Tomo XIV — Reconocimiento de reliquias

Sección 2: capítulos XIV – XXIV

Curiosas comprobaciones en el reconocimiento de huesos — Historia de una cruz llena de reliquias

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Capítulo XIV

Curiosas comprobaciones en el reconocimiento de huesos

(9 de Mayo de 1820) El doctor Wesener había sacado de un sarcófago pagano un fragmento de cráneo y por medio del Peregrino lo depuso en el lecho de la enferma, que estaba en éxtasis. No dió señal de reconocerlo. Cambiado de lugar varias veces, dijo finalmente: «Qué quiere esa vieja Rebeca conmigo?» El Peregrino aproximó el objeto a su mano y ella la retiró diciendo que la perseguía una vieja morena y salvaje, girando en torno de ella con hijitos desnudos como renacuajos; que sentía horror al mirarlos, porque le infundían miedo; que habfa visto gente semejante en Egipto, pero que ignoraba lo que querfan ahora con ella. Como no retiraran el objeto, ella, siempre en éxtasis, tomó la cajita de sus reliquias, y poniéndola sobre el pecho con ambas manos, dijo: «Ahora esa mujer no me puede hacer daño». Luego siguió con la cabeza al lugar donde el Peregrino ponía el hueso pagano. Cuando lo hubo alejado dijo que aquella se habfa escondido por evitar la visfta de los santos. El confesor le puso los dedos consagrados delante, y ella los seguía con el movimiento de la cabeza. Preguntada:,gQué es eso?, contesto: Es algo más grande de lo que tú comprendes». El Peregrino acercó entonces el hueso de un animal que el doctor Wesener había encontrado en la orilla del rio Lipa. Ella dijo al punto: «Esto puede estar aquí sin inconveniente; no hace ningún mal; es una buena bestia y no ha cometido pecado alguno». Luego, refiriéndose al objeto anterior, dijo al Peregrino: «Vete con ese objeto; líbrate de esa vieja; está atento con ella; te puede hacer mucho mal». Esto lo repitió varias veces estando en éxtasis. Al día siguiente volvió la conversación sobre el tema y dijo al Peregrino que era muy inconveniente presentarle huesos paganos que excitaban en ella impresiones siniestras. Aquel hueso pagano me repugnó, excitando en mi contrariedad y aversión. No puedo afirmar que esa mujer estuviese condenada; pero sentía en aquel hueso tenebroso, alejado de Dios, propagador de tinieblas, engendrador de oscuridad, precisamente todo lo opuesto al efecto de los huesos de los Santos, que son luminosos, atrayentes y benéficos. He visto a aquella vieja mirar en torno con miedo; me parecía que estuviese ligada con tenebrosas potestades y que podía causar mucho daño. Todo era oscuro en torno de ella. El espacio era como un bosque o una pradera; pero todo era oscuro allí, no como la noche, sino como veo la oscuridad espiritual de malas doctrinas, la ausencia y alejamiento de la luz del mundo por la relación con la zona de las tinieblas. La he visto sola con sus hijos. En torno había cabañas miserables, de formas variadas, cavadas en la tierra y cubiertas por arriba con una especie de techo; algunas eran redondas y tenían techos de hierbas; otras, cuadradas, con techos de juncos tejidos. He visto algunas casas algo mas altas, pocas, de forma aguda, compuestas en orden. Entre estas cabañas he visto caminos de comunicación, cubiertos por fuera. Esta acción desagradable resultante de huesos malos puede ocasionar daño a la gente si se sirve de ellos como de medio profano y supersticioso; las personas que usan de ellos pueden participar, sin saberlo, de las emanaciones de esos huesos, pues da nacimiento a cierta comunicación entre ellas y los huesos. De la misma manera nece una participación de las bendiciones y de los efectos de la gracia que emana de todo aquello que es redimido y santificado, por la veneracion de los huesos de los santos.

