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El lavatorio de los pies
Se levantaron de la mesa, y mientras arreglaban sus vestidos, según costumbre, para el oficio solemne, el mayordomo entró con dos criados para quitar la mesa. Jesús le pidió que trajera agua al vestíbulo, y aquél salió de la sala con sus criados. Jesús, de pie en medio de los apóstoles, les habló algún tiempo con solemnidad. No puedo decir con exactitud el contenido de su discurso. Me acuerdo que habló de su reino, de su vuelta hacia su Padre, de lo que les dejaría al separarse de ellos, etc. Enseñó también sobre la penitencia, la confesión de las culpas, el arrepentimiento y la justificación. Yo comprendí que esta instrucción se refería al lavatorio de los pies; vi también que todos reconocían sus pecados y se arrepentían, excepto Judas. Este discurso fue largo y solemne. Al acabar Jesús, envió a Juan y a Santiago el Menor a buscar agua al vestíbulo, y dijo a los apóstoles que arreglaran las sillas en semicírculo. Él se fue al vestíbulo, y se puso y ciñó una toalla alrededor del cuerpo. Mientras tanto, los apóstoles se decían algunas palabras, y se preguntaban entre sí cuál sería el primero entre ellos; pues el Señor les había anunciado expresamente que iba a dejarlos y que su reino estaba próximo; y se fortificaban más en la opinión de que el Señor tenía un pensamiento secreto, y que quería hablar de un triunfo terreno que estallaría en el último momento. Estando Jesús en el vestíbulo, mandó a Juan que tomara un baño y a Santiago un cántaro lleno de agua; en seguida fueron detrás de Él a la sala, en donde el mayordomo había puesto una palangana. Entrando Jesús de un modo tan humilde, reprochó a los apóstoles en breves palabras la disputa que se había suscitado entre ellos: les dijo, entre otras cosas, que Él mismo era su servidor; que debían sentarse para que les lavara los pies. Se sentaron por el mismo orden en que estaban en la mesa. Jesús iba del uno al otro, y les echaba sobre los pies agua del baño que llevaba Juan: tomaba la extremidad de la toalla que lo ceñía, y se los enjugaba. Jesús mostrábase enternecido mientras hacía este acto de humildad. Cuando llegó a Pedro, éste quiso detenerle en su humillación, y le dijo: «Señor: ¿Tu lavarme los pies a mi?» El Señor le respondió: «Tú no sabes ahora lo que hago, pero lo sabrás más tarde». Me pareció que le decía aparte: «Simón, has merecido saber de mi Padre quién soy Yo, de dónde vengo y adónde voy; tú solo lo has confesado expresamente, y por eso edificaré sobre ti mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Mi fuerza será con tus sucesores hasta el fin del mundo». Jesús lo mostró a los apóstoles, diciendo: «Cuando yo me vaya, éste ocupara mi lugar». Pedro le dijo: ‘Tú no me lavarás jamás los pies». El Señor le respondió: «Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo». Entonces Pedro añadió: «Señor, lávame, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús respondió: «El que ha sido ya lavado, no necesita lavarse más que los pies; está purificado en todo el resto; vosotros, pues, estáis purificados, pero no todos». Estas palabras se dirigían a Judas. Había hablado del lavatorio de los pies como de una purificación de las culpas diarias, porque los pies, estando sin cesar en contacto con la tierra, pierden su aseo constantemente si no se tiene cuidado. Este lavatorio de los pies fue espiritual, y como una especie de absolución. Pedro, en medio de su celo, no vio más que una humillación harto grande para su Maestro: no sabía que Jesús al día siguiente, para salvarlo, se humillaría hasta sufrir muerte ignominiosa en cruz. Cuando Jesús lavó los pies a Judas, fue del modo más cordial y más afectuoso: acercó la cara a ellos; le dijo en voz baja que debía entrar en sí mismo; que hacía un año que era traidor e infiel. Judas hacía como que no le oía, y hablaba con Juan. Pedro se irritó, y le dijo; «Judas, el Maestro te habla». Entonces Judas dio a Jesús una respuesta vaga y evasiva, como: «Señor, ¡Dios me libre!» Los otros no habían advertido que Jesús hablaba con Judas, pues hacíalo bastante bajo para que no le oyeran, y además estaban ocupados en ponerse el calzado. En toda la Pasión nada afligió tanto al Salvador como la traición de Judas. Jesús lavó también los pies a Juan y a Santiago. Enseñó sobre la humildad: les dijo que el que servía a los otros era el mayor de todos; y que desde entonces debían lavarse con humildad los pies unos a otros; en seguida se puso sus vestidos. Los apóstoles desataron los suyos, que antes se recogieran para comer el cordero pascual.
