Tomo XIII — Visiones de los santos, de los mártires y los apóstoles

Sección 5: capítulos XXXI – XXXVI

Santa Dorotea — San Esteban y San Lorenzo

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En esta sección:

Capítulo XXXI

Santa Dorotea

He reconocido de nuevo las reliquias de esta santa y he visto una ciudad considerable situada en una comarca montañosa (Cesarea de Capadocia). Allí vi, dentro del jardín de una casa de estilo romano, a tres niñas de cinco a ocho años que jugaban. Se tenían de las manos, danzaban en círculo, se detenían y cantaban recogiendo flores del jardín. Después que hubieron estado asi jugando, vi a las dos mayorcitas separarse de la menor, llevándose las flores que deshojaron en sus manos. Me pareció que la menor quedó muy afligida al ver que las dos se alejaban hacia otro lado del jardín. Sentía una pena grande que yo misma compartí con ella. Su rostro palideció y al mismo tiempo sus vestidos se pusieron blancos como la nieve. La niña cayó al suelo como desvanecida. Entretanto yo sentí una voz que decía: «Esta es Dorotea». Luego apareció un joven luminoso que se aproximaba a ella, teniendo en las manos un ramo de flores. El joven levantó a la niña y la llevó a otro lugar del jardín, le puso junto a ella el ramillete y desapareció. La niña se puso de nuevo alegre y corriendo hacia las otras dos, les mostró sus flores y dijo quien se las había dado. Estas se maravillaron mucho, abrazaron a la niña y parecían arrepentidas de haberla ofendido dejándola sola. La unión entre ellas se restableció. A esta vista me vino también a mi el deseo de tener semejantes flores para restablecerme, cuando de improviso se me apareció Dorotea, como una virgen, me hizo una exhortación para la comunión y me dijo: «¿Por qué tienes tanto deseo de esas flores cuando recibes tan a menudo la flor de todas las flores?» Me explicó el cuadro simbólico de las tres niñas, que se refería a la caída y a la conversión de las dos mayores. Después vi un cuadro de su martirio. Estaba con las dos mayores dentro de la cárcel y nació entre ellas una divergencia. Las otras dos no quisieron morir por Jesús, y fueron puestas en libertad. He visto a Dorotea delante del juez, que la hizo conducir enfrente de las dos ya caídas, en la esperanza de que seguiría Dorotea el ejemplo de sus hermanas y sus exhortaciones. Pero Dorotea, en cambio, logró conducirlas de nuevo a la fe. Fue luego atada con los miembros extendidos en una columna, destrozada con uñas, quemada con hachas y finalmente decapitada. Después de esto vi a un joven, que se había burlado de ella camino del martirio y al cual ella había respondido brevemente, convertirse súbitamente y hacerse cristiano. Vio a un joven luminoso que llevaba rosas y flores, entró en si mismo, confesó su fe cristiana y sufrió el martirio: fue decapitado. Junto con Dorotea fueron martirizados muchos cristianos, quemados, descuartizados por animales, a los cuales los habían atado. (*) Lo dicho sobre esta Santa está de acuerdo con la historia. Lo mismo narra el santo Obispo Aldhem (709) en su libro «Alabanza a la virginidad». La devoción a esta santa está muy difundida en el oriente.

Capítulo XXXII

Santa Apolonia (*)

Tuve conmigo su reliquia y ví la ciudad donde fué martirizada (Alejandría). Esta situada sobre un promontorio. no muy lejos de las muchas bocas por las cuales el Nilo desemboca en el mar. Es una ciudad grande y hermosa, en la cual la casa de Apolonia, circundada de patios y jardines, se levanta sobre una alta plazoleta. Al tiempo de su martirio era ya viuda, entrada en años, pero de hermosa presencia. Sus padres eran paganos; pero ella desde su infancia era ya cristiana, debido a una aya suya que era secretamente cristiana. Cuando creció en años fue entregada por sus padres en matrimonio a un marido pagano y vivió con él en la casa paterna Sufrió mucho y la vida conyugal fué para ella una severa prueba. La he visto yacer en el suelo, llorando, orando y cubriéndose la cabeza con ceniza. Su marido era mas bien descarnado y pálido, y murió mucho tiempo antes que ella. Vivió después treinta años como viuda, sin hijos. Mostró mucha misericordia hacia los pobres, que eran secretamente cristianos y era el consuelo y la esperanza de todos los necesitados. Su nodriza había padecido martirio mucho antes que ella. Esto acaeció en ocasión de un tumulto, durante el cual las casas de los cristianos fueron saqueadas y quemadas, y muchos fueron muertos. He visto más tarde como Apolonia, por orden del juez, fue sacada de su casa, conducida al pretorio y metida en una cárcel. La vi luego ante el juez, horriblemente maltratada a causa de sus elocuentes palabras sobre el cristianismo. Era una vista que despedazaba el corazón verla, mientras pude asistir a otros martirios con bastante tranquilidad. Quizás eran su edad y su noble presencia, lo que tanto me conmovieron. La azotaron con varas, la hirieron en la cara y en la cabeza con piedras. La nariz le fue aplastada y deformada; la sangre le corría a torrentes de la cabeza; le habían despedazado las mejillas y el mentón y arrancado los dientes de la boca. Llevaba aquella blanca túnica abierta a los lados, que veo a menudo usada por los cristianos; debajo tenía una túnica de lana colorada. Estaba sentada sobre una piedra sin respaldar y tenía las manos atadas por la espalda a aquella piedra y los pies ligados. Le habían roto y quitado el velo y sus largos cabellos pendían sueltos sobre sus hombros. Su semblante estaba alterado, deforme por los golpes y cubierto de sangre. Un verdugo la sujetaba por detrás, torciéndole la cabeza, mientras otro le abría por fuerza la boca ya deshecha con una especie de cepo de plomo. Entonces el verdugo le destrozó uno a uno los dientes con una tenaza y con los dientes arrancaba pedazos de mejillas. Durante el martirio he visto a Apolonia padecer hasta desmayar, mientras los ángeles y otras almas mártires y también la aparición de Jesús, la fortificaban y la consolaban. Con sus plegarias y sufrimientos obtuvo la gracia de ser la auxiliadora de todos los que sufren dolores de dientes y en el rostro. Como por otra parte no cesaba de alabar a Jesucristo, despreciando las ofertas a los dioses paganos, el juez ordenó que fuese llevada a la hoguera y que si no cambiaba de sentimientos, fuese arrojada en ella. No podía ya caminar por si misma. pues estaba medio muerta. Dos verdugos la arrastraron sosteniéndola bajo los brazos y la llevaron hacia un lugar elevado y plano donde en una fosa ardía un gran fuego. Cuando estuvo delante pareció que pedía con la oración alguna cosa. No podía sostener ya derecha su cabeza. Los paganos creían que quería renegar de Cristo o que, al menos, vacilaba en sus convicciones y la dejaron por un momento. Ella cayó al suelo y parecía que iba a morir. Rezaba en cambio; se puso de pie súbitamente y se echó en medio de las llamas. He visto, durante su martirio, a muchos pobres lamentarse, retorciéndose las manos y gritando. por perder a aquella que durante tanto tiempo les había hecho caridad. Por sí misma no hubiera podido saltar a las llamas. De Dios le vino la fuerza y el impulso. He visto que no fue consumida en el fuego, sino solo quemada. Los paganos se alejaron de aquel lugar cuando la vieron muerta. y los cristianos se acercaron y secretamente se llevaron el cuerpo y lo sepultaron en un subterráneo. (*) En el «Martirologio Romano» y en la «Legenda aurea» aparece como virgen (cap. 66), aunque ya de mucha edad. La vidente la ve como viuda y explica que hacía tiempo quelLo era: por eso era tenida generalmente por no casada. El tormento de arrancarle los dientes lo describe la vidente con detalles. En un grabado en madera del año 1.450 tiene la santa una tenaza en las manos, y en otro de 1.488 aparece atada a una columna mientras el verdugo le arranca los dientes con violencia.

