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Jesús en Sichar, Ephron y Jericó
Cuando en compañía de sus nuevos discípulos fue caminando desde el valle de los pastores hasta a pocas horas de Sichar, lo he visto detenerse con frecuencia mientras hablaba con sus discípulos. A Eliud, Silas y Eremenzear les recomendó no dijeran a nadie dónde habian estado con Él ni lo que les había sucedido en el viaje; en parte les dijo también la razón. Yo he visto, sin embargo, que Eremenzear tocándole con cariño de la manga le pidió que le permitiese escribir la relación del viaje, y que Jesús se lo permitió, a condición que lo hiciese después de su muerte y presentase su escrito a Juan. Tengo la persuación de que existe aún ese escrito en alguna parte. Pedro y Juan le salieron al encuentro y delante de la puerta de la ciudad lo esperaban otros seis apóstoles, los cuales llevaron a Jesús a una casa, donde el dueño de la misma, que aún no conocía a Jesús, lo recibió muy cortésmente. Parecía que Jesús no quería aún manifestarse públicamente. Después de lavarse los pies, y como entraba el Sábado, se encendieron las lámparas rituales. Se revistieron de largas vestiduras blancas con la faja, oraron y se dirigieron al salón de la escuela en una pequeña altura. Hubo una comida en casa de este hombre principal y acudieron otros judíos de largas barbas, entre ellos uno más anciano con hábito sacerdotal. Ni en la escuela ni durante la comida llamó Jesús la atención. El jefe me pareció que miraba con recelo y falsedad: creo que era un fariseo. Después de la comida pidió Jesús que le abriesen la sinagoga, puesto que había oído la predicación de los otros y ahora quería enseñar Él. Todos los apóstoles y discípulos lo acompañaron. Jesús dijo cómo ni los milagros ni las señales traen provecho alguno cuando los hombres olvidan, no piensan en qué miseria se encuentran y no tienen afecto ni sentimientos de amor. Les da más provecho una exhortación y enseñanza que la multiplicación de milagros. Antes de la comida le habían pedido los apóstoles que se explicara más claramente, pues no lo habian entendido: que siempre hablaba de su próximo fin; que fuera de nuevo a Nazaret para manifestar allí su poder y su misión con prodigios. Jesús les declaró que los milagros mismos no aprovechan si la gente no se quiere mejorar, y sólo comentan los prodigios sin preocuparse de cambiar de vida. ¿Para qué sirvieron los milagros y señales, el alimentar a cinco mil, la resurrección de Lázaro, si ahora los mismos apóstoles piden más señales y más prodigios? Pedro y Juan eran de la misma idea de Jesús; los demás estaban contrariados. A Eliud, a Eremenzear y a Silas les había declarado en el viaje por qué ya no hacía milagros, pues los apóstoles y discípulos los harían después, y aún mayores, para hacerse creer. Jesús se entristeció porque los apóstoles trataban de saber, de esos tres discípulos, adónde había estado Jesús y qué había hecho en el viaje, mostrándose contrariados de que ellos callasen. Anunció a todos de que le convenía ir a Jerusalén y allí enseñar. He visto que algunos judíos enviaron mensajeros a Jerusalén diciendo que dentro de poco tendrían de nuevo a Jesús. Los fariseos de Sichar se mostraban irritados, amenanzando con tomarlo preso y enviarlo a Jerusalén. Jesús les contestó que su tiempo no había llegado y que iría a Jerusalén por Sí mismo; que, por lo demás, no había hablado para ellos sino para sus discípulos. Jesús envió en diversas direcciones a los apóstoles y discípulos y retuvo sólo a los tres jóvenes, con los cuales se dirigió hacia Ephron, para encontrarse con las santas mujeres cerca de Jericó. Los padres de los tres jóvenes habían anunciado a las mujeres la vuelta de Jesús. En el camino de Ephron a Jericó llovió mucho y el tiempo estaba nublado. Jesús no caminó derechamente, sino entró en varias casas en el camino, enseñando, sanando, consolando a los necesitados y exhortando a que siguiesen sus enseñanzas. También los apóstoles y discípulos iban deteniéndose en los poblados y casas, anunciando la próxima visita del Salvador. Parecía que a los que deseaban la salvación, se les hacía un nuevo llamado y a las ovejas algo dispersas por la ausencia del Pastor, se las volvía a reunir en el redil por medio de los pastores, que eran los discípulos. Cuando llegó Jesús por la tarde a Ephron, visitó diversas casas, sanó a los enfermos y les mandó que se reuniesen en el salón de la escuela. Era un edificio muy amplio con primero y segundo pisos. Muchos de Ephron y los alrededores acudieron a oír a Jesús, y se llenó la sinagoga. Jesús se hizo traer un asiento y enseñó primero a los hombres y luego a las mujeres. Pidió que siguieran su doctrina. Dijo que su fin estaba próximo y que serían muy castigados los que no creían en Él ni en su doctrina. Se promovió cierto tumulto entre el pueblo, pues habían algunos mal intencionados. Desde Ephron envió Jesús a sus tres discípulos a anunciar a las mujeres, que en número de diez esperaban en ese albergue junto a Jericó. Estaban allí María, Madre de Jesús, Magdalena, Marta, con dos más, la mujer de Pedro, su hijastra, la mujer de Andrés, la mujer y una hija de Zaqueo casada con un joven discípulo de nombre Annadías, que era pastor, pariente de la madre del discípulo Silas. Uniéronse a Jesús en el camino Pedro, Andrés y Juan, con los cuales se dirigió hacia Jericó. María Santísima, Magdalena, Marta y otras se adelantaron junto a un pozo. Faltaban como dos horas para el crepúsculo vespertino cuando llegó. Las mujeres se echaron a sus pies y besaron su mano. También María besó su mano, y cuando se levantó, Jesús tomó su mano y se la besó. La Magdalena se quedaba siempre algo detrás de las otras. Junto al pozo los discípulos lavaron los pies a Jesús y a los apóstoles. Hubo una comida. Las mujeres comieron aparte, pero se acercaron luego para escuchar a Jesús. Jesús no pernoctó en el albergue, sino que fue con los tres discípulos a Jericó, donde le esperaban los otros apóstoles con muchos enfermos de los contornos. Las mujeres siguieron detrás de Jesús. He visto al Señor entrar en muchas casas para sanar enfermos; luego pidió abriesen la escuela e hizo colocar un sitial en el medio de la sala. Las santas mujeres estaban retiradas, algo apartadas, con una lámpara; entre ellas estaba María. Después de la enseñanza volvieron al albergue y desde allí regresaron por la mañana a sus respectivas casas. En Jericó se reunieron muchos oyentes, pues los discípulos habían anunciado la llegada de Jesús. Como el Señor continuase enseñando, al día siguiente aumentó el gentío. Las murmuraciones de los fariseos crecieron y acabaron por mandar aviso a Jerusalén. Jesús se encaminó entretanto a la orilla del Jordán, al lugar de los bautismos, donde se había estacionado una multitud de enfermos traídos de todas partes. Habían sabido que Jesús vendría allí y le rogaban que los sanase de sus dolencias. Había tiendas y lugares desde donde se podía descender al agua del Jordán. La fuente cavada por Juan, donde Jesús fue bautizado, estaba todavía, a veces llena de agua, a veces vacía. Había gente de Samaría, de Judea, de Siria y de Galilea. He visto que luego se llevaban el agua de esta fuente, poniéndola en recipientes de cuero, que colocaban a ambos lados de sus asnos. Jesús sanó a muchos enfermos. Estaban con Él Juan, Andrés y Santiago el Menor. No parecía esto un bautismo: era un sanar y lavarse. Más sacramento parecía el bautismo de Juan que el lavatorio de esta ocasión. Cuando estuvo Jesús en Jericó la última vez hubo también curaciones de enfermos y purificaciones en un lugar de baños. Existió antes en el Jordán un baño, que Juan Bautista había agrandado y arreglado. En la fuente de la isleta estaba aún el arbolito donde el Señor se había apoyado al bautizarse. Jesús sanó a muchos sin agua. A los leprosos les echaba agua sobre la cabeza y los apóstoles prestaban a los enfermos otros servicios. He visto que el verdadero bautismo, como sacramento, fue sólo después de Pentecostés. María Santísima fue bautizada sola por Juan Evangelista después de Pentecostés en el estanque de Bethesda. Dijo antes la santa Misa, que consistía entonces en las palabras de la consagración, con oraciones antes y después. Como aumentase la muchedumbre y creciese el tumulto por los enfermos sanados, Jesús se ausentó con sus tres discípulos y se encaminó a Betel, donde Jacob tuvo la visión misteriosa de la escala que llegaba al cielo. Oscurecía cuando llegaron. Se acercaron a unas personas de confianza que los esperaban, entre ellas Lázaro con sus hermanas, Juan, Marcos y Nicodemo. Habían venido ocultamente desde Jerusalén. El cuidador tenía mujer con cuatro hijos y la casa