Tomo I — El Antiguo Testamento

Sección 7: capítulos XXIX – XXXI

El paciente Job — El sacrificio de pan y vino de Melquisedec

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Capítulo XXIX

El paciente Job

El padre de Job, gran conductor de pueblos, fue hermano de Faleg, hijo de Heber. Poco antes de su tiempo ocurrió la dispersión de la torre de Babel. Tuvo trece hijos, el más joven de los cuales fue Job y vivía en la parte Norte del Mar Negro, en una montaña donde de una parte es cálido y de la otra frío y nevado. Job es un antepasado de Abraham, cuya madre es bisnieta de Job, casada en la familia de Heber. Job puede haber alcanzado el tiempo del nacimiento de Abraham. Había vivido en distintos lugares y sus desgracias las padeció en tres partes. Desde la primera calamidad había tenido nueve años de tranquilidad; en la segunda, siete años, y en la tercera, doce años. Las desgracias le pasaron en diversos lugares de su habitación. En ninguna de sus calamidades había quedado reducido a la última miseria, de modo que no tuviera ya nada; quedaba reducido a la pobreza en comparación con su abundancia anterior. Siempre, empero, había podido pagar sus deudas con lo que le quedaba. Job no pudo permanecer en la casa de sus padres; tenía otras inclinaciones. Adoraba al único verdadero Dios, especialmente en la naturaleza, en las estrellas y en las cambiantes de la luz. Hablaba siempre de las admirables obras de Dios y tenía un culto de la Divinidad, puro y simple. Al separarse de su padre se dirigió con los suyos al Norte del Cáucaso. Aquí encontró una comarca muy miserable y cenagosa. Creo que hoy vive allí una gente de narices chatas, abultados pómulos y ojos pequeños. Aquí comenzó a trabajar y todo le prosperaba. Reunía a toda clase de gentes pobres y desamparadas, que vivían en cuevas y matorrales y no tenían para alimentarse otra cosa que aves y animales de caza, que comían crudos, hasta que Job les enseñó a preparar debidamente los alimentos. Les enseñó a cultivar la tierra. Job y su gente llevaban pocos vestidos y vivían en tiendas de campaña. Job tenía ya mucho ganado, asnos manchados y otros animales. Le nacieron aquí, en una vez, tres hijos, y en otra ocasión, tres hijas. No tenía aún ciudad estable, sino que se trasladaba de una parte a otra de sus posesiones que alcanzaban una extensión de siete horas de camino. No cultivaban en esta tierra pantanosa ninguna clase de trigo, sino una gruesa caña que crecía aún en el agua, que contenía una médula que comían como gacha o asaban al fuego. La carne la tostaban al principio al sol en cavidades en la tierra, hasta que Job les enseñó a cocinar. Solían plantar muchas clases de calabazas para su alimento. Job era indescliptiblemente bueno, manso y caritativo y ayudaba a las gentes pobres. Era muy puro en sus costumbres. Tenía trato familiar con Dios, que se le aparecía con cierta frecuencia en forma de ángel o de hombre sabio, como solían decir las gentes. Estas apariciones angélicas las veía yo en forma de jóvenes resplandecientes, sin barba, con largas y blancas vestiduras de muchos pliegues, que caían hasta los pies de modo que cubrían toda la persona. Estaban ceñidos, y los veía tomar alimentos y bebidas. Job era consolado por Dios, por medio de estas apariciones, en sus calamidades; y estas mismas juzgaban a sus amigos, a los hijos de sus hermanos y a los parientes. Job no adoraba ningún ídolo, como lo hacía la gente de los contornos. Sólo se había confeccionado