Tomo XII — Desde la Resurrección de Jesucristo hasta la Asunción de María Santísima

Sección 4: capítulos XIX – XXIII

Pedro celebra la primera Misa en el Cenáculo — Llegada de los apóstoles para la muerte de María Santísima

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Capítulo XIX

Pedro celebra la primera Misa en el Cenáculo

Al octavo dfa después de la fiesta de Pentecostés he visto a los apóstoles toda la noche en actividad y en oración en la sala del Cenáculo. Al amanecer, los vi ir al templo con muchos discfpulos se Allí se dirigió también la Virgen María con las santas mujeres. Me parece que se celebraba una fiesta, pues veo un arco de triunfo delante de la entrada del templo y en este arco una figura con una espada victoriosa. Ahora veo a Pedro debajo de este arco de triunfo, enseñando delante de muchos oyentes con encendido celo y entusiasmo. Declaró resueltamente que ningún tormento, ni azotes ni aun la cruz los podrían retener de predicar a Cristo públicamente. Entró en el templo y ocupo el sillón donde Jesús enseñó. Oí que una vez todos los apóstoles y los discípulos exclamaron: «Si» con voz sonora y clamorosa, atestiguando las palabras de Pedro. Cuancio, luego, los vi en on=tción, vino una nube luminosa sobre el templo, y sobre ellos una llama tan brillante que las lamparas del templo parecían oscuras y rojizas en su comparación. Hacia las ocho de la mañana abandonaron el templo, se ordenaron en una procesión en el pórtico de los gentiles, y marcharon los apóstoles primero, luego los discípulos, los bautizados y los convertidos. Se dirigieron al mercado de los animales, de allí a la puerta de las ovejas, al valle de Josafat. y por último al monte Sión y al Cenáculo. La Virgen María había abandonado el templo con las santas mujeres y este ahora hincada delante del Santísimo, en el Cenáculo. en oración. La Magdalena este en el vestíbu lo, ya orando de pie, ya hincada, ya postrada con el rostro en tierra y los brazos extendidos. Las otras mujeres están en las habitaciones de Bethesda, donde viven de a dos y se ocupan en lavar y preparar los vestidos que eran repartidos entre los bautizados. Cuando la procesión llegó al Cenáculo, los nuevos convertidos fueron detenidos en el vestíbulo del Cenáculo y convenientemente ordenados allí. Pedro y Juan entraron y acompañaron a la Virgen María hasta la puerta del vestíbulo. María tenía su vestido de solemnidad; llevaba su largo manto blanco cuya parte interior, doblada. estaba bordada. Sobre el velo tenía una especie de corona de seda de donde pendían dos cintas largas. Pedro habló a los convertidos y los entregó a Maria como a su Madre: los hacía venir de a grupos de a veinte ante la Virgen, la cual les daba afectuosamente la bendición, recibiéndolos así por hijos. Después de esto comenzó una solemne función en el Cenáculo. Las puertas laterales y las del vestíbulo estaban abiertas. En el altar, sobre el Santísimo, veíase una corona muy adornada. y brillaban lámparas a los lados del cáliz de la última Cena, que estaba algo más alto, cubierto con un velo blanco. Había en el altar otro cáliz más pequeño y los panes, ambos cubiertos, y detrás un plato con un recipiente de vino y otro de agua. Retiraron el plato mientras el recipiente de vino fue colocado a un lado y el del agua al otro. Pedro estaba revestido con sus ornamentos de Obispo y celebraba la Misa; Juan y Santiago el Menor le ayudaban. He visto que Pedro procedía como yo había observado en la Cena a Jesús en la institución del Santísimo Sacramento. Hubo allí el ofrecimiento, el poner el vino y agua, el lavarse las manos y la consagración. El vino y el agua se echaron por diferentes lados. De un lado del altar había rollos para la oración escritos a dos columnas. Los rollos estaban s ujetos a una especie de atril con una espita por arriba y por abajo. Cuando una hoja estaba leída, se la pasaba sobre el aLriJ para continuar la lectura del oLro rollo. Cuando Pedro hubo comulgado, dio la comunión a los dos ministros, bajo la especie del pan y con el cáliz. Después Juan dio la comunión, primero a la Virgen María, luego a los apóstoles y a los seis discípulos, quknes recibieron a continuación la ordenación sacerdotal, Después distribuyeron la comunión a muchos otros. Los comulgantes se hincaban teniendo delante una tela blanca delgada que sostenían dos por los extremos de la misma. No todos bebieron del cáliz. Los seis discípulos que iban a ser ordenados estaban delante, entre los apóstoles. María trajo los ornamentos para ellos y los puso sobre el altar. Estos ordenandos fueron: Zaqueo, Natanaei. José Barbases, Bernardo, Juan Marcos y Eüud, un hijo del anciano Simeón. Se hincaron delante de Pedro, el cual habló y leyó en un rollo pequeño. Juan y Santiago tenían luces en las manos y ponían sus manos sobre los hombros mientras Pedro las ponía sobre la cabeza. Pedro les cortó una parte de sus cabellos, los cuales fueron puestos en un plato sobre el altar; los ungió con oleo de un recipiente que Juan sostenía, en los dedos y en la cabeza; luego recibieron las vestiduras y la estola, en parte al través bajo los brazos y en parte cruzada sobre el pecho. Todo el ceremonial fue más breve de lo que se hace al presente, pero muy solemne. Pedro bendijo a toda la comunidad al fin de la ceremonia con el gran cáliz de la última Cena, sobre el cual estaba depositado el Santísimo Sacramento. María y las santas mujeres salieron para ir a la iglesia de Bethesda. Los apóstoles, los discípulos y los convertidos se dirigieron en procesión hacia ella llevando ramas verdes y cantando salmos. María oró delante del altar del Santísimo y Pedro predkó desde el púlpito dando normas para la nueva comunidad; que nadie tenía que poseer más que otro, que todo se repartiría y que debía socorrerse a los pobres que fueran viniendo. Sus palabras fueron una acción de gracias por los beneficios que el Señor hacia a la nueva comunidad. Después se pasó a los bautismos. Varios apóstoles estaban ocupados en esta tarea. El bautizando tocaba el pilón de agua de la piscina, inclinando la cabeza sobre él, mientras Pedro, que se había puesto una especie de delantal sobre su vestidura, dirigía el agua sobre la cabeza tres veces, pronunciando las palabras. Dos ya bautizados ponían las manos sobre el nuevo bautizando. A menudo veía yo descender sobre los bautizados una nube luminosa o a veces venir sobre ellos como un rayo de luz. Veía a los bautizados como maravillosamente esforzados, esclarecidos. cambiados y transformados. Era conmovedor el ver como venían gentes de todas partes dejando todo lo que tenían. para juntarse a la comunidad de los apóstoles. A la orilla de la piscina ardía una antorcha como las que yo veía con los pastores que guardaban el ganado la noche de Navidad. Por la tarde hubo una comida en el vestíbulo del Cenáculo a la cual también asistieron la Virgen María, José de Arimatea, Nicodemo y Lázaro.