un patio con pozo. Este hombre abrió las puertas del albergue y con sus hijos lavó los pies a Jesús y a sus acompañantes. Mientras Jesús estaba sentado en el borde de la fuente se adelantó la Magdalena por detrás y derramó sobre su cabeza un perfume muy costoso. Había hecho ya esta acción en diversas ocasiones. Yo me maravillo cada vez de su valor y audacia. Jesús estrechó contra su corazón a Lázaro, que aun aparecía algo pálido y delgado con sus cabellos negros. Hubo una comida de frutas, panecillos, panal de miel y hierbas. Bebían en pequeños vasos, como era costumbre en la Judea. Jesús sanó a los enfermos reunidos en un ángulo de la casa. Las mujeres que habían comido aparte se acercaron para escuchar las enseñanzas de Jesús. Al día siguiente volvió Lázaro con sus acompañantes a Betania. Jesús y sus tres apóstoles, haciendo un camino más largo, se dirigió a la casa del hijo de un medio hermano de Andrés, cuya hija estaba enferma. Llegaron al mediodía junto al pozo de la casa donde el dueño, un hombre gallardo, que se ocupaba de hacer tabiques de mimbres, lavó los pies a los caminantes y los llevó a su casa. Tenía este hombre muchos hijos, algunos pequeños. Dos hijos crecidos, de 16 a 18 años, no estaban en casa, sino en la pesquería donde vivía Andrés. Éste le había enviado mensajeros para hacerle saber que Jesús estaba de nuevo entre ellos y le indicó dónde podía encontrarlo. Después de la comida este hombre llevó a Jesús y sus apóstoles adonde estaba su hija de doce años, enferma, que hacía ya tiempo languidecía postrada en la cama: era clorótica y lunática. Jesús le mandó levantarse, la condujo de la mano con Andrés hacia el pozo y derramó agua sobre su cabeza. Luego le mandó bañarse en un lugar cerrado que había allí y volvió a entrar en su pieza completamente sana. Era una joven bastante desarrollada. Cuando Jesús salió, el hombre los acompañó un trecho. Antes de comenzar el Sábado llegó Jesús a un poblado; entró en un albergue junto a los muros de la ciudad y se dirigió a la sinagoga. A la mañana siguiente volvió a la sinagoga, donde oró y dirigió una buena instrucción. Volvió a reunirse en torno de Él una gran multitud. Le trajeron muchos enfermos, a los cuales sanó. La gente lo honraba y se apretaba en torno de su Persona. Los apóstoles también bendecían y curaban enfermos en nombre de Jesús: hasta los sacerdotes ayudaban a conducirlos a la presencia del Salvador. He visto que sanó a un leproso que otras veces le habían traído y puesto en el camino y no había querido sanar. Lo trajeron de un rincón de la ciudad donde vivía en una casita, cubierto con una manta, sentado en una camilla: nadie se acercaba a él. Jesús levantó la manta, lo tocó y mandó lo llevasen al baño junto a los muros de la ciudad, donde sanó completamente. Tenía una doble lepra: la enfermedad y el vicio de la impureza. El Señor sanó aquí a muchas mujeres con flujo de sangre. Como estas curaciones se hacían en el patio de la sinagoga, sucedió que la multitud rompió la valla y se subió a los techos. Desde aquí fue caminando el Señor con sus tres discípulos hasta una fortaleza (Alejandrium), donde había canales o estanques con varios desagües. Parecía un lugar de baños. He visto varias galerías y obras de albañilería. Como Jesús se disponía a entrar en el castillo, los apóstoles le pusieron dificultades, diciéndole que podía recibir molestias y ser causa de escándalo. Jesús les contestó que si no querían acompañarlo se quedasen esperándole, que Él pensaba entrar. Había adentro gentes que parecían presos, otros enfermos, y en la puerta había guardianes, para evitar que salieran sin custodias. Tenían que trabajar en las excavaciones y en diversas fortificaciones. Cuando Jesús se disponía a entrar, el guardián lo quiso detener, pero al decirle una palabra, hizo reverencia y dio el paso. La gente se reunió en el patio en torno de Él, que les habló, y a algunos en partícular. De la ciudad cercana mandó a buscar a dos jueces, pues tenían en los hombros escudos o distintivos de su oficio pegados a cintas de cuero. Jesús habló con ellos y todo procedió como si Él respondiese de los que había apartado. Vi después que salió del castillo con 25 de esos hombres y que anduvo con ellos y los apóstoles toda la noche junto al Jordán. En este viaje apresurado llegó Jesús a cierta población donde entregó estos prisioneros en brazos de sus mujeres e hijos. Otros de éstos siguieron camino más al Norte o hacia el Oriente. Eran de la región de Kedar, donde Jesús se había detenido en su viaje al país de los Reyes Magos. Allí dejó a los apóstoles, pues mientras andaba a través de los valles hacia Tiberíades, vinieron aquellos tres jóvenes callados y los otros que se juntaron a Él en su viaje y caminaron durante la noche. Descansaron bajo un galpón y caminando todo el día llegaron por la tarde a Cafarnaúm, donde le presentaron a un joven llamado Sela o Selam. Era un primo del novio de Kedar a quien Jesús le había hecho hacer la casa y plantar el viñedo cuando fue al país de los Reyes Magos. Aquél le enviaba a este joven como discípulo. Había esperado hasta ahora en casa de Andrés, en Bethsaida, y al ver a Jesús se echó de rodillas delante de Él. Jesús lo recibió entre sus discípulos y le impuso las manos sobre sus hombros. De inmediato usó de sus servicios y lo envió al jefe de la escuela pidiendo las llaves y los rollos que se habian encontrado en el Templo cuando estuvo por siete años devastado sin poder ser usado para el culto. Cuando Jesús estuvo la última vez aquí enseñando, había usado esos escritos que eran del profeta Isaías. Volvió el joven y fueron a la escuela, encendieron las lámparas y Jesús se hizo preparar una especie de púlpito con gradas. Se habían reunido muchos oyentes y Jesús enseñó bastante tiempo comentando los escritos de Isaías. Por las calles corría la gente diciendo: “Está de nuevo el Hijo de José”. Jesús abandonó a Cafarnaúm antes de despuntar el día y lo he visto caminar con esos discípulos y otros apóstoles que habían llegado, en dirección a Nazaret, donde entró. He visto en esta ocasión que en casa de Ana vivían otras personas. Estuvo también en la casa de José, que ahora está cerrada e inhabitada y se dirigió a la sinagoga. Su aparición causó gran admiración y concurrencia de gente. Un poseído del demonio, que hasta entonces había estado mudo, comenzó a gritar: “Ahí está el Hijo de José… el Seductor… Tomadlo preso… Apoderaos de Él». Jesús le mandó callar y calló, pero no echó el demonio de ese hombre. En la escuela hizo desocupar todo el espacio y preparar el sitial para la enseñanza. En esta última misión procedía más libremente que antes: enseñó hablando más claramente que nunca, como que tenía derecho. Los judíos se irritaron grandemente. Después entró en varias casas alrededor de la antigua casa de José y allí bendijo y sanó a los niños enfermos. Los judíos que habían estado quietos durante la predicación en la sinagoga, se irritaron más y comenzaron a agitarse. Jesús dejó la ciudad avisando a los apóstoles para encontrarse sobre la montaña donde multiplicó los panes, y salió con sus jóvenes discípulos. Cuando Jesús llegó al monte era ya de noche y arriba se veían arder algunos fuegos. Jesús estaba en medio de sus apóstoles; los discípulos algo más apartados. Se había reunido mucha gente y enseñó toda la noche hasta la mañana. Les indicó a los apóstoles con la mano adonde debían ir para enseñar y sanar a los enfermos. Parecióme que les señalaba el orden y los lugares donde debían ir próximamente. Salieron en efecto muchos apóstoles y discípulos en varias direcciones y Jesús anduvo por la mañana hacia el Sur. En este camino los padres de una niña enferma rogaron a Jesús que entrase en su casa para sanarla. Jesús la mandó levantarse y salió al punto. A una hora delante de Tenat-Silo le salieron al encuentro los apóstoles con ramas verdes; se echaron a sus pies y Jesús tomó una rama. Le lavaron los pies allí mismo. Creo que hicieron este recibimiento solemne porque se encontraron de nuevo todos reunidos y Jesús volvía a aparecer como Maestro delante del pueblo. Acompañado de sus apóstoles y discípulos entró en la ciudad, donde lo recibieron en un albergue María su Madre, Magdalena, Marta y otras mujeres. No estaban la mujer de Pedro ni la de Andrés, que habían quedado en Betsaida. María Santísima al volver de Jericó se había detenido aquí esperando su llegada y las demás mujeres habían concurrido de diversas direcciones. Prepararon una comida en la cual tomaron parte unas cincuenta personas. Después se dì- rigió Jesús a la escuela, de la cual había hecho traer las llaves. Allí oyeron sus palabras la Santísima Virgen, las santas mujeres y mucho pueblo.
