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Negación de Pedro
Cuando Jesús respondió: «Yo lo soy»; cuando Caifás rasgó su capa y se oyó el grito: «Es digno de muerte», Pedro y Juan, que habían sufrido cruelmente con el triste espectáculo que habían tenido que presenciar en silencio e inacción, sin proferir una palabra, no tuvieron fuerzas para permanecer allí más tiempo. Juan fue a reunirse a la Madre de Jesús, que estaba con las santas mujeres en casa de Marta. Pedro amaba demasiado a Jesús para dejarlo. Apenas podía contenerse, y lloraba amargamente, esforzándose en ocultar sus lágrimas. No queriendo seguir en el tribunal, donde le hubieran descubierto, vino al vestíbulo, cerca de la lumbre, en torno de la cual los soldados y la gente del pueblo hacían discursos horribles sobre Jesús, contando las escenas por ellos presenciadas. Pedro estaba silencioso; pero su mismo silencio y tristeza infundían sospechas. La portera se acercó a la lumbre: oyendo hablar de Jesús y de sus discípulos, miró a Pedro con descaro, y le dijo: «Tú eres también discípulo del Galileo». Pedro, sorprendido, inquieto, temiendo ser maltratado por aquellos hombres groseros, respondió: «Mujer, no le conozco; no sé lo que quieres decir». Entonces se levantó, y queriendo deshacerse de semejante compañía, salió del vestíbulo: era el momento en que el gallo cantaba dentro de la ciudad. No me acuerdo de haberlo oído, pero tuve un presentimiento de ello. Al salir, otra criada le miró, y dijo a los que estaban cerca: «Este estaba también con Jesús en Nazaret»; y los más próximos a él le dijeron también: «¿No eres tú uno de sus discípulos?» Pedro, asustado, hizo nuevas protestas, y dijo: «En verdad, yo no era su discípulo; no conozco a ese hombre». Atravesó el primer patio, y vino al del exterior. Lloraba, y su ansiedad y tristeza eran grandes al acordarse de lo que acababa de decir. Había en este patio mucha gente; algunos subían a las paredes para oír algo: había también amigos y discípulos de Jesús, a quienes la zozobra y angustia hicieron salir de las cavernas de Hinnom. Se acercaron a Pedro, e hiciéronle preguntas; pero estaba tan agitado, que les aconsejo en pocas palabras que se retirasen, porque corrían peligro. En seguida se alejó de ellos, y tornaron de nuevo a su retiro. Eran diez y seis, entre los cuales se hallaban Bartolomé, Natanael, Saturnino, Judas Barsabás, Simeón, que fue obispo de Jerusalén, Zaqueo y Manahem, el ciego de nacimiento curado por Jesús. Pedro no podía hallar reposo, y su amor a Jesús le llevo de nuevo al patio interior que rodeaba el edificio. Le dejaron entrar, porque José de Arimatea y Nicodemo le habían introducido al principio. No entró en el vestíbulo, pero volvió a la derecha y metióse en la sala redonda, situada detrás del tribunal, en donde la canalla paseaba a Jesús con grandes voces. Pedro se acercó tímidamente; y aunque vio que lo observaban como a un hombre sospechoso, su mismo desasosiego llevóle en medio de la multitud, que se agolpaba a la puerta para mirar. Llevaban a Jesús con una corona de paja sobre la cabeza; echó sobre Pedro una mirada triste y casi severa, y Pedro quedó traspasado de dolor. Mas sin poder reprimir el miedo, y oyendo decir a algunos: ¿Quién es ese hombre?», volvió al patio. Y como seguían acechándole, se acercó a la lumbre y sentóse algún tiempo. Pero algunas personas, notada su agitación, se pusieron a hablarle de Jesús en términos injuriosos. Una de ellas le dijo: ‘Tú eres uno de sus partidarios; tú eres galileo; tu acento te descubre». Como Pedro procuraba retirarse, un hermano de Maleo, acercándose a él, le