Tomo I — El Antiguo Testamento

Sección 8: capítulos XXXII – XXXVI

Abraham recibe el misterio del Antiguo Testamento — Historia de José

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En esta sección:

Capítulo XXXII

Abraham recibe el misterio del Antiguo Testamento

Abraham estaba sentado, rezando delante de su tienda, bajo un frondoso árbol que miraba hacia el camino principal. Lo he visto a menudo sentado así para ofrecer hospitalidad a los viajeros. Estaba entonces mirando hacia el cielo. Tenía delante una visión de Dios, como en un rayo de luz solar y se le anunció la proximidad de los tres hombres sabios que habrían de visitarlo. Al punto ofreció un cordero sobre el altar, y lo vi de rodillas, como en éxtasis, pidiendo por la redención de los hombres. Este altar estaba a la derecha del gran árbol, en una tienda abierta por arriba. Más lejos, a la derecha, había otra tienda, donde Abraham guardaba los enseres del sacrificio y donde se entretenía con sus pastores cuando acudían a verlo. Del otro lado, algo más alejada de la calle principal, estaba la tienda de Sara y de sus mujeres, porque las mujeres solían vivir aparte. El sacrificio de Abraham estaba por terminar cuando aparecieron en el camino real los tres ángeles. Canúnaban uno detrás de otro, con los vestidos recogidos, como viajeros. Abraham les salió al encuentro; les habló, inclinándose delante de ellos, hacia Dios, y los llevó junto a la tienda del altar, donde dejaron caer sus vestidos, e ind icaron a Abraham que se hincase. He visto lo que sucedió con Abraham, que estaba entonces como en éxtasis, y lo que hicieron los ángeles, en muy corto tiempo, como todo lo que sucede en ese estado. El primer ángel anunció a Abraham, que estaba de rodillas, que Dios quería hacer salir de su descendencia una virgen sin mancha de pecado, la cual, como virgen inmaculada, debía ser la madre del Redentor. Le dijo que él iba a recibir lo que Adán había perdido por el pecado. Diciendo esto, el ángel le dio un bocado luminoso y le hizo beber, de un recipiente pequeño, un líquido brillante. Después el ángel bendijo con su mano a Abraham de la cabeza hacia abajo; luego del hombro derecho hacia el pecho, y finalmente del izquierdo hacia el mismo sitio, donde se unieron las tres líneas de la bendición. Con ambas manos el ángel dio a Abraham algo luminoso, como una nubecilla: se la puso sobre el pecho. He visto que la nubecilla pasó a su interior, y tuve la certidumbre de que recibía el santo misterio. El segundo ángel le dijo que él debía entregar este misterio, en la misma forma como lo había recibido, antes de su muerte, al primer hijo que tendría de Sara, y le anunció que Jacob, su nieto, sería padre de doce hijos, que serían los padres de las doce tribus. Añadió que este misterio de bendición le sería quitado a Jacob; y cuando Jacob se hubiese convertido en un pueblo numeroso debía pasar al Arca de la Alianza, como una bendición para todo el pueblo, que debía conservarse mediante la oración. Le mostró, también, cómo a causa de los pecados de los hombres, pasaría este misterio desde el arca a los profetas y, por último, a un hombre, que sería el padre de la Virgen inmaculada. Supe en esta ocasión que a los paganos se les daría la promesa por medio de seis profetisas, y por el anuncio que harían las estrellas del nacimiento de la salud del mundo de una virgen incorrupta. Abraham tuvo en esta ocasión una visión: vio a esta virgen en lo alto del cielo y a su derecha cernirse un ángel que le tocaba la boca con un ramito. Del manto de la Virgen salía luego la Iglesia. El tercer ángel anunció a Abraham el nacimiento de Isaac. He visto a Abraham tan contento con el anuncio de la Virgen prometida y con la visión que había tenido, que casi no pensó mucho en Isaac, y creo que más tarde fue la promesa de la futura Virgen lo que le consoló y le hizo fácil el cumplimiento del mandato de Dios de sacrificar a Isaac. Después de estas cosas vi que Abraham sirvió a los ángeles y vi la risa de Sara. Luego vi cómo guiaba a los ángeles por el camino y cómo rogaba por Sodoma. Cuando Abraham volvió de su éxtasis, condujo a los ángeles bajo el gran árbol y puso una tarima, sobre la cual se sentaron los ángeles, mientras él les lavaba los pies. Luego fue adonde se encontraba Sara para que preparase una comida, la cual trajo ella, cubierta con el velo, hasta la mitad del camino. Después de la refección acompañó Abraham a los ángeles un trecho del camino, y como hablasen del nacimiento del hijo, fue entonces cuando rió Sara, que oyó decir esto porque se había acercado por detrás de la tienda. He visto muchas palomas, mansas como gallinas, en torno de la casa. La comida consistió precisamente de palomas, panes redondos y miel. Abraham había tenido, antes de su partida y salida de Caldea, por ministerio de un ángel, conocimiento del misterio de la bendción, pero veladamente, y más como una prenda del cumplimiento de la Promesa de que sería padre de un numeroso pueblo. Ahora le fue renovado, por medio de los ángeles, este misterio o sacramento, y fue instruido mayormente.