Capítulo XX

Ordenación de los siete diáconos

Los bautizados desde Pentecostés fueron reunidos en la iglesia de Betesda e instruidos por seis apóstoles revestidos de largas vestiduras blancas, sobre el Santísimo Sacramento y el modo de recibirlo. Recibieron la comunión en esta iglesia de Betesda durante la santa Misa que celebró Pedro, asistido por dos apóstoles. Pedro llevaba sobre su vestidura blanca y su ancho cinturón, del cual descendían dos amplias bandas, un rico manto extraído de la parte hueca interior del altar. Era un manto rojizo con adornos de oro, amplio como un cuello, más largo por detrás y terrunado por delante en punta; caía sobre los hombros tan bajo que de los lados sólo se podía ver el cinturón. Delante del pecho estaba cerrado y sujeto con tres broches como escudos. El escudo del medio tenía bordada una figura con un pan en la mano; el inferior tenía, hacia la punta del manto, el dibujo de una cruz. A ambos lados del hombro había un adorno de piedras precioss. El altar tenía una tela colorada, sobre ella otra blanca casi transparente con puntillas y en el medio un paño como un corporal. Sobre una fuente ovalada estaban depositados muchos panecillos delgados, blancos y señalados ya con ranuras por donde debían partirse. Cerca había un amplio tazón con pie, como un cáliz, para colocar los panes consagrados por Pedro, y repartilos en la comunión a los fieles. Además estaba sobre el altar el cáliz de la última Cena, lleno de vino. Cuando Pedro pronunció en la Misa las palabras de la consagración sobre el pan y el vino, vi a los panes brillando y sobre el altar una nube luminosa de la cual salfa una mano que bendecía, con la de Pedro, moviéndose sobre el pan y el vino. Esta mano desapareció cuando todos se disolvieron. Los apóstoles y los discípulos recibieron la comunión después que hubo comulgado Pedro. Cuando se vaciaba el plati llo de los panes volvía Pedro a llenarlo del recipiente que estaba sobre el altar. El cáliz fue presentado a los apóstoles y luego a todos. Los fieles que comulgaron eran tantos que no cabían en la iglesia y muchos quedaron en la puerta y afuera. Los que habían comulgado dejaban Jugar para Jos que estaban afuera. No se hincaban para recibir la comunión: solo se inclinaban con reverencia. Antes de la elección de los siete diáconos he visto a Pedro reunido con los apóstoles en el Cenáculo. Los apóstoles rindieron a Pedro homenaje y acto de sumisión. Lo llevaron delante del Santísimo, donde Juan le puso la capa magna; otro la mitra sobre la cabeza y otro le dio el báculo. Después que recibieron la comunión de mano de Pedro, éste habló con sus vestiduras sagradas, rodeado de Jos demás apóstoles, a todos Jos discípulos y a los nuevos convertidos. Entre otras cosas dijo que no era conveniente que se dejase la palabra de Dios y la predicación para atender a la distribución de los alimentos y de los vestidos. Lázaro, Nicodemo y José de Arimatea no se ocuparían ya del cuidado de los bienes materiales de la comunidad, pues eran sacerdotes. Habló algo más sobre el orden en el cuidado de los huérfanos, de las viudas y de la distribución de las limosnas. Esteban. un joven de bello aspecto, se adelantó y se ofreció para algún oficio. Entre los demás he reconocido a Pármenas, uno de los más provectos en edad. Había algunos algo morenos y bastante jóvenes, que no habían recibido aun el Espfritu Santo. Pedro les impuso las manos y les colocó la estola cruzada. Sobre aquéllos que no habían recibido aun el Espíritu Santo vi que descendió una luz. Luego he visto como se les hizo entrega de los bienes de la comunidad a los siete diáconos y como se destinó la casa de José de Arimatea para depósito de estos bienes comunes. Esta casa no estaba lejos de la de Juan Marcos, que ayudaba a los diáconos en sus tareas. Estas provisiones fueron transportadas en asnos a la nueva casa. Había algunas monedas que eran como hojas delgadas enroscadas unas con otras; otras eran timbradas, prensadas y ensartadas como en cadenas. y otras eran hijitas ovales delgadas. La mayor parte de las provisiones consistían en grandes paquetes de ropa, telas, mantas, vestidos y muchos utensilios de cocina y de comedor. Al día siguiente de la entrega de la casa de José de Arimatea vi a los apóstoles en diversas partes de la Judea. Pedro obraba más milagros que los demás. Echaba demonios de los posesos, resucitaba muertos y hasta he visto a un ángel, delante de el, que iba a las gentes y les decía que hicieran penitencia y fueran a presentarse a Pedro. He presenciado también la curación del tullido. Eran las tres de la tarde cuando vi a Pedro con Juan y otros discípulos dirigirse al templo. También María con otras mujeres fue allá Un tullido