En esta sección:
- I. Cómo reconoce las reliquias
- II. Reliquias de santos enterrados en varios lugares
- III. Lugares de reliquias olvidadas
- IV. Una iglesia espiritual donde se juntan las más grandes reliquias
- V. Abandono general de las reliquias en nuestros tiempos
- VI. Reconoce las reliquias verdaderas y explica la relación del alma con el
- VII. Reliquias de San Pedro, Lázaro, Martha y Magdalena
- VIII. Pruebas con reliquias falsas. La reina Semíramis
- IX. Reliquias enviadas por un sacerdote de Suiza
- X. Recibe de nuevo reliquias desconocidas
- XI. Es nuevamente probada en el don de reconocer reliquias
- XII. Ve a varios santos y Mártires
- XIII. Presencia martirios en el anfiteatro romano
Cómo reconoce las reliquias
‘Tu has recibido, me dijo el Ángel un día, el don de ver la luz que sale de las reliquias de los santos por la disposición que se te ha dado en orden a la comunidad de los miembros del cuerpo de la Iglesia; pero la fe es la condición de toda disposición para recibir la influencia y la acción segradas». Estando despierta veo a veces como un cuerpo luminoso y mil rayos de luz que suben desde la tierra y se hacen una sola cosa con ese cuerpo. Muchas veces uno de los hilos de luz se rompe y vuelve atrás; entonces en ese punto nace una sombra. (Imagen de la comunion de los fieles por las oraciones y obras buenas). Me es difícil explicar claramente estes cosas. Veo la bendición y los efectos de las cosas benditas como cosas que santifican y salvan, como luz que difunde luz. La maldad, la culpa y la maldición las veo oscuras y tenebrosas, produciendo efectos de perdición. Veo la luz y las tinieblas como cosas vivas, que producen respectivamente luz o tinieblas. Conozco hace mucho tiempo las reliquias verdaderas, y las distingo de las falsas; temiendo que las falsas sean veneradas, he enterrado muchas de ellas. Mi guía me dijo que era gran abuso hacer pasar por verdaderas reliquias los objetos simplemente tocados en ellas. Estando cierta vez preparando hostias en el convento, sentí vivo deseo de acercarme a un armario y como impulsada hacia él. Entonces alcé un relicario con reliquias y no pude descansar hasta que no fueron de nuevo honradas. (19 de Julio). Se me ha dicho que ninguna persona tuvo jamás el don de discernir las reliquias en el grado que se me ha concedido a mí; y la razón es porque estas cosas están ahora en deplorable decadencia y es necesario remediarlo.
Reliquias de santos enterrados en varios lugares
(1er. Domingo de Julio 1819) He tenido que hacer un gran viaje. Fui conducida por mi guía a los lugares de nuestro país donde están reposando huesos de santos ignorados por los vivientes. Vi cuerpos enteros de santos sobre los cuales se han construido edificios y lugares donde antes ha habido iglesias y conventos. Allí había filas enteras de cadáveres y entre ellos algunos cuerpos de santos. También aquí, en Dülmen, vi enterrados restos sagrados entre la iglesia y la escuela. Los santos a quienes pertenecían acercabanse a mí desde los coros celestiales, y cada uno me decía: «Éstos son mis huesos». También vi que estos tesoros, aunque tan poco estimados, traen, sin embargo, salud a los lugares que por esta causa se libraron de graves calamidades, y que otros pueblos más recientes han padecido muchos males, porque no poseen tales tesoros. No puedo decir en cuantos lugares, admirables y desiertos, entre muros, casas y rincones, estuve, donde yacen ocultos y despreciados magníficos tesoros de reliquias. Las honré y pedí a los santos que se dignaran no privar al pueblo de su amor y amparo. Fui al anfiteatro de Roma y vi la gran multitud de santos que allí padecieron martirio. Estaba presente mi celestial Esposo en forma de un joven de doce años. Los santos, cuyo número es incalculable, estaban divididos en