Capítulo XV

Visión de reliquias robadas

(16 de Diciembre de 1820) He tenido una maravillosa claridad respecto al reconocimiento de reliquias. He visto todas las cosas como si estuviesen en torno mío. He visto muchas iglesias en el Rin y un cuadro donde una carroza fué sorprendida por ladrones, y una cajita conteniendo reliquias fué echada en un campo y encontrada por otros. El propietario, que pasó por aquel lugar, no las pudo encontrar. Esas reliquias quedaron en el país donde fueron encontradas. En esta cajita he visto los huesos que un amigo ha traído junto con otras; pero no me atrevo a nombrarlas ni decir qué reliquias sean. Ese amigo (del Peregrino) debe esperar y, ante todo, cambiar su modo de proceder. El es sorprendentemente lergo y alto; también la fe es como su naturaleza, alta y larga, pero muchas veces debe pasar por una pequeña abertura, como la de una llave. El amigo, en cuanto respecta a mi persona y a mi destino, esta aún obstinadamente en el error.

Capítulo XVI

Anuncia que reconocerá muchas reliquias

(21 de Diciembre de 1820) Ana Catalina habfa anunciado que el día de Santo Tomás reconocerfa muchas reliquias. El Peregrino la encontró ese dfa con la caja de las reliquias sobre el lecho. En visión, durante la noche, había distribuído aquellos huesos y recubierto las paredes internas de la caja con pedazos de seda. Habfa ordenado de modo especial las cinco reliquias de Santiago el Menor, de Simón el Cananeo, de José de Arimatea, de Dionisia Areopagita y de un discípulo de San Juan Evangelista, llamado Eliud. He tenido una noche luminosa. He sabido el nombre de todas las reliquias que se encuentran aquí y he visto los viajes de los apostoles y discípulos cuyas reliquias poseo. En cuanto a Santo Tomás he visto un cuadro festivo, muy solemne. He visto también como estas rel iquias han llegado aquí a Münster, como un obispo extranjero las reunió y como llegaron a manos del obispo de esta diócesis. Todo lo he visto con sus nombres y sus épocas. Confío en el Señor que todo esto que he visto no se perderá. He obtenido permiso para revelar a mi confesor los nombres de las re liquias que ha traído el amigo y que el confesor se los pueda declarar; pero no me es permitido a mi decir estos nombres. Ah l Yo creía que podría decirle los nombres de todas les reliquias! Lo tenía ya en la punta de la lengua para decirlo, cuando salió subamente del lado derecho del armario, que está junto a mi, una mano cándida y luminosa que me cerró la boca, y no me dejó decir los nombres. Esto sucedió de modo tan repentino y sorprendente que estuve a punto de reír. Algunos días mas tarde se renovó una escena semejante: Tuve de nuevo un gran deseo de nombrar a aquellos santos respecto de cuyos huesos habíase originado tanto disgusto. Pero cuando estaba por hablar, oí golpear en mi armario y me fué imposible pronunciarlos; no los sabía ya. No los puedo decir ni me atrevería. He tenido varias veces la palabra en la punta de la lengua; pero no la puedo pronunciar, y esta imposibilidad no esta en mi voluntad. Tanto el confesor como el amigo habfan ofdo los golpes en el armario sin podérselos explicar. El confesor dijo: «Creo el que diablo no osará hacer una de las suyas». Ana Catalina, tomando una reliquia del armario, dijo: «Es aquel santo cuya reliquia ha traído el amigo del Peregrino».

Capítulo XVII

Reconoce varias reliquias

(18 de Enero de 1821) El confesor le presenta a Ana Catalina un paquetito conteniendo varios objetos. Quién es esa monjita que yace en un estado tan miserable? El padre confesor nada me dijo sobre ella. Debería ir él junto a ella porque está en un estado más digno de compasión que el mío; yace como en medio de agudas espinas. La enferma se había visto a sí misma. Después se supo que el paquetito contenía cabellos de Ana Catalina, que el abate Lambert había recogido para mandar a un amigo de París. Reconocida la reliquia de un santo Papa, se habían olvidado los presentes del nombre. Presentada de nuevo, dijo al punto: Es del Papa Bonifacio l.