había sido llevado en una camilla portátil delante de la puerta del templo. Pedro y Juan hablaron algunas palabras con él al subir al templo. Después he visto a Pedro, de espaldas al templo, junto al altar de los sacrificios, hablando con calor delante de muchos oyentes. Pedro ocupaba el sitio medio y tenía sobre la cabeza un pabellón extendido. Mientras dUJaba la predicación de Pedro he visto que los soldados ocupaban las salidas y que varios sacerdotes iban y venían hablándose entre ellos. Cuando Pedro y Juan se disponían a entrar en el templo, es cuando el tullido les pidió limosna. Este tullido estaba todo contrahecho, apoyado en el brazo izquierdo; trataba con el brazo derecho de enderezarse algo con su muleta, sin conseguirlo. Pedro le dijo entonces: «Miranos». Luego afladió: «Yo no poseo oro ni plata; pero te doy lo que tengo. En nombre de Jesucristo de Nazaret, levanta te y camina». Así diciendo. Pedro le levantaba sosteniendo su mano derecha, mientras Juan lo hacía por debajo del hombro. Se irguió el tullido todo contento, completamente restablecido en sus fuerzas. y entró saltando y brincando por las galerías del templo. Había once sacerdotes judíos allí sentados, y cuando oyeron el tumulto estiraron sus cuellos para observar de donde venia el desorden. Cuando vieron al tullido sano y a la turba jubilosa que le rodeaba, creyeron prudente alejarse. Pedro y Juan se acercaron al anteven ir y el primero ocupo el sillón de enseñanza, que estaba en el mismo lugar donde Jesús a los doce años contestaba a los doctores de la ley. El tullido se acercó a Pedro y permaneció delante de él, escuchando, rodeado de muchos judíos y bastantes extranjeros que habían venido a las fiestas. Pedro siguió enseñando largo tiempo, muy entusiasmado. Cuando se hizo oscuro he visto que los soldados prendieron a Pedro, a Juan y al tullido y los metieron en la corcel, precisamente en el patio del juzgado donde Pedro había antes negado a Jesús. Al día siguiente los soldados del templo sacaron a Pedro, a Juan y al tullido de la corcel y, con malos tratos, los llevaron ante Caifás y los demás sacerdotes reunidos. Pedro estaba en la misma grada donde había estado el divino Maestro. Pedro habló con calor; luego he visto que los dejaron libres. Los demás apóstoles y discípulos habían pasado la noche en continua oración por los que estaban en la prisión. Cuando Pedro y Juan, vueltos del juicio, contaron lo que les había sucedido, se alegraron grandemente y dieron gracias a Dios. Mientras esto sucedía, tembló de nuevo toda la casa, como había sucedido el día de Pentecostés. Quería el Señor significar con ello que estaba en medio de sus apóstoles y que había oído sus oraciones. Habló Santiago el Menor y dijo que el Señor le había dicho a él solo, en la aparición del monte de Galilea, que después que Pedro y Juan subieran al templo y fueran tomados presos y soltados, a partir de ese momento debían mantenerse más ocultos. Tomando en consideración este aviso del Señor a Santiago. cerraron las puertas de la casa. Pedro tomo el Santísimo Sacramento en una especie de bolsa colgada del cuello y con los demás apóstoles y discípulos se retiraron a Betania. Se dirigieron ella en tres grupos. María Virgen los siguió a Betania. Allí enseñaron con calor varios apóstoles; unos en el albergue de los discípulos; otros en la casa de Simón el leproso, y otros en casa de Lázaro. Más tarde volvieron a Jerusalén, siempre más resueltos y más decididos. Pedro enseñó en el Cenáculo y luego en Betesda; dijo que ahora comenzaba un tiempo en que se mostraría qujen había recibido de veras el Espíritu Santo enviado por Jesús. «Comenzó el tiempo, dijo, de obrar y de sufrir persecución, de dejarlo todo por Cristo. Quien no se sienta resuelto a estos sacrificios, que se aleje desde ya de la comunidad». Vi, en efecto, que aquí, en Betesda, se alejaron un centenar de personas de las que se habían agregado últimamente a la comunidad cristiana. Cuando más tarde Pedro, Juan y otros siete apóstoles entraron en el templo y empezaron a enseñar, he visto que habían colocado una muchedumbre de enfermos en el valle de Josafat, traídos en camillas portátiles. Otros estaban bajo tiendas de campaña y otros esperaban en el patio de los gentiles en los alrededores del templo. He visto especialmente a Pedro sanar enfermos sin cuento. Los otros lo hacían algunas veces; pero la mayor parte de las veces ayudaban a Pedro. Pedro sanaba mayormente a los que eran creyentes y que deseaban incorporarse a la comunidad. En los lugares donde los enfermos estaban puestos en dos hileras, veía yo que sanaban no sólo los que el apóstol tocaba o levantaba, sino también los del lado contrario. por la sola sombra de su persona.