coros y al frente de ellos se veía a los que los habían instruido y dado fortaleza. Tenían en la cabeza una especie de mitra, de la cual salían dos cintas que les caían por la espalda, y vestían largos mantos blancos adornados de cruces. Entré con ellos, en las bóvedas subterráneas, en las que había calles, estancias, espacios circulares en forma de capillas, y donde se reunían; en varios de estos espacios se levantaba una columna que sostenía la bóveda. En los muros habían cavidades rectangulares y con frecuencia huesos en ellos. Mientras los santos me conducían de un lugar a otro, decíanme, ya uno, ya otro, el que hacía de guía en los diferentes lugares: «Mira, aquí vivíamos nosotros en tiempos de persecución; aquí enseñábamos y celebrábamos los misterios de la redención». Mostráronme también altares prolongados y cuadrados, de piedras, que salían del muro, y otros redondos con bellos símbolos tallados, donde se habían celebrado los divinos oficios, y me decían: «Entonces vivíamos en la oscuridad, sin pompa exterior; pero la luz y fortaleza de la fe estaban con nosotros». De este modo, hablando conmigo algunas palabras, aunque pocas, cada uno de los guías desaparecía con su respectivo coro de los lugares donde habían cumplido su deber. Algunas veces salíamos a la luz y visitábamos otros subterráneos; pero no pude comprender cómo hubieran jardines y palacios sobre el lugar donde estábamos sin que sus habitantes supieran nada de esto, ni como habían sido hechas esas excavaciones. Finalmente quedaron solos, en mi compañía, un anciano y mi Esposo juvenil. Entramos en un lugar muy amplio cuya forma no puedo determinar, pues no lo dominaba con la vista. En lo alto había esculturas de todo género, y la bóveda descansaba sobre columnas. Bellísimas estatuas, mayores que las de tamaño natural, yacían en el suelo. El espacio se estrechaba por un lado formando ángulo, en el cual había, separado del muro, un altar y detrás de él, estatuas contra la pared. Vi también sepulcros esculpidos en los muros y en ellos huesos que no resplandecían. En los ángulos había pergaminos amontonados, del tamaño de un codo de largo y algo más cortos, gruesos como un rollo de tela. Me figuré que serían libros. Viendo todo esto tan bien conservado y aquel espacio tan limpio, me dije a mi misma: «Aqui vivirías tu muy contenta, visitando estos lugares y ordenando las cosas». Arriba había murallas, jardines y un gran palacio. Me vino de repente la idea de que aquel subterráneo quizás será descubierto un día por efecto de alguna gran destrucción. Si yo estuviera allí creo que lo hallaría; se puede entrar sin derribar cosa alguna. Aquí no se me dijo nada; solamente hube de ver lo que había. Ignoro la causa. El anciano desapareció. Tenía una mitra semejante a las anteriores y muy larga barba. Después, el joven me llevó a casa.
Lugares de reliquias olvidadas
(1820) Fuí de nuevo conducida a innumerables lugares donde reposan reliquias ocultas y enterradas, enteramente ignoradas. Estuve dentro de cuevas, entre polvo y corrupción, en bóvedas de iglesias antiguas, en sacristías y sepulcros, y honré los cuerpos olvidados y dispersos de los santos. Vi que eran resplandecientes, fecundos en bendiciones, y que el olvido de ellos crecía a medida que crecía la decadencia. Vi que las iglesias construídas sobre ellos quedaban desiertas y oscurecidas a medida que dejaban de ser honrados; y que el culto de los Santos y de las reliquias decaía en el mismo grado en que disminuía el culto del Santísimo Sacramento. Vi cuán malo es recibir solo por hábito exterior el Santísimo Sacramento. En expiación de tales olvidos y desprecios hube de padecer graves penas. En la Iglesia espiritual me fueron mostrados el valor y los efectos de las santas reliquias que yacen ahora despreciadas sobre la tierra.