Capítulo XXXIII

Historia de Jacob

Rebeca sabía que Esaú no tenía rayo ninguno del misterio de Dios. Esaú era torpe, grosero y holgazán. Jacob, por el contrario, era muy vivo, prudente, y se asemejaba a la madre. Isaac se inclinaba más hacia Esaú por ser el primogénito. Este salía a menudo de caza. Rebeca iba meditando cómo podía hacer recaer en Jacob el derecho de la primogenitura y la bendición paterna. La compra de este derecho se lo había sugerido Rebeca a Jacob. La comida consistió en una legumbre con carne y hojas verdes, como lechuga. Esaú venía rendido; Jacob le arrancó con sus artes la entrega de la primogenitura. Isaac era ya anciano, estaba ciego, y temiendo morirse quiso dar su bendición a Esaú. Rebeca sabía que Jacob debía tenerla y no quiso persuadir a Isaac: estaba muy conturbada e inquieta. Como Isaac no quería difefir el cumplimiento de su deseo, y llamase a Esaú, que estaba cerca, se tuvo que ocultar Jacob, para que no lo viera Esaú. Rebeca mandó a Jacob que fuera a buscar un cabrito de la majada, porque Isaac había pedido a Esaú que le trajese algo de su caza. Apenas hubo salido Esaú, ya estaba la comida de Rebeca pronta. Los buenos vestidos de Esaú, que Rebeca puso a Jacob, consistían en una chaqueta, como él solía llevar, pero más tiesa y bordada en el pecho. Esaú tenía los brazos y el pecho muy velludos, como una piel; por eso Rebeca le acomodó pieles sobre los brazos y el pecho, en la parte de la abertura. Sólo en los bordados y adornos era esta chaqueta diferente de las demás; en los lados estaba abierta y tenía una abertura bordada de pieles delicadas, de color oscuro, por donde se ponía al cuello. A los lados se anudaba con cintas de cuero. La faja de la cintura servía también de bolsillo. La chaqueta no tenía mangas. El pecho estaba libre. Lo que cubría la cabeza, como asimismo la especie de mandil, eran de color rojo oscuro. He visto como Isaac tanteaba a Jacob en los brazos y el pecho, donde era tan velludo Esaú, y cómo vacilaba y se mostraba pesaroso e indeciso. Pero llegado el momento, como era voluntad de Dios, terminó por creer que era Esaú y dio a Jacob la bendición, que él había recibido de Abraham, y éste del ángel. He visto, sin embargo, que antes había preparado con Rebeca algo misterioso que pertenecía a esta bendición; era una bebida contenida en un vaso. Los hjjos nada sabían de esto: sólo aquél que tenía la bendición recibía el misterio, el cual, con todo, permanecía misterioso para él, como para nosotros el santo Sacramento. Este recipiente era de un lado más chato que de otro; era transparente y luminoso como madreperla; estaba lleno de un líquido rojizo, y tuve la