Capítulo XXI

María Santísima se retira con San Juan a Éfeso

Esteban fue apedreado cerca de un año después de la crucifixión de Jesucristo. Con todo no hubo en seguida persecución a los apóstoles; sólo las comunidades de Jerusalén fueron disueltas, los cristianos dispersados y algunos también muertos. Pocos años después se levantó de nuevo una persecución. Por este tiempo María Santísima, que había vivido hasta entonces en la pequeña habitación junto al Cenáculo o en Betania, se hizo llevar por el apóstol Juan a Éfeso, donde habían ido a vivir ya algunos cristianos. Sucedió esto poco tiempo después que Lázaro y sus hermanas fueron prendidos por los judíos y entregados a la mar en una mala embarcación. Juan volvió después a Jerusalén donde estaban reunidos los demás apóstoles. Santiago el Mayor fue de los primeros que, después del reparto del mundo, abandonó Jerusalén y se dirigió a F.c;paña, T.o he visto primero en las cercanías ele Retén rloncle se ocultó antes de partir. Desde la cueva de Belén salía por el país con algunos compañeros para predicar al Evangelio. Los judíos vigilaban a los apóstoles, pues no querían que salieran del país. Santiago tenía amigos en Jope y así pudo embarcarse para el extranjero. Se dirigió primero a Éfeso. donde visitó a María y de allí partió a España. Poco antes de su muerte. visito de nuevo a María y a su hermano Juan en Éfeso. allí le dijo María que su muerte se acercaba y confortó y animó al apóstol para su cercano fin. Santiago se despidió de María Virgen y de su hermano Juan y se dirigió a Jerusalén. En este tiempo ocurrió el episodio con el mago Hermógenes, al cual convirtió a la fe junto con su discípulo. Santiago fue detenido varias veces y presentado ante el Sanedrín. He visto como fue prendido, poco antes de Pascua, mientras predicaba al aire libre sobre una colina. Sé que fue en este tiempo, pues veía a las gentes, como de costumbre, establecidas en los alrededores de la ci udad. Santiago no estuvo mucho en la prisión; fue juzgado en la misma casa donde Jesús, aunque al interior había cambiado algo de aspecto. Aquellos lugares que había tocado Jesús no estaban ya alli. Siempre he creído que tales lugares, santificados por Jesús, no debían ser pisados por otros. He visto que llevaron a Santiago hacia el monte Calvario: él no cesaba de predicar y convirtió a muchos en esta ocasión. Cuando le ataron las manos dijo: «Me podéis atar las manos, pero no me quitaréis la bendición de ellas y mi lengua para predicar». Un tullido del camino gritó al apóstol quisiera tocarle con sus manos para sanarle. El apóstol le contestó «Ven tú a mí y dame tu mano». Así lo hizo el ntllido; se levantó, se acercó y, al tocar las manos atadas de Santiago, se halló sano. También he visto que un tal Josías, que le había denunciado y entregado a los sacerdotes, vino ahora y le pidió perdón. Se convirtió a Cristo y fue muerto junto con el apóstol. Como le preguntara Santiago si deseaba ser bautizado y contestara que ése era su deseo, Santiago lo abrazó y besó, y le dijo: «Serás bautizado en tu misma sangre». Vi también a una mujer venir a Santiago con una criatura ciega, pidiendo le diera la vista. Primeramente colocaron a Santiago sobre un lugar elevado, junto a Josías, y se le leé la sentencia. Luego lo bajaron y ataron ambas manos a una piedra, vendaron los ojos y lo decapitaron. Esto sucedió once años después de la muerte de Jesús, entre el 46 y el 47 del Nacimiento de Cristo. En la muerte de María en Éfeso no he visto a Santiago presente: otro lo representaba en esa ocasión. un parienre de la sagrada Familia y uno de los primeros de los 72 discípulos. Maria murió en el año 48, trece años y dos meses después de la Ascensión del Señor. Se me mostró esto en cifras y no en números como los nuestros. Primero vi IV. luego VIII, que hacen 48: después vi xm y dos lunas lle nas. La morada de la Virgen no estaba en Éfeso mismo, sino dos o tres horas más lejos, en una altura donde se habían refugiado otros cristianos venidos de Palestina y algunas mujeres parientes de María. Desde esta altura y Éfeso corre en muchas vueltas un arroyo. La altura term ina casi a pico en Éfeso, la cual se ve, viniendo desde el Sudeste, en una altura que parece junto a ella. Delante de Éfeso veo largas avenidas de árboles con frutas amari llas, muchas en el suelo. De la ciudad partían varias sendas hacia la altura, Uena de vegetación salvaje. sobre la cual había una extensión como de una hora de camino, llana y fértil, llena de arboles de sombra y muchas grutas naturales en la roca. Estas grutas habían sido utilizadas por los cristianos refugiados aquí, arregladas con tabiques y obras de madera. El conjunto ofrecía el aspecto de una pequeña población de trabajadores. Desde la altura de la montaña, que esta más cerca del mar que la ciudad, se ve el mar con sus numerosas islas y también la ciudad. No lejos de esta población se levanta un castillo donde habita un rey depuesto. Juan se entretenía con frecuencia con él y consiguió convertirlo a la fe. Más tarde este lugar fue sede de un obispado. Entre los refugiados cristianos he visto mujeres, niños y algunos hombres. No todos estos refugiados tenían relación con María Virgen: solo veo algunas mujeres que vienen de tanto en tanto para visitarla o para ayudarla en los quehaceres domésticos. Estas mujeres atendían también a la manutención de la Virgen. La comarca estaba casi desierta: nadie subía a estos lugares y ningún camino principal conducía a ellos. La gente de Éfeso no se cuidaba de los refugiados, que estaban como olvidados. El suelo era fértil, y los cristianos tenían huertos y frutas. De