Institución de la Sagrada Eucaristía
Por orden del Señor, el mayordomo puso de nuevo la mesa, que no había acabado de alzar: púsola en medio de la sala, y colocó sobre ella un jarro lleno de agua y otro lleno de vino. Pedro y Juan fueron a la parte de la sala en donde estaba el hornillo del cordero pascual, para tomar el cáliz que habían traído de la casa de Serafia, y que estaba en su bolsa. Lo trajeron entre los dos como un tabernáculo, y lo pusieron sobre la mesa delante de Jesús. Había sobre ella una fuente ovalada con tres panes ácimos blancos y delgados; los panes fueron puestos en un paño con el medio pan que Jesús había guardado de la Cena pascual. Había también un vaso de agua y de vino, y tres cajas: la una de aceite espeso, la otra de aceite líquido, y la tercera vacía. Desde tiempo antiguo había la costumbre de repartir el pan y de beber en el mismo cáliz al fin de la comida; era un signo de fraternidad y de amor que se usaba para dar la bienvenida o para despedirse; yo pienso que debe haber algo acerca de esto en la Sagrada Escritura. Jesús elevó hoy este uso a la dignidad del más Santo Sacramento: hasta entones había sido un rito simbólico y figurativo. Este fue uno de los cargos presentados a Caifás por la traición de Judas: Jesús fue acusado de haber añadido a las ceremonias de la Pascua algo nuevo, pero Nicodemo probó con las Escrituras que era un uso antiguo. Jesús se colocó entre Pedro y Juan: las puertas estaban cerradas; todo se hacía con misterio y solemnidad. Cuando el cáliz fue sacado de la bolsa, Jesús oró, y habló muy solemnemente. Yo vi a Jesús explicando la Cena y toda la ceremonia: me pareció un sacerdote enseñando a los otros a decir misa. Sacó del azafate, en el cual estaban los vasos, una tablita; tomó un paño blanco que cubría el cáliz. y lo tendió sobre el azafate y la tablita. Después le vi quitar de encima del cáliz una tapa redonda, y la puso sobre la misma tablita. Luego sacó los panes ácimos del paño que los cubría, y los puso sobre esta tapa; sacó también de dentro del cáliz un vaso más pequeño, y puso, a derecha y a izquierda, las seis copas de que estaba rodeado. Entonces bendijo el pan y los óleos, según creo: elevó con sus dos manos la patena con los panes, levantó los ojos, rezó, ofreció, puso de nuevo la patena sobre la mesa, y la cubrió. Tomo después el cáliz, hizo que Pedro echara vino en él y que Juan echara el agua que había bendecido antes; añadió un poco de agua, que echó con una cucharita: entonces bendijo el cáliz, lo elevó orando, hizo el ofertorio, y lo puso sobre la mesa. Juan y Pedro le echaron agua sobre las manos, encima del plato en donde habían estado los panes; tomó con la cuchara, que sacó del pie del cáliz, un poco del agua vertida sobre sus manos, y la derramo sobre las de ellos; después el plato pasó alrededor de la mesa, y todos se lavaron con él las manos. No me acuerdo si éste fue el orden exacto de las ceremonias: lo que sé es que todo me recordó, de manera extraordinaria, el santo sacrificio de la Misa. Jesús se mostraba cada vez más afectuoso; díjoles que iba a darles todo lo que tenía, es decir, Él mismo, como si se hubiera derretido todo en amor. Le vi volverse transparente; se parecía a una sombra luminosa, Rompió el pan en muchos pedazos, y los puso sobre la patena; tomó un poco del primer pedazo, y lo echo en el cáliz. Mientras hacía esto, me pareció ver a la Virgen Santísima recibir el Sacramento de un modo espiritual, a pesar de no estar presente. No sé como se hizo esto, pero creí verla entrar, sin tocar el suelo, y colocarse enfrente del Señor para recibir la Sagrada Eucaristía, y después no la vi. Por la mañana, Jesús le había dicho en Betania que celebraría la Pascua con ella de un modo espiritual, y habíale indicado la hora en que se