una imagen del Todopoderoso, según su idea. Era la figura de un Niño, con resplandores en torno de la cabeza, las manos una sobre otra; en una de ellas tenía un globo donde se veían dibujadas aguas y una nave. Yo creo que era una representación del diluvio, del cual hablaba a menudo Job con dos de sus más fieles amigos, ponderando la sabiduría y la bondad de Dios. La figura era resplandeciente como el metal. Él solía llevarla consigo a todas partes. Job ofrecía cereales, quemándolos en sacrificio, delante de la imagen. He visto que el humo subía como por un tubo hacia lo alto. En este lugar le alcanzó a Job su primera calamidad. Tenía siempre lucha y dificultades con sus vecinos, que era gente mala. Se trasladó entonces hacia la montaña del Cáucaso, donde recomenzó su trabajo, que prosperó de nuevo. En este lugar empezó, tanto él como su gente, a usar más vestidos: vivían con más perfección la vida familiar. De este segundo sitio se encaminó Job una vez, con grande acompañamiento, hacia Egipto, donde reyes pastores extranjeros dominaban una parte del país. Más tarde estos reyes pastores fueron arrojados del país por otro rey o faraón de Egipto. Job tuvo la misión de acompañar a una esposa, para uno de estos reyes al Egipto, ya que era pariente de ese rey. Llevaba muchos regalos consigo y he visto como treinta camellos cargados y muchos criados de compañía. Cuando lo vi en Egipto, Job era un hombre de gran estatura, vigoroso, de agradable rostro amarillo oscuro y de cabellos rubios. Abraham, en cambio, era de color más claro. Los hombres en Egipto eran de color moreno oscuro. Job no estaba de buena gana en Egipto, y he visto que suspiraba por volver al Oriente, a su patria, situada al Sur, más lejos que la tierra de los Reyes Magos. Yo le oía decir delante de sus servidores que prefería vivir entre animales salvajes antes que vivir en Egipto con estos hombres. Estaba sumamente afligido por la espantosa idolatría que reinaba en el país. Ofrecían sacrificios de criaturas vivas a un espantoso ídolo con cabeza de buey y con las fauces abiertas, poniéndole el niño en los brazos calentados al rojo. El rey pastor, para cuyo hijo Job había traído la esposa a Egipto, quería retenerlo allí, y le señaló a Matarea para su vivienda. Este lugar era muy distinto en su aspecto de lo que fue en tiempos en que la Sagrada Familia se estableció allí. Con todo, he visto que Job vivió en el mismo lugar donde habitaron María, José y el Niño, y que el pozo de María ya le había sido mostrado por Dios en ese lugar. Cuando más tarde María lo descubrió, este pozo estaba sólo cubierto por arriba, pero el interior estaba bien amurallado y conservado. Job usó la piedra del pozo para la ceremonia de su culto a Dios. Job libró su habitación de muchas fieras y animales venenosos, con la oración y los sacrificios. Tuvo visiones de la futura redención de los hombres y aviso de las pruebas que le esperaban. Hablaba con calor contra las abominaciones del culto idolátrico de los egipcios y sus sacrificios, y creo que fueron abolidos en su tiempo. Al volver por segunda vez a Egipto le sobrevino la segunda calamidad. Cuando después de doce años le sorprendió la tercera desgracia, vivía Job al Sur de Jericó, hacia el Oriente. Creo que le fue dada esta región después de la segunda desgracia, porque en todas partes se le quería mucho y se le honraba por su grande justicia, temor de Dios y sabiduría. Comenzó de nuevo a trabajar y a prosperar en una comarca