animales sólo he visto cabras monteses. Antes que Juan trajese a María a Éfeso había hecho construir una casa de material como la que tenía en Nazaret, Estaba en medio de las sombras de los arboles. Se dividía en dos partes por medio del hogar. Este hogar estaba cavado en una cavidad en el suelo, junto a la pared y miraba a la entrada de la habitación. En esta pared había como unas gradas que llegaban hasta el techo. plano, donde estaba la chimenea, consistente en un cano sobresaliente. A ambos lados del hogar había tabiques ligeros que separaban la parte posterior de la habitación de María. A ambos lados de las paredes había tabiques formando celdas que se retiraban con facilidad, dejando libre todo el espacio. En estas celdas dormían la criada de María y otras mujeres que venir de visita y se hospedaban durante la noche. En los tabiques que dividían la casa había dos puertas, que llevaban a la parte posterior de la habitación, que terminaba en forma redonda y cuyas paredes estaban revestidas de maderas entrelazadas. El techo era a los lados curvado y también detrás, y adornado con figuras de plantas cavadas en la madera. En la parte posterior de esta habitación ten ía María su lugar retirado para la oración, separado del resto por una cortina. En la pared había un nicho con un recipiente como un Tabernáculo que podía abrirse, y aparecía una cruz un codo de larga. como la cruz de Cristo con los dos brazos en forma de Y. Esta cruz, muy sencilla, creo que fue hecha en parte por el apóstol Juan y por la Virgen. Se componía de varias clases de maderas: la madera principal era de ciprés: un brazo parecía de cedro; el otro, más amarillento, de palma. y la parte de arriba, con el letrero, de olivo. El madero principal estaba hincado en una piedra como se había puesto la cruz de Jesús sobre una roca del Calvario. A los pies del Crucifijo había un pergamino donde estaban escritas algunas palabras de Cristo, cuya imagen eslaba, en la cruz, no en bulto, sino grabada con Lineas en la madera. A ambos lados del Crucifijo se veían dos floreros con flores. Junto a la cruz veo un paño y tengo la persuasión que es el que usó la Virgen cuando, después del descendimiento, lavó la sangre de las heridas de Jesús; pues mientras miraba yo ese paño tuve una visión de la Virgen con Jesús, tendido muerto en sus rodillas, y a la Virgen lavándole la sangre de sus llagas. Así lo hace también el sacerdote en la Misa cuando purifica el cáliz. Una cruz semejante, pero mas pequeña, tenía la Virgen en su dormitorio. A la derecha del oratorio de María y tocando el ángulo curvo, separado por dos tabiques Laterales estaba el dormitorio de la Virgen con una cortina delante, que se descorría a voluntad. Este dormitorio estaba compuesto de un lecho de madera, de la altura de un pie y medio, bastante angosto. sobre el cual estaba extendida una manta sujeta a los cuatro costados. Todo estaba cubierto con tapices con borlas hasta el suelo. Un rodete servía de almohada y de cobertor una manta. El techo de esta parte de la habitación estaba revestido de madera y del centro pendía una lampara de varios brazos. Aquí he visto a María descansando antes de su muerte, envuelta en un vestido blanco que le cubría hasta los brazos. El velo sobre la cabeza era retirado hacia arriba en pliegues. Cuando hablaba con hombres Jo bajaba modestamente y sus manos las tenía descubiertas sólo cuando estaba sola. No la he visto comer en estos últimos años sino el jugo de una fruta de bayas amarillas que parecían uvas. La criada exprimía el jugo de estas bayas. Enfrente de esta celda de dormir había, a la izquierda del oratorio, un espacio para los vestidos. arreglado con maderas entrelazadas. Colgaban allí unos velos, cinturones y un manto amplio en el cual se e nvolvía la Virgen cuando recorría el Vía Crucis. Vi dos vestidos largos. uno blanco y otro azul celeste, y un manto de color. Era el vestido que uso cuando fue dada por esposa a José. He visto que María guardaba varios de los vestidos de Jesús, entre otros la túnica inconsútil. Entre el armario de la ropa y el dormitorio había un cortinado que separaba el oratorio. Delante de este cortinado solia la Virgen estar sentada cuando trabajaba cosiendo o bordando. En este lugar retirado y solitario vivió la Virgen los últimos años, ya que su casa estaba retirada de las demás a una distancia de un cuarto de hora Vivió sola, con una criada, que le traía lo poco que necesitaba para su sustento. No vivía allí ningún hombre. Juan venia de tanto en tanto y a veces algún apóstol o discípulo. Una vez he visto entrar en la casa a Juan, que mostraba tener más edad. Era un hombre esbelto y usaba una vestidura larga, en pliegues, con un cinturón. Se quitó esta vestidura al entrar y se puso otro vestido con letras bordadas. En el brazo se colocó un manípulo. La Virgen estaba en su aposento y fue llegándose a Juan acompañada por su criada La Virgen tenía un vestido blanco y me pareció muy débil. Su rostro era casi transparente y blanco como nieve, Me parecía que desfallecía por el ansia. Toda su vida fue, desde la Ascensión de Jesús, un continuo suspirar y un ansia que la iba consumiendo. María se acercó con Juan a su oratorio; allí descubrió, tirando de una cinta, el tabernáculo donde estaba su Crucifijo, delante del cual, hincados, rezaron largo tiempo. Luego Juan se levantó y sacó de un recipiente de metal un envoltorio de lino fino. donde estaba guardado un panecillo cuadrado, blanco, entre dos blancas telas: era el Santísimo Sacramento con el cual Juan dio la Comunión a María, acompañada de algunas palabras. No le presentó e l cá liz en esta ocasión.