dijo: «¿No eres tú el que yo he visto con ellos en el Huerto de los Olivos, y que cortó la oreja a mi hermano?» Pedro, en su ansiedad, perdió casi el uso de la razón; se puso a hacer juramentos execrables, y perjuraba que no conocía a aquel Hombre, y corrió fuera del vestíbulo al patio interior. Entonces el gallo cantó por segunda vez, y Jesús, conducido a la prisión por medio del patio, se volvió a mirar a Pedro con dolor y compasión. Las palabras de Jesús: «Antes que el gallo cante dos veces, me has de negar tu tres», vinieron a su memoria con una fuerza terrible. Había olvidado la promesa dada a su Maestro de morir antes que negarlo, y el aviso amenazador que le había merecido; pero cuando Jesús lo miró, sintió cuán enorme era su culpa, y su corazón se partió. Había negado a su Maestro cuando le cubrían de ultrajes, entregado a jueces inicuos, paciente y silencioso en medio de los tormentos. Penetrado de arrepentimiento, volvió al patio exterior con la cabeza cubierta y llorando amargamente. Ya no temía que le preguntaran: ahora hubiera dicho a todo el mundo quién y cuán culpable era. ¿Quién se atreverá a decir que, en medio de tantos peligros, agitación y angustia, entregado a una lucha tan violenta entre el amor y el temor, oprimido de cansancio inaudito y de un dolor capaz de quitar el juicio, con la naturaleza ardiente y sencilla de Pedro, hubiera sido mas fuerte que él? El Señor lo abandonó a sus propias fuerzas y fue débil como todos los que olvidan esta frase: «Velad y orad para no caer en tentación».
María en casa de Caifás
La Virgen Santísima estaba constantemente en comunicación espiritual con Jesús; María sabe todo lo que le sucede, y sufre con Él. Estaba como Él en oración continua por sus verdugos; pero su corazón materno gritaba también a Dios, para que no dejara consumarse este crimen, porque apartara esos dolores de su Santísimo Hijo, y tenía un deseo irresistible de acercarse a Jesús. Cuando Juan llegó a casa de Lázaro, y le contó el horrible espectáculo a que había asistido, le pidió, con Magdalena y algunas de las santas mujeres, que la condujera cerca del sitio adonde Jesús agonizara. Juan, que no había dejado a su divino Maestro sino para consolar a la que estaba más cerca de su corazón después de Él, condujo a las santas mujeres por las calles alumbradas por la luna, encontrando gente ya de vuelta a sus hogares. Iban con la cabeza cubierta; pero sus sollozos atrajeron sobre ellas la atención de grupos, y tuvieron que oír palabras injuriosas contra el Salvador. La Madre de Jesús contemplaba interiormente el suplicio de su Hijo, y lo conservaba en su corazón como todo lo demás; sufría en silencio como Él, y más de una vez cayó sin conocimiento. Una de las veces que estaba sin sentido en los brazos de las santas mujeres, debajo de un portal, algunas gentes bien intencionadas, que volvían de la casa de Caifás, la reconocieron, y parándose un instante, llenas de compasión sincera, la saludaron con estas palabras; «¡Oh desgraciada Madre, oh infeliz Madre, oh Madre rica de dolores del Santo de Israel!» María volvió en sí, y dándoles las gracias cordialmente, prosiguió después su triste camino. Conforme se acercaban a la casa de Caifás, pasaron del lado opuesto a la entrada, y encontraron un nuevo dolor, pues tuvieron que atravesar un sitio donde estaban trabajando en la cruz de Jesús, debajo de una tienda. Los enemigos de Jesús habían mandado prepararle una cruz luego que lo prendieron, a fin de ejecutar la sentencia en cuanto fuese pronunciada por Pilatos, porque querían presentarle al Salvador muy temprano. Los romanos tenían aparejadas