había de poner en oración para recibirla en espíritu. Jesús oró y enseñó todavía: las palabras salían de su boca como el fuego de luz, y entraban en los apóstoles, excepto en Judas. Tomó la patena con los pedazos de pan (no sé si la había puesto sobre el cáliz), y dijo: Tomad y comed; este es mi Cuerpo, que será dado por vosotros. Extendió su mano derecha como para bendecir, y mientras lo hacía, gran resplandor salía de Él: sus palabras eran luminosas, y el pan entraba en la boca de los apóstoles como un cuerpo resplandeciente: los vi a todos penetrados de luz; Judas sólo estaba tenebroso. Jesús presentó primero el pan a Pedro, después a Juan; en seguida hizo señas a Judas que se acercara; éste fue el tercero a quien presentó el Sacramento, pero fue como si las palabras del Señor se apartasen de la boca del traidor, y volviesen a Él. Yo estaba tan agitada, que no puedo expresar lo que sentía. Jesús le dijo: «Haz pronto lo que quieres hacer». Después dio el Sacramento a los otros apóstoles, que se acercaron de dos en dos. Jesús elevó el cáliz por sus dos asas hasta la altura de su cara, y pronunció las palabras de la consagración: mientras las decía, estaba transfigurado y transparente: parecía que pasaba todo entero en lo que les iba a dar. Dio de beber a Pedro y a Juan en el cáliz que tenía en la mano, y lo puso sobre la mesa. Juan echó la sangre divina del cáliz en las copas, y Pedro las presentó a los apóstoles, que bebieron dos a dos en la misma copa. Creo, sin estar bien segura de ello, que Judas tuvo también su parte en el cáliz. No volvió a su sitio, sino que salió en seguida del Cenáculo. Los otros creyeron que Jesús le había encargado algo. Se retiró sin rezar y sin dar gracias, y por esto se puede ver cuán culpable es el retirarse sin dar gracias después del pan cotidiano y después del pan eterno. Mientras duró la comida, vi aliado de Judas una figura horrenda, que tenía un pie como un hueso seco; cuando estuvo delante de la puerta, vi tres demonios en derredor suyo: el uno entraba en su boca; el otro lo empujaba, y el tercero corría delante de él. Era de noche, y parecía que le alumbraban: iba corriendo como un insensato. El Señor echó en el vasito de que he hablado un resto de sangre divina que quedaba en el fondo del cáliz; después puso sus dedos sobre él, y Pedro y Juan le echaron otra vez agua y vino. Después les dio a beber de nuevo en el cáliz, y el resto lo echó en las copas y lo distribuyó a los otros apóstoles. En seguida Jesús limpió el cáliz, metió dentro el vasito donde estaba el resto de la sangre divina, puso encima la patena con lo restante del pan consagrado, luego la tapadera y envolvió el cáliz, colocándolo en medio de las seis copas. Después de la Resurrección, vi a los apóstoles comulgar con el resto del Santísimo Sacramento. No recuerdo haber visto que el Señor comiera o bebiera el pan y el vino consagrados; no vi tampoco que Melquisedec, cuando ofreció el pan y el vino, lo probase. He sabido por qué los sacerdotes participan del Sacramento, aunque Jesús no lo ha hecho. Mientras Ana Catalina hablaba, de pronto se puso a mirar en derredor, como sí escuchase. Recibió una explicación, de la que no pudo comunicar más que lo siguiente: Si los ángeles la hubieran distribuido, no hubiesen participado de ella; si los sacerdotes no participaran de la Eucaristía, se hubiera perdido: por eso es por lo que se conserva. Había en todo lo que Jesús hizo cuanto a la institución de la Sagrada Eucaristía cierta regularidad y cierta solemnidad: sus movimientos a un lado y a otro estaban llenos de majestad. Vi a los apóstoles anotar alguna cosa en unos pedacitos de pergamino que traían consigo. Mientras duró la ceremonia, los vi muchas veces inclinarse uno delante de otro, a la manera de nuestros sacerdotes.