Capítulo XVIII

Penetra en las catacumbas

Descendí las catacumbas y ví delante de mí una mesa cubierta de luces, y a muchos hombres y mujeres, de rodillas, rezando. Un sacerdote oraba en alta voz, otro incensaba con un turíbulo. Parecía que todos ofrecían algo, deponiendo la ofrenda en una taza que posaba sobre la mesa. Estas oraciones eran preparatorias de inminentes martirios. Después he visto a una mujer noble expuesta en el anfiteatro con tres hijas, de dieciséis a veinte años. El juez que presidía, no era el mismo de antes. Muchas fieras eran soltadas y lanzadas contra los mártires; pero no les hacian daño; antes bien lamían amigablemente a la más joven de las vírgenes. Fueron traidas delante del juez y llevadas a otra plaza menor. La mayor de las jóvenes fué primeramente abrasada con antorchas negras bajo los brazos, en los pechos; luego despedazado con tenazas el resto del cuerpo y reconducida delante del juez. Ella ni siquiera le dirigió una mirada, sino que miraba hacia las hermanas que en ese momento eran atormentadas. Después que todas fueron así atormentadas, fueron decapitadas, estando sentadas, y por último la madre, que había sufrido increíbles tormentos viendo martirizar a sus hijas. Ví también a un Santo pontífice delatado, sacado de las catacumbas y martirizado. Uno de los romanos, el más furibundo de los perseguidores, se declaró partidario de los cristianos y murió también martirizado. Sentr un deseo tan vehemente de martirio que clamé en alta voz invocándolo; pero me fué dicho: «Cada uno tiene su propio camino. Nosotros hemos soportado el martirio una sola vez; tu, en cambio, serás martirizada constantemente. Nosotros hemos tenido un solo enemigo; tú tienes muchos».

Capítulo XIX

Sensación a la vista de las reliquias

Posteriormente el Peregrino le presentó cierto numero de reliquias. Ana Catalina las posó, una después de otra, sobre su corazón; separó alguna como no auténtica, y de las demás dijo: Son tan magnificas! No es posible decir cuán bellas son! Interrogada acerca de su propia sensacion a la vista de las reliquias, dijo: Yo veo y siento la luz. Es como un rayo, como una flecha que me penetra y me lleva consigo; luego siento la dependencia y la correlación de aquel rayo de luz con aquel cuerpo luminoso del cual deriva, y delante de mí se presentan los cuadros de la vida terrena de aquel cuerpo luminoso y su lugar en los coros de la Iglesia triunfante. Hay una maravillosa relación entre el cuerpo y el alma, relación que no cesa ni con la muerte, de tal manera que los espíritus bienaventurados no cesen de obrar sobre los fieles por medio de cada partícula de su cuerpo. En el día del juicio será muy fácil cosa para los ángeles separar a los buenos de los malos, ya que todo será luz y tinieblas.

Capítulo XX

Distingue una reliquia de San Ignacio

(31 de Julio de 1821) Había separado, estando en visión, entre centenares de reliquias, una de San Ignacio de Loyola. Siento un impulso interno de mirar estas reliquias; tenía un ardiente deseo, me atraían. El reconocerlas y distinguirlas es cosa fácil; ellas difunden luces diversas. Veo pequeños cuadros, como si fuesen retratos de los rostros de las diferentes personas a las cuales pertenecen esas reliquias; de los fragmentos de huesos salen hilitos de luz que se juntan con estos cuadros. No puedo expresarlo, es algo maravilloso; es como si una cosa fuese encerrada dentro de nuestra individualidad y esta cosa quisiera salir fuera. Todo esto cansa muchísimo y al fin cae una exhausta de fuerzas.

Capítulo XXI

Explica el modo de reconocer las reliquias.