Capítulo XXXIII

Santa Eulalia

Entre las reliquias que le presentaron a Ana Catalina, había dos dientes que se decía pertenecieron a Santa Eulalia. Cuando los hubo mirado, dijo: Uno sólo de estos dientes pertenece a Santa Eulalia, virgen y mártir de Barcelona. El otro diente es de un sacerdote que recibió la ordenación en la vejez. Lo he visto viajar mucho de un lado a otro, proteger viudas y huérfanos. El diente de Santa Eulalia le fue arrancado cerca de un año antes de su martirio. He visto el episodio como había sucedido. A causa de un intenso dolor de muelas que padecía, Eulalia se hizo sacar aquel diente en casa de una joven amiga suya; pues la madre, por demasiada sensibilidad, no quiso que lo hiciese en su propia casa. El viejo que extrajo aquel diente era un cristiano. Ella estaba sentada sobre un asiento en el suelo, de espaldas al operador. Ella levantó la cabeza hacia atrás y el hombre le extrajo rápidamente el diente con un instrumento que en la parte anterior tenía una cavidad pequeña, como para contener un diente, unido a un asta y un mango algo curvo. Después de sacado, hizo ver el diente a las dos jóvenes, que sonrieron. La amiga de Eulalia rogó que le regalara el diente extraído y ésta consintió. Eulalia era amada y apreciada por todas sus amigas. Después de su martirio aquel diente adquirió un valor mucho mayor y llegó a ser para la poseedora un objeto sagrado. Después de la muerte de ésta, lo he visto en posesión de dos diversas mujeres y más tarde, en tiempos muy posteriores, suspendido delante de la imagen de Apolonia, encerrado en una caja de plata que tenía la forma de un pequeño turíbulo. En este cuadro Santa Apolonia no estaba pintada como persona de edad, sino joven, con una tenaza en la mano y con gorra de punta en la cabeza. He visto más tarde, cuando los objetos de plata fueron robados en aquella iglesia, que aquel diente llegó a poder de una monja, lejos del pais de Eulalia. Se sacó un fragmento de la raiz del diente y también éste se conservó como reliquia; ya no recuerdo el lugar del hecho. He visto resplandecer el diente, pero no con el brillo propio de los huesos de los mártires. Lo veo brillar por el ardiente deseo que tenía ya desde entonces Eulalia de padecer y morir por Cristo y por su inocencia y por lo que había ya anticipadamente padecido con paciencia por amor de Jesús. Aquellos huesos y partes del cuerpo que los santos han perdido antes del martirio, no los veo resplandecer con los colores propios de la gloria, como miembros que han padecido el martirio propiamente. Al brillo de este diente le falta el brillo propio del martirio del resto del cuerpo. Los padres de Eulalia eran personas de mucha consideración, que habitaban en un gran palacio, en torno del cual se veían olivos y muchos otros árboles cargados de frutos amarillos. Los padres eran cristianos; pero no muy celosos, ni en ellos se veía nada notable de cristianismo. Eulalia se entendía con una anciana, fervorosa cristiana. Esta anciana habitaba en un edificio anexo al palacio y trabajaba en grandes obras de bordados. He visto a Eulalia junto a la anciana coser y preparar ornamentos de iglesia. Cosían con grandes agujas redondas y adherían a los paños figuras de relieve. Esto lo hacían secretamente, de noche. Tenían cerca una linterna y delante de la llama había algo transparente, como cristal, por cuyo medio se podía ver muy claramente. He visto a Eulalia orar solitaria delante de una simple cruz en su estancia. Ella misma se había hecho esa cruz con una madera de siempreviva. Tenia tan ardiente deseo de confesar públicamente a Jesús, que a menudo le era mostrada en visión la corona del martirio. La he visto andar con otras vírgenes y manifestarles ese deseo, que no se atrevía a manifestar en la casa paterna. (*) El Diccionario Eclesiástico dice: «En España se celebran dos mártires de este nombre: Eulalia de Barcelona y Eulalia de Mérida».

