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Historia de Semíramis
La madre de Semíramis había nacido en la región de Nínive. En lo exterior parecía esta niña tímida y recatada, pero a escondidas era disoluta y desenfrenada. El padre era un hombre de la Siria, envuelto en la mayor corrupción del culto de los ídolos; fue muerto después del nacimiento de Semíramis. Todo esto tenía relación con las visiones diabólicas y adivinaciones que se ejercían entonces. Semíramis nació lejos de la Caldea, en Acalon de la Palestina, y fue criada por los sacerdotes en la soledad, bajo el cuidado de unos pastores del lugar. Semíramis solía estar, cuando niña, en las montañas solitarias. A veces veía a los sacerdotes de los ídolos con ella o con su madre, que se detenía en sus correrías o cacerías contra las fieras. He visto al diablo, en forma de niño, jugando con ella, de la manera que he visto más tarde al niño Juan, en el desierto, jugando con los ángeles y ayudado por ellos. He visto también que pájaros, de alas variopintas, volaban en torno de la niña y le traían juguetes curiosos. No recuerdo ya ni puedo expresar cuántas cosas se hacían con ella: era la más repugnante idolatría y corrupción. Ella era de hermosa presencia, llena de ciencia diabólica y todo le salía al sabor de sus deseos. Semíramis fue entrega da primero, siempre por razón de manejos ocultos, como esposa a un personaje guardador de ganados del rey de Babilonia; más tarde llegó a ser esposa del rey mismo. Este rey había sojuzgado a un pueblo lejano del Norte y una parte lo había llevado como esclavo a su comarca. Este pueblo fue cruelmente tratado por la reina Semíramis, cuando quedó sola en el reino, y obligado a trabajar en las grandes obras de edificación. Semíramis fue tenida por una diosa por su pueblo. He visto a la madre de Semíramis dirigiendo grandes cacerías contra temibles fieras y llevando un pequeño ejército de hombres sobre camellos, asnos rayados y caballos. La he visto, en una ocasión, llevando sus correrías a Arabia, en dirección al Mar Rojo, donde vivía Job. Estas mujeres cazadoras eran sumamente ágiles y cabalgaban como los hombres. Estaban vestidas hasta las rodillas y tenían correas sujetas en torno de las piernas. Llevaban sandalias que tenían un resalto con figuras grabadas en diversos colores. Los sacos cortos que usaban estaban adornados con plumas finas y variopintas de diversas formas. Los pechos y los brazos los cruzaban correas adornadas de plumas, y sobre los hombros llevaban una especie de collar de plumas entretejidas con piedras preciosas o perlas. Cubrían la cabeza con gorra de seda roja o de algodón, y delante de la cara llevaban un velo dividido en dos mitades con el cual se defendían del viento o del polvo. Detrás flotaba al viento un pequeño manto. Las armas eran venablos, arcos y hachas; a los costados llevaban el escudo. Por este tiempo las fieras se habían multiplicado en gran manera. Los cazadores las rodeaban desde grandes extensiones y las obligaban a reunirse en un sitio propicio, donde les era más fácil exterminarlas. Cavaban fosos y hacían trampas para cazarlas, y allí las ultimaban con lanzas y palos. He visto a la madre de Semíramis cazando al animal que Job describe con el nombre de Behemoth. Cazaban tigres, leones y otros animales semejantes. En estos primeros tiempos no he visto monos. También cazaban en las aguas, donde ejercían, por medio de ella, varias supersticiones y artes diabólicas. La madre de Semíramis no era, exteriormente por lo menos, tan depravada como su hija. Con todo, tenía un aspecto demoníaco y era de fuerza y osadía terribles. Fue algo espantoso verla como luchaba contra un terrible hipopótamo del Nilo hasta arrojarse en el agua en su persecución. Cabalgaba sobre un dromedario y persiguiendo su presa, cayó en las aguas. Fue después venerada como diosa de la caza y tenida por bienhechora de los pueblos.