Instituciones secretas y consagraciones
Jesús hizo una instrucción particular. Les dijo que debían conservar el Santísimo Sacramento en memoria suya hasta el fin del mundo; les enseñó las formas esenciales para hacer uso de él y comunicarlo, y de qué modo debían, por grados, enseñar y publicar este misterio. Les enseñó cuando debían de comer el resto de las especies consagradas, cuando debían dar de ellas a la Virgen Santísima, cómo debían consagrar ellos mismos cuando les hubiese enviado el Consolador. Hablóles después del sacerdocio, de la unción, de la preparación del crisma, de los santos óleos. Había tres cajas: dos contenían una mezcla de aceite y de bálsamo. Enseñó cómo se debía hacer esa mezcla, a qué partes del cuerpo se debían aplicar, y en qué ocasiones. Me acuerdo que citó un caso en que la Sagrada Eucaristía no era aplicable: puede ser que fuera la Extremaunción; mis recuerdos no están fijos sobre este punto. Habló de diversas unciones, sobre todo de las de los Reyes, y dijo que aún los Reyes inicuos que estaban ungidos recibían de la unción una fuerza particular. Puso un poco de ungüento y de aceite en la caja vacía, y los mezcló; no sé si fue entonces cuando bendijo el aceite, o cuando consagró el pan. Después lo vi ungir a Pedro y a Juan, cuyas manos habían recibido el agua que corría de las de Jesús, y a los cuales había dado de beber en el cáliz. En seguida les impuso las manos sobre la cabeza y sobre los hombros. Ellos juntaron las suyas poniendo el dedo pulgar en cruz, y se inclinaron profundamente delante de Él, hasta ponerse casi de rodillas. Les ungió el dedo pulgar y el índice de cada mano, y les hizo una cruz sobre la cabeza con el crisma. Les dijo también que aquello permanecería hasta el fin del mundo. Santiago el Menor, Andrés, Santiago el Mayor y Bartolomé recibieron asimismo una consagración. Vi que puso en cruz sobre el pecho de Pedro una especie de estola que llevaba al cuello, y a los otros se la puso sobre el hombro derecho. No me acuerdo si esto lo hizo al instituir Santísimo Sacramento, o sólo en el acto de la unción. Yo vi que Jesús les comunicaba por esta unción algo esencial y sobrenatural que no sé explicar. Les dijo que en recibiendo el Espíritu Santo consagrarían el pan y el vino y darían la unción a los otros apóstoles. Me fue mostrado aquí que el día de Pentecostés, antes del gran bautismo, Pedro y Juan impusieron las manos a los otros apóstoles, y ocho días después a muchos discípulos. Juan, después de la Resurrección, presentó por primera vez el Santísimo Sacramento a la Virgen Santísima. Esta circunstancia fue celebrada entre los apóstoles. La Iglesia no celebra ya esta fiesta; pero la veo celebrar en la Iglesia triunfante. Los primeros días después de Pentecostés vi a Pedro y a Juan consagrar solos la Sagrada Eucaristía: más tarde los otros consagraron también. El Señor consagró asimismo el fuego en una copa de hierro, y tuvieron cuidado de no dejarlo apagar jamás: fue conservado al lado del sitio donde estaba puesto el Santísimo Sacramento, en una parte del antiguo hornillo pascual, y de allí iban a sacarlo siempre para los usos espirituales. Todo lo que hizo entonces Jesús estuvo muy secreto y fue enseñado sólo en igual forma. La Iglesia ha conservado lo esencial, extendiéndolo bajo la inspiración del Espíritu Santo para acomodarlo a sus necesidades. ¿Pedro y Juan fueron consagrados los dos como Obispos, o sólo Pedro como Obispo y Juan como sacerdote? ¿Cual fue la elevación en dignidad de los otros cuatro? No lo puedo decir. El modo diferente con que el Señor puso la estola a los apóstoles, parece indicar diversos grados de consagración. Cuando estas santas ceremonias