Capítulo XXII

El Vía Crucis de María en Efeso. Visita a Jerusalén

En las cercanías de su vivienda había dispuesto y ordenado María Santísima las estaciones del Vía Crucis. La vi al principio ir sola por las estaciones de este camino midiendo los pasos dados por su divino Hijo, que tenía anotados desde Jerusalén. Según los pasos que contaba, señalaba e l lugar con una piedra y sobre esta piedra la vi escribir lo sucedido en la Pasión del Señor y anotar el n(tmero de pasos hasta este lugar. Si encontraba un árbol en el camino, señalaba el paso de la Pasión en el árbol mismo. Había señalado doce estaciones. El camino llevaba al final a un matorral y el santo sepulcro estaba señalado en una gruta. Después que hubo señalado estas doce estaciones, vi a la Virgen María, silenciosa, ir recorriendo con su fiel criada esos pasos de la Pasión del Señor, meditando y orando. Cuando llegaban a una estación, se detenían, meditaban el misterio de la estación y oraban. Poco a poco este Vía Crucis fue mejorado y arreglado y Juan hizo poner mejor las piedras recordatorias con sus inscripciones. La gruta también fue agrandada, adornada convenientemente y transformada en lugar de oración. Las p.iedras estaban en parte enterradas en el suelo, cubiertas de vegetación y de flores y cercadas en torno. Eran de mármol blanco liso. No he podido medir el grueso de esas piedras por las plantas que cubrían la parte inferior. Los que hacían el Vía Crucis llevaban un asta con una cruz como de un pie de alto; clavaban esta asta en una hend idura de la piedra y se hincaban delante para rezar, si es que no se echaban de cara al suelo, meditando y orando. Las sendas en torno de las piedras eran bastante anchas de modo que podían ir por ellas dos personas a la vez. Conté doce de estas piedras, las cuales, terminado el acto, se cubrían con una estera. Las piedras eran más o menos iguales y en los lados tenían escritas letras hebreas; los lugares donde estaban las piedras eran de diversas dimensiones. La estación primera, el Getsemaní, la formaba un vallecito con una pequeña cueva donde podían estar hincadas varias personas. La estación del Calvario no estaba en la gruta sino en una colina. Para ir al sepuJcro se pasaba la colina; luego al otro lado de la piedra recordatoria, en una hondonada y al pie de la colina, a la gruta del sepulcro, donde María Santísima más tarde fue colocada. Creo que esta gruta existe todavía bajo los escombros y que un día ha de ser descubierta. Cuando la Virgen hacía el Vía Crucis llevaba un sobrevestido que llegaba en pliegues hasta los pies. Se ponía sobre los hombros y se cerraba debajo del cuello con un broche. Llevaba un cinturón y cubría así el vestido interior. Me parece que era un vestido de grandes solemnidades, al uso de los judíos, porque lo he visto usado también por Ana en algunas ocasiones. Sus cabellos estaban ocultos en una especie de gorro de color amarillo, que llegaba hasta la fre nte y caía detrás con sus pliegues recogidos. Un velo negro de tela fina le llegaba hasta los hombros. En esta forma la he visto recorrer el camino de la Pasión. Había llevado este vestido en la Crucifixión de Jesús, oculto bajo el vestido de luto que la cubría, y ahora se lo vuelve a poner todas las veces que hace el Vía Crucis. En casa se pone este vestido para los quehaceres diarios. La Virgen María tenía ya mucha edad, pero no llevaba otras señales de vejez que un ansia grande que la transformaba y la espiritualizaba cada vez más. Estaba de ordinario seria, de modo que nunca la vi riendo. Cuando mas avanzaba en edad se volvía más transparente. se esclarecía su rostro. No tenía arrugas en la cara ni en la freme, aunque aparecía demacrada; ni renales de decrepitud: era como un espíritu en su modo de ser. He visto una vez a la santa Virgen haciendo el Vía Crucis con otras cinco mujeres. Ella precedía: me pareció muy débil, blanca y como traslucida. Era conmovedor ver ese rostro angelical. Me pareció que hacia este camino de la Pasión por última vez. Entre estas santas mujeres que rezaban con María estaban algunas que ya desde el primer año de Jesús le eran adictas. Una era sobrina de la profetisa Ana. Antes del bautismo de Jesús yo la había visto yendo una vez a Nazaret con la Verónica. Esta mujer estaba emparentada con la Sagrada Familia, por Ana, la profetisa, que era parienta de la madre de María y más cercana aun de Isabel, hija de la hermana de ésta. Otras de las mujeres que vivían cerca de María y que yo había visto también ir a Nazaret, antes del bautismo de Jesús, era una sobrina de Isabel, llamada Mara, también emparentada con la Sagrada Familia. Ismeria, madre de Ana, tenía una hermana de nombre Emerencia que tuvo tres hijas: Isabel, madre del Bautista; Enué, que estaba en casa de Ana cuando nació María Virgen. y Rode, madre de esta Mara. Rode había contraído matrimonio lejos de su familia. Vivió primero cerca de Siquem, luego en Nazaret y después junto al monte Tabor (Kessuloth). Además de Mara, tuvo otras dos hijas, Lma de las cuales era madre de unos discípulos de Jesús. Uno de los dos hijos de Rode fue el primer marido de Maroni, la cual, al quedar viuda y sin hijos, casó con Eliud, sobrino de la madre de Ana y se estableció en Naipe, donde enviudó por segunda vez. De este Eliud ruvo el hijo a quien resucito Jesús. Este niño fue más tarde discípulo de Jesús y se llamó Marc ial. Mara, hija de Rode. que estuvo presente en la muerte de María, se había casado en la vecindad de Belén. Natanael, e l novio de Caná, era, según creo, un hijo de esta Mara, y en el bautismo recibió e l nombre de Amator. Tenía otros hijos y todos fueron más tarde disdpuJos de Jesús. Después que la Virgen María hubo vivido tres años en el retiro de Éfeso sintió gran deseo de ver los lugares santos de Jerusalén. Juan y Pedro la condujeron a esa ciudad. Estaban reunidos allí varios apóstoles: recuerdo haber visto a Tomás. Creo que era un concilio. María les ayudaba con sus consejos. A su llegada la he visto, al anochecer, antes de entrar en la ciudad, ir al Huerto deJos Olivos, al Calvario, al santo Sepulcroy visitar Jos santos lugares de Jerusalén. La madre de Dios estaba tan angustiada y desfallecida, que apenas podía ya andar. Pedro y Juan la sostenían por momentos. Un año y medio antes de su muerte la he visto de nuevo visitar los lugares santos de Jerusalén. Estaba entonces muy triste y suspiraba siempre, diciendo: «;Oh. Hijo mio! «Oh, Hijo mío!» … Cuando llegó a aquella puerta donde cayó Jesús con la cruz, se sintió tan agobiada. que cayó en desmayo. Creyeron los acompañantes que iba a morir, y la llevaron al Cenáculo que aun existía, y allí VIVIO algún tiempo en la pieza junto al Cenáculo. María estuvo varios días tan débil y postrada que se creía iba a morir; por eso se pensó en prepararle un sepulcro. María misma se eligió una cueva en e l Huerto de los Olivos y los apóstoles le prepararon un hermoso sepulcro por medio de un trabajador cristiano. Algunos pensaron que había ya muerto. Así se esparció la noticia de su muerte también en el extranjero. Pero la Virgen se recobró de ese estado de postración, y cobró nuevas fu erzas, de modo que pudo emprender el viaje de vuelta a Éfeso. Murió allí después de año y medio de su llegada. El sepu lcro preparado en el huerto fue tenido en honor, y más tarde se edificó una iglesia sobre él. San Juan Damasceno, así se me dijo en visión, escribió, según había oído decir, que murió en Jerusalén y fue sepultada allí mismo. He visto que fue voluntad de Dios dejar inciertos la muerte, el lugar de su sepultura y su Asunción a los cielos en aquellos tiempos primitivas de creencias incipientes, para no dar motivo a que hicieran de la Madre de Dios una diosa, como había tantas en las mitologías paganas.