Fundación de ciudades en Egipto
Volviendo desde una excursión al África, Semiramis pasó por Egipto, reino fundado por Mesraim, nieto de Cam, el cual a su arribo a esas tierras había encontrado ya algunas tribus dispersas y corruptas. Egipto fue fundado y establecido como reino con varias tribus de gentes, y por eso tenía, ya a uno, ya a otro, de entre ellas, como jefe. Cuando llegó Semíramis a Egipto había cuatro ciudades. La más antigua era Tebas, donde vivía una raza más esbelta, ágil y activa que en la ciudad de Menfis, cuyos habitantes eran de raza inferior. Estaba situada en la orilla izquierda del Nilo, adonde se llegaba por un largo puente. En la parte derecha estaba el castillo, donde en los tiempos de Moisés vivió la hija del Faraón. Los habitantes, oscuros, de cabellos lanosos, fueron desde los primeros tiempos esclavos, y nunca reinaron sobre el país. Los que primero llegaron y edificaron a Tebas, vinieron, me parece, de otras partes del África; otros vi nieron a través del Mar Rojo por el lugar donde más tarde pasaron los israelitas. La tercera ciudad se llamaba Chume, en un principio; luego Heliópolis. Está situada muy lejos de Tebas. Cuando María, José y el niño Jesús huyeron a Egipto, había aún grandes edificios en torno de esta ciudad. Más debajo de Mentis está la ciudad de Sais; creo que es más antigua que Menfis. Cada una de estas cuatro ciudades tenía su propio rey. Semíramis fue muy honrada en Egipto y aumentó, con proyectos y artes diabólicas, la idolatría que allí se ejercía. La he visto en Menfis, donde ofrecían sacrificios humanos, hacer planos y ocuparse en observar los astros y en obras de magia. No he visto, por este tiempo, al buey Apis; pero sí un ídolo con cabeza como el sol y terminando en cola. Ella dio allí el plano para la primera pirámide, que se edificó sobre la orilla oriental del Nilo, no lejos de Menfis. En esta obra se vio todo el pueblo obligado a trabajar. Cuando esta pirámide estuvo terminada he visto volver a Semíramis con un centenar de sus guerreros. Se celebró una fiesta de inauguración y Semíramis fue venerada casi como una diosa. Esta pirámide estaba edificada sobre un lugar donde había agua y pantanos. Por eso se había hecho un fundamento sólido, de grandes pilares, que parecía un inmenso puente, sobre el cual se levantó luego la pirámide. Debajo de la pirámide se podía caminar, alrededor, como en un gran templo de columnas. Allí debajo habían hecho muchas cámaras, espacios, prisiones y salas; en la parte interior de la pirámide había muchas cámaras pequeñas, y en la exterior se veían muchas ventanas y aberturas de las cuales colgaban paños y lienzos que flotaban al aire. en torno de la pirámide había grandes jardines y lugares de baño. En el interior de esta pirámide se ejercía la más abyecta idolatría; mejor dicho, era el sitio de la observación de los astros, de la magia y de las peores conupciones. Se sacrificaban niños y ancianos. Astrólogos, hechiceros y magos de toda categoría tenían allí su asiento, su morada y sus diabólicas visiones e ilusiones. En el lugar de los baños había una instalación para purificar las aguas del Nilo. Más tarde he visto a mujeres egipcias en grandes orgías, en estos baños, relacionadas con las mayores atrocidades del culto de los dioses. Esta pirámide no subsistió mucho tiempo: fue destruida. El pueblo era muy supersticioso y los sacerdotes de los ídolos estaban sumidos en tanta ignorancia, tinieblas y en tales artes adivinatorias, que en Heliópolis preguntaban hasta los sueños de las gentes y los reunían, escribían y conservaban relacionándolos con las observaciones de las estrellas y astros. Cada vez había más personas magnetizadas con visiones diabólicas, las cuales mezclaban algo de verdad con falsedades. De este modo se ordenó el culto de los ídolos y aún la cronología de los egipcios. He visto, por ejemplo, que los dioses Isis y Osiris no eran otra cosa que José (virrey del Egipto) y Asenté (su esposa), que los astrólogos de Egipto habían predicho a raíz de visiones diabólicas, y que el los habían colocado entre sus dioses. Cuando llegaron, fueron venerados como dioses. He visto que Asenté se lamentaba y lloraba por ello, y hasta escribió en contra del culto que se le tributaba.
