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Preparación de la Pascua
El Jueves Santo 13 Nisan (29 de Marzo). Ayer tarde fue cuando tuvo lugar la última gran comida del Señor y de sus amigos, en casa de Simón el leproso, en Betania, en donde María Magdalena derramó por la última vez los perfumes sobre Jesús. Judas se escandalizó en esta ocasión; corrió a Jerusalén, y habló con los príncipes de los sacerdotes para vender a Jesús. Después de la comida Jesús volvió a casa de Lázaro, y una parte de los apóstoles se dirigió hacia la posada, situada a la entrada de Betania. Por la noche Nicodemo vino a casa de Lázaro, y habló mucho tiempo con el Señor; volvió a Jerusalén antes de amanecer, y Lázaro lo acompañó parte del camino. Los discípulos habían preguntado ya a Jesús adónde quería comer la Pascua. Hoy, antes de amanecer, llamó el Señor a Pedro, a Santiago y a Juan: les habló mucho de todo lo que debían preparar y ordenar en Jerusalén, y les dijo que cuando subieran al monte de Sión encontrarían al hombre con el cántaro de agua. Ellos conocían ya a este hombre, pues en la última Pascua, en Betania, había preparado la comida de Jesús; por eso San Mateo dice: «cierto hombre». Debían seguirle hasta su casa, y decirle: «El Maestro te manda a decir que su tiempo se acerca, y que quiere celebrar la Pascua en tu casa». Después debían ser conducidos al Cenáculo, y ejecutar todas las disposiciones necesarias. Yo vi los dos apóstoles subir a Jerusalén, siguiendo un barranco, al Mediodía del templo, del lado septentrional de Sión. Sobre el flanco meridional de la montaña del templo había una fila de casas; marcharon frente por frente de esas casas, subiendo un torrente que los separaba de ellos. Cuando llegaron a las alturas de Sión, más elevadas que la montaña del templo, se dirigieron hacia el Mediodía, y encontraron al principio de una pequeña subida, cerca de una casa vieja con muchos patios, al hombre que el Señor les había designado; le siguieron y le dijeron lo que Jesús les había mandado. Se alegró mucho de esta noticia, y les respondió que una comida había sido ya dispuesta en su casa (probablemente por Nicodemo); que no sabía para quién, y que se alegraba de saber que era para Jesús. Este hombre era Helí, cuñado de Zacarías de Hebrón, en cuya casa el año anterior había Jesús anunciado la muerte de Juan Bautista. No tenía más que un hijo, que era levita, y muy amigo de Lucas, antes que éste hubiese venido al Señor; y además cinco hijas solteras. Iba todos los años a la fiesta de la Pascua con sus criados, alquilaba una sala, y preparaba la Pascua para las personas que no tenían hospedaje en la ciudad. Ese año había alquilado un Cenáculo, que pertenecía a Nicodemo y a José de Arimatea. Enseño a los dos apóstoles su posición y su distribución interior.
El Cenáculo
Sobre el lado meridional de la montaña de Sión, no lejos del castillo arruinado de David y de la plaza que sube hacia él por el lado de Levante, se halla una antigua y sólida casa entre dos filas de árboles copudos, en medio de un patio espacioso cercado de buenas paredes. A derecha y a izquierda de la entrada se ven otras habitaciones contiguas a la pared, sobre todo a la derecha; la habitación del mayordomo, y al lado la que la Virgen y las santas mujeres ocuparon con mas frecuencia después de la muerte de Jesús. El Cenáculo, antiguamente más espacioso, había servido entonces de habitación a los audaces capitanes de David: en él se ejercitaban en manejar las armas. Antes de la fundación del templo, el Arca de la Alianza había sido depositada allí bastante tiempo, y aún hay vestigios de su permanencia en un lugar subterráneo. Yo he visto también al profeta Malaquías escondido debajo de las mismas bóvedas; allí escribió sus profecías sobre el Santísimo Sacramento y el sacrificio de la Nueva Alianza. Salomón honró esta casa, y había en ella algo de simbólico y de figurativo, que se me ha olvidado. Cuando una gran parte de Jerusalén fue destruida por los babilonios, esta casa fue respetada: he visto otras