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Nombres de los Reyes Magos
Cuando estuvieron juntos los tres Reyes Magos, he visto que el último, Teokeno, tenía la piel amarillenta: lo reconocí porque era el mismo que unos treinta y dos años más tarde se encontraba en su tienda enfermo al visitar Jesús a estos Reyes en su residencia, cerca de la Tierra prometida. Cada uno de los Reyes Magos llevaba consigo a cuatro parientes cercanos o amigos más íntimos, de modo que en el cortejo había como unas quince personas de alto rango sin contar la muchedumbre de camelleros y de otros criados. Reconocí a Eleazar, que más tarde fue mártir, entre los jóvenes que acompañaban a los Reyes. Estaban sin ropa hasta la cintura y así podían correr y saltar con mayor agilidad. Tengo una reliquia de este santo. Mensor, el de los cabellos negros, fue bautizado más tarde por Santo Tomás y recibió el nombre de Leandro. Teokeno, el de tez amarilla, que se encontraba enfermo cuando pasó Jesús por Arabia, fue también bautizado por Santo Tomás con el nombre de León. El más moreno de los tres, que ya había muerto cuando Jesús visitó sus tierras, se llamaba Sair o Seir. Murió con el bautismo de deseo. Estos nombres tienen relación con los, de Gaspar, Melchor y Baltasar, y están en relación con el carácter personal de ellos, pues estas palabras significan: el primero, Va con amor; el segundo, Vaga en torno acariciando, se acerca dulcemente; el tercero, Recibe velozmente con la voluntad, une rápidamente su querer a la voluntad de Dios. Me parece haber encontrado reunido por primera vez el cortejo de los tres Reyes a una distancia como de medio día de viaje, más allá de la población en minas donde había visto tantas colunnas y estatuas de piedra. El punto de reunión era una comarca fértil. Se veían casas de pastores diseminadas, construidas con piedras blancas y negras. Llegaron a una llanura, en medio de la cual había un pozo y amplios cobertizos: tres en el centro y varios alrededor. Parecía un sitio preparado para descanso de los caminantes. Cada acompañamiento estaba compuesto de tres grupos de hombres. Cada uno comprendía cinco personajes de distinción, entre ellos el rey, o jefe, que ordenaba, arreglaba y distribuía todo como un padre de familia. Los hombres de cada grupo tenían tez de diferente color. Los hombres de la tribu de Mensor eran de un color moreno agradable; los de Sair eran mucho más morenos, y los de Teokeno eran de tez más clara y amarillenta. A excepción de algunos esclavos, no había allí ninguno de piel totalmente negra. Las personas de distinción iban sentadas en sus cabalgaduras, sobre envoltorios cubiertos de alfombras, y en la mano llevaban bastones. A éstos seguían otros animales del tamaño de nuestros caballos, montados por criados y esclavos que cargaban los equipajes. Cuando llegaron, desmontaron, descargaron a los animales, les daban de beber del agua del pozo, rodeado de un pequeño terraplén, sobre el cual había un muro con tres entradas abiertas. En ese recinto se encontraba el pozo de agua en sitio más bajo. El agua salía por tres conductos que se cerraban por medio de clavijas, y el depósito, a su vez, estaba cerrado con una tapa que fue abierta por uno de los hombres de aquella ciudad en ruinas, agregado al cortejo. Llevaban odres de cuero divididos en cuatro compartimentos, de modo que cuando estaban llenos podían beber cuatro camellos a la vez. Eran tan cuidadosos del agua, que no dejaban perder ni una gota. Después de haber bebido fueron instalados los animales en recintos sin techo, cerca del pozo, donde cada uno tenía su compartimiento. Pusieron a las bestias delante de los comederos de piedra donde se les dio el forraje que habían traído. Les daban de comer unas semillas del tamaño de bellotas, quizás habas. Traían como equipaje jaulones colgando de ambos lados de las bestias, en los cuales tenían pájaros como palomas o pollos, de los cuales se alimentaban durante el viaje. En unos recipientes de hierro traían panes como tablitas apretadas