llana. Cerca, en una montaña fructífera, corrían toda clase de animales apreciados, como camellos en estado salvaje, que se cazaban como entre nosotros suele hacerse con los animales de los bosques. En esta altura se acomodó, se hizo rico y poderoso y edificó una población; esta ciudad tenía sus fundamentos de piedras y lo demás eran tiendas de campaña. Aquí, cuando se hallaba en el apogeo de su gloria y grandeza, le sobrevino la tercera prueba que le dejó reducido a la miseria y postrado en su extrema enfermedad. Cuando hubo pasado esta prueba, sanó de su enfermedad, tuvo de nuevo muchos hijos e hijas y creo que murió muy anciano en una época en que se introdujo otro pueblo extraño en sus tierras. Aunque en el libro de Job están narrados los hechos de otra manera, con todo hay allí muchos discursos verdaderamente de él y creo que yo los podría distinguir unos de otros. En la historia de los siervos, que anuncian, uno tras otro, corriendo y seguidos, hay que notar que las palabras «cuando aún hablaba» significan: cuando aún la gente hablaba y recordaba las anteriores desgracias de Job, ya sobrevenía la segunda y tercera. Que Satán se presentó delante de Dios, con los hijos de Dios, para acusar a Dios, es una manera de decir. Había entonces mucho comercio entre los malos espíritus y los hombres perversos, y aparecían en forma de ángeles. De esta forma fueron agitados los ánimos de los malos vecinos, que murmuraban de Job diciendo que servía a Dios porque estaba en la prosperidad; que así cualquiera, sintiéndose feliz, podía servir y amar a Dios. Entonces quiso Dios mostrar que el dolor y el padecimiento son muchas veces sólo una prueba para el hom- bre. Los amigos de que hablan los libros santos significan los dichos y pareceres de los que le eran favorables y la manera de juzgar los hechos de su prueba. Job aguardaba con ansia al Redentor y es parte del tronco de David, ya que se relacionaba con Abraham, por la madre de este patriarca, que era de su descendencia, como fueron los ascendientes de Ana respecto de María Santísima. La historia de Job y sus conversaciones con Dios fueron escritas por dos de sus fieles servidores, que eran como sus mayordomos, a los cuales les narró él mismo sus vicisitudes y la historia de sus calamidades. Estos dos servidores se llamaban Hay y Uis u Oís. Escribían sobre cortezas de árboles. Esta historia se conservó como cosa santa entre sus descendientes y llegó de generación en generación hasta Abraham. En la escuela de Rebeca se narraba esta historia a los Cananitas, para enseñarles la resignación en las pruebas que Dios manda en esta vida. Así llegó esta historia, por medio de Jacob y José, a los hijos de Israel en Egipto, y Moisés le dio otra redacción para que sirviera de consuelo a los israelitas, durante su esclavitud en Egipto y en su peregrinación a través del desierto. Antes la historia tenía mayor extensión; había muchas cosas en ella que no hubiesen entendido los israelitas, ni les hubiese servido de nada. Más tarde Salomón le dio nueva redacción: dejó fuera muchas cosas y puso mucho de lo suyo a esta historia. De este modo el primitivo escrito se fue convirtiendo en un libro de edificación, lleno de la sabiduría de Job, de Moisés y de Salomón, pero difícilmente se puede extraer del escrito de hoy la verdadera historia de Job. También en los nombres de personas y lugares hubo cambios: se hizo a Job habitante de Idumea para acercarlo más a los pobladores de la tierra de Canán.