impresión de que fuera sangre, como sangre del mismo Isaac. Rebeca intervino en la preparación. Cuando Isaac bendijo a Jacob, éste estaba sólo con su padre. Tuvo que descubrirse el pecho delante de su padre. El padre llevó su mano, bendiciendo, desde la frente, en linea recta, hacia abajo; luego, desde el hombro derecho hasta abajo, y lo mismo desde el hombro izquierdo. Puso la mano derecha sobre la cabeza de Jacob y la izquierda bajo el corazón. En esto tuvo que beber Jacob del líquido; luego siguió una ceremonia, como si Isaac le diera todo, potestad y fuerza, pues pareció que sacaba con ambas manos algo de su cuerpo y lo ponía en el de Jacob. Tuve la persuasión de que era toda su fuerza la bendición. En todos estos actos Isaac recitaba oraciones en alta voz. Isaac estaba incorporado en el lecho al dar la bendición, lleno de entusiasmo, y salía como un resplandor de él. Cuando trazaba las líneas de la bendición tenía las manos algo levantadas, como el sacerdote cuando dice Dominus vobiscum. Cuando Isaac rezaba Jacob tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Cuando Isaac le dio la bendición, la recibió Jacob cruzando las manos sobre el pecho como quien abraza algo sensible. Por último, Isaac puso sus manos sobre la cabeza y en la región del estómago. El vasito del cual bebió Jacob, le fue también entregado. Cuando terminó el acto de la bendición, he visto a Isaac completamente exhausto por el esfuerzo o por la real entrega de algo que él perdía al dárselo a Jacob. En cambio, he visto a Jacob lleno de fuerza, rozagante, pleno de vida y animación. En este modo volvía Esaú de su caza. Cuando Isaac se enteró del cambio de persona, en cuanto a la bendición, no se irritó; conoció que era la voluntad de Dios. Esaú, en cambio, estaba rabioso; y se arrancaba los cabellos; pero me pareció que no era tanto por la pérdida de la bendición, como por envidia contra Jacob. Ambos hermanos eran ya hombres cuando recibió Jacob la bendición. Esaú tenía entonces dos mujeres, cosa que disgustaba grandemente a sus padres. Ambos tenían más de cuarenta años de edad. Cuando Rebeca vio la ira de Esaú, envió secretamente a Jacob a casa de su hermano Labán. Lo he visto partir. Vestía chaqueta hasta la cintura y túnica hasta las rodillas, sandalias en los pies y lienzos en la cabeza. Llevaba un bastón de viajero y un saco con panes colgado de los hombros; del otro lado, una botella con bebida. Era todo lo que llevaba consigo. Así lo he visto partir del lado de su madre, deshecha en lágrimas. Isaac lo bendijo también y le dijo que partiera y tomase mujer allí mismo. Los padres sufrieron mucho por causa de Esaú, especialmente Rebeca.