El vicario Hilgenberg le trajo dos largas tiras de género, a las cuales estaban sujetadas varias reliquias. Ana Catalina se conmovió y dijo: Veo a muchas de estas reliquias ornadas de una aureola de luces de varios colores, despidiendo luces. Me detengo con la mirada. Se presenta en el seno de cada una de ellas, una pequeña figura, que crece, y yo penetro en ella. Veo entonces el semblante, la forma, el vestido y todo el modo de ser y veo la vida, el nombre y la historia de dicho santo. El nombre, si se trata de santos, lo veo siempre bajo los pies; en las mujeres lo veo situado en el lado derecho. Estos nombres no están enteramente escritos, sino sólo las primeras sílabas. Las otras son pronunciadas o entendidas internamente. Las letras tienen el mismo color de la luz de la reliquia y la aureola del santo al cual pertenecen. Parece que estos nombres sean algo esencial, como si tuviesen sustancia; hay en ello un misterio. Cuando veo a los Santos, no en relación con la distinción de las reliquias, sino en general, los veo también distribuidos en órdenes y coros, según sus méritos y vestidos, sus grados y condiciones. Estos vestidos son algo esencial con los vestidos de la Iglesia celestial y no con los del tiempo transitorio. Veo entonces a todos los Obispos, a los Papas, a los mártires, a los consagrados y ungidos, a los reyes, a las vírgenes, y a los demás con los vestidos propios del reino de los cielos, siempre con la aureola de la gloria. Los sexos no están separados. Las vírgenes tienen un grado místico sumamente distinto. Veo a las vírgenes que lo fueron por deseo y voluntad; entre ellas hay mujeres casadas y mártires, a quienes se les hizo violencia por los verdugos. No veo a Magdalena entre las vírgenes, aunque se halla en muy alto grado. Era alta de estatura, bella y tan enérgica, que de no haberse convertido a Jesús, habría sido un monstruo de maldad femenina. Ella obtuvo un gran triunfo sobre si misma. A veces no veo en los santos nada más que la cabeza circundada de resplandor; otras veces, hasta el pecho. La luz que difunden es de diferente color. En las vírgenes y en aquellos que han vivido tranquilamente, cuya lucha consistió solo en la paciencia necesaria en las tribulaciones de cada día y en las penas domésticas, este resplandor es blanco como la nieve. Lo mismo es en los jovencitos, a quienes veo muchas veces con lirios en las manos. Los que han sido martirizados por secretos e íntimos padecimientos por amor a Jesucristo, los veo resplandecer de un rojo pálido. De un rojo fulgurante es la luz de los mártires que lleven una palme. A los doctores y confesores los veo circundados de esplendente luz amarilla y verde, llevando en las manos ramas ondeantes. A los santos mártires los veo con diferente naturaleza de gloria, según el grado de sus tormentos. Entre las rel iquias que se encuentran aquí, veo algunos que llegaron a ser mártires por interno martirio del alma, sin efusión de sangre.

Capítulo XXII

Cuenta cómo ve a los ángeles

A los ángeles los veo sin aureola. Los veo en forma humana, con semblante y cabellos; pero mucho más esbeltos, nobles y de rostros más finos e inteligentes que las criaturas humanas. Los veo transparentes, todo luz, con diferentes grados unos de los otros. A los seres humanos que han llegado a la celeste beatitud, los veo envueltos en una luz corpórea, más cándida que resplandeciente, y en torno de ellos veo una esfera luminosa, una gloria, una apariencia de santidad de diversos colores, los cuales estan en relación con el grado y el género de sus purificaciones. No veo que los ángeles muevan los pies, ni tampoco lo veo en los santos, fuera de los cuadros históricos, donde los veo con vida humana o en su acción entre los hombres. Veo en todas estas apariciones, en su estado perfecto en el cielo, que jamás se comunican por medio de la palabra: los unos se dirigen a los otros y se compenetran íntimamente; así leen en el otro lo que piensa. Tenía dos fragmentos óseos de Santa Hildegarda, uno mayor que otro. Cierto dfa se mostró sorprendida, como si alguien se le acercara, y exclamó: Quién es esa que se acerca en largo y cándido manto? Es Hildegarda. Tengo dos huesos de ella; el más grande no viene nunca a mí, el más pequeño viene a menudo. El hueso mayor resplendece menos, porque es de una parte menos noble (*). (Era de un fémur). Los huesos son diversos en su dignidad. Los vestidos que pertenecieron a Santa Magdalena antes de su conversión, resplandecen menos. Los miembros de un santo, perdidos antes de su conversión, son reliquias, como toda la humanidad entera anterior a la venida de Jesucristo, ha sido redimida por Él. Los huesos que han pertenecido a ánimas puras, púdicas y fuertes, son siempre mas fuertes y mas duros que los huesos de aquéllas que estuvieron abandonades a las pasiones. Los huesos de los simples tiempos antiguos son más fuertes y producen impresión mas agradable que los huesos de épocas posteriores. Lo que escribe Ludwig Clarus en su libro Briefe der H. Hildegard (1 -24) puede referirse a los demás casos de reconocimiento de reliquias por la vidente: «El cuerpo de Santa Hlldegarda se encuentra aún en Eibingen en su caja. Fueron sacadas diversas partes de su cuerpo. Una partícula semejante poseyó Cristiano Brentano, el cual la entregó a su hermano Clemente que estaba por este tiempo en relación frecuente con la monja Ana Catalina Emmerick, de Dülmen(1824) oyendo y escribiendo las visiones de esta vidente. De una carta de Cristiano Brentano, de principios del año 1851, que tengo a la vista, escrita a una amiga, transcribo los siguientes párrafos: «La monja Emmerick recibió de mí, entregada por Clemente, una reliquia insignis que yo había recibido, sacada del cuerpo de Santa Hlldegarda. Ni a mi hermeno Clemente ni a la monja dije de quién fuese esa reliquia. Mi hermano, que habfa dejado la reliquia durante la noche junto a Ana Catalina, me dijo a la mañana siguiente que tal reliquia debía ser de Santa Hildegarda, pues duraute toda la noche habfa estado la vidente en conversación y visiones con esta Santa».