Jesús se dirige a Betania
A la mañana siguiente Jesús curó a muchos enfermos, aunque no entró en todas las casas; sanó también en el albergue donde se hospedó. Luego envió a los apóstoles hacia Cafarnaúm, lugar de la multiplicación de los panes. Las santas mujeres se encaminaron hacia Betania. Jesús se dirigió a esa parte con sus discípulos y celebró el Sábado en un albergue. Colgaron la lámpara en medio de la sala, cubrieron la mesa con telas culoradas y blancas, y se pusieron sus vestiduras blancas, alrededor de Jesús, que dirigía el orden de la oración. Jesús rezó leyendo en uno de los rollos escritos. Eran como veinte personas. La lámpara ritual ardió todo el día y Jesús exhortó e instruyó durante todo el día a sus oyentes alternando con las preces de costumbre. Se encontraba entre ellos un discípulo de nombre Silvano, que Jesús recibió en su compañía en esta última ciudad. Era de unos treinta años de edad y pertenecía a la familia sacerdotal de Aarón. Jesús lo conocía desde la infancia cuando Santa Ana hizo una fiesta infantil para celebrar la vuelta del Niño Jesús perdido y hallado en el Templo. En esa ocasión conoció a otro futuro discípulo suyo que fue después el novio de Caná de Galilea. Durante el camino hacia Betania Jesús continuó instruyendo a sus discípulos: les habló del Padrenuestro, de la fidelidad a su doctrina y de su próximo viaje a Jerusalén, donde hablaría antes de volver a su Padre celestial. Les anunció que uno de ellos lo abandonaría, pues ya llevaba el ánimo de traicionarlo en su corazón. He visto que todos estos nuevos discípulos le permanecieron fieles. En este viaje sanó a varios leprosos en el camino. Una hora antes de entrar en Betania se detuvo Jesús en aquel albergue donde estuvo tanto tiempo antes de resucitar a Lázaro y donde la Magdalena fue a recibirlo. Ya habían llegado María Santísima, otras mujeres y cinco de los apóstoles: Judas, Tomás, Simón, Santiago el Menor y Tadeo. Con ellos estaban Juan Marcos y otros más. Lázaro no estaba. Los apóstoles le salieron al encuentro y junto a un pozo le lavaron los pies. Enseñó allí mientras hicieron una comida. Las mujeres fueron a Betania y Jesús se quedó con los demás. Al día siguiente no se dirigió todavía a Betania, sino que con los tres jóvenes del viaje a Caldea, fue caminando por los alrededores, mientras otros apóstoles, en dos grupos que presidían Tadeo y Santiago, instruían y sanaban en las casas de los contornos. Los he visto sanar en diversas maneras: a veces poniendo las manos sobre ellos, soplando, extendiéndose sobre ellos, o tomando a las criaturas contra su pecho y soplándoles en el rostro. Jesús, por su parte, sanó en el camino a un endemoniado cuyos padres corrieron tras de Él cuando iba a entrar en un pueblo vecino. Jesús los siguió hasta el patio de su casa donde se encontraba el poseso, el cual comenzó a enfurecerse, saltando de un lado a otro y trepando por las paredes. La gente quería sujetarlo y no podía, porque siempre se escapaba. Jesús dijo a los presentes que salieran y lo dejaran a Él con el niño. Cuando estuvo solo, le mandó viniese a su presencia. No quiso al principio acercarse y sacó la lengua contra Jesús. Llamado nuevamente, miró con la cabeza retorcida, sobre los hombros, a Jesús. Este levantó sus ojos al cielo, oró y llamó al endemoniado, que vino echándose de bruces a sus pies. Jesús pasó entonces con uno y otro pie sobre él como si pisara al diablo y se vió salir de la boca abierta del poseso un vapor oscuro que se desvaneció en el aire. En este vapor oscuro vi como tres nudos de los cuales el último era el más fuerte y el más tenebroso. Estos tres nudos estaban unidos entre sí por una cuerda más gruesa y muchos hilos delgados. No encuentro otra comparación que la de un incensario donde estuvieran tres, uno sobre otro, y de ellos saliera el humo para unirse todos en uno en la parte superior. Estaba el niño allí tendido como muerto. Jesús trazó sobre él la señal de la cruz y le mandó levantarse. Se levantó y Juan, tomándole de la mano, se lo entregó a sus padres que estaban en la puerta. Dijo Jesús que les daba al hijo sano, pero que volvería a pedirlo para Sí. Añadió que no pecaran más, pues por causa de los pecados de sus padres había caído el hijo en ese miserable estado. Después se dirigió a Betania y le siguió el joven librado y otros muchos sanados en estos días, como también algunos curados por los apóstoles. Se produjo una verdadera conmoción en Betania, pues los favorecidos publicaban por todas partes los milagros de Jesús. He visto que acudieron a Jesús algunos sacerdotes, lo invitaron a la sinagoga y le entregaron un libro de Moisés para que lo explicara. Habían acudido muchos oyentes, y algunas de las santas mujeres reunidas en Betania. Después pasaron todos a la casa de Simón el leproso de Betania, donde las santas mujeres prepararon una comida en una sala alquilada a este fariseo. Lázaro no estaba presente. Jesús pasó la noche con sus tres discípulos jóvenes en un lugar junto a la sinagoga. Los apóstoles y discípulos fueron al albergue a la entrada de Betania. María Santísima y las otras mujeres se hospedaban en la casa de Marta y Magdalena. La casa donde comúnmente vivía Lázaro estaba cerca de Jerusalén y parecía un castillo rodeado de canales con un puente para entrar en el patio y los jardines. A la mañana siguiente volvió Jesús a enseñar en el local de la escuela, donde estaban también el discípulo Saturnino, Natanael Chased y Zaqueo. Habían traído a Betania a muchos enfermos. Hubo otra comida en casa del fariseo Simón y Jesús repartió los alimentos a los pobres y los invitó a sentarse a la mesa. Esto dió motivo a que los fariseos murmuraran que Jesús era un derrochador y que todo lo repartía entre la chusma. Mientras tanto habían puesto en doble hilera una cantidad de enfermos desde la escuela hasta la casa de Simón el leproso. No había leprosos aquí: éstos se solían colocar en lugares apartados. Los enfermos eran todos hombres. Cuando Jesús se dirigió a éstos le acompañaron tres discípulos: dos a los lados y uno detrás de Él. Jesús fue por una hilera y volvió por otra y sanó en formas diversas a esos enfermos. Delante de algunos pasó de largo; a otros los exhortaba que mejorasen antes de conducta. A unos tocaba y a otros les mandaba levantarse. A un hidrópico le pasó la mano sobre la cabeza y el estómago y volvió a su estado normal, mientras el agua le caía como sudor hasta los pies. Muchos sanados se postraban delante de Jesús. Los que le acompañaban ayudaban y sacaban a los curados. Cuando Jesús terminó, volvió a la escuela e hizo dar lugar a los sanados para que escuchasen su predicación. Desde Betania mandó Jesús a los discípulos de a dos en dos, para que fuesen por los alrededores a enseñar y a sanar; a unos a Betania, y a otros en torno de Betfagé. Jesús con sus tres jóvenes se dirigió al Sur de Betania, a algunas horas de un poblado, donde enseñó. Aquí lo he visto entrar en la casa de un hombre a quien había sanado ya de su mudez y que ahora, por otros desórdenes, había quedado baldado: los dedos de las manos se le habían torcido. Jesús lo amonestó, lo tocó y sanó de su mal. También sanó a varias niñas que yacian pálidas y parecían lunáticas, pues ya reían, ya lloraban, sin motivo para ello. Cuando volvió un poco antes del Sábado a Betania para ir a la escuela a enseñar, yo oí las murmuraciones de los fariseos: que Jesús no podía hacer lo que Dios había hecho en el desierto a los hijos de Israel, es decir, hacer llover maná del cielo. Jesús no pernoctó esta vez en Betania, sino afuera, en el albergue donde estaban los discípulos. De Jerusalén vinieron el hijo del anciano Simeón, llamado Obed, servidor en el templo y discípulo oculto de Jesús; un pariente de Verónica y otro pariente de Juana Chusa. He visto que este fue obispo de Kedar, después de haber vivido bastante tiempo como solitario en aquel lugar donde descansó la Sagrada Familia y se inclinó hacia ellos el datilero. Estos discípulos preguntaron a Jesús por qué se había ausentado tanto tiempo, qué cosas había hecho en aquellos lugares, de las cuales nada se sabía. Les dio una respuesta parecida a esto: que los tapices, alfombras y objetos de precio, si uno los aparta de sí por algún tiempo, se da cuenta de que no los tiene y vuelve a desearlos con mayor voluntad. Añadió que si uno siembra todo lo que tiene en un solo campo puede venir el granizo y se lo lleva todo. Si la enseñanza y la ayuda a los demás se ha hecho en varios lugares, no podrá tan fácilmente perderse todo. Estos discípulos traían la noticia de que el Sumo Sacerdote y los fariseos habían establecido espías alrededor de Jerusalén para tomarlo preso no bien se acercase. Jesús tomó sólo los dos últimos discípulos, Selam de Kedar y Silvano, y se retiró a la posesión de Lázaro en Ginea, adonde ahora vivía retirado. Jesús caminó toda la noche en esa dirección. Lázaro había estado dos días antes entre Betania y Belén, donde los Reyes Magos habían dado descanso a sus bestias. Al saber que Jesús iba a su casa, volvió a Ginea. Jesús ya sabía que esos tres discípulos le traerían la noticia y que se alejaría de Betania. Por esto las dos noches anteriores no pemoctó en Betania, sino afuera. Llegó a la casa de Lázaro antes de aclarar y golpeó al portón de la posesión. Salió el mismo Lázaro, hizo luz y lo llevó a una sala donde lo esperaban Nicodemo, José de Arimatea, Juan Marcos y Jairo, un hermano menor de Obed. Más tarde vi a Jesús con sus dos discípulos en Efrón, donde celebró el Sábado y adonde llegaron desde Betania los apóstoles Andrés, Judas, Tomás, Santiago el Menor, Tadeo, Zaqueo y otros siete discípulos. Cuando Judas Iscariote salió de Betania he visto que María Santísima exhortaba encarecidamente a este apóstol se midiera más, fuese prudente, tuviera cuidado de sus actos y no se mezclase en tantos asuntos. En Efrón he visto que Jesús sanó a ciegos, baldados, mudos y sordos y libró a un endemoniado. Después se fue al Norte de Jericó, donde entró en un refugio para enfermos y pobres. Allí sanó a un anciano ciego, al cual no había curado en otra ocasión cuando sanó a dos ciegos tocando sus ojos con su saliva. Ahora lo curó con su palabra. Del refugio volvió a la posesión de Lázaro y desde aquí, en su compania, a Betania, donde lo aguardaban las santas mujeres.