ya las cruces de los dos ladrones. Los obreros que labraban la de Jesús, maldecían de Él, por cuanto veíanse obligados a trabajar de noche: sus palabras atravesaron el corazón de la doliente Madre, la cual pidió por aquellos ciegos, que preparaban con maldiciones el instrumento de su redención y del suplicio de su Hijo. María, acompañada de las santas mujeres y de Juan, atravesó el patio exterior y se detuvo a la entrada del interior. María deseaba que le abrieran la puerta, porque ésta sola la separaba de su Hijo, que al segundo canto del gallo fuera conducido a un calabozo construído en el bajo de la casa. La puerta se abrió, y Pedro se precipito afuera, extendidos los brazos, la cabeza cubierta y llorando amargamente. Conoció a Juan y a la Virgen a la luz de las hachas y de la luna: fue como si su conciencia, despierta ahora al estimulo de la mirada del Hijo, se presentara a Él en la persona de la Madre. María le dijo: «Simón, qué ha sido de Jesús, mi Hijo?» Y estas palabras penetraron hasta lo íntimo de su alma. No pudo resistir, y se volvió, retorciéndose las manos; pero María se fue a él, y díjole con profunda tristeza: «Simón, hijo de Juan, ¿no me respondes?» Entonces Pedro exclamó llorando: «¡Oh Madre, no me hables! Lo han condenado a muerte, y yo lo he negado tres veces vergonzosamente». Juan se acercó para hablarle; pero Pedro, como fuera de sí, huyo del patio, y se fue a la gruta del monte de los Olivos, donde las manos de Jesús, orando, se estamparan sobre la piedra. Yo creo que en esta misma caverna lloró nuestro padre Adán al verse sobre la tierra abrumado de la maldición divina. La Virgen Santísima tenía el corazón partido con este nuevo dolor de su Hijo, negado por el discípulo que lo había reconocido el primero como Hijo de Dios vivo; cayó cerca de la puerta sobre la piedra en que se apoyaba, y en ésta quedó impresa la señal de su mano o de su pie. Las puertas del patio se quedaron abiertas a causa de la multitud que se retiraba después de la prisión de Jesús; y cuando la Virgen volvió en sí, deseó acercarse a su Hijo. Juan la condujo delante del sitio donde el Señor yacía encerrado. María estaba en espíritu con Jesús, y Jesús estaba con María; pero esta tierna Madre quería oír los suspiros de su Hijo: María los oyó con las injurias de los que le rodeaban. Las santas mujeres no podían estar allí mucho tiempo sin ser vistas: Magdalena, en su violenta desesperación, mostrábase sin rebozo; y aunque la Virgen, en lo mas profundo de su dolor, conservaba una dignidad y decoro extraordinarios, tuvo que oír estas crueles palabras: «¿No es la Madre del Galileo? Su Hijo será ciertamente crucificado; pero no antes de la fiesta, a no ser que sea el mayor de los criminales». Entonces se fue hasta la lumbre que estaba en el vestíbulo, donde había aún algunos del populacho; al sitio en que Jesús había dicho que era el Hijo de Dios, y donde los hijos de Satanás habían gritado: «¡Es digno de muerte!» y allí perdió el conocimiento, y Juan y las santas mujeres se la llevaron más muerta que viva. La gente no dijo nada, y guardó extraño silencio: parecía que un espíritu celestial había atravesado el infierno. Volvieron a pasar por el sitio en que se preparaba la cruz. Los obreros no podían acabarla, como tampoco los jueces concordar en la sentencia. Sin cesar tenían que traer otra madera, porque tal o cual pieza era inservible o se rompía, hasta que las distintas maderas fuesen combinadas a voluntad de Dios. Vi que los ángeles los obligaban a empezar de nuevo, hasta que la Cruz fuese hecha por modo providencial; pero no recuerdo bien claro esta visión.