unas contra otras del mismo tamaño. Llevaban vasos valiosos de metal amarillo, con adornos y piedras preciosas. Tenían la forma de nuestros vasos sagrados, cálices y patenas. En ellos presentaban los alimentos o bebían. Los bordes de estos vasos estaban adomados con piedras de color rojo. Los vestidos de estos hombres no eran iguales. Los hombres de Teokeno y los de Mensor llevaban sobre la cabeza una especie de gorro alto, con tira de género blanco enrollado; sus túnicas bajaban a la altura de las pantorrillas y eran simples con ligeros adornos sobre el pecho. Tenían abrigos livianos, muy largos y amplios, que arrastraban al caminar. Sair y los suyos llevaban bonetes con cofias redondas bordadas de diferentes colores y pequeño rodete blanco. Sus abrigos eran más cortos y sus túnicas, llenas de lazos, con botones y adornos brillantes, descendían hasta las rodillas. A un lado del pecho llevaban por adorno una placa estrellada y brillante. Todos calzaban suelas sujetas por cordones que les rodeaban los tobillos. Los principales personajes tenían en la cintura sables cortos o grandes cuchillos; llevaban también bolsas y cajitas. Había entre ellos hombres de cincuenta años, de cuarenta, de veinte; unos usaban la barba larga, otros corta. Los servidores y camelleros vestían con tanta escasez, que muchos de ellos sólo llevaban un pedazo de género o algún viejo manto. Cuando hubieron dado de beber a los animales y los encerraron, bebieron los hombres e hicieron un gran fuego en el centro del cobertizo donde se habían refugiado. Utilizaron para el fuego pedazos de madera de más o menos dos pies y medio de largo que los pobres del país traen en haces preparados de antemano para los viajeros. Hicieron una hoguera de forma triangular, dejando una abertura para el aire. Hicieron todo esto con mucha habilidad. No sé cómo consiguieron hacer fuego; pero vi que pusieron un pedazo de madera dentro de otro perforado y le dieron vueltas algún tiempo, retirándolo luego encendido. De este modo hicieron fuego. Asaron algunos pájaros que habían matado. Los Reyes y los más ancianos hacían cada uno en su tribu lo que hace un padre de familia: repartían las raciones y daban a cada uno la suya; colocaban los pájaros asados, cortados en pedazos, sobre pequeños platos, y los hacían circular. Llenaban las copas y daban de beber a cada uno. Los criados subalternos, entre ellos algunos negros, estaban sentados sobre tapetes en el suelo. Esperaban con paciencia su turno y recibían su porción. Me parecieron esclavos. ¡Qué admirables son la bondad y la simplicidad inocente de estos excelentes Reyes!... A la gente que va con ellos le dan de todo lo que tienen y hasta le hacen beber en sus vasos de oro, llevándolos a sus labios como si fueran niños. Hoy he sabido muchas cosas acerca de los Reyes Magos, especialmente el nombre de sus países y ciudades; pero lo he olvidado casi todo. Aún recuerdo lo siguiente: Mensor, el moreno, era de Caldea y su ciudad tenía un nombre como Acaiaia: estaba levantada sobre una colina rodeada de un río. Mensor habitaba generalmente en la llanura cerca de sus rebaños. Sair, el más moreno, el de la tez cetrina, estaba ya con él preparado para partir en la noche del Nacimiento. Recuerdo que su patria tenía un nombre como de Parthermo. Al Norte del país había un lago. Sair y su tribu eran de color más oscuro y tenían los labios rojos. Los otros eran más blancos. Sólo había una ciudad más o menos del tamaño de Münster. Teokeno, el blanco, venía de la Media, comarca situada en un lugar alto, entre dos mares. Habitaba en una ciudad hecha de carpas, alzadas sobre bases de piedras: he olvidado el nombre. Me parece que Teokeno, que era el más poderoso de los tres y el más rico, habría podido ir a Belén por un camino más directo y que sólo por reunirse con los demás había hecho un largo rodeo. Me parece que tuvo que atravesar a Babilonia para alcanzarlos. Sair vivía a tres días de viaje del lugar de Mensor, calculando el día de doce leguas de camino. Teokeno se hallaba