se acabaron, el cáliz que estaba al lado del crisma fue cubierto, y Pedro y Juan llevaron el Santísimo Sacramento a la parte más retirada de la sala, que estaba separada del resto por una cortina, y desde entonces fue el Santuario. El sitio donde estaba el Santísimo Sacramento tenía poca elevación sobre el hornillo pascual. José de Arimatea y Nicodemo cuidaron el Santuario y el Cenáculo en la ausencia de los apóstoles. Jesús hizo todavía una larga instrucción, y oró algunas veces. Con frecuencia parecía conversar con su Padre celestial: rebosaba de entusiasmo y de amor. Los apóstoles estaban llenos de gozo y de celo, y le hacían diversas preguntas, a las cuales respondía. La mayor parte de todo esto debe estar en la Sagrada Escritura. El Señor dijo a Pedro y a Juan diferentes cosas que debían comunicar después a los otros apóstoles, y éstos a los discípulos y a las santas mujeres, según la capacidad de cada uno para estos conocimientos. Jesús tuvo una conversación particular con Juan; le dijo que su vida sería mas larga que la de los otros. Le habló también de siete iglesias, de coronas, de ángeles, y le hizo conocer algunas figuras de un sentido profundo y misterioso, que designaban, según creo, ciertas épocas. Los otros apóstoles sintieron un impulso de envidia a causa de esta confianza particular. Habló también del que lo vendía: «Ahora hace esto y lo otro», decía Jesús; y, en efecto, yo veía a Judas haciendo lo que Jesús decía. Como Pedro aseguraba con mucha animación que le sería siempre fiel, Jesús le dijo: «Simón, Simón, Satanás te reclama para molerte como el trigo; mas yo he pedido por ti, a fin de que tu fe no desfallezca cuando te conviertas como tus hermanos». Jesús continuó balbuciendo que no podían seguirlo adonde iba; Pedro le dijo que él lo seguiría hasta la muerte, y Jesús respondió: «En verdad, antes que el gallo cante me negarás tres veces». Anunciándoles los tiempos difíciles que habían de pasar, les dijo: «Cuando os he mandado sin saco, sin bolsa, sin zapatos, os ha faltado algo?» «No», respondieron los apóstoles. «Pues ahora, continuó Jesús, que cada uno tome su bolsa y su saco; que el que no tiene nada, venda su vestido para comprar una espada, pues se va a cumplir esta profecía: Ha sido confundido con los malhechores. Todo lo que se ha escrito de Mi se va a cumplir». Los apóstoles entendieron todo esto de un modo material, y Pedro le presentó dos espadas cortas y anchas. Jesús dijo: «Basta, salgamos de aquí». Entonces cantaron el cántico de acción de gracias, quitaron la mesa, y vinieron al vestíbulo. Aquí Jesús encontró a su Madre, a María, hija de Cleofás, y a Magdalena, que le suplicaron con instancias que no fuera al monte de los Olivos, porque se había corrido la voz de que querían prenderlo. Pero Jesús las consoló con pocas palabras, y paso rápidamente: podían ser las nueve. Volvieron a bajar el camino por el cual Pedro y Juan habían venido al Cenáculo, dirigiéndose al monte de los Olivos. Yo he visto siempre así la Pascua y la institución de la Sagrada Eucaristía. Pero mi emoción antes era tan grande, que mis percepciones carecían de suficiente luz: ahora lo he visto con mas claridad. Es una fatiga y una pena que nada puede expresar. Se ve el interior de los corazones; se ve el amor y la fidelidad del Salvador; se sabe todo lo que va a suceder: como sería posible observar exactamente todo lo que no es mas que exterior. Se inflama uno de gratitud y de amor, no puede comprenderse la ceguedad de los hombres, la ingratitud del mundo entero y sus pecados. La Pascua de Jesús fue pronta, y en todo conforme a las prescripciones legales. Los fariseos añadían algunas observancias minuciosas.