Jesús en la cárcel
Jesús estaba encerrado en un pequeño calabozo de bóveda, del cual se conserva todavía una parte. Dos de los cuatro alguaciles se quedaron con Él, pero pronto los relevaron otros. No le habían devuelto aun sus vestidos; sólo estaba cubierto con la capa irrisoria que le habían puesto. Habíanle atado de nuevo las manos. Cuando el Salvador entró en la cárcel, pidió a su Padre celestial que aceptara todos los martirios que sufriera y que tenía que sufrir como sacrificio expiatorio por sus verdugos y por todos los hombres que, sufriendo iguales padecimientos, se dejaran llevar de la impaciencia y la cólera. Los verdugos no le dieron un solo instante de reposo. Lo ataron en medio del calabozo a un pilar, y no le permitieron que se apoyara; de modo que apenas podía tenerse sobre sus pies cansados, heridos e hinchados. No cesaron de insultarlo y de atormentarlo, y cuando los dos de guardia estaban cansados, los relevaban otros, que inventaban nuevas crueldades. No puedo contar lo que esos verdugos hicieron sufrir al Santo de los Santos: estoy muy mala, y estaba casi muerta a vista de tanta saña. ¡Ah! ¡Cuán vergonzoso es para nosotros que nuestra flaqueza no pueda decir u oír sin disgusto y sin repugnancia la historia de los innumerables ultrajes que el Redentor ha padecido por nuestra salvación! Nos sentimos penetrados de un horror igual al de un asesino obligado a poner su mano sobre las heridas de su víctima. Jesús lo sufrió todo sin abrir su boca; ¡y eran los hombres, los pecadores, los que ejercían sus iras sobre su Hermano, su Redentor y su Dios! Yo soy también una pobre pecadora, y también soy la causa de todo esto. El día del juicio, cuando todo se manifieste, veremos la parte que hemos tomado en el suplicio del Hijo de Dios por los pecados que no cesamos de cometer, y que son un consentimiento y una complicidad en los malos tratamientos que esos miserables dieron a Jesús. ¡Ah! si reflexionáramos, repetiríamos mas seriamente estas palabras que se hallan en algunos libros de oraciones: «Señor, haz que muera antes que te ofenda con un solo pecado». Jesús en su prisión pedía sin cesar por sus verdugos; y como al fin le dejaron un instante de reposo, lo vi apoyado sobre el pilar, y todo circundado de luz. El día comenzaba a venir, el día de su Pasión, el día de nuestra redención; y un rayo de luz caía trémulo por el respiradero del calabozo sobre nuestro Cordero pascual, cubierto de heridas. Jesús eleva sus manos atadas hacia la luz que brilla, y da gracias a su Padre en alta voz de la manera mas tierna, por el don de ese día que los Patriarcas tanto habían anhelado, por el cual Él mismo había suspirado con tanto ardor desde su llegada a la tierra, en que dijo a sus discípulos: «Debo ser bautizado con otro bautismo, y estoy en impaciencia hasta que se cumpla». He orado con Él, pero no puedo referir su oración; tal era lo abatida y lo mala que estaba. Cuando Él daba gracias por aquel terrible dolor que sufría también por mí, no podía hacer más que decir sin cesar: «¡Ah! dame, dame esos tus dolores; ellos me pertenecen: son el precio de mis pecados». Jesús saludaba al día con una acción de gracias tan tierna, que yo estaba como abatida de amor y de compasión, y repetía cada una de sus palabras como un niño. Era un espectáculo que rompía el corazón verlo acoger así el primer rayo de luz del gran día de su sacrificio. Parecía que ese rayo llegaba hasta Él como un juez que viene a visitar a un condenado en la cárcel, para reconciliarse con él antes de la ejecución. Los alguaciles, que parecían haberse dormido un instante, se despertaron, miráronle con sorpresa, mas no le interrumpieron. Estaban admirados y asustados. Jesús estuvo poco mas de una hora en esta prisión. Mientras Jesús continúa en el calabozo, Judas, que anduviera errante como un desesperado en el valle de Hinnom, se acerca al tribunal de Caifás. Guarda todavía colgadas a su cintura las treinta monedas, precio de su traición. Todo yace en el mayor silencio, y pregunta a los guardias de la casa, sin darse a conocer, qué ha sido del Galileo. Ellos le dijeron: «Fue condenado a muerte, y será crucificado». Oyó a otras personas hablar entre si de las crueldades ejercidas contra Jesús, de su paciencia, del juicio solemne que debía pronunciarse al amanecer delante del gran Consejo. Mientras el recogía estas noticias, amaneció, y comenzaron a hacer diversos preparativos en el tribunal. Judas se retiró detrás del edificio para no ser visto, pues huía de los hombres como Caín, y la desesperación entraba cada vez más en su alma. Pero el sitio adonde se había refugiado era el mismo donde labraran la cruz; las diversas piezas de que se componía estaban puestas en orden, y los obreros dormían junto a ellas. Judas se sobresaltó, y huyó: había visto el instrumento del suplicio, al cual vendiera al Señor. Fue y escondióse en los alrededores, esperando la conclusión del juicio de la mañana.