Capítulo XXX

El patriarca Abraham

Abraham y sus descendientes eran de una raza de hombres de gran estatura. Llevaban vida pastoril y no eran, en realidad, de Ur, en Caldea, sino que habían emigrado hasta ese lugar. En aquellos tiempos la gente tenía un modo particular de apropiarse de las tierras, mezcla de justicia y de poder. Llegaban a una comarca desocupada donde había buenos pastos, marcaban los límites de sus posesiones, levantaban piedras en forma de altar y de este modo el terreno designado venía a ser su propiedad. En su juventud le pasó a Abraham algo semejante a lo que le pasó al niño Moisés: su nodriza le salvó la vida. Le había sido predicho al jefe de la tribu que tendría un descendiente que sería un niño maravilloso, el cual, con el andar del tiempo, vendría a ser peligroso para él. El jefe tomó medidas de precaución. La madre de Abraham se mantuvo oculta, y el niño nació en la misma gruta donde había visto que Eva tuvo que ocultar a Set de la ira de los perseguidores. Abraham fue criado aquí secretamente por su nodriza Maraha. Esta mujer vivía como sierva pobre en el desierto y tenía su habitación no lejos de la cueva que después, por ella, se llamó gruta de la leche, y donde, a su pedido, fue enterrada por Abraham. Abraham era de alta estatura. Sus parientes lo admitieron con los demás, porque les pareció que ya debía haber nacido antes de la profecía recibida. Estuvo, sin embargo, en peligro por su extraordinaria prudencia, que lo distinguía demasiado de los demás. La nodriza lo salvó nuevamente y lo ocultó largo tiempo en la cueva. He visto que en esta ocasión se mataron a muchos niños de su edad. Abraham estuvo siempre muy agradecido a esta nodriza y la llevaba consigo en sus viajes sobre un camello. Vivió Abraham con ella en Sukot. Murió a los cien años, y Abraham le preparó la sepultura en un bloque de piedra blanca que, como una colinita, estrechaba la misma cueva. Esta gruta se convirtió en un lugar de peregrinación y de devoción, especialmente para las madres. En toda esta historia hay un misterio y preanuncio de la persecución que sufrirían María con el niño Jesús, ya que la Virgen escondió al Niño Jesús precisamente en esta cueva, cuando se acercaban los soldados de Herodes que buscaban al Niño para matarlo. El padre de Abraham sabía muchas artes secretas y poseía muchos dones. La gente de su estirpe tenía el don de conocer y descubrir donde había oro en la tierra, y él hacía de oro algunos ídolos semejantes a aquellos que Raquel había sustraído a Laban. Ur es la población que está al Norte de Caldea. He visto en esta comarca, en muchos lugares de la llanura y en la montaña, salir un fuego blanquizco, como si ardiese la tierra. No sé si este fuego era natural o lo hacían los hombres. Abraham era gran conocedor de las estrellas: veía las propiedades de lascosas y la influencia de los astros sobre los nacimientos. Veía muchas cosas por las estrellas; pero lo refería todo a Dios, seguía a Dios en todo y le servía a Él solo. Enseñaba también a otros esta ciencia en la Caldea; pero vinculaba toda esta ciencia a Dios. Vi que recibió de Dios en una visión la orden de salir de su país. Dios le mostró otro país; y Abraham, sin decir nada a nadie, dispuso a toda su gente a la mañana siguiente y partió. Después vi que tenía su tienda levantada en una región de la tierra prometida, que me pareció era donde estuvo más tarde Nazaret. Abraham levantó aquí un altar extenso de piedras, con techo. Mientras estaba hincado delante del altar, llegó un resplandor sobre él y apareció un ángel, mensajero de Dios, que le entregó un don muy resplandeciente. El ángel habló con Abraham y éste recibió el sacramento o misterio de la bendición, el misterio santo del cielo. Abrió su vestido y lo guardó en su pecho. Me fue dicho que ello era el Sacramento del Antiguo Testamento. Abraham no conocía aún su contenido; le era desconocido, como a nosotros nos está oculto el Sacramento de la Euca- ristía. Le fue dado, empero, como misterio y prenda de una descendencia prometida y santificada. El ángel que se le apareció era semejante al que se le apareció a la Virgen María anunciándole la concepción inmaculada del Mesías. Este ángel era