Noticia sobre Melquisedec
Cuando Nuestro Señor Jesucristo tomó el cáliz en la institución de la sagrada Eucaristía, tuve otra visión sobre el Antiguo Testamento. Vi a Abraham arrodillado delante de un altar; a lo lejos estaban unos guerreros con animales de carga y camellos: un hombre majestuoso se acerco a Abraham, y puso sobre el ara el cáliz de que se sirvió Jesús después. Vi que este hombre tenía como dos alas en las espaldas: no las tenía realmente; pero era una señal para indicarme que tenía un ángel delante de mi. Es la primera vez que he visto alas a un ángel. Este personaje era Melquisedec. Detrás del altar de Abraham subían tres nubes de humo; la de en medio se elevaba bastante alta; las otras estaban más bajas. Yo vi dos filas de caras que acababan en Jesús. Entre ellas estaban David y Salomón. Yo vi nombres encima de Melquisedec, de Abraham y de algunos Reyes. Después volví a Jesús y al cáliz. Abril 3 de 1821. – El sacrificio de Melquisedec se hizo en el valle de Josafat, sobre una altura. Melquisedec tenía ya el cáliz. Abraham debía saber que venía a sacrificar, pues había elevado un hermoso altar cubierto con un toldo de hojas. Habían construido, también, una especie de tabernáculo, donde Melquisedec puso el cáliz. Los vasos donde bebían parecían ser de piedras preciosas. Había un hoyo en el altar, probablemente para el sacrificio. Abraham habla traído un hermoso ganado. Cuando este patriarca recibió el misterio de la promesa, le fue revelado que el sacerdote del Altísimo celebraría delante de él el sacrificio eterno que debía ser instituido por el Mesías. Cuando Melquisedec anunció su llegada por dos correos que le servían con frecuencia, Abraham lo esperó respetuoso, y erigió el altar y el toldo de hojas. Yo vi que Abraham puso sobre el altar algunos huesos de Adán; Noé los había guardado en el Arca. El uno y el otro pedían a Dios que cumpliera la promesa que había hecho a aquellos huesos, esto es, el Mesías. Abraham deseaba la bendición de Melquisedec. La llanura estaba cubierta de hombres y de animales de carga. El rey de Sodoma estaba con Abraham debajo del toldo. Melquisedec vino de un sitio, que fue después Jerusalén; había cortado allí un monte, y había comenzado algunos edificios. Vino con un animal pardo, de carga; no era un camello ni nuestro asno; este animal tenía, el pescuezo ancho y corto, era muy ligero para correr, traía un cántaro lleno de vino y un arcón con panes aplastados y diferentes vasos. Los vasos, en forma de cubitas, eran transparentes como piedras preciosas. Abraham vino a esperar a Melquisedec. Este fue detrás del altar, ofreció el pan y el vino elevándolos en sus manos, los bendijo, y los distribuyó; había en esta ceremonia algo de la Misa. Abraham recibió un pan mas blanco que los otros, y bebió en el cáliz que sirvió en la Cena de Jesucristo, y que todavía no tenía pie, Los más distinguidos de los que asistían distribuyeron en seguida al pueblo vino y pedazos de pan. No hubo consagración; los ángeles no pueden consagrar. Mas las especies fueron bendecidas; y yo las vi relucir. Todos los que comieron fueron fortificados y elevados a Dios. Abraham fue también bendecido por Melquisedec: vi que era una figura de la ordenación de los sacerdotes. Abraham había recibido ya la promesa de que el Mesías nacería de su sangre. Supe que Melquisedec le enseñó estas palabras proféticas sobre el Mesías y su sacrificio: «El Señor ha dicho a mi Señor: «Siéntate a mi derecha hasta que reduzca a tus enemigos por escabel de tus pies». El Señor lo ha jurado, y no se arrepentirá. Tú eres sacerdote en lo eterno, según el orden de Melquisedec». Yo vi también que David, cuando escribió estas palabras, tuvo una visión de la bendición que dio Melquisedec a Abraham. Habiendo recibido el pan y el vino, Abraham profetizó y hablo de Moisés, de los levitas, y de todo lo que debía dárseles. No sé si Abraham mismo ofreció también este sacrificio. Le vi dar en seguida el diezmo de sus ganados y de sus tesoros; ignoro en qué lo empleó Melquisedec; creo que lo distribuyó. Melquisedec no parecía viejo; era alto, lleno de apacible majestad; tenía un vestido largo, de blancura como no vi jamás en otro alguno. El vestido blanco de Abraham parecía pardo a su lado. Durante el sacrificio, se puso un cinturón donde estaban bordados algunos caracteres y un bonete blanco parecido al que llevaron después los sacerdotes. Su cabello era dorado y mas brillante que la seda; tenía barba blanca, corta y en punta; su cara era resplandeciente. Todos la miraban con respeto; su presencia infundía veneración. Me fue dicho que era un ángel sacerdotal y un enviado de Dios. Habíalo sido para establecer diversas instituciones religiosas. Dirigía las muchedumbres, mudaba las razas, y fundaba los pueblos. Yo lo he visto en diversos sitios antes del tiempo de Abraham. Después no lo he vuelto a ver.