Las últimas semanas antes de la Pasión. Jesús en el Templo
Vuelto a Betania se dirigió Jesús al día siguiente al Templo para enseñar. La santa Madre lo acompañó un trecho del camino a Jerusalén. Jesús la preparó para la gran aflicción que se acercaba; le avisó que se aproximaba el cumplimiento de la profecía de Simeón: una espada de dolor le traspasaría el alma. Le dijo que lo traicionarían, lo tomarían preso, lo maltratarían y lo harían morir como a un malhechor, y que Ella tendría que presenciarlo todo. Jesús habló mucho tiempo y María estaba sumamente triste. Ya en Jerusalén, Jesús se hospedó en casa de María Marcos, madre del discípulo Juan Marcos, que está como a un cuarto de hora del templo, delante de la ciudad. Al día siguiente enseñó en el templo pública y muy severamente. Ya se habian retirado los farìseos y sacerdotes. Estaban presentes todos los apóstoles, que habían entrado en varios grupos para no llamar la atención. Jesús habló en la sala redonda donde había estado cuando permaneció en el templo a los doce años. Habían traído asientos para los oyentes y se reunieron muchos para escuchar su palabra. Ya empezó para Jesús el tiempo de su Pasión, porque está atormentado internamente por una inmensa tristeza al ver la ingratitud y la obstinación de los judíos. En éste y el siguiente día Jesús pernoctaba fuera de la ciudad en aquella casa junto a las puertas de Belén, donde se refugió María cuando presentó al Niño en el Templo. Había allí varias divisiones unas junto a otras y un encargado mantenía el orden. Cuando iba al templo lo acompañaban solamente Pedro, Santiago el Mayor y Juan. Los demás venían en grupos. Los apóstoles y discípulos volvían por la tarde a la casa de Lázaro en Betania. Al día siguiente enseñó en el templo desde la mañana hasta mediodía y estuvieron también los fariseos. Por la tarde volvió a Betania, donde habló nuevamente con su santa Madre de los sufrimientos que le esperaban. Los vi en una glorieta, en el patio de la casa de Lázaro. En la enseñanza de Jesús en el templo no aparecen públicamente los discípulos ocultos, como Nicodemo, José de Arimatea, los hijos de Simeón y otros. Si no hay fariseos entre los oyentes, ellos escuchan desde cierta distancia y ocultos. Habló Jesús hoy, con una comparación, de un campo donde había crecido la cizaña; que es necesario tratarlo con cuidado para no arrancar el buen trigo junto con la cizaña. Jesús les dijo hoy a los fariseos las verdades tan a propósito que a pesar de su enojo no pudieron menos de reconocer que sabía decírlas. Cuando más tarde continuó su instrucción, los fariseos cerraron la entrada al lugar donde hablaba Jesús para que no acudiesen otros a oírle. Jesús continuó enseñando hasta entrada la noche. No hacía muchos movimientos y hablaba sencillamente, volviéndose a un lado o a otro, hacia los oyentes. Decía que había venido para tres clases de personas, mientras señalaba a tres lados del templo y a tres partes del mundo. Ya en el camino al templo había dicho a los apóstoles que cuando Él se hubiese apartado de ellos, lo buscasen siempre en el mediodía. Pedro, como siempre ìmpetuoso, preguntó qué significaba eso de “mediodía». Jesús contestó: “Al mediodía está el sol sobre nosotros y no produce sombra; pero en la mañana y en la tarde hay siempre sombra y a medianoche oscuridad completa”. Si lo buscaban al “mediodía” lo encontrarían en si mismos, cuando no hubiese sombra allí. Tenían estas palabras otro significado referente a las partes del mundo, pero ya no puedo recordarlo. Los judíos se vuelven más osados. Cerraron la verja que lleva al lugar de la enseñanza y el sitio de la silla. Cuando Jesús volvió al lugar de la enseñanza, al tocar el cancel se abrió solo; lo mismo sucedió al acercarse al sitial. Esta vez había entre los oyentes muchos que fueron discípulos del Bautista y ahora lo eran de Jesús, aunque ocultamente. Jesús habló del Bautista y preguntó qué pensaban ahora de Juan y qué opinaban de Jesús mismo. Quería rectificar sus errores, pero ellos tuvieron miedo de hablar. Habló entonces de un padre que tenía dos hijos para cultivar un campo. Uno de los hijos dijo que sí, pero no fué a trabajar; el otro dijo que no, pero luego se arrepintió de lo dicho y fue a trabajar. Jesús habló largo rato sobre esta parábola. Después de su entrada triunfal recuerdo que volvió a hablar de esta parábola. Cuando al día siguiente volvió de Betania al templo, donde le habían precedido los discípulos para abrir el cancel, un ciego en el camino le pidió salud; pero el Señor pasó de largo. Los discípulos no estaban de acuerdo con este proceder y el Señor tocó en su enseñanza ese punto, y diciendo por qué no lo había escuchado: el hombre está en un estado de ceguera espiritual mucho peor que la ceguera corporal. Habló muy seriamente diciendo que muchos de los que le siguen y acuden a sus ensenanzas no creen en Él, sino que vienen para presenciar alguna maravilla. Añadió que en la hora de la prueba le abandonarían: eran como aquellos que le seguían cuando los alimentó multiplicando los panes y luego lo dejaron. Dijo que ésos podían desde ya apartarse de Él. He visto que después de estas palabras muchos lo dejaron y no quedaron más de unas cien personas en torno de Jesús. He visto llorar a Jesús por causa de este abandono, al volver a Betania. Al día siguiente por la tarde se dirigió Jesús al templo con sólo seis apóstoles, que le seguían detrás. El mismo Jesús ordenó las sillas, quitándolas del camino y la sala, cosa de que se admiraron los apóstoles. Habló sobre esto y añadió que pronto los dejaría. El Sábado siguiente enseñó en el templo desde la mañana hasta la tarde, aparte a los apóstoles y discípulos solos en un local, diciéndoles, con palabras algo veladas, muchas cosas futuras; luego, en la sala general, donde le escuchaban algunos fariseos espiando sus palabras. Al mediodía hizo una pausa. Habló de virtudes aparentes y en realidad falsas, de un amor que es amor propio y avaricia, de una humildad fingida donde no hay sino vanidad y cómo el mal se suele mezclar con el bien con apariencia de virtud. Les dijo que muchos de los que le seguían lo hicieron porque esperaban un reino temporal y obtener un puesto en ese reino sin que les costase mucho trabajo, como la madre de los Zebedeos lo había imaginado para sus hijos. Dijo que no juntasen bienes vanos y perecederos por efecto de avaricia: he visto que hablaba para Judas Iscariote. Refiriéndose al ayuno, a la mortificación y a la oración dijo que no debe hacerse con hipocresía, recordando el enojo de los fariseos cuando un año atrás se escandalizaron de haber visto a los apóstoles hambrientos que restregaban entre sus manos unos granos de trigo para acallar el hambre. Repitió muchas enseñanzas de antes y explicó otras que antes no habían podido entender. Habló también de su ausencia, alabando la buena compañia de sus tres jóvenes acompañantes, su obediencia y su silencio, y dijo que habían realizado todos esos viajes en la mayor unión y paz. Habló de esto con mucha ternura. Luego volvió a hablar del final de su misión, de su Pasión y de su muerte: que antes sería su entrada triunfal en Jerusalén. Dijo que lo maltratarían de un modo inhumano; que era necesario que sufriese mucho para satisfacer por todos los pecados del mundo. Recordó a su santa Madre, cómo y cuánto debía Ella sufrir con Él. Mostró la honda miseria y perversidad del hombre y cómo sin sus sufrimientos nadie podría ser justificado. Al decir que sus sufrimientos eran para satisfacer, los fariseos no pudieron contenerse, comenzaron a hablar con sorna y a tumultuar: algunos salían afuera y conjuraban con gente de la chusma. Jesús tranquilizó a sus discípulos diciéndoles que no se preocuparan, que nada podían hacer ahora contra Él, porque su tiempo no había llegado: que esto formaba parte de sus sufrimientos. Habló, sin nombrarla, de la casa donde celebrarían la Pascua, que sería luego casa de reunión y donde recibirían al Espiritu Santo. Habló de una reunión, de una comida y una bebida, y cómo Él quedaría por ella eternamente entre los hombres. Habló de sus discípulos ocultos, como los hijos de Simeón, Nicodemo, José de Arimatea y otros, y los disculpó diciendo que esto era un bien ahora, ya que tenían ellos que cumplir con encargos y una misión que no hubiesen podido cumplir en otras condiciones. Como entrasen algunos venidos de Nazaret y se pusieran a escuchar la enseñanza de Jesús, Él se volvió y dijo que no había en ellos ninguna voluntad ni seriedad, sino que se habían combinado a entrar por pasatiempo y curiosidad. Cuando quedó solo con sus apóstoles, les anunció cosas que les sucederían después que Él hubiese vuelto a su Padre. A Pedro le dijo que tendría mucho que sufrir, pero que no se espantase y se mantuviese fiel hasta el fin: que gobernase la pequeña comunidad, la cual se aumentaría grandemente. Le