Una iglesia espiritual donde se juntan las más grandes reliquias
He visto una iglesia octangular. No había en ella altar; pero en el centro se juntaban, sobre un candelabro de muchos brazos, los tesoros de esta iglesia, como ramilletes de flores que se abrían. Vi que aquellas cosas sagradas eran dispuestas y ordenadas por los mismos santos que las habían reunido, como adornos preciosos que crecían incesantemente en el candelabro. Los santos que traían algún tesoro, ocupaban su lugar en el recinto de la iglesia y muchas veces eran traídos sus propios restos por otro santo que llegaba después. Vi a los discípulos que traían la cabeza de San Juan Bautista; y a la Santísima Virgen trayendo vasos con la sangre de Jesús. Vi estos vasos de cristal y en uno de ellos sangre aún resplandeciente y clara. Todo estaba en preciosos relicarios, semejantes a los que en las iglesias contienen las santas reliquias. Vi hombres y mujeres santas del tiempo de la Santísima Virgen dejar allí reliquias de esta gran Señora en preciosos vasos; eran puestas en lugar preferente, a la derecha, en el centro del relicario. Luego vi una cruz, en la misma forma en que la veo de ordinario, ser introducida en la iglesia por una mujer coronada y quedar suspendida en el centro sobre las reliquias de María. En la cruz estaban hincados los tres clavos y la tabla que sirvió de apoyo a los pies del Señor y la inscripción. Vi alrededor de la cruz todos los instrumentos de la pasión muy bien ordenados: la escalera, la lanza, la esponja, la caña, los azotes, la maza, la columna, las cuerdas, el martillo y otros más. La corona de espinas pendía del centro de la cruz. Durante la traslación y exposición de éstos objetos sagrados tuve constantemente visiones, fuera de la iglesia, de lugares próximos y remotos, donde había algunos de éstos instrumentos de la pasión y supe con certeza interior que algunas de las cosas que veía estaban bien conservadas y eran veneradas. De la corona de espinas se conserva gran parte, en diversos lugares. Vi que la partícula de la lanza que poseo, es verdaderamente del asta de la sagrada lanza. Vi en innumerables direcciones, en altares, en iglesias, en bóvedas, en muros ruinosos, sobre la tierra o debajo de ella, fragmentos de aquellos santos huesos y reliquias que estaban expuestos en la iglesia espiritual. También vi traer a la iglesia, por Obispos, algunos cálices y copones con hostias consagradas y corporales mojados en la sacratísima sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Todo esto fué colocado encima de la cruz. Luego vinieron los huesos de los primeros mártires y de los apóstoles, y fueron puestos al pie de la cruz. Después las reliquias de ejércitos de mártires, de sacerdotes, de confesores, de papas, de vírgenes, de ermitaños, de monjes, etcétera, las cuales fueron expuestas en preciosos vasos, en cajitas muy bien adornadas, en relicarios en forma de torres y en admirables guarniciones de joyas. Finalmente se formo al pie de la cruz una montana de tesoros y la cruz fué subiendo a medida que crecía la montaña, hasta que llegó a una especie de Calvario resplandeciente. Los portadores de las reliquias eran los que las habían exaltado y venerado en la tierra y las más de las veces aquellos cuyos restos habían de ser luego venerados. Todos aquéllos cuyas reliquias estaban allí presentes, se veían ordenados en coros, según su categoría y estado, y con ellos se llenaba la iglesia cada vez más. Sobre ellos resplandecía el cielo abierto y todo parecía lleno de gloria, pues era la Jerusalén celestial. Las reliquias estaban circundadas por los colores de la gloria de sus respectivos santos. Los santos también resplandecfan con tales colores, y de esta suerte se hallaban ellos en admirable relación con sus huesos y sus huesos con ellos.
Abandono general de las reliquias en nuestros tiempos
Después vi acercarse a aquella iglesia a muchos hombres espléndidamente vestidos, y circundarla, veneréndola, desde la parte exterior. Vi a estos hombres vestidos con trajes de todas las épocas, desde las más remates hasta las nuestras. Todos honraban rectamente a los santos y a sus reliquias, como a miembros del cuerpo de Jesucristo, vasos santificados de la divina gracia, por Jesús y en Jesús. Vi cuan benéficamente obraron los santos en estos hombres, difundiendo sobre ellos, como rocío del cielo, prosperidades y bendiciones. Me alegré porque en estos últimos tiempos he visto en algunos lugares a personas, a quienes en parte conozco, que honran con sencillez las santas reliquias. La mayor parte de estas personas eran labradores, que honraban con candor infantil las reliquias que había en la iglesia. Vi con gran alegria, entre ellos, a mi hermano, que veneraba con sencillez las sagradas reliquias de los santos, los cuales hacían descender bendiciones sobre sus campos. Vi también, bajo el símbolo de una iglesia ruinosa, el estado actual de veneración de las reliquias. Vi las reliquias abandonadas, dispersas, cubiertas de polvo, entre cieno e inmundicias; pero aun así vi que difundían luz y bendición. He visto a la misma iglesia en el mismo estado lamentable que las reliquias. Entraban en ella muchas personas, pero cercadas de oscuridad; solo una que otra sencilla parecía resplandeciente. Los peores eran muchos sacerdotes, que se hallaban circundados de tinieblas sin poder dar siquiera un paso hacía adelante. Parecía que ni siquiera habrían encontrado la puerta, si a pesar de su indignidad no llegasen a ellos algunos tenues rayos que salían de las reliquias y penetraban a través de las tinieblas. Vi imágenes de la historia de la veneración de las reliquias. Vi levantarse sobre las reliquias altares, que por la veneración que se les tributaba se convirtieron en capillas e iglesias, las cuales vinieron después a tierra a consecuencia del desprecio en que eran tenidas las mismas reliquias. Vi que en el tiempo en que todo era tinieblas y oscuridad, las reliquias fueron dispersas, y los relicarios de metales preciosos, fundidos y convertidos en dinero. Vi que la dispersión de las reliquias es mayor mal que la enajenación de los relicarios. Las iglesias donde las reliquias fueron dispersas y no recibieron el honor debido, las vi decaer y destruidas muchas de ellas. Estuve en Roma, en Colonia y en Aquisgrán, y vi grandes tesoros tenidos en mucha veneración.