Capítulo XXXIV

Los santos mártires Pascual y Cipriano

Cuando tomé mi iglesia (la cajita de sus reliquias) en las manos, para ponerlas en orden y venerarlas, reconocí un fragmento del hueso de un brazo del santo mártir Pascual. He visto que desde la infancia era tullido, aunque por lo demas estaba bien formado. Su padre había perdido la vida en una persecución de cristianos y luego lo vi con una hermana suya junto a un hermano mucho mayor que tenía por hijo un sacerdote llamado Cipriano. He visto a este último celebrar Misa en un subterráneo. Habitaban en medio de edificios ruinosos y a veces en cavernas subterráneas. Cipriano demostraba mucho cariño hacia el tullido Pascnal, que no podíaservirse de miembro alguno. Tendría dieciséis años cuando pidió ser llevado a la tumba de un mártir. Estaban allí unas veinte personas, entre ellas Cipriano; y condujeron a Pascual sobre una especie de angarillas a un lugar de mártires. Estaba de tal modo tullido que las rodillas casi le tocaban el mentón. Llegaron con gran sigilo al lugar próximo a las cárceles donde un santo mártir había sido martirizado y sepultado, cuyo nombre no me acuerdo ya. Se detuvieron y rezaron; Pascual estaba presente sobre una litera que podía alzarse o bajarse a voluntad. He visto que tanto él como los otros oraban con mucha devoción, y que de pronto se íalzó sobre sus pies y echó de si las muletas. Había tenido la más firme confianza allí que Dios le había de dar la salud. Vi que todos llenos de gozo dieron gracias a Dios y abrazaron al recién sanado. que con ellos volvió a su casa contento y feliz. He visto una serie de cuadros de su caridad y piedad, y como ayudaba al hijo de su hermano, es decir, a Cipriano, a cuidar enfermos y pobres. Llevaba sobre sus hombros y al cuello a personas que no podían andar. Por este tiempo murió el hermano mayor y lo sepultaron secretamente. En seguida hubo una gran persecución de cristianos; me parece que bajo Nerón. Numerosos cristianos, hombres, mujeres y niños fueron reunidos con violencia en una gran plaza de la ciudad. Fueron juzgados y martirizados de diversas maneras. He visto que ciertos árboles que formaban una alameda eran doblados con fuerza; los cristianos atados por los brazos de un lado del árbol y por las piernas del otro lado; luego soltaban las ramas curvadas, y los pobres cristianos eran así destrozados y descuartizados. A las vírgenes las he visto suspendidas por las piernas, de tal modo que la cabeza tocaba casi la tierra. Tenían las manos atadas a las espaldas; y he visto que ciertas bestias feroces, parecidas a gatos con manchas, laceraban y devoraban sus carnes aún palpitantes de vida. He visto que durante esta persecucion la hermana de Pascual con otras huyeron lejos de allí, mientras Pascual y Cipriano visitaban los lugares de martirio para confortar a los amigos. Al principio solo fueron rechazados allí; pero luego, reconocidos como cristianos, fueron juzgados y martirizados con los demás. He visto en esta ocasión muchas piedras gruesas y macizas aplanadas, entre las cuales eran puestos los cristianos, y aplastados y prensados, mientras las piernas y los brazos pendían hacia fuera. A menudo ponían dos víctimas, una sobre otra. la cara de una contra la cara de la otra, y asi eran prensadas con tan pesadas piedras. Pascual y Cipriano fueron en esa forma aplastados. A continuación vi un cuadro de época posterior. Vi a los cristianos más libres; podían buscar las tumbas de los mártires y venerarlos. Vi que unos padres llevaron su hijito de un año, todo tullido, a un campo donde estaban sepultados muchos mártires, con monumentos y pequeñas cap llas sobre algunas tumbas. En la extremidad del cementerio, que llaman de Calixto, se detuvieron en un lugar donde no había mas que hierbas, porque el niño dijo que allí estaban sepultados dos santos que lo habían ayudado. En efecto, lo vi alzarse de allí derecho. perfectamente sano. Creo que pronunció también los nombres de esos santos. Luego vi al padre, a la madre y al hijo de rodillas dando gracias a Dios, correr a la ciudad y anunciar por todas partes el prodigio que se había obrado. He visto acudir muchos hombres con aquel niño; entre ellos había eclesiásticos. Excavaron la tierra y allí encontraron dos cuerpos juntos. Los brazos se unían fuertemente y los cuerpos estaban incorruptos, blancos y como disecados. La fosa era de forma cuadrada y donde los brazos estaban juntos, la pequeña pared que los separaba aparecía interrumpida. No fueron todavía desenterrados: pero vi que hubo una solemne ceremonia, que las tumbas fueron puestas en orden y colocada una inscripción. Luego fue cerrada y sobre la sepultura se hizo una techumbre sostenida por cuatro o seis columnas, y se plantaron flores. Vi que creció mucho la hierba; entre las plantas había una con hojas muy gruesas, un arbusto semejante al que llamamos siemprevivas. Debajo de aquella techumbre se hizo una capilla y se dispuso un altar. Sobre la mesa se hizo una abertura que se podía abrir o cerrar a voluntad. En la piedra erigida había una inscripción. He visto que se celebraba allí solemnemente la santa Misa y se daba la comunión. Los que recibían la santa comunión tenían un recipieme o tacita y un paño muy cándido bajo el mentón. Aquellos santos cuerpos quedaron sepultados allí. Mas tarde el pequeño edificio fue destruido. Vi luego un cuadro en que me mostraron como después de mucho tiempo se abrieron allí muchas tumbas y se llevaron los sagrados huesos hallados. Vi que también los cuerpos de Pascual y de Cipriano fueron extraídos; eran ya esqueletos, pero dispuestos en orden perfecto. Los he visto colocados en dos cajas cuadradas, que llegaron a ser posesión de los Jesuitas de Amberes. Vi en esa ocasión fiestas solemnes con procesiones. Las cajas fueron adornadas y guardadas en preciosos armarios.