muchas cosas de ella, pero no tengo presente mas que lo que he contado. Este edificio estaba en muy mal estado cuando vino a ser propiedad de Nicodemo y de José de Arimatea: habían dispuesto el cuerpo principal muy cómodamente, y lo alquilaban para servir de cenáculo a los extranjeros que la Pascua atraía a Jerusalén. Así el Señor lo había usado en la última Pascua. Además, la casa y sus dependencias les servían, unas para almacén de lápidas sepulcrales, y otras de taller para los obreros, pues José de Arimatea poseía excelentes canteras en su patria, y hacía traer piedras, con las cuales labraban, bajo su dirección, sepulcros, ornamentos de arquitectura y columnas, para después venderlos. Nicodemo tomaba parte en este comercio, y aún le gustaba esculpir en sus ratos de ocio. Trabajaba en la sala o en un subterráneo que estaba debajo, excepto en la época de las fiestas: este género de ocupación lo había puesto en relación con José de Arimatea; se habían hecho amigos, y asociado con frecuencia en sus empresas. Esta mañana, mientras que Pedro y Juan conversaban con el hombre que había alquilado el Cenáculo, vi a Nicodemo en la casa de la izquierda del patio, adonde habían trasportado muchas piedras que obstruían la entrada de la sala de comer. Ocho días antes había visto muchas personas ocupadas en poner las piedras a un lado, en limpiar el patio y en preparar el Cenáculo para la celebración de la Pascua; yo creo que entre ellas había algunos discípulos, quizás Aram y Temení, los primos de José de Arimatea. El Cenáculo propiamente está casi en medio del patio; es cuadrilongo, rodeado de columnas poco elevadas, y si se abrieran los intervalos entre los pilares, podría estar reunido a la sala grande interior, pues todo el edificio es como transparente, y solo en los tiempos ordinarios están los pasos cerrados con puertas. La luz penetra por aberturas en lo alto de las paredes. Al entrar se halla primero un vestíbulo, adonde conducen tres puertas; después se entra en la sala interior, en cuyo techo hay colgadas muchas lámparas; las paredes están adornadas para la fiesta, hasta media altura, de hermosas esteras y de colgaduras, y han practicado en lo alto una abertura, adonde han extendido una gasa azul muy transparente. La parte posterior de la sala está separada del resto por una cortina de la misma tela. Esta división en tres partes da al Cenáculo cierta similitud con el templo: se halla también en el vestíbulo el santuario, y el Santo de los Santos. En esta ultima parte están dispuestos, a derecha e izquierda, los vestidos necesarios para la celebración de la fiesta. En medio hay una especie de altar. Fuera de la pared sale un banco de piedra elevado sobre tres escalones; tiene la figura de un triangulo rectángulo; debe ser la parte superior del hornillo donde se asa el cordero Pascual, porque hoy, durante la comida, los escalones estaban calientes. No puedo detallar todo lo que se halla en esta parte de la sala, pero están haciendo grandes preparativos para la comida pascual. Encima de este hornillo o altar hay una especie de nicho en la pared, delante del cual vi la imagen de un cordero pascual: tenía un cuchillo en el cuello, y parecía que su sangre corría gota a gota sobre el altar; no me acuerdo bien como estaba hecho. En el nicho de la pared hay tres armarios de diversos colores, que se vuelven como nuestros tabernáculos para abrirlos y cerrarlos; vi toda clase de vasos para la Pascua; más tarde, el Santísimo Sacramento reposo allí. En las salas laterales del Cenáculo hay unas especies de camas con cobertores gruesos, enrollados juntos, donde se puede pasar la noche. Debajo de todo el edificio hay hermosas bodegas. El Arca de la Alianza fue depositada en algún tiempo bajo el sitio donde se ha construido el hogar. Debajo de la casa hay cinco caños que reciben las inmundicias y las aguas de la montaña, pues la casa esta situada en un punto elevado. Yo he visto allí a Jesús curar y enseñar; los discípulos también pasaban con frecuencia las noches en las salas laterales.