Capítulo XXXIV

Viaje de Jacob a Mesopotamia

He visto a Jacob durante su viaje a Mesopotamia descansando y durmiendo en el lugar donde después estuvo Betel. El sol se había ocultado. Puso una piedra por almohada y se durmió, echado de espaldas. Su bastón descansaba sobre su brazo. He visto la escala que vio él en sueños y de la cual dice la Escritura que estaba sobre la tierra y que su punta negaba al cielo. Yo he visto, en cambio, a esta escala comenzar en Jacob, tendido, y llegar hasta el cielo. La he visto como un vivo árbol genealógico de su propia descendencia. Del mismo modo que se suele representar un árbol genealógico, he visto que nacía, bajo el seno del mismo Jacob durmiente, un sarmiento verde que se dividía en tres ramificaciones, las cuales subían derechamente, como una pirámide de tres partes, para terminar en lo alto del cielo. Estas tres ramas iniciales estaban unidas abajo por ramas laterales. Estas ramas de las tres ramificaciones principales formaban como los peldaños de la escala. He visto estos peldaños llenos de figuras y apariciones, que eran los descendientes de Jacob, subiendo en la escala, que representaban la genealogía de Jesús, según la carne. Estas ramas laterales, a veces sobrepasaban unas a otras; otras veces se cruzaban; otras, quedaban rezagadas, y otras, viniendo de otro lado, sobrepasaban a ésta según que por el pecado se enturbiaba alguna línea o era purificado por la penitencia y la castidad este germen de la humanidad del Verbo. En la cumbre de la escala había una flor pura y hennosa, la Inmaculada María, de la cual debía nacer Jesucristo, tocando los confines del Cielo. He visto, sobre esta flor, el cielo abierto, y el esplendor de Dios, y cómo Dios mismo habló a Jacob desde esa altura. Luego vi cómo Jacob, al despertar por la mañana, dispuso primeramente un fundamento de piedras redondas; colocó una piedra plana, y sobre ésta puso la misma piedra sobre la cual había reclinado su cabeza. Hizo fuego y ofreció algo; luego derramó alguna cosa sobre esa piedra. Rezaba allí hincado de rodillas. Me parece que hizo fuego, de la manera en que lo hacían los Reyes Magos, por medio de frotación y fricción. Después he visto a Jacob caminando con su bastón hacia la casa de Labán, y deteniéndose en varios lugares como Betel. En este viaje lo vi de nuevo en Ainón, donde había estado ya antes; allí renovó una cistema, que fue donde más tarde bautizaba Juan. Lo he visto en el lugar de Mahanim, rezando y pidiendo al Señor le protegiese y le conservase los vestidos para no parecer tan mal a su llegada a casa de Labán, y éste le reconociese como pariente. He visto que entonces aparecieron a ambos lados, flotando en el aire, dos grupos de gentes como significando que estaba protegido y que así se multiplicaría y sería poderoso. A la vuelta de Mesopotamia tuvo la confirmación de lo que había visto en visión. Después lo vi, caminando más hacia el Este, llegar a la parte meridional del río Yabok y pasar la noche allí, en el mismo lugar donde a la vuelta luchó con el ángel. Aquí también tuvo una visión. A la vuelta de Mesopotamia se detuvo Jacob más al Oriente de lo que fue Jabesh-Gilead. He visto cómo su suegro Labán le fue persiguiendo, porque le habían sido robados sus ídolos, cómo lo alcanzó y lo hizo volver, y cómo por motivo de esos ídolos robados hubo mucha discusión entre los dos. Jacob ignoraba que Raquel los había sustraído ocultamente. Cuando Raquel vio que su padre, que había revisado todo el campamento en busca de sus ídolos, acercábase hacia ella, escondió los ídolos hurtados bajo una gran cantidad de paja para los camellos, y se sentó encima cubierta con el velo, como si estuviera enferma y retirada. Este montón de heno estaba amontonado no lejos de su tienda, en el declive del valle, al Sur del río Yabok. Estos ídolos eran de metal, en forma de muñecos en pañales, de un largo de cinco brazos y medio. Sobre ese montón de heno se sentaron otras mujeres con Raquel. Recuerdo haber visto sentado sobre un montón de heno, aún más grande, a Job en su desgracia. El montón era como de una camada entera de heno. Los viajeros llevaron mucho heno consigo en el viaje y cargaron más en el camino. Raquel se había enfadado mucho antes a causa de esos ídolos de su padre y los había hurtado para librarlo de esa idolatría. Jacob había enviado mensajeros a Esaú, por quien sentía temor. Estos volvieron anunciándole que Esaú se acercaba con cuatrocientos hombres. Dividió entonces Jacob a su gente en dos partes, y al ganado de la primera, en varias secciones, que envió delante a presencia de Esaú. Jacob llevó a su gente hacia Mahanim y allí tuvo de nuevo aquella visión que había visto a la salida para Mesopotamia: un ejército de ángeles. Por esto dijo: «Con un bastón salí y me vio enriquecido con dos ejércitos». Entendió entonces la visión. Cuando todo fue transportado al otro lado del río Yabok, hizo pasar a sus mujeres e hijos, y se quedó solo. Levantó su tienda allí donde, a su salida de Palestina, había visto la presencia de Dios. Quería pasar allí la noche para rezar. Hizo cettar por todos lados su tienda y dijo a sus servidores que se alejasen. He visto aquí cómo clamaba al Señor, presentándole sus angustias, y especialmente su gran temor de Esaú. La tienda tenía una abertura arriba para poder mirar mejor a lo alto del cielo.