Reconoce las reliquias verdaderas y explica la relación del alma con el
cuerpo de los santos Cierta vez que le presentaron unas reliquias, Ana Catalina declaró: Ya veo lo que usted me da. No puedo describir la impresión que me causa. Veo y no sólo veo, sino siento una luz a modo de fuego fatuo, unas veces más clara, otras mas pálida, y siento que esta luz me circunda como llama que se agita a impulsos del viento. Veo también la relación de esta luz con un cuerpo luminoso, y de este cuerpo con un mundo de luz que surge de una luz.
Reliquias de San Pedro, Lázaro, Martha y Magdalena
La Hermana Sóntgen trajo a Ana Catalina un envoltorio conteniendo reliquias. Tomó/o ésta entre las manos y dijo: Este es un gran tesoro; aquí dentro hay reliquias de San Pedro, de su hijastra Santa Petronila, de San Lázaro, de Martha y de Magdalena. Este tesoro hace tiempo que ha llegado de Roma. Esto sucede con las reliquias que no se encuentran ya en posesión de la Iglesia, sino de personas privadas. Este relicario ha sido heredado, donado, echado en medio de objetos viejos de poco valor, hasta que por acaso llego a maños de la Hermana Sontgen. He de interesarme para que sean dignamente honradas estas reliquias. A propósito de este asunto narró la vidente que una hebrea había encontrado un pequeño relicario entre varias prendas de vestido compradas. Desde ese momento fué presa de tal inquietud, que determinó hacerlo llegar a manos de Ana Catalina, la cual habla visto en visión todo lo sucedido, y sonrió cuando le trajeron el precioso relicario.
Pruebas con reliquias falsas. La reina Semíramis
Un párroco incrédulo al reconocimiento de las reliquias, hizo llegar a manos de Ana Catalina, por medio de Cristiano Brentano, tres sobres cerrados conteniendo fragmentos de huesos. La vidente tomó uno en sus manos y contó lo siguiente: He visto en lontananza tumbas oscuras y desiertas, con huesos negros; de sagrado y de santo no he sentido nada absolutamente. He visto al párroco tomar fragmentos de aquellos huesos. Después me encontré en una capilla oscura sobre una elevación. En torno reinaba frío, niebla y oscuridad. Allí me dejo mi guía y he visto acercarse a mi una figura muy atrayente y benévola. Al principio creí que fuera un ángel; pero bien pronto sentí miedo y fuf presa de un sentimiento de terror. Pregunté a la sombra: «Quién eres tú? …. » La aparición me respondió con dos palabras en idioma extranjero. Durante toda la mañana no pude entender el significado y estaba maravillada. Ahora comprendo esas palabras; significan: Destructor de Babilonia, Seductor de Judas. Aquella sombra me dijo también: «Yo soy aquel espíritu que ha elevado a Semíramis babilónica y formado su imperio; soy también aquél que ha dado origen a tu redención, puesto que hice que Judas traicionase e hiciese prender a Aquél … «. No nombró a Cristo. Me dijo ambas cosas como queriendo significar que había hecho obras extremadamente buenas. Yo me hice la señal de la cruz en la frente con el leño de la santa cruz. Entonces su aspecto se volvió horrible, y con bramidos de rabia me echó en cara que le había arrebatado una jovencita que él habia ganado para sí. Finalmente desapareció profiriendo terribles amenazas. Cuando pronunció aquellas palabras extranjeras, he visto a la joven Semíramis, como pequeña niña a la sombra de bellos árboles, y he visto a este mismo espíritu delante de ella presentándole toda clase de frutas. La niña lo miraba audazmente a la cara. Yo veía en ella algo que me infundía repugnancia. Era de apariencia bellísima, pero me parecía