Disposiciones para el tiempo pascual
Cuando los apóstoles hablaron a Helí de Hebrón, este entró en la casa por el patio: los discípulos volvieron a la derecha, y bajaron el monte de Sión hacia el Norte. Pasaron un puente, y se fueron por un sendero cubierto de árboles al otro lado del barranco que está delante del templo y de la fila de casas situadas al Mediodía de este edificio. Allí estaba la casa del viejo Simeón, muerto en el templo después de la presentación de Jesucristo; y sus hijos, algunos de los cuales eran secretamente discípulos de Jesús, vivían en ella actualmente. Los apóstoles hablaron a uno de ellos, que tenía un empleo en el templo; era un hombre alto y moreno. Fueron con él al Este del templo, atravesando la puerta de Ofel, por donde Jesús había entrado en Jerusalén el día de Ramos, y fueron a la plaza de los Ganados, situada en la ciudad, al Norte del templo. Vi en la parte meridional de esta plaza pequeños cercados, en donde saltaban hermosos corderos sobre la hierba, como en jardines pequeños. Allí se compraban los corderos de la Pascua. Yo vi al hijo de Simeón entrar en uno de esos cercados.: los corderos saltaban a su alrededor, como si lo hubiesen conocido. Escogió cuatro, que fueron llevados al Cenáculo. Por la tarde lo vi ocuparse en el mismo sitio en la preparación del cordero pascual. Vi a Pedro y a Juan ir además a varios sitios y encargar diversos objetos. Los vi también delante de una puerta, al Norte de la montaña del Calvario, en una casa en donde se hospedaban la mayor parte del tiempo los discípulos de Jesús, y que pertenecía a Serafia (tal era el nombre de la que después fue llamada Verónica). Pedro y Juan enviaron desde allí algunos discípulos al Cenáculo, y les dieron algunos encargos, que he olvidado. Entraron también en casa de Serafia, donde tenían que arreglar algunas cosas. Su marido, miembro del Consejo, estaba la mayor parte del tiempo fuera de casa en sus negocios; y aun estando, ella lo veía poco. Era una mujer de la edad de María Santísima, y que estaba en relaciones con la Sagrada Familia desde mucho tiempo antes; pues cuando el Niño Jesús se quedó en el templo después de la fiesta, ella fue quien le dio de comer. Los dos apóstoles tomaron allí, entre otras cosas, el cáliz de que se sirvió el Señor para la institución de la sagrada Eucaristía.
El Cáliz de la Santa Cena
El cáliz que los apóstoles llevaron de la casa de Verónica, es un vaso maravilloso y misterioso. Había estado mucho tiempo en el templo entre otros objetos preciosos y de gran antigüedad, cuyo origen y uso se había olvidado. Una cosa igual ha sucedido en la Iglesia cristiana, de donde muchas joyas antiguas consagradas han pasado al olvido con los años. Muchas veces se han desenterrado, vendido o compuesto vasos viejos y otras joyas enterradas en el polvo del templo. Así es que, con la permisión de Dios, este vaso sacratísimo, que nunca se había podido fundir a causa de su materia desconocida, fue hallado por los sacerdotes modernos en el tesoro del templo, entre otros objetos que no se usaban, y luego vendido a un aficionado a antigüedades. El cáliz comprado por Serafia había servido ya muchas veces a Jesús para la celebración de las fiestas, y desde ese día fue propiedad constante de la santa comunidad cristiana. Este vaso no siempre se conservó en su estado actual: quizás con ocasión de la Cena del Señor habían juntado las diferentes piezas de que se componía. El gran cáliz estaba puesto en un azafate, y alrededor había seis copas. Dentro del cáliz había otro vaso pequeño, y encima un plato con una tapadera redonda. En el pie del cáliz estaba embutida una cuchara, que se sacaba con facilidad. Todas estas piezas estaban envueltas en paños y puestas en una bolsa de cuero, si no me equivoco. El gran cáliz se compone de la copa y del pie, que debe haber sido añadido después, pues estas dos partes son de distinta materia. La copa presenta una