámpara y puso las velas sobre el altar. Había muchas de estas luces que se levantaban en forma de pirámides. Ella permanecía de pie, a la derecha del altar. De pronto compareció el Redentor, en hábitos sacerdotales, con el corporal y el velo. Dos ángeles le asistían como ministros, y había allí otros dos más. Jesús tenía la cabeza descubierta. El ornamento consistía en un manto largo y pesado, de color rojo sangre y blanco, entrelazado y resplandeciente y adornado con piedras preciosas. Dos ángeles que servían la Misa estaban vestidos de blanco. No he visto campanilla, pero sí las vinajeras. El vino era rojo, como sangre, y había también agua. La Misa fue algo más breve que lo común. He visto el Ofertorio y la Elevación. La hostia tenía la forma de las nuestras. No hubo, al final, el Evangelio de San Juan. El Evangelio lo leyeron los ángeles, que llevaron el libro a María para que lo besase. Cuando María hubo besado el libro, miró a Jesús y le señaló a Enrique. Entonces el ángel llevó el libro a Enrique, que al principio no se atrevía a besarlo, y después lo hizo. Terminada la Misa, María acercóse a Enrique, le dio su mano derecha y le dijo que hacía esto en gracia a su castidad, y lo exhortó a no vacilar en su propósito. Vi entonces a un ángel acercarse y tomarlo por el lado derecho, como a Jacob, y vi como que sentía dolor y que después andaba siempre un tanto al sesgo. Durante la ceremonia muchísimos ángeles estaban presentes, adorando y mirando desde arriba hacia el altar.

Capítulo LIV

La fiesta del Escapulario

(15 de Julio de 1820) Estuve en el monte Carmelo, donde vi a dos ermitaños, que vivían uno muy lejos del otro. Uno era muy viejo, y jamás dejaba su cueva. El otro, de nombre Pedro, era francés, visitaba de vez en cuando al viejo y le llevaba alguna cosa. Pedro se ausentaba por largo tiempo y luego volvía adonde estaba el viejo. Lo he visto viajando en Jerusalén, en Roma y en otros países. Después lo vi volver con muchos guerreros adornados con una cruz en el pecho. He visto con él a Bertoldo, como soldado y luego lo he visto llevando a éste, ya ermitaño, adonde estaba el viejo solitario en el monte Carmelo. Vi mas tarde cómo Bertoldo fue elegido superior de los ermitaños. Los reunía frecuentemente en torno suyo y por su obra se levantaron algunas edificaciones. Los monjes habitaban entonces más recogidos. He visto otro cuadro. Cuando aquella reunión se hizo numerosa y se formó un convento, vi que un monja estaba de rodillas en su celda y se le apareció la Virgen con Jesús en brazos, con aquel mismo semblante con que lo había visto an aquella imágen que vi junto a la fuente del monte. He visto que la Virgen le presentaba cierto vestido semejante al que se obtendría si a un pedazo de paño se le hiciera una abertura cuadrada que pasando sobre la cabeza cubriera el pecho y las espaldas. Por delante descendía hasta el estómago, resplandecfa y era de color rojo y blanco, mezclado y brillante, como el ornamento del gran sacerdote qua Zacarías mostró a José. Las dos cintas que pasaban sobre las espaldas estaban adornadas de caracteres. La Virgen habló mucho tiempo con aquel monje. Cuando desapareció y él se encontró con el escapulario, se sintió muy conmovido. He visto en otro cuadro cuando él reunía a muchos de su orden y les mostraba el escapulario. Después tuve la visión de una solemnidad que se llevó a efecto en el monte Carmelo. Vi entre los coros de la Iglesia triunfante, el primero entre los antiguos ermitaños, separado de los otros, al santo profeta Elías. A sus pies estaba escrito: Elías, profeta. Yo no veía estos cuadros a continuación uno de otro sin intervalo, sino que sentía la persuasión interior de que muchos años se interponían entre uno y otro. Especialmente vi esto entre la entrega del escapulario y la solemnidad eclesiástica. Me pareció que esta fiesta pertenecía a nuestros tiempos. En aquel lugar donde junto a la fuente se erguía la imágen de la Madre de Dios, había ahora un convento y una iglesia. La fuente estaba entonces en medio da la iglesia. Vi a la Madre de Dios con Jesús, como estuvo primero junto a la fuente y como se había aparecido al ermitaño, sobre el altar, pero viva y moviéndose, llena de esplendor. A sus lados pendían innumerables pequeñas imágenes de seda, con doble tira y cordón. Había imágenes de ambas partes y se movían dentro de la luz que salía de la misma Virgen María, como si fuesen hojas de los árboles, expuestas a los rayos del sol. Muchos coros angélicos rodeaban a la Virgen Santísima. A sus pies, sobre el tabernáculo, donde estaba el Sacramento, pendía el gran escapulario que la Virgen había dado en visión al ermitaño. A los dos lados y en lo alto se veían coros de santos personajes de la orden del Carmen de uno y otro sexo. Los más antiguos ermitaños estaban vestidos de blanco con listas obscuras; los demás, como visten al presente. Vi, también, a los religiosos de hoy, monjes y monjas, festejando esta solemnidad en el coro y en los lugares en que viven sobre la tierra.