Capítulo XXXV

Santa Perpetua y Santa Felicitas

(27 de Febrero de 1820) Cuando en la noche pasada me lamentaba delante del Señor de mi aflictiva situación, fui justamente reprendida de haberlo hecho mientras me rodeaban tan grandes tesoros de reliquias, por ver las cuales tantos otros habían emprendido largos viajes, y mientras tenía la gracia de vivir en compañía de tantos santos y de ver todas sus acciones y sufrimientos. Sentí entonces la injusticia de mis lamentaciones y vi una gran muchedumbre de santos cuyas reliquias tengo conmigo. Vi muchas cosas de la vida de Santa Perpetua, que desde niña tenía ya visiones que simbolizaban su martirio. Esto me hizo recordar un sueño de mi infancia, en el cual había visto que no tenía para alimentarme nada mas que agua y pan negro. Creía que debía ir mendigando. Pensé entonces que aquel pan negro que recibió como don Santa Valburga se refería a este mi sueño. He visto los tormentos de Santa Perpetua y de Santa Felicitas, y de otros que, con ellas y después de ellas, fueron martirizados. Los he visto destrozados por bestias feroces, o acuchillados. Diciendo estas palabras, Ana Catalina tomó en sus manos una de aquellas reliquias, la estrechó contra su corazón y la besó, diciendo: He aquí a Perpetua, que esta junto a mí. Luego tomó un fragmento de hueso y dijo: Esto es algo muy precioso. Es el hueso de un jovencito que sufrió valerosamente el martirio junto con el padre, la madre y dos hermanas. Se encontraba en la cárcel al mismo tiempo que Perpetua. Fue quemado vivo. Su hueso resplandece muy vivamente: es un resplandor muy maravilloso, con un nimbo del mas agradable color azul con rayos de luz dorada y de esta misma luz está circundada la persona y la aparición de este niño mártir. Esta luz recrea de tal manera, que no puedo expresarlo. Al principio creí que Perpetua y Felicitas fueron martirizadas en Roma, porque había visto que les dieron muerte en un edificio semejante a los que veo en Roma; pero ahora sé que el lugar de su martirio fue muy lejos de Roma. El niño murió quemado en una hoguera. Había en aquel lugar pequeñas elevaciones circundadas por una pared. En las elevaciones había unos palos, donde eran sujetados los mártires. Los verdugos disponían el fuego circularmente en torno de esas elevaciones. (2 de Marzo de 1820) Vi muchos cuadros relativos a la prisión y al martirio de Santa Perpetua. En ocasión de su fiesta espero verlo todo más claramente. He visto a los santos encerrados en una cárcel redonda y subterránea. Estaban separados unos de otros por rejas de hierro, de tal manera que podían hablarse y darse la mano. Todo era oscuro y tenebroso en la cárcel. Con todo, he visto resplandecer la luz en torno de los mártires. Sobre la cárcel misma se levantaba un antiguo edificio. Cada uno estaba solo en esa especie de jaula. La puerta de entrada semejaba a la de una cantina, algo elevada sobre el nivel. En el techo había cuatro aberturas con rejas. Además de Perpetua y Felicitas, vi adentro a cuatro hombres. Perpetua tenía a su niño, al cual amamantaba. Felicitas estaba en la cárcel inmediata, y estaba encinta. Perpetua era alta, de recia contextura. Felicitas era mucho mas pequeña y delicada. Perpetua hablaba con todos indistintamente, de modo breve y conciso; parecía que lo dirigía todo en aquella cárcel. Mas lejos había otros prisioneros. Aquel magnánimo niño mártir estaba junto a su padre, en una parte, y la madre con sus dos hijas, en otra parte, separados por una pared; pero yo los veía a través del muro. He visto también que los amigos de los prisioneros se entretenían con ellos. Delante de la reja de Perpetua había un anciano muy afligido, que se arrancaba los cabellos y se lamentaba en voz alta. No era cristiano; creo que era el padre de Perpetua. El jefe de la guardia era un buen oficial que traía a Perpetua pan y otros alimentos que ella dividía entre los demás prisioneros. Perpetua tenía consigo escondido un volumen o rótulo. Todos vestían trajes de prisioneros, largos, más bien estrechos; las mujeres de lana burda y blanca; los hombres de color más oscuro. La cárcel de los hombres estaba más cerca de la puerta. La cárcel de las mujeres, en el centro, dispuesta en círculo. He visto a un niño que murió en la misma cárcel. Sus parientes obtuvieron el cadáver y lo sepultaron. Una tarde Perpetua habló con un hombre; y durante la noche he visto junto a Perpetua, que dormía en el suelo, apoyada en su brazo, un cuadro maravilloso. Todo el espacio estaba iluminado y a la luz del resplandor vi a todos los prisioneros y sus diversos aspectos; unos dormían y otros oraban. En este resplandor había una escala maravillosa que llegaba al cielo; al pie de ella había dos dragones, uno a la derecha y otro a la izquierda, con las cabezas vueltas hacia fuera. Aquella escala llegaba al cielo y terminaba en un jardín. Parecía la escala hecha sobre dos sostenes muy delgados para aquella altura. de modo que yo me admiraba que pudiera sostenerse. De ambos sostenes salían a derecha e izquierda, muchos peldaños en puntas agudas, en ganchos y en otros instrumentos, puestos quizás para martirizar. Estaban dispuestos de tal modo que si a la izquierda salía un peldaño corto, correspondía a la derecha una cantidad de ganchos o de puntas, y viceversa. Parecía imposible que por allí alguno pudiese intentar la subida. No obstante vi a una figura que subía, y cuando estuvo bastante