masa morena y bruñida en forma de pera; esta revestida de oro, y tiene dos asas para poderla agarrar. El pie es de oro puro, divinamente trabajado, con una culebra y un racimo de uvas por adorno, y enriquecido con piedras preciosas. El gran cáliz se guarda en la iglesia de Jerusalén, cerca de Santiago el Menor, y lo veo todavía conservado en esta ciudad; ¡tornara de nuevo a darse a luz como ha aparecido esta vez! Otras iglesias se han repartido las copas que lo rodeaban; una de ellas esta en Antioquía, otra en Éfeso: pertenecían a los Patriarcas, que apuraban en ellas cierta bebida misteriosa cuando recibían y daban la bendición, como lo he visto muchas veces. El gran cáliz estaba en casa de Abraham: Melquisedec lo trajo consigo del país de Semíramis a la tierra de Canaán cuando comenzó a fundar algunos establecimientos en el mismo sitio donde se edificó después Jerusalén: él lo usó en el sacrificio, al ofrecer el pan y el vino en presencia de Abraham y se lo dejo a este Patriarca. Este vaso había estado también en el Arca de Noé. «Ved aquí hombres hermosos que vienen de una ciudad opulenta: está edificada a la antigua; se adora en ella lo que se quiere; adórase hasta los peces. El viejo Noé, con un palo al hombro, está junto al Arca; la madera de construcción esta puesta a su lado. No, no son hombres: debe ser algo más elevado, según su belleza y su serenidad; traen a Noé el cáliz, que sin duda se ha perdido; no sé como se llama este sitio. Hay en el cáliz una especie de grano de trigo, pero mas grueso que los nuestros; es como un grano de mirasol, y hay también un sarmiento pequeño. Dicen a Noé que hay en él un misterio, y que debe llevarlo consigo. Mirad: pone el grano de trigo y el sarmiento en una manzana amarilla que coloca en la copa. El cáliz está labrado con traza maravillosa. Hay un misterio que yo no me sé: es el cáliz que he visto figurar en la gran parábola(*) en el sitio donde estaba el espino ardiendo». La monja refirió todo lo que se acababa de decir del cáliz, en un estado de intuición tranquila, y viendo ante sus ojos lo que describía. Durante su relato acerca de Noé, estaba toda absorta en su visión. Al fin doó un grito, miró en torno suyo, y dijo: ¡Ah! Tengo miedo de tener que entrar en el Arca: veo a Noé, y creí que llegaban las aguas rebosantes. (Después, habiendo vuelto a su estado natural, dijo:) Los que trajeron el cáliz a Noé llevaban un vestido largo, blanco, y se parecían a los tres hombres que venidos a casa de Abraham le prometieron que Sara pariría. Me pareció que sacaron de la ciudad una cosa santa que no debía perecer con ella, y que la daban a Noé. El cáliz estuvo en Babilonia en casa de los descendientes de Noé que se habían mantenido fieles al verdadero Dios. Estaban sometidos a esclavitud por Semíramis. Melquisedec los condujo a la tierra de Canaán, y llevó el cáliz. Vi que tenía una tienda cerca de Babilonia, y que antes de conducirlo bendijo en ella el pan y se lo distribuyó, sin lo cual no hubieran tenido fuerza para seguirle. Esa gente tenía un nombre como samaneos. Él se sirvió de ellos y de algunos cananeos habitantes en grutas, cuando comenzó a edificar sobre los montes donde estuvo después Jerusalén. Abrió cimientos profundos en el sitio donde se alzaron luego el Cenáculo y el templo, y también hacia el Calvario. Sembró trigo y plantó viña. Después del sacrificio de Melquisedec, el cáliz se quedó en casa de Abraham. Fue también a Egipto, y Moisés lo tuvo en su poder. Estaba hecho de un modo singular, muy compacto, y no parecía trabajado como los metales; semejaba el producto de un vegetal. Sólo Jesús sabía lo que era. (*) Esto se refiere a, una gran parábola simbólica de la reparación del género humano desde el principio, que desgraciadamente no contó por completo, y después se le olvidó. En esta ocasión no habló del espino ardiendo; aunque el espino ardiendo de Moisés tenía en otras visiones la forma de un cáliz.