manso, quieto en sus modales y no tan veloz ni acelerado como veo a otros ángeles cuando dan sus comunicados. Pienso que Abraham llevaba siempre consigo este misterio sagrado. El ángel habló con Abraham de Melquisedec, que celebraría delante de él un sacrificio, que debía ser completado después de la venida del Mesías y durar eternamente. Abraham tomó luego cinco grandes huesos de una caja y los puso sobre su altar en forma de cruz. Encendió luz delante y ofreció un sacrificio. El fuego brillaba como una estrella; en el medio era blanco y en las puntas, rojo. Más tarde vi a Abraham en Egipto con Sara. Había emigrado por necesidad de sustento; pero también para rescatar un tesoro que, por medio de una parienta de Sara, había sido llevado allí. Esto le había sido revelado y mandado por Dios. El tesoro era un registro de la descendencia de los hijos de Noé, especialmente desde Set hasta ese tiempo. El registro estaba hecho de trozos de oro, en forma de triángulos enhebrados. Una hija de una hermana de la madre de Sara lo había sustraído y llevado a Egipto. Esta había venido a Egipto con los pueblos pastoriles de la raza lateral, algo decaída de la civilización, del patriarca Job. Allí había servido como sirvienta. Había sustraído el tesoro de igual modo que Raquel sustrajo los ídolos de Labán. Este árbol genealógico estaba hecho a manera de platillo de balanza junto con hilos o cordones, formados de trozos triangulares enlazados con otras líneas laterales. Sobre estos trozos de oro estaban grabados, con figuras y letras, los nombres de los patriarcas, desde Noé, especialmente desde Sem, hasta esa fecha. Cuando se soltaban estos cordones, todo el artificio quedaba encerrado en el platillo. Se me ha dicho cuántos siclos valía este tesoro; pero lo he olvidado. Este árbol genealógico había ido a parar a manos de los sacerdotes de Egipto y del Faraón, los cuales por medio de él habían tratado de contar y fijar sus genealogías; pero todo lo hacían falsamente. Cuando más tarde el Faraón fue afligido con graves plagas y desgracias, se aconsejó con sus sacerdotes idólatras y entregó a Abraham cuanto éste le había pedido. Cuando Abraham volvió a la tierra prometida, he visto a Lot, con él, en la tienda y a Abraham señalando con la mano toda la extensión. Abraham tenía mucha semejanza en su proceder con los Reyes Magos: vestidura blanca y larga, de lana, con mangas; por delante, colgábale un cinturón también blanco, con borlas, y por detrás, una capucha. Sobre la cabeza llevaba una especia de gorra y en el pecho ostentaba un escudo de metal o piedra preciosa en forma de corazón. Llevaba barba larga. Me es imposible expresar cuán bondadoso y generoso era. Cuando tenía algo que a otros les agradaba poseer, especialmente animales, lo daba de inmediato. Era adversario de las enemistades, la envidia y la codicia. Lot estaba vestido como Abraham; pero no era de tan elegante estatura ni de tan noble porte. Era bueno, aunque algo codicioso. He visto como sus criados discutían y reñían, y cómo se apartó de Abraham; pero he visto oscuridad y niebla en torno de él. Sobre Abraham yo veía resplandor. Vi que se alejó de allí, peregrinando, y levantó un altar de piedras, debajo de un pabellón. Los hombres eran bastante industriosos para hacer figuras de las piedras y trabajaban en ello tanto el patrón como el siervo. Este altar estaba en Hebrón, que fue más tarde lugar de la vivienda de Zacarías, padre del Bautista. La comarca elegida por Lot era muy buena, como todos los campos en torno del Jordán. He visto luego que fueron saqueadas las ciudades donde vivía Lot y él mismo llevado de allí con todo lo que poseía. He visto que un fugitivo logró narrar el hecho a Abraham. Este rezó y salió con todos sus siervos en persecución de los asaltantes, los sorprendió y libró a su hermano Lot. Este le dio las gracias y mostraba pesar de haberse apartado de Abraham. Los jefes y guerreros enemigos, especialmente los gigantes que asaltaban y subyugaban con prepotencia, y que fueron esta vez vencidos, no vestían como Abraham y su gente. Llevaban vestidos más angostos y más cor- tos; su vestimenta tenía más pliegues, con muchos botones y adornos de estrellas y alhajas.