elevada, volvio atrás por otro lado, como si quisiese ayudar a otros a subir. Entonces vi la imagen de Perpetua, que allí dormía, como aplastaba la cabeza a uno de los dragones. Luego la vi subir con otros. Cuando llegaron arriba, los vi en un jardín hermosísimo, donde fueron consolados por numerosas figuras. Después he visto a Perpetua que dormía, y a su lado, la imagen de un hermanito pequeño, ya muerto (*). Vi junto a ella un espacio largo y oscuro y un niño que parecía estar en miserable estado con sed ardiente, cerca de una gran fuente de agua; pero con el borde tan alto, que el niño no podía alcanzarla. Cuando Perpetua tuvo la visión de la escala, vi, a la luz que iluminaba la cárcel, que Felicitas aún no había dado a luz. Todos yacían postrados con el rostro en tierra y oraban. A continuación vi un pequeño niño en brazos de Felicitas. Vi que una mujer, llorando con gran turbación, le quitó aquel niño, y que ella se lo dio alegremente. Vi después como los mártires fueron llevados al martirio. Salieron de la carcel uno a uno, delante de dos filas de soldados que los maltrataban bárbaramente. El lugar del martirio eran muchos espacios unidos entre sí. No era como el anfiteatro de los mártires de Roma. Por el camino he visto dos veces a algunos que mostraban su hijo a Perpetua. Se acercaron primero a una puerta donde todo el grupo de prisioneros tuvo que detenerse. Allí se disputó con los prisioneros pretendiéndose algo que ellos, por medio de Perpetua, rehusaron hacer. Aquellas buenas personas que tenían a su hijito se hicieron otra vez encontradizas, acudiendo por una encrucijada. Todos los que estaban en la cárcel salieron para asistir al martirio. En esta ocasión lo sufrieron solo Perpetua, Felicitas y tres hombres. No me es posible expresar la magnanimidad que demostraron estos mártires. Las dos mujeres parecían beatificadas en el resplandor celestial y los hombres exhortaron a la multitud. Caminaban lentamente entre dos filas de verdugos, que los azotaban cruelmente. Después he visto a dos hombres traer delante de ellos a una bestia feroz semejante a un descomunal gato con manchas, que se arrojó sobre ellos, sin hacerles mucho daño. Luego un oso los arrastraba de un lado a otro. He visto que azuzaban a un feroz jabali contra un mártir; pero el jabalí se volvió contra el que lo punzaba y tuvieron que sacar al verdugo sangrando. (3 de Marzo de 1820) Perpetua y Felicitas se acercaron a mí y me dieron de beber. Vi un cuadro relativo a sus juventudes. Las vi jugando en compañía de otras diez niñas en un jardín redondo, circundado de un muro. Dentro había árboles de la altura de un hombre, de tronco delgado, que en la parte superior tenían las ramas entrelazadas unas a otras. En medio del jardín se levantaba un edificio pequeño y redondo, como lugar de recreo, que en lo alto tenía una terraza. Había allí una estatua blanca de mármol, que tenía una mano en alto y la otra mas baja, sosteniendo con ambas un objeto. En la parte superior del edificio había una baranda en torno. Junto a ese lugar de recreo había una fuente de agua, guardada por una reja de hierro bastante alta, con puntas, de modo que los niños no podían subir; pero se podía, por medio de un ingenioso aparato, hacer correr el agua a una taza de piedra cavada fuera de la reja, y con el agua gustaban divertírse. Los niños jugaban también con ciertos títeres movibles y con pequeños animales de talla. He visto muchas veces a las dos santas, separadas de las demás, abrazarse con mutua afección. Ellas siempre se habían amado desde niñas y se habían comprometido a no separarse jamás; a menudo en sus juegos jugaban a que eran cristianas y a que sufrirían el martirio, sin ceder hasta la muerte. Santa Mónica, de la cual poseo una reliquia, me dijo que aquella ciudad se llama Cartago. (6 de Marzo de 1820) Hasta las dos me entretuve con Perpetua y Felicitas. He visto constantemente cuadros de su juventud hasta el momento en que fueron arrestadas. Ellas no habitaban el mismo lugar donde fueron encarceladas y martirizadas, sino a distancia de una media hora de camino, en un pueblo que no estaba tan hermosamente edificado ni sus edificios estaban unidos. Este lugar estaba pegado a la ciudad por un camino que, pasando entre dos muros bastante bajos, llevaba a la ciudad atravesando muchas puertas con arcos. La casa de los padres de Perpetua estaba sobre una plaza abierta, era algo baja, y me parecieron sus padres personas de distinción. Había en la casa un gran patio, rodeado de muros, con un pórtico interno de columnas, aunque no del todo como la casa de Inés en Roma. A la entrada se veían también estatuas. Delante del palacio se extendía la plaza y detrás el jardín de forma redonda, algo separada, que he visto ultimamente. Reconocí que su madre, secretamente cristiana, conocía la íntima convicción de sus hijos. En casa había algunos jóvenes. Sólo el padre era pagano y así quedó. A los padres de Felicitas, que era más joven que Perpetua, los vi estar en muy pobre condición. Habitaban en una cabaña mísera apoyada a los muros de la misma ciudad. La madre era un señora vivaz, mas bien corpulenta, algo oscura en el rostro. El padre era ya anciano cuando Felicitas fue martirizada. He visto a estos cónyuges que llevaban frutos en unos cestos, quizás al mercado. A Perpetua la he visto ir con ellos. Ya de niña era muy amiga de Felicitas y los hermanos de ella y otros