Jesús va a Jerusalén
Por la mañana, mientras los dos apóstoles se ocupaban en Jerusalén en hacer los preparativos de la Pascua, Jesús, que se había quedado en Betania, hizo una tierna despedida a las santas mujeres, a Lázaro y a su Madre, y les dio algunas instrucciones. Yo vi al Señor hablar solo con su Madre; le dijo, entre otras cosas, que había enviado a Pedro, el apóstol de la fe, a Juan, el apóstol del amor, para preparar la Pascua en Jerusalén. Dijo de Magdalena, cuyo dolor era muy violento, que su amor era grande, pero que todavía era un poco según la carne. y que por ese motivo el dolor la ponía fuera de si. Habló también del proyecto de Judas, y la Virgen Santísima rogó por él. Judas había ido otra vez de Betania a Jerusalén con pretexto de hacer un pago. Corrió todo el día a casa de los fariseos, y arregló la venta con ellos. Le enseñaron los soldados encargados de arrestar al Salvador. Calculó sus idas y venidas de modo que pudiera explicar su ausencia. Volvió al lado del Señor poco antes de la cena. Yo he visto todas sus tramas y todos sus pensamientos. Era activo y servicial, pero lleno de avaricia, de ambición y de envidia, y no combatía estas pasiones. Había hecho milagros, y curaba enfermos en la ausencia de Jesús. Cuando el Señor anunció a la Virgen lo que iba a suceder, esta le pidió de la manera más tierna que la dejase morir con Él. Pero Él le recomendó que tuviera mas resignación que las otras mujeres; le dijo también que resucitaría, y el sitio donde se le aparecería. Ella no lloró mucho, pero estaba profundamente triste, y sumergida en un recogimiento que tenía algo de espantoso. El Señor le dio las gracias, como un hijo piadoso, del amor que le tenía, y la estrechó contra su corazón. Le dijo también que haría espiritualmente la cena con Ella, y le designó la hora en que la recibiría. Se despidió otra vez de todos, y dio diversas instrucciones. Jesús y los nueve apóstoles salieron a las doce de Betania para Jerusalén; los seguían siete discípulos, que eran de Jerusalén y de sus contornos, excepto Natanael y Sitas. Entre ellos estaban Juan Marcos y el hijo de la pobre viuda que el jueves anterior había ofrecido su ultimo dinero en el templo mientras que Jesús enseñaba. Jesús lo tenía consigo desde pocos días antes. Las santas mujeres salieron más tarde. Jesús y los que le seguían anduvieron acá y allá al pie del monte de los Olivos, en el valle de Josafat y hasta el Calvario. En el camino no cesaba de instruirlos. Dijo a los apóstoles, entre otras cosas, que hasta entonces les había dado su pan y su vino, pero que hoy quería darles su carne y su sangre, y que les dejaría todo lo que tenía. Decía esto el Señor con una expresión tan dulce en el semblante, que su alma parecía salirse por todas partes, que se deshacía en amor esperando el momento de darse a los hombres. Sus discípulos no lo comprendieron: creían que hablaba del cordero pascual. No se puede expresar todo el amor y toda la resignación que encierran los últimos discursos que pronunció en Betania y aquí. Los siete discípulos que habían seguido al Señor a Jerusalén no anduvieron este camino con Él: fueron a llevar al Cenáculo los vestidos de ceremonia para la Pascua, y volvieron a casa de María, madre de Marcos. Cuando Pedro y Juan vinieron al Cenáculo con el cáliz, todos los vestidos de ceremonia estaban ya en el vestíbulo, adonde los discípulos y algunos otros los habían llevado. Cubrieron también con colgaduras las paredes desnudas de la sala, abrieron las ventanas de arriba y prepararon tres lámparas colgadas. En seguida Pedro y Juan fueron al valle de Josafat, y llamaron al Señor y a los nueve apóstoles. Los discípulos y los amigos que debían celebrar la Pascua en el Cenáculo vinieron después.