Las cronologías del antiguo Egipto
Los sabios modernos que escriben sobre Egipto están en grande error, porque tienen por historia, experiencia y ciencia egipcias muchas cosas que descansan sólo en falsas visiones y en sueños astrológicos. Esto está claro, puesto que los egipcios permanecieron siendo un pueblo tan ignorante y de vida tan bestial, como lo fueron en efecto. Los sabios tienen a estas influencias diabólicas por cosas imposibles; las desechan, y como no pueden explicar ciertos misterios del Egipto no admitiendo los influjos demoníacos, se ven forzados a atribuir a los egipcios una gran antigüedad, puesto que tenían ciertos conocimientos y cálculos misteriosos inexplicables. Yo misma he visto que, ya en los tiempos de Semíramis, en Menfis, estos sacerdotes tenían desde entonces grandes pretensiones respecto de la antigüedad, y hacían toda clase de embrollos en los cálculos de sus reyes. Pretendían siempre aparecer como el pueblo más antiguo y confeccionaban cálculos y dinastías de reyes equivocados. Así llegaron a colocarse completamente fuera de toda cronología. Como repetidas veces cambiaban y corregían sus cálculos interesados, al final ya no supieron cuál era la verdadera cronología de su país. Como, además, solían perpetuar sus fechas equivocadas con grandes edificios y largas inscripciones, la confusión se hizo total e irremediable. He visto que contaban el tiempo de los antepasados y de los descendientes, de tal modo que si el día de la muerte del padre fuera el del nacimiento del hijo. Los reyes siempre discutían con los sacerdotes sobre estos cálculos e interponían entre sus antepasados a personas que ni siquiera habían existido. He visto que los cuatro reyes o faraones que reinaron al mismo tiempo en Tebas, Heliópolis, Menfis y Sais, los calculaban como si hubiesen reinado uno después de otro. He visto también cómo, en ocasiones, contaban un año por 970 días, meses por años, y viceversa. Me fue mostrado como un sacerdote, que hacía cuentas, le salían siempre 1100 años donde en realidad no había más que 500. Todas estas cuentas falsas me fueron mostradas en ocasión en que Jesús, en Aruma, hacía la instrucción del Sábado y hablaba a los fariseos de la vocación de Abraham y de su estada en Egipto: les hizo ver la falsedad de los cálculos exagerados de los sacerdotes egipcios. Jesús les dijo a los fariseos que el mundo tenía entonces 4028 años de existencia. Cuando oí decir esto a Jesús estaba Él mismo en el trigésimo primero de su edad. En esta misma oportunidad he visto que mucha gente iba en peregrinación al supuesto sepulcro de Set, a quien tenían por dios y cuyo sepulcro creían que estaba en Arabia. Estos viajes eran muy peligrosos y largos. Me parece que aún hoy viven algunas de estas gentes, que atraviesan ahora por territorio turco, y se les permite pasar precisamente porque se dirigen a ese sepulcro sagrado.
Melquisedec
He visto muchas veces a Melquisedec; pero nunca como un hombre, sino como un ser de otra naturaleza, como mensajero y enviado de Dios. Jamás he visto un determinado lugar de su habitación; ningún país que fuera su patria; ninguna relación de Melquisedec con palientes, ascendientes o descendientes. Jamás lo he visto que comiera, bebiera o estuviera descansando o durmiendo; ni siquiera me entraba la duda de que pudiera ser un hombre, como los demás. Tenía vestiduras tales que nadie las usaba sobre la tierra, ni sacerdotes ni otras personas. En cambio, he visto que tenía parecido con los ángeles que yo veía en la celestial Jerusalén, y con el estilo que más tarde, por orden de Dios, Moisés hizo confeccionar los vestidos sacerdotales. He visto a Melquisedec, en diversos lugares, apareciendo para aconsejar, interceder, ordenar muchas cosas que miraban al bien de los pueblos y las tribus, como también en ocasiones de triunfo en algunas batallas. Donde él se presentaba, su autoridad era incontrastable: todos la acataban aún por el prestigio personal que rodeaba su aparición. Nunca he visto que alguien le resistiese, a pesar de que no usaba medio violento; y todos los hombres, aun los idólatras y paganos, recibían sus decisiones y cumplían sus órdenes. He visto que no