jóvenes se trataban con mucha familiaridad e inocencia. Los he visto con los unos y los otros dentro del jardín. He visto a Perpetua desde la niñez promover con mucho entusiasmo y valor la fe cristiana. A causa de esto estaba siempre en grande peligro, de los cuales le fue posible librarse. Los padres de Felicitas eran secretamente cristianos. Ella era muy esbelta y delicada, mas hermosa que Perpetua, que tenía lineamientos menos delicados y más decisivos y en todo su modo de ser mas ardorosa que Felicitas. Ambas eran algo oscuras de piel, como son las gentes de esas comarcas y tenían los cabellos negros. He visto a Perpetua ir a menudo desde pequeña con Felicitas; y una vez también a sus futuros maridos: eran muy piadosos y dulces de carácter y eran secretamente cristianos. Perpetua había sabido por visión que si se casaba alcanzaría más pronto la palma del martirio. Había visto gran parte de su martirio y también la mala voluntad y la contrariedad de su padre. Perpetua fue la que indujo al matrimonio a Felicitas; ella se había casado antes y socorrió a su amiga en su pobreza y necesidad. El marido de Perpetua me pareció que estaba muy por debajo de la condición de ella. Parecía que lo había tomado atendiendo solo a su virtud. Cuando él dejó la casa paterna fue mirada con malos ojos por los otros amigos y la vi andar sola con él y como abandonada de los demás. El marido de Felicitas era muy pobre, pero buen cristiano. Se fueron durante la noche a un lugar escondido y remoto que parecía una vasta y baja cantina, sostenida con arcadas y columnas, fuera de los muros y en medio de edificios en ruina. Moraban allí dentro ocultos: habían cerrado todas las aberturas y se iluminaban con antorchas. Había como unas treinta personas que vivían en las reparticiones de aquel lugar. No he visto celebrar allí oficio divino, sino solo enseñar la doctrina cristiana. (7 de Marzo) He visto dos santos hombres acercarse a mí de un lado del lecho y tres santas del otro lado. Estas eran Perpetua y Felicitas y la madre del marido de Perpetua, mujer de edad. Los hombres eran los maridos de estas santas. Perpetua y Felicitas me colocaron en otro lecho aislado, que tenía cortinados de color azul con cordones colorados. La suegra de Perpetua trajo una mesa redonda que estaba en el aire, junto a mi lecho, y allí la preparó con toda clase de maravillosas viandas. Parece que lo hacía en nombre de Perpetua. Las dos santas se apartaron algo de mi a un lugar mas espacioso, y pensé que podía significar esto alguna pena para mi y me dominó la tristeza; mas aún cuando vi que también la suegra se iba apartando y los dos mártires desaparecieron. Entonces me dí cuenta que manaban sangre mis pies y mis manos. De pronto vi que me rodeaban muchas personas, que en tono de sorpresa decían: «Ah, ella come!». Bien pronto cesó toda la algazara y aparecieron de nuevo las santas, y la suegra de Perpetua me dijo que habría debido yo sufrir grave persecución y molestia a causa de estas efusiones de sangre, pero que por intercesion de aquellos santos había sido alejada o al menos mitigada. Me dijo además que aquellos tres niños que había yo vestido para la primera comunión, conseguirán remover de mí, con sus oraciones, muchos padecimientos y que en vez de sufrir una nueva persecución, ha venido sobre mi esta dolorosa enfermedad y en premio de todo ello estas viandas que se veían sobre la mesa: frutos, paños muy finos puestos sobre platos de oro con inscripciones azules y también flores. La santa mujer, que estaba a mi lado hablándome, tenía en torno de sí un fulgor puramente blanco que iba perdiéndose en un color gris. No había sido encarcelada ni martirizada con él; pero ahora estaba con él, porque, como había sucedido a muchos otros, durante la persecución, ella había muerto en esos escondrijos por el dolor y el sufrimiento a causa de las privaciones. Dios se lo había contado todo esto como martirio. Perpetua y Felicitas se hubieran podido sustraer al martirio; pero Perpetua lo había deseado ardientemente y cuando se declaró la persecución, se mostró abiertamente cristiana. Me dijo que Perpetua se había casado a causa de una visión y para salir de la casa de su padre. Vi a este hombre; no era alto de estatura, pero fuerte, aunque ya de edad y raras veces se encontraba en su casa. Cuando estaba, habitaba el segundo piso con su mujer. El podía ver todo lo que ella hacía, puesto que la estancia que habitaba estaba separada solo por un tabique de madera entrelazada, sobre cuya parte superior había una abertura cerrada habitualmente con una cerradura. Poco tenía que hacer con ella, y parecía que la trataba con desconfianza por ser ella cristiana. Las más de las veces yo veía a la mujer en aquella estancia; parecía que no se movía fácilmente porque era corpulenta y por eso las más de las veces estaba sentada o se recostaba sobre un cómodo sillón. Vi que trabajaba con la ayuda de unos palitos en una labor ordinaria de malla. Las paredes de la casa estaban pintadas de varios colores, pero no con arte tan refinado como en Roma. Cuando estaba el padre en casa se mostraba todo inquieto, incierto y silencioso; cuando él se alejaba, la madre aparecía mas alegre y benévola con sus hijos. Además de Perpetua, he visto varios jovencitos allí. Cuando Perpetua tuvo cerca de diez y siete años la he visto en una estancia fajando y curando a un niño enfermo, de unos siete