a cinco días de viaje. Mensor y Sair estaban ya reunidos en casa del primero cuando vieron la estrella del nacimiento de Jesús y se pusieron en camino al día siguiente. Teokeno vio la misma aparición desde su residencia y partió rápidamente para reunirse a los dos Reyes, encontrándose en la población en ruinas. La estrella que los guiaba era como un globo redondo y la luz salía como de una boca. Parecía que el globo estuviera suspendido de un rayo luminoso dirigido por una mano. Durante el día yo veía delante de ellos un cuerpo luminoso cuya claridad sobrepasaba la luz del sol. Me asombra la rapidez con que hicieron el viaje, considerando la gran distancia que los separaba de Belén. Los animales tenían un paso tan rápido y uniforme que su marcha parecía tan ordenada, veloz e igual como el vuelo de una bandada de aves de paso. Las comarcas donde habitaban los tres Reyes Magos formaban en conjunto un triángulo. La caravana permaneció hasta la noche en el lugar donde los había visto detenerse. Las personas que se les agregaron ayudaron a cargar de nuevo las bestias y se llevaron luego las cosas que dejaron abandonadas allí los viajeros. Cuando se pusieron en camino, ya era de noche, y se veía la estrella, con una luz algo rojiza como la luna cuando hay mucho viento. Durante un tiempo marcharon junto a sus animales, con la cabeza descubierta, recitando sus plegarias. El camino estaba muy quebrado y no se podía ir de prisa; sólo más tarde, cuando el camino se hizo llano, subieron a sus cabalgaduras. Por momentos hacían la marcha más lenta y entonces entonaban unos cantos muy expresivos y conmovedores en medio de la soledad de la noche. En la noche del 29 al 30 me encontré nuevamente muy próximo al cortejo de los Reyes. Estos avanzaban siempre en medio de la noche en pos de la estrella, que a veces parecía tocar la tierra con su larga cola luminosa. Los Reyes, miran la estrella con tranquila alegría. A veces descienden de sus cabalgaduras para conversar entre ellos. Otras veces, con melodía lenta, sencilla y expresiva, cantan alternativamente frases cortas, sentencias breves, con notas muy altas o muy bajas. Hay algo de extraordinariamente conmovedor en estos cantos, que interrumpe el silencio nocturno, y yo siento profundamente su significado. Observan un orden muy hermoso mientras avanzan en su camino. Adelante marcha un gran camello que lleva de cada lado cofres, sobre los cuales hay amplias alfombras y encima está sentado un jefe con su venablo en la mano y una bolsa a su lado. Le siguen algunos animales más pequeños, como caballos o asnos, y encima del equipaje, los hombres que dependen de este jefe. Viene después otro jefe sobre otro camello y así sucesivamente. Los animales andan con rapidez, a grandes trancos, aunque ponen las patas en tierra con precaución; sus cuerpos parecen inmóviles mientras sus patas están en movimiento. Los hombres se muestran muy tranquilos, como si no tuvieran, preocupaciones. Todo procede con tanta calma y dulzura que parece un sueño. Estas buenas gentes no conocen aún al Señor y van hacia Él con tanto orden, con tanta paz y buena voluntad, mientras nosotros, a quienes Él ha salvado y colmado de beneficios con sus bondades, somos muy desordenados y poco reverentes en nuestras santas procesiones. Se detuvieron nuevamente en una llanura cerca de un pozo. Un hombre que salió de una cabaña de la vecindad abrió el pozo y dieron de beber a los animales, deteniéndose sólo un rato sin descargarlas. Estamos ya en, el día 30. He vuelto a ver al cortejo ascendiendo una alta meseta. A la derecha se veían monturas, y me pareció que se acercaban a una región con poblaciones, fuentes y árboles. Me pareció el país que había visto el año pasado, y aún recientemente, hilando y tejiendo algodón, donde adoraban ídolos en forma de toros. Volvieron a dar con mucha generosidad alimento a los numerosos viajeros que seguían a la comitiva; pero no utilizaron los platos y bandejas; lo que me causó alguna sorpresa. Era un sábado, primer día del mes.