Juicio de la mañana
Al amanecer, Caifás, Anás, los ancianos y los escribas se juntaron de nuevo en la vasta sala del tribunal, para pronunciar un juicio en forma, pues no era según ley que juzgaran por la noche: podía haber sólo una instrucción preparatoria a causa de la urgencia. La mayor parte de los miembros habían pasado el resto de la noche en casa de Caifás, adonde les habían preparado camas. Muchos, como Nicodemo y José de Arimatea, vinieron al amanecer. La asamblea era numerosa, y había en todos sus movimientos mucha precipitación. Como querían condenar a Jesús a muerte, Nicodemo, José y algunos otros se opusieron a sus enemigos, pidiendo que se difiriera el juicio hasta después de la fiesta, por miedo de que sobreviniese algún tumulto con esta ocasión; añadieron que no se podía fundar un juicio sobre las acusaciones presentadas ante el tribunal, porque todos los testigos se contradecían. Los príncipes de los sacerdotes y sus adeptos se irritaron y dieron a entender claramente a sus opositores que, siendo ellos mismos sospechosos de ser favorables a las doctrinas del Galileo, les disgustaba este juicio, porque los comprendía también. Hasta quisieron excluir del Consejo a todos los que eran favorables a Jesús: estos últimos, declarando que no tomarían ninguna parte en todo lo que pudieran decidir, salieron de la sala y se retiraron al templo. Desde aquel día no volvieron a entrar en el Consejo. Caifás ordenó que trajeran a Jesús delante de los jueces, y que se preparasen a conducirlo a Pilatos inmediatamente después del juicio. Los alguaciles dirígense en tumulto a la cárcel, desatan las manos a Jesús, le arrancan la capa vieja con que le habían cubierto, oblíganle a ponerse su túnica, toda cubierta de las suciedades que le habían echado, cíñenle los cordeles a la cintura y le arrastran fuera del calabozo. Todo esto se hizo precipitadamente y con feroz brutalidad. Jesús fue conducido entre soldados. Ya juntos delante de la casa, y cuando apareció a sus ojos, semejante a una víctima que llevan al sacrificio, horriblemente desfigurado por tantos atropellos, vestido sólo con su túnica manchada, el asco les inspiró nuevas crueldades; pues no había rastro de compasión en el pecho de bronce de aquellos judíos. Caifás, iracundo contra Jesús, que se presentaba delante de él en estado tan deplorable, le dijo: «Si Tú eres el ungido por Dios; si eres el Mesías, dínoslo». Jesús levanto la cabeza, y dijo con santa paciencia y grave solemnidad: «Si os lo digo, no me creeréis; y si os interrogo, no me responderéis, ni me dejaréis ir libre; pero desde ahora el Hijo del hombre estará sentado a la derecha del poder de Dios». Se miraron entre ellos, y dijeron a Jesús: «¿Tú eres, pues, el Hijo de Dios?» Jesús, con la voz de la verdad eterna respondió: «Vosotros lo decís; Yo lo soy». Al oír esto, gritaron todos: «¿Para qué queremos más pruebas? Hemos oído la blasfemia de su propia boca». Al mismo tiempo prodigaban a Jesús palabras de desprecio. «¡Ese miserable, decían, ese vagabundo, ese mendigo de la ínfima plebe quiere ser su Mesías y sentarse a la derecha de Dios!» Le mandaron atar de nuevo y poner una cadena al cuello, como lo hacían con los condenados a muerte, para conducirlo a Pilatos. Habían enviado ya un mensajero a éste para avisarle que estuviera pronto a juzgar un criminal; porque urgía a causa de la fiesta. Hablaban entre sí indignados de la precisión que tenían de acudir al gobernador romano para