Capítulo XXXV

La lucha con el ángel

He visto la lucha de Jacob con el ángel: fue todo en visión. Él se levantó para rezar. Entonces vino del cielo la aparición de una persona grande y luminosa, y comenzó a luchar con él, como si quisiera sacar fuera de la tienda a Jacob. De este modo lucharon de un lado a otro de la tienda. La aparición hacía como si quisiera echar a Jacob hacia todos los cabos del mundo, mientras Jacob volvía, luchando siempre, al medio de la tienda. Era un presagio de que Jacob sería con su descendencia forzado a ir por todas partes del mundo, pero que no saldría nunca de la tierra prometida. Al punto que Jacob volvía nuevamente al centro de su tienda, tocóle el ángel su cadera. Esto lo he visto en el momento en que Jacob, luchando en este sueño visionario, quiso tenderse en su lecho o que cayó sobre él rendido. Mientras el ángel tocaba su cadera y hacía allí lo que debió hacer, dijo él a Jacob, que aún seguía sujetando al ángel: ‘Déjame, pues ya es la aurora». Entonces despertó Jacob de su sopor y de su lucha. Vio al ángel que estaba delante de él y dijo: ‘No te dejaré si no me bendices». Se sentía necesitado de fortaleza y de la bendición de Dios, pues temía aún el encuentro con Esaú. Entonces preguntó el ángel: ‘¿Cómo te llamas tú?» Esto pertenece ya a la bendición. También Abraham fue llamado Abraham cuando fue bendecido. Respondióle: ‘Me llamo Jacob». Díjole el ángel: ‘Te llamarás Israel, pues has luchado con Dios y con los hombres y no has sido vencido». Jacob preguntó: «¿Cómo te llamas tú?» El ángel contestó: «¿Por qué me preguntas mi nombre?». Esto significa: «¿No me conoces acaso?». Jacob se hincó delante de él y recibió la bendición. El ángel bendijo a Jacob como Dios había bendecido a Abraham y como éste bendijo a Isaac y como Isaac a Jacob, en tres Líneas. Esta bendición tenía relación especial con la paciencia y con la perseverancia en la adversidad. Desapareció el ángel. Jacob vio la aurora y llamó a este lugar Phanuel. Hizo desmantelar su tienda y se reunió con su familia, pasando el río Yabok. Salía el sol entonces y comenzó Jacob a cojear de un lado, pues había sido allí debilitado. Cuando se separaron Esaú y Jacob, se retiró éste con todos los suyos a Mahanim y se posesionó de la comarca de Sukot hasta la colina de Ainón con sus ganados y sus siervos. Vivió diez años en Ainón. Después se extendió con sus posesiones desde Ainón, hacia el Oriente, hasta más allá del Jordán, hacia Salén, y tuvo sus tiendas hasta donde fue Siquem y compró allí mismo un campo. He visto cómo Dina paseaba por allí con sus criadas curiosamente y conver- saba con los Siquemitas. He visto que Siquem la trataba amigablemente y que volviendo sus criadas a casa, ella se quedó dentro de Siquem. Por este hecho sobrevino luego gran calamidad sobre ella misma y asalto y muerte sobre los Siquemitas. Siquem era entonces una pequeña población hecha de piedras cuadradas y tenía una sola puerta. Abraham, Isaac y Jacob y los Patriarcas eran, en la parte derecha de sus cuerpos, de mayor potencia que en la parte izquierda. No se notaba el hecho exteriormente. Llevaban vestidos amplios, de modo que lo podian ocultar. Había en ellos, en esa parte, una plenitud, como una hinchazón. Era un sagrario, una bendición y un misterio encerrado. tenía la forma de una habichuela con un germen, y era luminoso. El primogénito lo recibía de su padre y por esto tenía tanta preeminencia. Jacob lo recibió en lugar de Esaú y la madre sabía que estaba destinado para eso. Cuando el ángel, después de su lucha con Jacob, le tocó, perdió éste el germen misterioso de bendición. No le quedó herida alguna; fue como un agotarse aquella plenitud. Desde entonces no fue tan fuerte y ni tan seguro de la protección de Dios. Antes era como un hombre fortalecido con un sacramemo. Después de haberlo perdido fue, en cambio, más humilde, más cuidadoso y solícito y sufrió mayor necesidad. Sintió Jacob que se le quitaba su bendición de fortaleza, y por eso no quiso dejar al ángel hasta que éste lo bendijera, para fortalecerlo. Después José recibió nuevamente, por medio de un ángel, esta bendición, cuando se encontraba en la cárcel del Faraón de Egipto.