Última Pascua
Jesús y los suyos comieron el cordero pascual en el Cenáculo, divididos en tres grupos. Jesús comió con los doce apóstoles en la sala del Cenáculo. Natanael comió con otros doce discípulos en una de las salas laterales; otros doce tenían a su cabeza a Elíacim, hijo de Cleofás y de María, hija de Helí: había sido discípulo de Juan Bautista. Se mataron para ellos tres corderos en el templo. Había allí un cuarto cordero, que fue sacrificado en el Cenáculo: éste es el que comió Jesús con los apóstoles. Judas ignoraba esta circunstancia, porque ocupado en su trama, no había vuelto cuando el sacrificio del cordero: vino pocos instantes antes de la comida. El sacrificio del cordero destinado a Jesús y a los apóstoles fue enternecedor; se hizo en el vestíbulo del Cenáculo, Los apóstoles y los discípulos estaban allí cantando el salmo CXVIII. Jesús hablo de una nueva época que comenzaba. Dijo que los sacrificios de Moisés y la figura del Cordero pascual iban a cumplirse; pero que, por esta razón, el cordero debía ser sacrificado como antiguamente en Egipto, y que iban a salir verdaderamente de la casa de servidumbre. Preparáronse los vasos y los instrumentos necesarios. Trajeron un recental adornado con una corona, que fue enviada a la Virgen Santísima, al sitio donde se hallaba con las santas mujeres. El cordero estaba atado, de espaldas sobre una tabla, por mitad del cuerpo: me recordó a Jesús atado a la columna y azotado. El hijo de Simeón tenía la cabeza del cordero: Jesús le pico con la punta de un cuchillo en el cuello, y el hijo de Simeón acabo de matarlo. Jesús parecía tener repugnancia de herirlo; lo hizo rápidamente, pero con gravedad; la sangre fue recogida en un baño, y trajeron un ramo de hisopo que Jesús mojó en ella. En seguida fue a la puerta de la sala, tiñó de sangre los dos pilares y la cerradura, fijando sobre aquella el ramo ensangrentado. Después hizo una instrucción, y dijo, entre otras cosas, que el Angel exterminador pasaría mas lejos; que debían adorar en ese sitio sin temor y sin inquietud cuando Él fuera sacrificado, Él en persona, el verdadero Cordero pascual; que un nuevo tiempo y un nuevo sacrificio iban a comenzar, y que durarían hasta el fin del mundo. Después se fueron a la extremidad de la sala, cerca del hogar adonde estuviera en otro tiempo el Arca de la Alianza: había ya lumbre. Jesús vertió la sangre sobre el hogar, y lo consagró como un altar. Luego, seguido de sus apóstoles, dio la vuelta al Cenáculo y lo consagró como un nuevo templo. Todas las puertas mientras tanto estaban cerradas. El hijo de Simeón había ya preparado el cordero. Lo puso en una tabla: las patas de delante estaban atadas a un palo puesto al través; las de atrás extendidas a lo largo de la tabla. Se parecía a Jesús sobre la cruz, y fue metido en el horno para ser asado con los otros tres corderos traídos del templo. Los corderos pascuales de los judíos se mataban todos en el vestíbulo, y en tres sitios: uno para las personas de distinción, otro para la gente común, y otro para los extranjeros. El cordero pascual de Jesús no se mató en el templo; todo lo demás fue rigurosamente conforme a la ley. Jesús pronunció todavía otras palabras; dijo que el cordero era sólo una figura; que Él mismo debía ser al día siguiente el Cordero pascual, y otras cosas que se me han olvidado. Después que Jesús habló así sobre el cordero pascual y su significación, y habiendo llegado Judas, prepararon las mesas. Los convidados se pusieron los vestidos de viaje que estaban en el vestíbulo, otros zapatos, un vestido blanco parecido a una camisa, y una capa mas corta de delante que de atrás; recogiéronse los vestidos hasta la cintura; tenían también mangas anchas remangadas. Cada grupo fue a la mesa que le estaba designada: los discípulos en las salas laterales; el Señor, con los apóstoles, en la del Cenáculo. Tomaron un palo en la mano y fueron de dos en dos a la mesa; estaban de pie cada uno en su sitio; el palo apoyado sobre el brazo izquierdo, y las manos elevadas en alto. La mesa era estrecha y de alto tenía un pie más que la rodilla de un hombre; su forma era la de una herradura; enfrente de Jesús, en el interior del semicírculo, había un sitio vacío para servir los platos. Según puedo acordarme, a la derecha de Jesús estaban Juan, Santiago el Mayor y Santiago el Menor; al extremo de la mesa, Bartolomé, y a la vuelta, Tomás y Judas lscariote. A la izquierda de