Capítulo XXIII

Reconoce las reliquias que trae el Peregrino

El Peregrino le trajo una vez una caja con cincuenta fragmentos de reliquias mezcladas. Apenas las tuvo y contempló, comenzó a separarlas, dando cuenta de quienes eran y a qué parte del cuerpo pertenecían: Estas estuvieron en el fuego; veo que las buscan en medio de las cenizas. Estas estuvieron en la iglesia de una ciudad; veo que las adornan y purifican. Aquellas otras resplandecen de luz más viva. Estas resplandecen menos, y he aquí una que resplandece con una especial luz dorada. Al decir esto la vidente cayo en éxtasis y dijo: Veo a un viejo oprimido por el reumatismo, que yace sobre una camilla en una plaza pública. Un obispo, de báculo pastoral, se inclina sobre él y apoya la cabeza sobre su espalda. Están presentes hombres que lleven teas. Ana Catalina dijo luego que el hueso que resplandecía de color dorado era de aquel obispo, llamado Sérvulo. Nombró también a San Quirino, como si su reliquia se encontrase allí presente. Cuando el Peregrino le presentó un paquete de reliquias perteneciente a la casa ducal de los Dülmen, Ana Catalina separó los retazos de paños diciendo: Esto lo ha llevado un santo; es el fragmento de una estola. Este paño es de un ornamento de Misa que ha tocado cosas santas. Preguntada cómo lo había reconocido, respondió que en el momento en que el paquete se haUó en su pieza había visto junto a ella a cuatro santos revestidos con esos paños, que fueron luego cortados y distribuídos. Preguntada si veía también a Santa Tecla, cuya reliquia estaba allí, dijo: «Si, la veo én un cuadro cómo espía y escucha atentamente a San Pablo, encerrado en la cárcel. La veo a veces arrastrarse a lo largo de un muro; otras, bajo un arco como quien buscara algo con inquietud. Al presentarle el Peregrino un pequeño fragmento de leño, dijo: «Este fragmento es de aquella clase de leño del que fué hecha la cruz y que María tenía consigo en Éfeso; es leño de cedro. Aquel fragmento de seda pertenece a un pequeño manto, con el cual estuvo vestida una estatua de María; es antiquísimo». El 6 de noviembre de 1821 encontró entre sus reliquias un fragmemto de leño que dió al Peregrino, diciéndole: «Esto ha sido llevado, hace mucho tiempo, por un ermitaño de la Palestina. Pertenece a un árbol que estaba plantado en el jardín de un antiguo esenio. Sobre este árbol fué conducido Jesús por el tentador al final de su ayuno de 40 días». Entregó al Peregrino un pequeño paquete: Esta es tierra del monte Sinaí. Os veo junto a aquel monte. Luego, tomando otro hueso: Esto pertenece a un santo cuya solemnidad ocurre en el mes de julio. Su nombre ampieza con E. Lo he visto encarcelado con otros dos que chupaban los huesos de hambre. Conducido al martirio, por cause de sus maravillosos discursos sobre Dios, lo tuvieron por loco y querían dejarlo libre, Un soldado, empero, dijo: «Veamos si es capaz de llamar a su Dios del cielo, porque entonces es merecedor del martirio como los demás». Este soldado fué herido por un rayo. He visto luego al santo celebrando un servicio divino en la iglesia y luego lo vi martirizado.