que ratificase la condena; porque en las materias que no concernían a sus leyes religiosas y las del templo, no podían ejecutar la sentencia de muerte sin su participación. El designio era hacerlo pasar por un enemigo del Emperador, y en este concepto principalmente el fallo correspondía a la jurisdicción de Pilatos. Los soldados estaban ya formados delante de la casa; había también muchos enemigos de Jesús y mucho populacho. Los príncipes de los sacerdotes y una parte del Consejo iban delante; detrás el Salvador, rodeado de soldados; el pueblo cerraba la marcha. En este orden bajaron de Sión a la parte inferior de la ciudad, y se dirigieron al palacio de Pilatos. Una parte de los sacerdotes que habían asistido al Consejo se fueron al templo a ocuparse en las ceremonias del día.
Desesperación de Judas
Mientras conducían a Jesús a casa de Pilatos, el traidor Judas oyó lo que se decía en el pueblo, y entendió palabras semejantes a estas: «Lo conducen a Pilatos; el gran Consejo ha condenado al Galileo a muerte; debe ser crucificado; no le dejarán vivo; ya le han maltratado de un modo terrible; tiene una paciencia excesiva; no responde nada; ha dicho sólo que era el Mesías, y que estaría sentado a la derecha de Dios; por eso le crucificarán; si no hubiera dicho eso, no habrían podido condenarle a muerte; el pícaro que le ha vendido era su discípulo, y poco antes había comido con Él el cordero pascual; yo no quisiera haber tomado parte en esa acción; sea el Galileo lo que fuere, al menos no ha llevado a la muerte a un amigo suyo por el dinero: ¡verdaderamente ese miserable merecía ser crucificado!». Entonces la angustia, el arrepentimiento y la desesperación luchaban en el alma de Judas. Echó a huir. El peso de las treinta monedas, colgadas a su cintura, era para él como una espuela del infierno: tomó la bolsa con la mano, a fin de que no le impidiese correr. Corría con toda su fuerza; no detrás de Jesús para echarse a sus pies y pedir perdón al Redentor misericordioso; no para morir con Él; no para confesar, lleno de arrepentimiento, su crimen delante de Dios, sino para expiar lejos de Él, en presencia de los hombres, su crimen y el precio de su traición. Corrió como un insensato hasta el templo, donde muchos miembros del Consejo se habían reunido después del juicio de Jesús. Se miraron atónitos; y con risa de soberano desprecio lanzaron una mirada altiva sobre Judas, que, fuera de si, arrancó de su cintura las treinta monedas, y presentándoselas con la mano derecha, dijo con voz desesperada: «Tomad vuestro dinero, por el cual me habéis hecho vender al Justo; tomad vuestro dinero, y dejad a Jesús; rompo nuestro pacto; he pecado entregando la sangre del Inocente». Los sacerdotes le desprecian, apartan sus manos del dinero que les presenta, para no mancharselas tocando la recompensa del traidor, y exclaman: «¡Qué nos importa que hayas pecado! Si crees haber vendido la sangre inocente, es negocio tuyo: nosotros sabemos lo que hemos comprado, y lo hallamos digno de muerte. Ten allá tu dinero: no queremos oír hablar de él «. Dijéronle eso en el tono de una persona que quiere librarse de un importuno, y se alejaron de él. Estas palabras pusieron en Judas el colmo a la rabia y la desesperación, y estaba como fuera de sí; los cabellos se erizaban sobre su frente; rasgo el cinturón que apresaba las monedas, tirolas en el templo y huyo fuera del pueblo. Lo vi correr de nuevo como un insensato por el valle de