que sus formas terminaban en garras y como si estuviese toda cubierta de puntas. He visto que él nutría a la niña y la proveía de juguetes y bagatelas. En torno veíase una hermosa comarca: tiendas, bellas praderas, rebaños de elefantes y otros animales guiados por pastores. He visto de una mirada como Semíramis se enfurecía contra aquella estirpe piadosa de gente que Melquisedec condujo fuera de su dominio. He visto cuantas abominaciones cometía Semiramis y como, no obstante, era adorada como una diosa. Por la segunda palabra que pronunció aquel espíritu vi en cuadro a Jesús en el Monte de los Olivos, la traición de Judas, y la pasión entera de Nuestro Señor. No podia comprender cómo y por qué se me había aparecido este espíritu. Quizas estos huesos sean de algunos paganos y así el enemigo tuvo poder de acercarse a mí. Me fué prohibido severamente por mi guía celestial tocar ni un fragmento de aquellos huesos. «Te lo ordeno, me dijo, en nombre de Jesús. Hay en ello una grave tentación y una traición. Podrías incurrir por esto en graves pérdidas y daños. No se deben arrojar las perlas delante de los puercos; esto es, a aquéllos que no creen. Las perlas deben ser ligadas con oro. Continua en reconocer los huesos, pero sólo aquellos que te son enviados por voluntad de Dios».
Reliquias enviadas por un sacerdote de Suiza
Habiendo recibido ciertas reliquias enviadas por un sacerdote de Suiza, Ana Catalina dijo: No he visto ningún cuadro preciso acerca de estas reliquias. He visto que el sacerdote que las ha enviado era bueno y piadoso; pero he visto que en su comunidad hay personas que se inclinan a un pietismo falso y no católico. El no las sabe distinguir y las tiene por buenísimas. He visto que estas personas difundían oscuridad y tinieblas: no se atienen a los usos de la iglesia y no los aprecian. Por otra parte, aún no se han revelado en sus sentimientos y todo permanece aún en el secreto de sus corazones. En este momento oí una voz cerca de mi que repetía: «Te olvidas de nosotros». Era un aviso de los otros huesos. Me fue avisado nuevamente no recibir huesos de extranjeros, sino examinar primero completamente mis antiguas reliquias, y guardarme de recibir reliquias para reconocer, aún cuando me fuesen enviadas por Santos sacerdotes, ya que de esto me podía provenir grandísimo daño.
Recibe de nuevo reliquias desconocidas
Esta severa prohibición fué violada por el Peregrino, quien por hacer un favor a un amigo paso en manos de la vidente reliquias que ella crefa eran de los relicarios de su armario. Al día siguiente narró lo que sigue: Mi guia me ha reprendido severamente y me castigó por que, contra su prohibición, he recibido y retenido las rel iqu ias. He olvidado enteramente lo que al respecto he visto. Me ha advertido nuevamente que no es ahora el tiempo de reconocer huesos extraños. Esto de recibir sin reflexión reliquias podrá fácilmente confundirme: el distinguir y reconocer reliquias no es cosa que se pueda hacer según capricho. Es una gracia y vendrá el tiempo en que tendré que reconocer otros huesos, además de los que ya tengo en mi poder. Me dijo, además, que debía pensar en la historia del pequeño envoltorio. Me recordó que yo había visto respecto del párroco … un cuadro en que dicho párroco decía con ligereza que no había nada de cierto en todo lo que se decía de mi, relativo al don de reconocer las reliqu ias; que debía yo pensar en lo que sucedió por este su modo de proceder. Me dijo que debía por ahora rehusarme a recibir y retener semejantes huesos, fuera de los que me pertenecían.