dijo que permaneciese tres años con Juan y Santiago el Menor en Jerusalén para atender a la Iglesia en formación. Habló del discípulo que primero daría su sangre por Él, sin nombrar a Esteban. Habló de otro que se habría de convertir y trabajar después más que muchos otros, por su nombre, sin nombrar a Pablo. Los apóstoles no podían comprender estas cosas futuras. Anunció que perseguirían a Lázaro y a las santas mujeres, y dijo a los apóstoles adónde debían ir en la primera mitad del año, después de su muerte. Pedro, Juan y Santiago el Mayor debían permanecer en Jerusalén. Andrés y Zaqueo debían ir al país de Galaad. Felipe y Bartolomé a Gessur, en los confines de la Siria. Vi en este momento cómo estos cuatro apóstoles, pasando el Jordán junto a Jericó, fueron al Norte. Felipe sanó en Gessur a una mujer enferma; fue muy apreciado al principio, y luego perseguido. No lejos de Gessur estuvo Bartolomé y fue también a los de su casa. Era descendiente de un rey de esta ciudad, emparentado con David. Bartolomé era muy fino y delicado en el trato con los apóstoles. Estos cuatro apóstoles no permanecieron juntos, sino que misionaban en diferentes lugares de la misma comarca. Galaad, adonde se dirigieron Andrés y Zaqueo, no estaba lejos de Sella, donde había pasado Judas Iscariote parte de su niñez. Santiago el Mayor con otro discípulo debía tomar el Norte de Cafarnaúm e ir a las comarcas de los paganos. Tomás y Mateo debían ir primero a Éfeso para preparar el país adonde debía trasladarse la Virgen Santísima y donde habría más tarde muchos fieles. Los apóstoles se extrañaron que dijese que María iría a vivir a Éfeso. Tadeo y Simón debían ir primero a los samaritanos. A esos lugares nadie quería ir: preferían ir a lugares de paganos solos. Les dijo que dos veces se reunirían en Jerusalén antes de separarse para predicar en los pueblos infieles. Habló también de un hombre que en Samaria haría muchos prodigios parecidos a los suyos, por el poder de Satanás. Este hombre se querrá convertir y que lo recibiesen, pues también el diablo debía dar gloria a Dios. Hablaba de Simón el Mago, pero sin nombrarlo. Durante esta enseñanza los apóstoles preguntaban varias cosas, como hacen los discípulos a su Maestro, y Jesús les explicaba lo necesario. Todo procedía con sencilla naturalidad. Tres años después de la muerte de Jesús se reunieron los apóstoles en Jerusalén. Después Pedro dejó la ciudad y Juan se trasladó con María a Efeso. En Jerusalén se levantó la persecución contra Lázaro, Marta y Magdalena que habitaba aquella gruta solitaria donde vivió Isabel cuando huyó con el niño Juan al desierto. Los apóstoles habían reunido en los primeros tiempos todo lo que pertenecía a la primitiva Iglesia. En la mitad del tiempo de la vida de María en Efeso, es decir, al sexto año de la Ascensión, se reunieron otra vez los apóstoles en Jerusalén. Compusieron el Credo, ordenaron muchas cosas, dieron destino a las que poseyeron antes, y asignaron los jefes de las cristiandades que se formaban: luego partieron a lejanos países. En la muerte de María volvieron a encontrarse por última vez reunidos en la tierra. Cuando Jesús terminó de hablar y dejó el templo, estaban los fariseos apostados en la puerta y en el camino, esperando para apedrearlo. Jesús se sustrajo de su vista, se dirigió a Betania y en los tres siguientes días no volvió al templo. Quería dejar a los discípulos tiempo suficiente para pensar y reflexionar en todas las cosas que les había enseñado y las futuras que les predijo. En efecto, acudieron a Él pidiéndole explicaciones, y Jesús les mandó que anotaran las cosas futuras. He visto que Natanael de Caná, que era muy diestro en escribir, hacía anotaciones. Yo me admiré que no las hiciera Juan u otro apóstol, sino un discípulo. Natanael recibió después del bautismo otro nombre. En estos días llegaron tres hombres jóvenes desde la ciudad caldea de Sidkor a la casa de Lázaro y fueron alojados en el albergue de los discípulos. Estos jóvenes eran de contextura más esbelta, grande y ágil que los habitantes de Judea. Jesús habló con ellos y los dirigió al centurión de Cafarnaúm que había sido pagano y ahora creyente: él les enseñaría. He visto como este hombre en efecto contó la curación de su criado y les dijo por qué no había querido que Jesús entrase en su casa. Se celebraba precisamente en su casa cierta fiesta pagana y le daba vergüenza hacer entrar a Jesús, al Hijo de Dios, en la casa de un gentil. He visto que cinco semanas antes de la Pascua de los judíos tenían los paganos sus bacanales donde se entregaban a todas las orgias y desórdenes. El centurión Cornelio, después de su conversión, destruyó todos los ídolos, entregando al templo los metales y muchas limosnas. Estos tres caldeos volvieron, después de algunos dias, a Betania, y de allí regresaron a Sidkor donde reunieron a otros creyentes de la doctrina de Jesús y se retiraron a vivir con todo lo que tenían al país del rey Mensor. Jesús, que había ido al templo con sólo los tres jóvenes discípulos, se dirigió ahora al templo con todos los apóstoles y discípulos. He visto a los fariseos abandonar el sitial de enseñanza en presencia de Jesús y desde detrás de las columnas espiar sus palabras cuando anunciaba a los apóstoles su pasión y su muerte. Junto a las paredes del pórtico, delante de la entrada al templo, tenían su despacho siete u ocho despenseros que vendían artículos de comida y una bebida roja en pequeñas botellas. Eran vendedores de estos artículos; en cuanto a si eran buenos o malos no sabría decirlo; pero he visto que los fariseos con frecuencia se acercaban a ellos. Como Jesús, que había pernoctado en Jerusalén, llegó esta mañana con todos los suyos al templo y vio a estos mercaderes, les mandó que sacaran de allí todos sus articulos. Como no se dieran por entendidos, Él mismo amontonó todas esas cosas y las hizo llevar de allí. Cuando llegó al templo estaba el sitial ocupado por otro, el cual lo abandonó tan pronto como si alguien lo hubiese obligado por violencia. Al Sábado siguiente volvió a enseñar en el templo después que los judíos habían terminado sus actos y habló hasta entrada la noche. Se refirió, en esta ocasión, a su breve estadía entre los paganos, dando a entender cuán bien le habían recibido allí y cómo abrazaron su doctrina. Dijo que podían ser testigos de lo que afirmaba los tres jóvenes que acababan de venir del país de los caldeos. Estos jóvenes no habían podido ver a Jesús en Sidkor; pero por sólo oír a los demás las maravillas de Jesús, se determinaron a venir hasta Betania para instruirse. Al dia siguiente Jesús hizo cerrar tres columnas del local de la enseñanza para hablar a solas con sus apóstoles y discípulos. Repitió sus enseñanzas del verdadero ayuno y del modo de hacerlo de los fariseos y habló de su ayuno en el desierto. Recordó varios episodios de sus viajes, de cómo llamó a los apóstoles y para qué fin los llamó. Tomó luego algunos grupos. Con Judas habló pocas palabras, porque éste traia ya la traición en su corazón: estaba irritado y acababa de hacer contrato con los fariseos. Después se dirigió a los discípulos y les habló de su misión. Los veo a todos muy tristes. La Pasión de Jesús debe estar muy cerca. Esta última enseñanza de Jesús antes del Domingo de Ramos duró cuatro horas. El templo estaba lleno de gente y todos los que querían podían escuchar su palabra. Muchas mujeres oían desde un lugar separado por una reja. Jesús volvió a explicar muchas cosas de las que ya había enseñado y obrado. Habló del hombre sanado en la piscina de Betesda, y dijo por qué lo hizo en aquel tiempo. Habló de la resurrección del hijo de la viuda de Naím y cómo éste le siguió en seguida, y aquella no. Luego dijo que Él mismo seria abandonado por los suyos, pero que primero iba a hacer su entrada triunfal en Jerusalén, donde los niños, que hasta entonces no habían hablado, lo aclamarían. Muchísimos cortarian ramas de los árboles palmas para echarlas a su paso; otros pondrían sus propios vestidos. Declaró que los que cortarían ramas para ponerlas en su camino no le serían fieles. Aquellos que se quitarían sus propios vestidos, se despojaban de su propio querer y permanecerían fieles. No dijo que montaría en un asno: por eso pensaban ellos que entraría en Jerusalén en un soberbio corcel o en camello, como los Reyes Magos. Se promovió con este motivo un murmullo y cuchicheo. No tomaron tampoco a la letra lo de los quince dias y pensaban en un tiempo más largo. Jesús les repitió: “Tres veces cinco días». Todas estas cosas fueron motivo de gran agitación entre los escribas y fariseos. Celebraron un consejo en casa de Caifás y emanaron un decreto prohibiendo a todos recibir y hospedar en sus casas a Jesús y a sus discípulos. Mandaron espías y gente que custodiasen las puertas y por esto Jesús se mantuvo oculto en casa de Lázaro en Betania.
Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén
Jesús se mantuvo oculto con Pedro, Juan, Santiago y Lázaro en los mismos cuartos subterráneos donde se ocultó Lázaro después de su resurrección, porque lo perseguían. La Virgen Santísima, con seis de las santas mujeres, se mantuvo también oculta en casa de Lázaro durante esos días. Estos lugares escondidos estaban detrás de la casa de Lázaro, y arreglados para ser habitados cómodamente. Jesús, Lázaro y sus tres apóstoles ocupaban un gran espacio sostenido por columnas, donde ardían algunas lámparas. Las santas mujeres ocupaban un ángulo separado del resto por una verja. De los demás discípulos, algunos estaban en el albergue que tenían fuera del poblado y otros en distintos lugares. Jesús anunció que mañana sería el día de su entrada triunfal: mandó que llamasen a todos los apóstoles y discípulos, y habló largamente con ellos. Los apóstoles estaban tristes. Con Judas se manifestó amable y hasta le dio el encargo de ir a avisar a los apóstoles y discípulos que faltaban. Estos encargos le gustaban mucho, pues le agradaba hacerse importante y aparecer como capaz. Después enseñó Jesús a Lázaro y a las santas mujeres una parábola. Comenzó hablando del Paraiso terrenal, de la caída de Adán y Eva y de la promesa del Redentor. Habló del aumento y crecimiento del mal y del pequeño número de los fieles trabajadores en el jardín de Dios. Luego enlazó con esto la parábola del Rey que tenía un magnifico jardín, al cual vino una mujer que mostró al rey un espléndido jardín de especias aromáticas, que lindaba con las posesiones del rey. Esta mujer dijo al rey: “Si ese hombre sale del país, conviene que el rey compre su jardín y establezca en él su plantación de aromas”. El rey, empero, quería plantar ajos y cebollas en el jardin de ese pobre hombre que estimaba tanto su jardín plantado de especies aromáticas, y que lo tenía por lugar sagrado destinado sólo a plantas nobles. El rey mandó llamar al dueño del jardín, pero éste no quería dejar su posesión ni salir de allí. Yo he visto a este hombre cómo cultivaba su jardín y lo cuidaba él mismo. Fue perseguido en todas las formas y hasta quisieron apedrearlo en su propio jardín, de modo que el hombre enfermó de pena y dolor. Finalmente sucedió que el rey perdió su padre y todo lo que tenía; en cambio, el jardín y todas las cosas del pobre hombre prosperaron grandemente. En ese momento vi esta bendición sobre el hombre en forma de un árbol hermoso que fue creciendo hasta cubrir la superficie de la tierra. Toda la parábola yo la veía desarrollarse como una realidad y la prosperidad de ese hombre como un brotar, crecer, propagarse y desarrollarse, y cómo de allí se regaba el mundo, recibía luz, rocío, lluvia y fecundidad. Esta bendición se propagó hasta las más lejanas comarcas. Jesús explicó la parábola diciendo que Satán y su reino del mal es ese rey que maltrata al Hijo de Dios, o quien el Padre mismo le ha confiado el jardín para cultivarlo. Dijo que así como el pecado y la muerte habían comenzado en un jardín, asi comenzaría la Pasión de Aquel que tomó sobre Sí el pecado, en un jardín, y que el triunfo se completaría con la Resurrección en un jardín. Después de esto hubo una comida parca, y siendo ya oscuro los discípulos se retiraron en los departamentos de la casa de Lázaro. A la mañana siguiente envió Jesús a los discípulos Eremenzear y Silas a Jerusalén, a través de los jardines y posesiones de Betfagé, por caminos no reales para que abriesen canceles y barracas y dejasen expedito el tránsito a Jerusalén. Les dijo que en el camino a Betfagé, junto al albergue, a través del cual va el camino, encontrarían una asna con su pollino en la pradera: que la asna la ataran al vallado y si alguien preguntara por qué lo hacían, contestaran que el Señor lo mandaba. Mandóles que el camino lo aparejasen y preparasen hasta el templo, y luego volviesen. Yo he visto cómo estos dos discípulos prepararon el camino, abrían las tranqueras y quitaban todo estorbo. El albergue grande, en cuyas praderas estaban la asna y el pollino, tenía un patio con un pozo. La asna pertenecía a un extranjero que al ir al templo la había dejado allí. Los discípulos ataron la asna y al pollino lo dejaron libre. Los he visto después ir sacando todo estorbo del camino hasta cerca del templo. Los mercaderes de comestibles que Jesús había echado del templo habían vuelto a ocupar su lugar. Los discípulos fueron sin más a ellos y les dijeron que debían desocuparlo porque el Señor haría su entrada triunfal. Cuando hubieron cumplido todo esto se volvieron por el camino principal a Betfagé. Mientras tanto Jesús había mandado a una parte de los apóstoles más fieles por el camino común a Jerusalén para que anunciasen la entrada triunfal a María Marcos, Verónica, Nicodemus, a los hijos de Simeón y a otros amigos. Luego se dirigió Jesús con todos los demás apóstoles a Betfagé. Las santas mujeres, con la Santísima Virgen a la cabeza, siguieron a Jesús a cierta distancia. Cuando Este llegó a una casa del camino, con patio, pórtico y galerías, se detuvo y dio varias órdenes. Envió a dos discípulos con mantas, que habían traído de Betania o Betfagé, para que con ellas enjaezaran a la asnilla diciendo al dueño que el Señor necesitaba ese animal. Luego habló a la gente que se iba reuniendo, desde esas galerías abiertas, donde se habían acomodado, con María Santísima y las santas mujeres. Jesús estaba levantado sobre la gente que lo rodeaba. Toda la casa estaba adornada de ramas, palmas, hojas y flores; las paredes estaban cubiertas de colgaduras. Jesús habló de la prudencia y previsión; del uso del buen criterio, porque los discípulos le preguntaron por qué tomaba estos senderos vecinales. Les dijo que debían evitarse los peligros y procurar por sí mismos ayudarse y no dejarlo todo a la aventura. Por eso había mandado preparar el camino, buscar la asna y hacerla atar. Jesús ordenó el cortejo. A los apóstoles los hizo caminar de a dos a su lado, diciéndoles que debían representarlo después de su muerte en la comunidad. Pedro era el primero; luego, aquellos que irían a las partes más lejanas a predicar el Evangelio. Los últimos delante con Jesús eran Juan y Santiago el Menor. Todos llevaban ramas de palmas. Cuando los dos discípulos de Betfagé vieron que venía el Señor, fueron a su encuentro con la asna y el pollino. Sobre el animal pusieron mantas, de modo que sólo se veía la cabeza y la cola. Jesús se revistió entonces la Vestidura blanca de fiesta que llevaban los discípulos: se acomodó la ancha faja con signos y letras y una estola que llegaba hasta los pies terminada en una especie de escudo bordado en los cabos. Los dos discípulos le ayudaron a sentarse sobre el animal, que no tenía riendas, sino sólo una tela angosta al cuello, colgando hacia abajo. No sé decir si Jesús montó la asna o el pollino, pues ambos eran de igual estatura y un animal caminaba al lado del otro. Eliud y Silas iban a los lados de Jesús y Eremenzear detrás: a éstos seguían los nuevos discípulos que Jesús había traído o recibido en los últimos tiempos. Cuando el cortejo estuvo en orden, la Virgen Santísima, que siempre se mantenía humilde y última, se puso esta vez a la cabeza de las santas mujeres. Comenzaron a cantar mientras caminaban y la gente que se había reunido en Betfagé se unió ahora a la procesión. Jesús les dijo nuevamente que observasen a los judíos cuáles eran los que agitaban sólo ramas y las ponían a su paso: cuáles extendían sus vestidos, y cuáles hacían ambas cosas a la vez. Los últimos serían los que no solamente con su propia abnegación, sino también con sus riquezas mundanas buscarían la honra de Dios. Cuando uno va de Betania, Betfagé queda a la derecha, mirando hacia Belén. El Huerto de los Olivos separa los dos caminos. Estaba en un terreno bajo y húmedo y formaba un villorrio pobre de pocas casas a ambos lados del camino que va a Jerusalén. La casa de donde sacaron la asna está apartada algo del camino, en una hermosa pradera. El camino se eleva desde allí y baja hacia el valle, en las colinas entre el Huerto de los Olivos y Jerusalén, Jesús esperó entre Betfagé y Betania. Los dos discípulos esperaron detrás de Betfagé, donde llevaron la asnilla. En Jerusalén, los mismos mercaderes que habían desalojado Eremenzear y Silas de sus puestos de venta, porque el Señor iba a entrar