años. Este niño tenía un horrible tumor en la cara que lo desfiguraba y por añadidura no lo sufría con paciencia. Los padres no lo visitaban siquiera y lo he visto morir entre los brazos de Perpetua, que lo ocultó luego en un lienzo y lo sepultó. El padre y la madre ya no lo vieron más. Felicitas era sirvienta en una casa donde servía otra que con ella fue martirizada. A menudo venía a la casa de sus padres y a veces dormía allí. Perpetua llevaba muchas veces, en la oscuridad de la noche o en el crepúsculo, algunas objetos en una pequeña canasta o entre sus vestidos, y esas buenas gentes aprovechaban lo traído para repartirlo a los cristianos escondidos, de los cuales muchos morían de hambre y de necesidades. He visto todo este andar y venir con mis propios ojos. Perpetua no era de rostro muy agraciado: tenía la nariz algo achatada y corta; los huesos de las mejillas algo prominentes y los labios un tanto levantados, como lo veo en la gente de aquellas comarcas. Tenía cabellos negros y largos, trenzados y enrollados sobre la cabeza. El vestido era a la moda romana; pero no tan simple, pues tenía adornos en torno al cuello y las extremidades y la parte superior del cuerpo parecía mas estrecho. Perpetua era muy decidida en el trato y en el modo de andar. He visto a los maridos de las dos santas mujeres en casa de Perpetua despedirse de ellas para huir: asi se sustrajeron de la persecución. Cuando se hubieron alejado, he visto a Perpetua y a Felicitas abrazarse tiernamente, como si entonces se sintiesen más libres y dispuestas para el martirio. La casa de Perpetua era mas pequeña que la de sus padres. Tenía un solo piso y el patio estaba cercado por una empalizada de madera. Al nacer el día vi a Perpetua y Felicitas y la suegra de Felicitas, en casa de Perpetua, sorprendidas por una tropa de soldados, que traían arrestados a dos jovenes que estaban a la puerta de la casa. Perpetua y Felicitas fueron al encuentro de los soldados alegremente. La suegra retuvo al niño y nadie se cuidó de ella. Estos cuatro cristianos, entre golpes y malos tratos, fueron llevados sin pasar por el camino ordinario, entre el muro y los arcos, sino a través de otro abierto en el campo, hacia una parte remota de la ciudad y encerrados en una casucha que parecía un aislado fortín de leño y no una cárcel. Aquí he visto algun tiempo después a un joven que golpeaba por mucho tiempo a la puerta hasta que los soldados lo dejaron entrar y lo llevaron delante de los prisioneros. He visto también llegarse al padre de Perpetua: le suplicó y lloró, la conjuró a renegar de la fe y, finalmente, la golpeó en la cara. Ella respondió con gravedad y soportó todo con paciencia. Después he visto como fue conducida, atravesando una parte de la ciudad y varios muros. a la cárcel subterránea donde estaban muchos otros cristianos. Allí vi de nuevo la visión de la escala que tuvo Perpetua y cómo, después de recibir celestial consuelo, subía la escala y descendía vestidos, para ayudar a los otros. Al descender se laceraba los vestidos, mientras miraba hacia un lado, en aquellas agudas puntas, precisamente en las caderas, donde mas tarde fue embestida por el toro furioso, durante su martirio. Ví a Perpetua yacer en el suelo y hacer un movimiento como si quisiese poner en orden sus vestidos. Esto acaeció en el momento en que descendiendo de la mística escala, se dio cuenta de que estaban rotos sus vestidos. Mientras estaba en la cárcel, hablaba animosamente con los soldados y asumía la representación de sus compañeros de prisión, alcanzando para sí y para los otros más respeto y consideración. La vi cuando fue arrastrada de un lado a otro por el toro y luego pisoteada. Al caer aún se ajustó sus vestidos desordenados y me pareció que por un momento se daba cuenta de su posición. Cuando fue llevada luego por senderos transversales a otro patio, preguntó si sería pronto martirizada. Estaba siempre como en visión y no sabía casi lo que hacían con ella. En medio de aquella plazoleta había varios asientos pequeños: fue llevada a uno de ellos y atravesada por la garganta. Era cosa terrible el verla: Perpetua no acababa de morir; el verdugo la atravesó por los costados y después la traspasó por el lado derecho de la garganta. La mártir tuvo que guiarle la mano. En el suelo aun movió la mano; finalmente murió con grave dificultad. Los demás mártires estaban allí amontonados. Las dos santas fueron despojadas y robadas sus vestiduras; metidas en una especie de red y llevadas fuera. Por causa de los golpes y azotes todo el cuerpo estaba lleno de sangre y de heridas. Los sagrados despojos fueron secretamente sustraídos y sepultados por gente venida de Cartago. He visto que muchísimos se convirtieron por el martirio de Perpetua y su heroica paciencia y que la cárcel se llenó muy pronto nuevamente. (8 de Marzo) He tenido durante la noche las reliquias de Perpetua y Felicitas junto a mí, pero con grande extrañeza no he visto cosa alguna que tuviera relación con ellas. Aunque esperaba ver algo sobre estas santas, nada vi en todo el tiempo. De aquí reconozco que estas visiones son cosas serias y que no se tienen según la voluntad propia. (*) El niño de que se habla en esta visión es Dinócrates, hermanito de Perpetua. Se encontraba en el purgatorio y la razón la da San Agustfn, quien dice que Dinócrates era bautizado, pero fue obligado por su padre a dar culto a los dioses familiares.