tenían ningún semejante, ningún compañero: siempre aparecía solo. A veces tenía dos mensajeros que corrían delante, anunciando su llegada. Vestían de blanco, ropas cortas. Anunciaban su llegada a algunos lugares; luego él los licenciaba. Todo lo que necesitaba lo tenía siempre consigo. Si recibía algo de los hombres, éstos no sufrían necesidad: lo daban de buena voluntad, libremente y con gozo. Se consideraban dichosos los que gozaban de su presencia y le tenían un temor reverencial. Los perversos, al hablar de él, solían burlarse en su ausencia; pero delante de él se humillaban y le tenían. Ocurría mi modo de ver, a Melquisedec, entre los paganos, idólatras y sensuales, lo que ocurre hoy con un hombre de reconocida santidad de vida: que aparece entre la multitud y derrama a su paso salud, bendiciones y palabras de consuelo. De este modo lo he visto también entre los cortesanos de la reina Semíramis, en Babilonia. Tenía la reina un esplendor extraordinario; hacía construir con turbas de esclavos los más soberbios edificios y trataba a estos pueblos con mayor crueldad que los faraones a los hijos de Jacob en Egipto. Se ejercía allí la más abominable idolatría. Se ofrecían sacrificios humanos, enterrando a seres humanos hasta el cuello. Todo el lujo, el esplendor, la riqueza y el arte estaban allí en todo su apogeo, de modo que parecía exceder toda medida y moderación. Semíramis acometía grandes empresas guerre- ras, con numerosos soldados, casi siempre contra pueblos del Oriente. La vi poco en el Occidente. En el Norte no había entonces más que pueblos atrasados, sumidos en la oscuridad y la bajeza. Existía entonces, en los confines de Semíramis, un pueblo muy numeroso, de raza semita, que después de la torre de Babel se había establecido allí multiplicándose mucho. Vivían como los pastores, bajo tiendas; tenían mucho ganado y celebraban culto durante la noche en una tienda abierta bajo la bóveda del cielo estrellado. Tenían la bendición de Dios. Todo prosperaba entre ellos y sus animales eran siempre los mejores y más preciados. A esta raza bendecida pensó la satánica Semíramis destruirla y ya había comenzado su obra en parte. Sabía la perversa mujer, por la bendición que había en esa raza, que Dios tenía algún designio especial con ese pueblo; y por esto, como ella era hechura del demonio, quiso destruirlo. Cuando la persecución se hizo intolerable, vi aparecer a Melquisedec. Se presentó ante Semíramis y le exigió que dejase partir de allí a ese pueblo. Le echó en cara su crueldad. Ella no pudo oponer resistencia a la exigencia de Melquisedec, que sacó a ese pueblo elegido y, en diversos grupos, lo trasladó a la tierra prometida. Durante su permanencia en Babilonia, he visto que Melquisedec habitaba en una tienda, y desde allí repartía pan a los necesitados del pueblo, para que pudieran viajar. Llegados a la tierra de Canán, les señaló lugares para edificar, y adquirieron tierras en propiedad. El mismo Melquisedec Jos distribuyó en lugrares donde no se mezclasen con razas impuras e idólatras. El nombre de esta raza suena como Samanes o Semanes. A algunos de ellos les señaló lugares hacia lo que fue más tarde el Mar Muerto. La ciudad que edificaron pereció en la destrucción de Sodoma y Gomorra. Semíramis había recibido a Melquisedec con una mezcla de reverencia, de secreto temor y de admiración por su sabiduría. Melquisedec apareció ante ella como Rey de la Estrella Matutina, es decir, rey del lejano Oriente. Ella se imaginaba quizás poder conquistarlo como esposo y aumentar su poderío. Melquisedec le habló con mucha severidad y le afeó su crueldad y su tiranía, y le predijo la cercana ruina de la pirámide que había hecho edificar cerca de Menfis. Semíramis pareció muy atemorizada y permanecía delante de Melquisedec muy apocada. He visto que sobrevino un castigo: se volvió como un animal y estuvo largo tiempo encerrada. Se le daba con desprecio paja y heno, como a un animal en un pesebre. Sólo un criado la aguantaba, dándole de comer y beber. Cuando recobró el juicio, volvió a sus crueldades antiguas. He visto que terminó miserablemente; se le arrancaron las entrañas del cuerpo. Vivió ciento diecisiete años.