solemnemente, se pusieron a adornar el camino: removieron algunas piedras del piso y plantaron arbustos y ramas largas, uniéndolas por arriba en forma de arcos y colgaron de ellos frutas amarillas parecidas a manzanas. Los discípulos enviados a Jerusalén avisaron a muchos de la entrada de Jesús, y ahora salían al encuentro del Maestro, como también muchos forasteros que habían llegado para las próximas fiestas de Pascua. Todos se dirigían hacia el lado de la ciudad por donde iba a entrar Jesús. Muchos extranjeros habían acudido también para ver a Jesús, por haber sabido la resurrección de Lázaro que era muy conocido. Ahora que había corrido la voz de que Jesús se acercaba a Jerusalén, todos ellos salieron a su encuentro. El camino de Betfagé a Jerusalén, va a través del Huerto de los Olivos, que era una elevación, pero no tan alta como la altura donde se asentaba Jerusalén. Saliendo de Betfagé por el Huerto de los Olivos se ve el templo al final del hermoso camino, bordeado de árboles, jardines y huertos. Los que salían de la ciudad iban al encuentro de los que formaban el cortejo de Jesús, que avanzaba cantando salmos. En ese momento salían también algunos sacerdotes con sus vestiduras y quisieron detenerlos: quedaron un momento perplejos, mientras los sacerdotes se dirigieron a Jesús pidiéndole razón de su proceder y por qué no impedía esos cantos, esas aclamaciones y ese tumulto de gente. Jesús les contestó que si ellos callaran, hablarían las piedras del camino. Con esto se retiraron los sacerdotes. El Sumo Sacerdote reunió al consejo. Llamaron a los parientes de los que seguían a Jesús, hombres, mujeres y niños, como también de aquellos que salieron al encuentro de Jesús desde Jerusalén, los encerraron en el gran patio y enviaron gentes para espiar lo que pasaba en la procesión de Jesús. De entre las turbas que aclamaban a Jesús muchos arrancaban ramas y palmas y las ponían en el suelo, camino hacia el templo, y se quitaban el manto y otros vestidos exteriores para ponerlos al paso de Jesús. He visto a algunos que se quitaban hasta las prendas de vestir de medio cuerpo arriba. Los niños abandonaron la escuela y se mezclaron con la turba. La Verónica, que tenía dos hijos consigo, se quitó hasta el velo que traía y lo puso en el camino, y he visto que les sacó ropas a sus niños para echarlos al paso del Señor. Se unió a las santas mujeres que venían detrás: conté diecisiete. El camino tenía ya tantas ramas, hojas, mantos y géneros que era todo como alfombrado, pasando bajo arcos de triunfo hechos con ramas de los árboles. He visto que Jesús lloró al pensar que tantos que hoy le aclamaban, pedirían muy pronto su muerte. Lloraban los apóstoles al decirles Jesús que uno de ellos lo vendería a sus enemigos. Lloró Jesús al ver el templo que pronto iba a ser destruido. Cuando Jesús llegó a las puertas de la ciudad el júbilo y el clamor de las turbas fue en aumento. Empezaron a poner a su paso a enfermos de todas clases. Jesús tuvo que detenerse con frecuencia, desmontar y sanar a todos indistintamente. Entre la turba jubilosa he visto que se habían mezclado algunos enemigos de Jesús, que gritaban y promovían tumulto. Al acercarse al templo, el adorno era aún más vistoso. Habían dispuesto a los lados del camino lugares cercados; entre plantas y árboles habían dejado corretear corderitos adornados con cintas que solían tener para vender y usar en los sacrificios. Había corderos, ovejas y aves de cuellos largos. Eran los mejores animales que solían elegirse para vender y ofrecer en los sacrificios. El camino desde la puerta de la ciudad hasta el templo, que puede hacerse en menos de media hora, duró tres largas horas. Los enemigos de Jesús entre tanto habían hecho cerrar todas las puertas de la ciudad, de modo que cuando desmontando Jesús cerca del templo, quisieron los discípulos devolver la asna y el pollino, no pudieron salir; las mujeres tampoco. No se volvieron a abrir hasta la tarde. Ahora estaban todos en el templo: las santas mujeres entraron también. Todos tuvieron que quedar sin comer ese día, pues los fariseos habían cerrado las salidas hasta la tarde. Magdalena estaba sumamente preocupada de no poder ofrecer bebida o alimento a Jesús. Cuando a la tarde abrieron las puertas, las santas mujeres volvieron a Betania y más tarde llegó también Jesús con los apóstoles. Magdalena, a la que vi tan afligida por Jesús, preparó una comida para el Señor y los discípulos. Siendo ya oscuro entró Jesús en el patio de Lázaro, y la Magdalena llevóle agua en una palangana, le lavó los pies y los secó con un paño que tenía sobre los hombros. Luego pasaron a tomar una refección, ya que no fue una verdadera comida. Nuevamente la Magdalena se acercó a Jesús y derramó sobre su cabeza un ungüento muy precioso. He visto que Judas, al pasar junto a ella, murmuraba de esta acción, y que Magdalena le dijo que nunca podría olvidar lo que Jesús había hecho por ella y por su hermano Lázaro. Se retiró Jesús al albergue de Simón el leproso donde se había reunido mucha gente y allí enseñó. De aquí pasó al albergue de los apóstoles, donde habló un corto tiempo, regresando después a la casa del llamado Simón, curado de la lepra. Cuando al día siguiente volvió con los apóstoles a Jerusalén, tuvo hambre: a mi me pareció entender que tenía hambre de la conversión de los judíos y ansias de morir por ellos. Había deseado haber completado la obra de su Pasión y Muerte, que comprendía debía ser pesada y le causaba temor. Se acercó a una higuera del camino, y viendo que no tenía más que hojas, sin fruto, la maldijo diciendo que de ella no nazca jamás fruto. A los que no creyeren en Él les pasaría lo mismo. Conocí que la higuera era en este caso la antigua ley que debía ser reemplazada por la vid de la nueva cristiana ley de gracia. En el camino al templo vi todavía muchos arcos, gallardetes y ramas de ayer. En la primera galería delante del templo se habían instalado de nuevo muchos vendedores. Algunos tenían canastos en sus espaldas o cajones que abrían y ponían sobre caballetes que traían también consigo. He visto sobre las mesas las monedas unidas de diversas maneras con cadenitas, ganchos o tiras de cuero: tenían figuras dibujadas o grabadas, amarillentas, oscuras, blancas y de otros colores. Creo que eran monedas para colgarse y adornarse. Vi grandes canastos con aves, unos sobre otros, y en un pórtico terneros y otros animales para el sacrificio. Jesús mandó a toda esa gente que saliera afuera, y como tardaran en hacerlo, retorció una faja y con ella los arrojó del templo. Mientras Jesús enseñaba en el templo, algunas personas distinguidas de Grecia mandaron un enviado a Felipe para que preguntara a Jesús dónde y cuándo podían hablar con Él, ya que no podían entrar en el templo por ser paganos. Felipe se lo dijo a Andrés y éste al Señor, el cual contestó que estuviesen junto a la casa de Juan Marcos cuando saliese para dirigirse a Betania. Jesús siguió su enseñanza. Se notaba en Él un aire de profunda tristeza. Cuando en un punto juntó las manos y miró a lo alto, vio el rayo de una nube brillante descender sobre Él y se oyó como el eco de una voz. El pueblo vio la luz, miró admirado a lo alto y se preguntaban unos a otros. Jesús continuó su prédica y la visión se repitió varias veces. Después lo vi descender del sitial, mezclarse entre sus apóstoles y salir inadvertido del templo entre la multitud. Cuando Jesús enseñaba, los discípulos le ponían un manto blanco. Cuando terminaba de hablar, le quitaban ese manto festivo y así podía Jesús pasar fácilmente inobservado por entre la multitud. Alrededor del sitial de la enseñanza había tres gradas para sentarse los oyentes. Las barandillas de estas tres gradas estaban adornadas con varias figuras de tallas. En el templo no había figura o estatua alguna: sólo adornos de vides, racimos de uvas, animales que se ofrecían en el sacrificio y niños fajados, como he visto también en algunos bordados de María Santísima. (Quizás Moisés salvado de las aguas). Era pleno día cuando Jesús se encontró con sus discípulos en la casa de Juan Marcos. Acudieron los griegos y Jesús habló con ellos por espacio de algunos minutos. Entre ellos había algunas mujeres que se mantuvieron detrás de los hombres. He visto que estos hombres se convirtieron y fueron de los primeros en hacerse bautizar después de Pentecostés.