Capítulo LV

Cuadro de la fiesta de la Porciúncula

(1° de Agosto de 1820) He visto un cuadro relativo a una solemnidad y no sé precisamente lo que significa. Vi una gran gloria de muchos santos, una corona inmensa en la cual aparecían los santos sentados, con diversos distintivos y emblemas en sus semblantes, como ramos de palmas, o teniendo pequeñas iglesias en sus manos. Debajo de este gran círculo estaban, suspendidos en el aire, infinitas reliquias y objetos sagrados, en vasos preciosos. Parecía que fuesen los huesos y las memorias de los santos que yo veía dentro de la gloria. En el centro del círculo se cernía una pequeña iglesia y sobre ella el Cordero de Dios, con un emblema en el dorso. La iglesia era muy luminosa y transparente. Adentro vi, sobre el altar, a la Virgen, madre de Dios sentada sobre un trono, en compañía de Jesús y rodeada de multitud de ángeles. Un ángel voló hacia el círculo de los santos y condujo a Francisco a la pequeña iglesia, delante de Jesús y de María. Me pareció como si él implorase una gracia qua se refería a los tesoros de los méritos de Jesús y de sus santos mártires; era una gracia y regalo de indulgencia para aquella pequeña iglesia. Vi luego a Francisco ir donde estaba el Papa, pero no en Roma. El santo imploró una indulgencia que se refería a aquella visión. Al principio el Papa no quería concederla. De pronto un rayo de luz descendió sobre el Pontífice y en aquella luz apareció ante sus ojos un escrito; entonces se sintió iluminado y consintió en los deseos del santo. Vi que el santo, después de haberse separado del Papa, estaba orando de noche, y vi al diablo, en forma de un bellísimo joven, que se le aparecía y le reprochaba sus abstinencias y mortificaciones. El santo se sintió tentado, fue a su celda, dejó su vestido y fue a revolcarse en una mata de espinas, hasta que todo su cuerpo quedo cubierto de sangre. Luego acercóse a él un ángel del cielo, que lo sanó de todas sus heridas. Esto es lo que todavía recuerdo.

Capítulo LVI

Santa María de las Nieves

He visto a dos esposos de alto linaje rezando en sus estancias, dentro de un gran palacio, delante de una imagen de María colgada de la pared. Era una imagen bordada, aunque no artísticamente; el vestido de María estaba en algunos puntos listado de azul y de rojo y al descender hacia los pies se volvía más angosto. La Virgen tenía corona y en un brazo al Niño Jesús, con el globo del mundo en las manos. Delante de aquel cuadro, que no era de grandes dimensiones, ardían dos lámparas, a derecha e izquierda. El reclinatorio, donde muy unidos estaban rezando los dos esposos, podía ser alzado y quedar suspendido en el mismo cuadro, de modo que parecía entonces un armario sobre el cual caía un cortinado que cubría todo ocultando el cuadro y el reclinatorio. Cuadros semejantes, tejidos o bordados, he visto muchos en los tiempos antiguos. Los solían enrollar y así podían llevarlos consigo en los viajes y suspenderlos de donde quisieran para rezar delante de ellos. Mientras estos esposos rezaban fervorosamente, apareció la Virgen Santísima, esplendorosa, en la misma forma como estaba dibujada en el cuadro y quedó suspendida radiante entre ellos y el cuadro mismo; parecía que hubiese salido de la pared. Les ordenó que le edificaran una iglesia en su honor, sobre una colina de Roma, que encontrarían cubierta de nieve. En seguida estos esposos anunciaron lo acontecido al Papa y los vi yendo, con muchos eclesiásticos, hacia aquella colina, sobre cuya cumbre aparecía todo el espacio destinado a la iglesia cubierto de nieve de extraordinario candor. Todo ese espacio fue señalado con palos y la nieve al poco tiempo se desvaneció. Tuve luego una visión de como el Papa Martín celebró la Misa allí y que mientras administraba el Santísimo Sacramento a un persona de alta categoría, dicho Papa debía ser asesinado por otra persona, a la cual había dado el encargo el mismo que recibía la comunión, y que era por orden del emperador Constanzo. Vi dentro de la iglesia a muchas personas y al asesino que se adelantaba; pero en el mismo instante se puso ciego, de modo que chocaba contra las columnas y cayó. Comenzó a quejarse y a gritar, y se originó gran tumulto en la iglesia. En otra ocasión, vi al Papa Gregorio celebrar en esta iglesia una Misa solemne y apareció la Virgen Santísima con algunos ángeles, que respondían el Et cun spiritu tuo, y le servían. En la misma iglesia vi una solemnidad celebrada en nuestros tiempos, en la cual intervenía la Virgen, aparecida en la misma forma en que se apareció a los dos cónyuges que hicieron construír el templo. Es el mismo donde vi al emperador Enrique orando, mientras Jesús celebraba la Misa. Hay adentro una capilla del santo Pesebre.