Llegan al país del rey de Causur
He vuelto a ver a los Reyes en las imnediaciones de una ciudad, cuyo nombre me suena como Causur. Esta población se componía de carpas levantadas sobre bases de piedra. Se detuvieron en casa del jefe o rey del país, cuya habitación se encontraba a alguna distancia. Desde que se habían reunido en la población en ruinas hasta aquí, habían andado cincuenta y tres o sesenta y tres horas de camino. Contaron al rey del lugar todo lo que habían observado en las estrellas y este rey se asombró mucho del relato. Miró hacia el astro que les servía de guía y vio, en efecto, a un Niñito en él con una cruz. Pidió a los Reyes volvieran a contarle lo que vieren, porque él también deseaba levantar altares al Niño y ofrecerle sacrificios. Tengo curiosidad de ver si cumplirá su palabra. Era Domingo, día 2. Oí que hablaban al rey de sus observaciones astrales, y de esa conversación recuerdo lo siguiente: Los antepasados de los Reyes eran de la estirpe de Job, que antiguamente había habitado cerca del Cáucaso, aunque tenía posesiones en comarcas muy lejanas. Más o menos 1500 años antes de Cristo aquella raza no se componía más que de una tribu. El profeta Balaam era de su país y uno de sus discípulos había dado a conocer allí su profecía: «Una estrella ha de nacer de Jacob» dando las instrucciones al respecto. Su doctrina se había extendido mucho entre ellos. Levantaron una torre alta en una montaña y varios astrólogos se turnaban en ella alternativamente. He visto esa torre, parecida a una montaña, muy ancha en su base y terminada en punta. Todo lo que observaban era anotado y pasaba luego de boca en boca. Estas observaciones sufrieron repetidas interrupciones debido a diversas causas. Más tarde se introdujeron prácticas execrables, como el sacrificio de niños, aunque conservaban la creencia de que el Niño prometido llegaría pronto. Alrededor de cinco siglos antes de Cristo cesaron estas observaciones y aquellos hombres se dividieron en tres ramas diferentes, formadas por tres hermanos que vivieron separados con sus familias. Tenían tres hijas a las que Dios había concedido el don de profecía, las cuales recorrieron el país vestidas de largos mantos, haciendo conocer las predicciones relativas a la estrella y al Niño que debía salir de Jacob. Se dedicaron desde entonces nuevamente a observar los astros y la expectación se hizo muy intensa en las tres tribus. Estos tres Reyes descendían de aquellos tres hermanos a través de quince generaciones que se habían sucedido en línea recta durante quinientos años. Con la mezcla de unas razas con otras había variado también la tez de estos tres Reyes, y en el color se diferenciaban unos de otros. Desde esos cinco siglos no habían dejado de reunirse los reyes de vez en cuando para observar los astros. Todos los hechos notables relacionados con el nacimiento de Jesús y el advenimiento del Mesías les habían sido indicados mediante las señales maravillosas de los astros. He visto algunas de estas señales, aunque no las puedo describir con claridad. Desde la concepción de María Santísima, es decir, desde quince años atrás, estas señales indicaban con más claridad que la venida del Niño estaba próxima. Los Reyes habían observado cosas que tenían relación con la pasión del Señor. Pudieron calcular con exactitud la época en que saldría la estrella de Jacob, anunciada por Balaam, porque habían visto la escala de Jacob, y, según el número de escalones y la sucesión de los cuadros que allí se encontraban, era posible calcular el advenimiento del Mesías, como sobre un calendario, porque la extremidad de la escala llegaba hasta la estrella o bien la estrella misma era la última imagen aparecida. En el momento de la concepción de María habían visto a la Virgen con un cetro y una balanza, sobre cuyos platillos había espigas de trigo y uvas. Algo más tarde vieron a la Virgen con el Niño. Belén se les apareció como un hermoso