Capítulo XXIV

Historia de una cruz llena de reliquias

(8 de Noviembre de 1819) Entregó/e el Peregrino una cruz muy antigua, llena de reliquias. Al acercarse a Ana Catalina, esta exclamó: He aquí que viene una procesión entera de santos. Abriendo la cruz, dijo: Helos aquí a todos. Entre ellos; un Viejo puro y sincero, como el ermitaño de Suiza. El Peregrino le dejó la cruz, y ella contó al día siguiente: Cuando esta cruz me fué acercada, he visto en fila, precisamente como están dispuestas aquí dentro las reliquias, a todos estos santos en forma de cruz en el aire y debajo de ellos una comarca salvaje, llena de bosques, una espesa cambronera, y a algunas personas, entre las cuales, un hombre semejante al viejo ermitaño de Suiza. Después tuve una visión de aquella cruz. He visto en un vallecito, cerca de un bosque situado en un país montañoso, no lejos del mar, una ermita donde vivían recogidas seis mujeres que se habían dedicado a la vida somaria. Eran todas de edad en que podían ayudarse unas a otras. Eran muy recogidas, silenciosas y vivían muy pobremente; no tenían provisiones y pedían limosna. Tenían una superiora y recitaban las horas canónicas. Llevaban túnica burda y oscura con capuchón. Las vi andar por el jardincito, dispuesto cerca de las celdas, donde cada una podía entrar por su entrada particular. Los jardincitos eran muy lindos, aunque pequeños, y tenían árboles de naranjas. Los cultivaban ellas mismas. Las vi ocupadas en un trabajo para mí desconocido: tenían una máquina, semejante a un telar, de varias cuerdas, con las cuales tejían tapetes rústicos y variopintos, hechos con sumo cuidado. He visto que con cierta paja blanca y sutil tejían un delicado trabajo entrelazado. Sus lechos estaban sobre el suelo desnudo y consistían en una tabla con un mal colchón de paja y una manta. Allí no se cocinaba mucho. Tomaban su comida en común, y en la mesa alta y profunda había ciertas cavidades que les servían de platos. A derecha e izquierda de estas cavidades había unas tapas que se bajaban sobre las cavidades y las cubrían. Las vi comiendo a todas juntas una oscura sopa de hierbas. En su capilla reinaba la mayor simplicidad. Cuanto había allí de ornamentos consistía en trabajos de paja. Pensé entre mi: «Aquí dentro hay oración de oro con utensilios de paja; así era entonces, ahora se usa oración de paja con utensilios de oro». El altar de piedra estaba cubierto de una bella estera de paja entretejida y festoneada, pendiente de los extremos. En el medio había un pequeño tabernáculo y, sobre él, esa cruz que tenía el Peregrino. A diestra y siniestra veíanse dos candelabros de leño y dos urnas o vasos, también de leño, que contenían ramos de flores ordenados en forma de ostensorio. Esta ermita era un edificio cuadrado de piedra, con techo de leña. Los espacios interiores estaban divididos por estacas entrelazadas, de un palmo de largo, de madera semejante a aquella con que fabrican las cajas. Las paredes, hechas con maderas entrelazadas, eran de diversa altura; en la capilla, de la altura superior a un hombre, no llegaban al techo; en las celdas, más bajas. Las religiosas podían verse por encima. Estaban sostenidas por estacas, plantadas y reforzadas contra los muros. El ingreso del lado del mar llevaba a la cocina, y a ésta seguía el comedor con las extrañas mesas; detrás estaba la capilla. A la derecha y a la izquierda estaban las tres celdas y delante los jardines. Las puertas que daban al jardín tenían forma de arco: eran bajas, pequeñas, y la ventana sobre la puerta estaba colocada de modo que no se podía mirar hacia adentro. Delante de las ventanas había pequeñas cortinas de paja que podían tenerse levantadas con palos a modo de tiendas. Las sillas estaban hechas con estera, sin apoyo y tenían un mango de leño. El piso