Es nuevamente probada en el don de reconocer reliquias
Un amigo del Peregrino quiso probarla nuevamente, pensando que el don de reconocer reliquias pudiera ser fenómeno de magnetismo. Ana Catalina dijo: El juicio de su amigo respecto a mi y los fenómenos que se observan en mi persona, es falso. Por esto me ha sido prohibido absolutamente por mi guía recibir cualquier sagrada reliquia, puesto que tal persona no tiene otro intento que hacer tentativas. Me fue dicho que por estas pruebas puedo caer en graves confusiones, pues él habla luego de estas cosas con otras personas pretendiendo demostrar cosas completamente extrañas a la realidad. Las cosas no proceden como él se las imagina re lativamente al don y al poder de reconocer las reliquias que me ha sido concedido. Yo veo a fondo su falsa opinión cuando habla y esta opinión es completamente inexacta respecto de mis cosas. Acerca de esto he sido hace tiempo informada y advertida en visión.
Ve a varios santos y Mártires
(31 de Diciembre de 1818) El Peregrino refiere que la monja Neuhaus entró en la pieza llevando un paquete que depositó sobre la mesa. Ana Catalina le dijo: Ah!, tu sacas el tesoro fuera de tu pieza y dejas allí el polvo. He aquí a Ludgario; está aquí. Luego hablando con el Peregrino, añadió: Veía en torno de esas reliquias una apariencia de luz, un esplendor cándido como leche, más luminoso y mucho más intenso que la luz del día. Como un pequeñísimo fragmento cayera al suelo vi que una centella de luz se fué bajo el armario. El Peregrino explicó: «Yo, pobre ciego, busqué esa partícula, y la encontré. La vidente prosiguió: Cuando el Peregrino se puso a mirar aquella reliquia, me senti arrebatada en éxtasis y una voz me dijo: «Este es un hueso de Ludgario». En seguida he visto al santo Obispo con sus insignias y su bastón pastoral en medio de la comunidad de los santos. Después me fueron mostrados, unos después de otros, muchos Santos, y Santa Escolástica sobre muchas otras monjas; pues en la mesa había un fragmento de sus huesos. He visto a Afra en medio de las monjas y debajo, un hueso, cerca del Peregrino. Me fué mostrada otra monja en medio de las demas y me fué dicho: «Esta es Emerencia y debajo tienes su hueso». Me admiré, pues jamás había oído pronunciar este nombre. Después vi a otra monja con una corona de rosas sobre la cabeza, que sostenía delante de sí, con ambas manos, otra corona de rosas. Me fue dicho: «Esta es Resalía, que tanto ha hecho por los pobres. Tiene en sus manos esta corona de flores como en otro tiempo tenía las limosnas que distribuía, y allí hay un fragmento de sus huesos». Después he visto a otra monja brillar en medio de la multitud, y me fue dicho: «Esta es Ludovica y allí esta su reliquia. Mira cómo distribuye limosnas». Tenía el delantal lleno de panes, que distribuía a muchos pobrecitos. He visto a un Obispo y me fué dicho que había vivido en tiempos de Ludgario y que habían obrado de acuerdo y se habían conocido, aunque estaban muy lejos el uno del otro. He visto a una virgen que habia vivido en el mundo, todavía muy joven, con vestidos de la Edad Media, aunque puramente aéreo y espiritual; estaba en medio de otras bienaventuradas virgenes. Qué maravilla! Su cuerpo había sido hallado entero e incorrupto; su santidad fué reconocida, y sus huesos y reliquias puestos con los otros Santos. He visto un sepulcro abierto, que había sido anteriormente murado, y algo más allá, en los primeros tiempos del cristianismo, a un jovencito delicado, y junto a él a otros seis con una mujer. Me fué dicho el nombre de Felicitas y me fué mostrada una plaza casi redonda, con muros sostenidos por arcos, y me fué dicho: Allá, en aquellas cavernas, estaban las bestias feroces; y allá abajo, en aquellas cárceles, del otro lado, estaban prisioneros los mártires, atados con cadenas, para ser luego destrozados por las fieras. He visto también gente que venía de noche, caveba y se llevaba los huesos de los mártires. Me fué dicho: «Esto lo hacen secretamente; son amigos de los mártires, y así estos sagrados huesos han llegado a Roma y más tarde repartidos.