palacio, una casa llena de abundantes bendiciones. Vieron también allí dentro a la Jerusalén celestial, y entre las dos moradas se extendía una ruta llena de sombras, de espinas, de combate y de sangre. Ellos creyeron que esto debía tomarse al pie de la letra: pensaron que el Rey esperado debía haber nacido en medio de gran pompa y que todos los pueblos le rendirían homenaje, y por esto iban con gran acompañamiento a honrarle y a ofrecerle sus dones. La visión de la Jerusalén celestial la tomaron por su reino en la tierra y pensaban encaminarse a esa ciudad. En cuanto al sendero lleno de sombras y espinas, pensaron que significaba el viaje que hacían lleno de dificultades o alguna guena que amenazaba al nuevo Rey. Ignoraban que esto era el símbolo de la vía dolorosa de su Pasión. Más abajo, en la escala de Jacob, vieron, y yo también la vi, una torre artísticamente construida, muy semejante a las torres que veo sobre el monte de los Profetas, y donde la Virgen se refugió una vez durante una tormenta. Ya no recuerdo lo que esto significaba; pero podría ser la huida a Egipto. Sobre la escala de Jacob había una serie de cuadros, símbolos figurativos de la Virgen, algunos de los cuales se encuentran en las Letanías, y además «la fuente sellada», el jardín cerrado, como asimismo unas figuras de reyes entre los cuales uno tenía un cetro y los otros ramas de árboles. Estos cuadros los veían en las estrellas continuamente durante las tres últimas noches. Fue entonces que el principal envió mensajes a los otros; y viendo a unos reyes que presentaban ofrendas al Niño recién nacido, se pusieron en camino para no ser los últimos en rendirle homenaje. Todas las tribus de los adoradores de astros habían visto la estrella, pero sólo estos Reyes Magos se decidieron a seguirla. La estrella que los guiaba no era un cometa, sino un meteoro brillante, conducido por un ángel. Estas visiones fueron causa de que partieran con la esperanza de hallar grandes cosas, quedando después muy sorprendidos al no encontrar nada de lo que pensaban. Se admiraron de la recepción de Herodes y de que todo el mundo ignorase el acontecimiento. Al llegar a Belén y al ver una pobre gruta en lugar del palacio que habían contemplado en la estrella, estuvieron tentados por muchas dudas; no obstante, conservaron su fe, y ya ante el Niño Jesús, reconocieron que lo que habían visto en la estrella se estaba realizando. Mientras observaban las estrellas hacían ayuno, oraciones, ceremonias y toda clase de abstinencias y purificaciones. El culto de los astros ejercía en la gente mala toda clase de influencias perniciosas por su relación con los espíritus malignos. En los momentos de sus visiones eran presas de convulsiones violentas, y como consecuencia de éstas agitaciones tenían lugar los sacrificios sangrientos de niños. Otras personas buenas, como los Reyes Magos, veían todas estas cosas con claridad serena y con agradable emoción, y se volvían mejores y más creyentes. Cuando los Reyes dejaron a Causur, he visto que se unió a ellos una caravana de viajeros distinguidos que seguía el mismo derrotero. El 3 y el 4 del mes vi que atravesaban una llanura extensa, y el 5 se detuvieron cerca de un pozo de agua. Allí dieron de beber a sus bestias, sin descargarlas, y prepararon algunos alimentos. Canto con estos Reyes. Ellos lo hacen agradablemente, con palabras como éstas: «Queremos pasar las montanas y arroodillarnos ante el nuevo Rey». Improvisan y cantan versos alternativamente. Uno de ellos empieza y los otros repiten; luego otro dice una nueva estrofa, y así prosiguen, mientras cabalgan, cantando sus melodías dulces y conmovedoras. En el centro de la estrella o, mejor, dentro del globo luminoso, que les indicaba el camino, vi aparecer un Niño con la cruz. Cuando los Reyes vieron la aparición de la Virgen en las estrellas, el globo luminoso se puso encima de esta imagen, poniéndose prontamente en movimiento.