Capítulo XXXVI

Historia de José

Cuando José fue vendido en Egipto tenía dieciséis años de edad. Era de regular estatura, esbelto, flexible, animoso de alma y cuerpo. Era muy diferente de sus hermanos. Todos se sentían inclinados a amarle. Si su padre no le hubiese dispensado tanta preferencia, sus hermanos le hubiesen amado. Rubén era más noble que los demás; Benjamín era, en cambio, un joven grande, tosco, pero bondadoso y dócil de carácter. José llevaba los cabellos partidos en tres partes, dos de cada lado y la tercera parte rizada y a lo largo del cuerpo. Cuando fue virrey de Egipto, lo llevó corto; más tarde, de nuevo largo. Con la túnica polímita dio Jacob a José también algunos huesos de Adán, sin que José supiese lo que eran. Jacob se los dio con objeto de protección, pues sabía que sus hermanos le envidiaban. José tenía estos huesos de Adán encerrados en una bolsita de cuero redondeada, que colgaba en su pecho. Cuando sus hermanos lo vendieron, le despojaron sólo de su túnica de color y de su acostumbrado vestido; pero José llevaba aún sobre su cuerpo una faja y una especie de escapulario sobre su pecho, debajo del cual estaba la bolsita de las reliquias. Esa túnica polimita era blanca con rayas coloradas y tenía sobre el pecho tres cordones negros con adornos amarillos en el centro. Esta túnica estaba ceñida más ampliamente arriba para poder llevar objetos dentro; abajo era más angosta y a los lados tenía aberturas para poder caminar con soltura. Le llegaba muy abajo; por detrás era algo más pendiente y por delante estaba abierta. En cambio, su vestido ordinario le llegaba sólo más debajo de las rodillas. José era ya conocido del Faraón y su mujer cuando éste cumplía tan bien sus oficios con el Faraón, cuando estaba José en su casa, que Faraón deseó mucho ver a este siervo. La mujer del Faraón estaba ansiosa de conseguir salud y ayuda de los dioses, y era muy apegada a los ídolos, y aun deseaba conocer nuevas divinidades. Así se maravillaba mucho de la sabiduría, viveza y nobleza del joven extranjero, de tal modo que en su interior lo tenía por un dios y decía al Faraón: «Este hombre ha sido mandado por los dioses: no es un hombre como los demás». Lo pusieron en la parte más decente de los encarcelados y llegó a ser superintendente de los demás presos. La mujer del Faraón lloraba y se lamentaba mucho de que hubiese sido puesto en la cárcel como un malvado y creía que se había equivocado en su concepto anterior. Cuando fue sacado de la cárcel y llegó a la corte, le fue siempre muy adicta. La copa que más tarde mandó poner en la bolsa de Benjamín, fue el primer regalo de la mujer del Faraón. Conozco bien esta copa: tiene dos asas y no tiene pie. Es- taba formada de una piedra preciosa o de una materia transparente, que me es desconocida, y tenía forma muy semejante a la parte superior del cáliz de la última Cena. Se halló entre los recipientes que los hijos de Israel llevaron de Egipto y más tarde fue guardada en el Arca de la Alianza. José estuvo siete años en la cárcel, y estando allí mismo en la más grande aflicción, recibió el misterioso germen de Jacob, como los patriarcas lo habían recibido y tuvo allí una visión de su numerosa descendencia. Conozco bien a la mujer de Putifar, y sé cómo lo quiso seducir. Después de la elevación de José, hizo penitencia de su falta y vivió castamente. Era una mujer de elevada estatura, fuerte, de color amarillo oscuro, como seda brillante. Llevaba un vestido de colores y encima otro adamado de finas figuras, debajo del cual el vestido interior sobresalía con puntillas. José trataba mucho con ella porque Putifar le había entregado el gobierno de todas las cosas. Cuando José notó que ella le trataba con demasiada confianza no quiso más dormir en la casa de su patrón si él no estaba presente. Ella le visitaba con frecuencia cuando trabajaba o escribía. La he visto una vez presentarse muy desvestida mientras estaba José en un ángulo de la sala, escribiendo y anotando. Escribían entonces en rollos que apoyaban sobre tablas sobresalientes de las paredes, delante de las cuales podían estar de pie o sentados. Ella le habló y José contestó; pero ella estaba muy atrevida esa vez. Entonces se dio vuelta José y se marchó de allí. Ella se aferró de su manto y él lo dejó abandonado.