de la capilla estaba cubierto de un tapete de varios colores, grueso, fabricado por ellas mismas. No todos los domingos tenían la Misa. Un ermitaño venía a decirles la Misa y a darles la comunión. Tenían, empero, el Santísimo Sacramento en la capilla. Las ví una tarde en oración en su capillita, cuando fueron sorprendidas y asaltadas por los piratas. Estos hallábanse armados de cimitarras cortas y extremidades muy largas; tenían turbantes y hablaban una lengua extraña. Robaban a los hombres para hacerlos esclavos. Eran feroces y como bestias. Su embarcación era grande y estaba anclada a cierta distancia de la playa; habían desembarcado en un bote. Devastaron la ermita y llevaron consigo a aquellas pobres ermitañas. No vi que las ultrajasen. Una de aquellas vírgenes, joven y fuerte, defendió la reliquia del altar y pidió al Señor ayuda con todo fervor. Antes que los asaltantes llegasen al mar, vinieron a reñir sobre el reparto del botín. En tanto aquella virgen consiguió arrastrarse con las manos y los pies hasta el fondo del bosque e hizo voto de servir al Señor, haciendo vida solitaria en el desierto, si la libraba del peligro. Los piratas la buscaron largo tiempo, y ella vió como al amanecer se hacían a la vela. Entonces dió gracias a Dios de rodillas delante de esta cruz. La selva virgen se extendía distante de todo camino separada por un precipicio situado entre glaciares. Ningún hombre, ningún cazador penetraba allí. Buscó largo tiempo un lugar conveniente, hasta que lo encontró en lo más profundo del bosque. Era un sitio pequeño, libre y desembarazado, rodeado de árboles y de zarzas, suficiente para erigir allí una pequeña capilla. Por arriba estaba casi cubierto de árboles, y el suelo atravesado por las raices de los mismos árboles. Decidió servir a Dios allí mismo, aislada completamente de los hombres, sin ayuda ninguna eclesiástica o profana. Tenía consigo la cruz que plantó sobre un altar edificado por ella misma con piedras, y detrás de él dispuso su lecho. No tenía fuego; lo tenía solamente en el corazón. Durante treinta años no vió siquiera el pan. En aquellas cercanias vi a ciertos animales en lo alto de los montes, semejantes a cabras, que saltaban de un escollo a otro; en torno de esta ermita vi también liebres blancas y pájaros grandes como gallos. He visto llegar a estos lugares a un cazador con sus perros. Estaba al servicio de un noble, que tenía un castillo en lo alto del monte, a distancia de alguna milla. He visto luego aquel castillo destruido, del que ahora queda solo un fragmento de torre cubierto de hiedra y de plantas salvajes. Aquel cazador vestía túnica gris muy ajustada y en torno al cuerpo un cinturón adornado. Llevaba un pequeño sombrero redondo, de punta, y bajo el brazo, el arco. Sus perros penetraron ladrando en lo espeso de las matas, y el cazador se acercó y vió algo brillante, que era aquella cruz. Se acercó y clamó en alta voz. La ermitaña se había ocultado, y al principio no quiso responder. Finalmente gritó diciendo al cazador que no se espantase de ella si no le veía semblante humano. Entonces él la vió y la vi yo también en visión. La vi circundada de resplandor. Era alta, cubierta el cuerpo; largos y grises cabellos le pendían por las espaldas y el pecho. Toscos eran sus pies y oscuros sus brazos; caminaba encorvada por el peso de la edad. Con todo, a pesar de esta apariencia, tenía algo de severo y de noble en sus modales. Al principio no quiso decir quién era; pero cuando advirtió que el cazador era hombre piadoso, le dijo: «Veo que tu eres siervo de Dios». Y le contó como había venido a parar a aquél lugar. Rehuso salir de allí con él; y dijo al cazador que volviese dentro de un año con un sacerdote ermitaño. He visto cómo recibió el Santísimo Sacramento. Después quiso permanecer un