La Virgen Santísima presiente la llegada de los Reyes
María había tenido una visión de la próxima llegada de los Reyes, cuando éstos se detuvieron con el rey de Causur, y vio también que este rey quería levantar un altar para honrar al Niño. Comunicólo a José y a Isabel, diciéndoles que seria preciso vaciar cuanto se pudiera la gruta del Pesebre y preparar la recepción de los Reyes. María se retiró ayer de la gruta por causa de unos visitantes curiosos, que acudieron muchos más en estos últimos días. Hoy Isabel se volvió a Juta en compañía de un criado. En estos dos últimos días hubo más tranquilidad en la gruta del Pesebre y la Sagrada Familia permaneció sola la mayor parte del tiempo. Una criada de María, mujer de unos treinta años, grave y humilde, era la única persona que los acompañaba. Esta mujer, viuda, sin hijos, era parienta de Ana, que le había dado asilo en su casa. Había sufrido mucho con su esposo, hombre duro, porque siendo ella piadosa y buena, iba a menudo a ver a los esenios con la esperanza del Salvador de Israel. El hombre se irritaba por esto, como hacen los hombres perversos de nuestros días, a quienes les parece que sus mujeres van demasiado a la iglesia. Después de haber abandonado a su mujer, murió al poco tiempo. Aquellos vagabundos que, mendigando, habían proferido injurias y maldiciones cerca de la gruta de Belén, e iban a Jerusalén para la fiesta de la Dedicación del Templo, instituida por los Macabeos, no volvieron por estos contornos. José celebró el sábado bajo la lámpara del Pesebre con María y la criada. Esta noche empezó la fiesta de la Dedicación del Templo y reina gran tranquilidad. Los visitantes, bastante numerosos, son gentes que van a la fiesta. Ana envía a menudo mensajeros para traer presentes e inquirir noticias. Como las madres judías no amamantan mucho tiempo a sus criaturas sino que les dan otros alimentos, así el Niño Jesús tomaba también, después de los primeros días, una papilla hecha con la médula de una especie de caña. Es un alimento dulce, liviano y nutritivo. José enciende su lámpara por la noche y por la mañana para celebrar la fiesta de la Dedicación. Desde que ha empezado la fiesta en Jerusalén, aquí están muy tranquilos. Llegó hoy un criado mandado por Santa Ana trayendo, además de varios objetos, todo lo necesario para trabajar en un ceñidor y un cesto lleno de hermosas frutas cubiertas de rosas. Las flores puestas sobre las frutas conservaban toda su frescura. El cesto era alto y fino, y las rosas no eran del mismo color que las nuestras, sino de un tinte pálido y color de carne, entre otras amarillas y blancas y algunos capullos. Me pareció que le agradó a María este cesto y lo colocó a su lado. Mientras tanto yo veía varias veces a los Reyes en su viaje. Iban por un camino montañoso, flanqueando aquellas montañas donde había piedras parecidas a fragmentos de cerámica. Me agradaría tener algunas de ellas, pues son bonitas y pulidas. Hay algunas montañas con piedras transparentes, semejantes a huevos de pájaros, y mucha arena blanquizca. Más tarde vi a los Reyes en la comarca donde se establecieron posteriomente y donde Jesús los visitó en el tercer año de su predicación. Me pareció que José, deseando permanecer en Belén, pensaba habitar allí después de la Purificación de María y que había tomado ya informes al respecto. Hace tres días vinieron algunas personas pudientes de Belén a la gruta. Ahora aceptarían de muy buena gana a la Sagrada Familia en sus casas; pero María se ocultó en la gruta lateral y José rehusó modestamente sus ofrecimientos. Santa Ana está por visitar a María. La he visto muy preocupada en estos últimos días revisando sus rebaños y haciendo la separación de la parte de los pobres y la del Templo. De la misma manera la Sagrada Familia reparte todo lo que recibe en regalos. La festividad de la Dedicación seguía aún por la mañana y por la noche y deben de haber agregado otra fiesta el día 13, pues pude ver que en Jerusalén hacían cambios en las ceremonias. Vi también a un sacerdote junto a José, con un rollo, orando aliado de una mesa pequeña cubierta con una carpeta roja y blanca. Me pareció que el sacerdote venia a ver si José celebraba la fiesta o para anunciar otra festividad. En estos últimos días la gruta estuvo muy tranquila porque no tenía visitantes. La fiesta de la Dedicación terminó con el sábado, y José dejó de encender las lámparas. El domingo 16 y el lunes 17 muchos de los alrededores acudieron a la gruta del Pesebre, y aquellos mendigos descarados se mostraron en la entrada. Todos volvían de las fiestas de la Dedicación. El 17 llegaron dos mensajeros de parte de Ana, con alimentos y diversos objetos, y María, que es más generosa que yo, pronto distribuyó todo lo que tenía. Vi a José haciendo diversos arreglos en la gruta del pesebre, en las grutas laterales y en la tumba de Maraha. Según la visión que había tenido María, esperaban próximamente a Ana y a los Reyes Magos.