Hinnom: Satanás, en forma horrible, estaba a su lado, y le decía al oído, para hundirle en la desesperación, todas las maldiciones de los Profetas sobre este valle, donde los judíos habían sacrificado sus hijos a los ídolos. Parecía que todas sus palabras lo designaban, como por ejemplo: «Saldrán y verán los cadáveres de los que han pecado contra mi, cuyos gusanos no morirán, cuyo fuego no se apagará». Después repetía a sus oídos: «Caín, ¿dónde esta tu hermano Abel? ¿qué has hecho? Su sangre me grita; eres maldito sobre la tierra; estas errante y fugitivo». Cuando llegó al torrente Cedrón, y vio el monte de los Olivos, empezó a temblar; volvió los ojos, y oyó de nuevo estas palabras: «Amigo, ¿qué vienes a hacer? ¡Judas, tu entregas al Hijo del hombre con un beso!» Penetrado de horror hasta el fondo de su alma, su razón comenzó a perderse, y el enemigo le dijo al oído: «Por aquí pasó David huyendo de Absalón: Absalón murió colgado de un árbol; David ha hablado de ti cuando ha dicho: «Me han devuelto el mal por el bien, el odio por el amor. » Que Satanás esté siempre a su derecha; cuando lo juzguen, » que sea condenado; que sus días sean abreviados, y que otro » reciba su episcopado; el Señor se acordará de la iniquidad de » sus padres, y el pecado de su madre no será borrado; porque «ha perseguido al pobre sin misericordia, y ha entregado a la muerte al afligido. Ha querido la maldición: ella caerá sobre él: se ha cubierto de la maldición como de un vestido: ha» penetrado como el agua en sus entrañas, como el aceite en sus » huesos: ella le rodea como un vestido o como un cinturón de que está ceñido». Judas, entregado a esos horribles pensamientos, llegó al pie de la montaña de los Escándalos, a un lugar pantanoso, lleno de escombros y de inmundicias. El rumor de la ciudad llegaba de cuando en cuando a sus oídos con mas fuerza, y Satanás le decía: «Ahora le llevan a la muerte; tú le has vendido. ¿Sabes tú lo que dice la ley? El que vendiere un alma entre sus hermanos los hijos de Israel, y reciba el precio, debe ser castigado de muerte. ¡Acaba contigo, miserable, acaba!» Entonces Judas, desesperado, tomó su cinturón y se colgó de un árbol que crecía en un hondo y que tenía sendos nudos: cuando se hubo ahorcado, su cuerpo reventó, y sus entrañas se esparcieron por el suelo
Jesús conducido en presencia de Pilatos
Condujeron al Salvador a Pilatos por en medio de la parte más frecuentada de la ciudad. Bajaron la montaña de Sión por el lado del Norte, atravesaron una calle estrecha, situada en lo bajo, y se dirigieron por el valle de Ancra, a lo largo de la parte occidental del templo, hacia el palacio y el tribunal de Pilatos, que estaba al Nordeste del templo, enfrente de una gran plaza. Caifás, Anás y muchos miembros del soberano Consejo iban delante con sus vestidos de fiesta: le seguían numerosos escribas y judíos, entre ellos todos los falsos testigos y los perversos fariseos que habían tomado suma parte en la acusación de Jesús. A poca distancia venía el Salvador, rodeado de soldados y de los seis agentes que asistieran a su arresto, y conducido por los alguaciles. El pueblo afluía de todas partes, y se juntaba a ellos con gritos e imprecaciones; los grupos se atropellaban en el camino. Jesús estaba sólo cubierto con su vestido interior, todo lleno de manchas y suciedad; su larga cadena, rodeada al cuello, heríanle en las rodillas cuando andaba; atadas sus manos como la víspera, y llevándole los