rato sola y cuando aquellos dos se acercaron de nuevo, la hallaron muerta. Quisieron llevarse consigo el cuerpo, mas no pudieron moverla. La sepultaron en el mismo lugar y el cazador tomó secretamente la cruz para memoria del hecho. Más tarde, sobre su tumba que estaba en un matorral, se edificó una capi lla en honor del santo venerado por ella de un modo especial y que había ella nombrado. De varios lados había entradas que llevaban al interior de aquella capilla. Aquella virgen había vivido completamente para Dios, en la mayor pobreza. Antes del asalto de los piratas había tenido un sueño en el que vió, como si con violencia, era transportada sobre el mar. También en sueño hizo voto a la Virgen de Einsiedeln de que si era salvada del peligro ayunarfa siempre en la soledad. Le había parecido que caía en un canal o curso de agua, donde se arrastró largo tiempo hasta que saliendo llegó a una soledad que más tarde conoció era precisamente aquella donde ahora estaba, y visto en la visión. Entonces le fué dicho que alli debía quedar. Cuando preguntó de que debía alimentarse, muchos higos y castañas cayeron de los árboles; y mientras ella recogía los frutos, éstos se cambiaron en piedras preciosas, semejando los frutos de las penitencias y mortificaciones. Ella le contó al cazador esta visión suya. Cuando el cazador la encontró en aquella soledad habían pasado treinta años. Le dijo que provenía de la Suiza y que podía informarse allí para convencerse. Le nombró el lugar de su nacimiento, añadiendo que había tenido siempre gran devoción a la Virgen de Einsiedeln. Desde la primera edad había oído una voz que le decía que debía dejar su patria y debía servir a Dios en la soledad. No había puesto mucha atención a esa voz; pero una vez le pareció que se le acercaba un joven que le dijo: «¿Estas aún aquí? ¿Aún no has partido? … «. Y así diciendo, la había llevado lejos de allí. Había creído que soñaba, mas al despertarse se encontró lejos de su casa, en un país extraño, hasta llegar a la ermita donde fué bien recibida. El cazador tuvo devoción a la cruz por mucho tiempo; finalmente, por liviandad e inconsideracion, la cedió a un habitante de una pequeña ciudad situada al pie del monte. Éste la veneró mucho y oraba siempre delante de ella, y en una tormenta que devastó la comarca quedaron él y su casa preservados del desastre. Después de su muerte pasó la cruz a uno de sus herederos, y así pasó de mano en mano hasta llegar a un campesino, que la vendió juntamente con otros objetos. Perdió, por eso, casa y campos. Después he visto la cruz relegada y despreciada en medio de mil cosas de todo género, en poder de personas que no tenían temor de Dios. A esta gente la compró un extranjero, incrédulo, no por devoción, sino por simple curiosidad, sin conocer el valor del tesoro que poseía, y a pesar de ello aquella cruz le fué de inmenso provecho. Esta última circunstancia conmovió al Peregrino; él habfa comprado la cruz en Landshut a un pobre obrero, y desde entonces se sintió mejorado en lo espiritual y en lo material. La vidente no lo podfa saber y la historia era tan verdadera como el último episodio de la cruz. A rafz de esto el Peregrino se manifestó preocupado y preguntó a Ana Catalina: «Si todo vuelve a verse como sucedió, los pecados cometidos, de los que uno se arrepintió y confesó volverán a verse?» Ella respondió: Por estos pecados y faltas ha satisfecho el Señor. No existen más. No los puedo ver a no ser que sea un caso como el de David penitente. Aquellos pecados que no fueron expiados, que el hombre lleva consigo y los oculta, esos los veo perfectamente. Los que fueron expiados son como huellas impresas en la arena, que se borran con los pasos siguientes de arrepentimiento y penitencia. La confesión contrita del pecado cancela la culpa.