Capítulo XXXVI

San Esteban y San Lorenzo

(3 de Agosto de 1820) Entre las reliquias que poseo, conozco una de San Lorenzo. Es un trozo de hueso envuelto en una materia oscura. ¡Que tesoro! ¡San Esteban y San Lorenzo! He aquí que ambos están presentes: primero Esteban, después Lorenzo. Aquél tiene un vestido blanco de sacerdote judío y un ancho cinto y en la espalda una faja. Es un hermoso joven, más alto que Lorenzo. Este viste un largo hábito como de diácono. Esteban tenía, además, ancho cinturón blanco de sacerdote, un collar sobre los hombros, tejido de blanco y rojo, muy brillante, y la palma en la mano. Lorenzo estaba vestido con un hábito azul blanco, largo y plegado, ceñido con ancho cinturón y una estola al cuello. No era de tanta estatura como Esteban, pero era, como éste, joven, de buen aspecto y animoso. Este hueso suyo debe haber sido oscurecido por el fuego y esta envuelto en un pañito negro. Las parrillas tenían un borde como el de una sartén. Eran más anchas por arriba que por abajo. Tenían seis pies y cuatro barras atravesadas. Cuando el santo estaba en ellas fue puesta sobre él una barra atravesada. Tenía consigo las parrillas cuando se me presentó. He visto a San Lorenzo, español, natural de la ciudad de Huesca. Su madre se llamaba Paciencia. Del nombre del padre no me acuerdo. Ambos eran muy piadosos cristianos. Las casas de éstos estaban señaladas con una cruz tallada en piedra. Unas cruces eran sencillas y otras dobles. Vi que Lorenzo tenía una devoción extraordinaria al Santísimo Sacramento y que aproximadamente desde los once años había sido dotado por Dios de una maravillosa sensibilidad para conocer la proximidad de la Eucaristía, aunque el Santísimo fuese llevado ocultamente. Dondequiera que fuese llevado, él lo acompañaba y lo adoraba con mucho fervor. Sus piadosos padres, que no tenían tanto celo, tachaban de excesivo el suyo. Ví una prueba conmovedora de su amor al Santísimo Sacramento. Supo Lorenzo que un sacerdote llevaba secretamente la comunión a una leprosa que habitaba una miserable cabaña junto a la muralla de la ciudad. Siguió por devoción secretamente al sacerdote hasta la cabaña y estuvo escuchando y orando mientras la enferma recibía la comunión. Diósela en efecto el sacerdote, pero en el momento de recibirla la enferma vomitó y con esto salió de la boca la sagrada forma. El sacerdote, de cuyo nombre no me acuerdo, llegó a ser santo; pero entonces se hallaba en grande apuro sin saber como sacar de aquella inmundicia el Sacramento. Todo esto lo vio el niño Lorenzo desde su escondite y no pudiendo contenerse, impulsado por su amor al Sacramento, penetró en la habitación y, venciendo la natural repugnancia, se echó sobre el vómito y tomó en sus labios el cuerpo del Señor. Vi que en premio de esta heroica acción recibió de Dios un gran valor y una fortaleza invencible. He visto también, de una manera que no puedo describir, que él nació no de la sangre ni de la voluntad de la carne, sino de Dios. Vile como un niño recién nacido y entendí que fue engendrado por sus padres en medio de la mortificación, después que éstos recibieron dignamente los santos Sacramentos, en pudor y penitencia; que en el momento de ser engendrado fue consagrado a Dios y que por esta razón le había sido dada esta temprana devoción y este sentimiento de la presencia de Jesús en el Santísimo Sacramento. Tuve mucha alegría de ver aquí un niño engendrado como siempre pensaba que se debe en el matrimonio cristiano. Después de aquella acción heroica no tardó Lorenzo en dirigirse a Roma, previo el consentimiento de sus padres. Allí le vi, en compañía de santos sacerdotes, visitar a los enfermos y encarcelados. No tardó en hacerse querer muy especialmente por el Papa Sixto, que le ordenó de diácono. Le vi ayudar Misa al Papa y vi que el Pontífice, después de comulgar, le daba a él la comunión bajo ambas especies. Le vi también dar el Sacramento a los cristianos. No había comulgatorio, como ahora. Los diáconos alternaban en el servicio de la iglesia; pero vi que Lorenzo siempre ayudaba a Sixto. Cuando éste fue encarcelado, corrió Lorenzo en pos de él y le llamó para que no le dejara; vi que Sixto, por divina inspiración, le anunció su próximo martirio y le mandó que repartiera entre los pobres los tesoros de la Iglesia. Vile ir con mucho dinero en el pecho a una viuda llamada Ciriaca, en cuya casa había escondidos muchos cristianos y enfermos y le vi lavarles a todos los pies humildemente y socorrer, imponiéndoles las manos, a aquella viuda que hacía tiempo padecía violentos dolores de cabeza, y curar enfermos y paralíticos, restituir la vista a los ciegos y distribuir abundantes limosnas. La viuda le ayudaba en todas estas cosas, aún en convertir en dinero los tesoros de la Iglesia. Vile entrar en una cueva y después en las catacumbas y ayudar a todos y distribuir limosnas y dar la sagrada comunión e infundir valor y consuelo, pues había en él fortaleza de alma sobrenatural e inocente y grave serenidad. Vile ir con Ciriaca a la cárcel donde estaba el Papa y decirle, cuando éste era conducido al martirio, que ya había distribuido los tesoros y como ministro del altar quería seguirle al martirio. El Papa le predijo de nuevo su muerte. Después fue apresado por los soldados por haber hablado de tesoros. Los tormentos no se acababan; duraron durante toda la noche con inaudita crueldad. Entre dos lugares de suplicios había un espacio con columnas, donde estaban todos los instrumentos del martirio. El ingreso en aquel lugar era permitido y había muchos espectadores. Alli fue martirizado hasta ser tostado en las parrillas. Después de ser confortado por el ángel, volviéndose en las parrillas, habló alegremente. Por si mismo se había colocado sobre ellas sin dejarse atar. Conocí que por favor divino había dejado de sentir en gran parte aquel tormento y que estaba en él como en un lecho de rosas. Otros mártires habían padecido más espantosos dolores. Sus vestidos de diácono eran blancos. Tenía una faja en la cintura, una estola, un cuello redondo sobre los hombros y un manto ceñido como el de San Esteban. Vi que fue sepultado por Hipólito y el sacerdote Justino y que muchos lloraron en su sepulcro, sobre el cual se dijo misa. Lorenzo se me apareció una vez que yo sentía escrúpulos sobre si debía comulgar. Me preguntó acerca del estado de mi espiritu, y me dijo, después de oirme, que podía comulgar al día siguiente.