Capítulo XXIII

Llegada de los apóstoles para la muerte de María Santísima

Cuando la Virgen María sintió acercarse su fin sobre la tierra llamó en oración, según se lo había encargado Jesús, a los apóstoles junto a su lecho. Tenia ahora 63 años de edad. Cuando nació Jesús tenía sólo 15 años. Antes de su Ascensión. Jesús había enseñado a María, en la casa de Lázaro en Betania, como debía llamar a los apóstoles junto a sí y darles su última bendición que debía series de gran provecho. Le encargó también diversos trabajos espirituales, cumplidos los cuales debían verse satisfechos sus vehementes deseos de reunirse con Jesús en el cielo. En esa ocasión Jesús había mandado a Magdalena que debía vivir en la soledad allá adonde la llevarían y a Marta que debía vivir en una comunidad de mujeres, y que Él, Jesús, estaría siempre con ellas. Mediante la oración de María, los ángeles recibieron el encargo de avisar a los apóstoles dispersos que se juntaran en Éfeso junto a la Virgen María. He visto que los apóstoles tenían erigidas en todas partes pequeñas igles ias provisorias de maderas entrelazadas o chozas de barro blanqueadas, hechas en la forma como veo la casa de María y su oratorio, es decir, por detrás termi nadas en triángulo. tenían altares para los divinos oficios. Los largos viajes que hicieron no fueron sin especial ayuda de Dios. Aunque ellos no lo sabían expl icar, yo veía que muchas veces hacían viajes imposibles sin ayuda sobrenatural. Los he visto muchas veces caminar entre multitud de paganos sin ser vistos por ellos. Los prodigios que he visto obrar en sus misiones se me presentan algunos algo diferentes de lo que se sabe por los libros que los narran. Obraban en todas partes según las necesidades de los diversos pueblos. Los he visto llevar huesos de los profetas o de algunos primeros mártires y tenerlos delante de sí en la oración y en la celebración de Jos oficios divinos. Pedro estaba, cuando fue avisado de ir a Éfeso, con otro apóstol en Antioquía. Andrés, que había estado hacia poco en Jerusalén. donde fue perseguido, no estaba lejos de Pedro. He visto a Pedro y a Andrés en varios lugares, de camino, no lejos uno del otro. Descansaban de noche en lugares abiertos de los países cálidos. Pedro estaba recostado junto a una pared cuando vi venir al ángel, que le tomó de la mano y le dijo que se levantase y partiese adonde estaba la Virgen esperándole y que en el camino encontraría a Andrés, su hermano. Pedro, que ya era de edad y postrado por los trabajos, se enderezó sobre sus rodillas, apoyándose en las manos y escuchó al ángel que le hablaba. Luego se puso de pie, echóse el manto encima, tomo su bastón y se encamino hacia afuera. Pronto se encontró con su hermano Andrés que había tenido la misma visión. De camino encontraron a Tadeo, quien dijo haber recibido también aviso del ángel. Así llegaron a Éfeso, donde hallaron a Juan. Judas Tadeo y Simón se encontraban en Persa cuando recibieron el aviso del ángel. El apóstol Tomás era de pequeña estatura y de barba rojiza; estaba más lejos que todos, y llegó después de la muerte de María. Cuando el ángel le avisó, estaba el apóstol orando en una choza de barro y caña. Con un compañero muy senci llo lo he visto navegando los mares en una pequeña embarcación. Luego atravesó la comarca, sin entrar en ciudad alguna. Venía un discípulo con él. Tomás estaba en la India cuando recibió el aviso. Se había propuesto, antes de recibir el aviso, penetrar en la Tartaria, y no podía resolverse a dejar su proyecto. Tenia el carácter de querer hacer siempre demasiado y así llegaba a veces tarde. Se internó más al Norte, a través de China, en las comarcas de Rusia. Aquí le alcanzo el segundo aviso y entonces se dirigió a Éfeso. El criado que tenía consigo era un tártaro, a quien había bautizado. Tomás no volvió a la Tarraria después de la muerte de María. Fue traspasado por una lanza en la India, adonde había vuelto. He visto que en estas comarcas levantó una piedra de recuerdo. Sobre ella había orado de rodillas, dejando la impresión encima. Dijo que cuando el mar llegase hasta esa piedra vendría otro misionero