Presencia martirios en el anfiteatro romano
Una semana después, el Peregrino presentó las reliquias que aún quedaban en la caja traída por la joven Neuhaus. Ana Catalina dijo: Veo a Isabel de Turingia con una corona en una mano y una cestilla en la otra. De la cestilla caen rosas de oro sobre un pobre que estaba debajo de ella. He aqíi a Bárbara. La veo con una corona en la cabeza y un caliz con el Sacramento en la mano. Mirando varias reliquias la vidente añadió: Estos son huesos recogidos en Roma donde martirizaban a los cristianos. Luego se sintió transportada en éxtasis y describió al Peregrino los lugares y los tormentos de los mártires; nombraba las partes de los huesos, las distribuía y entregaba al Peregrino, para luego clasificarlas. Al final de estas visiones preguntó a su guía celestial cómo habían venido esas reliquias. Aquél respondió: Fueron desenterradas hace mucho de los lugares de los martirios, y pasando de sitio en sitio han venido a parar a Münster; pero aquí fueron postergadas por algunas novedades y al fin fueron arrinconadas completamente. Ana Catalina continuo: Me encontré de pronto en una ciudad extranjera, maravillosa, sobre la superficie alta de un muro circular que encerraba una plaza redonda. Yo estaba sobre la entrada, desde la cual, a derecha e izquierda, salían escaleras internas; de un lado había prisiones. cuyas puertas se abrían hacia la plaza; del otro lado, ciertos espacios donde encerraban a las bestias. Detrás de ellos había ciertos ángulos donde se arrastraban a los verdugos cuando abrían las puertas a las fieras. Frente a la entrada, cerca del muro se levantaba, en la plaza, un sitial de mármol, al cual se llegaba por dos series de gradas laterales. Allí sentébase la mujer del impío Emperador y junto a ella, otras dos mujeres de aspecto tiránico. Detrás de esta tribuna, en la parte superior, estaba sentado un hombre que parecía tener potestad y mando; se agitaba de un lado a otro dando órdenes. Fué abierto uno de los antros de las fieras y salió una bestia parecida a un gato descomunal lleno de manchas. Los verdugos estaban detrás de las puertas y se resguardaban en las cavidades; luego subían corriendo las escaleras y se quedaban en lo alto del anfiteatro. Los verdugos habían sacado fuera de las cárceles del frente a una virgen, quitándole los blancos vestidos superiores. Resplandecía como todos los mártires y estaba tranquila, con los ojos elevados y las manos cruzadas sobre el pecho, sin la menor inquietud, en medio del anfiteatro. La fiera no le hizo daño alguno; antes bien se humillaba delante de ella; luego se levantó, echándose sobre los verdugos, que con piedras y gritos trataban de enfurecerla contra la mártir. Como la fiera no quiso atacar a la virgen, fué retirada; no sé como sucedió esto, pero la bestia fue encerrada. La doncella fué luego conducida a otro lugar destinado a los mártires, rodeado solo de empalizadas. Allí fué puesta sobre una piedra, atada a un palo, con las manos detrás de las espaldas, y decapitada. Había tendido por si misma sus brazos hacia atrás. Tenía los cabellos entrelazados; era sumamente graciosa, y no se descubría en ella señal alguna de angustia o de temor. Después fué conducido un hombre al anfiteatro; le quitaron el manto, quedando sólo con un vestido que le llegaba a las rodillas. Las bestias no le hicieron daño, y fue también decapitado. Fué, como aquella virgen, echado de un lado a otro con aguzadas varas de hierro. Estos martirios turban de tal menera y causan al mismo tiempo tanta alegría; son tan graves y, con todo, conmueven y excitan tan potentemente que el ánimo se aflige y deplora sin embargo no estar siempre presente en tales escenas. Los verdugos se ven a veces tan poderosamente conmovidos por el comportamiento magnífico de los mártires, que se precipitan hacia ellos y los abrazan, confesando en alta voz a Cristo Jesús; y frecuentemente son atormentados juntamente con los mártires. He visto a un mártir en el anfiteatro; una leona se echó sobre él, lo arrastró de un lado a otro y luego lo desgarró en pedazos. He visto a muchos perecer quemados dentro de otro anfiteatro, y con uno de los mártires, he visto que las llamas se precipitaron hacia los verdugos y abrasaron a muchos. He visto martirizado a un sacerdote que había asistido secretamente y consolado a muchos mártires; estaba en manos de dos verdugos que, empezando por los pies, le cortaban miembro por miembro, y, mostrándoselos, le preguntaban si querfa retractarse. El mártir, aunque era solo un tronco, estaba lleno de gozo y seguía alabando a Dios, hasta que le cortaron la cabeza.