El viaje de los Reyes Magos
He visto llegar hoy la caravana de los Reyes, por la noche, a una población pequeña con casas dispersas, algunas rodeadas de grandes vallas. Me parece que es éste el primer lugar donde se entra en la Judea. Aunque aquella era la dirección de Belén, los Reyes torcieron hacia la derecha, quizás por no hallar otro camino más directo. Al llegar allí su canto era más expresivo y animado; estaban más contentos porque la estrella tenía un brillo extraordinario: era como la claridad de la luna llena, y las sombras se veían con mucha nitidez. A pesar de todo, los habitantes parecían no reparar en ella. Por otra parte eran buenos y serviciales. Algunos viajeros habían desmontado y los habitantes ayudaban a dar de beber a las bestias. Pensé en los tiempos de Abraham, cuando todos los hombres eran serviciales y benévolos. Muchas personas acompañaron a la comitiva de los Reyes Magos llevando palmas y ramas de árboles cuando pasaron por la ciudad. La estrella no tenía siempre el mismo brillo: a veces se oscurecía un tanto; parecía que daba más claridad según fueran mejores los lugares que cruzaban. Cuando vieron los Reyes resplandecer más a la estrella, se alegraron mucho pensando que sería allí donde encontrarían al Mesías, Esta mañana pasaron al lado de una ciudad sombría, cubierta de tinieblas, sin detenerse en ella, y poco después atravesaron un arroyo que se echa en el Mar Muerto. Algunas de las personas que los acompañaban se quedaron en estos sitios. He sabido que una de aquellas ciudades había servido de refugio a alguien en ocasión de un combate, antes que Salomón subiera al trono. Atravesando el torrente, encontraron un buen camino. Esta noche volví a ver el acompañamiento de los Reyes que había aumentado a unas doscientas personas porque la generosidad de ellos había hecho que muchos se agregaran al cortejo. Ahora se acercaban por el Oriente a una ciudad cerca de la cual pasó Jesús, sin entrar, el 31 de Julio del segundo año de su predicación. El nombre de esa ciudad me pareció Manatea, Metanea, Medana o Madián. Había allí judíos y paganos; en general eran malos. A pesar de atravesarla una gran ruta, no quisieron entrar por ella los Reyes y pasaron frente al lado oriental para llegar a un lugar amurallado donde había cobertizos y caballerizas. En este lugar levantaron sus carpas, dieron de beber y comer a sus animales y tomaron también ellos su alimento. Los Reyes se detuvieron allí el jueves 20 y el viemes 21 y se pusieron muy pesarosos al comprobar que allí tampoco nadie sabía nada del Rey recién nacido. Les oí relatar a los habitantes las causas porque habían venido, lo largo del viaje y varias circunstancias del camino. Recuerdo algo de lo que dijeron. El Rey recién nacido les había sido anunciado mucho tiempo antes. Me parece que fue poco después de Job, antes que Abrahán pasara a Egipto, pues unos trescientos hombres de la Media, del país de Job (con otros de diferentes lugares) habían viajado hasta Egipto llegando hasta la región de Heliópolis. No recuerdo por qué habían ido tan lejos; pero era una expedición militar y me parece que habían venido en auxilio de otros. Su expedición era digna de reprobación, porque entendí que habían ido contra algo santo, no recuerdo si contra hombres buenos o contra algún misterio religioso relacionado con la realización de la Promesa divina. En los alrededores de Heliópolis varios jefes tuvieron una revelación con la aparición de un ángel que no les permitió ir más lejos. Este ángel les anunció que nacería un Salvador de una Virgen, que debía ser honrado por sus descendientes. Ya no sé cómo sucedió todo esto; pero volvieron a su país y comenzaron a observar los astros. Los he visto en Egipto