Jesús estaban Pedro, Andrés y Tadeo; al extremo de la izquierda, Simón, y a la vuelta Mateo y Felipe. En medio de la mesa estaba el cordero pascual en una fuente. Su cabeza reposaba sobre los pies de delante puestos en cruz, los pies de atrás estaban extendidos; el borde de la fuente veíase cubierto de ajos. A su lado había un plato con el asado de Pascua; además, un plato con una legumbre verde, y un segundo plato con manojitos de hierbas amargas, que parecían hierbas aromáticas; delante de Jesús había una fuente con otras hierbas, y un plato con una salsa oscura. Los convidados tenían delante de si unos panecillos redondos en lugar de platos, y cuchillos de marfil. Después de la oración, el mayordomo puso delante de Jesús, sobre la mesa, el cuchillo para cortar el cordero. Puso una copa de vino delante del Señor, y llenó seis copas que estaban cada una entre dos apóstoles. Jesús bendijo el vino y lo bebió; los apóstoles bebían dos en la misma copa. El Señor partió el cordero; los apóstoles presentaron cada uno su pan, y recibieron su parte. La comieron muy aprisa, con ajos y hierbas verdes que mojaban en la salsa. Todo esto lo hicieron de pie, apoyándose solo un poco sobre el respaldo de su silla. Jesús rompió uno de los panes ácimos, guardó una parte, y distribuyo la otra. Trajeron otra copa de vino, pero Jesús no bebió: «Tomad este vino y repartíoslo; pues ya no beberé mas vino hasta que venga el reino de Dios». Después de comer, cantaron; Jesús rezó o enseñó, y se lavaron otra vez las manos. Entonces ocuparon las sillas. El Señor partió todavía otro cordero, que fue llevado a las santas mujeres a una de las habitaciones del patio, donde estaban comiendo. Los apóstoles comieron todavía legumbres y lechugas. Jesús estaba muy recogido y sereno: yo no lo había visto jamás así. Dijo a los apóstoles que olvidaran todos los cuidados que podían tener. La Virgen Santísima, también en la mesa de las mujeres, estaba llena de serenidad. Cuando las otras mujeres venían a Ella y le tiraban del velo para hablarle, había en sus movimientos una sencillez muy tierna. Al principio Jesús estuvo muy afectuoso con sus apóstoles; después se puso grave y melancólico, y les dijo: «Uno de vosotros me venderá; uno de vosotros, cuya mano está en esta mesa conmigo». Había solo un plato de lechuga; Jesús la repartía a los que estaban de su lado, y encargo a Judas, que estaba enfrente, que la distribuyera por el suyo. Cuando Jesús hablo de un traidor, cosa que espantó a todos los apóstoles, dijo: «Un hombre, cuya mano esta en la misma mesa o en el mismo plato que la mía». Lo que significa: «Uno de los doce que comen y beben conmigo; uno de los que participan de mi pan». No designó claramente a Judas a los otros, pues meter la mano en el mismo plato era una expresión que indicaba la mayor intimidad. Sin embargo, quería dar un aviso a Judas, que metía la mano en el mismo plato que el Señor para repartir la lechuga; Jesús añadió: «El Hijo del hombre se va, según está escrito de Él; pero desgraciado el hombre que venderá al Hijo del hombre: más le valdría no haber nacido». Los apóstoles, agitados, le preguntaban cada uno: «Señor, ¿soy yo?», pues todos sabían que no comprendían del todo estas palabras. Pedro se recostó sobre Juan por detrás de Jesús, y por señas le dijo que preguntara al Señor quién era, pues habiendo recibido algunas reconvenciones de Jesús, tenía miedo que le hubiera querido designar. Juan estaba a la derecha de Jesús, y como todos, apoyándose sobre el brazo izquierdo, comía con la mano derecha: su cabeza estaba cerca del pecho de Jesús. Se recostó sobre su seno, y le dijo: «Señor, ¿quién es?» Entonces tuvo aviso de que Jesús quería designar a Judas. Yo no vi que Jesús se lo dijera con los labios: «Éste, a quien le doy el pan que he mojado». Yo no sé si se lo dijo bajo; pero Juan lo supo cuando Jesús mojo el pedazo de pan con la lechuga, y lo presentó afectuosamente a Judas, que preguntó a su vez: «Señor, ¿soy yo?» Jesús lo miro con amor, y le dio una respuesta en términos generales. Era para los judíos una prueba de amistad y de confianza. Jesús lo hizo con afección cordial para avisar a Judas sin denunciarlo a los otros; pero éste estaba interiormente lleno de ira. Yo vi, durante la comida, una figura horrenda sentada a sus pies, y que subía algunas veces hasta su corazón. Yo no vi que Juan dijera a Pedro lo que le había dicho Jesús; pero le tranquilizó con los ojos.