Nueva unción de María Magdalena
Jesús estaba lleno de tristeza cuando fue con sus apóstoles a Betania para el Sábado. Cuando predicaba en el templo debían los judíos, según la orden del Sanedrín, cerrar sus casas, prohibiéndoles recibir a Jesús o a sus apóstoles ni darles nada de comer o beber. En Betania fueron al albergue de Simón el leproso, donde hubo una comida. La Magdalena, siempre llena de compasión por las penas de Jesús, le salió al encuentro en la puerta, vestida de penitenta, con la faja y con los cabellos sueltos debajo de su velo negro. Se echó a los pies del Señor, y le limpió los pies del polvo del camino con sus cabellos, como limpiaría uno los zapatos con el cepillo. Hizo esta acción delante de todos, aunque algunos la criticaban, juzgándola torcidamente. Se dispusieron para el Sábado, se pusieron sus vestidos rituales, rezaron bajo la lámpara y se sentaron a la mesa. Hacia el fin apareció de nuevo detrás del Señor la dolorida y angustiada Magdalena, llena de amor compasivo hacia el Señor. Rompió un recipiente, lleno de exquisito perfume, sobre la cabeza de Jesús, y el resto lo vació sobre sus pies, los que volvió a secar con sus cabellos sueltos. Hecho esto, abandonó la sala. Algunos se escandalizaron, especialmente Judas, que trató de ganar para su idea a Mateo, a Tomás y a Juan Marcos; pero intervino Jesús, que alabó la acción de María Magdalena. Estas unciones las hizo varias veces con Jesús, aunque no se hable de ellas en los Evangelios. Muchas cosas que están una sola vez, incluso las parábolas, fueron hechas o dichas en varias ocasiones. Después de la comida y de la oración, los apóstoles y discípulos se dispersaron. Judas Iscariote corrió esa misma noche a Jerusalén. Lo he visto en la oscuridad, lleno de envidia y de avaricia, caminando por el Huerto de los Olivos. Me parecía que lo acompañaba un resplandor siniestro iluminándole el camino: era Satanás que le guiaba. Corrió a la casa de Caifás y habló un breve rato allí. No solía detenerse mucho en un lugar. Luego se encaminó a la casa de Juan Marcos, como si llegase como los demás apóstoles, para pedir albergue. Fue esta su primera entrega o compromiso formal de traición. Cuando al día siguiente por la mañana los apóstoles acompañaron a Jesús al templo, vieron que la higuera se había secado desde las raíces, a causa de la maldición recibida, y los discípulos se maravillaron. He visto detenerse junto al árbol a Pedro y Juan, y como Pedro expresara su admiración, les dijo Jesús que si tenían fe podrían obrar mayores maravillas: hasta a los montes podían echarlos al mar. Dijo varias cosas más sobre el caso y el significado de la higuera, sus hojas y sus frutos. En Jerusalén había mucha gente: había cultos por la mañana y por la tarde y Jesús enseñaba entre uno y otro tiempo. Si había alguno allí, se levantaba y se iba, y Jesús se sentaba en el sitial; pero al hablar al pueblo solía estar de pie. Mientras enseñaba hoy, vinieron algunos sacerdotes y escribas, quienes le preguntaron quién lo autorizaba para reunir gente y enseñar en el templo. Jesús les contestó: “Yo también quiero haceros una pregunta: si me contestáis. os contestaré vuestra pregunta”. Jesús les preguntó en nombre de quién bautizaba Juan, y como ellos no quisieron comprometerse en contestar, Jesus les dijo que tampoco Él contestaba. En su enseñanza de la tarde trajo la parábola del dueño de la viña y la de los trabajadores que desecharon la piedra angular. En la explicación dijo que los fariseos eran los trabajadores de la viña que matan al Hijo del Rey y Dueño de la viña. Se llenaron de tanta ira que estaban resueltos a echar las manos sobre Él, pero no se atrevieron porque notaron que el pueblo estaba con Jesús. Resolvieron buscar a cinco hombres partidarios de los fariseos, siervos de los herodianos; éstos debian hacer preguntas capciosas para tener ocasión de acusarle y prenderle. Cuando Jesús al oscurecer se volvió a Betania, salieron algunas personas caritativas a su encuentro y le ofrecieron bebida. Pernoctó en el albergue de los apóstoles. Al día siguiente estuvo Jesús enseñando por tres horas en el templo, explicando la parábola de la gran cena de bodas. Estaban presentes los espías de los fariseos. Jesús, al terminar, volvió a Betania y enseñó aún allí. Cuando al otro día volvió al templo e iba a subir las gradas del sitial, se le acercaron los cinco espías y le preguntaron si debían pagar el tributo al César. Jesús les pidió mostrasen la moneda. Uno de ellos sacó del bolsillo del pecho una moneda amarilla grande como un táler prusiano y le mostró la figura del César grabada. Jesús les dijo que debían dar al César lo que era del César. Después habló del reino de Dios, semejante a lo que hace un hombre que planta y cuida un árbol, que crece y se propaga; pero que a los judios ya no vuelve. Sólo los que se convierten pueden llegar al reino de Dios. El reino pasará a los gentiles: vendrá tiempo en que en Oriente todo será oscuro y en Occidente luminoso. Les dijo que el bien debían hacerlo en secreto como Él les había dado ejemplo: que recibirían el premio al pleno día. Añadió que elegirían a un asesino y lo desecharían a Él. Más tarde vinieron siete saduceos trayéndole la cuestión de la mujer que había sobrevivido a sus siete maridos. Jesús les contestó que después de la resurrección no habría casamientos ni bodas, y que Dios es Dios de vivos y no de muertos. Todos se maravillaban de sus enseñanzas. Los fariseos salieron de sus asientos y celebraron un consejo. Uno de ellos, llamado Manasés, que tenía un empleo en el templo, se acercó a Jesús y preguntó cortésmente cuál era el principal mandamiento de todos. Como Jesús le contestase, el hombre alabó la respuesta de Jesús, de corazón, sin fingimiento. Jesús dijo que Manasés no estaba lejos del reino de Dios. Habló aún del Mesías y de David y terminó su enseñanza. Todos estaban llenos de admiración y no sabían qué responder. Cuando Jesús bajó del sitial, un discípulo le preguntó: “¿Qué significa: tú no estás lejos del reino de Dios, que dijiste a Manasés’?” Jesús contestó: “Manasés será creyente, y me seguirá; pero por ahora no hablen de ello». He visto que Manasés desde aquella hora no actuó más contra Jesús, se mantuvo indeciso y retirado hasta después de la Ascensión, época en que se declaró por Jesús y se unió con los apóstoles. Era un hombre de unos cuarenta a cincuenta años de edad. Jesús se retiró por la tarde a Betania, comió con los apóstoles en casa de Lázaro, fue luego al albergue donde estaban reunidas las mujeres, enseñó hasta entrada la noche y pernoctó en el albergue de los apóstoles. A las santas mujeres las he visto con frecuencia rezando juntas bajo el emparrado de la casa de Lázaro, mientras Jesús enseñaba en Jerusalén. En la oración tenían cierto orden: a veces estaban todas juntas de pie, o de rodillas, y a veces se apartaban unas de otras o se sentaban. Al día siguiente estuvo Jesús unas seis horas en el templo enseñando. Los discípulos, animados por las palabras de ayer, preguntaron hoy qué queria decir: “Venga a nos el tu reino». Jesús habló largo tiempo diciendo que Él y su Padre son como uno y que Él pronto se irá al Padre. Preguntaron: “Si tu Padre y Tú son una misma cosa, ¿por qué dices que vas al Padre?» Jesús habló de su misión: que ahora se alejaba de la humanidad, de la carne, y que quien se aparta de su propia naturaleza, por Él y en Él, éste se vuelve también al Padre. Habló de esto tan tiernamente, que los apóstoles entusiasmados reclamaron: “Nosotros queremos propagar tu reino hasta los confines del mundo». Jesús les dijo: “El que así habla, no hace nada». Se pusieron entonces pensativos. Jesús les explicó: “Nunca debéis decir: Yo he echado demonios en tu nombre; yo he hecho esto o aquello: las obras buenas no deben hacerse siempre en público». Recordó cómo en su última ausencia había hecho muchas cosas y que ellos siempre querían que volviese a su patria y a Jerusalén, aun cuando por causa de la resurrección de Lázaro, lo habrían matado también a Él. ¿Cómo, entonces, se hubieran cumplido las cosas que están todas predichas? Ellos observaron: ¿Cómo entonces se daría a conocer su reino si debían hacer todas las cosas en secreto? Yo no recuerdo ahora bien su respuesta; pero vi que se pusieron pensativos y tristes. Hacia el mediodía salieron los discípulos del templo y Jesús permaneció con los apóstoles. Le trajeron una bebida. Después del mediodía vinieron tantos fariseos y escribas que rodearon completamente a Jesús: los apóstoles quedaron detrás. Habló severamente contra ellos y una vez oí que dijo: “Vosotros no me prendéis ahora porque vuestra hora aún no ha llegado”.