Melquisedec y los Samanes
Melquisedec era considerado como un ser superior: un profeta, un sabio, un hombre de jerarquía a quien todas las cosas le salían bien. Hubo en aquellos tiempos y aún más tarde varios de estos seres de superior jerarquía. No eran extraños a aquellos pueblos, como no lo fueron los ángeles que conservaban familiarmente a Abraham. Pero he visto que también había apariciones de seres malignos que trataban de turbar las obras de los buenos; así como entre los buenos profetas, los había malos y engañadores. La salida de los Samanes de la tierra de Babilonia tuvo parecido con la salida, más tarde, de los israelitas de Egipto. No eran estos Samanes tan numerosos como los israelitas. De los Samanes llevados a la tierra prometida, he visto tres hombres en las cercanías del monte Tabor, en el lugar llamado Montaña del Pan, viviendo en cuevas, mucho tiempo antes de Abraham. Estaban vestidos con pieles; eran de rostro más oscuro que Abraham, y sobre la cabeza llevaban sujeta una hoja muy ancha para protegerse de los rayos del sol. Llevaban una vida santa de solitarios, al modo de Henoc; tenían un conjunto de creencias simples, aunque secretas, y recibían revelaciones y visiones muy simples. Había en su religión la persuasión de que Dios se ligaría un día con los hombres y como si ellos debían preparar el camino para su realización. Ofrecían sacrificios: de todos sus alimentos separaban la tercera parte, la exponían al sol y la dejaban allí. Esto es lo que me pareció a mí. Podría ser también que lo pusieran allí para los pobres, pues he visto a veces a estos acudir y llevarse los alimentos. Los he visto vivir muy sencillamente, apartados de los demás hombres que aún no eran numerosos y habitaban en tiendas, formando agrupaciones de pueblos. He visto a estos hombres peregrinar a diversos lugares del país, cavando, a veces, pozos, desmontando montes y colocando piedras como fundamentos de futuras poblaciones. Los he visto arrojar a los malos espíritus de ciertos lugares del aire, desterrarlos a sitios pantanosos, estériles y llenos de neblinas. En esta ocasión he comprobado, una vez más. que los malos espíritus suelen habitar frecuentemente en sitios pantanosos y oscuros. He visto a menudo a estos hombres en lucha abierta con los malos espíritus. Yo me maravillaba al principio cuando veía que los lugares donde colocaban piedras para levantar poblaciones, eran cubiertos por hierbas y plantas salvajes; y con todo he visto que las ciudades de Safet, Betsaida, Nazaret, etc., se edificaron precisamente donde habían puesto por fundamento esas piedras. Así trabajaron en el sitio donde más tarde se levantó la casita en la cual recibió María el anun- cío del ángel. Del mismo modo los he visto trabajando en Fatefer, Séforis, en el lugar de la casita de Ana, cerca de Nazaret; en Megido, Naím, Ainón y Hebrón, y en la cueva cerca de Belén. También fundaron Micmetat y otros lugares de cuyos nombres ya no me acuerdo. Sobre el monte Tabor los veía reunirse mensualmente con Melquisedec, quien les traía cada vez un pan cuadrado, de un grosor de tres pies cuadrados, ya dividido en muchas partes pequeñas. Este pan era moreno y estaba cocido en la ceniza. He visto a Melquisedec llegar hacia ellos siempre solo. El pan que traía en las manos parecía flotar en ellas sin peso; pero cuando se acercaba lo ponía sobre el hombro, como si le pesara. Creo que procedía así para aparecer como hombre. Ellos se comportaban con temor reverencial y se postraban con el rostro en tierra en su presencia. Melquisedec les enseñaba a cultivar la viña en las cercanías del Tabor y ellos sembraban por muchas partes del país toda clase de buenas semillas que él les daba. Estas plantas aún crecen allí en estado selvático. Los veía cortar cada día un trozo de pan con el oscuro instrumento o pala con que trabajan la tierra. Observaban los días festivos, conocían las estrellas, y el octavo día lo celebraban con sacrificio y oración, como también ciertos días del año. Los he visto abrir caminos hacia donde habían puesto las piedras de futuras fundaciones y donde habían sembrado o abierto pozos. Los sitios de donde arrojaban a los espíritus malignos, luego los purificaban, los limpiaban y los desocupaban con toda naturalidad. Hicieron caminos hacia Caná, Megido, Naín, y prepararon la