organizando fiestas regocijantes, alzando allí arcos de triunfo y altares, que adornaban con flores, y después regresaron a sus tierras. Eran gentes de la Media, que tenían el culto de los astros. Eran de alta estatura, casi gigantes, de una hermosa piel morena amarillenta. Iban como nómadas con sus rebaños y dominaban en todas partes por su fuerza superior. No recuerdo el nombre de un profeta principal que se encontraba entre ellos. Tenían conocimiento de muchas predicciones y observaban ciertas señales trasmitidas por los animales. Si éstos se cruzaban en su camino y se dejaban matar, sin huir, era un signo para ellos y se apartaban de aquellos caminos. Los Medos, al volver de la tierra de Egipto, según contaban los Reyes, habían sido los primeros en hablar de la profecía y desde entonces se habían puesto a observar los astros. Estas observaciones cayeron algún tiempo en desuso; pero fueron renovadas por un discípulo de Balaam y mil años después las tres profetisas, hijas de los antepasados de los tres Reyes, las volvieron a poner en práctica. Cincuenta años más tarde, es decir, en la época a que habían llegado, apareció la estrella que ahora seguían para adorar al nuevo Rey recién nacido. Estas cosas relataban los Reyes a sus oyentes con mucha sencillez y sinceridad, entristeciéndose mucho al ver que aquéllos no parecían querer prestar fe a lo que desde dos mil años atrás había sido el objeto de la esperanza y deseos de sus antepasados. A la caída de la tarde se oscureció un poco la estrella a causa de algunos vapores, pero por la noche se mostró muy brillante entre las nubes que corrían, y parecía más cerca de la tierra. Se levantaron entonces rápidamente, despertaron a los habitantes del país y les mostraron el espléndido astro. Aquella gente miró con extrañeza, asombro y alguna conmoción el cielo; pero muchos se irritaron aun contra los santos Reyes, y la mayoría sólo trató de sacar provecho de la generosidad con que trataban a todos. Les oí también decir cosas referentes a su jornada hasta allí. Contaban el camino por jornadas a pie, calculando en doce leguas cada jornada. Montando en sus dromedarios, que eran más rápidos que los caballos, hacían treinta y seis leguas diarias, contando la noche y los descansos. De este modo, el Rey que vivía más lejos pudo hacer, en dos días, cinco veces las doce leguas que los separaban del sitio donde se habían reunido, y los que vivían más cerca podían hacer en un día y una noche tres veces doce leguas. Desde el lugar donde se habían reunido hasta aquí habían completado 672 leguas de camino, y para hacerlo, calculando desde el nacimiento de Jesucristo, habían empleado más o menos veinticinco días con sus noches, contando también los dos días de reposo. La noche del viernes 21, habiendo comenzado el sábado para los judíos que habitaban allí, los Reyes prepararon su partida. Los habitantes del lugar habían ido a la sinagoga de un lugar vecino pasando sobre un puente hacia el Oeste. He visto que estos judíos miraban con gran asombro la estrella que guiaba a los Magos; pero no por eso se mostraron más respetuosos. Aquellos hombres desvergonzados estuvieron muy importunos, apretándose como enjambres de avispas alrededor de los Reyes, demostrando ser viles y pedigüeños, mientras los Reyes, llenos de paciencia, les daban sin cesar pequeñas piezas amarillas, triangulares, muy delgadas, y granos de metal oscuro. Creo por eso que debían ser muy ricos estos Reyes. Acompañados por los habitantes del lugar dieron vueltas a los muros de la ciudad, donde vi algunos templos con ídolos; más tarde atravesaron el torrente sobre un puente, y costearon la aldea judía. Desde aquí tenían un camino de veinticuatro leguas para llegar a Jerusalén.