Capítulo XXXI

El sacrificio de pan y vino de Melquisedec

A Melquisedec lo he visto varias veces con Abraham. Llegaba de la manera que otros ángeles solían visitar a Abraham. Una vez le ordenó un sacrificio triple de palomas y otras aves y le predijo lo que había de suceder a Sodoma y a Lot. Le anunció que volvería para ofrecer un sacrificio de pan y de vino. Le indicó también lo que debía pedir a Dios. Abraham se mostraba lleno de respeto delante de Melquisedec y ansioso de ver el sacrificio que se le había anunciado. Levantó un altar muy hermoso y lo rodeó de una techumbre de hojas. Cuando Melquisedec volvía para celebrar el sacrificio de pan y de vino, hízose anunciar a Abraham por un mensajero, como rey de Salén. Abraham le salió al encuentro, se hincó delante y recibió su bendición. Esto sucedió en el valle meridional de una llanura que se extiende hacia Gaza. Melquisedec venía del lado donde fue más tarde Jerusalén. Venía en un animal muy veloz, de cuello corto y ancho, que estaba muy cargado. De un lado traía un recipiente con vino, algo achatado en la parte que tocaba a la bestia; del otro, un recipiente con panes ovalados, planos, apilados unos sobre otros, y el cáliz que he visto más tarde en la institución del Sacramento del altar, junto con los vasos pequeños en forma de barrilitos. Estos vasitos no eran de oro ni de plata sino de una materia transparente como piedras preciosas, de color oscuro. Me parecían más bien nacidos y crecidos, que hechos a mano. Melquisedec me parecía ahora como el Señor durante su vida pública. Era esbelto y alto de estatura, de rostro severo y bondadoso. Llevaba un vestido largo, tan blanco y cándido que me recordó la vestidura resplandeciente con que apareció Jesús en el Tabor. El vestido blanco de Abraham parecía gris en comparación con el de Melquisedec. Llevaba un cinturón con letras, como he visto más tarde a los sacerdotes judíos, y como ellos, también, una especie de mitra en la cabeza cuando ofrecía el sacrificio. Sus cabellos eran de amarillo resplandeciente, lúcidos como seda; su rostro, luminoso. El rey de Sodoma estaba presente cuando se acercó Melquisedec a la tienda de Abraham. En derredor había mucha gente con cabalgaduras, sacos, cajones y diversas cargas. Todos permanecían silenciosos, en actitud respetuosa y solemne, llenos de veneración hacia Melquisedec, cuya presencia infundía temor. Este se acercó al altar, sobre el cual había una especie de tabernáculo, creo que para el sactificio. Abraham, como acostumbraba hacerlo, había puesto sobre el altar huesos de Adán, que antes había tenido Noé consigo en el arca. Pedían con ellos a Dios quisiera cumplir la promesa del Mesías, que antes había hecho a Adán. Melquisedec puso sobre el altar un mantel colorado que había traído consigo y luego otro de blancura transparente. Las ceremonias me recordaron el rito de la Santa Misa. Lo he visto alzar en sus manos el pan y el vino, ofrecer, bendecir y repartir el pan. Le dio a Abraham el cáliz, que se usó más tarde en la última Cena, para beber de él; los otros bebieron en los vasitos, que fueron distribuidos por Abraham y por los principales del pueblo. Lo mismo se hizo con los panes. Cada uno recibía un bocado bastante grande, como se acostumbraba en los primeros tiempos de la Iglesia, durante la comunión. He visto que esos bocados resplandecían; estaban solo bendecidos, no consagrados. Los ángeles no pueden consagrar. Todos estaban conmovidos y elevados hacia Dios. Melquisedec dio a Abraham pan y vino para gustar: este pan era más delicado y luminoso que los otros. Recibió en esta ocasión gran fortaleza y una tan robusta fe que no dudó más tarde en ofrecer a su propio hijo, el hijo de la esperanza, por mandato de Dios. Profetizó y dijo estas palabras: ‘Esto no es lo que Moisés dio a los Levitas en el Sinaí». No puedo asegurar si Abraham mismo ofreció luego el sacrificio de pan y vino; pero puedo asegurar que el cáliz del cual él bebió es el mismo que usó Jesucristo más tarde cuando instituyó el Santísimo Sacramento del altar. Al tiempo que Melquisedec bendijo a Abraham, durante el sacrificio de pan y vino, lo consagró sacerdote. Pronunció sobre él estas palabras: «Y dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha. Tú eres sacerdote etemo, según el orden de Melquisedec. El Señor lo ha jurado y no se arrepentirá de ello». Le impuso las manos, y Abraham le dio los diezmos. He entendido el significado del diezmo de Abraham después de su consagración; pero se ha borrado de mi memoria. He visto también que David, al escribir esas palabras, tuvo una visión de la consagración de Abraham por Melquisedec y que pronunció las últimas palabras proféticamente. Las palabras ‘siéntate a mi diestra», tienen una especial significación. Cuando veo en forma de figura la eterna generación del Verbo en el seno del Padre, se me muestra al Hijo saliendo de la derecha del Padre en forma luminosa, rodeada de un triángulo, como se representa el ojo de Dios; en la parte superior se ve al Espíritu Santo. Todo esto es inexplicable para mí. Asimismo he visto a Eva salir del costado derecho de Adán. Los patriarcas tenían la bendición en la parte derecha, y colocaban a sus hijos, cuando les daban la bendición, a su derecha. Jesús recibió la lanzada en el costado derecho. La Iglesia nace del costado derecho de Jesús. Para entrar en la Iglesia, lo hacemos por el lado derecho del costado de Jesús y así estamos unidos por medio de Él con su Etemo Padre. Creo que con el sacrificio de Melquisedec y la bendición de Abraham, terminó su misión sobre la tierra. Después de esto no he vuelto a verlo. Melquisedec dejó a Abraham el cáliz con los seis vasitos que usó en el sacrificio.