mayoría de los lugares en donde nacieron los profetas. Pusieron los fundamentos de Abelmehola y Dotaim e hicieron el hermoso pozo y los baños de Betulia. A Melquisedec lo veían caminando de un lado a otro del país, y nadie sabía cuál era su residencia. Los hombres me parecían muy viejos, pero aún activos y llenos de vida. En el paraje donde estuvo después el Mar Muerto y en Judea, ya había ciudades. También había algunas en el Norte del país. En cambio, en el centro no había ninguna población. Aquellos tres varones se cavaron ellos mismos su sepultura, el uno cerca de Hebrón, el segundo cerca del Tabor y el tercero no lejos de Safet. Estos varones fueron para Abraham lo que fue más tarde Juan para la venida de Jesús. Ellos preparaban y purificaban el país; hacían caminos, sembraban buenas semillas y fruos y encauzaban canales de agua para el que había de ser padre de las muchedumbres del pueblo de Dios. Juan, en cambio, preparaba los corazones a la penitencia y al renacimiento, por medio de Jesucristo. Ellos hacían para Israel lo que Juan hizo para la Iglesia. He visto en diversos lugares hombres semejantes a éstos, los cuales habían sido puestos en sus sitios por el mismo Melquisedec. Muchas veces he visto a Melquisedec, mucho antes de Semíramis y de Abraham, recorriendo Tierra Santa, entonces salvaje e inculta, ordenando, disponiendo y señalando lugares. Lo veía siempre solo y pensaba para mí: ‘¿Qué querrá este hombre aquí ahora, siendo que no hay nadie en esta tierra?» Lo he visto cavar un pozo en una montaña, en donde brotó el río Jordán. Tenía en sus manos un taladro delgado y largo, que entraba como un rayo en las entrañas de la tierra. Lo he visto abrir en diversos lugares fuentes de agua. En los primeros tiempos del mundo no había, como ahora, rios que fluyen y corren engrosados por la tierra; veía yo, en cambio, que muchas aguas descendían desde una alta montaña en el Oriente. Melquisedec tomó en posesión muchos lugares de la Tierra Santa señalándolos desde entonces. Midió el espacio donde más tarde estuvo la fuente de Betesda. Puso una piedra donde debía levantarse el templo, antes que existiera Jerusalén. Lo he visto plantar como semillas, y crecieron esas doce nobles piedras, a orillas del Jordán, donde se detuvieron los sacerdotes con el Arca de la Alianza en su paso por el río. De este modo he visto siempre a Melquisedec, solo, menos cuando intervenía entre los hombres para reconciliar, apartar y guiar familias y jefes de pueblos de un punto a otro del mundo. He visto que Melquisedec edificó un castillo cerca de Salén. Era más bien una serie de tiendas, con galería en tomo y escaleras, semejante al castillo que vi en el país del rey Mensor, en Arabia. Sólo los fundamentos eran de piedras firmes. Me parece haber visto que subsistían aún en tiempos de Juan Bautista los cuatro ángulos donde estaban metidos los principales pilotes. Quedaba sólo un fuerte fundamento de piedras que parecía un parapeto, donde Juan puso su casita de pajas y juncos. Ese castillo o tienda era un lugar donde caminantes y viajeros se detenían como en público albergue, cerca de agradables y abundantes aguas. Quizás tenía Melquisedec el castillo alli para albergar y enseñar a las gentes que pasaban, ya que yo veía a Melquisedec siempre ocupado en aconsejar y en dirigir a las razas y los pueblos. El lugar tenía desde entonces una relación con el futuro bautismo. Este era el punto de partida de Melquisedec; de alli salía para las obras de edificación de Jerusalén, hacia Abraham o a cualquier otro punto del país. El reunía aquí y repartía familias y tribus, que luego se establecían en diversos lugares. Esto sucedía mucho antes del sacrificio de pan y vino, el cual me parece sucedió en un valle en la parte meridional de Jerusalén. Había edificado a Salén antes de comenzar la misma Jerusalén. Donde él obraba o edificaba parecía colocar el fundamento de una futura gracia, como si señalase el lugar de un acontecimiento o comenzase algo que debía realizarse con el andar de los tiempos. Melquisedec pertenece a ese coro de ángeles que están puestos sobre países, comarcas y pueblos. Al mismo coro pertenecieron aquellos ángeles que llevaban mensajes a Abraham y a los patriarcas. Estos ángeles están como enfrentando a los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.