a predicar aquí la fe (San Francisco Javier). Juan había estado hacia poco en Jericó, pues iba con cierta frecuencia a Tierra Santa, aunque vivía de ordinario en Éfeso y en los alrededores. A Bartolomé lo he visto en Oriente. en el Asia. Era un hombre de bello aspecto y muy arriesgado. Su rostro era blanco: tenía la frente ancha, ojos grandes, cabellos negros y encrespados y barba partida en dos. Había convertido a un rey y a su familia cuando recibió el aviso. Cuando volvió a ese país, fue martirizado por un hermano del rey convertido. El apóstol Pablo no fue llamado, pues lo fueron solo aquéllos que habían conocido o eran parientes de la Sagrada Familia. Pedro, Andrés y Juan fueron los primeros en llegar a la casa de la Virgen María, la cual, próxima ya a la muerte, estaba tenclida en el lecho de su celda. He visto que la criada de María se afligía: en un rincón y aun delante de la casa se echaba de cara al suelo, orando con grande aflicción y tristeza con los brazos levantados. He visto acudir a dos parientes próximos de María y a cinco discípulos. Todos parecían muy cansados. Tenían bastones de viaje. Estos discípulos llevaban debajo del manto con capucha, la vestidura blanca de sacerdotes, cerrada por delante con cuerdas de cuero, formando rodetes como botones. Las capas y estas vestiduras sacerdotales eran recogidas hacia arriba cuando estaban de viaje. Algunos traían bolsos colgados de la cintura, Al encontrarse se abrazaron con mucho afecto. Algunos lloraban de alegría y de emoción al verse reunidos otra vez. Al entrar dejaban sus capas, bastones, bolsos y cinturones; sus largas vestiduras blancas les caían en pliegues hasta los pies. Ahora se ponen un cinturón ancho que tiene letras hebreas bordadas. Luego se acercaron con reverencia al lecho de María para saludarla. La Virgen pudo decir pocas palabras. No he visto a estos viajeros tomar otro alimento que un liquido que bebían en recipientes que llevaban consigo. No dormían en la casa, sino afuera, en tiendas que se improvisaban junto a las paredes exteriores de la mjsma casa, con telas, mimbres y maderas entrelazadas y cubiertas con esteras. He visto que los primeros en llegar arreglaron, en la parte anterior de la casa, un lugar para celebrar la Misa y orar. Se preparó un altar con tela roja y encima otra blanca donde colocaron un Crucifijo que parecía de madreperla. La cruz era como la de Malta. Esta cruz era como un relicario, pues se podía abrir y tenía cinco compartimentos en forma de la mjsma cruz. En uno, el del medio, estaba el Santísimo Sacramento; en los otros estaban dispuestos el crisma, el aceite, el algodón y la sal. Era de apenas un palmo de largo y lo llevaban los apóstoles en sus viajes colgado del cuello. Con este recipiente trajo Pedro la Comunión a María Los demás apóstoles y discípulos se dispusieron en dos hileras desde el altar hasta el lecho de la Virgen y se inclinaron profundamente al paso del Sacramento. El altar, donde se veía también un atril con rollos de las Escrituras, no estaba en e l medio de la sala, donde se hallaba el hogar, sino al lado derecho de la pieza, y era removido al dejar de usarse. Cuando los apóstoles se reunieron para desped irse, se había removido el tabique de separación. Los apóstoles llevaban sus largas vestiduras blancas con el ancho cintu rón con letras. Los discípulos y las santas mujeres estaban alineados a los lados. He visto que la Virgen María estaba en su lecho sentada. y que cada apóstol venia y se hincaba, y que María oraba, y con las manos cruzadas sobre la cabeza, los bendecía. Lo mismo hizo con los discípulos y las santas mujeres. Una, que se inclinó mucho sobre ell a, fue abrazada. Cuando se acercó Pedro, he visto que tenía un rollo de Escritura en las manos. Habló la Virgen María a todos, en general; y esto lo hizo según lo que le había mandado Jesús en Betania. He visto también que dijo a Juan cómo debían hacer con su cuerpo y que debía repartir los vestidos que quedaban a la criada y a las otras mujeres que a veces venían a ayudarla. Sen talo hacia el armario; he visto que la criada fue allá, abrió y volvió a cerrar. – 60