alguaciles con cuerdas que anudaran a la cintura. Iba desfigurado por la fatiga y ultrajes de la noche, pálido, la cara ensangrentada, y ni aún por eso tuvieron punto de tregua las ignominias y bárbaras tropelías. Habían reunido mucha gente, parodiando su entrada del Domingo de Ramos. Lo llamaban Rey, por burla; a su paso echaban piedras, palos y trapos harapientos como escarneciendo de mil maneras su entrada triunfal. No lejos del palacio de Caifás esperaba la Madre de Jesús, arrimada al ángulo de una casa, con Juan y Magdalena. Su alma estaba siempre con Jesús; sin embargo, cuando podía acercarse a Él corporalmente, el amor no la dejaba reposo, y la arrastraba tras los pasos de Jesús. Después de su visita nocturna al tribunal de Caifás, había estado algún tiempo en el Cenáculo, sumergida en silencioso dolor; después que Jesús fue sacado de su prisión para ser presentado de nuevo a los jueces, se levantó, se puso su velo y manto y saliendo la primera, dijo a Magdalena y a Juan: «Sigamos a mi Hijo a casa de Pilatos: lo quiero ver con mis propios ojos». Fuéronse a un sitio por donde debía pasar, y esperaron. La Madre de Jesús harto sabía cuanto sufriera su Hijo; pero su vista interior no alcanzaba a verle tan desfigurado y tan golpeado como lo estaba en efecto por la crueldad de los hombres, porque sus dolores aparecían dulcificados por un rayo de santidad, de paciencia y de amor; mas ¡ay! la tremenda realidad se presento a sus ojos. Primero iban los orgullosos enemigos de Jesús, los sacerdotes del verdadero Dios, revestidos de sus trajes de fiesta, con sus proyectos deicidas y su alma llena de malicia y de mentira. ¡Terrible espectáculo! Los sacerdotes de Dios habiéndose vuelto sacerdotes de Satanás. En seguida venían los testigos falsos, los acusadores sin fe, el pueblo con sus clamores y alaridos; al fin, Jesús, el Hijo del hombre, el Hijo de María, el Hijo de Dios, atado, abofeteado, empujado, herido, arrastrado, cubierto por ola inmensa, interminable, de injurias y de maldiciones. ¡Ah! si no hubiera sido el más lastimoso, el mas abandonado, el que oraba solo y amaba en esta tempestad del infierno desencadenado, su Madre no lo hubiera jamás conocido en tal estado. Cuando se acercó exclamó sollozando: «¡Ah! ¿es este mi Hijo? ¡Ah! es mi Hijo. ¡Oh Jesús, Jesús mio!» Al pasar delante de ellos, Jesús la miró con ternura, y Ella cayó anonadada; Juan y Magdalena se la llevaron. Pero apenas volvió en sí, se hizo conducir por Juan al palacio de Pilatos. Jesús debía probar en el tránsito como los amigos nos abandonan en la desgracia; pues los habitantes de Ofel estaban juntos a la orilla del camino, y cuando le vieron en aquel estado de abatimiento, su fe decayó, no pudiendo representarse así al Rey, al Profeta, al Mesías, al Hijo de Dios. Los fariseos se burlaban de ellos a causa de su amor a Jesús, y les decían: «Ved a vuestro Rey; saludadle. ¿No le decís nada ahora que va a su coronación, antes de subir al trono? Sus milagros se han acabado; el Sumo Sacerdote ha puesto fin a sus sortilegios»; y otros discursos de este jaez. Aquellas pobres gentes, que habían recibido tantas gracias y tantos beneficios de Jesús, desmayaron ante el terrible espectáculo que les daban las personas más reverenciadas del país, los príncipes, los sacerdotes y el Sanedrín. Los mejores se retiraron dudando; los peores se juntaron al pueblo en cuanto les fue posible, pues los fariseos habían puesto guardias para mantener el orden.